Si las novelas de Agatha Christie han
sido llevadas a la pantalla es porque los personajes, sobre todo los
protagonistas, tienen cierto gancho inocente que facilita el diálogo lleno de
buen humor.
Cuando leí la novela El
club del crimen de los jueves me dio la impresión de estar ante una
obra de la reina del crimen. No es exactamente igual, el estilo de Richard Osman es diferente pero hay
algo que nos la recuerda; puede ser el ambiente agradable en el que se mueven
sus protagonistas, cuatro jubilados, bastante afortunados, que pasan sus
últimos días en un complejo residencial de lujo. Los jueves, a modo de juego o
pasatiempo, se reúnen para intentar, mediante la lógica y la deducción,
resolver algunos crímenes del pasado.
Sin embargo se encuentran con un
homicidio actual pues, un promotor inmobiliario, Ian Venthan, es asesinado
mientras intentaba convencer a los ancianos de la necesidad de levantar el
cementerio aledaño a la residencia, ocupado por los cadáveres de las monjas que
antaño la poblaban cuando era un convento.
Los abuelos se muestran contrarios a
la decisión de Venthan quien, por su parte ha decidido que Bogdan sustituya a
su jefe de construcción y matón principal. Bogdan acepta el cargo pero le
advierte de que Tony Curran lo matará.
Nuevos personajes van apareciendo y
los crímenes se suceden, no como lo esperamos, «Cuando percibe el ruido, es tal vez una fracción de segundo demasiado
tarde. Se vuelve y ve venir una llave inglesa. Es enorme, como las de antes. No
tiene manera de esquivar el golpe y, en un breve instante de clarividencia, lo
comprende».
No hay violencia explícita, esto es lo
que nos recuerda a la clásica novela tradicional en la que la resolución de los
asesinatos se lleva a cabo mediante la lógica.
Osman escribe una novela negra coral.
No hay un detective. Son cuatro protagonistas, que ponen en común sus
investigaciones para ir tirando de un hilo que parecía perdido, hasta dar con
la clave del misterio, con la historia del cementerio y con los asesinos.
Elizabeth, Ibrahim, Joyce y Ron, a pesar de haber superado los setenta años con
creces, están en buena forma y cada uno aporta algo decisivo a lo largo de la
investigación. No debemos olvidar a Brenda quien, en coma desde hace tiempo, es
cuidada constantemente por su marido, y puesta al día de todo lo que va
sucediendo por Elizabeth, gran amiga del matrimonio.
En fin, situaciones idílicas,
sensibles, plagadas de humor sutil por parte de los protagonistas al aceptar su
condición de ancianos que, sin embargo, son requeridos por la propia policía para
que la ayuden «Existe una psicología de
la distribución de los asientos que todo buen policía acaba asimilando a lo
largo de los años. Chris comprende que sus anfitriones han hecho todo lo
posible para que se sienta importante […] De modo que ahí está, inmovilizado
[…] En cambio, Donna tiene a su disposición una mesita auxiliar para apoyar la
taza».
No cabe duda, el ambiente es entrañable,
el entorno es idílico, algo utópico, y los ancianos “detectives” son adorables,
casi superhombres; no son estereotipos sino personas que piensan vivir hasta el
último día, llegue cuando llegue. Los diálogos hacen gala del humor blanco de
Joyce y del irónico de Elizabeth. Creo que las mujeres llevan más peso en la
novela. Ron es más nervioso e Ibrahim, callado, pero sus aportaciones serán
decisivas para aclarar el porqué de los hechos aunque después la resolución sea
algo casual.
El ritmo es relajado, como corresponde
a una comunidad exclusiva como es la de Cooper Chase. Todo favorece a que fluya
la lectura: un colectivo de lujo es el sueño de cualquier jubilado, aunque
después la realidad se encargue de anular a la mayoría dicho sueño, pero
seguimos soñando aunque vivamos una realidad general, para los mayores,
vergonzosa, plagada de legislación injusta, derechos violados, venganzas
naturales y falsas acusaciones. Por eso, esta novela permite que olvidemos por
momentos esa realidad y nos introduzcamos en un mundo en el que los mayores nos
emocionan, disponen de más información que la policía y son capaces de aportar
algo muy valioso para solventar el caso. Los lectores andamos un tanto confusos
pues en el misterio hay demasiados puntos ocultos que luego tendrán una fácil
explicación, aunque no cabe duda de que dificultan la resolución.
Durante la lectura, tenemos la
impresión de que el asesino es quien más tarde desechamos «—¿Queréis que os diga lo que pienso? —apunta Ron— Si encontráis a
Gianni el Turco o a Bobby Tanner, habréis encontrado al asesino».
El narrador en tercera persona, es
omnisciente; no solo cuenta lo que sucede sino que se permite opinar sobre la
forma de ser de los protagonistas «En
parte está sorprendido de que Joyce no haya pensado también subir al
cementerio. Quizá carezca del instinto de Elizabeth, después de todo».
Además, Joyce escribe un diario
personal en el que va contando las impresiones que tiene sobre los hechos
vividos cada día. Es la novata del grupo y probablemente la más dulce. Su
diario aparece de vez en cuando a modo de capítulo en letra diferente con la
que nos enseña su voz y nos hace partícipes directamente de su personalidad. Es
la complicidad con el lector la que la convierte en un personaje especial «Pero se me ocurre que, a estas alturas
creeréis que estoy obsesionada con los asesinatos porque no he hablado de otra
cosa desde que he empezado este diario […] ¿Qué os puedo contar?».
Richard Osman puede que no acierte con la tensión que hoy pedimos a una novela de misterio pero no cabe duda de que la emoción está ahí, también el final sorpresivo es un acierto, como lo es la idea en la que se asienta la novela y, por supuesto, la visibilización de los mayores.



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