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martes, 13 de agosto de 2024

UNA HISTORIA RIDÍCULA

El último libro que he leído de Luis Landero me ha hecho reflexionar bastante durante su lectura, prácticamente iba comentando las diversas acciones, algunas inclasificables, del protagonista; al finalizar la lectura me he reafirmado en mi idea de que se debe leer un libro hasta el final, te guste más o menos, porque solo así podremos hablar de él con conocimiento de causa. Otra cosa es que su lectura no sea gratificante, pero esa es otra historia.

Una historia ridícula empieza bien. Marcial Pérez Armel se presenta y se dispone a contar su historia. El caso es que tenemos la impresión de que lo que narra va dirigido a nosotros: «ustedes mismos, quienes lean estas letras, son para mí unos extraños y, por tanto, una amenaza en ciernes». Sin embargo nos iremos dando cuenta de que en realidad sus primeros receptores son oyentes, aunque en todo momento piense en los posibles lectores del libro que él mismo ha escrito aconsejado por el doctor Gómez: «seguro que a alguien, quizá al doctor Gómez, le faltará tiempo para ironizar… Aunque había decidido olvidarme del lector y del doctor Gómez, una vez más oigo la voz inquisitiva de alguno de los dos…»

El vocabulario es variado. Con gran surtido de términos el protagonista decide exponer sus confesiones. Aun admitiendo que no ha estudiado tiene un alto concepto de sí mismo y su cultura, «creo ser un buen conservador, profundo, versátil y por momentos (repito: solo por momentos, y cuando lo pide la ocasión), incluso divertido».

Todo en Marcial resulta paradójico, confiesa ser amante de la naturaleza y los animales pero ejerce de “matarife” en una empresa de productos cárnicos, se precia de saber más que cualquiera que haya estudiado en un centro oficial pero se enorgullece del único elogio que obtuvo de un profesor «y además en público, que es como lucen de verdad los elogios», se sabe querido por Merche pero decide terminar esa relación porque no tiene la gracia de Pepita, aunque es consciente de que ella no lo aceptará en su vida.

Y es que en realidad Marcial es un acomplejado, tímido, incapaz de resolver de pequeño las burlas infligidas por un profesor de su colegio; incluso sus compañeros se reían de él por su forma de ser introvertida, por su físico débil que no acompañaba a su altivo nombre…; este comportamiento llegó a traumatizarlo hasta conseguir que odiase a todos los que lo rodeaban. El temor a quedar en ridículo fue tan grande que terminaba haciéndolo constantemente aunque él no fuera consciente de ello.

Luis Landero usa un estilo también paradójico: fluido, de hecho su narración es ágil y entretenida pero adolece de excesivas repeticiones, analepsis y vueltas a lo mismo «Ya dije antes, y no me cansaré de repetirlo […] Claro que pensé en eso […] Repito: el placer que nuestra animadversión empezaba ya a proporcionarnos». Y así empecé a mostrar yo también cierta tirria por esta narración en la que apenas pasaban hechos; su lectura me llevaba con una y otra vuelta a la misma reflexión, consiguiendo que viera a Marcial como un egoísta vanidoso por el que no sentía ninguna simpatía. Tampoco él empatiza con nadie, porque está convencido de que todos se burlan, de que no hay comportamientos sinceros. Marcial cree que vive en un mundo que no lo acoge, por lo que constantemente se transforma para poder encajar y, de manera absurda, esto le hace adoptar un proceder ficticio.

Es necesario seguir leyendo para ir entendiendo a Marcial y descubriendo a Landero.

Marcial es el fruto de una sociedad que lo ha hecho soberbio y miserable, incapaz de mostrar sus sentimientos, alguien sin compasión que vive en un continuo divagar simplista, sin profundizar en lo individual sino en generalidades. Constantemente se da de bruces con sus complejos, algo que admite, pero su trauma le hace involucionar y lo relega al engreimiento y al patetismo.

Marcial es un hombre anodino que lleva una vida más o menos según lo esperado de su condición sociocultural, hijo de un albañil que nunca disfrutó de la vida y que «el único (consejo) que me dio en toda su vida: “No des que hablar”, me dijo».

Hasta que Marcial se encuentra a Pepita, una chica de clase superior y pretende, a toda costa, estar a su altura para enamorarla. Pero ¿qué es estar a la altura? Nuestro protagonista lo tiene claro y nos advierte al comienzo de la novela, «es una lucha de poder, y en esa lucha estamos todos, todos los días y a todas horas, de modo que la historia de esa lucha es la historia de nuestras relaciones sociales».

Marcial lucha por desprenderse de Natalia, de Merche, de todos aquellos que no le permiten relacionarse con los que representan el poder y conseguir a Pepita, pero el encorsetamiento al que se ha visto sometido desde pequeño no se lo va a permitir.

Marcial es fruto de una sociedad represora con los débiles, una sociedad que no soporta a los pobres y humilla a quienes pretenden acceder a un puesto que por tradición no les corresponde, así su comportamiento se vuelve violento cuando se da cuenta de que se había dejado llevar por una vida monótona, con unas acciones establecidas, una prostituta fija sin otra pretensión que la de desahogarse y que denota una total soledad, «Nos veíamos todos los sábados por la tarde a las siete en punto, y estábamos juntos durante dos horas. Siempre fue así», y una novia con la que mantuvo una relación de casi tres años, aunque parecía insulsa y representaba lo que él rechazaba, «Merche tenía […] mucha materia y poco espíritu […] carecía de cultura […] pero respetaba y valoraba mucho el saber…».

Conforme vamos conociendo a Marcial nos damos cuenta de que su periplo no va a terminar bien; se enamora de Pepita pero siente que no es correspondido. Este es el tema principal de su historia. Como subtemas hay muchos, infinidad de reflexiones sobre los abusos, la falta de aspiraciones de la clase social baja, sobre los enredos de la gente para aprovecharse de los demás, sobre las extorsiones admitidas, sobre el empobrecimiento de las relaciones personales, sobre los que ven el lado optimista de las cosas porque no se han parado a reflexionar, sobre los que juzgan y critican a los demás… Multitud de disertaciones en las que adivinamos «el sentimiento trágico de la vida» y por supuesto la tragedia que esconde la historia de Marcial que, en ningún caso es ridícula a pesar de ser grotesca. Una historia ridícula es el título del cuento que Marcial escribe de niño; una fábula en la que, cuando nadie sentía compasión por él, escribe un cuento en el que los insectos más repulsivos ayudan a un langostino que se siente separado de su familia. Un cuento que engloba la inocencia y debilidad de los niños, el realismo mágico literario, el drama de la existencia humana y el humor irónico de ciertas normas o la ausencia de ellas en nuestros actos «¿qué fue de […] mi concepto del honor? O bajando en el escalafón ¿qué fue de mi decoro? ¿y de mi teoría sobre la altura de las circunstancias? Porque ya en la camiseta iba yo pregonando la intención de sobrepasar esa altura, cualquiera que ella fuese».

viernes, 18 de agosto de 2017

LA VIDA NEGOCIABLE

 
Hay algo inquietante en La vida negociable, y es que con una absoluta normalidad se mezcla en la novela lo trascendente con lo ridículo y lo natural con la violencia despiadada.

Hugo Bayo, su protagonista, es como poco, un ser raro, como mucho, un enfermo mental, a veces psicótico, otras sádico pero siempre vago «Si yo me pusiera a estudiar, seguro que sería el número uno del colegio [...] pero yo estaba llamado a otro tipo de tareas [...] y entretanto lo que me gustaba era abandonarme a mi mundo impreciso»; lo que le ocurre a Huguito es que no le gusta trabajar o no le gusta nada de lo que le ofrece la realidad, por eso su imaginación está en constante movimiento para dar con su ocupación perfecta, con su forma de vida ideal, y cuando ya lo tiene todo pensado siempre ocurre algo que impide llevarlo a cabo y siempre, irremediablemente, culpa a los demás de sus fracasos «yo era un instrumento de la justicia y la castigaba por su pecado [...] pero lo más inquietante es el goce que sentía al dominar a mi madre [...] la convicción de que eso era lo justo, lo necesario...».

Luis Landero ha creado un personaje sin escrúpulos, amoral desde su infancia o adolescencia, en la que no le importa chantajear a sus padres hasta el punto de que, de la forma más original, es echado de su casa y apartado de ellos para siempre «Ese mismo día fui al piso, y lo encontré limpio y con olor a limpio, las ventanas abiertas [...] y sin ninguna señal, ni ropa, ni objetos personales, ni un detalle, ni siquiera una foto que recordara a mis padres».

La estructura de la novela, así como la narración, son impecables. Se divide en dos partes casi iguales, trece capítulos cada una y ambas tienen un comienzo —la primera— y un final —la segunda— exactamente igual, la apelación del protagonista al lector a que lo escuche, a que le preste atención porque tiene mucho que decir, tal es su egocentrismo, «Y para mejor contar mi vida, con orden y con rigor, me he imaginado que me dirigía a un auditorio fiel de pelucandos: Señores, amigos, cierren sus periódicos y sus revistas ilustradas, apaguen sus móviles, pónganse cómodos y escuchen con atención lo que voy a contarles». Así pues podemos decir que es una novela cerrada, y sin embargo la vida de Hugo Bayo no se cierra de ninguna manera sino que termina, eso sí, con las mismas expectativas imaginarias que lo acompañaron desde pequeño pero, al ser adulto y en su nueva condición, resulta penoso y más escalofriante que cuando empieza a narrar su historia. Si al final de la primera parte, de su juventud, termina hundido por la realidad, al final de la novela es él quien se lleva por delante su realidad y la del único ser que ha sido capaz de permanecer a su lado. Demoledor «No sabía si quería o no ser campesino. Me sentí cansado, sin ganas ya de pelear, y sin fuerzas ni voluntad para enfrentarme al porvenir [...] pero yo sé que los dos sentimos el roce de la fatalidad [...] me reafirmo en lo mío y sigo pensando, como ya dije al principio, que dentro de mi hay magníficas cualidades innatas...».

La vida negociable es una novela irónica, dura pues destaca la violencia en las relaciones del narrador-protagonista que en ocasiones llega a desarrollar una personalidad psicópata en una realidad turbia en la que es capaz de desmoronarse y ascender una y otra vez haciéndose daño él mismo unas veces, otras a los demás y siempre de forma cruel y grotesca «...en el banco de un parque, le puse la mano en la nuca y lo incité a bajar la cabeza para que me hiciera lo mismo que había visto hacer a la madre de Leo con su marido, y él obedeció, sumiso [...] y a veces al final, ya saciado y avergonzado, le decía: Eres un maricón, me das asco. Y él no contestaba [...] Parecía una araña mojada». Es cierto que siempre achaca sus miserias a su infancia, en la que descubre que su madre engaña a su padre, que su padre, al que creía ser un beato santurrón, engaña y defrauda a todo el mundo, y que el amor no es sino pornografía. Está claro que todo a la vez es para marcar a cualquiera, por eso, es él quien coacciona y extorsiona a sus padres, que llegan a vivir atemorizados hasta el punto de que su madre abandona el hogar consiguiendo que su padre, otra personalidad rara, enferme y vaya a la cárcel para salvarlo a él de los robos cometidos. Si Hugo tiene algún remordimiento por sus actos lo desecha al momento y no sólo con sus padres; con aquellos que se le acercan para ser sus amigos también se comporta a veces como un niño, otras como un amoral sin sentimientos haciendo gala de una crueldad extrema «Comimos los tres en silencio [...] mi madre, quizá alarmada por el temor de que hubiese podido contarle el secreto a mi padre [...] mi padre, cohibido por mi presencia y avergonzado de sus fechorías, no se atrevía tampoco a mirarnos [...] Pero yo era dueño de aquel silencio [...] Antes del postre, me levanté, cogí dinero del bolso de mi madre [...] allí los dejé, cautivos en el silencio, en la incertidumbre y en la culpa».

Hugo Bayo sigue la máxima de su padre: La vida es negociable y ahí es donde se equivoca porque no todo se puede vender, como le demuestran primero Marco y después Olivia «Chaval, tú eres tonto [...] Ni se te ocurra volver a llamarme o a verme, ni te cruces nunca en mi camino, porque en ese mismo momento llamo a la policía». Los momentos picarescos se transforman en desquiciantes para el lector que ve cómo cuenta, en primera persona y con un tono de lo más amable, la vida de un vago embaucador que utiliza a los demás para llevar a cabo las imaginaciones de poder, felicidad y fantasía que pretende sea su vida, sin darse cuenta —o sí— de que la realidad es otra. Realidad actual que Landero ha sabido retratar de forma magistral, en todas sus variaciones: la vidente y su público, la que presuntamente engaña a su marido, un santurrón obsesionado con la religión, o simplemente necesita la ayuda de un psicólogo que la ayude a soportar en plena juventud un matrimonio algo oscuro, el santurrón corrupto cuya impotencia para hacer feliz a su familia lo lleva a la extorsión para poder conseguir todos los deseos de su mujer e hijo, el chico homosexual, temeroso e inseguro, que busca angustiosamente un amigo y se da de bruces con un abusador, la chica de difícil infancia harta de una sociedad caduca y embustera que se enamora —o no le queda otro remedio— del más caduco, embustero y maltratador, pero al que no puede dejar aunque lo intenta, porque en su cortedad de miras o sentimientos, es lo único que tiene.

Realidad actual que, no hace mucho tiempo diríamos ser excepcional, correspondiente a una minoría de los bajos fondos, pero hoy sentimos cercana, muy cercana, la volubilidad y violencia en niños y adolescentes, el maltrato físico y psicológico en jóvenes y adultos, el desequilibrio de un alto número de ciudadanos y el oscuro porvenir de otro número cada vez más elevado.

Luis Landero consigue que nos introduzcamos en ese mundo, que lo vivamos en nuestra propia piel intentando imaginarnos hasta el final una posible salvación para el protagonista; pero el autor va avisando con repeticiones de que el desenlace no será sino otra reincidencia en la vida de Hugo, en la vida de tantos Hugo que van ocupando la sociedad; de esta forma la narrativa, siempre amena y embargante, nos permite reflexionar en lo más desesperanzador de la existencia.

La magia del autor es conseguir que este personaje depravado cuente su vida en clave de humor, como si fuera un juego; a veces cuesta distinguir si Hugo es estúpido, demente o psicópata, por eso el humor, aunque en ocasiones nos haga soltar una carcajada, es en su mayoría un humor triste, agrio e incluso negro.

Lo triste no es que el protagonista sea un inútil, por lo que nos cuenta tiene habilidades para manejar las tijeras y el peine; lo asombroso es que esa cualidad se la descubra durante el servicio militar, el peluquero del cuartel. En todas las ocasiones que ha trabajado en una peluquería, ha tenido éxito, los clientes han salido contentos con el trabajo y sin embargo siempre ha habido algo que lo ha hecho abandonar, sacando a relucir su personalidad agresiva y violenta.

Lo más triste es que Hugo es un inestable, no sabe lo que quiere ni de pequeño, ni de mayor; todo lo hace de forma impulsiva, ahora deja los estudios, ahora piensa que los retomará, ahora conoce a Olivia y decide estudiar de todo para impresionarla hasta que se harta «entonces rompí las fichas en pedazos menudos, y el cuaderno con la retahíla de tareas que me había impuesto para ser admirado y amado [...] Me presentaré ante ella tal como soy...» y entonces viene la gracia, pues, ante la pregunta de Olivia hacia sus proyectos, empieza a enlazar una mentira con otra, «ser médico en África [...] Tocar el saxofón. Aprender lenguas y costumbres primitivas. O escribir [...] Tan eufórico me sentía, tan sobrado de mí mismo, que de pronto, en el colmo de la inspiración me puse a cojear [...] Nada, que ayer me torcí un tobillo trepando a un árbol y me acaba de volver el dolor».


Lo más triste es que, en el fondo de su conciencia que irónicamente deviene, cuando se emborracha, con la segunda persona, sabe que lo suyo es la pereza, que es vago hasta para decidir «con la secreta y heroica convicción de tener por enemigo al mundo, me fui a dormir la mona». Y lo más alentador es, por supuesto, la narrativa de Luis Landero quien, con un vocabulario totalmente coloquial consigue acercarse a los clásicos, en ocasiones me ha recordado al Siglo de Oro, como cuando define el silencio por contrarios, al igual que Lope hizo para el amor «te obliga a decir lo que no quieres y a callarte lo que anhelas decir, urdidor de equívocos, espada que hiere y elixir que alivia...». Con una narración seductora y aguda nos introduce en los entresijos más feos del ser humano «yo tengo cualidades innatas [...] soy formal y simpático».

sábado, 27 de junio de 2015

EL BALCÓN EN INVIERNO

Sensación agridulce, como todas las que conllevan nostalgia, la que permanece tras la lectura de El balcón en invierno.

Un verdadero placer recorrer estas páginas pues la narración, amena, fluida, intimista, se erige como una de las mejores prosas poéticas del momento por su estilo ágil de frases más bien cortas, construidas con palabras en desuso, términos arcaicos y localismos que aparecen junto a metáforas embellecedoras y religiosas, confirmando así la armonía de la existencia y el carácter sagrado de la lengua “…la mayoría [hablaba] en una síntesis babélica donde una lengua ponía la letra y la otra la música”.

Me gusta la prosa poética porque ensalza aún más, si cabe, el género narrativo, porque la literatura proclama entonces a voz en grito su condición de ARTE, porque es muy difícil ahondar en los sentimientos más íntimos sin caer en tópicos o en ñoñerías, porque, no lo puedo remediar, hace que desee ser mejor persona, porque, en definitiva, me devuelve la fe en el ser humano.

La última novela de Luis Landero intercala, en una narración no lineal, recuerdos de su infancia y adolescencia enmarcados en el presente.

El primer capítulo constituye toda una declaración de intenciones, el proceso de la escritura, en qué consiste la literatura, cuáles han sido sus consecuencias, cuál puede ser su destino, la unión de la literatura y la vida o dónde está la verdad ¿en el sueño o la realidad? En esta eterna pregunta introduce al tiempo digresiones y metáforas que, con un delicado sentido del humor, van anunciando lo que será el cuerpo de la narración.

El último capítulo sirve de recordatorio de la finalidad del libro: agradecer a un familiar, su primo Paco, “el artista”, que le hiciera soñar en la austeridad del campo, agradecer a la literatura que dé sentido a la vida y agradecer a la vida que “en cada pequeño acontecer, lo trivial y lo misterioso van a partes iguales”.

Entre ellos, dieciséis capítulos poblados de expresiones poéticas entremezcladas con otras más prosaicas, según si las acciones van dirigidas a buenos recuerdos o no tanto; descripciones minuciosas que certifican la grandeza y el poder del campo, un lugar por el que apenas pasa el tiempo porque mantiene, ante todo, la esencia de lo que es, para alejarse de cambios o modas diferentes. Al mismo tiempo, la narración hace gala de un humor blanco, ese con el que se puede describir sin ofender a gente desconfiada, rencorosa, supersticiosa, miedosa de lo desconocido que, por el analfabetismo, constituía casi todo lo que no formaba parte de la cotidianeidad. Campesinos de la España profunda y dura, resignados a depender del arbitrio de la naturaleza y, probablemente por ello, ejemplos de carácter austero, atormentado e inocente.

Dieciséis capítulos llenos de recuerdos y connotaciones sensoriales: el ruido de la garrota de su padre al dejarla en la percha, que anunciaba el final del bullicio en la casa y la propia amargura de un hombre que no había conseguido sus ideales, un hombre que como tantos otros había puesto sus esperanzas en el hijo, sin tener en cuenta sus intereses o sus propios sueños. La intensa relación con el padre queda marcada perfectamente en una narración que mezcla la 1ª y la 2ª personas como intentando formar una sola mediante el monólogo interior. El narrador une en la imaginación lo que no pudo acercarse en la realidad.

Asimismo, en su afán por ensamblar tiempos, espacios y realidades, los vocablos técnicos conviven con otros cultos, con coloquialismos en desuso, arcaísmos o guiños literarios, con metáforas e imágenes sinestésicas, de forma que Landero consigue una obra atemporal enmarcada en un género universal “queda tan solo una sensación casi inefable… hecha ya sentimiento. Y los sonidos, cómo no, la banda sonora de la memoria… estos párrafos de sabor proustsiano, es algo que… lo veo con una claridad nueva”.

Todo se asocia en la mente de Landero; el estilo indirecto libre hermana personajes “y sin saber el nombre o el color era imposible seguir adelante con la historia, a ver si entre todos logramos acordarnos…”

El humor se encarga de incorporar la lógica a la incultura “Mi tío Ignacio era muy lacónico y hablaba en sentencias. Una vez visitó unas famosas ruinas romanas… Cuando le preguntaron al llegar, y ya para siempre, tras mucho meditar dijo una sola frase: Aquello es un desastre”.

De la misma forma las supersticiones se funden perfectamente en la tradición, en una tradición tan remota que, a veces, llega hasta la mitología “Y el que planta un laurel, muere joven, eso también está demostrado desde antiguo”

Esta fusión de conocimientos, doctrinas y costumbres hacen del campo un entorno misterioso y de los campesinos personajes sacados del realismo mágico “…se levantó una nube de pequeñas mariposas blancas, y la amiga dijo muy contenta: Voy a recibir carta de mi novio… recibió la carta… donde le comunicaba oficialmente la muerte de su novio”. Sin embargo, estos personajes son en realidad personas que luchan a diario con y contra la naturaleza, que no la contemplan “sino que viven revueltos, confundidos con ella”.

Asimismo, en el fluir de las páginas los recuerdos se acumulan con rapidez, agolpados en la mente gracias a descripciones polisindéticas que no dan tregua a las sensaciones “y allí comenzaba otro mundo… los olores y los sonidos… emociones y asombros… el verde de los naranjos y palmeras… y fresca geometría de azulejos y su fila de aspidistras…”.

Otras veces aparece la nostalgia de lugares íntimos, propios para el refugio, propios para soñar, para dejar volar la imaginación con tranquilidad, recorriendo mentalmente a través del asíndeton aquello que nos era tan familiar, “…sobre el suelo se conservaban calabazas, melones, camuesas, membrillos, de modo que aquellos lugares…”

Y así la narración, como la vida, conduce a las personas, guía al lector para que encuentre su refugio en este libro. Porque, ¿qué es la ficción sino una realidad aligerada de tedio, reducida armónicamente a un argumento?

¿Podríamos afirmar entonces que la realidad no es sino la conservación de imágenes mentales que con el tiempo se convertirán en ficción argumental? Estoy convencida de ello; sólo así relacionamos el soneto de Quevedo “Miré los muros de la patria mía” con la descripción del paisaje en el que Luis Landero pasó su infancia y que años después visita “…allí estaban las casas, ya muy estropeadas, sin hojas ni marcos en las ventanas y en las puertas, los muros agrietados, los tejados rotos y vencidos…”


Llegados a este punto cuesta trabajo establecer si El balcón en invierno es una poesía novelada o una novela en la que se funde el sueño con la realidad, sin establecer dónde empieza lo uno y termina lo otro; porque así somos, unas veces tenemos la impresión de vivir un sueño “…de nuevo en camino hacia la gran ciudad… donde los sueños pueden hacerse realidad”, y otras intuimos que ese sueño fue real “época febril que recuerdo como un sueño lleno de humo y de un soniquete que aún sigue invicto en la memoria”