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miércoles, 12 de agosto de 2026

LA GENTE A VECES

A veces, la gente pasa por situaciones que la ponen a prueba. Un examen que hay que aprobar a toda costa porque se ha estudiado mucho pero la pregunta no se sabe… ¿Podríamos inventar una respuesta con los conocimientos que tenemos? Un ser querido que muere y no estamos preparados… Relaciones basadas en mentiras porque no queremos “defraudar”. Situaciones que fomentan la arrogancia, nuestro lado más prepotente, en un arrebato de falso orgullo que tiene más que ver con la soberbia del engreimiento y su desvanecimiento al ver a otros que la utilizan igual.

A veces, la gente imagina realidades paralelas anhelando una vida menos rutinaria, menos previsible. ¿Qué pasaría si viviéramos un sueño y quisiéramos salir de él al darnos cuenta de que es real? Un futuro marido debe enfrentarse a su prometida y suegra en el peor momento…

A veces, la gente estropea una y otra vez las oportunidades que le brinda la vida para terminar viviendo algo que no entraba en las expectativas. Porque somos así: absurdos e inseguros.

Esto es lo que ocurre en La gente a veces; relatos en los que podemos vernos reflejados en algún momento; si no en el todo, seguro que en parte. Son situaciones que se pueden presentar en la vida, situaciones corrientes pero que, por inseguridad o pedantería las resolvemos de forma penosa. Lorenzo Antúnez lleva el querer ligar, el planificar una familia, el no asumir responsabilidades en el matrimonio, el no desear hijos, el no querer hermanos…, al límite; de hecho, el impersonal “gente” se transforma en este libro en personas a las que conocemos, somos nosotros; los que habitamos una sociedad cada vez menos natural y más desquiciada. El autor emplea a veces el humor, a veces la armonía, el diálogo o la reflexión contenidos hasta que aparece el golpe decisivo, irónico, implacable, ese que nos advierte de lo que somos, en lo que nos hemos convertido.

Los personajes van transformando, con acciones, su forma de ser y los lectores nos vemos plasmados en alguna de esas actividades por lo que la lectura es un ejercicio para comprender la identidad del ser humano, que pasa a ser nuestra propia identidad gracias a la técnica que utiliza Antúnez: dirigirse a un lector-protagonista del hecho, «Por supuesto que adornaba un poco su currículum. No basta con un buen físico. Hay que proyectar la imagen de un hombre triunfador. El que no lo haya hecho alguna vez que se marche de la sala inmediatamente».

El lector deja de ser un mero observador para convertirse en el impulsor de la actuación del protagonista. Es una complicidad irónica porque nos refleja en el típico fanfarrón. Al mismo tiempo ofrece la posibilidad de que cada uno personalice el hecho narrado. De una u otra forma somos parte de estos relatos. En Crucero todo incluido lleva al extremo el machismo; la narración expresa una distancia deliberada entre lo que cuenta y lo que sucede sin revelar contradicciones. El narrador se convierte en alguien poco fiable y deja al lector para que sea quien interprete correctamente lo que ocurre. Sabemos, por el sarcasmo, que el autor no participa de los hechos, «Siete noches daban para mucho, que seis eran más que suficientes para cazar una cervatilla». Los términos peyorativos para referirse a la mujer pasan por la animalización, el abandono corporal «Las mujeres, como locas por volver morenas, se desparramaron por las piscinas» y la cosificación «Todas comiendo de tu mano. Que quieres una rubia con las tetas operadas, hecho. Que quieres una con curvas, hecho». En la realidad las mujeres van abandonando a este tipo de hombres, por eso solo quedan en ese crucero Wallys, hombres que no se cansan de jactarse, con hipérboles absurdas que solo las creen ellos y exponen el mundo vacío en el que viven «Mi nombre es Wally, lo ha hecho usted fenomenal […] Wally con pectorales. Wally montañero. Wally pintor vanguardista, Wally sin colesterol. Ningún diabético alrededor de Wally […] salvo Wally. Todos estaban borrachos de felicidad. Hasta el capitán Wally…»

En ocasiones, la ironía aparece en el contraste de expectativas entre los personajes y remarca los verdaderos sentimientos. Es lo que le ocurre a Tom cuando Vivienne lo abandona para siempre «Resultaba evidente que Vivienne seguía queriéndole. Tom no estaba enamorado desde hacía mucho».

El tipo de ironía que predomina en La gente a veces es la situacional; Antúnez hace que el destino se burle de los esfuerzos de sus personajes, incluso en el caso de los niños, a los que castiga terriblemente. Es una llamada de atención, no debemos descuidar a los más débiles «Que aquella vela cumpliera su deseo tal cual era, sin matices, sin metáfora». Y si hay alguien débil es el drogadicto. Para él, el cuento más duro del libro: Plan nacional sobre Drogas, un relato en poesía que rompe las convenciones. Son versos sin rima, libres, de medida irregular, desde bisílabos hasta alejandrinos. El ritmo se rompe constantemente al mezclar versos de arte mayor y menor. La mezcla de personas primera, segunda y tercera consigue separar los sentimientos del protagonista con los diálogos que mantiene, incluso consigo mismo «Estoy así de loco / Ya verás / ya verás, Petri / hija de puta».

En realidad, la primera y segunda personas aluden a sí mismo y con la tercera nos introduce a todos


                        Esto es lo que diría cualquiera

                        un poco borracho

                        un poco drogado

Los versos paralelísticos anafóricos inciden e igualan la importancia de ese poco. Los tetrasílabos y pentasílabos aportan el ritmo rápido, frenético, de una vida paralizada por tres circunstancias: droga – falta de amor – falta de trabajo. Los versos paralelos con epanadiplosis marcan la fuerza e importancia de esas circunstancias


Es la coca, que te atonta

Es la Patri, que te atonta

Es el paro, que te atonta

El uso de la derivación y la anadiplosis aumenta la premonición de la comparación «Temeroso / temerario / Se ha bajado del coche / un coche negro y brillante como un ataúd».

El cambio de pronombres y el del modo verbal marca el contraste de circunstancias:


Las tuyas: tu ex, el paro, la droga

Las suyas: Su mujer, el curro, el aburrimiento

Y muestra el mundo subjetivo del protagonista.

Todo es ambiguo, de ahí que por momentos no aparezcan comas. Todo es un continuo para él; su vacío es constante, como el tema que unifica el poema: la ineficacia del Plan nacional sobre drogas por el egoísmo humano, por la prepotencia de los que no han caído. El giro argumental que marca la ironía situacional rompe las expectativas del protagonista y las nuestras, justo cuando lo conocemos: «no cae en quién es ese Charli», y genera un desenlace opuesto a la lógica; invalida lo previsible e invita a la reflexión sobre quiénes somos y qué tragedias podemos generar.

Diferentes estilos en los catorce relatos pero en todos la escritura se relaciona con la vida y Lorenzo Antúnez la usa para denunciar a un ser humano cuestionable.

martes, 4 de agosto de 2026

NADA EN SU SITIO

Cuando una niña es simplemente una niña mientras todos sus compañeros de clase y amigos tienen nombre y apellidos, es que algo va mal; al menos para ella porque no es especial sino alguien que pertenece a esa generalidad, pero da igual su identidad, tal como corrobora el indeterminado que sirve para designarla. Ella es una niña inespecífica, desconocida. O así se siente. Esta es la idea con la que Natalia Cantero abre su libro de cuentos Nada en su sitio.

Estamos ante el dolor y la vergüenza de sentirse ignorada en una familia; algo que ella asume con culpabilidad y la acompaña allí donde va, durante toda su vida. ¿Qué hacemos los adultos cuando traemos hijos al mundo para escatimarles amor? ¿Qué hacemos cuando nuestras miserias son tan grandes que no podemos desprendernos de ellas y tenemos al lado un ser más frágil? Puede que le hagamos daño físico o psicológico o moral pero lo que está claro es que lo que conseguimos es marcar para toda la vida a esa criatura.

El estilo de los relatos es amable, casi infantil y por eso al leerlos duele más. La historia de Una niña… nos la cuenta un narrador en tercera persona con un razonamiento adulto, desde un punto de vista infantil. La repetición de “una niña” marca el ritmo del texto mientras conecta con el lector que, inmediatamente, siente el miedo de esa niña, su inquietud y desorientación cuando sabe que en su vida falta la magia de la fantasía.

En El sentido de la marcha, un usuario escribe una carta quejándose de la compañía ferroviaria por haberle dado un asiento a contramarcha. Símil totalmente gráfico de cómo vive en el pasado, sin poder olvidarlo ni permitirle afrontar un futuro mejor. El dolor de la separación de la amada queda atenuado por las metáforas religiosas que convierten a la mujer en un recuerdo definitivo. La comicidad de la imagen la desacraliza a ella mientras resalta la simpleza de él «…yo la he visto así, con los brazos en cruz, que parecía una virgencita […] más y más pequeña, pasando de estatua a medallita…».

En Pérez, aparece el ratoncito de manera algo escatológica porque interesa sobre todo conseguir el regalo prometido en el tiempo adecuado. El narrador, con tono desenfadado expone hasta dónde son capaces de llegar los niños para conseguir lo que quieren. La fusión léxica ocasional aporta a la situación gran fuerza expresiva, «a pesar del gesto de sorpresa de su madre peroadóndevas», «ha vuelto a llamarlo muertodehambre».

El Cambio climático nos va a traer otras consecuencias devastadoras que no tienen que ver con él y quienes saldrán perdiendo, lógicamente, serán quienes posean trabajos más precarios, menos dinero, menos comodidades… Con una prosa agobiante, más aún por el buen talante, Natalia Cantero nos va introduciendo en el infierno que sufre un hombre que ve cómo debe acostumbrarse cada vez a disfrutar de menos bienes «El interfono sonó y esta vez no contestó. Volvió a sonar. Otra vez. Oía las risas de los niños que se bañaban, el ajetreo de los fogones en la cocina, a los vecinos brindar con limoncello en la terraza […] Se tapó los oídos con las manos pero no sirvió de nada»

Son dieciocho cuentos. La lectura de Nada en su sitio es dinámica; la amabilidad de las palabras, el dinamismo generan sin embargo cierto estado de agitación emocional, que los lectores sentimos antes que los propios personajes. A veces la tensión es casi insoportable; bastan unos puntos suspensivos para advertir un cambio. Lo sabemos, pero no llega y, cuando lo hace, el final cobra una fuerza tan directa que elimina cualquier rastro de esperanza. La falta de comunicación en las relaciones amorosas, con el consiguiente riesgo, la falta de sentimientos en la comunicación con el posterior resentimiento consiguen que a una mujer le baste el amor hacia su hija, todo lo demás es superfluo. Por el contrario podemos llegar a cometer la locura de ofrecer nuestro cariño por un salario. Algo que a lo largo de la Historia no ha sido tan loco: matrimonios concertados, arreglos desesperados en parejas, intereses comunes… La convivencia no es tan romántica como nos han hecho creer «…insistiéndole, tal es mi empeño en estar a su lado, en que me haga un contrato. Hágamelo […] No se arrepentirá».

Por el contrario, podemos conseguir eliminar de nuestras vidas a quienes más nos quieren con tal de destacar. Es difícil la convivencia cuando se impone un jefe; todos pensamos que lo nuestro es lo importante, que somos imprescindibles y, para no quedar al margen, somos capaces de hacer cualquier cosa incluso lo que antes hemos considerado como atrocidad, «Pili me clavó sus ojos azules, sus ojos inundados de mar y me sentí realmente triste».

De la misma manera nos comportamos ante la fama; da igual que lo que se diga sea verdad o mentira, da lo mismo que alguien salga herido. Importa la inmediatez, el momento de gloria ante las cámaras, en las redes. Aunque sea efímero. Y esto contrasta con el dolor, el verdadero dolor, el que nos va a marcar para siempre. Son hechos corrientes los que se narran en Nada en su sitio pero detallados cada uno como si fuera especial. Hechos que se ven envueltos en el despropósito, en la angustia, en la culpa pero buscan ante todo la redención de poder estar tranquilos, solos o acompañados pero sin el agobio de la soledad.

El estilo tierno, inocente, con un punto de ironía, consigue hacer de la lectura algo placentero.

Me ha gustado mucho, más cuando he visto que Natalia es murciana, más cuando he leído que también su familia da los abrazos chillaos.

martes, 14 de julio de 2026

HISTORIAS DE NADIE

Diez cuentos, diez relatos basados en la historia de España más incómoda: la que refiere el sufrimiento, el dolor, la injusticia, las torturas, las muertes de quienes han nacido en el lugar equivocado, en el bando contrario; los que han estado en contacto con los campos del país y han dejado sus restos en la tierra para que sirvan de abono a un suelo que los vio crecer y los ha acogido en su muerte mientras se beneficia de ellos. Así se ha formado este país, enriqueciéndose con las hazañas de los invisibles, glorificando a unos pocos que pueblan la historia de España con grandes acontecimientos.

Historias de nadie es la historia de la tristeza y del padecimiento del hombre como ser individual en la gran historia universal. Cualquier acto glorioso, o vergonzoso, es conocido por el lugar donde se llevó a cabo y el apellido del “prohombre” al mando. Así consta en los libros y manuales. Albert Merino ha querido destacar a las personas sencillas que se jugaron la vida, y en muchos casos la perdieron, sin importar demasiado a los próceres de la patria, porque en momentos de ofuscación no se piensa que la muerte de un hombre, de un niño, puede llevar a la miseria a una familia entera.

Historias de nadie es la historia de Ramiro, de Hialas, de Faustino, de Agustín, de Amparo, de Fray Marciano, de Santiago, de Narciso, de Madani, de Gaspar… de tantos que sería imposible nombrarlos a todos, porque son el país, dañado una y otra vez por diferentes causas. Ramiro, lucha terco en 1984 para poder ser enterrado al lado de su mujer, aunque sea cavando su propia tumba. Los asesinatos encubiertos por ideologías políticas terminan con la vida de los republicanos en 1934; también cae alguno de la CEDA «El militar quita la pistola de la boca de su víctima y se oye una carcajada generalizada, supongo que, del miedo, el pobre desgraciado se habrá meado o cagado encima, y esos degenerados lo celebran».

Ya en Soria, en 133 a.C., los celtíberos aguantan quince meses de bloqueo de las tropas romanas, hasta que prefieren un suicidio colectivo a rendirse a Escipión. Hialas es quien nos cuenta la decisión «Dejar un recuerdo que ni siquiera los romanos olvidarán, un recuerdo que los estremecerá generación tras generación […] ¿Qué decís? No digo nada pero tengo claro mi voto: la rendición».

No todos son héroes. O sí. Porque hay que ser muy valiente también para preferir ver el cielo cada mañana aun a costa de servir a otro toda la vida. La vida como bien único que todos poseemos y que algunos se creen con derecho a arrebatar las que les apetece. Como la guerra absurda y cruel que se vivió en España en 1936 y que detalles supersticiosos podían decidir en algunos casos si seguías con vida. Guerra que siguió en 1938 y en las montañas de Lleida se cobró las vidas de muchos jóvenes republicanos que nunca habían utilizado un arma «—Qué va, Garrido, a mí me alistaron a la fuerza en mi pueblo. Muchos huyeron, pero mi padre, que es de la FAI, me dijo que tenía que defender la libertad de España frente a los fascistas. Y aquí me tienes».

También el siglo XIX fue especialmente duro. Mendizábal ordenó suprimir las órdenes religiosas expropiando conventos para celebrar el triunfo de la revolución liberal, en 1835, de la 1ª Guerra Carlista. Lo de menos eran las vidas de los frailes agustinos, lo que contaba era la plaza de toros que levantarían al tirar el convento.

En 1836 las tropas carlistas deben apropiarse de ganados y tierras para consolidar «la causa del legítimo rey de España». No importa que haya una familia más o menos de pastores «No es posible. Es su medio de vida, y el de Luisa. Y Luisa está preñada». Y así se hicieron muchas guerras, muchas matanzas, sin organización, sin pensar en las consecuencias, «Y, sin más, apunta y descerraja un tiro en el pecho del pastor, que lo mira incrédulo mientras las cabras salen disparadas montaña arriba».

Antes, en el siglo XVI, cualquier mujer podía enfrentarse a la Inquisición por venganza de todo aquel al que no quiso complacer. No hacían falta pruebas para saber si decía la verdad «—¿Para mayor gloria de Dios? ¿Quieren ustedes que todo el pueblo me vea las tetas para mayor gloria de Dios? ¿Y después qué? ¿Qué creen que hará mi esposo después? Repudiarme, abandonarme […] ¿Podrán fornicarme Bartolomé y cuantos quieran del pueblo?».

En fin, ya en 1485, hizo falta una revuelta campesina para acabar con la servidumbre feudal. Los campesinos pagaron con sus vidas antes y durante la lucha. ¿Es este el objetivo de la historia de España? ¿Formar la patria con el dolor y la sangre de los débiles? Albert Merino, con un tono reflexivo, pausado, expone y razona sobre los horrores a los que podemos llegar.

Los diez cuentos son diez etapas diferentes que han formado la intrahistoria de nuestro país. Los temas giran, en todo momento, en torno al miedo, a la injusticia, al dolor de los trabajadores. Son cuentos que no están cerrados pero sí engañosamente abiertos para dejarnos meditando con unas voces narrativas que, ya sea en primera o tercera personas, mantienen la intensidad emocional.

Relatos detallados de un momento clave que aluden a un todo. Hay que leerlos, razonar con sus personajes y discurrir qué futuro queremos.

martes, 23 de junio de 2026

SOMOS VIENTO EN LA PLAYA

Acabo la novela y no dejo de pensar. Cuando la tuve por primera vez entre mis manos experimenté impresiones encontradas, el título me sugería fuerza, libertad, mientras que la ilustración de la portada las negaba. Alas enormes que no servían para volar pues están hechas de papel y, aun así, oprimen a una cáscara de nuez, una barquita atrapada entre las alas que, por otro lado, parece que lleva la solución para su viaje en los remos.

Somos viento en la playa genera cierta inquietud; la misma que tiene “la amiga” de la cantiga de Mendinho con la que Paula Palacios García abre su novela en el íncipit. A través del poema del siglo XIII anticipa el tono y sugiere de forma casi imperceptible el mensaje. La amiga espera a su amigo en la ermita de San Simón, pero él no llega y la marea sube… La intriga continúa.

Así, empezamos a leer Somos viento en la playa y nos asombramos de la mezcla de estilos y puntos de vista. Tres narradores se dan la mano para contarnos una historia. El primer narrador es la voz de Mirren; esto lo vamos averiguando después.

En principio parece que el narrador es alguien ajeno al texto, en tercera persona, que conoce a la perfección a Mirren y sabe cuáles son sus sensaciones. Después nos damos cuenta de que este narrador pretende, con la tercera persona, una objetividad que no cumple del todo puesto que llegamos a conocer a Mirren a la perfección y al resto, Olivia, Dani, Leo…, solo por lo que hacen, aunque conforme avanza la historia tenemos la impresión de que el narrador sabe mucho más pero no le interesa contarlo.

La voz de Mirren aparece claramente en unos poemas que podríamos considerar como inicios de capítulo. Formados por tres estrofas anafóricas y desiguales que expresan sus emociones. Al figurar como una letanía marcan el dolor constante de la protagonista, sus anhelos, sufrimientos, esperanzas y desesperación.


Aquella prisa.

Aquel viento enfurecido que casi gritaba […]

Aquel caos de gaviotas.

Si solo leyésemos estos poemas nos daríamos cuenta de los sentimientos de Mirren en cada momento durante el tiempo que estuvieron escondidos en mitad de la ría de Vigo, huyendo de Claudora.

Seguidamente al poema, el narrador en tercera persona desarrolla la sensación que nos ha transmitido Mirren, «Mirren observaba el cielo gris claro, casi blanco […] comenzaban a caer algunas gotas […] La incertidumbre moviéndose a tanta velocidad es capaz de abrirte un agujero negro en el alma, pensó».

Y el capítulo se cierra con otro punto de vista y otro estilo; Yael, uno de los adolescentes que Mirren ha escondido para salvarlos de Claudora, cuenta en primera persona sus experiencias en esa comunidad. Con un lenguaje fresco, lleno de términos utilizados por la generación alfa, pone un punto contrastivo al ritmo anterior: «Yo no quería mangarle la lancha a Olivia, literal […] pero lo pensaba un huevo de veces porque además no me faltaban chances […] Olivia nos miraba como el culo, rollo jéiter total […] era un putadón de los gordos». Los términos de la jerga juvenil conviven con otros que han adoptado como palabras y en realidad son abreviaturas usadas en tecnología «qué aplis se descargaban», «enséñame alguna de sus favs». Y después de leer a Yael nos convencemos de que aunque cambien las expresiones, los jóvenes siguen siendo los mismos de siempre.

Es un personaje hiperrealista que conecta desde el primer momento con el lector, tanto si es joven como adulto; su monólogo es ágil, con el que refleja la inmediatez a la que está acostumbrado en la comunicación —que deriva de la influencia de internet— y en la relación —que también tiene que ver con el uso constante de la tecnología—. Su estilo es directo, con frases cortas casi siempre. Apenas analiza pero sí interpreta los actos de los demás. En la convivencia con el Arousano llega a entenderse incluso a sí mismo. Desde ese momento sabemos que da igual la tecnología; lo más importante para Yael es la comunicación; sus palabras están vivas y expresan sus emociones. A veces incluso con una sola palabra se refiere a un hecho sucedido, a una forma de ser o a toda una actitud «Igual que había tenido que salir de San Simón, cuando Olivia y Mirren habían pasado tantísimo de mi culo». El lector empatiza con Yael, bien por su forma desenfadada de transmitir una tragedia, bien por sus constantes hipérboles con las que, como sin querer, plantea la crítica a un proceso que ya ha dado comienzo en nuestra sociedad y podría conducir a un caos sin solución.

Las tres voces de Somos viento en la playa se transforman en las objetivas de los adultos responsables que analizan lo que sucede, la dolida de aquellos que lo están pasando mal y la subjetiva de los jóvenes que ven cómo se vienen abajo sus expectativas. Es una novela coral.

La paradoja de la imposición de alas para quitar la libertad y la dignidad a las personas es la paradoja de lo que está sucediendo en la sociedad. Prometen vidas fantásticas, soñadas, que en realidad se transforman en pesadilla para aquellos que piensan «como Mirren, que era un cocazo pero que casi no podía moverse».

Estamos volviendo a una sociedad que desconfía de las personas, «cualquier extraño era, antes que nada, un delator». Sin embargo nos creemos todo lo que nos dice cualquier inteligencia artificial o lo que vemos en internet «Aunque no hubiese pruebas o aunque las que hubiese fuesen feique total, había mogollón de mentiras tan universales que colaban como verdades y que nadie discutía».

Estamos viviendo la ruina medioambiental «Las viejas atarazanas ya no eran más que un desguace de hierros retorcidos y amontonados que destilaban el óxido de su abandono junto al mar».

Asistimos a retos virales que promueven el daño físico, moral o incluso la muerte «gente vulnerable a la que enganchaban en algún tipo de juego viral».

Vivimos la persecución a las instituciones públicas y a la educación, «se comenzó a mirar todo aquello con más recelo y no tardaron en llegar las denuncias».

Vivimos la cacería a los inmigrantes, tratados como animales en ocasiones «el lanchón iría hasta los topes y la peña al mogollón […] después […] echar a correr monte arriba, porque aquello se convertiría en una especie de cacería y habría que separarse».

Empezamos a ser como inválidos mentales «tan incapaces que podrían confundir el cacareo de las gallinas con cualquier pájaro silvestre […] desconocer todo lo que era de real utilidad en la vida y, sobre todo, en la naturaleza».

Nos estamos deshumanizando y, como en San Simón, «Hacía demasiado tiempo que la vida no tenía sentido para nadie».

Esta es, aproximadamente, la distopía que Paula Palacios presenta en Somos viento en la playa. Pero no es el futuro. En este presente empezamos a vivir observados en una sociedad en la que se altera la información y se limitan los derechos humanos. Hay voces que se levantan en contra, es cierto, pero otras viven instaladas en esta distopía social.

Palacios lleva a cabo una denuncia porque hay algunos, cada vez más, que deben moverse sin apenas recursos si quieren conservar la dignidad. La protagonista busca la libertad constantemente, sobre todo para una generación que empieza y lo tiene complicado.

Estilo impecable, vocabulario culto y coloquial, estudiantil y tecnológico conforman una narración ágil, profunda y emotiva.

martes, 12 de mayo de 2026

LA FLECHA INVERTIDA

Nueve cartas dirigidas a nueve personas son suficientes para que la protagonista exprese sus sentimientos. Pero en realidad son para ella misma, para agradecer, para acusar, para perdonar, para comenzar, a los cincuenta años, una vida sin rencores, sin rincones oscuros en su memoria que la inmovilizan cuando quieren salir.

La última carta va dirigida a Jesús, el autor del libro, y en ella le da permiso para que utilice estas sensaciones escritas como quiera; puede publicarlas porque, aunque sean dolorosas, exponen las ganas de vivir y la esperanza que, tras perdonar e intentar olvidar, siente la protagonista, decidida a darse otra oportunidad. Y Jesús Castro Lago recoge las cartas y las recoloca en La flecha invertida para que los lectores entendamos la vida de Johanne.

Lleva un tiempo junto a Jean Christian con el que es feliz. Para él no hay carta, habla de él a sus hermanos. Las cartas son como una despedida del pasado que quiere dejar a un lado y afrontar el futuro, renacida «Desde aquel beso, nuestra relación fue fortaleciéndose cada vez más […] aquel beso habló por él, dijo más de lo que había dicho hasta entonces».

Este libro conforma una novela  epistolar puesto que a través de las cartas conocemos la historia de la protagonista. Y, sin embargo, no es a través de ella sino de Jesús, el segundo autor, «Ahora toda esa información te pertenece y sé que harás con ella algo bello». Este segundo autor puede haber cambiado el curso de los hechos; no lo sabemos porque Castro Lago, el tercer autor, es el que aporta el grado de ficción a la historia real de Johanne. Esto de que sea ella la remitente de misivas es una técnica para dotar de verosimilitud a lo sucedido. Es una historia monofónica contada por Johanne que, más que epistolar, puesto que no hay respuestas esperadas, adquiere forma de diario íntimo, por lo que es fácil de entender.

Es una primara voz tranquila en la que el rencor, si lo tuvo, ha desaparecido para afianzar la gratitud del presente. La novela es fácil de leer; la protagonista no profundiza demasiado en los aspectos truculentos familiares (una denuncia a tiempo les habría solucionado la vida a las niñas); puede que no lo haga porque está segura de cómo va a ser recibida esa información; ella no estará presente, o puede que no le interese mostrar determinados sucesos a según quién sea el supuesto receptor. 

En cualquier caso el realismo se acentúa, aunque es cierto que al haber un solo punto de vista y nueve personajes nos falta la perspectiva de los demás, al menos a mí me hubiera encantado conocer qué pensaba de su amistad, Alain, qué pensaba Claudine de Louis, qué pensaban sus hermanas sobre la actuación paterna y, sobre todo, qué pasaba por la cabeza de la madre. De esta manera podría haber juzgado los comportamientos y haberlos, o no, entendido. Solo con lo confesado por Johanne se me hace muy difícil aceptar, perdonar a unos padres maltratadores y abusadores. Johanne lo hace, probablemente redimida por el amor de Jean Christian, al que no conocemos y eso no importa, lo que cuenta es que para ella supone su punto de partida.

El vocabulario coloquial de Castro Lago le aporta a la novela una gran carga afectiva, consigue que los sentimientos salgan con facilidad y lleguen al receptor de forma precisa, algo que suple la casi ausencia de interjecciones o modismos que denoten estados de ánimo, como si la primera autora, Johanne, quisiera salir fuera del relato, apartarse de lo vivido para no tener que revivirlo y continuar sufriendo «Tú y yo, a pesar del amor que existía como hermanos, no nos abrazábamos. En verdad, en casa ninguno lo hacía. Es algo a lo que nuestros padres no nos acostumbraron». La frialdad con la que expresa los hechos es un arma de protección. Por eso no tengo claro, creo que Jesús Castro Lago tampoco, que Johanne pueda comenzar una vida plenamente feliz. Son muchas las heridas.

lunes, 6 de abril de 2026

LA PINTORA DE PIEDRAS

Tres épocas diferentes en La pintora de piedras; una de ellas alejada de nosotros unos cinco mil años, la más interesante. Su protagonista, Ata, nos muestra una mujer joven, muy joven según la clasificación actual, que es capaz de enfrentarse al jefe de la tribu, Gur, e intentar matarlo, para quedarse con Tucu y con el poder al derrocar al dictador.

Tres épocas diferentes en La pintora de piedras; una de ellas alejada de nosotros unos cinco mil años, la más interesante. Su protagonista, Ata, nos muestra una mujer joven, muy joven según la clasificación actual, que es capaz de enfrentarse al jefe de la tribu, Gur, e intentar matarlo, para quedarse con Tucu y con el poder al derrocar al dictador.

No lo consigue, así que es expulsada de la tribu tras apalearla hasta casi matarla «Sigue notando los latidos en las heridas abiertas, en los hematomas que le cubren el cuerpo y sobre todo en el abdomen, donde la molestia que sentía hace un rato está pasando a convertirse en dolor». Pero Ata se ayuda de plantas para curar sus heridas y, tras muchos días de camino por las montañas, llega a otro poblado más avanzado que el suyo. Sus habitantes usan un material rojizo que no conoce. Allí, Ata es cuidada por Rona quien le enseña otra lengua diferente a la suya y otra forma de vida más efectiva. Sin embargo su ilusión es regresar con los suyos y, a ser posible, adoptar la nueva forma de vida con aquellos a quienes quiere. Ata dibuja bien, en el suelo, en las piedras… algo que permanecerá oculto por el paso de miles de años, quedando, como único testigo de todo, un olivo que llega a la actualidad casi seco, pero donde una anciana, última habitante de ese pueblo, desea ser enterrada. Será cuando el hijo de la mujer cave bajo el árbol para respetar su último deseo, cuando encuentre restos prehistóricos y avise a las autoridades. El lugar será referente para los antropólogos interesados en el hallazgo. También Quim, famoso arqueólogo aquejado de un cáncer terminal pide que entierren allí, bajo el olivo milenario, sus cenizas,


—Le has encargado una lápida. Qué detallista.

—No es para él. Está enterrada la antigua dueña del terreno. Murió hace unos meses. Quería estar aquí, sola. No se imaginaba que iba a estar más acompañada que en ningún otro sitio.

Los alumnos de Quim, Natalia y Darío, continuarán durante años con las excavaciones, que se verán interrumpidas por distintos intereses económicos, de prestigio y políticos.

La historia de Natalia se va intercalando con la de Ata, siendo el lector capaz de localizar el lugar en el que esta joven, valerosa, independiente, artista y superviviente recibe, una tras otra, las dolorosas lecciones de la vida y también las felices.

La lentitud de la narración remarca la intensidad de la vida en el Calcolítico, cómo sus habitantes se van especializando en quehaceres, cómo mejoran la agricultura y comienzan los contactos comerciales, «Mientras caminan uno de ellos le pregunta por su poblado y ella le cuenta cómo se organizaban para traer agua del río, para curtir las pieles de los uros, cómo cocinan los hongos que recogen del bosque. Les habla del mijo y de la cebada que cultivan…». A través de Ata asistimos a los comienzos de una sociedad compleja, lejos aún del afán de poder de sus ciudadanos; algo que Natalia, Quim y Darío experimentarán por ellos mismos. 

Miguel Torija no ha escrito una novela al uso. La pintora de piedras relata, como si se tratase de un documental, en presente, la vida dura de una mujer en la prehistoria. Marcada por la desgracia de no ser madre, también se ve privada de adoptar a una recién nacida huérfana. El jefe de la tribu es el que decide qué hará cada uno y cuándo. Pero Ata no está dispuesta a dejarse dominar; sabe lo que quiere e intenta conseguirlo.

Una novela expone hechos ficticios o basados en una realidad, pero ficticios al fin y al cabo. La pintora de piedras está compuesta por una serie de descripciones de hechos reales que el autor recrea según la ficción novelada. Y en esa realidad, que no es historia, va introduciendo una novela actual sobre el descubrimiento de esa pre-historia. Es curioso pero, en las partes que podríamos llamar como “más novela”, donde hay más diálogo, donde hay una trama más compleja, es donde encontramos más simplicidad. Creo que, a pesar del paso del tiempo que experimentan los personajes de la actualidad, no han evolucionado; continúan siendo egoístas, ajenos al sentimiento de los otros. En la parte más descriptiva encontramos más belleza, es como si el autor tuviera una finalidad: causar cierto placer estético a quienes leamos estas descripciones. Somos conscientes del ambiente del calcolítico y, en pocas líneas, tenemos una imagen más profunda de sus personajes. Conocemos cómo es Gur y qué pretende, al igual que Ata e incluso Tucu; llegamos a empatizar con ella a pesar de su actitud. Los entendemos. Ata es la personificación del amor. Su deseo es querer y lo arriesga todo por cumplir ese deseo. Ella, también la niña Tucu, experimentan el miedo, así que no es de extrañar que surja la traición, aunque Ata sea capaz de perdonar en favor de una sociedad más organizada y justa.

En la novela de Ata encontramos una profunda conexión con la naturaleza; los personajes están dotados de un instinto primario para sobrevivir en entornos adversos, incluso en los ámbitos favorables deben enfrentarse a luchas por el poder.

En la parte actual apenas hay sorpresas, las reacciones de Natalia y Darío son infantiles, no demuestran la inteligencia que se les supone; son niños egoístas, enrabietados, incapaces de decirse la verdad a la cara «En la vida vas vendido. No puede uno aspirar a mucho más que transitar entre frustraciones».

Es una pena. Tampoco ayuda a su historia los errores ortográficos o gramaticales que, muy de vez en cuando, llaman nuestra atención.

lunes, 30 de marzo de 2026

UN LUGAR TAN ENCANTADOR

Los autores que forman parte de Un lugar tan encantador me eran desconocidos excepto Elena Prieto, de la que me atrae bastante su forma de escribir. Y, en general han supuesto una agradable sorpresa. He de confesar que he leído el libro dos veces porque en la primera lectura capté algunas metáforas pero intuía que había algo más. Así que me fui a la fuente. Leí la letra de Hotel California y poco a poco mi mente se fue despejando. He visto, de forma global, en los nueve relatos que componen este volumen, una literatura psicodélica en la que predominan las expresiones sensoriales tras el uso de las drogas. El entorno de las historias se adapta a la época. La de los 70 fue una década rebelde, de probar cosas nuevas, de sentir de manera artificial lo que no podían hacer de forma natural.

Casi todos los relatos se desarrollan en Estados Unidos y reflejan, como la canción de Eagles, el lado oscuro del sueño americano. Pero cada uno tiene su toque personal. En Un inmenso desierto, Elena Prieto advierte, de alguna manera, del final de los protagonistas. Para ellos todo ha terminado; el pasado perfecto nos cuenta la decepción final «Nos habían contado historias de amor […] Nos habían contado cuentos […] Nos contaron…».Cuando seguimos leyendo encontramos ecos de la canción (compuesta en 1976) que van apareciendo para conformar una historia fantasmal, «empezamos a comernos los ratones. Luego Fredo tuvo esas fiebres. Y después se olvidaron de nosotros». Ecos surrealistas avisan de sueños que no lo son, es el miedo de los niños cuando lo que perciben no es amor, «a mamá le dio como una risa de filos […] y se quedó dormida al lado de Fredo que también se durmió enseguida». Familias deshechas, atrapadas en su interior sin poder salir a la vida aunque quisieran. Personas que creen estar en un cielo cuando «también podría ser el mismo infierno».

Esta paradoja cielo-infierno la retoma Andrés Gusó en Voces en el pasillo. El estilo de Gusó se asemeja al de la literatura de terror psicológico de Poe. Un cura va a un desierto, en esta ocasión al de Tabernas, a asistir en un convento de monjas. El viaje, aunque cómodo, es largo, como los solos de la guitarra que oyen por la radio del Mercedes, «unos acordes de guitarra de casi un minuto de duración». El autor avisa del final que le espera al protagonista, «al final de ese viaje: un convento de clausura» y de la situación tan extraña a la que deberá hacer frente «No utilizamos vino desde 1969»; los actos desmedidos del pasado tendrán consecuencias en el presente, tiempo que una letanía infernal, sin tregua, se encarga de recordar.

Paula Palacios matiza con precisión los excesos sexuales a los que lleva el éxito en Hotel California. También el protagonista viaja en un Mercedes, también toma drogas que le hacen descubrir «una luz brillante, una claridad que le nublaba la vista y lo atraía hacia ella».

Palacios une la realidad del viaje con la ficción alterada por causa de los alucinógenos. El tiempo y el espacio quedan trastocados, por lo que la serpiente aparece como símbolo del cambio en Nené, cantante de los Gamusinos Suicidas al que, con un juego de palabras, el Hotel Galifornia se encarga de mostrarle la realidad que encontrará cuando no experimente los efectos de la droga.

Jorge Doménech reaviva en Es Trés el sexo duro con drogas del que nos avisaba la canción, «aún sostiene las dos copas y el vino del sesenta y nueve». Al practicarlo, el protagonista se siente un dios invencible que, sin embargo, quiere desaparecer por las mañanas. Un dios que no lo representa y al que decide anular para sacar a flote sus verdaderos deseos, aunque «No estará seguro de si escapa al cielo o al infierno».

María Collado escribe en Camas una pesadilla de la que la protagonista no sabe si saldrá o no aunque los lectores estemos avisados por las metáforas tensionales que salpican la narración «lloro con unas lágrimas que se deslizan por mi cara pero que no me mojan».

Álvaro Jarillo libera, en La maleta el pensamiento; la moral se deshace en el horror vivido y la razón se desprende de toda lógica «el director les ayudó a cambiar la bandera. Esta vez pusieron una que tenía colores verdes y blancos». El niño protagonista queda atrapado en un hotel con las cadenas que forman sus deseos, intenta fusionar su vida con sus propios dibujos, hasta que los lectores somos conscientes de que se lo impide la vivencia grabada en su mente.

Elisa María Martínez expone en Siempre ella los efectos devastadores del trastorno mental. No solo afectan al enfermo, también a sus familias. El protagonista se escuda en el psiquiátrico al que debe acudir a ver a su hermano para destrozar su vida, una existencia en la que decidió abandonar a su prometida para abrazar las drogas «Los faros se extinguieron, la radio emitió un último suspiro de ruido blanco […] su respiración le daba miedo». Un relato sorprendente donde la autora explora los miedos psicológicos y el final, sorpresivo, será bastante oscuro.

Franco Chiaravalloti mezcla, en Lugares como cuerpos, reflexiones reales con visiones oníricas. El sarcasmo no se olvida en un relato con altas dosis de suspense y terror donde el protagonista se deja llevar vencido por las amenazas «Aunque debamos registrarnos para ser admitidos nadie puede dar cuenta de lo que ocurre dentro de la habitación».

Finalmente, Íñigo Redondo Egaña, en No te puedes ir explora los miedos internos y sociales, el terror escatológico se une al asco y al sexo, mentes que no son humanas o no pueden serlo «experimentando en lo que denomina bioarte: la creación de seres vivos que sean obras de arte en sí mismos». La creación y la destrucción se dan la mano en este impresionante relato que recoge todo el placer y remordimiento de Hotel California: la serpiente, los ratones, el champán rosado, el hotel, la luz… Vivimos en un hotel, un mundo poblado por seres extraños del que no podemos escapar, donde somos prisioneros de nuestro propio artificio. Donde la autodestrucción es la norma.

miércoles, 18 de febrero de 2026

EL ÚNICO ANIMAL

La verdad es que esta vez he jugado con ventaja: me gusta la editorial Talentura, me apasiona el cuento y me encanta Chelo Sierra, así que leer El único animal era un éxito seguro a pesar de la portada un tanto inquietante y que, en el fondo, refleja el estilo de la autora: desenfadado, fresco, con aportes de humor pero incisivo, para recordarnos algo que parece que hemos olvidado; no estamos en un mundo donde todo es estética, no todo quiere alcanzar la superficialidad como sinónimo de felicidad, no todo se puede infantilizar. Los peluches-disfraces que cuelgan de una barra, en la portada, transmiten desde la profundidad de su mirada inerte, la derrota a la que los hemos llevado.

Están en nuestras manos; no se rebelan, no los dejamos. Solo si los miramos directamente a los ojos podremos adivinar también nuestro fracaso.

Es curioso el título para un libro de relatos cuyos protagonistas son animales, diversos, diferentes, todos utilizados por el hombre para su beneficio quien, haciendo gala de su inteligencia, es el que se erige en narrador de estas historias.

Historias que nos interpelan y consiguen que nos cuestionemos si de verdad nos importan estos animales y hasta qué punto estamos comprometidos con ellos. Normalmente, en la relación que mantenemos en un mismo ambiente para humanos y animales, llevamos las de perder porque quedaos como insensibles o como estúpidos.

¿Quién es entonces el único animal?

El libro de Chelo Sierra contiene 14 relatos; en trece, los animales son personajes directos; el último alude a los animales y al proceso de publicación literaria, una manera algo disparatada y valiente de asumir la autoría y aceptar el verdadero riesgo de las redes sociales: «ignora que el escritor magnífico desvelará en algún momento su autoría porque no hay escritor, por magnífico que sea, ajeno a la vanidad».

En El ruido de los pájaros al caer, la autora denuncia la incongruencia de aquellos que aspiran a una vida natural como sinónimo de tranquilidad. Algunos pretendemos cerrar el campo como si de una habitación se tratase. A muchos de los que se decantan por vivir en la naturaleza, no les gusta el campo «por más que se empeñen en abrazar árboles, por más que se pongan pantalones multibolsillos y lleven en uno de ellos una navajita Opinel». En realidad molestan los animales.

Otros nos proclamamos amantes de los animales sin tener en cuenta el sufrimiento por el que algunos deben pasar para que consigamos avances estéticos, científicos o que satisfagan nuestra calidad de vida. Hay en la sociedad actual un maltrato animal silencioso y permitido y, consecuentemente, cierta deshumanización aceptada.

Rodeamos nuestro entorno de avances tecnológicos sin tener en cuenta la fauna que se desenvuelve en él y después, cuando no tiene arreglo, nos asombramos de la destrucción de determinados ecosistemas que, antes o después, influirán en el cambio climático que irremediablemente contribuirá a la aniquilación de nuestra forma de vida.

El hombre es un ser superior, esto lo tenemos tan asumido que a veces se nos olvida nuestra propia ignorancia. Los animales no son muñecos de peluche, son seres con pegas, con inconvenientes y, a veces, nos arrepentimos de habernos hecho cargo de alguno de ellos. El egoísmo es evidente, hablamos de lo que nos aportan los animales de compañía pero no de lo que les aportamos nosotros. A veces los entornos son poco aptos para la convivencia animal-humano, gozamos de comodidades que no lo son tanto para ellos.

En fin, los cuentos abordan la condición humana; cómo hemos ido introduciendo animales en nuestra vida y, al final ha ido en detrimento de su libertad, porque nosotros no queremos renunciar a la nuestra. En un mundo incongruente buscamos el sentido aunque no lo tenga.

Entonces nuestra esencia se desvanece en el bienestar de nuestra existencia «Vuelven a sacar las imágenes de los terneros muertos, supones que para darle mayor dramatismo a la noticia y tú te preguntas qué más da que estén muertos si total los llevaban al matadero. Eres una mujer pragmática […] Llamas a Glovo. Pides una hamburguesa. Poco hecha. Y de las grandes, que tienes hambre».

Creemos vivir de forma auténtica sin darnos cuenta de que no asumimos nuestra responsabilidad sino que nos evadimos en lo que otros han calificado como idóneo. Chelo Sierra invita a que .llevemos una vida consciente de nuestra realidad porque si anulamos la responsabilidad podemos estar en un sinsentido «Urgente: cambio dos relatos sobre problemas conyugales por dos que traten de animales».

Vivir de manera auténtica sin dejarnos llevar por lo que se espera de nosotros «Los sonidos molestos van desapareciendo al mismo ritmo con el que lo mencionan los huéspedes, aunque siempre surgen nuevas quejas».

La familia puede transformarse en una atmósfera opresiva para los animales, también para los ancianos. El hombre, y la mujer, moderno necesita autonomía sin que nada ni nadie coarte su libertad de movimiento, porque eso es lo principal para mantener la vida que hemos elegido en la que, a veces, tampoco disfrutamos «Anda, hija, nosotros ya hemos estado un ratito juntos, ve a casa, corre, no vaya a ser que le pase algo al perrín […] sí, me voy que ya es muy tarde, cualquier día llego y le ha dado un síncope».

El único animal es un espejo en el que su autora nos invita a examinar nuestra conciencia, generalmente contradictoria. En los relatos observamos un reflejo fiel de la sociedad actual, con tensiones, temores y discordancias de nuestra época. Unos, muestran deseos ocultos, como El coraje de los héroes y otros, las verdades más indignantes: Crema antiarrugas, Demasiadas veces, Bioko y la artista

Chelo Sierra nos invita a reflexionar y cuestionar la veracidad del mundo narrado y real.

martes, 5 de agosto de 2025

R

He terminado R, una novela que ya tenía un punto a su favor: está editada por Talentura. Me encanta la editorial y el interés que pone a nuevos y buenos escritores. Además, en este caso, era una prueba de fuego porque la novela histórica no es mi género favorito; de hecho, suelo ser bastante dura y exigente con ella. Pero R se introduce el mismo tiempo en la novela fantástica, así que me decidí a leerla movida por la curiosidad.

Sin embargo, creo que el protagonista, Rembrandt, uno de los pintores que más admiro, queda dañado por esa fantasía. Me apasiona el Barroco que, conocido como el Siglo de Oro español, representa el siglo de oro europeo de las artes. Tanto el Renacimiento como el Barroco nacieron en Italia pero se extendieron pronto por los países de alrededor. Aún hoy seguimos teniendo como maestros indiscutibles a los que brillaron en aquella época. Y adaptamos o interpretamos sus obras.

Ernesto Tubía elige el siglo XVII para su novela y su protagonista es el maestro del claroscuro, Rembrandt, influenciado sin duda por la técnica caravaggesca. Y superó al maestro pues, el detalle de las figuras sobre un fondo oscuro resalta con fuerza la expresividad y emotividad de sus pinturas. Está claro que el siglo XVII es la época de los contrastes en la que la magnificencia de las obras de arte convive con la pobreza del pueblo; la inseguridad ciudadana era evidente pues los recursos destinados a ello eran insuficientes y la corrupción eclesiástica habitual y manifiesta. En este sentido, la novela de Tubía es un reflejo histórico de la realidad; las largas descripciones nos introducen en un ambiente insalubre y amenazante. El narrador, omnisciente, no descarta los gestos para reforzar el carácter y la forma de trabajar del protagonista, «Jan abrió las manos a ambos lados, reprochándole, como solía tener por costumbre, a Rembrandt su carácter hosco con cualquiera que no supiera sujetar un pincel o fusionar el blanco de plomo con aceite de linaza, para lograr el aceite negro con el que realizaba sus obras».

La novela es un retrato del siglo XVII en Leiden; un retrato desolador, opresivo, pesimista que sigue un hilo argumental coherente. He echado en falta algo de sentimentalismo con el que conmovernos, con el que sentir admiración, odio, pena por los dos pintores.

El tratamiento de los personajes es bastante duro, sobre todo con los protagonistas, aunque encuentro que les falta algo de fuerza para conectar con el lector. Jan no termina de creer en Rembrandt, de hecho, teme por su vida en más de una ocasión y, en vez de apelar al cariño que se tienen, lo hace a su valía como pintor; solo por eso debe ser absuelto de morir. La amistad a la que recurre en un momento, se transformará en desconfianza «Y algún día […] moriremos riendo, borrachos, ebrios de gloria, sabiendo que hoy, en este preciso momento, fue cuando cambiamos tu historia, acabamos con las andanzas de un asesino y encontramos el camino hacia la libertad». De hecho, en ocasiones da la impresión de que él se sabe uno de los mejores, aunque envidia a Rembrandt por no poder superarlo. Y Rembrandt, a pesar de que está descrito como el artista más importante de los Países Bajos de la Edad de Oro neerlandesa, no muestra la humildad que lo caracterizó en su vida y quedó reflejada en sus retratos. En R, el protagonista es autor, supuestamente, de una serie de crímenes atroces y ni siquiera es sospechoso. No hay caso, por lo tanto no hay investigación, por lo que no puedo asegurar que sea una novela negra. La historia se distorsiona a través de hipérboles e invenciones truculentas al máximo.

Es absurdo pedir veracidad a una novela histórica; precisamente son estas invenciones las que aportan cierto carácter fantástico, crudo, oscuro, transmisor de horror y espanto que permanece, no tiene solución. Estamos ante un ser maligno, sobrenatural que habita en una realidad irracional aunque él la ocupe sin ser consciente de sus actos; es como un Dr. Jeckyll que no puede controlar a Mr. Hyde cuando ocupa su cuerpo. El conflicto entre el bien y el mal está presente pero no aparece la lucha, R opta por que prevalezca el lado oscuro, el fantástico, el diabólico, de forma que Rembrandt es casi inexistente, alguien moralmente ambiguo cuya actitud apunta ser consecuencia de la actitud de su padre, una bestia sin corazón capaz de hacer un daño irreparable a su familia, a pesar de que en la novela solo se especifique un hecho y después no sepamos qué fue de ella.

Solo el estudio que alquilan los pintores protagonistas vincula a Rembrandt directamente con el lado oscuro de su progenitor. Algo que contrasta con la realidad y con alguna de las disertaciones sobre la vida del pintor, de las que se deduce una infancia feliz y despreocupada. Si cuando Rembrandt nace, su padre asume que supondrá otra ayuda para su negocio, más tarde nos enteramos de que «Su familia había sufragado, tanto sus excentricidades de pequeño como los estudios con los mejores pintores del país, en su búsqueda por convertirse en uno de los más grandes pintores flamencos».

El protagonista de la novela es un personaje fantástico; deambula por los barrios más bajos de la ciudad y a nadie le extraña; en su entorno tiene lugar una serie de crímenes que nadie se molesta en investigar. Las primeras señales terroríficas se desarrollan en la pocilga adecentada, algo que conecta de forma siniestra con su origen.

R es una novela con cierto punto adictivo, nos sumerge para conocer la parte más terrible de lo inexplicable, allí donde encontramos significados que nos hacen dudar de nuestra humanidad y que, sin embargo, acaban profundizando más en ella. Con esa humanidad de Rembrandt me quedo. R es una novela fantástica que pasa a formar parte de la cultura del miedo, que nos atrae porque está construida basándose en ocultismos y leyendas.