sábado, 8 de junio de 2024

DESENCAJADA


Desencajada no es una novela aunque tiene argumento: la vida de Daria Kovalenko; en torno a la protagonista se dan cita otros personajes, y hay un tema principal: el desarraigo.

Es triste leer Desencajada, pero no más que si nos paramos a pensar durante un momento en la vida de todos aquellos que deben abandonar su casa, a su familia, a sus amigos para enfrentarse a nuevas costumbres, nueva gente, trabajo y, lo más duro, el idioma, «El significado de la palabra liubov es amor».

Una lengua permite contactar con quienes te rodean, sentir que formas parte de una comunidad porque entiendes lo que dicen, lo que sugieren, lo que puedes o no puedes hacer en según qué momento o lugar. Si es duro tener que abandonar el país de origen, llegar a otro en el que no se consigue interpretar nada de lo que se dice debe ser aterrador. Esto es algo de cajón, cualquier ser humano lo entiende, sin embargo hay que agradecer a Margaryta Yakovenko que nos lo recuerde; que existen personas que se sienten fuera de lugar, desencajadas en un sistema que pretende ayudarlas con mayor o menor interés por parte de ciertas personas que piensan que por haber nacido en un lugar les pertenece; que nadie puede llegar allí y pretender tener los mismos derechos que ellos que, fruto del azar, nacieron ahí; que supondrán una amenaza porque se aprovecharán de sus ventajas, de sus trabajos: «Antes de la migración mi madre era enfermera. Después de la migración mi madre trabajaba en un almacén empaquetando limones».

Para los adultos es duro, la mayoría no tiene facilidad para aprender el nuevo idioma y, sobre todo, cuando consiguen cualquier ocupación que les permita salir adelante, aceptan cualquier condición. El miedo a perder el trabajo hace que todo valga, «A los ocho años mis padres me compraron un móvil […] como sustituto de su propia presencia. Cada día, mi madre me llamaba a las dos y media de la tarde […] En el almacén en el que empaquetaba limones le daban media hora para comerse el bocadillo, media hora que ella aprovechaba para llamar a casa».

Los niños no tienen que trabajar. El Estado les ofrece educación y sanidad, pero les falta el cariño, el roce de su familia, la confianza de sus amigos.

Yakovenko rememora su existencia desde que tuvo que abandonar un país donde les era imposible subsistir, después de haber residido veinte años en España, de haber estudiado, de haber conseguido la nacionalidad, de tener una pareja… Aun así no se siente plenamente española, ni ucraniana, ni preparada para compartir su vida con un español «Después de la migración […] Los días de cuando empecé a ser española y me quedé sola. Los días en los que nunca dejé de estar sola».

¿Por qué es tan difícil que algunos puedan salir adelante? ¿Por qué es tanta la crueldad que nos rodea? ¿Por qué si tienes dinero no eres considerado inmigrante y no tienes problemas de adaptación? ¿Por qué el hombre castiga a los más necesitados y premia a aquellos que no tienen necesidades? Creo que la respuesta a todas estas preguntas es por envidia, algo que aflora para deshumanizarnos por completo «En la frontera entre Ucrania y Polonia mi padre tuvo que meter en su pasaporte un billete de cincuenta dólares para que le pusieran el sello de entrada sin problema. En Madrid, una polaca llamada Jana les pidió ochocientos dólares por conseguirles un puesto de jornalero».

El problema de los verdaderos migrantes es el desarraigo, a pesar de llevar veinte años en un mismo país, a pesar de haber conseguido una relación estable: «Yo me he mudado de casa dieciséis veces». Y el desarraigo conlleva un sentimiento de culpa difícil de eliminar. Te sientes culpable por haber dejado a “los tuyos” en la miseria y culpable por haber salido adelante. Es una situación angustiosa, tienes una nacionalidad que no se corresponde con tu ADN y por la que has tenido que pagar y luchar durante años. Sabes que no todos somos iguales. Todos lo sabemos, aunque la constitución de países democráticos diga lo contrario. Llegados a esta punto, Margaryta Yakovenko concluye, a través de Daria, que la migración es una enfermedad, es un duelo en el que lo has perdido todo, «Lloras los paisajes y el clima». Y los migrantes son aquellos que sufren el síndrome de Ulises, en el que «la verdadera condena es la errancia porque él no sabe cómo vivir en tierra firme […] Y nos hemos vuelto adictos al horizonte».

Aunque Desencajada no sea novela, es un relato autobiográfico que todos deberíamos leer antes de juzgar a los inmigrantes, porque es duro no saber dónde están enterrados los tuyos, «es imposible que les encuentre porque ni siquiera estuve en su funeral», porque es difícil mantener una relación, «cómo vamos a ser familia si ni siquiera estuvo en el lugar en el que empezó a manar la sangre». Es duro, pero hay personas que aún nos hacen creer en el ser humano. La hija de Mª José y Kiko, unos amigos muy queridos, decidió pasar el fin de año, con sus padres y hermanos, en un país remoto de África, de donde es su pareja. Bien por ti, Irene. Os merecéis toda la felicidad del mundo.

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