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martes, 6 de mayo de 2025

LA MUY CATASTRÓFICA VISITA AL ZOO


La muy catastrófica visita al zoo debería ser leída por todo el mundo. Los niños, en los colegios, para comentar después su lectura; seguro que los profesores aprendían mucho. Los padres, en las reuniones de la AMPA, para darse cuenta de que, a veces, usurpan, sin mala intención, el papel del profesor. Los profesores, en los claustros, para ser conscientes de que cada alumno es especial y como tal hay que tratarlo pero, al mismo tiempo, todos son iguales.

No estaría mal que los políticos también lo leyeran para reflexionar sobre el significado de esto que llevan entre manos y se llama democracia.

Joël Dicker lo ha vuelto a hacer; en esta ocasión con un libro infantil, escrito con tanto gusto, tanta pasión que agrada a todo el mundo. No sé si es una novela de aventuras; una novela epistolar, debido a que está narrada en forma de diario, aunque no escrito sino recordado por su protagonista; una novela infantil, ya que sus protagonistas son niños y son quienes se encargan de descubrir el misterio; un cuento, porque los personajes están conformados con pocos trazos, los más importantes. Somos los lectores quienes ponemos la imaginación a trabajar para darles forma, física y psicológica.

En fin, La muy catastrófica visita al zoo no “encaja” en ninguna normativa y sin embargo es un gran libro porque es literatura de la mejor. Dicker ha conseguido escribir un libro de misterio, didáctico, de aventuras, en el que no falta la crítica social, la llamada de atención al sistema educativo y, por supuesto, la moraleja. Con este libro, el autor se consagra como alguien capaz de usar cualquier registro y hacerlo bien.

La novela está escrita por una narradora adulta que, en primera persona, cuenta lo que les ocurrió a ella y sus compañeros cuando iban a un colegio especial. El colegio era pequeño, asistían solo seis niños, «Es un cole muy pequeñito porque solo hay una clase […] es muy guay […] Está Artie, que es hipocondríaco […] Está Thomas, que es superbueno en kárate […] Está Otto, cuyos padres viven cada uno en una casa distinta […] Por su cumple siempre pide enciclopedias y diccionarios […] Está Giovanni, que siempre va con camisa, incluso para jugar fuera. Sus padres tienen mucho dinero […] Está Yoshi, que no habla nunca […] estoy yo: Joséphine. Parece ser que no entiendo las cosas demasiado rápido».

Joséphine, a pesar de ser “especial” pudo ir a la universidad y ahora es escritora. Cuenta la historia de lo que les ocurrió un año, un poco antes de las vacaciones de Navidad, en el que vieron peligrar su colegio.

La escritura es fluida. Los lectores sacamos toda la ternura que llevamos dentro al leer las catástrofes encadenadas por las que pasa este grupo de niños, ayudados por su profesora, la señorita Jennings, por el director del cole de los “normales” y por la abuela de Giovanni, una experta en series policiacas.

Joséphine está diagnosticada como alumna de educación especial, sin embargo es observadora al máximo y sabe cuándo algo no va bien, momentos en los que decide evitar problemas y actuar con discreción, «me las zampé sin rechistar. Es lo que se llama ponerse de perfil bajo». Ella y sus compañeros disfrutan de un entorno apropiado, con una profesional que sabe cómo desarrollar sus habilidades, adaptándose a las necesidades individuales de cada uno. Cuando por motivos de fuerza mayor estos niños pasan al “cole normal” surgen las burlas, las peleas…, hasta que el director se da cuenta y con la ayuda de la señorita Jennings se comprometen a implementar una educación inclusiva.

Ojalá funcionen así todos los colegios, ojalá ningún niño se sienta inferior o superior a otro por ninguna razón. Nuestros protagonistas son todos diferentes y se apoyan entre ellos, disfrutan con las ventajas de unos y los éxitos de otros y cada uno, con sus características, es fundamental para que cualquier dificultad pueda superarse.

Esta es la moraleja principal: no debemos menospreciar a nadie porque todos somos valiosos si aprendemos a trabajar en equipo. Mientras llegamos a esta conclusión, reímos con los personajes secundarios porque vemos reflejados pensamientos habituales de la mayoría.


—Caso cerrado: ha sido el mudito el que lo ha atascado todo de tanto lavarse las manos y…

—¡No se debe designar a un niño por su discapacidad! —Se enfadó la señorita Jennings.

—Madre mía, si es que ya no se puede decir nada —se irritó el jefe de bomberos.

También aparecen sonrisas en las explicaciones (necesarias para Joséphine) de la polisemia «el culpable siempre tenía un móvil, pero no para hablar por teléfono…».

Y por supuesto, el trato que les damos a los niños es causa de llamada de atención, aunque al leer la explicación de la protagonista, sonriamos aun sabiendo que suele ocurrir, «se enfadó con nosotros porque nos habíamos comido toda la tarta que quería guardar “para unos invitados”. A mí me entraron ganas de hacerle notar a la madre que nosotros también éramos invitados».

La ternura que se desprende del relato está desde el comienzo, cuando los “especiales” deben enfrentarse a los “normales” y no terminan de encajar en los convencionalismos. Asimismo, Dicker no desperdicia la ocasión de poner en tela de juicio lo que se considera democracia, algo que parece que los adultos hemos asumido en teoría y, sin embargo, pocos lo llevamos a la práctica, al menos en según qué ocasiones; en otras, pensamos que los derechos se amplían a todos por igual en cualquier ámbito. Esto es especialmente grave en educación. Mientras cada profesional tiene libertad para realizar su trabajo y los demás confiamos en su capacidad, los profesores están sometidos constantemente al juicio de los padres y, como no todos los padres piensan de la misma manera, al final es el gremio de la enseñanza el que sale criticado, debiendo, en más de una ocasión, sucumbir a las exigencias de los demás, «al parecer, las normas del cole no se aplican a los padres porque, en cuanto el pobre Director abrió la boca, lo interrumpieron […] a los adultos se les permite portarse peor que mal».

Dicker recuerda a lo largo de La muy catastrófica visita al zoo que debemos cuidar lo que hacemos porque en ocasiones no se corresponde con lo que les enseñamos a los chicos. Probablemente todo funcionaría mejor, y la integración sería vista de manera normal, si los adultos enseñaran con el ejemplo, no solo con la teoría.

La última novela de este autor suizo orienta al lector mediante explicaciones infantiles que ponen de manifiesto una inocencia que sería deseable mantener durante toda la vida, al menos, no olvidarnos de ella. Leer esta novela con niños es bueno para saber qué pensamos, ellos y nosotros, de la democracia, la educación, papá Nöel, la censura y hasta dónde llegan los límites de cada uno. Genial. Entrañable. Divertida.

miércoles, 1 de mayo de 2024

UN ANIMAL SALVAJE

En Ginebra saltan las alarmas cuando atracan una joyería y se llevan un importante botín. La policía se pone manos a la obra pero las pistas, que en principio apuntaban a los sospechosos, circulan por caminos sorprendentes. Por otro lado el perfecto matrimonio Braun verá resquebrajada su armonía familiar que, al menos desde que viven en un cubo enorme de cristal en medio del bosque, es bastante superficial. La exposición inconsciente de su intimidad, hace que Sophie Braun provoque los celos desatados de su vecina Karine y el deseo obsesivo de su vecino Greg, «Al amanecer, se instalaba allí y observaba a Sophie a través de las cristaleras […] Tras beberse el café, Sophie subió a la planta de arriba y entró en el dormitorio principal. Se desvistió y se deslizó desnuda en la cama donde su marido aún dormía […] Tenía que largarse, volver a casa antes de que Karine y los niños se despertasen». También siente celos Arpad Braun, cuando es consciente de que nada es lo que parece en la vida que pensaba había construido.

En realidad nada es lo que parece en Un animal salvaje, excepto el tatuaje de una pantera que Sophie se mandó hacer en el muslo. Ella es un animal salvaje por lo que, aunque lo intenta, no puede vivir encerrada.

La última novela de Joël Dicker no es una novela negra, en todo caso podría pertenecer al género policial, aunque los protagonistas son los ladrones y la policía, implicada como tal al final del argumento, no esclarece nada. Es cierto que hay un robo (el último de una cadena que no lleva visos de terminar) y también lo es que hay un asesinato, pero nada se resuelve. Hay un implicado que, sorprendentemente, queda sin castigo judicial; es su mujer la que decide castigarlo, aunque es más un premio para ella que otra cosa.

En fin, soy consciente de que debería argumentar más mis afirmaciones pero no quiero desvelar nada, y realmente, ya hay pocas sorpresas en la novela porque, en esta ocasión, Dicker no deja que imaginemos, nos va revelando constantemente lo ocurrido en un pasado, lejano o inmediato.

Esta última obra del suizo me ha dado la impresión de que está escrita con prisa. Hay una trama, bastante simple, al estilo de la que podríamos ver en cualquier película “romántica”, protagonizada por una alta sociedad que vive para impresionar. Y aunque Joël Dicker lo que hace, muy bien, es ir dando saltos atrás en el tiempo para que nos enteremos por qué los protagonistas han llegado a este punto «Estaba angustiado […] Ya era hora de confesárselo todo a Sophie. De terminar con esa farsa», en Un animal salvaje las analepsis son tan constantes que no dejan tiempo para que nos metamos en el engaño y recibir de sopetón una sorpresa que nos desmonte la teoría.

Creo sinceramente que son demasiadas páginas y demasiados saltos porque al final viene a decirnos lo maravillosa que es esta vida falaz. Una vida que solo pueden llevar los que pertenecen a la clase alta. Está claro; son los únicos que salen indemnes. Los plebeyos reciben su castigo, unos más duro que otros. En fin, los personajes son bastante planos, y ya es difícil que a lo largo de 446 páginas no evolucionen. Es cierto que Arpad muestra dudas, se contradice, pero termina actuando de la misma manera. Igual ocurre con Sophie, lo mismo pasa con Greg y de forma semejante Fiera mantiene su comportamiento.

Dicker ha construido la personalidad de cada uno en base a un rasgo determinado y así nos encontramos al típico machista que no soporta ser menos que su mujer, que no soporta que sea ella la más inteligente, la más guapa, la más rica, la que brille más… Sabe que sin ella no es nada, por lo que no le importa humillarse para que, cara a la galería, sea él el cabeza de familia, rodeado de gente que lo admira y lo envidia.

Nos encontramos con la clásica niña rica que lo ha tenido todo sin esfuerzo, belleza, dinero, inteligencia, contactos… y le falta experimentar la excitación que el resto de mortales siente en su día a día para encontrar un trabajo o conseguir lo que se propone. No le importa mentir o saltarse la ley con tal de percibir una subida de adrenalina. Por supuesto, contando siempre con el apoyo familiar incondicional.

Nos encontramos con el típico hombre que ha perdido el deseo por su mujer, porque se siente atraído hacia cualquier novedad que se le presente. Sabe que lo que tiene en casa seguirá ahí para ofrecerle un hogar en el que refugiarse cuando esté cansado de probar las innovaciones sexuales que su mujer no tolera, «Greg pensó que hacía mucho tiempo que Karine no lo recibía así. […] —Me apetece hacerlo aquí —dijo sacándose unas esposas del bolsillo de atrás del pantalón».

Nada es lo que parece en Un animal salvaje, pero en realidad pocas cosas sorprenden, aun con tantos cambios, tantas las idas y vueltas. Incluso los diálogos no están a la altura de lo que nos tiene acostumbrados el autor; demasiado lenguaje coloquial.

He echado en falta la metaliteratura de El caso de Alaska Sanders. La narrativa fraccionada de Dicker es su constante, y sin embargo esta vez no he encontrado giros sorprendentes, sí hay sorpresas pero en mi opinión no de la talla de La verdad sobre el caso de Harry Quebert.

La narrativa múltiple a la que nos tiene acostumbrados ha dejado paso a un narrador omnisciente que, de manera testimonial, va contando los hechos ocurridos en diferentes espacios: Londres, Génova, Saint Tropez, y en distintas épocas.

Si en Elenigma de la habitación 622 encontré alusiones al suspense de Alfred Hitchcock, en este argumento, totalmente visual, como es usual en el autor, pueden quedar reflejadas imágenes de cualquier película pretendidamente romántica. No hallamos el sentido de la amistad que rodea sus otras novelas, hay engaño, mentira y un ambiente de falsedad con el que no nos es posible identificarnos. Un ambiente que saca lo peor del género humano: el egoísmo.

Aun así, es Joël Dicker, y espero ilusionada su próxima novela.

jueves, 22 de septiembre de 2022

EL CASO ALASKA SANDERS

Jöel Dicker lo ha vuelto a conseguir. Nos guste más o menos su novela, terminamos hablando de ella, para bien o para mal, creemos, ingenuos, los lectores, porque en realidad siempre es para bien. Es difícil resistirse a sus macronovelas, esta última de casi 600 páginas. Y seiscientas dan para mucho, para leer tranquilo, para quedar perplejos, para pensar que vaya terminación, para asombrarse con el final… Es un genio.

En la última entrega de la trilogía, Marcus Goldman vuelve a escribir un libro para confundirse con el verdadero autor, Jöel Dicker, y su verdadera obra, El caso Alaska Sanders, que aparece como una historia real sucedida al escritor Goldman y al sargento Perry Gahalowood.

Trama enrevesada en la que personajes reales y ficticios conviven con historias ficticias y “reales” del pasado que vuelven al presente ante la sorpresa de los lectores.

Después de esta trilogía ¿Volveremos a saber de Marcus Goldman? Por ahora ha recuperado a Harry Quebert, de hecho las alusiones y apariciones de este escritor son constantes, así como su única obra escrita «Los orígenes del mal» «Estaba atónito: Harry Quebert había estado aquí ¿Cómo podía haberse enterado?». También el sargento Gahalowood podrá quedarse tranquilo tras lo sucedido 11 años atrás con su compañero Vance, al investigar el asesinato de Alaska. Y Goldman da la impresión de que ha encontrado su verdadero camino, aunque hay una puerta abierta por la que Dicker puede meternos en cualquier momento.

Está claro, los lectores ávidos de entretenimiento apostamos por las historias fragmentadas, casi constantemente, de este autor; giros imposibles que hacen del autor un mago, en el que no queda más remedio que destacar la técnica empleada: colocar las historias que, aunque narradas en pasado, se cuentan a modo de informe, algo que da la impresión de ocurrir en un presente inmediato. Los propios implicados en la investigación van dando sus testimonios diferentes, mientras los lectores encontramos coherente lo que afirman unos y otros. Todo es posible, «¿qué habría cambiado en mi vida, que ya estaba destrozada, de haberle contado a usted todo eso?».

Marcus y Gahalowood deberán investigar un caso ocurrido en 1999, la muerte de Alaska Sanders. Los asesinos fueron descubiertos, uno de ellos murió en los interrogatorios y el otro lleva once años en la cárcel cumpliendo cadena perpetua. Pero algo no terminó de cuadrar al sargento cuando se hizo cargo del caso aunque no pudo estar durante el interrogatorio en el que murieron su compañero Vance y el asesino confeso Walter Carrey. Perry se encontraba en el hospital asistiendo al nacimiento de su hija.

En 2020 contará con la ayuda de Marcus para establecer los hechos. El narrador es un experto en hacer aflorar diferentes hipótesis. Muchas. Vamos asistiendo a esos giros espaciotemporales y nos da igual si estamos en el pasado o en el presente porque nos sumergimos en una trama, a la que le vamos encontrando fallos hasta que el autor se aviene a aclararlos. Todos los personajes que aparecen tienen que ver con el caso y en cada uno de ellos descubrimos una perspectiva diferente para poder entenderlo. Dicker forma un caleidoscopio  con las voces de los distintos personajes y entre todos formarán una verdadera historia.

Con esta técnica narrativa múltiple, los lectores conocemos diferentes versiones y formaremos nuestra propia opinión sin tener en cuenta que estamos ante un maestro del engaño. Todas las revelaciones son importantes, las que se tuvieron en cuenta en su momento y las que no «Aseguraba que el día del accidente había visto un coche azul […] Al final el coche se fue y la vecina decidió no avisar a la policía. El clásico testimonio inútil, ya ve». Una vez que conocemos la verdad nos asombramos de la actitud que pueden llegar a tomar los inocentes cuando se ven acorralados por miedo a un sistema judicial deficiente que mantiene en sus cárceles y en el corredor de la muerte a muchos que no deberían estar allí.

En la novela conocemos el mundo de Alaska Sanders, una joven que debe enfrentarse a la ludopatía paterna, un juego que afecta a los personajes y a determinados resortes que alientan el viaje narrativo de Dicker. El padre de Alaska le traslada la ira y las heridas de un ludópata para conseguir una verdad literaria, el mundo limitado de una chica con grandes sueños que pertenecen, sin embargo, a un mundo falso de falsos destellos, en el que poco interviene el esfuerzo personal y mucho la envidia y la mentira. Alaska no estaba preparada para ese mundo, de ahí que las circunstancias la vayan acorralando hasta dejarla morir como un animal, sin saber de dónde viene tanto sufrimiento «Así fue como descubrimos que a Alaska no la amenazaba nadie».

A pesar de llevar 11 años muerta es fundamental porque casi todos sus actos han sido ejecutados según los movimientos de quienes la rodeaban. Los lectores nos sentimos emocionados y entristecidos por el carácter de Alaska. No debería morir un inocente «—Vengo por lo del empleo […] Terminó la frase con una sonrisa desconcertante. […] Lewis Jacob cedió en el acto al hechizo de aquella preciosa joven».

El caso Alaska Sanders se une a La verdad sobre el caso de Harry Quebert a través del libro de éste, «Los orígenes del mal». No hay un origen claro a no ser la codiciosa y envidiosa Eleanor, origen también de la resolución del caso de Alaska. Eleanor es la que juega con los sentimientos de los demás, es la asesinada y la causante de que una mente asesina opte por quitarla de en medio. ¿Por qué muere Alaska? Probablemente porque alguien antepone los intereses sociales al amor. Alaska se mueve en un mundo de falsas relaciones lésbicas por lo que vive en una constante huida hacia delante, no ha madurado, se deja llevar por relaciones que carecen de verdaderos conflictos emocionales y es incapaz de intuir que quien ella cree no es su verdadero amor.

El concurso de belleza al que opta, como lanzamiento al estrellato, tiene tintes del pasado; parece castigar a las chicas que, como Eleanor o Alaska, tienen como principal objetivo exhibir unos físicos bonitos. De hecho, hoy, en medio de la batalla contra la cosificación femenina, tiene poco sentido aplaudir un mercado de cuerpos vestidos de fiesta; el concurso de belleza es un ambiente vacío de verdaderos méritos por lo que las aspirantes no tienen una personalidad definida. Puede que por eso no lleguemos a empatizar con las víctimas aunque sintamos pena por ellas.

En realidad creo que este mundo de Alaska es la excusa para que brillen Gahalowood y, por supuesto, Marcus Goldman, alguien tan humano que podría ser el alter ego de Dicker.

Es entre ellos, entre los hombres, los protagonistas actuales y pasados, donde surge la verdadera amistad. Hay verdaderos lazos de afecto con fuerte carga emocional (no en las mujeres) que marca los cimientos sociales. Entre ellos se sienten seguros, acompañados y felices. Entre ellos hay respeto, lealtad y confianza porque su relación se ha fortalecido en momentos difíciles. Hay afinidad literaria entre Goldman y Quebert y afinidad investigadora entre Gahalowood y Goldman. Entre mujeres no existe esa verdadera amistad «Solo había una persona con quien me apetecía desahogarme: el sargento Perry Gahalowood».

Ojalá Dicker lo tenga en cuenta para sus próximas entregas.

jueves, 13 de agosto de 2020

EL ENIGMA DE LA HABITACIÓN 622


He terminado la novela y no he podido resistir la tentación de releer determinados episodios. En realidad empecé de nuevo por el Prólogo pero comprendí que, si me dejaba llevar, podría llegar de nuevo hasta el final. Probablemente lo haga, pero en otro momento; es un gozo, sabiendo lo que sabemos al terminar, leer todos los sucesos que presentaban un enigma, o no, y descubrir la grandeza de la trama y la ironía de los diálogos que aunque se manifestaba en la primera lectura, en la segunda aparece como toda una declaración de intenciones.

En principio, El enigma de la habitación 622 parece contener un argumento simple, el editor de Joël Dicker, Bernard de Fallois, fallece a los 91 años; la pena del escritor se agranda por una pelea que tiene con su novia Sloane, lo que provoca que él vaya a pasar unos días de descanso a un hotel de los Alpes suizos, el Palace de Verbier. Cuando lo hospedan en la habitación 623 se da cuenta de que no existe la 622. Scarlett Leonas, que conoce de oídas a Dicker, también está hospedada en esa planta y deciden investigar un asesinato que ocurrió tiempo atrás en la habitación fantasma.

Nada es lo que parece. No hay simplicidad en el argumento que se va expandiendo como una tela de araña para acoger a cuatro, cinco tramas diferentes, o más. En el fondo El enigma de la habitación 622 es un homenaje al editor Bernard de Fallois, todo gira en torno a él, no solo el capítulo 20; la erudición de la que hacía gala este editor aparece en el personaje de Lev Levovitch, la pasión por los payasos se deja intuir en el personaje, casi infantil, Macaire Ebezner, la pasión por Proust se encuentra en el simbolismo que suponen personajes como Tarnogol y, por supuesto, en las digresiones de la novela, portadoras de la memoria involuntaria, que nos llevan al convencimiento del poder que el paso del tiempo ejerce sobre las personas; precisamente esta marcha inevitable consigue que entendamos a los demás desde una perspectiva diferente. Asimismo de Fallois era, según nos enteramos en la novela, un apasionado del cine «Le hablé de lo erudito que era. Le hablé de su pasión por los payasos. Le hablé de su pasión por el cine. Le hablé de su pasión por Proust». Y, por supuesto, El enigma de la habitación 622 aparece como una extraordinaria película del mago del suspense, Alfred Hitchcock.

Así pues, este argumento simple del que hablábamos va creando uno de los mayores suspenses posibles a base de recursos narrativos que se reformulan en visuales, porque Joël Dicker tiene la capacidad de expresarse por medio de imágenes que se subordinan al impacto dramático, con lo que construye el suspense, de hecho, toda la novela es un espectáculo dirigido a un público entregado desde la primera página.

Sagamore no entendía nada […]
—Puede marcharse.
—¿De verdad? —Dijo Macaire, extrañado, al tiempo que se ponía de pie.
–He hablado por teléfono con la pareja de jubilados a la que asesinó salvajemente. Están muy bien de salud. Le mandan recuerdos, por cierto.
[…]
Hasta que de pronto, se le iluminó la mente.
Se quedó de una pieza.
Acababa de entenderlo todo.

La incertidumbre, de personajes y lectores, es constante. Recibimos la información poco a poco, pero de forma constante. La tensión viene de lugares insospechados, y de personajes más insospechados aún, que además aportan pistas falsas falsamente evidentes, de forma que siempre vamos a sospechar de quien no es culpable; no sabemos si está jugando o no con nosotros. Ningún personaje es lo que parece. Da igual que sea principal o secundario, protagonista o antagonista. A veces nos encontramos con alguno anecdótico que despierta las sospechas de otro personaje principal, creando en el lector una sensación de indefensión tal que termina sospechando de todos. La focalización cambia constantemente para que solo veamos a través de los ojos que le interesan al autor, dando como resultado que quedemos contagiados de las preocupaciones de un personaje determinado. A veces, cuando creemos que el problema está solucionado y la historia avanzará sin sorpresas, aparece un hecho fortuito (una intoxicación en masa, otro personaje inesperado, unas instrucciones desconocidas...) que arruina el hilo argumental y da la vuelta a la historia, tantas veces como quiera Dicker, con lo que impide que algunos personajes lleven a cabo sus objetivos,

Odiaba cenar sola. Odiaba estar sola. Sacó el teléfono del bolso y estuvo un buen rato sin llamar a Lev.
[…]
—…¿Cómo se encuentra?
—Bien, Alfred —contestó Anastasia, turbada.
Se subió al asiento de atrás sin pararse a pensarlo […] le preguntó
—¿Cómo se las apaña Lev?

Los momentos de tensión se acentúan, paradójicamente, con secuencias de contraste humorístico (que resultan hilarantes al releer la novela). El registro ligero utilizado puede introducir detalles irónicos que intensifican los momentos cruciales. El suspense de este mago de la literatura no consiste en que aparezca en el lector alguna pregunta de vez en cuando, sino en la cantidad de información que este recibe, tanta que es necesario, a veces, parar de leer para que las acciones tomen forma en nuestra mente, para ordenar épocas, lugares, personajes. Sabemos de antemano que hay un asesinato, que hay una intoxicación, que hay una pérdida de acciones, pero no conocemos el porqué.

Los diferentes puntos de vista aportan intriga. Dicker no duda en subvertir el orden cronológico, en intercalar datos en un relato que percibiremos como incoherencias, capaces de contener la propia incoherencia del espíritu humano, la indisciplina mental de algunos personajes que por falta de decisión, como Anastasia, se ven abocados al sufrimiento, o el pensamiento turbio de otros que por ineptitud, como Macaire, se ven consagrados a la envidia.

Una de las técnicas utilizadas, con un resultado sorprendente, es investigar el asesinato sustituyendo lo observado por lo oído, de manera que la ironía queda renovada con la parodia en más de una ocasión y la descripción de algunos personajes, como Tarnogol o Kazan, se ve reemplazada por el simbolismo.

Otra técnica interesante es dejar pistas para que el lector avezado las asocie con satisfacción, hasta que al pasar la página se derrumban sus conclusiones.

Las expresiones son a veces casi infantiles, esto ayuda a relajar al lector y consigue que luego permanezca en su mente la situación inesperada, los gestos de los personajes que se agolpan como si los viese en una película.

Contrasta la localización espaciotemporal tan exacta en algunos momentos «A, principios de verano de 2018, cuando acudí al Palace de Verbier», ante la indefinición de otros sucesos. No sabemos el año del asesinato, sí el día, incluso la hora. Esta técnica acrecienta el suspense, como también lo hace el intercalar historias que podrían funcionar por separado:

Empezamos con la historia de amor, actual, entre Joël y Sloane. Historia que termina el 22 de junio para dar paso a otra  el 23. Una trama que Joël lleva a cabo con Scarlett, otra huésped del hotel Palace de Verbier. Entre los dos investigan un asesinato que ocurrió allí, mientras van detallando el proceso de la escritura.

De la historia del asesinato se deriva la trama ocurrida en el Banco Ebezner, donde aparece el análisis crítico de una sociedad moderna. Las intrigas de banqueros y altos cargos, la falta de escrúpulos para conseguir cualquier deseo. De aquí deriva el matrimonio entre Anastasia y Macaire Ebezner, pero este realismo social se diluye en la novela romántica protagonizada por Lev Levovitch y Anastasia, capaces de crear una fantasía en la que vivir y donde quedan retratados sus sentimientos más profundos. El realismo psicológico se expone también en los personajes que interactúan con ellos. La ambición de Olga y la presión que ejerce sobre sus hijas para que asciendan en la sociedad a costa de lo que sea, contrasta con la presión que Sol ejerce sobre su hijo para que se mantenga en sus raíces.

También por separado podría funcionar la vida de Levovitch, su infancia, su relación con su padre, sus acercamientos al Banco Ebezner hasta desembocar en el triángulo de intrigas, celos y amor que protagoniza junto a Macaire y Anastasia.

En un giro inesperado estas historias toman cuerpo, a través de la metaliteratura, en una trama nueva en la que Joël Dicker, como hiciera Unamuno con su nivola, habla con sus personajes para quedar todos integrados en El enigma de la habitación 622. Magistral.

Entre los recursos de estilo predomina el humor, desde la exposición de engaños casi infantiles hasta la mezcla de recuerdos con la realidad «lo vio encima de ella, besándola, susurrándole: ¿Un poquito más de zumo de naranja, señorita? Ay, no, vaya, eso lo decía Arma, que venía a molestar».

Las situaciones pueden dar un vuelco tras un diálogo intrascendente, consiguiendo dejar más intrigado al lector. Otras veces la intriga viene del propio narrador que pregunta de forma retórica para contestar humorísticamente él mismo «Deseaba ver a la dueña de ese carmín y abrazarla muy fuerte. ¿Dónde estaba? Estaba en el armario empotrado, allí mismo…».

Además del humor y referencias metaliterarias, encontramos asociaciones con otro tipo de literatura en las alusiones al cuento de la lechera «La policía iría volando a trincarlo […] Igual hasta le cargaban el asesinato […] Levovitch con una cadena perpetua y Anastasia, ahora sola, arrastrándose de vuelta», o a la tragedia de Otelho «el pañuelo bordado con el nombre de Sinior Tarnogol, que Macaire le robó aquella noche». Y si esto no es suficiente, a veces los personajes escenifican lo que dice el narrador, de manera que ambas voces interactúan aportando un tinte dramático a la novela hasta conseguir que el lector se sienta como ante una pantalla por la que van pasando estos personajes «Anastasia llegó al Palace […] Llamó a las puertas pero ninguna se abrió. Gritó desesperadamente “¡Lev! ¡Lev!” pero solo le respondió el silencio».

El recuerdo de Bernard, su pasión por el cine, se trasluce incluso en el nombre de los personajes. El chófer de Levovitch es Alfred. Lev es el “Conde Romanov” que además está enamorado de Anastasia (hija superviviente de la matanza perpetrada contra la familia real rusa en 1918, llevado a la gran pantalla en varias ocasiones). El psicoanalista Kazan nos recuerda, irónicamente, al director de películas de calado social que reflejó la crisis de identidad en El compromiso.

Y, por supuesto, como Hitchcock venía haciendo en sus películas para desviar la atención y quitar tensión al suspense, también Joël Dicker tiene algún cameo en la novela.

De repente, interrumpo mi novela. Solo en mi habitación, en el sosiego de la noche, pienso en Ginebra […] Que acogió a los míos y nos dio una patria

Y, por supuesto, como ocurría con Hitchcock, esto no hace sino que leamos con más interés porque queremos saber más hasta que, por fin, llegamos a la última página, respiramos y no podemos dejar de rendir un homenaje tremendo a este monstruo de la narrativa, a este nuevo Fénix de los ingenios. Y volvemos atrás, y releemos, y disfrutamos casi tanto como tuvo que hacerlo Dicker mientras escribía la novela. Creo que el homenaje a Fallois está presente en cada línea. Si el editor pudiera leerla estaría orgulloso no solo del autor sino de él mismo, porque creyó en Dicker desde el primer momento.

sábado, 14 de julio de 2018

LA DESAPARICIÓN DE STEPHANIE MAILER



No puede ser que cada vez que lea un libro de este autor me ocurra lo mismo, me encanta; el siguiente me gusta más que el anterior, y me hipnotiza tanto que deseo enormemente poder escribir como él. Sus historias, una vez leídas las novelas, son sencillas, quiero decir que los asesinatos o lo que ocurra, tienen sentido y, además, son de resolución bastante lógica; pero hasta llegar ahí has de pasar, en este caso, por 650 páginas complejas para enterarte de quién es el asesino, cuáles son los motivos que lo llevan a ello y qué relación tienen todos entre sí, asesino, asesinos, asesinado, asesinados. No quiero revelar mucho porque La desaparición de Stephanie Mailer hay que leerla. Desde la primera página queda atrapado el lector y no puede parar. En concreto, a mí me ha fastidiado tener que dejar el libro para atender otros asuntos o porque me dolía la cabeza debido al tiempo empleado en la lectura, ya que como son alrededor de cuarenta personajes, y en principio todos parecen culpables, además de que van apareciendo de forma totalmente conveniente —o aleatoria según se mire—, tuve que ir tomando notas de quién era cada uno, qué filiación o relación tenía con el anterior y por qué aparecía en la novela. Si no, es imposible, al menos yo soy incapaz de ir recordándolos a todos en todo momento. Con La desaparición de Stephanie Mailer me ha pasado algo parecido a lo que me ocurrió hace ya muchos años, cuando leí Cien años de soledad; con la novela de García Márquez me fui haciendo un árbol genealógico para entender mejor la trama y con la de Joël Dicker, he ido anotando la relación entre los personajes y las causas de su aparición para enterarme bien; no quería que se me escapase ningún detalle. En realidad me podría haber ahorrado algo de ese trabajo pues el autor ha tenido la deferencia de colocar al final la lista de los 31 personajes principales y su cargo. No obstante no me arrepiento de mi trabajo pues me ha permitido observar casi con lupa todos los movimientos y entender a la perfección el final, incluso sentir cierta empatía hacia el asesino, o hacia alguno de ellos.

Antes de criticar esta novela, que creo que lo voy a hacer con una palabra, ¡Formidable!, quiero comentar algo que me ha llamado la atención, y que, curiosamente está al final de la misma, una vez que hemos descubierto lo ocurrido. Hay dos personajes que se unen para estrenar La noche negra de Stephanie Mailer, uno como autor de la obra y otro como director. La representación es un fracaso y ante ello, el crítico-autor opina «Lo que no tiene éxito es forzosamente espléndido, palabra de crítico». Esto es completamente falso, la prueba la había dado este mismo personaje, al principio de la novela, cuando pasa de ser un crítico admirado a alguien a quien nadie lee porque todos se han dado cuenta de su proceder, «cogió la última relación de libros más vendidos de Nueva York, fue subiendo la lista con el dedo hasta el de mayores ventas y escribió un texto asesino sobre aquella novela lamentable que ni siquiera había abierto»; de hecho en una entrevista ya se lo dicen «hay algunas malas lenguas que afirman que los críticos literarios son escritores fracasados […] —Sandeces, querida amiga […] nunca he conocido a un crítico que soñase con escribir…». Esta ironía imagino que es un guiño de Dicker a las críticas que reciben algunas obras literarias de aquellos que se limitan a juzgarlas, la mayoría de las veces sin saber cómo. Si no, no se entiende, él mismo es la prueba, con 33 años es un éxito de ventas porque, creo, hoy tiene pocos rivales que puedan hacerle sombra.

No quiero atribuirme el cargo de crítica literaria, sería algo desorbitado, pero es cierto que algunos alumnos me han preguntado por qué no escribo un libro; alguna vez me lo he propuesto, y siempre he terminado por verlo imposible, o la historia era demasiado obvia, o los diálogos poco profundos, o me quedaba en blanco. Sin embargo al juzgar las obras de los demás sí reconozco, casi siempre, cuándo son buenas, y no tengo ningún problema en afirmar que me gustaría estar en el lugar del autor, que todo eso hubiese salido de mi mente. Por eso, cuando veo que hoy escribe “cualquiera” no lo soporto, me ocurre algo parecido al sentimiento de Otrovski ante la novela de Alice

Alice se escondió en el armario del despacho justo antes de que Otrovski llegara […]

—¿Le he hecho algún daño sin querer, Steven? […] Si es así le pido disculpas […]
—¡Porque tiene que guardarme mucho rencor por algo para imponerme semejante lectura! Y por si fuera poco, aquí estoy perdiendo aún más tiempo en comentarla […] Sueña con ser escritor, ¿no es así Steven?

—No, no soy el autor del texto –le aseguré.

—[…] Hasta un mono lo haría mejor. Hágale un favor a la humanidad ¿quiere? No siga por ese camino. Pruebe a pintar, quizá. O a tocar el oboe.

No voy a ser tan categórica como Otrovski, pero estamos rodeados de verdaderas obras de arte (aunque haya gustos para todo) y es una pena perder el tiempo con mediocridades.

Dicho esto queda confirmado que a mí me hubiera gustado realizar una obra maestra y que Jöel Dicker es un artista, es más, yo diría que es un genio. Ahora veremos por qué.

El lector es incapaz de encontrar al culpable hasta que no llega casi a la última página; es cierto que, una vez leída la novela, si empezamos de nuevo, nos damos cuenta de que hay tantas pistas para descubrirlo que parece imposible no haber caído en la cuenta, a no ser porque cada vez que aparece un personaje diferente encierra ciertos intereses para que continúe o cese la investigación, que lo muestran como sospechoso. Llegamos a recelar de los vecinos, de los periodistas, de los políticos y de la propia policía. La pregunta constante es ¿por qué?, ¿qué relación hay? y, como si fuera un puzle, el propio asesino es quien da forma a todo y nos presenta las piezas unidas en una secuencia tan coherente que no podía haber sido otra. Creo que es el mayor acierto de Dicker, enredar fechas, lugares, personajes, acciones durante seiscientas páginas para esclarecerlo en unas pocas y que los lectores conozcamos a la perfección a los integrantes, no sólo a los asesinados o a los asesinos.

Todos son importantes porque de esta manera percibimos cómo es la sociedad, sus integrantes, sus reacciones y consecuencias: el que ha sido alguien en un momento y ahora no es nada porque no era tan bueno como creía pero tiene un precio como casi todo el mundo,

—¿Quiere que le mienta descaradamente a la prensa ensalzando una obra que nunca he visto?

—[…] A cambio lo acomodo esta misma noche en una suite del Palace del Lago hasta que termine el festival.

—¡Choque esos cinco, amigo!

Una sociedad formada no sólo por buenas personas «un hombre simpático, afable, que procedía de buena familia. Un vecino activo y comprometido. Tenía un restaurante. Miembro del cuerpo de bomberos voluntarios», o buenos profesionales «—Bueno, pues ten la bondad, a pesar de todo, de ir a vaciar un cargador en el polígono de tiro antes de andar por ahí con ese trasto en el cinturón. Señores, rematen esta investigación pronto y bien». En La desaparición de Stephanie Mailer aparecen todos aquellos perfiles que cada vez más pueblan las ciudades actuales: corruptos «la cuenta en que se ingresaba el dinero: era una cuenta diferente, también del señor Gordon, pero abierta en nuestra sucursal de Bozeman, en Montana»; mafiosos «—Todo el mundo tiene que saber que el alcalde Gordon es un criminal. —Júrame que no dirás nada, Megan ¡Cerrarán las empresas, condenarán a los directivos, los obreros irán al paro […] Gordon es muy hábil. Mucho más de lo que parece»; egoístas «Entre el hallazgo del cadáver de Stephanie y el anuncio del alcalde de que se cancelaban los fuegos artificiales del Cuatro de Julio […] Delante del edificio municipal un grupo de manifestantes, todos ellos comerciantes de la ciudad, se había reunido para pedir que se mantuvieran los fuegos artificiales»; cobardes «Tuve miedo, capitán. Y me sentí avergonzado […] Era la primera vez que decía que tenía miedo»; manipuladores «—[…] Tú ya has conseguido que echase a Stephanie y la cabeza de Otrovski. ¡No pretenderás diezmarme la revista, digo yo! Alice lo fulminó con la mirada y luego exigió un regalo»; chantajeados «¿Cómo había llegado a aquello? ¿cómo se veía a los cincuenta años liado con aquella chica?»; celosos «—La investigación es secreta, ¡y un cuerno! Estoy segura de que Natasha está enterada de todo»; acosados «Había sido una buena alumna, muy capaz, ambiciosa y querida […] Todo cuanto había querido lo había tenido. Y luego había llegado Tara Scalini y la tragedia posterior»; los que anteponen su posición al plano humanitario «¡Si corre el rumor de que anda rondando por aquí un asesino, la temporada de verano se va al carajo! ¿Se da cuenta de lo que esto supone para nosotros?»; los estúpidos «¡Qué bien había hablado! ¡Qué interesante era […] En pocas palabras había resumido la decadencia de la humanidad. ¡Qué orgulloso estaba de que su pensamiento fuera tan ágil y su cerebro tan portentoso».

No cabe duda de que la sociedad queda diseccionada, porque no solo existen estas personas en Orphea, son personajes universales de hoy, de ahí que vivamos en condiciones cada vez más engañosas, menos seguras, más hipócritas.

Por eso aparecen, asimismo temas tan actuales como el de la paridad en los trabajos, «La única razón de que estés aquí es que el alcalde Brown, con sus condenadas ideas revolucionarias, quería a toda costa nombrar a una mujer en la policía […] historias de diversidad, de discriminación y de no sé qué más gilipolleces», o la efectividad real de los psicólogos, tan demandados y en los que dejamos caer toda la responsabilidad, sin tener en cuenta que los primeros que tenemos que implicarnos, en los problemas que nos afectan somos nosotros «Cuando hablamos de eso en la sesión fue porque Dakota se quejaba de que registrabas su habitación para buscar droga. Lo que dijo el doctor Jern fue que convirtiéramos su cuarto en un espacio propio que respetáramos, que implantásemos un principio de confianza».

Y por supuesto, el poder del dinero, por encima incluso de los sentimientos supuestamente más profundos. Parece que hasta el dolor más insoportable puede desaparecer con una bonita suma por medio «la incitación al suicidio podría considerarse homicidio […] te enfrentas a una pena entre siete y quince años de cárcel. A menos que lleguemos a un acuerdo con la familia de Tara […] Quieren nuestra casa de Orphea […] —Pues suya es entonces —dijo mi padre—.»

Ante este panorama no es de extrañar que la sociedad funcione mal, se ha deshumanizado y, si nos fijamos, el dinero, el afán de poder es el desencadenante.

El narrador es excepcional, o mejor dicho los narradores, porque la novela está escrita mediante una polifonía narrativa que favorece el entendimiento de lo sucedido durante veinte años en Orphea. La voz de Jesse Rosenberg es la que relata el presente, veinte años después de, aún muy joven, resolver su primer caso, que le trajo tanto la gloria como la desgracia. Su compañero, Derek Scott relata lo ocurrido en 1994 cuando ambos resolvieron el asesinato múltiple de Orphea.

Pero nada es lo que parece y Stephanie Mailer da la voz de alarma, de forma que Jesse (a punto de jubilarse con 45 años) y Derek, retoman el caso junto a Anna Kanner, la tercera voz narrativa, subjefa de la policía de Orphea.

Pero entre estas voces narrativas encontramos las de otros personajes que van apareciendo y que aportan, junto a un narrador ocasional en tercera persona, mayor tensión a la lectura sobre todo porque dan pie a una serie de diálogos impactantes, llenos de ironía, humor incluso, o tragedia; verdaderos protagonistas de la novela pues la hacen dinámica, adictiva, de ritmo apabullante que no desaprovecha el autor para conseguir el retrato evolutivo de una sociedad.

Podría alargarme aportando ejemplos de ese humor, de las descripciones, justas pero acertadas, pero no quiero desentrañar nada más. Leer a Dicker y disfrutar con él es una obligación personal.

miércoles, 20 de julio de 2016

EL LIBRO DE LOS BALTIMORE

Al leer la última novela de Joël Dicker me han llamado la atención varias cuestiones. La primera es que el autor retoma al escritor Marcus Goldman, protagonista de La verdad sobre el caso de Harry Quebert, para contarnos, en esta ocasión, la historia de su familia paterna. La segunda es que el modo narrativo es bastante original, casi constituye una técnica de estilo, pues parte de una vivencia literaria anterior y la filtra de manera espontánea en la actual para no volver a tocarla. La narración no es lineal; como en la vida misma, nos vamos enterando de los éxitos, fracasos, rencillas o formas de actuación de los Goldman afincados en Baltimore y de los residentes en Montclair, según lo vive el protagonista, lo recuerda o se lo cuentan, a veces demasiado tarde para rectificar comportamientos, siempre para poder cambiar de pensamiento y quedar en paz con él mismo.

Marcus Goldman, con el propósito de unir de nuevo a su familia, va desentrañando los hechos en primera persona; en ocasiones realiza un ensayo ficticio, en otras narra una crónica de sucesos, en otras cuenta sus recuerdos indudablemente edulcorados por el paso del tiempo; recuerdos en los que permanece el rencor hacia sí mismo por su comportamiento infantil, desde la perspectiva del adulto. Como protagonista aún no se ha percatado de que su forma de ser es fruto de todos aquellos que lo rodearon desde que nació, aunque como narrador va dejando pistas al pasar de ser el foco narrativo a un filtro por el que el resto de personajes expone el verdadero centro de la narración. Estos personajes se convierten en voces autónomas que razonan ideas y sucesos al tiempo que exteriorizan, en dosis justas, los sentimientos, para no desvelar nada hasta el final.

También es original la configuración de la novela; puede parecer caótica y, a pesar de todo, es envolvente. Casi al final retoma la entrada para, previsiblemente, acabar el libro, sin embargo sigue introduciendo datos, algunos incluso que parecía iban a quedar sin explicitar por haber figurado la explicación de forma implícita. Es por ello que, a fuerza de recorrer el tiempo a su antojo, con intensas analepsis o prolepsis abruptas, es capaz de construir un rompecabezas, y lo hace como suelen hacerse, empezando por las esquinas, con piezas que nada tienen que ver hasta que aparece la composición perfecta. De esta forma comienza con fragmentos que adelantan el drama para continuar con aquellos que dibujan la vida de los primos, a los que deja para seguir con lo sucedido en la juventud de los padres y abuelos, y retomar el drama por otra esquina. Nos damos cuenta, con la lectura, de que la vida puede ser bella o fea según el punto de vista, más o menos distorsionado, desde donde se observa. Poco a poco Marcus Goldman construye su cuadro, en el que introduce los elementos que va encontrando en su mente y que los llevan a otros, alejados en el tiempo o espacio, para terminar con una composición en la que todo queda perfectamente encajado, con sentido, con una explicación mucho más sencilla de lo que parecía en un principio.

Peso a todo, la maestría absoluta de Dicker reside en conseguir que nos quedemos expectantes al final de cada uno de los cincuenta y dos capítulos; cuando parece que vamos a enterarnos de por qué esto o aquello han sucedido de tal manera, nos equivocamos, pues, para el siguiente capítulo, el narrador ha encontrado otra pieza que encaja en otro sitio.

El lector no sabe por dónde va a continuar, qué es lo que Goldman, o cualquier otro personaje va a contar. Dicker es un maestro de la narración discreta, en cuanto opuesta a continua. Nada queda fuera de su lugar, ni al final de la novela ni durante su lectura. Todos los acontecimientos están relacionados y son coherentes en su composición; la trama va enlazando los hechos sin generar en ocasiones verdaderos eventos, sino que permanecen latentes hasta que pueden unirse a su vez a otros sucesos para conformar el episodio, que incluido en otros espontáneamente forman la trama, de la que sólo desvelamos el argumento al final de la novela.

Creo que lo fundamental de El libro de los Baltimore no son los personajes, a pesar de que el número de ellos es elevado, casi todos son puesto bajo una lupa y ninguno de ellos es plano o típico. El mismo personaje a veces intimida, otras causa desasosiego y otras veces nos hace dudar de cuál es su juego.

...a continuación se las ingenió para caerle mal a buena parte del cuerpo docente señalando las erratas de los libros de ejercicios, corrigiéndole a un profesor la pronunciación de una palabra latina y, por último, haciendo preguntas que se consideraban inapropiadas para su edad.

Le comentaba incluso a su marido:
—Si todo el mundo le coge manía, tiene que ser porque no es lo bastante amable, ¿no?

Creo que tengo algo que es suyo —dijo Hillel sacando de la mochila unas bragas.

El director del instituto reflexiona, con sus actos, sobre el significado de lo obsceno y de la hipocresía. La mayoría de provocaciones de Hill contiene una acción moral. Las buenas relaciones familiares ocultan las implicaciones reales por lo que se convierten en observaciones satíricas acentuadas, y el contexto oculta las verdaderas relaciones e incluso la verdadera identidad.

Todo lo cual hizo que me preguntara si habría sido yo, de niño, quien había soñado, y no ellos [...] ¿Fueron de verdad esos seres excepcionales a los que tanto admiraba? ¿Y si resultaba que todo había sido producto de mi mente? ¿Que desde siempre, yo había sido mi propio Baltimore?

La sumisión de Natham no es otra cosa que la consecuencia de una arrogancia desmesurada, un orgullo infundado y unos celos perniciosos.

Baltimore se convirtió en la penitencia de mi padre. La casa, los coches, los Hamptons [...] todo estaba presente para recordarle que lo que para su hermano había sido un triunfo, para él había sido un fracaso.

Y las adulaciones de los abuelos no son sino egoísmo puro, querer mantener las apariencias ante todo y vivir como siempre aunque sea a costa de sus hijos.

—No me habías dicho que los billetes de papá y mamá eran de primera clase. Este tipo de decisiones deberíamos tomarlas juntos ¿Cuánto te debo?
—Nada, no te preocupes [...] de verdad, déjalo. Entra dentro de lo normal.

Todos los actos de los personajes nos llevan a reflexionar sobre temas más o menos universales, pero siempre fundamentales para el ser humano, y en todos, Marcus Goldman se muestra partícipe directa o indirectamente. Sólo en la relación con Leo, su vecino actual, no es tanto parte de la narración como catalizador de la misma, que impulsa un tema paralelo, el arte de escribir:

Alcé el cuaderno en que estaba escribiendo y le sonreí amistosamente.
—Todo va bien, Leo. Gracias por el cuaderno.
—Le corresponde por derecho propio. El escritor es usted.

Lo esencial de la novela son los espejismos que van tomando formas diferentes hasta que nos acercamos lo suficiente para ver de qué se trata en realidad. Las verdades a medias se van aclarando cuando nos vamos adentrando en la oscura experiencia. Los momentos más duros de los protagonistas vienen sin esperarlos, de esta forma el lector se encuentra en un punto en el que puede entender situaciones que, por elementales, son inentendibles, puede asimilar el odio, la violencia, la envidia, el dolor, el amor, la ternura o la soledad y condensarlas todas ellas en la banda de los Goldman.

—Mis padres son bastante majos.
—Ya lo sé.
—Wood, ¿por qué me proteges?
—No te protejo. Es sólo que me gusta estar contigo.
—Pues yo creo que me proteges.
—Entonces, tú también me proteges a mí.
—¿De qué te protejo yo? Si sólo soy un canijo.
—Me proteges de estar solo.

En cuanto al estilo encontramos pocos sobresaltos lingüísticos, sin embargo la narración está plena de detalles, de ahí la longitud de sus novelas. Como en Marcel Proust o Tomas Mann encontramos una inclinación por las digresiones y los juegos de palabras que, con humor benevolente, anulan la tristeza restringida a una situación y lo absurdo de la vida diaria. Hay metáforas sinestésicas que, en medio del dolor, pueden traernos una completa felicidad

Mediante una sola bocanada de aquel olor había regresado a lo más hondo de mis recuerdos, al barrio de Oak Park, y había revivido, en el lapso de un instante, la felicidad de haber convivido con ellos.

Al lado de términos cultos «se ponía a gañir delante de mi puerta» encontramos coloquialismos, reforzados por pronombres catafóricos «El tío que no daba palo al agua, ese era él».

Hay algún que otro guiño a La verdad sobre el caso de Harry Quebert, pero mediante los personajes une sus dos novelas: su tío Saul queda marcado, como Marcus Goldman, por un profesor universitario «El profesor Hendricks era un hombre de izquierdas comprometido activamente con los derechos civiles. Tío Saul se sumó a algunas de sus acciones».

El realismo de la novela se intensifica al escribir, el protagonista, un panegírico en honor de su abuelo «Quiero honrar la memoria de nuestro abuelo Max Goldman [...] Descansa en paz»


Por último, es necesario reseñar que el humor esconde, la mayoría de las veces, ironías o sarcasmos que denuncian la sociedad actual «A la edad de seis años cumplía trabajos forzados en las canchas de tenis y había rodado un anuncio de yogures». Otras veces trata con dureza el machismo y la homofobia que pervive incluso en las familias «Prométeme sólo una cosa. Pase lo que pase, por favor te lo pido, no te hagas nunca marica. —Te lo prometo, papá». Aunque en casi todas las ocasiones el sarcasmo aparece como una bofetada a la hipocresía «—¡Qué mediocre es usted, señor director! [...] ¡Lo iguala todo a la baja! ¡Prohíbe a Steinbeck porque en el texto aparecen tres palabrotas [...] y se esconde detrás de unos reglamentos para justificar su falta de ambición intelectual».