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domingo, 31 de octubre de 2021

LOS PERROS DE RIGA

Está claro que la novela negra es un buen reflejo social, por eso es tan diferente la del norte respecto de la meridional. La manera de afrontar los casos tiene que ver con el temperamento de los habitantes, sin olvidar la importancia de las condiciones climáticas. Sin embargo después de leer novelas protagonizadas por detectives españoles, italianos o griegos debo reconocer que los fines para cometer asesinatos son similares en todo el mundo. La corrupción, que salpica a cualquier esfera, no tiene lugares predilectos. Las ansias de poder a cualquier precio, tampoco. El miedo a lo desconocido, menos aún.

Los perros de Riga no es una novela negra al uso, más bien es de intriga, y no es que necesite catalogarla pero llama la atención que, frente a una policía letona conspiradora, sin escrúpulos ni sentimientos se mueva Kurt Wallander, nuestro policía sueco preferido, en una posición excesivamente sensible. Va desarmado, se emociona con detalles de la vida de los que sufren pero en los que aún no se atreve a confiar, se enamora casi al instante de alguien que acaba de conocer y reflexiona sobre la vida espiritual a pesar del miedo que lo atenaza en todo momento. Creo que en este caso se sobrepone el plano existencial a la realidad, «La noche que pasaron en la iglesia fue un punto de inflexión en la existencia de Kurt Wallander».

Tras la segunda novela que leo, pienso que Henning Mankell ha dejado a la vista que en su obra prima el respeto por el ser humano, la denuncia a países que viven en pésimas condiciones y la acusación hacia su propio país, un lugar en el que se vive bien pero que queda lejos de esa imagen paradisíaca que tenemos de Suecia en nuestra mente.

Cerca de la costa de Ystad llega un bote con dos hombres muertos de un tiro en el pecho, sin embargo todo apunta a que fueron asesinados en otro lugar y metidos en el bote a la deriva.

Cuando el equipo de Wallander empieza a investigar se ve sobrepasado, pues aparecen especialistas de homicidios y narcóticos para colaborar, así como el Ministerio de Asuntos Exteriores. El caso se abre con aspectos intrigantes e inquietantes «Sus empastes están hechos por un dentista […] ruso. […] Antes de matarlos los habían torturado: los habían quemado, despellejado y además tenían los dedos machacados».

Al ser naturales de Letonia, envían de allí al mayor Liepa para que resuelva el caso y, después de trabajar unos días con Kurt Wallander, regresa a su país. Desde Letonia requieren al policía sueco, pues Liepa ha desaparecido nada más llegar. Al tomar contacto con los Estados Bálticos es cuando el caso se complica con un tema del que tanto sabemos por aquí: el intento de golpe de estado por parte de una facción policial avalada por Rusia.

Mankell esboza una imagen crítica de la Europa del este; encontramos un compromiso político-social con los países aquejados por una dictadura. El retrato de Letonia es lamentable, lleno de contrastes, donde la gran mayoría vive sumida en la pobreza y el miedo a expresar la propia opinión ante desconocidos. Nunca se sabe quién escucha o qué puede pasar. Las reflexiones que Wallander lleva a cabo sobre los países bálticos son constantes, «este es un país pobre […] Durante años hemos vivido encerrados en una jaula […] se abrieron las esclusas a una oleada de avidez, avidez por todo lo que antes nos habíamos visto forzados a contemplar a distancia».

¿Será cierto que los países que han pasado por una dictadura están más predispuestos a la corrupción?

El caso es que Wallander se fija en que mientras hay penurias para el pueblo, también circula —para determinados bolsillos— el alcohol «una copa de whisky que costó casi lo mismo que la cena», la prostitución y las drogas. La situación llega a ser tan agobiante para el policía, que le viene a la mente la entrada al Infierno de La  Divina Comedia cuando pretende salir de Lituania, «Kurt Wallander tenía miedo. Más adelante recordaría los últimos pasos que dio en tierra lituana frente a la frontera letona como un andar de paralítico hacia un país desde el que podría gritar las palabras de Dante: ¡Abandonad toda la esperanza los que entréis aquí!».

Seguro que lo recordará siempre, al igual que por su mente pasan las experiencias vividas en Asesinos sin rostro, «cuando luchaban mano a mano por resolver el brutal asesinato de los dos ancianos de Lenarp», y las reflexiones que su amigo y compañero, muerto de cáncer, compartía con él constantemente, «Intentaba imaginarse las respuestas y reacciones de Rydberg y unas veces lo lograba y otras solo veía ante sí su cara demacrada en el lecho de muerte».

En Los perros de Riga, la solidaridad y disposición de Wallander a ayudar a quien lo necesite es evidente y su rasgo más característico; su físico no es destacable, siempre en lucha por bajar de peso aunque no pueda dejar la comida basura y siempre en lucha por controlar su ira aunque no consiga dejar la bebida; sin embargo su preocupación por el bienestar de los demás es algo prioritario, por eso no duda en trasladarse a un país cuyas condiciones de vida son infinitamente peores y las posibilidades que tiene para desenmascarar el intento de golpe de estado, imposibles. Pero debe ayudar a aquellos dispuestos a dar su vida por un futuro mejor. Y la novela se nos presenta tan realista que tenemos la impresión de irrealidad. La investigación apenas avanza, ¿qué puede hacer uno solo contra todo un complot mundial? Los sucesos se ralentizan y el lector, durante un tiempo, solo es consciente del miedo de Wallander, «comprendió que iba a morir y cerró los ojos». Pero es una novela y en este caso, el protagonista se verá salvado por quien menos se lo espera. La trama está tan argumentada con la humanidad de Kurt Wallander que no deja traslucir en realidad su valentía. La imaginamos, aunque es evidente que cuenta con mucha ayuda y mucha suerte. Probablemente por eso es más humano que cualquier otro detective de novela negra. Probablemente Henning Mankell escriba una novela negra más realista que la de cualquier otro escritor. No le importa denunciar los problemas entre los funcionarios, sobre todo los del departamento policial en Suecia: el bajo sueldo, la escasa preparación o los escándalos judiciales, «desde el ministerio […] A veces me dejan de lado a mí, otras es al ministro de Justicia a quien engañan, pero la mayoría de las veces a quien no le dicen más que una ínfima parte de lo que realmente está sucediendo es al pueblo sueco».

Los perros de Riga no son perros, son sombras que se mueven, cobardes, detrás de Wallander, detrás de quienes intenten un mundo mejor, más justo. Y como sombras permanecen a pesar de los esfuerzos de Mankell, a pesar de los esfuerzos de tantos por denunciarlo. Porque, aunque sean muchos, la jauría es peligrosa y no tiene conciencia.

sábado, 7 de agosto de 2021

ASESINOS SIN ROSTRO

¿Qué hace del relato policial algo cada vez más recurrido por autores y lectores? La novela que acabo de leer se escribió en 1991. Según se mire, en comparación con las obras clásicas, hace dos días; pero si tenemos en cuenta nuestra medida del tiempo en esta época de inmediatez en que vivimos, una eternidad. Y eso es lo que me llama la atención. Después de veinte años la situación viene siendo, si no igual, bastante parecida. ¡Qué poco avanzamos a pesar de lo que queremos pensar!

La novela negra es un nuevo modo de denunciar la realidad social y enfrentarse a todos aquellos discursos que nos parecen abusivos. Está claro que, ante una situación de injusticia, si nos mantenemos equidistantes, la estamos apoyando, y los autores de novela negra, se posicionan para que veamos qué opinan. Ya lo sabéis; si hay alguien que lea el blog; adoro a Camilleri porque es un espejo de cómo actuamos por aquí, por esta cultura mediterránea (Antonio Manzini sigue sus pasos). También Márkaris expone su sociedad griega sin tapujos, y en nuestro país, Berna González Harbour es una representante a la altura de los anteriores. Pues me acabo de enganchar a los países nórdicos. Henning Mankell escribió una saga, no demasiado extensa, es cierto, murió en 2015, sobre el policía Kurt Wallander. En esta primera entrega hay algo que llama la atención: el título, Asesinos sin rostro y la portada, dos caballos extraídos de una pintura de James Abbott. Inquietan los caballos y el título.

Al sur de Suecia (Escania), en una granja de Lenarp han sido torturados y asesinados dos ancianos. El marido, Johannes Lövgren, «yacía bocabajo […] con la parte superior del cuerpo al descubierto y los calzoncillos bajados». La mujer, María, estaba en el suelo «atada a una silla. Le habían puesto una fina cuerda alrededor del escuálido cuello». María aún tiene tiempo, antes de morir en el hospital, de decir una palabra, «extranjeros», pista por donde empiezan la investigación, incidiendo en aquellos que viven en Suecia pero no son de allí. El matrimonio vivía de forma austera, por lo que no entienden que una tortura tan atroz se haya llevado a cabo sin robar nada. Además, el único caballo que tenían estaba comiendo cuando llegó la policía. Y ahí la segunda pregunta: ¿Quién capaz de cometer dos brutales asesinatos se dirige luego al establo, para dar de comer al caballo?

Pues esto es lo que deben resolver Wallander y su equipo. Como en la realidad, la investigación parece que fluye, se estanca, empieza por otra pista, vuelve a pararse, hasta que seis meses después encuentran el rastro que los llevará a solucionar los crímenes, quiénes lo hicieron y por qué. Todo tiene un por qué y, a veces, la vida que llevamos no es la que mostramos a los demás, sino que escondemos la cara en actos vergonzantes, humillantes para los demás, incluso con tendencias asesinas.

Asesinos sin rostro extrema la causalidad y el razonamiento deductivo para establecer la relación entre la propia novela y el testimonio social reflejado en los personajes, entre los que encontramos policías corruptos, gente oculta en movimientos xenófobos, personas que esconden sus intenciones por el poder del dinero, la soledad de los ancianos y sus consecuencias, los problemas de la inmigración, el alcoholismo y todo lo que de él se deriva, la violencia de género, las relaciones familiares… Una sociedad que desmonta el paraíso idílico, educado y feliz que mostraban al mundo los países escandinavos.

Puede que el caso y su resolución no sea todo lo trepidante a lo que estamos acostumbrados en la novela negra. Transcurren seis meses y tampoco quedan resueltos todos los cabos, pero creo que esto es precisamente lo que me ha atraído de la novela. Mankell da un respiro al lector, pues las paradas de la investigación sirven para traer otros asuntos que van formando una descripción perfecta del ambiente social, policial y familiar de Kurt Wallander. No he leído más novelas del autor pero tengo la impresión de que en esta ha querido retratar a su protagonista principal. Alguien a quien, en principio, lo vemos como el antihéroe total, por el que sentimos cierta antipatía incluso, hasta que nos damos cuenta de que no es ni más ni menos que un hombre normal.

Henning Mankell no pretende interpretar los problemas sino que los trae a las páginas, sin ningún tipo de pudor. El racismo infundado es algo que tiene cabida en todo el mundo «¿Qué hay detrás? ¿Nuevos nazis? […] ¿Salir a la carretera y pegarle un tiro a una persona totalmente desconocida? ¿Solo porque da la casualidad de que es negro?».

Los conflictos más o menos graves del alcoholismo —según el grado— van desde puntuales contratiempos que prácticamente no contempla la ley, pero influyen en el trabajo policial, «Hemos tenido un fin de semana excepcionalmente problemático por peleas y borracheras. Apenas he podido hacer mucho más que tirar a la gente de las orejas», hasta agresiones o actos que pueden poner en peligro nuestra integridad o la vida de los demás, como violaciones «El alcohol lo volvía agresivo. La miró y notó que se excitaba» o accidentes «De la misma manera que cuando había conducido borracho después de la cita con Mona». Kurt Wallander pasa por esto. Imbuido en el estrés que supone su trabajo sufre el divorcio de su mujer y la separación de su hija. Las trabas para llevar una vida feliz se multiplican por lo que va siendo consciente (y el lector también) de sus defectos. El día a día es tan agobiante que su arreglo personal pasa a un segundo plano «Volvió la cara al contestar, pues en ese momento se dio cuenta de que había olvidado lavarse los dientes». Es adicto a la comida basura, rápida, aun siendo consciente de que lo ha hecho engordar «se sentía inseguro, indeciso. Y la ensalada no era suficiente comida para él».

Kurt se distancia también de su padre quien, solo, empieza a acusar los síntomas de la demencia senil «El mal olor que desprendía el cuerpo de su padre era agrio. […] Era inútil seguir hablando de un geriátrico o un piso protegido. Primero tenía que hablar con su hermana». Todo se desmorona en torno a este jefe de policía en funciones hasta que es consciente de que ha tocado fondo, «Salió del coche. La noche era fría. Tenía frío. Algo había terminado».

Pero Wallander continúa confrontando sus emociones con reflexiones hasta que, seis meses después comienza a ver los resultados. Va entendiendo los problemas que trae consigo la inmigración; el mayor, la inseguridad a la que están sometidos tanto los ciudadanos, expuestos a drogas, robos, violencia, asesinatos, como los propios inmigrantes, expuestos al paro, la mendicidad, trabajos esclavos y asesinatos. El autor es consciente del problema «La inseguridad en este país es grande […] Es la falta de política de refugiados la que está creando el caos […] Pero el Departamento de Inmigración y el gobierno tendrán que aceptar su parte de culpa».

Mankell trae a la novela los movimientos de extrema derecha, la inestabilidad e inseguridad de los campos de refugiados, las estratagemas que utilizan aquellos que no son aceptados en un país y la injusticia que se comete al mirar a todos los extranjeros como gente que invade exigiendo derechos.

Kurt Wallander va tomando consciencia de la presión que ejercen estos problemas en su yo desdoblado hasta que deja de culparse y puede volver a la normalidad «Logró perder cuatro kilos […] notaba que sus celos se desvanecían despacio». Está preparado para afrontar los siguientes casos que se le presenten. Y nosotros también. Lo hemos conocido y nos ha gustado. También el estilo del autor, frío, conciso aunque sin obviar detalles poco importantes que no aportan nada a la investigación pero reflejan el día a día de la profesión


Dejó su informe a uno de los policías […]

Luego repasó las facturas que había olvidado pagar […]

Más tarde contestó a una encuesta […]

A las ocho leyó el informe de Svedberg sobre el accidente […]

A las ocho y media, dos hombres empezaron una pelea…