jueves, 27 de junio de 2024

LA LUNA A TRAVÉS DE LA VENTANA

No hace ni medio año que me despedí, en una crítica, con la intención de seguirle la pista a una escritora. Así que aquí estoy, de nuevo con Lorena Escobar.

Esta vez la autora ha dejado la pintura aunque otras artes se unen a su narración, si cabe más poética que en El ilustrador paciente.

Cuando comenzamos a leer La luna a través de la ventana estamos seguros de que la noche será la protagonista, es cierto que la portada ayuda y el poema de Poe que abre la primera parte, nos dirige hacia el recuerdo constante de una relación amorosa llena de claroscuros.

El romanticismo de Edgar Allan Poe preside esta novela. El hermano de la protagonista, Ricardo, utiliza el seudónimo Edgar Polland para seducir constantemente a diferentes chicas, hasta que él muere en trágicas circunstancias. Como con el autor estadounidense al que pretende recordar con su alias, las desavenencias con la figura paterna fueron evidentes, si bien es cierto que por diferentes motivos.

Si Allan Poe revolucionó el terror aportándole una perspectiva psicológica, Lorena Escobar vuelve a incorporar asociaciones auditivas que saltan desde la mente del personaje a la voz del narrador para mezclarse con él. En ocasiones no tenemos claro dónde acaba la realidad que da paso al despropósito del delirio.

La lectura nos va enganchando con diferente ritmo, probablemente por las excesivas metáforas, imágenes y comparaciones de la Parte I que ralentizan la acción y que poco a poco nos van llevando a un pasado tan retorcido y amargo que no podemos intuir ni un rastro de belleza en esa prosa lírica, «Eso hacía Ricardo mientras Sara veía, mientras se apartaban, mientras Sara ponía distancia, mientras dilataba en un parto sin bebé».

La certeza que creemos haber captado se va convirtiendo en sospecha. Las presunciones que obtenemos de confesiones se transforman y dan paso a una realidad tan descarnada que no parece real.

Sexo duro, relaciones complicadas, sadomasoquismo al ritmo de David Bowie, de Fergie o Mody Blues llevan Sara a una confusión total pero, a diferencia de Dorothy, en El mago de Oz, ella no tendrá un hogar al que regresar.

La escritura de Lorena Escobar mantiene una constante: el terror. El pánico es más turbador cuando se viste de lírica y en nuestra autora abundan las sinestesias, las repeticiones, los paralelismos, la poesía… Sin embargo no nos relajamos, no hay tregua para el lector. Conforme vamos avanzando en la trama el desasosiego es mayor, hasta que nos damos de bruces con un final espeluznante.

El tema principal también es recurrente en Lorena Escobar: el desorden mental del psicópata, que daña tanto a él mismo como a todos los que lo rodean. Esto lo vimos en El ilustrador paciente, con un perturbado a consecuencia de un trauma infantil; en La luna a través de la ventana aparece la psicopatía genética. Mentiras y ausencia de remordimientos consiguen que, a pesar de sentir rechazo absoluto por los personajes, lleguemos a compadecernos de los hechos y sus consecuencias.

Las contradicciones son evidentes, lo que leemos no se corresponde a cómo lo leemos, la rapidez exigida se diluye en digresiones que obligan al lector a reflexionar sobre los personajes, bien porque el narrador les cede su voz en un determinado momento, bien porque el monólogo interior se confunde con las analepsis, «Israel sintió la mirada de Roberto en su piel, como un desigual pespunte en herida abierta. Aguantó. A fin de cuentas llevaba toda su vida aguantando lo inevitable».

Asimismo es usual en la autora expresar la sensación que acude a la mente del personaje para que podamos sentir lo mismo que él. Gracias a las repeticiones reforzamos también dichas sensaciones al asimilar lo que ronda por sus mentes que, como en la narración, donde parece que se dan de forma caótica y desordenada, todo cobra sentido al final en una estructura perfecta, redonda. Otra característica de la autora.

Está claro que Lorena Escobar se siente atraída por los trastornos de personalidad, trastornos que, vengan de uno u otro género, perjudican más a la mujer. ¿Somos más vulnerables frente a mentes depravadas?

No quiero comentar más porque es difícil analizar a los personajes sin desvelar algo importante de la novela. Pero tanto Sara como Ricardo tienen un pasado que los va a dejar marcados, también el inspector Israel Guzmán, aunque le cueste admitirlo, y Ángel y Carlos y Jim y Vicky. Todos son víctimas de la demencia humana. De alguna forma. Para conocerlos hay que leer La luna a través de la ventana, solo así nos daremos cuenta de que estamos rodeados por más desequilibrados de los que pensamos. Incluso puede que lleguemos a la conclusión de que tenemos algún comportamiento derivado de algún trastorno psíquico.

La mente, que es caprichosa.

viernes, 21 de junio de 2024

DEL MONO AL SAPIENS

No cabe duda de que Babelio es una plataforma literaria importante. Los libros que recomienda son un referente. Las listas que elaboran los seguidores sobre subgéneros literarios resultan bastante fiables; además casi siempre encontramos alguna reseña sobre un título que nos interese leer. Por si esto fuera poco, cada cierto tiempo se abre una Masa Crítica donde tenemos la posibilidad de obtener un libro, elegido por nosotros, a cambio de realizar una crítica. Gracias a esta iniciativa he recibido Del mono al Sapiens, un libro fabuloso en el que los textos de Bengt-Erik Engholm y las ilustraciones de Jonna Bjōrnstjerna se complementan para que los jóvenes de la casa (y los no tanto) pasen ratos divertidos, agradables y de reflexión sobre quiénes somos.

Mi agradecimiento enorme a Babelio y a la editorial Harperkids.

Llaman la atención en este libro, el orden, la estructura y los dibujos que, no cabe duda, enriquecen el texto; en todas las páginas encontramos personajes de cómic que con onomatopeyas o bocadillos suplementan la historia. El diseño de los personajes es casi igual para todos, lo que nos recuerda que no somos tan diferentes como algunos se empeñan en proclamar. Pero hay color en las imágenes, un tono algo más o menos subido en la piel, un sombrero o la ausencia de él, un cabello más o menos rizado, ciertas prendas de vestir… Los personajes de Del mono al Sapiens van experimentando una evolución, tal como afirma el título, aunque las diferencias son mínimas, desde el principio de la historia nos vemos reflejados. Los dibujos son divertidos; los chicos reirán con las agudezas encontradas en el lenguaje elíptico de los globos o en las onomatopeyas, que quitan gravedad a los hechos ocurridos en realidad. Las ilustraciones conforman casi por sí solas un relato paralelo.

Como el concepto tiempo es abstracto, Bjōrnstjerna, tras un árbol genealógico en el que retrata las caras de los diferentes homínidos a partir del Autralopithecus, y en el que se permite terminar con el Homo Digitalis, dibuja la historia de la Tierra en la esfera correspondiente a los doce meses del año. La Tierra se crearía el 1 de enero y la historia completa del hombre ocuparía los 39 últimos minutos del 31 de diciembre. Visto así, nos damos cuenta de lo ínfimos que somos.

Las dos últimas páginas del libro están ocupadas por tiras cómicas que reflejan la cronología del Sapiens desde hace 70.000 años hasta el momento.

No cabe duda de que los colores son llamativos y los dibujos mantienen un tono humorístico y exagerado. Es una verdadera delicia pasear por las 167 páginas del libro. Y, por supuesto, no solo para recrearnos con las ilustraciones; el texto es bastante completo y fácil de leer. Engholm ha tenido en cuenta la edad de los lectores y ha dividido la historia en cinco grandes apartados; cada uno de ellos está formado por curiosidades (de una página) encabezadas por un título. Aunque siguen una  cronología general, los subapartados no continúan de forma regular; esto facilita la lectura de dos o tres páginas diarias o incluso ir directamente a aquello que les interesa en especial, A saquear en nombre de Dios o Las colonias.

No todo es diversión, al menos, los autores no pretenden solo la risa de los lectores. El libro trata temas muy variados como el racismo, «Tenemos aspectos diferentes porque nuestros predecesores han vivido en sitios diferentes», la xenofobia, la crueldad humana, la inmigración, «a eso se siguen viendo obligadas algunas personas hoy», o el concepto de amistad.

Es cierto que estos aspectos no se tratan en profundidad, pero no se trata sino de que el niño reflexione sobre la poca importancia del color de la piel, la poca importancia del sitio de procedencia y la gran importancia de utilizar la inteligencia, de tener claro que somos los únicos habitantes de la tierra que, al caminar erguidos, nuestro cerebro se desarrolló más que el del resto de especies, y que somos lo suficientemente capaces de evitar confrontaciones innecesarias. Si ahora nos parece inocente la creencia antigua de achacar las malas cosechas a castigos divinos, ¿por qué sentimos la necesidad de intercambiar favores con el dios de cada uno? ¿Aún no nos hemos dado cuenta de que hay poca intervención divina y mucho afán de poder humano? «Los mitos sobre un dios severo ayudaron a los gobernantes a acumular más poder sobre el pueblo».

Una vez leemos el libro, nos damos cuenta de que la supremacía de occidente no ha existido siempre; sin embargo, el hombre sí ha tenido cierta inclinación a la xenofobia, bien por su carácter egoísta, bien por las condiciones ambientales, políticas o económicas, «creíamos que los demás eran peores por el simple hecho de que provenían de otro lugar o de que tenían un aspecto diferente».

A esto hay que añadir otro problema: la superpoblación. Somos millones de personas viviendo en espacios donde antes lo hacían miles o cientos. Las condiciones de vida para la gran mayoría son peores: menos trabajo, menos espacio vital, menos actividades satisfactorias. Hemos sido capaces de inventar artilugios que nos hacen la vida más cómoda pero estamos llegando al punto de apreciar más a las máquinas que a los propios humanos. Tenemos “derechos humanos” pero no consideramos a todos dignos de estos derechos. Estamos consiguiendo una vida totalmente distinta en la que solo los afortunados podemos elegir, «Podemos colocarnos partes mecánicas en el cuerpo», pero Engholm advierte de algo que estamos olvidando, «que se erradicaran las guerras, la pobreza y las enfermedades; que pudiéramos salvar el medio ambiente». Cuando consigamos esto habremos demostrado ser verdaderamente un Homo sapiens.

sábado, 15 de junio de 2024

BAJO TIERRA SECA

Cuando empezamos a leer Bajo tierra seca vamos intuyendo por qué César Pérez Gellida ha elegido ese título; el pronóstico de una tierra yerma siempre es desolador. Esa desolación la confirma, casi al final, uno de los personajes


—No sufras. Tú ya deberías saberlo […]

—¿Debería saber qué?

—Que bajo tierra seca nada bueno germina

Sin embargo, desde el primer momento tenemos esperanza, bien por la aparición de un moderno quijote para el que no hay términos medios, bien por la narrativa directa capaz de enviarnos un nítido mensaje a través de la descripción de dicho personaje. Está claro, hay un héroe: «Infinidad de partículas de polvo en suspensión cubren las botas de montar […] Bien planchado el uniforme de servicio: azul marino con doble hilera de botones dorados, capa de lana […] Bajo el tricornio, Martín Gallardo».

El argumento de Bajo tierra seca está basado en un hecho real. También alude a enfrentamientos reales en la España de principios del siglo XX, pero no es una novela histórica al uso. Sí es una novela negra. Mucho. Quizás porque, en general, la historia de España haya sido negra durante una larga época, o al menos para la mayoría haya discurrido en blanco y negro.

Tampoco Martín Gallardo es un héroe al uso, a pesar de su valentía e intrepidez es un ser humano debilitado por su dependencia del opio, fruto de haber estado como prisionero de guerra en Filipinas. Esto hace que su humor sea habitualmente malo y que la mayoría de las veces actúe de forma irreflexiva, siendo consciente en todo momento de que hay circunstancias en las que solo los disparates pueden combatir tanta locura. Probablemente por esa razón sus maldiciones son constantes, «Me cago en mi condenada alma», «me cago en mi santa vida», «me cago en mi suerte», «Me cago en mi alma negra». Martín Gallardo es un personaje que conserva el sentido de la justicia del literario Alonso Quijano y el de la amistad del cinematográfico Wyatt Earp. Sin duda es atrayente y sus actos nos mantienen en vilo durante toda la novela.

Pérez Gellida ha sabido retratarlo a la perfección; en el extremo opuesto, uno de sus antagonistas queda descrito como un personaje de cómic por el que no llegamos a sentir empatía alguna, a pesar de ser una víctima; incluso su muerte parece la descripción de una tira de tebeo «Tampoco le ofrece demasiada resistencia el espesor de la pared ósea que la separa del cerebro, donde llega, ahora sí, para quedarse. El estropicio para su dueño resulta fatal».

Por supuesto, la villana mayor de la historia es Antonia Monterroso. Toda ella es una mentira, ni se llama así, ni su sobrenombre, la Viuda, hace justicia a su condición dolorida. Todo en Antonia es exagerado, su corpulencia, su apetito sexual, su ambición de dinero y poder, sus amantes, su odio… Antonia no es la causante directa de la desgracia presente en Zafra pero sí la que desencadena el desastre final.

La narración se va ajustando a cada personaje, más o menos ficticia, más o menos teatral, más o menos cómica; sin embargo hay dos constantes, con el héroe mantiene un punto de ironía al relatar sus actos y con los malvados predomina el sadismo hiperbólico. Sea de una u otra forma, el relato queda marcado por cierta lucidez, algo que permite al autor construir personajes redondos, con firmes caracteres formados por unas convicciones fruto de las circunstancias vividas.

La narración es en tercera persona, pero el narrador cambia de perspectiva, como si estuviésemos leyendo el testimonio de diferentes personas que se han visto involucradas en un hecho. Nosotros somos quienes mejor podemos entender lo sucedido en cada momento porque conocemos los puntos de vista de todos los implicados. Es cierto que no a la vez, para eso se vale de analepsis que van aclarando el argumento con hechos sucedidos tiempo atrás. También las prolepsis contribuyen a explicar la trama mientras en el argumento va aumentando el interés del lector, «Y lo que ocurrió allí dentro, aunque él no pudiera preverlo, sellaría su destino fatal».

Los diferentes tiempos que marcan los flashbacks traen consigo distintos escenarios; tanto unos como otros son explicitados con diferente precisión. Las analepsis son más generales, con lo que el salto atrás en la narración incluye el pasado del personaje. Asimismo cuando la prolepsis se convierte en augurio no aporta una fecha exacta sino que es más bien la predicción de un futuro inmediato.

César Pérez Gellida es un maestro del enfoque no lineal; no le interesa el transcurso del tiempo, por lo que su narrativa queda plagada de acciones paralelas expuestas en diferentes momentos de la trama, protagonizada por diferentes personajes que van creciendo en número para conformar lo sucedido a un pueblo y sus alrededores. Todos los habitantes quedarán estigmatizados. Las dimensiones de la narración son grandiosas; leemos descripciones que nos recuerdan a escenas panorámicas de la gran pantalla, otras son de un primer plano agobiante, del que tratas de apartar la vista pero no puedes porque el enfoque es un punto en concreto. Todo lo que rodea al espacio real es, como el enclave, amplio; un espacio duro, preparado para amenazar a sus habitantes. Todo lo que tiene que ver con Antonia Monterroso es hiperbólico, como ella. Sus pasiones son desmedidas, sus expresiones, resolutivas y sus actos, desorbitados.

El lenguaje, como las perspectivas, fluctúa; si bien es cierto que las expresiones duras predominan, también aparecen metáforas, «deja que sus pestañas se abracen antes de caer inconsciente»; hipérboles, «sobrevivió porque tenía el cuerpo tan destrozado que ni siquiera supo morirse»; refranes, «cuanta menos harina tenga que transportar, más vive el buey»; latinismos, «pertenecer de facto a una España…»; tecnicismos, «discinesia», «morlaco leonado y corniabierto»; términos en desuso, «feral» y vocabulario culto «agibílibus», «inefable», «hético», «ataraxia».

Esta mezcla de vocabulario, junto a expresiones vulgares, es perfecta para escribir una novela en la que las narraciones derivadas del delirio y las oníricas conviven con las pragmáticas, donde el terror da la mano de forma natural al humor, al amor, al dolor y la felicidad.

Al final, como en la vida, tiene lugar una justicia parcial. Probablemente se eche en falta un desenlace más poético pero entonces se habría resquebrajado el tema predominante: el valor de la amistad por encima de todo. Toda una lección de honor por parte del autor.

sábado, 8 de junio de 2024

DESENCAJADA


Desencajada no es una novela aunque tiene argumento: la vida de Daria Kovalenko; en torno a la protagonista se dan cita otros personajes, y hay un tema principal: el desarraigo.

Es triste leer Desencajada, pero no más que si nos paramos a pensar durante un momento en la vida de todos aquellos que deben abandonar su casa, a su familia, a sus amigos para enfrentarse a nuevas costumbres, nueva gente, trabajo y, lo más duro, el idioma, «El significado de la palabra liubov es amor».

Una lengua permite contactar con quienes te rodean, sentir que formas parte de una comunidad porque entiendes lo que dicen, lo que sugieren, lo que puedes o no puedes hacer en según qué momento o lugar. Si es duro tener que abandonar el país de origen, llegar a otro en el que no se consigue interpretar nada de lo que se dice debe ser aterrador. Esto es algo de cajón, cualquier ser humano lo entiende, sin embargo hay que agradecer a Margaryta Yakovenko que nos lo recuerde; que existen personas que se sienten fuera de lugar, desencajadas en un sistema que pretende ayudarlas con mayor o menor interés por parte de ciertas personas que piensan que por haber nacido en un lugar les pertenece; que nadie puede llegar allí y pretender tener los mismos derechos que ellos que, fruto del azar, nacieron ahí; que supondrán una amenaza porque se aprovecharán de sus ventajas, de sus trabajos: «Antes de la migración mi madre era enfermera. Después de la migración mi madre trabajaba en un almacén empaquetando limones».

Para los adultos es duro, la mayoría no tiene facilidad para aprender el nuevo idioma y, sobre todo, cuando consiguen cualquier ocupación que les permita salir adelante, aceptan cualquier condición. El miedo a perder el trabajo hace que todo valga, «A los ocho años mis padres me compraron un móvil […] como sustituto de su propia presencia. Cada día, mi madre me llamaba a las dos y media de la tarde […] En el almacén en el que empaquetaba limones le daban media hora para comerse el bocadillo, media hora que ella aprovechaba para llamar a casa».

Los niños no tienen que trabajar. El Estado les ofrece educación y sanidad, pero les falta el cariño, el roce de su familia, la confianza de sus amigos.

Yakovenko rememora su existencia desde que tuvo que abandonar un país donde les era imposible subsistir, después de haber residido veinte años en España, de haber estudiado, de haber conseguido la nacionalidad, de tener una pareja… Aun así no se siente plenamente española, ni ucraniana, ni preparada para compartir su vida con un español «Después de la migración […] Los días de cuando empecé a ser española y me quedé sola. Los días en los que nunca dejé de estar sola».

¿Por qué es tan difícil que algunos puedan salir adelante? ¿Por qué es tanta la crueldad que nos rodea? ¿Por qué si tienes dinero no eres considerado inmigrante y no tienes problemas de adaptación? ¿Por qué el hombre castiga a los más necesitados y premia a aquellos que no tienen necesidades? Creo que la respuesta a todas estas preguntas es por envidia, algo que aflora para deshumanizarnos por completo «En la frontera entre Ucrania y Polonia mi padre tuvo que meter en su pasaporte un billete de cincuenta dólares para que le pusieran el sello de entrada sin problema. En Madrid, una polaca llamada Jana les pidió ochocientos dólares por conseguirles un puesto de jornalero».

El problema de los verdaderos migrantes es el desarraigo, a pesar de llevar veinte años en un mismo país, a pesar de haber conseguido una relación estable: «Yo me he mudado de casa dieciséis veces». Y el desarraigo conlleva un sentimiento de culpa difícil de eliminar. Te sientes culpable por haber dejado a “los tuyos” en la miseria y culpable por haber salido adelante. Es una situación angustiosa, tienes una nacionalidad que no se corresponde con tu ADN y por la que has tenido que pagar y luchar durante años. Sabes que no todos somos iguales. Todos lo sabemos, aunque la constitución de países democráticos diga lo contrario. Llegados a esta punto, Margaryta Yakovenko concluye, a través de Daria, que la migración es una enfermedad, es un duelo en el que lo has perdido todo, «Lloras los paisajes y el clima». Y los migrantes son aquellos que sufren el síndrome de Ulises, en el que «la verdadera condena es la errancia porque él no sabe cómo vivir en tierra firme […] Y nos hemos vuelto adictos al horizonte».

Aunque Desencajada no sea novela, es un relato autobiográfico que todos deberíamos leer antes de juzgar a los inmigrantes, porque es duro no saber dónde están enterrados los tuyos, «es imposible que les encuentre porque ni siquiera estuve en su funeral», porque es difícil mantener una relación, «cómo vamos a ser familia si ni siquiera estuvo en el lugar en el que empezó a manar la sangre». Es duro, pero hay personas que aún nos hacen creer en el ser humano. La hija de Mª José y Kiko, unos amigos muy queridos, decidió pasar el fin de año, con sus padres y hermanos, en un país remoto de África, de donde es su pareja. Bien por ti, Irene. Os merecéis toda la felicidad del mundo.

viernes, 31 de mayo de 2024

THE BUENOS AIRES AFFAIR

Novela escrita en 1973 por Manuel Puig. No cabe duda de que el autor es él, su estilo es inconfundible, pero la he encontrado más complicada de leer que otras del autor. Hay que terminarla para tener una visión de conjunto. Está claro que el amor por el arte, en general, de Puig, reside en cada una de las páginas. Los capítulos están introducidos por una escena de diferentes películas del cine de oro norteamericano. La música también queda como fondo en algunas secuencias y las citas de autores ponen de relieve la cultura del autor, que indudablemente traslada a su protagonista, Gladys.

Hay que leer las casi 300 páginas de The Buenos Aires Affair para conocer realmente a Gladys, y a Leopoldo.

La novela comienza en 1969 cuando Clara descubre que su hija Gladys, de 35 años, a la que cuidaba, ha desaparecido en Playa Blanca. Las voces son diferentes, los puntos de vista, también; a partir de analepsis y prolepsis podremos ir conformando la vida de Gladys, una niña desafortunada, criada por su madre, débil, con poco éxito en el colegio que, a causa de sufrir una violación en la que perdió un ojo, se vuelve más insegura y tímida. Con el tiempo cree que puede tener más oportunidades en Nueva York o California, y decide encontrar trabajo allí. Las circunstancias harán que vuelva con una depresión mayor. El autor narra la vida de Gladys de forma desapasionada, con cierto sarcasmo y pretendido humor que no hace sino inquietarnos más y asegurarnos de que todo irá a peor, «La resistencia de Gladys a los tratamientos psicoterapéuticos tenía una razón fundamental: en su plan de ahorro para comprar una propiedad inmobiliaria no entraban gastos prescindibles». Puig trata la juventud de la protagonista con el mismo interés que pone en el resto de sucesos, lugares o personajes. Es un compendio de minuciosas descripciones. Incluso las escenas violentas, casi siempre sexuales, están carentes de fuerza aunque la contienen; es como si formaran parte normal de unos personajes, de un país.

Aparecen en la escritura diferentes recursos: páginas de prensa, atestados policiales, informes de autopsia, sesiones con un psicólogo, entrevistas que luego llenarán las páginas de revistas, diálogos telefónicos de los que deducimos lo dicho al otro lado de la línea y que son, en realidad, acosos policiales hacia posibles confidentes, para arremeter contra aquellos que no pertenecen al régimen:


Voz:

Oficial: ¿Segura que por lucro no fue?

Voz:

Oficial: Todo lo que sepa, después nosotros haremos ver que llegamos al acusado por otro conducto.

En realidad el distanciamiento del autor es un arma con la que nos alarma; nuestra desazón va en aumento.

La vida de Gladys se va uniendo, casi sin darnos cuenta, con la de Leo Druscovich para formar una pareja de traumatizados en la infancia que desde que se encuentran se hacen daño; no podía ser de otra manera. Aun así se buscan, a pesar de los ultrajes, a pesar de la violencia desmedida de Leo hacia Gladys. El juego de seducción, atracción, rechazo, miedo es constante.

Tampoco sus vidas laborales se mantienen de forma regular. Hay altibajos en los diferentes negocios de Leo y en el éxito que Gladys tienen como artista. Ninguno parece cambiar de actitud; les vaya bien o mal. Gladys acepta lo que le viene con frialdad, lo asume como algo natural; tanto su desgracia física como psicológica. Justo en esa indiferencia es donde sentimos mayor desasosiego, «permanecería quieta en la cama; si se quedaba quieta en su cama, allí moriría porque nadie le llevaría nada de comer».

La vida de Leo plantea muchas preguntas ¿La actitud sexual de un adulto tiene que ver con un trauma sufrido en la infancia? ¿La impotencia va unida a la masturbación excesiva desde época temprana? ¿O es al revés? No lo tengo claro. Lo evidente es que Leo no disfruta con el sexo —casi nunca— y no hace disfrutar de él —nunca—. Todo es fruto de la vergüenza, de la culpa, del dolor, «Ese bebé no es normal. De su pubis poblado de vello encrespado penden órganos sexuales de hombre y del pene enrojecido, algo confundidas con la espuma blanca, chorrean gotas espesas se semen».

Manuel Puig escribe una novela negra en la que el surrealismo y las imágenes oníricas se diluyen en la realidad; a veces somos incapaces de distinguir qué pertenece al sueño y qué no, qué forma parte de una mente perturbada y cuándo la mente está en equilibrio: «y su carne blanca como el tocino ahumado arrumbado durante semanas entre el hielo granizado del congelador abre paso a la negrura de un gorila que habla para darle las gracias por no quejarse, por no gritar, no llamar a un médico».

Los protagonistas divagan en sus recuerdos, no tienen claro qué sucedió en qué momento; viven sus deseos tal como lo hacen con sucesos reales «Leo cerraba los ojos y al rato su semen se mezclaba en el pensamiento con la sangre de la muchacha».

No sabemos con claridad qué puede ocurrirles a los personajes. Cualquier cosa. Pero siempre tememos lo peor. No sabemos, aunque la sospecha es creciente, hasta qué punto las relaciones se van a quedar en el plano personal o pasarán a exponer una situación social-policial en la que valen pistas verdaderas y falsas, en la que las mentiras son habituales en los delatores.

Todo es un despropósito, un infierno: la resolución de un crimen donde no hay cuerpos que lo corroboren; las amenazas constantes; el cuerpo sin vida que no merece investigación; el ambiente sociopolítico confuso y atemorizador.

Es duro enfrentarse a The Buenos Aires Affair porque el autor se expresa de forma libre; es consciente de su denuncia política (y esto en la Argentina de 1973 era jugársela de forma segura), es consciente de la violencia homosexual (probablemente por la negación requerida) y es consciente de la indefensión sexual de la mujer, sometida a los requerimientos del hombre, aun los más abyectos.

Está claro que Manuel Puig vivió y escribió como quiso, con pasión y demostrando ser alguien tremendamente tolerante con los demás y culto consigo mismo. En esta novela, las escenas cinematográficas que abren los capítulos remarcan su formación como cineasta y la exposición de situaciones, a modo de escenas teatrales con diálogos y acotaciones, indican su amor por la literatura en general; algo que los lectores valoramos porque nos permite hacernos una idea precisa de los personajes. El hiperrealismo es evidente, lo corroboran las descripciones minuciosas, una prosa violenta que se torna en poesía cuando menos se espera, el objetivismo exagerado y la confusión de voces. Esto, con el sexo —también violento, defraudante y doloroso— como motor de la actividad humana nos conduce a una actitud propia de los desheredados de la tierra. Gladys busca en su juventud el trabajo perfecto y al hombre perfecto hasta que se da de bruces con la realidad y la violencia sufrida la lleva a aprender a acomodarse a las situaciones posteriores. A un futuro que no es sino una continuidad de presentes, aunque Leo, ese animal desbocado, no figure en él.

sábado, 25 de mayo de 2024

TÚ BAILAS Y YO DISPARO

En Madrid encuentran, en una maleta, el torso de una mujer. No tiene cabeza, ni extremidades. También le han cortado el pecho y un tatuaje al final de la espalda. El asesino se ha querido cerciorar de que no van a encontrar huellas ni restos en los que poder apoyarse para descubrir la identidad del cadáver. Pero lo hacen; poco a poco al grupo X de la Brigada Judicial se unen los de Homicidios, Asuntos Internos, Sistemas Especiales, el GOIT, la UCAO, la UCRIF… Entre todos descubrirán no solo al asesino, también una red de trata de personas con la que el crimen organizado llevaba tiempo extorsionando y lucrándose.

Los protagonistas, Jaime Valle (Jimmy) y Luis Mangas, aunque de diferentes generaciones, tienen en común que son los típicos arrogantes, bravucones, que no están dispuestos a que nadie se salte las normas aunque para ello deban recurrir a cierta violencia que asumen necesaria con algunas personas «Sin darle tiempo a responder, le barre las piernas de una patada y le hace caer de bruces al suelo […] —Cuando al gordito se le pase el susto limpiáis todo esto y os largáis».

Y, curiosamente, las protagonistas, Noa Palacios (su jefa) y Julia Zaldívar (inspectora de la UCRIF) razonan más, investigan, utilizan el cerebro antes que los músculos. Incluso la inspectora Paula Vicente es homosexual. Hay toques de actualidad en el bando femenino de Tú bailas y yo disparo; no tanto en los hombres de la Brigada Judicial. Será que las mujeres tenemos más capacidad de adaptación o que nos sentimos mejor cuando no estamos tan encorsetadas.

Manuel Marlasca escribe su primera novela y, en general, está bien. Está bien escrita, aunque haya párrafos que formen una auténtica loa policial. La novela de Marlasca es negra, no podía ser de otra forma, pero es de un negro absoluto cuando nos presenta a los malos; los policías brillan en las descripciones. Sin embargo, si pensamos en quién puede tener recursos para enfrentarse a los más destacados grupos operativos policiales, los sospechosos se reducen. El malo malísimo debe ser alguien que haya tenido contacto con ellos.

No quiero desvelar nada pero sí aludiré a lo que no ha terminado de gustarme. El autor es muy claro a la hora de recomendar escritores de novela negra española y yo estoy de acuerdo con él, pero no localizo a esos «superpolicías que persiguen a barrocos asesinos en serie que llenan las páginas de las novelas negras de los últimos tiempos» porque he leído alguna que otra saga y he disfrutado con la imaginación de sus autores, como Susana Martín Gijón, Arantza Portabales o Javier Marín.

Asimismo, en Tú bailas y yo disparo, «Mangas comprueba espantado que […] teléfonos móviles y graban la escena, unas imágenes que acabarán extendiéndose como células cancerígenas por las redes sociales y que reproducirán los programas de televisión en los que todólogos hablarán sin saber nada de lo ocurrido allí»; es curioso que Marlasca se haga eco del espanto de Mangas cuando él mismo colabora con uno de esos programas televisivos amarillistas de la historia.

El protagonista, Jimmy, es demasiado altanero y con esa arrogancia menosprecia otros trabajos «—Y vamos a quitarnos estos putos disfraces de mensajeros, que no estudié para esto»; su altivez, y la de Mangas, los llevan a un trato deshumanizado con lo que ellos consideran chusma: «…Es tu puñetera madre, que se colgó y se metió en la maleta para no saber nada más de ti, ruinas. Jimmy se ríe al escuchar a su compañero…». Y esa petulancia del que se cree por encima se transforma, con las mujeres, en un paternalismo de otro tiempo «—…Nadie te va a detener. Mis compañeros te van a invitar a desayunar y luego […] nos vas a decir dónde está tu novio. No querrás que se coma este marrón ¿verdad?».

En fin, son fallos en la concepción de la mujer, demasiado tópica «Nota cómo la mujer le lanza una mirada genuinamente femenina, la que sirve para valorar una posible amenaza en caso de disputa por un macho alfa». Y fallos en una concepción machista que, al menos muchas mujeres, esperamos que formen parte de los estereotipos a desaparecer, «Como diría mi cuñado Juanín, el asturiano, “Ye mucha muyer pa ti, nun llegues a los pedales”. Joder con el tapón del abogado sí que quiere picar alto».

En la novela queda claro que el dinero es capaz de corromper a cualquiera, policías, jueces, médicos… Son estratos sociales que dificultan la labor policial porque quien extorsiona tiene poder. Marlasca está bien informado sobre los recursos de comunicación que disponen los diferentes grupos de la policía, así como de sus formas de actuación. Hay un tema claro y es la corrupción, la facilidad que tiene el dinero para corromper. El crimen organizado tiene dinero y poder. Como subtema creo que resalta la importancia de los cuerpos especializados para resolver casos complejos.

El autor describe bastante bien la realidad actual donde hay un grupo de jueces que claramente toman decisiones partidistas, lo que hace que los poderosos sigan actuando impunemente. Es cierto que la mayoría de los jueces trabajan para «hacer justicia» y también lo es que deben soportar «ataques que en los últimos tiempos sufre la judicatura desde distintos grupos políticos». Sin embargo, personalmente, echo en falta que se hable más claro sobre estos grupos políticos porque, indudablemente, son distintos aunque con una línea de pensamiento bastante similar.

En fin, he notado en la novela cierto posicionamiento hacia la derecha que menosprecia a la cultura, a la izquierda y a la igualdad. Y no se puede medir todo con el mismo rasero. Y ya no se puede tratar con cierta frivolidad a los machistas ni a los fascistas. Porque los antifascistas no tenemos traje ni los mentecatos pasan por antifascistas sino por todo lo contrario, «No se sorprende al comprobar el cóctel pijoprogre que compone su discoteca ideal: Aute, Serrat, Sabina […] Ahora, piensa, cualquier mentecato se pone el traje antifascista con unos cuantos twits y stories de Instagram como hoja de servicios».

viernes, 17 de mayo de 2024

CAJA 19

Al terminar este libro me he dado cuenta de que, probablemente, no todos estén dispuestos a leerlo. Tiene muy buenas críticas pero el estilo es algo elevado y, si no se presta la debida atención, hay momentos en los que no sabes muy bien de qué está hablando, si es algo real o imaginado; si la autora es la propia protagonista o esta es un personaje inventado. En realidad no importa, hay que dejarse llevar por la lectura y encontraremos diferentes historias, la de la relación con Dale —real— o la de Tarquin —inventada—. O puede que sea justo al revés. Lo que importa en Caja 19 es que muestra una realidad con la que podemos objetivar nuestra voz interna, conocernos mejor, tal es la reflexión constante a la que nos obliga Claire-Louise Bennett.

Creo que lo que más me ha impactado ha sido leer la época universitaria de la protagonista. En ella recuerda cómo debió trabajar en la caja 19 de un supermercado para pagar sus estudios y la estancia en Londres. Mientras ocupaba su puesto podía fantasear con los clientes en sus relatos, aportándoles una forma de ser que no era la real sino la que a ella le sugería.

La relación con su novio de aquel entonces, Dale, sale a la luz y ella se replantea su actitud, la posición que se le suponía a la mujer en la pareja quien, de manera natural, podía soportar (y hasta no hace mucho) cierto maltrato psicológico, sexual o físico, porque todo quedaba encubierto en el carácter del hombre que, ya se sabe, podía enfurecerse —y con razón, porque había bebido o cualquier otra excusa— hasta provocar cualquier desastre. Como consecuencia, la mujer adoptaba el papel pasivo que en la relación se consideraba normal y, sumisa, permitía que su no se transformase en sí porque, en realidad, ella no debía hacer mucho. Esta relación íntima, violación, es la que con el paso del tiempo se ha percatado de haber vivido. La sumisión ha sido la norma habitual para la mujer, precisamente porque quienes forjaron socialmente la idea de cómo era una mujer eran hombres; por eso, cuando convenía la mujer era fuerte y capaz, «Usé tampones […] difícilmente obstaculizarían todas las actividades a las que según la publicidad se entregaban las chicas que menstruaban […] ni sueñes con salvarte de Educación Física […] sé productiva, no decepciones a nadie»; cuando interesaba, la mujer debía mantener su posición marginal «a una profesora se le volvería en contra en el acto» o aceptar socialmente que no era libre sino propiedad de un hombre «después de dos años llamándola señora Hurly […] tuvieron que llamarla señorita Selby […] El nombre de él nunca cambiaría». Y sobre todo, la mujer era un escaparate en el que todos veían su apariencia unida a su inteligencia y forma de ser «Quién lo diría al verla (a Marilyn Monroe), pero siempre tenía la cabeza metida en un libro». La mujer, con tanta presuposición y obligación, «se le niegan una autonomía y unos ingresos […] si sexualmente está en tinieblas […] pasa horas y horas sola con tres niños…» terminaba algo desequilibrada; de ahí que hubo un tiempo en el que los hospitales psiquiátricos estaban a rebosar de mujeres.

La protagonista recuerda su época con Dale y es consciente de que «quería vigilarme […] detesta que me apoye las gafas de sol en la cabeza […] cree que siempre he elegido mal a los hombres […] necesito protección». Y reflexiona sobre la necesidad de inventar otra realidad. Ahí entra el proceso de la escritura. La memoria de Bennett viaja sin orden para traerle escenas de cuando ella empezó a escribir garabateando los cuadernos escolares, haciendo que los dibujos cobrasen vida para que, una vez en la universidad, intentase escribir una novela.

Comenzó contando las aventuras vividas por unos personajes que, a fuerza de retomarlos a diario, cobraron vida, pero esta obra quedó destruida por su novio «Cuando esa tarde abrí la puerta […] vi de inmediato una pila de papeles rotos en el suelo […] e hice una mueca de dolor…».

La destrucción de libros representa un elemento de censura normalmente por oposición religiosa o política. La autora recuerda cómo los estudiantes alemanes, el 10 de mayo de 1933 arrojaron al fuego libros que podían ser focos de corrupción y atentar contra la moral, la decencia, la familia y el estado nazi. Claire Bennet lo expone claramente en Caja 19, como un adelanto de la barbarie semita y a nuestra memoria acuden las quemas de libros en plena calle durante la dictadura de Franco. Quemar obras tiene que ver con el temor a que sean leídas, a que la gente cambie la opinión impuesta. En el caso del novio de la protagonista, cuando destruye la novela “Tarquin Superbus”, quiere destruir el miedo que siente ante la mujer, su inseguridad su complejo de inferioridad.

Caja 19 es una autorreflexión literaria; la literatura ha formado parte de la vida de la autora, de forma tan íntima que se adentra en la metaliteratura, algo que le permite seguir soñando con historias y descubrir en ellas la posibilidad de otras nuevas que pueden desarrollarse en la realidad o en el sueño, lugar en el que la imaginación trabaja al máximo porque libera las funciones del cerebro para que cuente emociones que le gustaría experimentar. Es literatura en la literatura, «mete las manos con hoyuelos en el agua, las sacude alegre, sus manos son estrellas de mar […] Se ve a sí mismo. Tarquin Superbus levantándose de esa cama digna de un rey…».

En esta autorreflexión literaria encontramos cómo se desarrolla el proceso de la escritura y las consecuencias de la lectura: Recuerdos que creíamos ocultos y aparecen en flash back, creencias de haber vivido lo que estamos leyendo, conexiones extrañas que nos trae la lectura con el tiempo «Y eso es todo lo que logro recordar del libro».

Asimismo experimentamos o deseamos diferentes vivencias personales que cambian a su vez con las diferentes lecturas «La historia se desarrollaba con mucha más rapidez de lo que yo recordaba». Y no cabe duda de que la imaginación se despierta antes incluso de empezar a leer, «pensábamos sin parar en los tipos de palabras que podrían contener».

Puede que Caja 19 no tenga una lectura fácil en cuanto a continuidad de la historia pero es innegable que conectamos con la autora, así que uno de los objetivos de Bennett, al menos, queda cumplido «Escribir podía lograr eso. Era una forma de llegar hasta otra persona».