jueves, 19 de octubre de 2017

LLUEVE SOBRE MI LÁPIDA


En la última novela de Juan Ramón Barat he encontrado los aspectos literarios que definen al autor junto a otros nuevos que me han sorprendido gratamente. Así pues, si ya me gustaba la narración de este valenciano, y no dejo de recomendarla a los jóvenes porque creo que es una buena fuente para iniciarse en la lectura, ahora considero que se hace imprescindible. Cualquier chico, a partir de 12 años (es por poner la edad con la que suelen entrar al instituto porque no me gusta etiquetar la literatura, de hecho yo sigo leyendo intrigada sus aventuras, puede ser que incluso antes también sea bueno que lean estas novelas), se siente fascinado por las tramas de Daniel Villena, el protagonista de una saga que empezó con Deja en paz a los muertos —que supuso un éxito rotundo— y ha terminado, por ahora, con Llueve sobre mi lápida. La mezcla de aventuras, peligro, investigación, realidad, suspense y personajes malísimos que son descubiertos por el protagonista es todo un acierto, una llamada al lector para que no se aburra; de hecho a la novela no le sobra ni le falta una sola página. Los capítulos se suceden con naturalidad y siempre terminan en un clímax acertado para que los lectores ansíen seguir leyendo. De la misma forma, el relato concluye dejándonos igual de intrigados que los anteriores, aviso claro de que habrá una próxima entrega.

En la anterior de la saga, La sepultura 142, Daniel Villena vio, sólo él, un coche rojo con el que terminó la novela; coche que ha tenido protagonismo en Llueve sobre mi lápida «Intenté mover mis pies, pero era imposible. Mis zapatos se habían adherido al asfalto de manera siniestra. Alcé los ojos aterrado […] y vi con espanto que nadie viajaba en el interior de aquel automóvil. Un Alfa Romeo rojo». También esta última acaba con otra visión de Daniel, así que esperamos impacientes la próxima.

Es un recurso que Barat maneja a la perfección, mantener la curiosidad, por eso es absolutamente recomendable para nuestros adolescentes y jóvenes.

Otro recurso es el empleo perfecto de la lengua, las expresiones coloquiales propias de cierta edad conviven en armonía con otras cultas, de un lirismo exquisito; abundan las metáforas sin resultar empalagosas, aumentando la belleza de lo escrito, algo que empieza a olvidarse, por desgracia «La carretera zigzagueaba como una serpiente plateada. La extensión ilimitada del firmamento se combaba sobre el mundo y en ella flotaba la luna creciente vertiendo una blancura sulfúrica sobre la oscuridad».

Las personificaciones añaden tensión a situaciones ya de por sí intimidatorias «Contemplé la tumba, roída por la humedad y devorada por el paso del tiempo».

Hay comparaciones totalmente poéticas que acrecientan el sentimiento del protagonista «Alicia temblaba como un árbol azotado por el viento».

Las frases cortas ayudan a profundizar en la crítica hacia estos países en los que vivimos y sin ningún pudor llamamos prósperos o simplemente civilizados «Estoy llorando mientras te escribo, mamá. Me siento muy triste. Pienso que el trabajo infatigable que hacemos no sirve para atajar esta hemorragia de muerte. La guerra en Somalia no es la única […] África entera se desangra en una guerra sin sentido. Y los países desarrollados no hacen nada».

El léxico culto ayuda a la función poética: palmatoria, sudario, cirio, luz espectral, flanqueaban…

Al mismo tiempo, y en feliz armonía, aparecen expresiones coloquiales hiperbólicas «¡Dios mío! ¡Me duele hasta respirar!». Locuciones que empezaron en la jerga juvenil y se han instalado en todas las edades «Este tío me da mal rollo», «estás como una cabra». Enunciados familiares «Me rugen las tripas». Dichos escatológicos «la mierda de los murciélagos…». E incluso metáforas empequeñecedoras que recuerdan a las usadas por Dante en su Divina comedia «y yo conduje con la cabeza hecha un avispero».

Otra técnica que da verosimilitud a la novela es el concepto de la familia, ya que, al ser un valor fundamental en las novelas de Barat, y sin caer en la cursilería, el autor plantea una relación de confianza, de respeto, libertad y amor; eso también gusta porque parece utópico, pero por eso es literatura, además son situaciones que aunque en la realidad no abunden demasiado, hay conexiones familiares en las que predomina el buen humor

—No seas protestona. Lo bien que lo estamos pasando aquí […] En Gélber te estarías aburriendo, todo el día tomando el sol, como las lagartijas…
—Hombre, ahí te doy la razón –concedió Alicia–. Desde luego contigo es imposible aburrirse. Con tanto muerto y tanto fantasma…

Otro recurso, sin lugar a dudas el más importante, es la sensibilidad de Daniel Villena para intuir, soñar e incluso vivir situaciones que en principio parecen paranormales pero que se van desarrollando desde una perspectiva lógico-deductiva, tal y como actúan la policía o los detectives. Comento esto porque, si es que alguien lee estas críticas, quiero que aquellas personas que por su religión o convicciones tienen prohibido creer en aparecidos, fantasmas, o muertos vivientes, no dejen de leer estas novelas. Aquí todo es real, los vivos están muy vivos y los muertos pertenecen al mundo de los sueños.

De hecho, en Llueve sobre mi lápida aparece un recurso de la Antigüedad: el sueño dentro del sueño, algo que en la realidad algunos hemos experimentado, soñar que soñamos, y ahí reside la confusión, pues si sueño que sueño ¿no estoy despierto? Esta pregunta es la que atormenta regularmente a Daniel, porque lo vive una y otra vez «Entré en el hostal sin hacer ruido, subí las escaleras de puntillas […] Abrí la puerta con cuidado para no despertar a los que dormían en las otras habitaciones. Al fijar la vista en la cama, ahogué un grito de pánico […] yo estaba durmiendo profundamente. Como un angelito. ¿Cuál de los dos era yo en realidad?».

Son novelas que no atentan contra nadie ni contra nada, al contrario tienen un fondo didáctico y moral, la finalidad que persiguen los protagonistas es ayudar a los demás y hacer el bien.

Dicho esto, en Llueve sobre mi lápida he encontrado algunas diferencias respecto de las anteriores. La primera es la madurez del protagonista, Daniel es un adulto en toda regla, ha terminado primero de periodismo y disfruta de más libertad; tiene permiso de conducir, y que su padre le deje el coche le permite moverse con total autonomía. Esto nos lleva a la segunda diferencia; el protagonismo que tenían sus padres y hermana ha cedido algo en favor de Alicia, su novia, quien puede considerarse, al menos en Llueve sobre mi lápida una coprotagonista. Entre ambos forman una pareja de detectives en la que ella, si bien toma la iniciativa alguna vez, es sin duda más audaz, imaginativa y realista. En La sepultura 142 ya encontramos cierto feeling entre ellos, pero ahora el nivel de comunicación y seguridad al que han llegado como pareja es envidiable. Por eso hay más escenas eróticas, que no de sexo, en esta novela que en las anteriores; los protagonistas han crecido y sus deseos también, aunque no se explicite demasiado sino que se insinúe:

—Eso es una declaración de amor.
Sus ojos color de caramelo me miraron intensamente. Su barbilla empezó a temblar.
—Tendrás que ser más convincente –musitó.
La levanté en volandas y crucé con ella media casa hasta llegar al salón y colocarla con cuidado sobre el sofá.
—Conque tengo cuerpo de saltamontes, ¿eh?

También es cierto que tanto el papel de Alicia como el de Daniel están marcados como viene siendo habitual en las parejas reales de jóvenes, ella está totalmente enamorada de él y no necesita a nadie más. Daniel también está enamorado de Alicia, eso es indudable, si bien a veces pueda sentirse atraído por otra chica, aunque sólo sea físicamente. Debe ser que las mujeres somos diferentes al menos en la juventud; si nos enamoramos sólo tenemos ojos para esa persona, ellos pueden separar los sentimientos.

Sin embargo está claro que en la novela hay un punto feminista muy importante, no sólo por el papel de Alicia, no sólo porque son mujeres, primero Inés Molina y luego Irene Villena, la hermana de Daniel, las que muestran una solidaridad extrema con los necesitados, no sólo porque es Alicia la que salva la vida a Daniel, y porque Úrsula contribuye a terminar con la maldición de Aurelio Valdivia. Es por todo, y puede que sea la conjunción de mujeres que rodean a Daniel Villena, por lo que él las trate también con un afecto especial, con cariño y respeto «Alicia se reía con Irene. Y yo comencé a ver a mi hermana con otros ojos […] Para ser sinceros, yo empezaba a sentirme orgulloso…».

También he encontrado en Rosaura, amiga de Inés, al espejo del propio autor. Rosaura es profesora de instituto, es una consumada lectora y autora de poesías y letras de canciones. No conozco en profundidad a Barat pero me atrevería a asegurar que también es tranquilo y disfruta ante una infusión y, por supuesto, Rosaura como Juan Ramón son músicos, ambos tocan la guitarra. Y nadie que no sea profesor puede dedicarnos palabras tan ciertas «la literatura es un mundo. Y la docencia. Creo que tengo suerte. Ser profesor es una tarea que exige dedicación. Tienes tus malos momentos, pero también te llevas muchas alegrías […] El profesor es un espejo donde la mayoría de esos jóvenes se mira todos los días. Es una gran responsabilidad».

La novela merece la pena porque como hemos visto no sólo se lee con facilidad, con intriga y apasionamiento, no sólo porque el argumento esté bien construido y el estilo no lo desdiga para nada, sino porque además fomenta una serie de valores que desgraciadamente nos tocan muy de cerca y se están perdiendo, o hace que nos demos cuenta de que nuestra insensatez, derivada de obtener más beneficios en nuestra sociedad, colabora a que nos olvidemos del cambio climático «—Me dijo que se iba a apuntar a SOSUR. —¿A esa plataforma que lucha contra la desertización del sureste español?».


Y, lo más importante, esa insensatez consigue que nos olvidemos de todos aquellos que no somos nosotros, unos porque nos pillan demasiado lejos, otros porque están tan cerca que los vemos desdibujados «Cada día llegan mil personas nuevas buscando ayuda […] muchas deben permanecer en las colas dos semanas para recibir su primera ración de alimento o su primera atención sanitaria»

sábado, 14 de octubre de 2017

CELESTE 65


Es curioso pero, a pesar de que no me llama la atención, he vuelto a leer una novela de espías sin saberlo; porque es la última de José C. Vales, a quien pienso seguir leyendo cada vez que edite algo nuevo. Me impactó tanto Cabaret Biarritz, que decidí serle fiel. Me encanta su estilo, irónico, sarcástico, ácido pero lleno de humor. Así pues, salió a la venta Celeste 65 y ya la he leído, pese a tener numerosas interrupciones, las propias de principio de curso. En este caso los espías van unidos al nacismo, estamos en 1965 y aún tenían poder; nadie había olvidado sus tropelías, ni siquiera ellos mismos, que se consideraban intocables.

En principio, Celeste 65, de destacar por algo sería por constituir una parodia de la alta sociedad nicense. Por el hotel Negresgo circula lo más granado de la época, actrices conocidas como Brigitte Bardot entre otras, Rainiero y Grace Kelly… la alta aristocracia de Niza se aloja, en pleno, junto a nuestro protagonista, Linton Blint, un inglés bastante necio debido al deterioro cerebral causado por el envenenamiento que, conscientemente o no, le produce su mujer, Laurine, aprovechando los pesticidas de la fábrica de fertilizantes de la que se convierte en dueño por herencia, y por la gran cantidad de medicamentos que le proporciona su psiquiatra, la doctora Val «de labios freudianos», y que él mezcla constantemente con alcohol.

Dejándose llevar por el consejo de un amigo, abandona la fábrica y su casa (se daba la circunstancia irónica, de que, encima, era un estudioso admirador de toda clase de insectos que lógicamente mueren a su alrededor, víctimas, como determinadas personas, de los pesticidas empleados por su padre), al tiempo que adquiere una nueva identidad. Y así es como llega a Niza, con una pensión desorbitada que le permite pasar una temporada sintiéndose, si no admirado, al menos respetado. La humillación sufrida tanto por su familia como por su psiquiatra «Mi Laurine resolvía, en esos casos, que era idiota […] Decía que no comprendía mis angustias; la doctora Val, sin embargo, sí que las comprendía, sobre todo el día que cobraba sus honorarios…», es sustituida por una felicidad idílica, ahora como Nigel Balquhider-Kolinch, nombre que le aconseja su amigo para evitar ser perseguido por los destrozos ambientales y humanos que su fábrica estaba ocasionando.

Aun así, a pesar de alternar con la sociedad más elegante de esta fastuosa ciudad, es incapaz de vencer su timidez extrema, su ensimismamiento y su falta de personalidad «Yo no tenía ningún inconveniente en pensar lo que me dijeran que debía pensar, y corriendo el riesgo de acabar con un peligroso dolor de cabeza […] escuché atentamente sus palabras […] y desde ese momento yo también decidí alejarme del estructuralismo como si fuera el mismísimo Belcebú». Teniendo en cuenta que no era estructuralista, ni conocía la teoría, más que falta de carácter, encontramos a un ser inocente fuera de lo común, de una simpleza extrema «Francamente me parecía asombroso que alguien pudiera saber tantas cosas sobre el sexo como para rellenar seis o siete volúmenes».

La joven Celeste será quien consiga despertarlo a los lujos, a la vida, al amor, y a experimentar de vez en cuando algún sentimiento de celos; sólo de vez en cuando porque la visión que Nigel tiene de sí mismo es demoledora, no sabe hacer nada ni lo intenta, se deja llevar por todos y reprime sin dificultad cualquier actividad propia de lujos excesivos «estuvimos debatiendo mi incapacidad para la actividad natatoria […] le dije a Myléne, era incapaz de coordinar los brazos, los pies, el movimiento de la cabeza, la mirada, la curvatura de la espalda, la posición de la pelvis, la inclinación de las cervicales, la respiración y…». Y así, como le va sucediendo todo en su vida, se encuentra sin saber cómo con un espía americano, Matt Mattison, que sin venir a cuento le relata sus hazañas por Alemania durante 1961, durante la construcción del muro de Berlín. En momentos como éste es cuando más resalta la ironía de Vales, pues se convierte en crítica hacia los horrores del nazismo «A Gretta la metralla se le incrustó en el cráneo […] El comando soviético se burló de ella, y jugaron a la gallinita ciega, aprovechando que no podía ver por el impacto de la metralla, y luego la violaron hasta que la creyeron muerta […] Matt decía que lo que más había lamentado —su madre— fue ver cómo había quedado el bonito uniforme de las Juventudes Hitlerianas…».

Asimismo Nigel mantiene una relación pseudoamorosa con Kira Kerasimova, otra espía a la que llama Ø (el sarcasmo hacia la ocultación es evidente), y que delató a Matt, a pesar de haber sido compañeros, quien, apresado, hubo de contar todo lo que sabía sobre la construcción del muro.

A partir de ahí, Linton-Nigel se percata de que está rodeado de espías, y él mismo es perseguido por el servicio de contraespionaje francés, que quiere deportarlo a Varsovia. Pero ni Kira, o Lucille Øorund, ni Celeste dan importancia a este hecho, y para tranquilizarlo Celeste llamará a los abogados de su tío (quien a su vez tiene familiares en el MI6).

Mientras tanto, la fábrica de fertilizantes Blint sigue causando estragos en países subdesarrollados (de nuevo la crítica a las sociedades acomodadas del primer mundo).

Sin embargo, es cierto que entre estos asuntos de espionaje, sin duda estrambóticos, algunos capítulos quedan intercalados con verdadero humor, el que te hace reír a pesar de estar en medio de hechos dolorosos. El capítulo 87, «Los días inexistentes», es fantástico. Nadie puede contar con más ocurrencia el cambio del calendario gregoriano «…el calendario que se había instituido en el Concilio de Nicea del año 325 había provocado tal descalabro en el cómputo de los días que seguramente estaban viviendo “en el día que no era”. (Esta idea me pareció a mí muy interesante […] en 1580 se decidió que había que poner la Tierra en hora y que había que adelantar esos once días […] Con gran temor de Dios se acordó que tras el jueves 4 de octubre de 1582 no vendría el 5 sino el 15 de octubre […] En una corte judicial española, según decían, un asesino quedó libre porque no se pudo decidir qué día había cometido el crimen…»

Por otro lado, Vales tampoco pierde ocasión para atacar, especialmente en Inglaterra, el comercio ilegal; de la manera más normal aunque totalmente hiperbólica, el anticuario Artjans Lew «que había visto casi todo lo que puede verse en el mundo del arte y en el universo de las miserias humanas, dijo que le sorprendería que el Reino Unido tuviera leyes restrictivas […] porque no se sabía que Londres hubiera tenido jamás restricciones de cualquier cosa, incluidas obras de arte robadas, dinero procedente de los negocios más turbios y criminales, o personas».

El hecho es que Celeste y su tío Artjans se encuentran con que el primer atlas del universo «La Uronographía» no será subastado sino vendido, por su condición dudosa y el origen problemático de su actual propietario. Las intrigas en el hotel se van multiplicando, así como las confabulaciones por una posición acomodada, y Nigel se encuentra inmiscuido sin saberlo ni entenderlo, aunque casi llegue a darse cuenta, puede que tarde, de todas las maniobras.

Celeste 65, tal y como nos tiene acostumbrados José C. Vales en sus novelas, está plagada de expresiones ingeniosas, algunas verdaderamente jocosas. Encontramos humor en las analogías «Celeste […] se sentó a mi lado y antes de que el Citroën hubiera empezado a ronronear alegremente […] había apoyado los pies vendados en el salpicadero del coche […] dada la turbadora presencia de Celeste a mi derecha, preferí pensar en cuestiones relacionadas con asuntos más serios. Por ejemplo, los faraones de la IV dinastía».

Humor en las afirmaciones imprecisas «El gerente, u otro caballero —nos resultaba imposible distinguirlo—, se mostraba intransigente».

Tópicos mordaces «Entonces se abrió la puerta del despacho y salió la gobernanta, una inglesa excepcionalmente laboriosa y limpia, por ser inglesa».

Agudas expresiones confusas «Me senté en la silla luisalgo».

Cómicas críticas, que se hacen especialmente duras, a la alta sociedad, al comparar sucesos banales con otros severos «Los clientes del establecimiento, aburridos turistas del verano mediterráneo […] que uno llegaba a pensar que nada combinaba mejor con el croissant, el bloody mary o el modern jazz que un buen escándalo sexual o una formidable degollina al estilo del ramadán».

Chistosas metonimias hipotéticas vituperables «mi cara parecía doblada y desfigurada, como un dalí lisérgico o un picasso alcoholizado».

Burlonas personificaciones, pues cosifican a la persona «otras opiniones, como la del coronel Du Picq y su bigote…».

Socarronas igualaciones inverosímiles «Acudieron a mi pensamiento embotado varias reflexiones filosóficas, como […] pensar que podía entender lo que sucedía a mi alrededor, […] que alguna vez se pudiera ordenar el caos del universo o la convicción absoluta de que el té ya se había quedado frío».

Incluso las curiosidades que aparecen no están exentas de humor, como tratar al espía británico y escritor de las novelas de 007, Ian Fleming, como un escritor de novelas baratas de espionaje.


Quizas sea Celeste 65 la novela más extraña de Vales, pues abunda, entre tantas expresiones cómicas y absurdas, la desolación y depravación del ser humano. En realidad, la vida del protagonista es amarga pero el autor tiene la peculiaridad de enfocar las situaciones desde otro punto de vista, de forma que sonriamos al leer las aventuras de Nigel, quien hace gala constante de una desmesurada estupidez, pues comienza no dándose cuenta de que está siendo envenenado por su mujer y su tía con el hexaclorobenceno de la fábrica que hereda de su padre «Con todo su cariño marital habitual, mi querida Laurine me preparó un vaso de aquella leche que sabía tan rara…» y termina sin percatarse de la justicia, poética en este caso, que preparan Celeste y su tío, el señor Levv. Nigel vive toda su vida como si fuese un sueño, y en realidad la novela es eso, un sueño de su autor, en el que el horror, los malos tratos conviven con lo más exquisito de la sociedad nicense, si bien es cierto que se vale de la metaliteratura para, mediante un guiño a su obra, conseguir que ésta se convierta en tabla de salvación para sus personajes «El señor Levv dijo que la niebla de aquellas jornadas había sido un milagro protector, hasta que llegaron a la escuela abandonada de Neuwelke, donde permanecieron escondidos tres días»; y emplea la literatura para lograr que, mediante un final sorprendente, los humillados consigan su venganza.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

FIESTA CORRAL CERVANTES


La Fundación Siglo de Oro ha llevado a cabo en Madrid, un proyecto que parte de la iniciativa del actor, director y productor Rodrigo Arribas, para poner en marcha un teatro que recordase a los corrales de comedias, una sencilla carpa que se ha mantenido en pie durante un mes. La pena es que ha terminado. La alegría, que tendrá continuidad. Este año el ayuntamiento se ha volcado con la Cuesta de Moyano, en la que durante 30 días los madrileños, y el resto de los españoles que con suerte por cuestiones laborales, hemos disfrutado desde un auténtico carrusel veneciano, hasta casetas en las que vendían diferentes golosinas: garrapiñados, crêpes, dulces… o distintos objetos de artesanía: bolsos, pañuelos… Conforme subíamos la cuesta, tres contenedores con bebidas y comida para tomar un refrigerio y charlar, porque el tiempo lo ha permitido, han dado cita en el lugar a diversos actores, espectadores y amantes del teatro en general. Se ha hecho allí, sentados en palés acomodados como mesas y sillas, la espera, muy agradable, hasta que comenzaba el espectáculo en el corral, al estilo del siglo XVII. En ese Corral Cervantes he visto tres obras de teatro, y no sabría por cual decidirme, pues las tres han resultado de una calidad inigualable.

La Calderona, dirigida por Pablo Viña, y David Ottone a cargo del espacio escénico. La marca de Yllana teatro es inconfundible, pues el trabajo en equipo es evidente, aunque en este caso sólo dos actores Pablo Paz y Natalia Calderón den vida a diversos personajes, sin olvidar, claro está al DJ Hardy Jay.

El personaje de la actriz María Inés, conocida en el siglo XVII como la Calderona ha sido el punto de partida para construir su vida a golpe de rap; una comedia, con el punto oscuro que cualquier historia de una mujer, y actriz, hubo de tener en el Siglo de Oro, por muy querida del rey Felipe IV que llegase a ser, y madre de don Juan de Austria. Pues sí, parece increíble que una niña abandonada en un portal consiguiera destacar como una de las mejores actrices de su tiempo y desafiase a esa sociedad que no perdonaba ni la condición social ni la sexual; y parece increíble que Yllana haya sido capaz de contar esta historia a modo de comedia, una comedia increíblemente divertida en la que durante hora y media, con un DJ que interviene en escena sólo para poner la música, Pablo Paz represente el papel del rey Felipe IV, chulo y despiadado, de la reina Isabel, desesperada al ver que sus hijos se le mueren y ella es constantemente humillada por el pueblo, que la trata de cornuda, y de un monje lascivo inquisitorial que luego, diecisiete años después del nacimiento del hijo de la Calderona, que le arrebata el rey, le confirme a Juan de Austria quién es en realidad; y Natalia Calderón, además de la Calderona, haga de criada enana de la reina y de abadesa al final de sus días. Música, luces y poco más son suficientes para ponernos en situación.

Magistral la unión de los mejores versos auriseculares con expresiones actuales; fantástico el baile y la música de estos actores que demuestran ser verdaderos artistas. Y apoteósico el homenaje final hecho con diferentes títulos de obras del Barroco que conforman un texto que nos llega con un mensaje claro: los clásicos siguen vivos. Muy vivos.

Mujeres y criados. Hasta hace muy poco, ésta era una obra de la que sólo se conocía el título, sin embargo Rodrigo Arribas, fundador de la compañía Fundación del Siglo de Oro, la ha dirigido con acierto para llevar a las tablas del Corral Cervantes esta maravillosa comedia de la madurez del Fénix de los ingenios. Totalmente actual, pues trae a escena a dos grupos marginales del XVII, por un lado las mujeres, sin voz ni voto en nada que tuviera que ver con sus vidas, por otro, los criados, aquéllos que ocupaban una escala social bastante baja. Puede que Lope fuese consciente, al escribirla, del empuje que debía tener la mujer en la sociedad, del ingenio que había de mostrar para burlar todos los inconvenientes impuestos desde su propia familia, y de lo ridículo que iban resultando los matrimonios concertados.

Puede que el autor supiera que los diálogos divertirían, pues están escritos, con agilidad increíble, para “dar gusto al público”. Lo que quizás no esperase es que cuatro siglos más tarde el espectador continuara riendo durante hora y media. No cabe duda, de que el enredo ideado por una de las hermanas es inteligente: dos hermanas de la alta sociedad, enamoradas del camarero y del secretario de un conde, se ven en el aprieto de apartar los deseos del padre, casarlas con el propio conde y el hijo de un rico amigo. La casa de las hermanas se convierte en un espacio donde todos están a expensas de lo engaños de éstas. Por supuesto, es indiscutible que el argumento rompe una lanza a favor de la mujer; el tema es universal, ante el amor no hay fronteras, ni de clase ni económicas.

Pero lo mejor de todo, y esto no es sólo mérito del autor sino también de la compañía, es la actuación; con una mínima adaptación a la realidad: una Tablet para apuntar, unas patatas bravas para tomar un tentempié y un vestuario rompedor, a mitad de camino entre lo clásico y lo moderno: gafas de sol y bufandas para los criados galanes, faldas más cortas por delante que por detrás para las damas (el resto de personajes mantenían los trajes de la época), la Fundación Siglo de Oro nos hizo reír y aplaudir al final hasta que ellos decidieron desaparecer del escenario.

Los diez actores en escena estuvieron absolutamente fantásticos; ni una sola pega, ni a la dicción, ni a los movimientos, ni a los gestos, ni a la complicidad con el público. Una gozada en la que con total normalidad las damas y los criados se casan por amor y los galanes impuestos lo aceptan, tras intentar obtenerlas amparados en su derecho social, por evidente.

Los espejos de don Quijote. Emotiva la historia de la que Alberto Herreros es autor y director con un acierto total. Miguel de Cervantes, encarcelado al ser acusado de quedarse con la recaudación de impuestos, trabajo que obtuvo tras fracasar una y otra vez como escritor, y tras fracasar, por la invalidez de su brazo, como soldado; pero nuestro querido autor no tenía una mentalidad barroca, clásica seguro que sí y noventayochista puede que también, el caso es que se adelantó a su tiempo y sufrió, como les ocurre a quienes lo hacen; Cervantes vio venir la miseria a la que España iba abocada. Su lamento quedó reflejado en Los tratos de Argel; su ideal, en aquellas novelas cortas (que luego introdujo en el Quijote). La realidad que le tocó vivir al mayor escritor de todos los tiempos fue penosa (de nuevo esta España inculta que abandona las letras, las humanidades, el pensamiento, y olvida a los más valiosos, a las mentes más privilegiadas para, una vez muertos, o reconocidos por otros, reclamarlos como españoles; porque, eso sí, la patria ante todo).

Por ello ha sido emocionante la idea del encuentro ficticio que tienen Cervantes y Shakespeare en una cárcel de Sevilla. Herreros une el sueño de este encuentro con hechos reales, para mostrarnos el momento en el que don Miguel pudo tener la idea para escribir su inmortal novela y aportarle al genio inglés ideas para su Hamlet o su Romeo y Julieta. Ha resultado emocionante que Cervantes alentado por un carcelero entre el sueño y lo real (papel que encarna Pedro Miguel Martínez, actor tradicional de teatro, películas como Bienvenido a casa y series como Gran Hotel o Velvet entre otras), y su querida Dorotea, se decidiese a escribir la historia de un Quijano, en la que el carcelero le pide el papel de Sancho. No falta el humor, triste aunque de delicadeza exquisita, al servir los esqueletos que poblarían las cárceles de la época para que Cervantes, se sirviera de una calavera y se inspirara en la quijada para el nombre de su protagonista, y esa misma calavera sirviese a Shakespeare para crear a su príncipe de Dinamarca. La realidad utópica, la justicia poética que tiene la literatura y que nos conforma el espíritu. Esto es la magia del teatro, poder imaginar a dos genios alentándose a escribir y quedando unidos para la eternidad en un abrazo; en el abrazo de la paz, de la literatura, de la imaginación y de la ilusión que muchos de nosotros esperamos ver como la futura realidad entre los pueblos.

Don Gil de las calzas verdes. Por último, aunque no pertenece a la programación del Corral Cervantes, una vez en Madrid fue obligado asistir a la representación de Don Gil de las calzas verdes. Siempre es una fiesta ir a los Teatros Luchana, pero en esta ocasión supuso un lujo formar parte de un público subyugado por esta atrevida y divertida adaptación que la compañía Ensamble Bufo ha llevado a cabo de este don Gil de Tirso de Molina (Con calzas y a lo loco). No hay sorpresas en el texto, a excepción de escenas en las que, por largas, Caramanchel resume al espectador, o de otras en las que advertimos guiños a la actualidad al jugar con el nombre: Gil y pollas, Gil y Gil.

Sí hay sorpresas en el vestuario. Es indiscutible que tanto el director, Hugo Nieto, como la encargada de vestuario, Paola de Diego, han acertado haciendo uso de la sencillez y versatilidad en los trajes que sirven tanto para hombre como para mujer, según se pongan o no una especie de falda-delantal. Todos van vestidos de gris, a excepción primero de las calzas de don Gil, y después de las calzas, un sombrero y una capa verdes que se ponen al final los cuatro giles que comparecen al mismo tiempo en escena.

Sorpresas también en el mobiliario, sólo una caja de verduras para cada actor, que les sirve de asiento y que quitan y ponen del escenario a los lados del mismo, según conviene. Sorpresas, y muy gratas en el decorado: una pantalla en la que, para presentar la escena aparece una imagen del Madrid actual, de la calle correspondiente a la nombrada en la obra, y que desaparece en el momento en que continúa la representación; apenas unos segundos para poner en situación al público, y de paso, con algún comentario alusivo arrancar la carcajada. Y sorpresa, fantástica, la utilización del ritmo; los caballeros no llevan espadas sino bastones de madera que junto a timbales, crótalos, panderetas y palos, convierten la representación en una fiesta en la que los movimientos están ayudados por la percusión.


Una puesta en escena innovadora, fantástica, en la que por cuarto día consecutivo, Madrid me ha demostrado que los clásicos están vivos, son de plena actualidad y podrán adaptarse igualmente otros cuatrocientos años. Hugo Nieto es el encargado de dirigir a seis actores, dos de ellos hacen doble papel, aparte, claro, del triplete que ya Tirso, en su día, pensó para doña Juana-Elvira-Gil y que, en esta ocasión Sara Moraleda encarna a la perfección. Asimismo he quedado cautivada, creo que todos los espectadores, por la gracia, gestualidad y espontaneidad de María Besant en el papel de doña Inés, sin desmerecer por supuesto al resto de la compañía ¡Bravo!

jueves, 21 de septiembre de 2017

BERTA ISLA


Con esta novela me ha pasado algo curiosísimo, una vez empecé a leerla no podía parar. El estar estructurada en capítulos cortos, a pesar de su gran extensión, me ayudaba a, inconscientemente, atreverme con otro, aun a riesgo de no poder realizar otra tarea, o entrar tarde al trabajo. En realidad esto no es lo más extraño, lo extraordinario es que no sabía nada de ella, me la regalaron el mismo día que salió a la venta, sabe que no puedo resistirme al autor, y a pesar de tener una trama política, de espionaje, sobre lo que no estoy demasiado al tanto porque nunca me ha interesado, ha conseguido atraparme en sus páginas como pocas novelas lo han hecho. Berta Isla es un título peculiar pues la protagonista, que hace honor a su apellido, es totalmente paciente, apenas desempeña nada durante el argumento se “limita” a reflexionar sobre la situación a la que se ha visto sometida por las acciones de su marido; casada con Tomás Nevinson, con quien inició su vida siendo casi una niña: «habían cumplido los quince cuando acordaron salir»; y en cuanto ambos empiezan sus carreras en universidades distintas acepta una vida de espera, de incertidumbre y soledad. Sabe que su marido ha cambiado, ya lo notó antes de la boda; intuye al principio, advierte con el tiempo en qué anda metido pero no conoce nada con seguridad porque nadie le dice nada, o las confirmaciones son hechas a medias. Y sin embargo he sido capaz de ponerme en su piel y sentir su ira, su frustración, su humillación, su amor.

El protagonista es su marido, personaje complicado que, como alumno de la Universidad de Oxford se ve envuelto en un crimen que no ha cometido, pero aparece como principal sospechoso y del que lo redimen un profesor de la universidad y sus contactos con el MI5 a cambio de utilizar sus dotes imitativas y su don para las lenguas, en algunos casos en los que deba salvar la imagen de la Corona y su gobierno. Ahí empieza todo. Javier Marías consigue que empaticemos con Tom, que entendamos la desgracia a la que el ser humano puede estar sometido; debe elegir en situaciones extremas y, en esas circunstancias, demostrará que las convicciones no son tan firmes, que ante todo se intenta preservar la propia seguridad o la vida de que aquéllos a quienes queremos; que un ser bueno, inocente, puede convertirse en el más despiadado del universo; y, lo más triste, Marías nos recuerda que no somos indispensables, que en cualquier momento alguien mejor, más dispuesto, más joven, puede sustituirnos y dejarnos relegados en una niebla que terminará por hacernos desaparecer. Javier Marías diserta, con dureza y objetividad, sobre la inconsistencia del hombre, la levedad del ser.

El pensamiento de Berta es la clave pues desmonta con apabullante sencillez todo lo que el narrador omnisciente alega a favor de Tomás y del espionaje «A casi todos nos gusta creer que somos imprescindibles, que aportamos algo con nuestra existencia, que ésta no es inútil ni indiferente del todo. Yo misma, desde que he sido madre, me considero una especie de heroína […] A casi todos nos gusta creer eso, pero la mayoría sabemos que no es así. Todo eso […] funcionaría igual sin nosotros, porque somos intercambiables y sustituibles […] Si desaparecemos no se notará nuestra falta, el hueco será rellenado sin solución de continuidad.»

Sin embargo, y precisamente por ser omnisciente, el narrador es objetivo, o lo pretende al describir la lucha que Tom debe librar entre sus actos y sus sentimientos; en los diálogos que mantiene va dejando ver su crecimiento personal, desde la timidez más absoluta, incluso la alegría y despreocupación propias de la edad a la seguridad en sí mismo, en su valía, hasta llegar al punto de soberbia del que se sabe vencedor y en el que, irremediablemente algo o alguien, en algún momento, es capaz de destronarlo. Tomás llega a conocerse a la perfección aunque para conseguirlo haya debido darse cuenta de que en realidad sólo cree conocerse; porque todo, incluso el hombre, tiene un punto oculto que puede aparecer para ofrecernos otra visión de nosotros mismos: «uno se crece a medida que va cumpliendo misiones y encargos y no sale mal parado de ellos. Casi todo éxito trae soberbia, y uno desarrolla una sensación de invulnerabilidad, inconsciente […] Hasta que por fin algo falla y uno fracasa. O no fracasa, pero tiene que quitarse de en medio».

No sólo la introspección del ser humano, también la denuncia política puebla las páginas, no importa el país, como tampoco importa dar nombres y datos reales, para que no se olviden —esa memoria histórica tan necesaria y que nos quieren hacer desaparecer— «El 20 de enero (del 68) el alumno de derecho Enrique Ruano, al que tres días antes había detenido por arrojar octavillas la temida Brigada Político-Social, murió mientras estaba custodiado por ésta […] El Ministro Fraga y el periódico ABC se esforzaron por presentarlo como un suicidio». «El 19 de marzo de 1988 sucedió lo que se ha conocido como la matanza de los cabos o ‘the Corporals Killings’ […], durante el entierro en Belfast de tres miembros del IRA […] un paramilitar unionista, Michael Stone de nombre, había atacado el cortejo fúnebre […] por accidente, o porque desconocían las instrucciones últimas, dos cabos del ejército inglés […]irrumpieron en la zona […] La multitud creyó que se trataba de un nuevo ataque […] y los arrojó al suelo, donde fueron golpeados y pisoteados […] Un fotógrafo captó ese momento, y la foto se hizo tan famosa que la revista Life la escogió entre las mejores imágenes de los últimos cuarenta años…»

Todos somos capaces de convertirnos en lo que más detestamos si en un momento dado nos dejamos llevar por la ira, por el desconocimiento y la falta de libertad para actuar como individuos y no como masa, siempre peligrosa, siempre dominada por alguien capaz de confundir.

Y, como no podía ser de otra manera, no sólo encontramos denuncias políticas o pretéritas; el autor no pierde la oportunidad de razonar sobre la sociedad actual, egoísta «una humanidad sobreprotegida y haragana, surgida en un plazo brevísimo después de siglos de lo contrario: actividad, inquietud, intrepidez e impaciencia». El autor no pierde la oportunidad de quejarse con amargura de este país «que siempre desaprovecha lo útil que tiene, cuando no lo expulsa o lo persigue».

El estilo es inconfundible, precisas descripciones psicológicas cargadas de sinónimos que amplían el significado conceptual y puntuales adjetivos que, bien como epítetos o como especificativos consiguen formar en la mente del lector una imagen esencial que da vida a lo narrado «Estos eran los mejores periodos, los más tranquilos y satisfactorios y mansos […] Lograba dejarla en la impremeditada cotidianeidad […] como si fuéramos centinelas bisoños en esos turnos nocturnos de guardia que se llaman imaginarias, quién sabe por qué, quizá porque luego le parece que no hayan tenido lugar».

La descripción es útil a Marías pues no sólo describe acciones o pensamientos del protagonista sino que a veces aprovecha para divagar sobre otro asunto en el que, por supuesto, nos introducimos, y lo pensamos y meditamos al darnos cuenta de que hasta ese momento nos había pasado inadvertido, o sí, éramos conscientes de un hecho concreto aunque nunca nos habíamos parado a pensar el por qué de determinadas reacciones «basta con dejar de ver para ya no ver claro, o no ver nada; y con oír pasa lo mismo, y no digamos con el tacto ¿Cómo puede uno, entonces, recordar con precisión y en orden lo ocurrido hace mucho tiempo?» Preguntas constantes que nos hacemos desde que empezamos a leer Berta Isla y de las que anhelamos una respuesta, por lo que ya al principio se instala en nuestra consciencia el ansia de saber, de que incluso algunas dudas que se nos presentan —bien de la novela bien de nosotros mismos— se resuelvan, o al menos se diluyan, como esas guardias imaginarias, en la no realidad, en el mundo de los sueños, en el paso del tiempo. El carácter reflexivo, grave del autor consigue eliminar cualquier rastro de frivolidad a la vida, las ideas filosóficas —un tanto demoledoras— son constantes en la novela «El estado natural del mundo es la guerra. A menudo abierta, y cuando no latente, o indirecta, o meramente aplazada».

Como también lo son dos pasiones conocidas de Javier Marías, el cine «Tomás Nevinson […] recordaba al actor secundario Dan Duryea y se acercaba al actor principal Gérard Philipe…», «que con sus propias voces y su pronunciación se hacían Laurel y Hardy, el Gordo y el flaco, para la exhibición en el ámbito hispánico de sus ya viejas películas (al fin y al cabo Stan Laurel era inglés, no americano…)». Normalmente Tomás va a estar asociado desde un principio al séptimo arte con todo lo que implica, cambios de vestuario, de apariencia, de voz, de lugares… alguien propicio para el camuflaje y la ocultación, para ser y no ser al mismo tiempo.

Asimismo la literatura, la poesía de T.S. Eliot va marcando su vida, y es a lo largo de ella cuando logra entenderla, como el poema que aparece en Litstle Gidding, y que en un principio ve un galimatías «Ceniza en la manga de un viejo […] El polvo suspendido en el aire señala el lugar en el que terminó una historia […] Porque las palabras del año pasado pertenecen al lenguaje del año pasado y las palabras del año que viene esperan una voz distinta».

Por otro lado Shakespeare es una guía constante en la novela, no podía ser de otro modo; Berta estará relacionada al genio universal desde el principio «entre sus conocidos […] lograba hacerlos creer que lo peor que podría pasarles sería perderla a ella […] No es que en eso fuera una artera, una especie de Yago que dirige y manipula y engaña con el persistente susurro al oído, en modo alguno». Y es que es a Shakespeare, y más concretamente a su obra Enrique V, la que utiliza para hacerle ver a Tom que está actuando sin personalidad, limitándose a realizar lo que le mandan sin pensar «Esos soldados saben que sirven al Rey […] y están bien dispuestos […] como tú desde hace años a servir a tu querida Inglaterra, tan inesperadamente querida […] Y uno de ellos anuncia: “Arduas cuentas habrá de rendir el Rey si no es buena causa la de su guerra”…».

No cabe duda de que Berta Isla lleva el sello de su autor; el espíritu crítico en la concepción intocable de la monarquía, así como el sentido de la justicia se trasluce de las palabras de Wheler, un espía que, al servicio de la Corona, actúa sin escrúpulos porque sabe qué hay detrás de todo «La verdad no cuenta, porque se trata de que decida sobre ella, de que la establezca alguien que nunca sabe cuál es: me refiero a un juez».

La aceptación del destino como algo irremediable, de lo que no podemos escapar es la carta de presentación de Tomás Nevinson, así lo siente Berta porque así se muestra él «mira sus días con indiferencia, sabedor de que sorpresas grandes o gratas no le van a traer».

Intuimos en Berta —y creo que en Marías— la comprensión hacia determinados actos que nos vemos obligados a hacer aunque sea en nuestro detrimento «La alternativa es renunciar a él […] Desentenderme de sus andanzas […] de cómo le vaya en su porción de mundo elegido y secreto, que no es el mío ni lo puede ser; […] lo que será siempre arrugado y brumoso o ni siquiera: será pura oscuridad». Berta decide, ante la pervivencia o no de su marido, seguir viviendo en el recuerdo, en un presente que es pasado. Nada la ha hecho volver a la realidad de los demás. Su vida es una letanía de recuerdos tristes que el autor acrecienta con la anáfora «Cuántas penalidades habrás pasado […] Cuántas infamias [...] Cuántas noches en vela […] cuántas pesadillas […] Cuántas mujeres […] Cuántos secretos […] cuántas muertes habrás causado…».

La confusión entre lo real e irreal no pertenece a Tomás, ni es exclusivo de Berta, todos, en determinados momentos no sabemos a qué atenernos, qué es lo que nos rodea y si pertenece a lo material o al producto de nuestra imaginación; de nuevo los clásicos, de nuevo Shakespeare, de nuevo Marías: «Podemos vivir en un continuado error, creer que tenemos una vida comprensible y estable y asible y encontrarnos con que todo es inseguro, pantanoso, inmanejable, sin asentamiento en tierra firme; o todo una representación…».


Pocos autores consiguen lo que él, con un estilo impecable es capaz de unir la vida privada con la laboral como si de una sola se tratara. Que lo es. Es capaz de encajar los temas más sórdidos, la política, el espionaje, las acciones criminales ocultas según intereses, en una historia de amor. Es capaz de unir a Tomás y Berta en la voz narrativa de la mujer, cómo no sabe nada y lo sospecha todo, cómo se siente maltratada, humillada y perdona u olvida porque sabe que él también ha sido maltratado y humillado y ha podido perdonar u olvidar, que no es lo mismo, aunque tenga la misma consecuencia: el miedo.

domingo, 3 de septiembre de 2017

VERANO EN ROJO



Fantástica la primera novela de la comisaria Ruiz. Intrigante principio que se va bifurcando en otros personajes con historias de pasados envueltos en dolor y dureza. Enigmático arranque que se va haciendo cada vez más misterioso porque cambian los escenarios, y el lector, apasionado, los sigue impaciente tanto o más que los protagonistas, hasta llegar sin decaer un solo momento al apoteósico final digno de una escritora de altura, como es Berna González Harbour.

Empecé leyendo el tercer libro de la saga y me encantó. Alguien muy querido me recomendó el primero y creo que lo he terminado en tres días, tal era mi pasión por saber lo que ocurría, no sólo al final sino tras cada capítulo, porque cada apartado de Verano en rojo es un acontecimiento. ¿Cómo es posible? La autora no da respiro al lector. En otras novelas buscaba, normalmente y siempre que podía, el final de una sección para dejar la lectura; con ésta no ha sido posible, el término de un episodio va ya enlazado con otro anterior, posterior, del mismo personaje, de otro diferente, en el mismo escenario o con un cambio abrupto, pero nunca se pierde el hilo. Berna González es una maga de la escritura y consigue que nos situemos siempre. En ningún momento he debido volver atrás para recordar algo.

Pues eso es lo que me ha vuelto a maravillar de esta escritora, su forma de contar la historia, una historia inclemente que, con lenguaje también duro, se lee sin herir sensibilidades aunque no quede en el tintero nada por contar, crueldades de la vida que retratan una sociedad totalmente actual, una sociedad podrida en muchos aspectos; González Harbour se ha atrevido y ha tocado uno de los intocables «Sólo Dios tiene el poder y la gloria de juzgar al hombre», ha denunciado a la Iglesia y sus incursiones en la pederastia, y ha abierto los ojos de muchos de nosotros al avisarnos de que una víctima presente puede convertirse en un asesino futuro.

Verano en rojo es una novela negra pero al mismo tiempo una crónica policial puesto que el asunto que trata está, tristemente, de plena actualidad. La novela está basada en hechos ocurridos en el pasado, que a su vez se remontan a tiempos más remotos y hoy todavía forman un tema presente. La autora saca su lado periodístico para recopilar los datos más importantes que rodean a las dos muertes ocurridas al mismo tiempo en lugares diferentes, Madrid y Santander, dos muertes relacionadas con un pasaje bíblico, «Entonces, los espíritus impuros salieron del hombre y entraron en los cerdos [...] y todos los cerdos se ahogaron en el lago (San Marcos, 5)», con abusos a menores y, por supuesto, chantajes.

El periodismo, el buen periodista, está presente y perfectamente retratado en Javier Luna, reportero que se introduce en un caso para profundizar en la noticia, contrastarla y tirar de lo que haga falta para denunciar. En el evento que nos ocupa encontramos en este tipo de periodismo un paralelismo absoluto con la labor policial; de hecho a veces no se distingue bien quién es quién «—y ambos ahogados —María comprobó una vez más que Luna tenía información— ¿Tal vez se me escapa algo más, comisario Luna? —Sí. Que fueron al mismo campamento. —Esta vez fue un golpe bajo, directo al estómago». Agradecemos que de vez en cuando nos recuerden que quedan periodistas cuyo fin es el trabajo bien hecho, que permanecen en el anonimato cuando en realidad son verdaderos héroes, reporteros que van siendo aplastados en nuestra sociedad por aquéllos que se conforman con sacar las miserias de supuestos famosos, que supuestamente no deberían de interesar a nadie y, sin embargo, ahí están, porque la mayoría es lo que pide (o lo que han obligado a que pida), la entrevista hueca que cuenta hasta lo más sucio de cada uno para que los critiquemos y pidamos más, demostrando lo morboso que puede llegar a ser el hombre, que detalla en ocasiones mezquindades suficientes para poder entrar en la cárcel aunque estén en lo más alto. Es el periodismo amarillo que se ha forjado cómodamente un hueco en nuestras vidas.

Berna González echa mano asimismo de su vena literaria y nos muestra maravillosas descripciones de una precisión absoluta, por lo que las imágenes acuden a la mente sin esfuerzo «El cura de la familia. Aquel de los mechones lacios sobre la calva, que había señalado al cielo para confiar en el regreso de Alejandro, como otros antes confiaron en el cielo para frenar el socialismo [...] El Padre Saturnino se dejaba caer por ahí, sin invitación alguna, y su madre se volvía loca para improvisar alguna comida más suculenta [...] Cuando alguna vez algún hermano que jugaba en la calle le veía llegar se lanzaba a correr... ¡Que viene el Padre Saturninooooo!... ese sacerdote viejo, de nariz y barbilla curvas, sotana negra y bastón, pariente de otros parientes».

Verano en rojo es una historia cruda, vibrante, con todas las características de la novela negra que, puede ser por la intervención periodística o por bastantes expresiones líricas, se lee con facilidad. La complicada historia se convierte en un argumento sin complicaciones a pesar de que los narradores van cambiando, se traslada el tiempo de acción o varía el foco de atención; los personajes se van alternando junto a sus pensamientos, sus acciones y espacios «Pero eso era cuando aún sabía mantener el tipo [...] Cuando aún llegaba a tiempo de curar a los pacientes. Cuando un joven policía aún no había desenfundado un arma para hacer algo muy distinto a lo que ella esperaba de él: introducir el cañón en su propia boca...»... Pues todo ello facilita que sigamos los pasos de Javier Luna, de la comisaria María Ruiz, del comisario Carlos Fuentes, de Tomás, Esteban y Martín. Todos trabajando unidos, a veces aunque no lo sepan ni ellos mismos, para realizar las pesquisas necesarias y resolver los asesinatos de Alejandro Sánchez y Samuel Gómez en condiciones algo inquietantes que se van transformando en macabras según nos vamos adentrando, para ir uniendo, al mismo tiempo, a los personajes con sus historias y su desgraciado final. Porque no hay nada más espeluznante que los actos de aquellos que se valen de la religión —cualquiera— para someter a los más débiles a sus impulsos, exigencias, neuras, o a sus instintos asesinos, sádicos o lujuriosos. Es la cara tenebrosa de la religión que tanto tiempo lleva saliendo a la luz pero, normalmente, de pasada. La autora manifiesta en Verano en rojo, de forma directa, lo que encontramos bajo algunas sotanas; bajo el aspecto melifluo y beatífico aparecen las ansias de poder —esas que el Magistral Fermín de Pas ya aportaba en 1884 en La Regenta—, aparece el instinto lascivo y el criminal.

La narración, a pesar de todos los cambios, fluye con naturalidad, con palabras precisas, sin aspavientos ni tabúes, incluso a veces con cierto toque de humor y siempre retratando con gran sensibilidad a todos los personajes; no encontramos superhéroes, aparecen personas normales, policías que pueden saltarse a la torera alguna ley porque la angustia y el celo al bienestar de las víctimas, a la justicia, puede más que cualquier otra cosa. Son policías pero ante todo son personas, como demuestran algunos de sus actos y las personificaciones que la autora realiza de sus pertenencias «Esteban encendió el enésimo cigarrillo con el anterior y se pasó otra vez la ley por donde solía al arrojar por la ventana la colilla encendida [...] El coche avanzaba sorteando obras y camiones con las sirenas al máximo, ya afónicas tras horas de presión».

De esta forma podemos introducirnos en un tema durísimo, que probablemente no resistiríamos en la vida real pero que aquí, en la ficción siempre nos mantiene alerta, con ganas de saber más. Una denuncia firme a esa Iglesia que confunde delito y pecado pensando que sólo Dios podrá perdonarlo «Limpiar, lavar, curar, volver a Dios ... Ese era el camino».


Férrea acusación que se une a una llamada de atención para que la sociedad se dé cuenta de la violencia a la que están sometidos muchos ciudadanos, abusadores, maltratadores que han sido en su infancia víctimas  de maltrato y de pederastia «pero el odio descarnado a la humanidad, o a cierta parte de la humanidad, empezó a revivir en su interior como una planta carnívora en un bosque tropical».

jueves, 31 de agosto de 2017

MUSA DÉCIMA


Después de tres años disfrutando (al menos yo) con el blog AURISECULAR hemos llegado a la entrada número 100 y, realmente, no se me ocurre otro libro mejor que éste para celebrarlo porque Musa décima es un compendio de historias actuales, ficticias o verdaderas, que van transcurriendo de forma paralela a otra sucedida en el siglo XVI, la de doña Oliva de Sabuco, nacida el mismo año de Lope de Vega y coetánea asimismo de Cervantes, aunque nuestro creador del Quijote se llevase 15 años con ambos. Pero ahí están, en claro homenaje a estos genios auriseculares, cuya literatura no pasará de moda nunca pues, como muy bien ha demostrado José María Merino la vida es un continuo, una sucesión de hechos que pueden repetirse una y otra vez aunque el paso implacable del tiempo intente borrarlos. Y si consigue desfigurar alguno, anularlo incluso para siempre, la literatura se encarga de adaptarlo a la actualidad, de traerlo fresco a nuestra mente. Está claro que los clásicos nunca mueren. Los auriseculares menos que ninguno; la prueba está en esta novela, un recurso para que Merino establezca una relación actual de amores, celos, intrigas, pasiones, con otras ya escritas por Ana Caro, Lope de Vega, Miguel de Cervantes o doña Oliva, aunque lo de ésta no fuera ficción sino ensayo.

Me ha gustado Musa décima porque no sólo la historia principal es curiosa y con el paso de las páginas va acrecentando su expectación, me ha gustado porque todo gira en torno a la mujer, doña Oliva Sabuco, fue nombrada por Lope de Vega musa décima, demostrando así la admiración que sentía hacia ella. Ya en la Grecia Clásica, Safo ostentó este título para los griegos, y en el siglo XVII también fue designada como la décima musa, sor Juana Inés de la Cruz. En 1587, doña Oliva Sabuco escribió la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, un tratado casi enciclopédico de la nueva medicina basada curiosamente en estas terapias emocionales que hoy han demostrado poder ayudar a los enfermos, o incluso empeorarlos según los afectos que predominen en las personas. Luisa Oliva, una niña ávida de saber participó en las academias de su época y aprendió nociones de filosofía, medicina e incluso psicología —aunque entonces no se conociese—. Cuando escribió su libro, con el beneplácito de Felipe II, el rey, fue un éxito rotundo pero a comienzos del siglo XX apareció una edición introducida por su padre en la que afirmaba haber sido él el verdadero autor. Hay especialistas que afirman la autoría de doña Oliva, otros apuestan por su padre y otros, que pudo ser, por los estilos que aparecen en el libro, una labor conjunta. Hoy eso es lo de menos, lo importante es la inteligencia de esta mujer caída por completo en el olvido como tantas otras a lo largo del tiempo; lo importante de la novela de Merino es la fuerza que la mujer tiene en determinados momentos, la fe, la constancia, el ansia de saber, como le ocurre a Berta, propietaria del libro de doña Oliva y dedicada por entero a la investigación del mismo para demostrar lo avanzado de las teorías de los afectos de la escritora aurisecular, incluso en ella misma, pues consigue mantener a raya un cáncer terminal durante cinco años, a pesar de los disgustos ocasionados por su marido, que la deja por una exalumna de la universidad y su hijo, a quien ve en el paro tras haber estudiado una carrera universitaria.

Si doña Oliva fue el motor que puso en marcha a todas las mentes preclaras de su época, Berta es la maquinaria que hace funcionar no sólo a su hijo Rai, a quien aconseja aun después de muerta, sino que reaviva la ilusión de Marina, otra escritora a la que Berta admira, cuando sus ventas están disminuyendo. Alentada por los apuntes que Berta le pasa sobre doña Oliva, Marina se mueve, investiga e inventa una novela, a la que conceden un premio literario, pero en la que olvida reseñar el agradecimiento a Berta, la mujer que consiguió resucitarla literariamente y quien le dio a conocer a doña Oliva; Berta confió en que Marina escribiese el libro cuando se dio cuenta de que ella no iba a poder terminarlo, «para que nuestros nombres queden juntos para siempre», y sin embargo no cumplió la promesa, «todo lo referente al ambiente era conocido por ella mucho mejor que por Berta [...] Su libro ya no tenía casi nada que ver con el de la pobre Berta». Como curiosidad cabe apuntar que en la novela de Marina, doña Oliva se atribuye ser una especie de doña Quijota por no escuchar las prohibiciones de los demás, como si estuviera influida por los encantamientos, para poder enfrentarse a las malas actuaciones de la medicina de su época.


Por supuesto, Berta es el punto de referencia para que su hijo, Rai, salga de su depresión y se decida —tal y como aconsejaba doña Oliva— a hacer las cosas como es debido, y así va aprovechando las oportunidades que le da la vida y venga la soledad y el sufrimiento de su madre; se hace amante de Olga, la compañera de Raimundo padre por quien abandonó su hogar, para luego abandonarla él, no sin antes haberle transmitido el gusanillo de Berta por el libro, circunstancia que Olga aprovecha para investigar sobre el editor del libro y el director, hasta contrastar la unión con la masonería que tenían los grandes del siglo XVI. Pero Raimundo padre se entera por la propia Olga de la aventura que mantiene con su propio hijo; la reacción del sexagenario es insólita o humillante pues en vez de dejarla recrimina a Rai por hacerle daño a Olga, y de esta manera causarle sufrimiento a él mismo. La venganza ha llegado sola.

Como también llega sola cuando Rai lee el libro de Marina y se da cuenta de que no aparece el agradecimiento que ésta le prometió a su madre cuando Berta la nombró heredera de todas sus investigaciones sobre doña Oliva. Al llamarla por teléfono para increparla la deja con la pesadumbre y el remordimiento de conciencia que no la abandonará durante un tiempo, hasta que, por fin, Rai se decide a escribir un cómic —novela gráfica— sobre doña Oliva y Berta, sacando a uno de los protagonistas de la novela de Marina, el hijo de Oliva, y explicando en la introducción por qué lo hace y de quién partió toda la idea de la novela premiada. Venganza en forma de justicia poética.

Pero aún quedan mujeres fuertes en Musa décima, Yolanda, la hermana de Rail es capaz de demostrar públicamente su homosexualidad yéndose a vivir con Susi. Las tiranteces entre los hermanos también se eliminarán gracias a los consejos que Berta le da a su hijo, todos sacados de la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre.

Y por último, Euterpe, una panameña que lleva el nombre de la musa de la música y cierra el libro consiguiendo que Rai cambie de aires, lo deje todo y empiece con ella una nueva vida.

El tema de la mujer es el que más me ha llamado la atención de esta novela en la que el autor se muestra un incondicional de su valía, pero no es el único que encontramos.

Hay otro muy importante, que deriva de la mujer pero se hace extensible al hombre: la exploración de la propia identidad. Partiendo de las consideraciones de doña Oliva el lector intuye a la perfección como es cada uno de los personajes, quienes también lo saben porque en algún momento de su vida reflexionan sobre ello: Raimundo padre es en el fondo un acomplejado que, al final de su vida no quiere quedarse solo aunque implique sentir la humillación y el dolor que él ha causado.

El caso de Rai es una introspección continua, debajo de esa capa de superficialidad, de alegría y despreocupación constante late la responsabilidad que intenta salir en una sociedad que no lo permite, hasta que se da cuenta que deberá renacer en otro lugar, con quien quiere y dedicándose a lo que verdaderamente le gusta. Es curioso cómo el autor liga un drama familiar al hecho literario; es curioso que el destino de las personas quede enlazado a la fidelidad a la escritura, y es más curioso aún que en la escritura se haya dado la suplantación como norma habitual, lo que nos lleva al drama social, al fraude y la deslealtad que el ser humano es capaz de cometer hacia otros, considerados amigos hasta el momento en que resultan prescindibles.

Doña Oliva ha hecho reflexionar a Berta y ésta a su hijo; ambas lo han llevado a cabo, una vez muertas, a través de la escritura, y es en la literatura, en los sueños, donde cobra sentido la realidad, donde hechos aislados forman una unidad indisoluble, donde seres diferentes actúan de la misma manera «Como suele suceder en los sueños, había una curiosa simultaneidad en las escenas y los peces acercaban sus cabezas al cristal como si quisiesen ver también a la paloma posada en la barandilla mientras Grogui se afilaba las uñas en un lateral del sofá, para enfado de Raimundo padre». El planteamiento del Siglo de Oro, la vida es sueño, se materializa en esta novela actual; si Hamlet veía y hablaba con el espíritu de su padre, Berta se comunica con Oliva primero y después con Rai. Todo reside en nuestra mente, donde se incuban los sentimientos (los afectos) de la envidia, la traición, la venganza, el rencor, la corrupción, pero también el amor, la generosidad y la prudencia «Rai se acercó a la urna. “¿Lo ves? Magnanimidad. Para que sepas que yo también aprendí algo de tu querida doña Oliva [...] y de ti. Para que veas que estoy en el libro”».

Novela realista-fantástica y psicológica, en la que los personajes toman conciencia, a través de sus hechos o sueños, de lo que son en realidad porque esas experiencias, reales o fantásticas, les hacen evolucionar.

Escrita con seriedad, basándose en hechos reales de un pasado cada vez más remoto y siempre cercano, no escatima la ironía, el sarcasmo incluso, al referirse al hombre nuevo, triunfador, residente en una sociedad nueva, triunfadora.

Si encontramos atractivo el enterarnos, a través de Berta, de que refranes hoy utilizados, fueron deducidos con buen criterio por los clásicos: «Un clavo con otro se saca» (Cicerón. Siglo I a.C.), «Comer para vivir, no vivir para comer» (Cicerón), «A quien yo quiero mal, déle Dios pleito y orinal» (Coloquio de la compostura, de la Nueva filosofía del hombre. Miguel Sabuco, Oliva Sabuco de Nantes y Barrera), no menos atractivo supone seguir la escritura de José María Merino, a veces humorística en medio de la seriedad «¿Qué pasó entonces con el libro de doña Oliva? —preguntó Yolanda alarmada. —Me pareció que debía acompañarla a ella siempre y lo metí en el ataúd. Ahora sus cenizas están juntas». Otras veces es la ironía la que nos lleva a sonreír «La cosecha anglicista era tan rica que decidió ir apuntando sus descubrimientos en una agenda, y recordó a su abuelo, que hablaba con sarcasmo del gusto de los españoles por ser colonizados». Y otras, la frialdad con que la sociedad capitalista tiene en cuenta a sus habitantes «Los mendigos eran de distintas procedencias: la andrajosa y el acordeonista eran rumanos; el del tenderete parecía español [...] pero el barbudo podía provenir de cualquier lugar lejano y de cualquier tiempo perdido, como la arrodillada». Esto es lo que somos para la sociedad capitalista, un atributo impersonal, y sin embargo dentro de cada uno de los más pordioseros puede residir la persona más digna y con más principios que en el de mayor éxito social:
«—Oye –le dijo– Esa piedra que me vendiste vale más de lo que te di por ella.
El mendigo lo miró con aire huraño.
—Te pedí 10 euros y me diste 10 euros. No hay más que hablar.»


Pero sin duda, lo mejor que he encontrado en Musa décima es ese confluir de historias que se van repitiendo, agrandadas, como una colección de muñecas rusas, para recordarnos, a través de la metaliteratura o del propio pensamiento, que todo vuelve, que el tiempo es circular, lo que hoy te está ocurriendo abarca a lo que le pasó a tu padre y a su vez contiene hechos similares a los de otros antepasados, que confluyen con los de otras épocas o lugares, porque lo que no cambia es el ser humano y la influencia que los sentimientos tienen sobre él.