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lunes, 1 de septiembre de 2025

EL CARRUSEL DE LOS CABALLOS DE COBRE

Quien ya haya disfrutado con las novelas de Juan Ramón Barat, esta última no le va a defraudar. Nuestro experto en atraer a los jóvenes a la literatura echa mano de la novela fantástica y vuelve a poner en apuros al protagonista. No es el famoso Daniel Villena, cuya serie leí con alumnos y a todos nos pareció sorprendente. En esta ocasión, Flavio Sánchez, un chico de 15 años, también deberá enfrentarse a hechos sobrenaturales para terminar descubriéndose a sí mismo. De nuevo el autor pone en marcha una novela detectivesca en la que el protagonista sigue los pasos de un investigador profesional.

Quien no haya leído a Barat, El carrusel de los caballos de cobre podría ser un buen comienzo.

El estilo es tradicional; apuesta por un lenguaje coloquial en el que los términos cultos salpican las reflexiones, «Me llamó la atención un reloj que parecía un árbol centenario, de tronco muy rugoso, ramas retorcidas y buena fronda».

Nuestro valenciano autor no incide en la jerga juvenil, prefiere un uso más formal, de ahí que la función didáctica esté presente en su literatura. Asimismo, el respeto es la norma en los diálogos. Barat demuestra que se puede estar en desacuerdo sin tener que insultar


—¡Cómete el postre!

Me llevé una cucharada a la boca y mastiqué sin ganas.

—¿Y los estudios? —Para cambiar de conversación, lo más socorrido era hablar de mi trayectoria estudiantil.

—Bien.

—¿Qué significa bien?

—Mamá…

—Andas siempre con esos amigotes que se pasan las tardes jugando […]

¡

¡No te veo nunca estudiando.

—Podrías confiar en mí.

También son tradicionales los temas: el primer amor, la familia, la amistad. Sin embargo, en todos encontramos una vuelta de tuerca que permitirá mantener la expectación de los lectores.

Flavio es un chico, en principio, normal, no destaca en ningún aspecto, ni sus notas son excepcionales ni es líder entre sus amigos; más tarde nos asombrará con poderes paranormales fruto de algunas situaciones que vive y no entiende a qué se deben. Probablemente esté dotado de una sensibilidad especial, resultado de empatizar con los demás al cien por cien.

Su familia no es usual, sino monoparental. Su padre murió y él ha crecido solo con su madre, preguntándose a veces por sus raíces. Tiene una amiga de toda la vida, Ainhoa, a la que quiere como a una hermana aunque ella esté enamorada de él.

Claudia Hidalgo, «la princesa», entra en su vida con mal pie, pero pronto nos descubrirá que ha llegado para quedarse y no es ninguna princesa. Al contrario, las chicas de El carrusel de los caballos de cobre son inteligentes, valientes e independientes


—El mundo está muy mal —sentenció Ainhoa— Hay mucho violador y mucho desgraciado por ahí suelto. Conviene estar preparada por si acaso.

—Gracias…

—De gracias, nada. Esto te va a costar unos pastelitos de nata.

—No llevo dinero.

—No pasa nada. Te prestaré.


Flavio es sencillo, busca la verdad y el bien a través del razonamiento y el diálogo. Habla con sus amigos, con el abuelo de Claudia; pide ayuda a la amiga de una desaparecida relacionada con los sucesos que le ocurren: El carrusel que compra en una tienda «que ya no existe» se pone en marcha solo algún caballito se escapa y regresa al día siguiente; el nombre inscrito en la base del carrusel lo guía hasta una mansión fantasmagórica donde una familia checoslovaca fue asesinada por las prácticas de magia negra del padre. Al cabo del tiempo, un ayudante de la familia se instala en la casa y contrae matrimonio; su mujer muere y su hija reniega de él y lo abandona. Ahora, la casa abandonada sorprenderá a nuestro protagonista.


Barat retoma lo sobrenatural. En esta novela hay hechos que se apartan de lo real pero pueden ocupar un lugar en la mente. Y sin embargo la realidad está presente: magia y evidencia, tradición y modernidad se dan la mano; la tecnología es otra forma de cubrir el ocio, sin prescindir de pasear con amigos, ver películas de cine e investigar. La cooperación familiar debe ser habitual, también las diferencias con los padres son usuales sin olvidar que ellos también tienen una vida.

Esta mezcla de sensaciones, actitudes y actividades es lo que hace atrayentes las novelas de Barat. Los jóvenes se sienten identificados con el protagonista o alguno de los personajes: son reales, algo rebeldes, con buen corazón y persiguen un objetivo hasta conseguirlo.


El estilo es ágil, desenfadado, con una función poética casi constante, lo que permite desarrollar el gusto por la palabra. También está presente —como ha hemos dicho— la función didáctica. «reparé en el papel que me había dejado mamá sobre la mesa. Lo de siempre: tender la ropa de la lavadora, recoger el lavavajillas y poner un poco de orden en la casa. Empleé media hora de mi vida en dar cuenta de todo ello». La contradicción entre el escaso tiempo empleado respecto de todo el que disponemos ayuda a darnos cuenta de que no son tareas sobrehumanas.


Otras veces, algún personaje nos recuerda la situación actual para avisarnos de que somos privilegiados y no debemos olvidarlo; no debemos olvidar a los que no lo son tanto. Como siempre, Juan Ramón apuesta por la paz, la cultura y el respeto «—Porque la prensa internacional está comprada por los desaprensivos que organizan estas guerras. Y nosotros […] viendo concursos, revistas, fútbol, carreras de motos… Programas basura. ¡Una vergüenza!».


Y en ocasiones, esta función didáctica reside en digresiones históricas para que no ignoremos el pasado real, envuelto en odio y muerte «huyendo del fanatismo que imperaba en Europa a principios del siglo XX».


Mezcla de realidad y ficción, de intuición e investigaciones, de misterio y evidencia, de tensión y naturalidad hasta el final, El carrusel de los caballos de cobre sorprende a cualquier lector porque Juan Ramón Barat mantiene la magia del argumento, la curiosidad del lector y la sensibilidad de sus personajes.

miércoles, 15 de febrero de 2023

EL OJO DE POLIFEMO

Parece que la última novela de Juan Ramón Barat será la primera de una saga que, aunque se le pueden ver puntos en común con la de Daniel Villena, se aparta de lo sobrenatural para entrar de lleno en el mundo real.

Samuel Herrera es el único hijo del policía municipal Lucas Herrera y la agente de seguros Ester García. Su mayor problema, además de que ha suspendido tres asignaturas al terminar 4º de ESO, es que se aburre: en el instituto porque las clases funcionan más despacio de lo que le gustaría y en casa porque lo tiene todo. Pero la muerte de una tía abuela se llevará a sus padres a un pueblo de Galicia durante tres semanas, dejándolo a cargo del hermano de Ester, el detective Juan Domingo García. Un soltero con verdaderos problemas económicos, sin ganas de responsabilidades familiares, que acepta cuidar de Samuel porque, «los doscientos euros […] para comer, que te conozco. Nada de precocinados ni de comida basura […] le vendrían como anillo al dedo para sobrevivir un par de semanas».

El ojo de Polifemo es una novela policíaca en la que los protagonistas, un adolescente y su tío, comienzan la trama buscando a un desaparecido y terminan colaborando con la policía en la resolución de varios asesinatos y el robo de un diamante valiosísimo.

El autor desarrolla en esta novela una apuesta, usual en su obra, por la cooperación, el respeto y la cultura, algo que choca irremediablemente con la creciente competitividad que determina nuestra realidad. Esta novela de Barat manifiesta, como toda su literatura, el afán por destacar la dignidad humana y por conseguir una sociedad más justa y solidaria; pero por encima del fin didáctico está el estético y el placentero. El ojo de Polifemo no es moralizante; el relato, emocionante y con bastantes dosis sentimentales, mantiene la atención y la tensión del lector, al tiempo que invita a ponerse en el lugar del otro. Leyendo la historia, los jóvenes pueden llegar a sensibilizarse para poder cambiar de actitud en determinados momentos. No supone una lectura plana sino que nos adentra en un mundo inquietante lleno de aventuras diferentes que marcarán las vidas de los protagonistas.

La trama termina a finales de agosto. No sabemos si Samuel aprobará las asignaturas pendientes. No sabemos si Juan Domingo cobrará sus honorarios. Eso no es lo importante. Ambos se han fortalecido como personas y como equipo.

El verdadero problema de Samuel no se resuelve, pero durante tres semanas su vida girará básicamente en torno a su actuación como detective privado junto a su tío. El punto de vista predominante es el del adolescente, que muestra la sociedad donde le gustaría vivir: dinámica y justa; una sociedad que premie a quienes se esfuercen y sepan conseguir lo que quieren


Si no recuperamos el diamante, usted no nos habrá pagado nada y habremos trabajado gratis pero si damos con él, pagará el doble de lo que había previsto […]

—¿Cuántos años tienes? —preguntó el empresario

—Dieciséis

[…]

—Me parece justo


En el argumento de El ojo de Polifemo no vamos a encontrar actitudes paternalistas, el chico se mueve en los márgenes de las emociones, de la creación y de las equivocaciones. Hay todo un espacio cotidiano en el que la intuición es fundamental, pero también la experiencia, así como la razón y la imaginación. Por eso, probablemente, la pareja tío despreocupado-superviviente y sobrino inteligente-acomodado es buenísima para crear situaciones divertidas, admirables o misteriosas


—Los teléfonos fijos tienen memoria —informó tranquilamente Samuel— Basta con saber apretar la tecla correspondiente. Este es el último número al que llamó Damián romero…

Juan Domingo contempló a su sobrino con ojos de pasmo.


En ambos protagonistas hay grandes dosis de tolerancia y vulnerabilidad. Los dos valoran la igualdad, los dos apuestan por la honradez aunque no descartan el engaño para conseguir sus propósitos.


Samuel se enfrenta a la vida actual y descubre, con su tío, la preocupación por lo económico y la libertad de actuación frente a la sobreprotección paterna. Entre los dos se revalorizan como personas porque se desenvuelven en un mundo en el que la avaricia y la corrupción se han instalado. Ellos no apelan a la compasión sino a la justicia y al análisis crítico. Ante esto, los lectores se encuentran, a partir de la experiencia lectora, con una aventura gratificante pues pueden formarse una representación mental con las hipótesis planteadas y las interpretaciones de los personajes. Lógicamente el mundo referencial de Samuel se amplía considerablemente, algo que agradecerán los jóvenes pues la novela supondrá para ellos una proyección del mundo de los adultos. Samuel actuará como Juan Domingo durante casi un mes y a sus problemas escolares añadirá una serie de crímenes por resolver y un diamante robado por encontrar. Acompaña a su tío a hablar con los sospechosos, vigila hasta altas horas de la noche y resulta tener tantos recursos o más que Juan Domingo para poder descubrir a los culpables.


Ante el chico aparece, de pronto, un modelo a seguir que lo introduce en el riesgo de la aventura y en el razonamiento de la resolución. Entre los dos surge una relación de camaradería, aceptación y respeto, algo fundamental en una agrupación para acometer cualquier empresa.


El ojo de Polifemo es un buen libro para que los adolescentes vayan dejando atrás la literatura infantil y se enfrenten a una literatura de adultos. El género policíaco constituye una transición más que adecuada pues el protagonista, al afirmar su identidad, impulsa a que el lector lo intente a su vez.


El acercamiento a la novela de Juan Ramón Barat supone entrar en una multidisciplinariedad que abarca desde la didáctica a la lengua, pasando por la psicología y sociología, todo desde el humor,


—Calla, bobo. Se trata de granjearme su simpatía… En latín se decía captatio benevolentiae, ¿entiendes?

—Si me hablas en cristiano mejor.

—Ya. El problema es que los jóvenes de hoy en día no estudiáis latín… y así nos va.


La desigualdad social es el asunto preferido por nuestro autor para el empleo de la ironía. Esto hace que desde el primer momento los jóvenes desarrollen una total empatía con el detective arruinado


—… te invito a cenar en una pizzería. ¿Qué me dices?

—¿Napolitana?

—O cuatro estaciones. La que quieras.


No cabe duda de que el plano juvenil interactúa con el literario. En el mundo ficticio que crea Barat se mantiene una cronología lineal y cierta unidad temática, por lo que, a pesar de que nos encontramos con algunas historias secundarias, como las de Clotilde, los asesinatos o la relación que se inicia entre Andrea u Samuel, en general predomina la sencillez estructural lo que, unido a la corta longitud de los capítulos, favorece el mantenimiento de la atención de los lectores.


Además, en dos ocasiones, los protagonistas recrean una recopilación de hechos, fundamental para que no nos quede ningún cabo suelto.


Empezar una novela de Juan Ramón es saber que vas a vivir una aventura pues quedas atrapado en las primeras líneas con la convicción de que acompañarás al protagonista hasta el final (¡que no es sino el comienzo de otra!).

domingo, 27 de noviembre de 2022

LA CRIPTA NEGRA


Hasta casi el final de las 285 páginas se mantiene la tensión de esta novela, porque la historia está tan bien hilada que hasta los sucesos inexplicables tienen aclaración. Hay que leer, entera, La cripta negra para entender la trama, entonces incluso no nos extrañará que un chico tenga visiones paranormales, visiones que lo ponen en contacto con fallecidos cuyas muertes han estado envueltas en el misterio. El poder de la clarividencia es uno de los dones que muchos querrían poseer. No es el caso de Daniel Villena quien, a pesar de que lo tiene, le gustaría no conocer determinados hechos que lo asustan y, sobre todo, lo hacen sufrir.

Daniel es un chico de veinte años que desde casi siempre ha podido ayudar en investigaciones policiales que han quedado estancadas. Los muertos acuden a él reclamando justicia.

La clarividencia, en el mundo real, podría despertar en algunos cierto escepticismo, lo que no cabe duda es que es un recurso fantástico para la literatura. Juan Ramón Barat lo sabe, por eso, desde que escribió Deja en paz a los muertos, con un Daniel Villena de 16 años sufriendo al introducirse en el más allá, ha desarrollado una saga. En La cripta negra Daniel es ya estudiante de periodismo; debido a su inteligencia le surge una oportunidad para ir a México con un grupo de profesores y arqueólogos. Van a abrir un sarcófago encontrado en una cripta recientemente hallada en las pirámides de Teotihuacán.

Paralelamente, en Madrid, él está sufriendo visiones de un chico que, tras señalar un punto determinado, se lanza al vacío desde la azotea de un edificio.

Una vez en México, Daniel se da cuenta de que los problemas que surgen al encontrar la tumba vacía están relacionados con sus visiones. Y así comienza otra nueva aventura para este joven, esta vez sin Alicia, su novia, que lo había acompañado siempre con gran intuición y perspicacia

Alicia desapareció de la pantalla y yo me quedé esperando como un bobo […]

—Magnífico, esa es la palabra que debes buscar

[…]

—Eres increíble

—Y tú un alma cándida

Barat consigue, con esta saga, favorecer el hábito lector; el léxico es actual, adecuado, va evolucionando con el personaje aunque no incide en la jerga juvenil, por lo que asegura un uso más formal y un progresivo perfeccionamiento del protagonista al ir asimilando más cultura; en ningún momento resulta pedante, todo lo contrario, es fácil empatizar con él y con su familia, pues representa un grupo bastante normal exceptuando al propio Daniel y su capacidad que es, no obstante, la que da un plus de tensión a las novelas, «El sol […] estaba circunvalado por una serpiente enroscada cuyas plumas en forma de cresta parecían rayos luminosos. Recordé mi sueño del sarcófago y la momia, y me estremecí». El misterio de la cripta negra, y lo sobrenatural que hay en ella, se unen a problemas actuales como la corrupción de las altas esferas policiales o políticas. Todo esto favorece el pensamiento crítico de los jóvenes lectores.

Mientras intentan resolver el misterio que alberga la cripta, los chicos muertos el día del solsticio de verano de diferentes años pasados se le aparecen a Daniel para que pare el horror que, no cabe duda, continuará el 21 de junio actual con «aquel joven que se había aparecido […] un fantasma de humo que incluso había llegado a susurrarme una frase escalofriante “no quiero morir”».

Podemos encuadrar la trama en la novela detectivesca, en la que el protagonista, Daniel, investiga un suicidio que podría no haberlo sido; para ello estudia minuciosamente el espacio donde ocurrió. De esta manera, mediante la observación y el análisis resuelve el enigma que un muerto le plantea. Como en los casos anteriores, La sepultura 142 o Llueve sobre mi lápida, el enigma consiste en crímenes que, en este caso, puede resolverlos con ayuda de Valeria, la chica mexicana que lo lleva a donde él le indica.

La estructura de la novela está muy bien ideada pues la trama se construye en torno a un secreto, oculto para el lector y para el protagonista quien, conforme avanza el argumento, lo va desvelando. El narrador es el propio Daniel, por lo que el punto de vista es bastante subjetivo, tanto cuando cuenta su propia historia como en sus descripciones.

En la narración encontramos digresiones históricas con las que aprendemos sobre la cultura nahualt, otras éticas en las que Daniel valora la amistad, el cariño familiar y la fidelidad a su pareja. Hay digresiones mitológicas que aportan el ambiente mágico, «en todas estas dualidades siempre figura el Padre Sol, que es invariablemente el dios fecundador de la vida, el origen de todo». Asimismo las digresiones simbólicas desarrollan la ocultación, «Es el color de la vida (el rojo) y de la eternidad. Como el color que tuvieron en su día estas paredes, cuando fueron pintadas con la sangre humana de gente sacrificada al dios Ometeotl». Por otro lado, la curiosidad del lector se acrecienta con algunas digresiones basadas en celebraciones tradicionales, «La alegría de los vivos había tomado por asalto lápidas, tumbas, cruces y mausoleos».

Por todo ello podríamos incluir la novela de Juan Ramón Barat en lo que Poe llamó “cuento del raciocinio” pues el objetivo principal es averiguar la verdad de los sucesos a través de un proceso complejo que combina la intuición, la lógica, lo posible y lo imposible, la realidad y la ficción, consiguiendo una trama totalmente emotiva y humana, «su figura había comenzado a difuminarse […] tuve tiempo de advertir que su rostro expresaba un profundo terror […] De repente […] volví a leer los datos…».

Las visiones de Daniel, junto al diálogo abundante, aportan el ritmo y la tensión que pueden ralentizarse con los incisos. De hecho, el misterio y la angustia van creciendo de forma exponencial conforme se descubren nuevas pistas, probablemente porque hay quien no quiere que se desvele nada del secreto de la pirámide, «Estaba a punto de tocar aquel símbolo con mi dedo índice cuando una fuerza terrible me levantó del suelo y me lanzó contra la pared contraria».

Los personajes secundarios son fascinantes, pues aunque algunos exponen características sospechosas (o amables) en un primer momento, pueden evolucionar a lo largo del argumento hasta hacernos cambiar de opinión sobre ellos, «nos había tratado con bastante frialdad, como si no estuviera muy conforme con nuestra presencia».

Casi nada es lo que parece en La cripta negra. Habremos de leerla entera para entender qué ocurre durante el solsticio de verano, qué significa el sexto sol y quién tiene intereses ocultos. Mientras tanto realizaremos un viaje por México acompañados de fantasmas, esqueletos vivientes, momias que desaparecen, hipnosis, falsos suicidios, sensaciones paranormales, muertos que nos guían hacia el horror… Al final del camino todo tendrá sentido y Daniel podrá respirar, aunque parece que Barat no le va a dar mucha tregua.

jueves, 19 de octubre de 2017

LLUEVE SOBRE MI LÁPIDA


En la última novela de Juan Ramón Barat he encontrado los aspectos literarios que definen al autor junto a otros nuevos que me han sorprendido gratamente. Así pues, si ya me gustaba la narración de este valenciano, y no dejo de recomendarla a los jóvenes porque creo que es una buena fuente para iniciarse en la lectura, ahora considero que se hace imprescindible. Cualquier chico, a partir de 12 años (es por poner la edad con la que suelen entrar al instituto porque no me gusta etiquetar la literatura, de hecho yo sigo leyendo intrigada sus aventuras, puede ser que incluso antes también sea bueno que lean estas novelas), se siente fascinado por las tramas de Daniel Villena, el protagonista de una saga que empezó con Deja en paz a los muertos —que supuso un éxito rotundo— y ha terminado, por ahora, con Llueve sobre mi lápida. La mezcla de aventuras, peligro, investigación, realidad, suspense y personajes malísimos que son descubiertos por el protagonista es todo un acierto, una llamada al lector para que no se aburra; de hecho a la novela no le sobra ni le falta una sola página. Los capítulos se suceden con naturalidad y siempre terminan en un clímax acertado para que los lectores ansíen seguir leyendo. De la misma forma, el relato concluye dejándonos igual de intrigados que los anteriores, aviso claro de que habrá una próxima entrega.

En la anterior de la saga, La sepultura 142, Daniel Villena vio, sólo él, un coche rojo con el que terminó la novela; coche que ha tenido protagonismo en Llueve sobre mi lápida «Intenté mover mis pies, pero era imposible. Mis zapatos se habían adherido al asfalto de manera siniestra. Alcé los ojos aterrado […] y vi con espanto que nadie viajaba en el interior de aquel automóvil. Un Alfa Romeo rojo». También esta última acaba con otra visión de Daniel, así que esperamos impacientes la próxima.

Es un recurso que Barat maneja a la perfección, mantener la curiosidad, por eso es absolutamente recomendable para nuestros adolescentes y jóvenes.

Otro recurso es el empleo perfecto de la lengua, las expresiones coloquiales propias de cierta edad conviven en armonía con otras cultas, de un lirismo exquisito; abundan las metáforas sin resultar empalagosas, aumentando la belleza de lo escrito, algo que empieza a olvidarse, por desgracia «La carretera zigzagueaba como una serpiente plateada. La extensión ilimitada del firmamento se combaba sobre el mundo y en ella flotaba la luna creciente vertiendo una blancura sulfúrica sobre la oscuridad».

Las personificaciones añaden tensión a situaciones ya de por sí intimidatorias «Contemplé la tumba, roída por la humedad y devorada por el paso del tiempo».

Hay comparaciones totalmente poéticas que acrecientan el sentimiento del protagonista «Alicia temblaba como un árbol azotado por el viento».

Las frases cortas ayudan a profundizar en la crítica hacia estos países en los que vivimos y sin ningún pudor llamamos prósperos o simplemente civilizados «Estoy llorando mientras te escribo, mamá. Me siento muy triste. Pienso que el trabajo infatigable que hacemos no sirve para atajar esta hemorragia de muerte. La guerra en Somalia no es la única […] África entera se desangra en una guerra sin sentido. Y los países desarrollados no hacen nada».

El léxico culto ayuda a la función poética: palmatoria, sudario, cirio, luz espectral, flanqueaban…

Al mismo tiempo, y en feliz armonía, aparecen expresiones coloquiales hiperbólicas «¡Dios mío! ¡Me duele hasta respirar!». Locuciones que empezaron en la jerga juvenil y se han instalado en todas las edades «Este tío me da mal rollo», «estás como una cabra». Enunciados familiares «Me rugen las tripas». Dichos escatológicos «la mierda de los murciélagos…». E incluso metáforas empequeñecedoras que recuerdan a las usadas por Dante en su Divina comedia «y yo conduje con la cabeza hecha un avispero».

Otra técnica que da verosimilitud a la novela es el concepto de la familia, ya que, al ser un valor fundamental en las novelas de Barat, y sin caer en la cursilería, el autor plantea una relación de confianza, de respeto, libertad y amor; eso también gusta porque parece utópico, pero por eso es literatura, además son situaciones que aunque en la realidad no abunden demasiado, hay conexiones familiares en las que predomina el buen humor

—No seas protestona. Lo bien que lo estamos pasando aquí […] En Gélber te estarías aburriendo, todo el día tomando el sol, como las lagartijas…
—Hombre, ahí te doy la razón –concedió Alicia–. Desde luego contigo es imposible aburrirse. Con tanto muerto y tanto fantasma…

Otro recurso, sin lugar a dudas el más importante, es la sensibilidad de Daniel Villena para intuir, soñar e incluso vivir situaciones que en principio parecen paranormales pero que se van desarrollando desde una perspectiva lógico-deductiva, tal y como actúan la policía o los detectives. Comento esto porque, si es que alguien lee estas críticas, quiero que aquellas personas que por su religión o convicciones tienen prohibido creer en aparecidos, fantasmas, o muertos vivientes, no dejen de leer estas novelas. Aquí todo es real, los vivos están muy vivos y los muertos pertenecen al mundo de los sueños.

De hecho, en Llueve sobre mi lápida aparece un recurso de la Antigüedad: el sueño dentro del sueño, algo que en la realidad algunos hemos experimentado, soñar que soñamos, y ahí reside la confusión, pues si sueño que sueño ¿no estoy despierto? Esta pregunta es la que atormenta regularmente a Daniel, porque lo vive una y otra vez «Entré en el hostal sin hacer ruido, subí las escaleras de puntillas […] Abrí la puerta con cuidado para no despertar a los que dormían en las otras habitaciones. Al fijar la vista en la cama, ahogué un grito de pánico […] yo estaba durmiendo profundamente. Como un angelito. ¿Cuál de los dos era yo en realidad?».

Son novelas que no atentan contra nadie ni contra nada, al contrario tienen un fondo didáctico y moral, la finalidad que persiguen los protagonistas es ayudar a los demás y hacer el bien.

Dicho esto, en Llueve sobre mi lápida he encontrado algunas diferencias respecto de las anteriores. La primera es la madurez del protagonista, Daniel es un adulto en toda regla, ha terminado primero de periodismo y disfruta de más libertad; tiene permiso de conducir, y que su padre le deje el coche le permite moverse con total autonomía. Esto nos lleva a la segunda diferencia; el protagonismo que tenían sus padres y hermana ha cedido algo en favor de Alicia, su novia, quien puede considerarse, al menos en Llueve sobre mi lápida una coprotagonista. Entre ambos forman una pareja de detectives en la que ella, si bien toma la iniciativa alguna vez, es sin duda más audaz, imaginativa y realista. En La sepultura 142 ya encontramos cierto feeling entre ellos, pero ahora el nivel de comunicación y seguridad al que han llegado como pareja es envidiable. Por eso hay más escenas eróticas, que no de sexo, en esta novela que en las anteriores; los protagonistas han crecido y sus deseos también, aunque no se explicite demasiado sino que se insinúe:

—Eso es una declaración de amor.
Sus ojos color de caramelo me miraron intensamente. Su barbilla empezó a temblar.
—Tendrás que ser más convincente –musitó.
La levanté en volandas y crucé con ella media casa hasta llegar al salón y colocarla con cuidado sobre el sofá.
—Conque tengo cuerpo de saltamontes, ¿eh?

También es cierto que tanto el papel de Alicia como el de Daniel están marcados como viene siendo habitual en las parejas reales de jóvenes, ella está totalmente enamorada de él y no necesita a nadie más. Daniel también está enamorado de Alicia, eso es indudable, si bien a veces pueda sentirse atraído por otra chica, aunque sólo sea físicamente. Debe ser que las mujeres somos diferentes al menos en la juventud; si nos enamoramos sólo tenemos ojos para esa persona, ellos pueden separar los sentimientos.

Sin embargo está claro que en la novela hay un punto feminista muy importante, no sólo por el papel de Alicia, no sólo porque son mujeres, primero Inés Molina y luego Irene Villena, la hermana de Daniel, las que muestran una solidaridad extrema con los necesitados, no sólo porque es Alicia la que salva la vida a Daniel, y porque Úrsula contribuye a terminar con la maldición de Aurelio Valdivia. Es por todo, y puede que sea la conjunción de mujeres que rodean a Daniel Villena, por lo que él las trate también con un afecto especial, con cariño y respeto «Alicia se reía con Irene. Y yo comencé a ver a mi hermana con otros ojos […] Para ser sinceros, yo empezaba a sentirme orgulloso…».

También he encontrado en Rosaura, amiga de Inés, al espejo del propio autor. Rosaura es profesora de instituto, es una consumada lectora y autora de poesías y letras de canciones. No conozco en profundidad a Barat pero me atrevería a asegurar que también es tranquilo y disfruta ante una infusión y, por supuesto, Rosaura como Juan Ramón son músicos, ambos tocan la guitarra. Y nadie que no sea profesor puede dedicarnos palabras tan ciertas «la literatura es un mundo. Y la docencia. Creo que tengo suerte. Ser profesor es una tarea que exige dedicación. Tienes tus malos momentos, pero también te llevas muchas alegrías […] El profesor es un espejo donde la mayoría de esos jóvenes se mira todos los días. Es una gran responsabilidad».

La novela merece la pena porque como hemos visto no sólo se lee con facilidad, con intriga y apasionamiento, no sólo porque el argumento esté bien construido y el estilo no lo desdiga para nada, sino porque además fomenta una serie de valores que desgraciadamente nos tocan muy de cerca y se están perdiendo, o hace que nos demos cuenta de que nuestra insensatez, derivada de obtener más beneficios en nuestra sociedad, colabora a que nos olvidemos del cambio climático «—Me dijo que se iba a apuntar a SOSUR. —¿A esa plataforma que lucha contra la desertización del sureste español?».


Y, lo más importante, esa insensatez consigue que nos olvidemos de todos aquellos que no somos nosotros, unos porque nos pillan demasiado lejos, otros porque están tan cerca que los vemos desdibujados «Cada día llegan mil personas nuevas buscando ayuda […] muchas deben permanecer en las colas dos semanas para recibir su primera ración de alimento o su primera atención sanitaria»

lunes, 17 de noviembre de 2014

LA SEPULTURA 142

A finales de verano leí La sepultura 142, Juan Ramón Barat, su autor, tuvo la gentileza de enviarme el libro, recién salido, para que lo leyera. Y así lo hice, y me gustó tanto que pensé compartirlo. Muchos de vosotros lo habéis leído ya, por eso vamos a comentarlo.

La Sepultura 142 es la 2ª parte de Deja en paz a los muertos; los protagonistas son los mismos, sin embargo no es necesario leer la 1ª novela de lo que podríamos llamar, la serie de Daniel Villena (Juan Ramón te lanzo una sugerencia que seguro nos encanta a todos); de hecho, el final de ésta queda un tanto abierto.

Daniel es un chico sagaz, inteligente, perspicaz, buena persona, buen estudiante, pero sobre todo tiene un don que lo hace único, su mente es capaz de intuir situaciones que el resto de los mortales no puede, de vez en cuando puede comunicarse con desaparecidos, muertos que a través del subconsciente requieren su ayuda para que los causantes de la desgracia no queden sin castigo.

En esta ocasión, nuestro estudiante de Periodismo conseguirá, junto a su novia Alicia, resolver el asesinato de otra pareja de jóvenes, Héctor y Berta; aprovechando un trabajo que les mandan en la universidad, la realización de un reportaje sobre un caso actual, Daniel y Alicia pueden ir abriendo una serie de puertas que facilitarán el éxito, aunque también, en alguna ocasión, ponen en peligro sus propias vidas.

La novela es interesante, la trama se complica y, sin embargo, todo fluye de manera natural, no encontramos situaciones forzadas. Sería muy fácil, basándose en el don de Daniel, que el espíritu de Héctor se le apareciera y lo guiara hasta los asesinos, pero el autor sólo toma esta capacidad del protagonista para aumentar la tensión y el suspense, porque el misterio llega hasta el final y todo queda resuelto según la lógica, la deducción y la inteligencia. De hecho, aparecen secuencialmente los pasos que un buen periodista debe seguir para investigar un asunto y poder elaborar un excelente reportaje: lectura de datos, entrevistas con allegados o posibles conocidos, búsqueda en internet, revisión de fotografías, facturas, trabajo deductivo, de campo…

Leí Deja en paz a los muertos y me gustó. He leído La sepultura 142 y me ha gustado más; Daniel ha madurado, es mayor de edad y nos muestra temas candentes que contribuyen a que los lectores pensemos, y apoyemos —creo que unánimemente— la denuncia del autor: la trata de blancas; el comercio con chicas y sus horribles consecuencias son la base de la trama, pero también aparece la corrupción policial —de un sector—, la locura, o los malos profesionales como el detective Carlos Valley.

Estos temas consiguen mostrar un argumento redondo y, sin embargo, la novela da para más. Durante su lectura he reflexionado sobre las relaciones de pareja, los celos normales del comienzo, fruto de la inseguridad que se suele tener en la juventud, pero sobre todo, el cariño y la admiración mutua, base de algo duradero. Las relaciones familiares rodean al protagonista y éste se apoya en todo momento en su familia. Está bien que los progenitores sean tolerantes y al mismo tiempo capaces de hacer cumplir una serie de normas, sin excusas. El rol de los padres queda totalmente diferenciado al de los abuelos que, si bien aparecen de pasada, tienen un papel entrañable. Además permiten que el lector se entere de curiosidades como los diferentes tipos de uva y la creación del vino y, por supuesto, son los encargados junto a la hermana menor, Irene, de rebajar la tensión, aunque sea por escasos momentos, de la trama.

Asimismo detectamos las ventajas y posibilidades que el buen uso de las redes sociales puede aportarnos y, pese a que no se profundice demasiado en ella, la vida del estudiante se revela con algo de benevolencia.

Pero merece la pena abordar los múltiples guiños culturales que vamos percibiendo con gran satisfacción. Curiosísimo el enlazar el mito de Cipariso al argumento (¡Estos clásicos! siempre oportunos). Curioso el mito de Venus unido a la simbología de las flores y, por supuesto, las referencias a la pintura, a la música o a la literatura son de agradecer. Creo que voy a releer poemas de José Zorrilla.

Pues en esta cantidad de temas no he encontrado ni una sola página aburrida, por supuesto la historia tiene que ver en ello, pero no es menos importante la sintaxis perfecta del autor. Ni una sola falta, de concordancia, puntuación o siquiera errata. El libro se lee de un tirón porque Barat hace gala de un estilo dinámico, fluido, con un vocabulario coloquial aunque salpicado de términos cultos, como corresponde a Daniel, narrador universitario, y palabras algo más vulgares, que retratan a otros personajes o a determinadas situaciones. Asimismo las expresiones populares o refranes aportan, en ocasiones, un clima familiar.

En cada capítulo el narrador introduce algo nuevo que va expandiendo la trama, al tiempo que retrasa la resolución del misterio y aumenta la curiosidad del lector, además los episodios suelen terminar en el clímax de una situación, creando así la necesidad de seguir leyendo, o con una imagen impactante, mediante técnicas cinematográficas que mantienen la atención.


La novela, en fin, es de calidad, imaginativa y estilística. Ahora es el turno de todos los lectores que quieran comentar aquellas situaciones, expresiones o curiosidades que han llamado su atención. A mí me queda agradecer a Juan Ramón Barat su excelente literatura y a todos los que queráis, con vuestros comentarios, enriquecer la percepción de la novela.