Mostrando entradas con la etiqueta Novela de misterio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Novela de misterio. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de enero de 2019

UN INVITADO INESPERADO



¿Por qué tienen tanto éxito algunas obras de arte, pretendidas copias de otras que ya lo habían alcanzado? ¿Es que el lector o el espectador no ha visto las originales? Puede ser. O puede que tengan éxito porque realmente lo merezcan y quien no lo entiende es que en realidad no ha interpretado bien la obra en cuestión.

Algo así me ha ocurrido al leer esta novela. No he entendido su éxito abrumador. Cuando Petrarca se dio cuenta de que no podría superar a Virgilio en su estilo, dejó de escribir en latín y comenzó a hacerlo en una mezcla de dialectos italianos hasta llevar esta lengua vulgar a la altura de la entonces considerada como literaria.

Es muy difícil superar al maestro, aunque en ocasiones se haga, y estemos entonces ante otro genio, pero Agatha Christie fue, en la primera mitad del siglo XX, la reina indiscutible del Whodunit, estilo cuyo significado es aproximadamente “¿Quién lo ha hecho?” y en el que la trama se presenta como un rompecabezas que aporta pistas e hipótesis para que el lector intente deducir la identidad del autor del delito, mientras que éste se revela justo al final. Una de las características de este tipo de novelas es que el lector debe disponer de los mismos indicios que el investigador para estar en igualdad de condiciones a la hora de poder resolver el crimen.

Pues este subgénero policial fue llevado a cabo por Christie, con tanto acierto que no sólo se venden aún sus novelas sino que algunas de ellas fueron llevadas al cine, al teatro y a la televisión y, más tarde, juegos de mesa se basaron en esa técnica para pasar ratos agradables entre amigos. Al leer Un invitado inesperado he tenido la impresión de estar ante una copia de la maestra, pero en ella no hay intriga, no hay rompecabezas, el enredo da paso a una perfecta linealidad, al menos para el lector. La expectación se queda exclusivamente entre los personajes. Ahora intentaremos analizar por qué.

La estructura es, realmente, propia de la novela de principios del XX en general (y teniendo en cuenta el avance que han experimentado el género policial, el de misterio o la novela negra, ya es un punto en contra pues no aporta sorpresas), y de Agatha Christie en particular, es decir, hay una presentación de todos los personajes, que por razones naturales se ven encerrados en un hotel de montaña, totalmente apartados de la civilización y sin personal para poder servirlos excepto el dueño y su hijo, ya que los trabajadores, debido a la tormenta, no han podido llegar.

Pronto aparece el primer cadáver y así, aislados sin luz eléctrica, deben apañárselas para investigar las causas de la muerte.

Hay un personaje, podríamos llamarlo el principal, que toma de inmediato las riendas; dotado de un instinto en parte innato, en parte debido a su profesión de abogado, interroga a los demás, aunque otro personaje descubrirá en él al posible asesino de su mujer, algo que, aunque lo niegue con absoluta vehemencia pues quedó absuelto por falta de pruebas, lo dejará como principal sospechoso ante los huéspedes; no así ante el lector, no puede haber un asesino tan evidente; además de esta diferencia con las novelas de la reina del suspense, el investigador es bastante normal, no despierta en el lector la ternura de Miss Marple ni el rechazo por la vanidad excesiva de Hércules Poirot. Nuestro David no tiene marca específica alguna en su personalidad.

Por último, en el Whodunit alguien comete, de forma casual, un pequeño error para que tanto el lector, como el detective puedan reconstruir el caso.

Nada más lejos de lo ocurrido en Un invitado inesperado; de hecho el lector que intente estar ante un juego, mediante el que poder descubrir al culpable según el modo de vida que ha llevado antes, se quedará decepcionado, pues las fobias ajenas o implícitas a la personalidad de los protagonistas, de donde podríamos entrever a los posibles candidatos, no se insinúan para que trabaje nuestra mente. No las de todos. Sabemos del gusto por el dinero o las drogas de Bradley y la preocupación de su padre James. Conocemos de dónde procede el desequilibrio de Riley, el porqué de la inseguridad de Gwen, el suceso horrible en el que se vio envuelto David Paley, la bondad y despreocupación de Ian, la decisión de Lauren, la angustia de Beverly y el odio de su marido Henry, la superficialidad de Candice. Características que son descubiertas porque nada más reunirse se hacen preguntas, dialogan en soledad o nos informa el narrador omnisciente.

Si en la novela policíaca se forma un rompecabezas con pistas, falsas o verdaderas, aquí se echan en falta pues el narrador selecciona perfectamente a unos personajes y deja a otros sumidos en un desconocimiento casi total ante el lector.

La incertidumbre con la que empieza la novela, al igualar civilización con protección, montaña y bosque a peligro «algo acechante», y huir, sin embargo hacia él «Un pequeño hotel de lujo en medio de las montañas, buena comida, sin internet, naturaleza impoluta», se desvanece; como también lo hacen los símbolos de falsa inocencia con que son presentados algunos personajes como David, a quien Shari Lapena le concede especial importancia con el color blanco «bajo la nieve […] bajo toda esa nieve […] nieve blanca, limpia y esponjosa […] la nieve cae suavemente sobre su pelo […] amable e inocente».

El estrés sugerido al comienzo se disipa. De hecho apenas hay tensión hasta que no salen del encierro y se encuentran con la trampa mortal de la tormenta exterior, esto ocurre en la página 260 aproximadamente, lo que nos lleva a pensar que a partir de ahí empieza el juego «Nadie responde […] Cree oír un sonido como de algo que cae con fuerza pero no sabe de dónde procede […] Solos en el vestíbulo, Henry y su mujer están sentados […] hay algo en ella que le repugna […] coge el atizador con fuerza». Pero no, la narración es bastante lineal, escrita a modo de horario desde el viernes a las 16:45 horas hasta el domingo a las 17:30. En orden se van sucediendo tres crímenes y una desaparición con un único punto de vista, el del narrador, y de forma algo repetitiva pues lo que piensa un personaje más tarde se lo dice a otro en particular o al resto en general. Así llega un momento que podríamos denominar como turno de confesiones, aunque algunas tengan poco sentido para los casos por resolver ya que no se dan suficientes detalles «Hay algo en la forma en que Ian cuenta la historia de su hermano que no le cuadra»; otras veces la confesión no parte del propio afectado sino que es el narrador quien la revela al lector, dejando a los personajes en inferioridad de condiciones

—Me temo que yo tampoco tengo ningún secreto oscuro —dice Lauren en voz baja.
Eso no es verdad del todo. Ha sobrevivido a una familia disfuncional y a una época desagradable y corta en una casa de acogida. Pero ha sobrevivido.

Y en ocasiones algún personaje insta a otro para que diga algo que el lector ya sabía y que es completamente improductivo para la resolución

Entonces, inesperadamente Riley mira a Gwen y le pregunta:
—Si de verdad ha llegado el momento de las confesiones ¿por qué no les cuentas a todos tu gran secreto oscuro?

De hecho, entre tanta pregunta ineficaz son incapaces de detectar quién es el asesino, aunque luego el abogado interrogador afirme haberlo sospechado; debe venir la policía para detectar una prueba que llevará a descubrir al culpable, alguien en quien el lector es incapaz de pensar porque no sabemos nada de la persona ni de la pista hasta que el narrador lo cuenta todo al final.

Aquí es justo aclarar que el final es sorprendente y mantiene la inseguridad de si podrán acusar al culpable o no, pero esto no constituye una novela de intriga sino un cuento de misterio, un cuento fabuloso, es cierto, aunque perteneciente a otro género literario.

De hecho los diálogos son algo insulsos, prescindibles, pues apenas aportan nada nuevo a los pensamientos antes descritos. Sólo con la narración es suficiente, de ahí que crea que podría estar encuadrada en el cuento,

—¿Eres tú David?
Es Gwen y, a pesar de la decisión que antes ha tomado, el corazón le da un brinco.
—Sí.
Se gira para mirarla de pie en la puerta y ve que está sola.
—Me he acordado de que has dicho que ibas a venir a la biblioteca.
Qué guapa está, piensa él a la vez que se levanta del sillón.
—Es perfecta —dice ella mirando a su alrededor.
—Sí, ¿verdad? —asiente él…

o bien son meramente informativos de la situación

—El chef ha conseguido llegar? —Pregunta Ian— Porque me muero de hambre.
Bradley levanta una ceja.
—No se preocupe. El chef es mi padre. Es un hotel familiar. Vivimos aquí…

Tampoco me he sentido identificada con los personajes femeninos. Es lógico que Gwen tenga miedo de ayudar a una chica mientras está siendo violada por tres hombres, pero no lo es tanto que luego no quiera ayudarla en la denuncia. Es de una cobardía excesiva.

El personaje de Riley es demasiado hiperbólico, al menos la situación en la que aparece pues si está aún tan afectada por el trauma vivido en la guerra no es razonable que quiera salir de fin de semana. Lauren, demasiado fisgona. Dana, demasiado narcisista. Candice demasiado sufridora y Beverly, demasiado machista. Son personajes demasiado tópicos. Estamos en el siglo XXI y, al menos a mí me resulta increíble que una mujer a la que su marido le dice que no la quiere, que quiere el divorcio, que tiene una amante, piense que «No va a divorciarse de él. Seguramente, esto no sea más que un capricho temporal, una canita al aire fruto de la crisis de la mediana edad…» y no sólo lo piense sino que se lo diga: «No va a durar mucho. Te cansarás de ella. Ella se cansará de ti […] Te vas a arrepentir. Estoy segura […] Henry, no destruyas lo que tenemos. Olvídala». Y yo me pregunto ¿qué tienen? pero claro, yo no he escrito la novela ni he llevado la situación hasta un límite desquiciado para luego darle un “cierto” sentido al final.

Pues eso, que he visto una forma de pensar anticuada en la mujer de Un invitado inesperado, típica de una sociedad machista, más propia del siglo XIX, como el entorno cerrado y misterioso de estilo victoriano, propicio para el crimen y el terror, que Shari Lapena elige para su novela. De hecho las descripciones son bastante realistas, minuciosas, no dejan nada de libertad para la imaginación del lector que se encuentra, al leerlas, delante de una pantalla «La escalera le recuerda a Escarlata O’Hara de Lo que el viento se llevó […] A continuación, ve la gran chimenea de piedra del lado izquierdo del vestíbulo. A su alrededor se han colocado varios sofás y sillones que parecen cómodos para descansar, algunos de terciopelo azul marino, otros de piel color chocolate intenso, acompañados de mesitas con lámparas…».

Creo que para tener verdadero efecto terrorífico se debería haber dado más importancia a los personajes y menos al narrador, así como haber intercalado momentos de dramatismo con otros de alta tensión y, por supuesto otros de humor (que no lo hay aunque sea adecuado para relajar algunas escenas). Pero, claro, esa es mi opinión.

jueves, 19 de octubre de 2017

LLUEVE SOBRE MI LÁPIDA


En la última novela de Juan Ramón Barat he encontrado los aspectos literarios que definen al autor junto a otros nuevos que me han sorprendido gratamente. Así pues, si ya me gustaba la narración de este valenciano, y no dejo de recomendarla a los jóvenes porque creo que es una buena fuente para iniciarse en la lectura, ahora considero que se hace imprescindible. Cualquier chico, a partir de 12 años (es por poner la edad con la que suelen entrar al instituto porque no me gusta etiquetar la literatura, de hecho yo sigo leyendo intrigada sus aventuras, puede ser que incluso antes también sea bueno que lean estas novelas), se siente fascinado por las tramas de Daniel Villena, el protagonista de una saga que empezó con Deja en paz a los muertos —que supuso un éxito rotundo— y ha terminado, por ahora, con Llueve sobre mi lápida. La mezcla de aventuras, peligro, investigación, realidad, suspense y personajes malísimos que son descubiertos por el protagonista es todo un acierto, una llamada al lector para que no se aburra; de hecho a la novela no le sobra ni le falta una sola página. Los capítulos se suceden con naturalidad y siempre terminan en un clímax acertado para que los lectores ansíen seguir leyendo. De la misma forma, el relato concluye dejándonos igual de intrigados que los anteriores, aviso claro de que habrá una próxima entrega.

En la anterior de la saga, La sepultura 142, Daniel Villena vio, sólo él, un coche rojo con el que terminó la novela; coche que ha tenido protagonismo en Llueve sobre mi lápida «Intenté mover mis pies, pero era imposible. Mis zapatos se habían adherido al asfalto de manera siniestra. Alcé los ojos aterrado […] y vi con espanto que nadie viajaba en el interior de aquel automóvil. Un Alfa Romeo rojo». También esta última acaba con otra visión de Daniel, así que esperamos impacientes la próxima.

Es un recurso que Barat maneja a la perfección, mantener la curiosidad, por eso es absolutamente recomendable para nuestros adolescentes y jóvenes.

Otro recurso es el empleo perfecto de la lengua, las expresiones coloquiales propias de cierta edad conviven en armonía con otras cultas, de un lirismo exquisito; abundan las metáforas sin resultar empalagosas, aumentando la belleza de lo escrito, algo que empieza a olvidarse, por desgracia «La carretera zigzagueaba como una serpiente plateada. La extensión ilimitada del firmamento se combaba sobre el mundo y en ella flotaba la luna creciente vertiendo una blancura sulfúrica sobre la oscuridad».

Las personificaciones añaden tensión a situaciones ya de por sí intimidatorias «Contemplé la tumba, roída por la humedad y devorada por el paso del tiempo».

Hay comparaciones totalmente poéticas que acrecientan el sentimiento del protagonista «Alicia temblaba como un árbol azotado por el viento».

Las frases cortas ayudan a profundizar en la crítica hacia estos países en los que vivimos y sin ningún pudor llamamos prósperos o simplemente civilizados «Estoy llorando mientras te escribo, mamá. Me siento muy triste. Pienso que el trabajo infatigable que hacemos no sirve para atajar esta hemorragia de muerte. La guerra en Somalia no es la única […] África entera se desangra en una guerra sin sentido. Y los países desarrollados no hacen nada».

El léxico culto ayuda a la función poética: palmatoria, sudario, cirio, luz espectral, flanqueaban…

Al mismo tiempo, y en feliz armonía, aparecen expresiones coloquiales hiperbólicas «¡Dios mío! ¡Me duele hasta respirar!». Locuciones que empezaron en la jerga juvenil y se han instalado en todas las edades «Este tío me da mal rollo», «estás como una cabra». Enunciados familiares «Me rugen las tripas». Dichos escatológicos «la mierda de los murciélagos…». E incluso metáforas empequeñecedoras que recuerdan a las usadas por Dante en su Divina comedia «y yo conduje con la cabeza hecha un avispero».

Otra técnica que da verosimilitud a la novela es el concepto de la familia, ya que, al ser un valor fundamental en las novelas de Barat, y sin caer en la cursilería, el autor plantea una relación de confianza, de respeto, libertad y amor; eso también gusta porque parece utópico, pero por eso es literatura, además son situaciones que aunque en la realidad no abunden demasiado, hay conexiones familiares en las que predomina el buen humor

—No seas protestona. Lo bien que lo estamos pasando aquí […] En Gélber te estarías aburriendo, todo el día tomando el sol, como las lagartijas…
—Hombre, ahí te doy la razón –concedió Alicia–. Desde luego contigo es imposible aburrirse. Con tanto muerto y tanto fantasma…

Otro recurso, sin lugar a dudas el más importante, es la sensibilidad de Daniel Villena para intuir, soñar e incluso vivir situaciones que en principio parecen paranormales pero que se van desarrollando desde una perspectiva lógico-deductiva, tal y como actúan la policía o los detectives. Comento esto porque, si es que alguien lee estas críticas, quiero que aquellas personas que por su religión o convicciones tienen prohibido creer en aparecidos, fantasmas, o muertos vivientes, no dejen de leer estas novelas. Aquí todo es real, los vivos están muy vivos y los muertos pertenecen al mundo de los sueños.

De hecho, en Llueve sobre mi lápida aparece un recurso de la Antigüedad: el sueño dentro del sueño, algo que en la realidad algunos hemos experimentado, soñar que soñamos, y ahí reside la confusión, pues si sueño que sueño ¿no estoy despierto? Esta pregunta es la que atormenta regularmente a Daniel, porque lo vive una y otra vez «Entré en el hostal sin hacer ruido, subí las escaleras de puntillas […] Abrí la puerta con cuidado para no despertar a los que dormían en las otras habitaciones. Al fijar la vista en la cama, ahogué un grito de pánico […] yo estaba durmiendo profundamente. Como un angelito. ¿Cuál de los dos era yo en realidad?».

Son novelas que no atentan contra nadie ni contra nada, al contrario tienen un fondo didáctico y moral, la finalidad que persiguen los protagonistas es ayudar a los demás y hacer el bien.

Dicho esto, en Llueve sobre mi lápida he encontrado algunas diferencias respecto de las anteriores. La primera es la madurez del protagonista, Daniel es un adulto en toda regla, ha terminado primero de periodismo y disfruta de más libertad; tiene permiso de conducir, y que su padre le deje el coche le permite moverse con total autonomía. Esto nos lleva a la segunda diferencia; el protagonismo que tenían sus padres y hermana ha cedido algo en favor de Alicia, su novia, quien puede considerarse, al menos en Llueve sobre mi lápida una coprotagonista. Entre ambos forman una pareja de detectives en la que ella, si bien toma la iniciativa alguna vez, es sin duda más audaz, imaginativa y realista. En La sepultura 142 ya encontramos cierto feeling entre ellos, pero ahora el nivel de comunicación y seguridad al que han llegado como pareja es envidiable. Por eso hay más escenas eróticas, que no de sexo, en esta novela que en las anteriores; los protagonistas han crecido y sus deseos también, aunque no se explicite demasiado sino que se insinúe:

—Eso es una declaración de amor.
Sus ojos color de caramelo me miraron intensamente. Su barbilla empezó a temblar.
—Tendrás que ser más convincente –musitó.
La levanté en volandas y crucé con ella media casa hasta llegar al salón y colocarla con cuidado sobre el sofá.
—Conque tengo cuerpo de saltamontes, ¿eh?

También es cierto que tanto el papel de Alicia como el de Daniel están marcados como viene siendo habitual en las parejas reales de jóvenes, ella está totalmente enamorada de él y no necesita a nadie más. Daniel también está enamorado de Alicia, eso es indudable, si bien a veces pueda sentirse atraído por otra chica, aunque sólo sea físicamente. Debe ser que las mujeres somos diferentes al menos en la juventud; si nos enamoramos sólo tenemos ojos para esa persona, ellos pueden separar los sentimientos.

Sin embargo está claro que en la novela hay un punto feminista muy importante, no sólo por el papel de Alicia, no sólo porque son mujeres, primero Inés Molina y luego Irene Villena, la hermana de Daniel, las que muestran una solidaridad extrema con los necesitados, no sólo porque es Alicia la que salva la vida a Daniel, y porque Úrsula contribuye a terminar con la maldición de Aurelio Valdivia. Es por todo, y puede que sea la conjunción de mujeres que rodean a Daniel Villena, por lo que él las trate también con un afecto especial, con cariño y respeto «Alicia se reía con Irene. Y yo comencé a ver a mi hermana con otros ojos […] Para ser sinceros, yo empezaba a sentirme orgulloso…».

También he encontrado en Rosaura, amiga de Inés, al espejo del propio autor. Rosaura es profesora de instituto, es una consumada lectora y autora de poesías y letras de canciones. No conozco en profundidad a Barat pero me atrevería a asegurar que también es tranquilo y disfruta ante una infusión y, por supuesto, Rosaura como Juan Ramón son músicos, ambos tocan la guitarra. Y nadie que no sea profesor puede dedicarnos palabras tan ciertas «la literatura es un mundo. Y la docencia. Creo que tengo suerte. Ser profesor es una tarea que exige dedicación. Tienes tus malos momentos, pero también te llevas muchas alegrías […] El profesor es un espejo donde la mayoría de esos jóvenes se mira todos los días. Es una gran responsabilidad».

La novela merece la pena porque como hemos visto no sólo se lee con facilidad, con intriga y apasionamiento, no sólo porque el argumento esté bien construido y el estilo no lo desdiga para nada, sino porque además fomenta una serie de valores que desgraciadamente nos tocan muy de cerca y se están perdiendo, o hace que nos demos cuenta de que nuestra insensatez, derivada de obtener más beneficios en nuestra sociedad, colabora a que nos olvidemos del cambio climático «—Me dijo que se iba a apuntar a SOSUR. —¿A esa plataforma que lucha contra la desertización del sureste español?».


Y, lo más importante, esa insensatez consigue que nos olvidemos de todos aquellos que no somos nosotros, unos porque nos pillan demasiado lejos, otros porque están tan cerca que los vemos desdibujados «Cada día llegan mil personas nuevas buscando ayuda […] muchas deben permanecer en las colas dos semanas para recibir su primera ración de alimento o su primera atención sanitaria»

sábado, 14 de octubre de 2017

CELESTE 65


Es curioso pero, a pesar de que no me llama la atención, he vuelto a leer una novela de espías sin saberlo; porque es la última de José C. Vales, a quien pienso seguir leyendo cada vez que edite algo nuevo. Me impactó tanto Cabaret Biarritz, que decidí serle fiel. Me encanta su estilo, irónico, sarcástico, ácido pero lleno de humor. Así pues, salió a la venta Celeste 65 y ya la he leído, pese a tener numerosas interrupciones, las propias de principio de curso. En este caso los espías van unidos al nacismo, estamos en 1965 y aún tenían poder; nadie había olvidado sus tropelías, ni siquiera ellos mismos, que se consideraban intocables.

En principio, Celeste 65, de destacar por algo sería por constituir una parodia de la alta sociedad nicense. Por el hotel Negresgo circula lo más granado de la época, actrices conocidas como Brigitte Bardot entre otras, Rainiero y Grace Kelly… la alta aristocracia de Niza se aloja, en pleno, junto a nuestro protagonista, Linton Blint, un inglés bastante necio debido al deterioro cerebral causado por el envenenamiento que, conscientemente o no, le produce su mujer, Laurine, aprovechando los pesticidas de la fábrica de fertilizantes de la que se convierte en dueño por herencia, y por la gran cantidad de medicamentos que le proporciona su psiquiatra, la doctora Val «de labios freudianos», y que él mezcla constantemente con alcohol.

Dejándose llevar por el consejo de un amigo, abandona la fábrica y su casa (se daba la circunstancia irónica, de que, encima, era un estudioso admirador de toda clase de insectos que lógicamente mueren a su alrededor, víctimas, como determinadas personas, de los pesticidas empleados por su padre), al tiempo que adquiere una nueva identidad. Y así es como llega a Niza, con una pensión desorbitada que le permite pasar una temporada sintiéndose, si no admirado, al menos respetado. La humillación sufrida tanto por su familia como por su psiquiatra «Mi Laurine resolvía, en esos casos, que era idiota […] Decía que no comprendía mis angustias; la doctora Val, sin embargo, sí que las comprendía, sobre todo el día que cobraba sus honorarios…», es sustituida por una felicidad idílica, ahora como Nigel Balquhider-Kolinch, nombre que le aconseja su amigo para evitar ser perseguido por los destrozos ambientales y humanos que su fábrica estaba ocasionando.

Aun así, a pesar de alternar con la sociedad más elegante de esta fastuosa ciudad, es incapaz de vencer su timidez extrema, su ensimismamiento y su falta de personalidad «Yo no tenía ningún inconveniente en pensar lo que me dijeran que debía pensar, y corriendo el riesgo de acabar con un peligroso dolor de cabeza […] escuché atentamente sus palabras […] y desde ese momento yo también decidí alejarme del estructuralismo como si fuera el mismísimo Belcebú». Teniendo en cuenta que no era estructuralista, ni conocía la teoría, más que falta de carácter, encontramos a un ser inocente fuera de lo común, de una simpleza extrema «Francamente me parecía asombroso que alguien pudiera saber tantas cosas sobre el sexo como para rellenar seis o siete volúmenes».

La joven Celeste será quien consiga despertarlo a los lujos, a la vida, al amor, y a experimentar de vez en cuando algún sentimiento de celos; sólo de vez en cuando porque la visión que Nigel tiene de sí mismo es demoledora, no sabe hacer nada ni lo intenta, se deja llevar por todos y reprime sin dificultad cualquier actividad propia de lujos excesivos «estuvimos debatiendo mi incapacidad para la actividad natatoria […] le dije a Myléne, era incapaz de coordinar los brazos, los pies, el movimiento de la cabeza, la mirada, la curvatura de la espalda, la posición de la pelvis, la inclinación de las cervicales, la respiración y…». Y así, como le va sucediendo todo en su vida, se encuentra sin saber cómo con un espía americano, Matt Mattison, que sin venir a cuento le relata sus hazañas por Alemania durante 1961, durante la construcción del muro de Berlín. En momentos como éste es cuando más resalta la ironía de Vales, pues se convierte en crítica hacia los horrores del nazismo «A Gretta la metralla se le incrustó en el cráneo […] El comando soviético se burló de ella, y jugaron a la gallinita ciega, aprovechando que no podía ver por el impacto de la metralla, y luego la violaron hasta que la creyeron muerta […] Matt decía que lo que más había lamentado —su madre— fue ver cómo había quedado el bonito uniforme de las Juventudes Hitlerianas…».

Asimismo Nigel mantiene una relación pseudoamorosa con Kira Kerasimova, otra espía a la que llama Ø (el sarcasmo hacia la ocultación es evidente), y que delató a Matt, a pesar de haber sido compañeros, quien, apresado, hubo de contar todo lo que sabía sobre la construcción del muro.

A partir de ahí, Linton-Nigel se percata de que está rodeado de espías, y él mismo es perseguido por el servicio de contraespionaje francés, que quiere deportarlo a Varsovia. Pero ni Kira, o Lucille Øorund, ni Celeste dan importancia a este hecho, y para tranquilizarlo Celeste llamará a los abogados de su tío (quien a su vez tiene familiares en el MI6).

Mientras tanto, la fábrica de fertilizantes Blint sigue causando estragos en países subdesarrollados (de nuevo la crítica a las sociedades acomodadas del primer mundo).

Sin embargo, es cierto que entre estos asuntos de espionaje, sin duda estrambóticos, algunos capítulos quedan intercalados con verdadero humor, el que te hace reír a pesar de estar en medio de hechos dolorosos. El capítulo 87, «Los días inexistentes», es fantástico. Nadie puede contar con más ocurrencia el cambio del calendario gregoriano «…el calendario que se había instituido en el Concilio de Nicea del año 325 había provocado tal descalabro en el cómputo de los días que seguramente estaban viviendo “en el día que no era”. (Esta idea me pareció a mí muy interesante […] en 1580 se decidió que había que poner la Tierra en hora y que había que adelantar esos once días […] Con gran temor de Dios se acordó que tras el jueves 4 de octubre de 1582 no vendría el 5 sino el 15 de octubre […] En una corte judicial española, según decían, un asesino quedó libre porque no se pudo decidir qué día había cometido el crimen…»

Por otro lado, Vales tampoco pierde ocasión para atacar, especialmente en Inglaterra, el comercio ilegal; de la manera más normal aunque totalmente hiperbólica, el anticuario Artjans Lew «que había visto casi todo lo que puede verse en el mundo del arte y en el universo de las miserias humanas, dijo que le sorprendería que el Reino Unido tuviera leyes restrictivas […] porque no se sabía que Londres hubiera tenido jamás restricciones de cualquier cosa, incluidas obras de arte robadas, dinero procedente de los negocios más turbios y criminales, o personas».

El hecho es que Celeste y su tío Artjans se encuentran con que el primer atlas del universo «La Uronographía» no será subastado sino vendido, por su condición dudosa y el origen problemático de su actual propietario. Las intrigas en el hotel se van multiplicando, así como las confabulaciones por una posición acomodada, y Nigel se encuentra inmiscuido sin saberlo ni entenderlo, aunque casi llegue a darse cuenta, puede que tarde, de todas las maniobras.

Celeste 65, tal y como nos tiene acostumbrados José C. Vales en sus novelas, está plagada de expresiones ingeniosas, algunas verdaderamente jocosas. Encontramos humor en las analogías «Celeste […] se sentó a mi lado y antes de que el Citroën hubiera empezado a ronronear alegremente […] había apoyado los pies vendados en el salpicadero del coche […] dada la turbadora presencia de Celeste a mi derecha, preferí pensar en cuestiones relacionadas con asuntos más serios. Por ejemplo, los faraones de la IV dinastía».

Humor en las afirmaciones imprecisas «El gerente, u otro caballero —nos resultaba imposible distinguirlo—, se mostraba intransigente».

Tópicos mordaces «Entonces se abrió la puerta del despacho y salió la gobernanta, una inglesa excepcionalmente laboriosa y limpia, por ser inglesa».

Agudas expresiones confusas «Me senté en la silla luisalgo».

Cómicas críticas, que se hacen especialmente duras, a la alta sociedad, al comparar sucesos banales con otros severos «Los clientes del establecimiento, aburridos turistas del verano mediterráneo […] que uno llegaba a pensar que nada combinaba mejor con el croissant, el bloody mary o el modern jazz que un buen escándalo sexual o una formidable degollina al estilo del ramadán».

Chistosas metonimias hipotéticas vituperables «mi cara parecía doblada y desfigurada, como un dalí lisérgico o un picasso alcoholizado».

Burlonas personificaciones, pues cosifican a la persona «otras opiniones, como la del coronel Du Picq y su bigote…».

Socarronas igualaciones inverosímiles «Acudieron a mi pensamiento embotado varias reflexiones filosóficas, como […] pensar que podía entender lo que sucedía a mi alrededor, […] que alguna vez se pudiera ordenar el caos del universo o la convicción absoluta de que el té ya se había quedado frío».

Incluso las curiosidades que aparecen no están exentas de humor, como tratar al espía británico y escritor de las novelas de 007, Ian Fleming, como un escritor de novelas baratas de espionaje.


Quizas sea Celeste 65 la novela más extraña de Vales, pues abunda, entre tantas expresiones cómicas y absurdas, la desolación y depravación del ser humano. En realidad, la vida del protagonista es amarga pero el autor tiene la peculiaridad de enfocar las situaciones desde otro punto de vista, de forma que sonriamos al leer las aventuras de Nigel, quien hace gala constante de una desmesurada estupidez, pues comienza no dándose cuenta de que está siendo envenenado por su mujer y su tía con el hexaclorobenceno de la fábrica que hereda de su padre «Con todo su cariño marital habitual, mi querida Laurine me preparó un vaso de aquella leche que sabía tan rara…» y termina sin percatarse de la justicia, poética en este caso, que preparan Celeste y su tío, el señor Levv. Nigel vive toda su vida como si fuese un sueño, y en realidad la novela es eso, un sueño de su autor, en el que el horror, los malos tratos conviven con lo más exquisito de la sociedad nicense, si bien es cierto que se vale de la metaliteratura para, mediante un guiño a su obra, conseguir que ésta se convierta en tabla de salvación para sus personajes «El señor Levv dijo que la niebla de aquellas jornadas había sido un milagro protector, hasta que llegaron a la escuela abandonada de Neuwelke, donde permanecieron escondidos tres días»; y emplea la literatura para lograr que, mediante un final sorprendente, los humillados consigan su venganza.

domingo, 17 de enero de 2016

EL MISTERIO DE LA CRIPTA EMBRUJADA


Acabo de leer la primera novela de la saga protagonizada por el detective más estrambótico de la literatura española. No hace mucho comenté aquí la última, (esperemos que por ahora) El secreto de la modelo extraviada, por lo que no me voy a extender en rasgos estilísticos de Eduardo Mendoza, ya que son de sobra conocidos y además los destaqué en otros momentos. Pero El misterio de la cripta embrujada no la tenía; mi hermana se acordó y me la ha prestado. Así pues, he leído al final la que fue escrita para inaugurar la serie. Lo he pasado igual de bien que con el resto; además me ha hecho reflexionar sobre una serie de rasgos del protagonista que, con el paso de las aventuras, se han convertido en definitivos y definidores de su personalidad:

1º No tiene nombre. Esta falta de identidad, reforzada por el doctor Sugrañes o el comisario Flores que se refieren a él como el susodicho, esta perla, el interfecto, este personaje, el ejemplar o tú, ya la vino sufriendo, por su madre, desde el momento en que nació «El día de mi bautizo, e ignorante como era, se empeñó a media ceremonia en que yo tenía que llamarme Loquelvientosellevó […] La discusión degeneró en trifulca […] Pero esto es ya otra historia…» Frente a él, la identidad del resto de personajes va marcada, casi en su totalidad, de forma irónica, por el nombre: su hermana prostituta Cándida, el comisario Flores, el jardinero Cagomelo Purga, el dentista Sobobo Cuadrado…

2º La relación distante que tiene con su hermana no impide que la quiera, tal y como demuestra en sus descripciones, que van desde el ridículo hasta la pena más honda «Hola Cándida […] Tenía, por el contrario, la frente convexa y abollada, los ojos muy chicos, con tendencia al estrabismo […] De su cuerpo ni que hablar tiene: siempre se había resentido de un parto, el que la trajo al mundo, precipitado y chapucero, acaecido en la trastienda de la ferretería donde mi madre trataba desesperadamente de abortarla y de resultas del cual le había salido el cuerpo trapezoidal…»

3º Utiliza el disfraz a menudo, pero siempre hecho con lo que encuentra a mano por muy absurdo que sea, lo que le confiere una imagen grotesca que, habitualmente complementa con un nombre falso «hube de conformarme con unas hilas de algodón en rama no demasiado sucias, con las que y mediante un cordelito compuse una barba larga y patriarcal que no sólo dificultaba mi identificación, sino que me confería un aspecto respetable y aun imponente»

4º Otras veces la técnica que usa para conseguir lo que quiere es tan disparatada que recuerda a los detectives del tebeo; de hecho, las situaciones penosas por las que atraviesa no podrían suceder en la realidad; al menos no nos enteraríamos de ellas con una sonrisa o una carcajada «—Pues voy a hacer con él croquetas Findus— se jactó el perdonavidas. Y cogiendo por el gollete una botella de vino vacía, la estrelló contra el mostrador de mármol, clavándose en la mano los cristales y sangrando con profusión.
     —¡Mierda! –exclamó–. En las películas siempre sale bien…»

5º El vocabulario empleado por nuestro protagonista es variadísimo; de hecho da muestras de ser una persona culta pues cambia de registro según con quién esté, así se mueve con total normalidad bien con un léxico vulgar, bien con uno culto y preciso, usando a veces palabras anticuadas o en desuso: convoluto, jamba, oblongo, afeites, alcorques, traje talar… Esto le confiere un punto aún más desequilibrado, pues, como él mismo confiesa, nunca ha estudiado.

6º Empieza su aventura en unas condiciones malísimas que se van volviendo pésimas porque no llega a superarlas, sino que empeoran paso a paso «Emprendieron la marcha sin darme ocasión a ducharme»

7º Las circunstancias por las que pasa van desde lo desagradable a lo repulsivo y, sin embargo, en ningún momento le obstaculizan seguir con su propósito «…estaba algo agrio de sabor y baboso de textura»

8º Asimismo, siempre sale del manicomio para ayudar, supuestamente, a la policía y, supuestamente, con la aprobación del doctor Sugrañes, pero termina enredándose en diferentes altercados que hacen de él otro perseguido por las autoridades «No tiene nada que temer de mí. Soy un exdelincuente, libre sólo desde ayer. Me busca la policía para encerrarme otra vez en el manicomio…»

Me atrevería a afirmar que El misterio de la cripta embrujada inauguró, en 1979, un subgénero narrativo sin parangón: novela humorística, por supuesto, tal como ha quedado probado en los ejemplos arriba mencionados; novela negra, ya que el crimen y las pesquisas para descubrirlo son el eje de la historia, aunque los métodos no sean del todo ortodoxos y, en ocasiones, nos recuerden a los usados en cómics infantiles, como he dicho antes; no hemos de pasar por alto la picaresca, ya que el protagonista, residente de un psiquiátrico, tiene puntos en común con aquellos que poblaron la literatura aurisecular; todos ellos sirven a varios amos, en este caso al comisario Flores, que lo saca del manicomio para que resuelva un caso ante el que él se siente impotente; el policía actúa con mayor despotismo del que, en su día, tuvo el ciego hacia Lázaro, pues Flores no le ofrece a cambio de sus servicios ni comida, ni techo, ni nada. El otro amo a quien debe obedecer si no quiere sufrir las consecuencias en su encierro psiquiátrico es el doctor Sugrañes, un moderno dómine Cabra dispuesto a descargar su odio sobre aquellos inadaptados que, como nuestro protagonista, pertenecen a la clase social más baja, la de quienes no tienen nada, ni oficio, ni nombre, ni posesiones, ni vida propia, aquellos que deben usar el ingenio para sobrevivir pues la sociedad les ha negado todo lo necesario para sentirse personas; los utiliza cuando conviene y los retira si molestan. Nuestro lazarillo debe, asimismo, obedecer a la Iglesia, aquí encarnada en las madres Lazaristas –nombre irónico, por cierto–, que calla y consiente todos los desmanes siempre que ella salga beneficiada.

Por todo ello podemos afirmar que nos encontramos ante una novela satírica. Eduardo Mendoza clava dardos certeros a todas las instituciones que, a pesar de tener que velar por los ciudadanos, utilizan sus medios y su influencia para beneficiarse personal o profesionalmente.

Una vez que el protagonista sale del centro y, como los pícaros, debe vagar por las calles de la ciudad para solventar el caso sin dañar su propia integridad, el autor aprovecha para describir la realidad de una ciudad esplendorosa, grande, Barcelona, que sin embargo esconde en sus barrios deprimidos suciedad, dolor, miseria y fraudes. Asimismo, con una visión de futuro certera o una pasmosa lucidez, previó el golpe de estado que casi dos años después tuvo lugar en España: «No creo, por lo demás, que los cambios que recientemente han sobrevenido a nuestra sociedad  sean duraderos. Tarde o temprano, los militares harán que todo vuelva a la normalidad.»

El punto de vista de la narración es único, el del protagonista principal que, bajo su desequilibrio mental esconde la lucidez suficiente para darse cuenta de que las propias familias de las niñas desaparecidas estaban implicadas en el caso. Curiosamente es quien percibe que las alumnas han debido desaparecer sin salir del colegio; y curiosamente, el narrador realiza casi todos sus movimientos amparado en la noche, que potencia el aspecto lúgubre de la situación pues, según órdenes policiales, debe resolver unas misteriosas desapariciones del internado de las hermanas lazaristas, ocurridas con seis años de diferencia, pero no dispondrá de credencial alguna ni ayuda de nadie; sólo obtendrá la libertad del sanatorio en el que está recluido.

Al enterarse su hermana Cándida le razona que no debe implicarse en nada pues, dada su situación negligente, es en el Centro donde únicamente puede disponer de ciertas comodidades «Vuelve al manicomio: techo, cama y tres comidas diarias, ¿qué más quieres?» Triste consejo, y premonitorio, ya que cuando, pese a haber resuelto los casos de corrupción, le niegan la independencia, acepta la decisión médica y policial casi aliviado al pensar que «podría darme una ducha y, ¿quién sabe?, tomarme una Pepsi-Cola si el doctor Sugrañes no estaba enojado conmigo por haberle metido en la aventura del funicular…»


Sátira social para denunciar el determinismo feroz que planea sobre algunos ciudadanos. ¡Fantástica!


lunes, 20 de julio de 2015

EL CANTO DEL CUCO

Hay que ver… toda mi vida leyendo literatura española y, de un tiempo a esta parte, le estoy cogiendo el gustillo a la extranjera. Esta novela, El canto del cuco, me la regaló una alumna, Ariadna, por el Día del Libro. El autor, Robert Galbraith, no me sonaba de nada pero ella estaba segura de que yo sabía que en realidad era el seudónimo de J.K. Rowling… Pues no, Ari, no tenía ni idea; no he leído ni he visto ninguna película de Harry Potter y lo único que sabía de su autora es que prácticamente se había hecho de oro con la saga.

Así que, de nuevo, tengo algo que agradecer a mis alumnos, en este caso a Ariadna, que ha ampliado mi opinión sobre la novela de misterio, sobre Rowling y sobre la literatura inglesa.

Si hay algo que me ha llamado la atención es la perfecta estructura. El canto del cuco está compuesta por 557 páginas que se dividen en cinco partes, más un prólogo y un epílogo. Todas ellas van precedidas de una cita clásica que funciona como oráculo o premonición de lo que el lector irá descubriendo en cada una.

El Prólogo narra la muerte de la joven modelo Lula Landry, ocurrida tres meses antes del argumento en sí de la novela. Debido al carácter desequilibrado de la chica y la incongruente declaración de la única testigo, la policía llegó a la conclusión de que se había tratado de un suicidio. Una vez leído, cobra sentido aquello que Lucio Accio expuso en su tragedia Telephus «Infeliz el famoso del que alardean sus infortunios».

La Primera Parte está encabezada por una cita de Boecio en De consolatione philosophiae, «El más infeliz de los desafortunados es el que ha sido feliz». A lo largo de siete capítulos presenta la actual situación de los protagonistas: Cormoran Strike, detective venido a menos en el trabajo, en su familia, en su vida amorosa y en su físico, pues le falta una pierna, y John Bristow, hermano de Charlie, amigo de la infancia de Strike, muerto en un accidente, y hermano de Lula; Bristow quiere contratarlo para que investigue y demuestre que Lula Landry fue asesinada.

La Segunda Parte está formada por once capítulos que se abren con una cita de Virgilio «Aprendo a socorrer a los infelices» (La Eneida). Y así, cuando Strike empieza su investigación se da cuenta de que hay datos en la resolución del caso que no encajan. Está seguro de que la testigo oyó discutir a Lula Landry con un hombre segundos antes de verla caer por el balcón, aunque no entiende por qué enmascara la verdad con incongruencias.

La Tercera Parte vuelve a aludir a la Eneida, «Algún día será grato recordar estas cosas». Esta parte se compone de diez capítulos plagados de recuerdos de la vida de Strike, cómo empezó su relación con Charlotte a los 19 años y cómo, 15 años después, ha terminado de manera similar; cómo sus comienzos en su carrera de detective han sido igualmente turbulentos, hasta el punto de ser acosado por un marido celoso que lo contrató para vigilar a su mujer. Asimismo la investigación sigue su curso, centrada ahora en dos posibles sospechosos que en un futuro formarán parte fundamental en la evocación de los hechos.

La Cuarta Parte es la más extensa, son catorce capítulos en los que cobra sentido lo que Plinio El Viejo afirmó en Historia Naturalis «Y lo mejor es beneficiarse de los disparates de los demás». Aquí se desvela el porqué del título de la novela. Strike va despejando sus dudas aunque no las aclare aún al lector quien deberá llegar al final del proceso. Sólo entonces, una vez que sepa los hechos, encontrará sentido a los despropósitos, y entenderá por qué los personajes se empeñaron en determinadas afirmaciones absurdas. Los desatinos de los Bestigui serán claves para la resolución. El disparatado diseñador de Lula resultará casi un profeta en el caso y el insensato y sórdido mundo de los famosos cobrará sentido en el novio de Lula.

La Quinta Parte son dos capítulos que constituyen el desenlace. De ahí que la abra una cita de las Geórgicas «Afortunado quien ha podido conocer el porqué de las cosas» (Virgilio). Por eso, aunque no sepamos quién es el asesino hasta prácticamente el final, en la página 517 se descubre de forma indirecta. Strike irá desvelando paso a paso los hechos, remontándose al pasado anterior al suceso, cuando todo comenzó en realidad. El final es sorprendente. Aunque la realidad se mostrase desfigurada, todo encaja coherentemente. Lo que parecía increíble se confirma.

Pero aún hay un Epílogo, «Nada es del todo dichoso» (Odas. Horacio). En él, el narrador sitúa a los personajes diez días después de que se resolviera el caso y, como en la vida misma, observamos a personas felices pero no del todo.


En El canto del cuco no sólo la estructura es interesante, pues si el argumento es simple, los más de 27 personajes que aparecen lo van complicando hasta formar una espiral en la que todos son sospechosos en algún momento y en la que cada uno arrastra a otro, dando la impresión de que siempre se llega a un punto muerto.

John Bristow es el único superviviente de tres hermanos adoptados. El mayor, Charlie, murió en un accidente cuando era un niño. La menor, Lula Landry, muere al caer desde su balcón. Todo apunta a que se ha suicidado, sin embargo Bristow contrata a Cormorán Strike para que demuestre que ha sido un asesinato. Strike y su secretaria temporal, Robin Ellacott, descubrirán la verdad.

Los personajes pertenecen a un mundo caótico en el que el dinero, las drogas y la fama son lo más importante, por eso todos son portadores de algún detalle que los hace aparecer como posibles asesinos:
Alison, novia de Bristsow desde que murió Lula, es la secretaria de Tony Landry y Cyprian May; va con su novio más que por placer, por vigilarlo; además se muestra reacia a la investigación.
Tony Landry, tío de Lula y de Bristow; en realidad no quiere a ningún sobrino, y sus coartadas son cada vez más débiles.
Evan Duffield, novio de Lula; rockero, drogadicto, mantuvo con ella una relación tormentosa.
Deeby Mac, cantante que iba a vivir al edificio de Lula, pero llega cuando ésta cae y nunca ocupa su piso.
Guy Somé, diseñador de Lula; de ser sospechoso pasa a ser clave en la resolución del caso.
Los Bestigui, matrimonio caótico, él, productor de cine y mujeriego, quiere conseguir a Lula para su película pero ella no acepta. Ella, drogadicta, es la única que afirma ver caer a Lula después de discutir con alguien. Pero la señora Bestigui estaba drogada en aquel momento y las condiciones del edificio hacían imposible su declaración.
Kolovas-Jones, chófer de Lula, interesado en hablar con la prensa, siempre busca una oportunidad para salir en las revistas y dar el salto a la fama. Pero es quien pone en guardia a Strike sobre un papel que escribió Lula antes de morir y nunca apareció.
Ciara Porter, modelo, amiga de Lula, pero con menos carisma.
Bryony Radford, maquilladora de Lula, con algo de envidia por su suerte.
Rochelle Onifade, mendiga que coincidió con Lula en un hospital y llega a ser amiga de confianza, colmada de regalos ostentosos que nunca podría permitirse.
Madre real de Lula, drogadicta, no quiso a su hija, ahora ella está en la miseria.
Lady Bristow, madre adoptiva de Lula, enferma terminal, no soporta ver a Lula en un ambiente famoso porque apenas le queda tiempo para estar con ella.
Wilson, portero del edificio de Lula, muestra bastante confianza con Lula.
Cyprian May, socio del bufete de Bristow, junto con Tony Landry, quien mantiene una relación con su mujer, Úrsula, hermana de la señora Bestigui.

Hay más personajes, algunos aparecen sólo un momento para traer una nueva situación que se transforme en pista o la destruya porque, en realidad, es una novela de misterio. El lector descubre, acierta, se equivoca, se despista o ata cabos con el protagonista, Strike, manteniendo hasta el final, literalmente, el suspense.

En la narración destacan, sobre todo, las descripciones. Detalladas, minuciosas, a veces de una morosidad exasperante; acumulan datos que, si en un principio parecen sin importancia, cuando llegamos a la resolución entendemos su razón. Algunas, con un solo detalle, tiran por tierra todo el glamour de las estrellas «…cables enredados que no estaban unidos a ningún aparato, una baraja de cartas, un sórdido pañuelo manchado, diversos trozos de papel arrugado y sucio, una revista de música que mostraba una fotografía de Duffield en tristes tonos de blanco y negro en la portada,… Por fin desenterró un blando paquete de Gitanes de debajo del sofá…».

Otras, unen sensaciones olfativas, táctiles, visuales y auditivas, de forma que las imágenes resultantes son de gran plasticidad: «Un ligero olor a tila impregnaba el aire, pero no eclipsaba del todo el del desinfectante y el de la putrefacción corporal, olores que a Strike le recordaron el hospital donde había pasado meses desvalido… el cálido aire fresco y los lejanos gritos de los niños jugando entraban en la habitación. Se veían las ramas más altas de los frondosos plataneros iluminados por el sol».

En la narración, lo sórdido e impersonal de la vida de los famosos queda de manifiesto; uno a uno, los allegados a Lula Landry son entrevistados; ninguno de estos seres queridos contesta a las llamadas que ella les hizo antes de morir «—¿Dijo que era urgente y que no quería hablar de ello por teléfono? —Sí, pero eso fue sólo para obligarme a llamarla. Uno de sus jueguecitos. Lu podía ser celosa de cojones. Y jodidamente manipuladora.».

El narrador, en tercera persona omnisciente, cuenta los hechos de forma lineal, tal y como van sucediendo, aunque introduce algún monólogo interior del protagonista, y de su ayudante Robin; de esta forma conocemos algo de sus vidas, la boda inmediata de ella con su novio Mathew, bastante celoso, y el pasado terrible del detective, causante de su situación actual.

Sólo hay una cosa que no me ha quedado clara y es el sexo del narrador. No es que tenga importancia, pero durante toda la novela he tenido la impresión de que la voz del narrador era masculina, por eso me ha llamado la atención encontrarme con expresiones que parecen dichas por una mujer
            «Fue renqueando a hacer pis»
            «Un frenesí de llamadas»
            «Chaquetón de piel sintética de color magenta que no le favorecía ni por su altura ni por su anchura»
            «Su piel grasienta, que era del color de la tierra quemada»


Puede que esté equivocada; en cualquier caso es una nimiedad. Sólo un dato curioso. Lo que sí es importante es que ya ha salido El gusano de seda, la segunda novela de esta pareja de detectives; Robin ha caído en el atractivo mundo que le ha enseñado Strike, a pesar de las constantes quejas de su novio, y entra a formar parte de lo que parece será otra serie de Rowling.