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sábado, 23 de abril de 2022

ASESINOS


Leer Asesinos supone realizar un recorrido por los crímenes más diabólicos y las causas que llevan a cometerlos. Esta colección de horrores está formada por cuentos, de los más prestigiosos del Realismo y Romanticismo. Como muy bien señala el compilador, Álvaro Abós, el crimen ha estado siempre presente en la literatura. Está claro que Dante tuvo mucho que ver, probablemente haya sido fuente de inspiración para torturas y sufrimientos variados, pero no debemos olvidar que asesinos ha habido desde el principio de la humanidad y, por lo tanto, podemos encontrar diversos ejemplos en libros de todas las lenguas y todos los tiempos. El hecho de que los hombres se maten entre sí ha sido narrado de mil maneras.

En cuanto a los autores de Asesinos no cabe duda de que estamos ante un elenco de maestros, casi todos del XIX, si bien de narración diferente. He de destacar la descripción llena de imágenes gráficas del argentino Ricardo Güiraldes, algunas de ellas con tendencia poética «Siguieron el camino, que serpenteaba sumiso como un lazo tirado a descuido» aunque esto no sea obstáculo para sacar a la luz en De mala bebida lo más sádico de un hombre ebrio que, sin embargo, no pierde su perspectiva de poder sobre los demás. Los lectores acompañamos al cochero del patrón Venancio Gómez mientras reflexionamos con horror hasta dónde seríamos capaces de llegar para conservar nuestra vida.

No podía faltar en esta antología el gran Conan Doyle que, aunque en Perdimos el tren expreso prescinde de Sherlock Holmes, no abandona la observación sistemática para contarnos un crimen, la desaparición de un tren y la de quien no se ha avenido a guardar el silencio necesario para que nadie pueda relacionar a los implicados. Las motivaciones quedan a la vista del lector, quien puede atar todos los cabos sueltos hasta que no quede ninguno, «no podemos correr el riesgo de que un hombre de semejante condición hable con su mujer […] Perdimos la confianza en él […] Debimos haberle informado a ella que podía volver a casarse cuando se le ocurriera».

Sir Arthur supo imprimir tensión en lo que escribía, así como dejó traslucir en sus personajes la perseverancia que él tuvo en su trabajo.

La fantasía de Thomas de Quincey subvierte la lógica hasta que, en Asesinato en la taberna de Williamson, nos surge la pregunta de si se puede tratar el crimen como otra obra de arte, ¿prevalece en algunos la ética o la estética? Está claro que cuando en doce días hay un saldo de siete muertos en dos familias diferentes, nos enfrentamos a alguien inteligente que debe haber actuado con precisión matemática y, como si se tratase de una obra maestra, el narrador expone cómo debió ocurrir basándose en apreciaciones científicas, aunque luego dé rienda suelta a las suposiciones «Del cuadrante de los noventa grados que la puerta describiría para hallarse en ángulo recto con la antecámara, quedaban expuestos por lo menos cincuenta y cinco […] a juzgar por el terrible grito invocando a Dios que oyó el obrero […] si una de las víctimas recobrase el conocimiento y prestase declaración (diría que), se puso inmediatamente a degollarlas».

Pero además de la lógica, de Quincey asombra por la multitud de recursos que pone en marcha, calificativos en aumento para reforzar la impresión negativa «un extranjero de apariencia siniestra […] este extranjero repugnante»; alusiones que nos retrotraen al famoso bardo «con ese efecto glacial que producen los dos asesinos en Macbeth cuando se presentan a Banquo…»; menciones de la  mitología griega para aclarar las descripciones «¡Qué cabeza de Medusa se oculta bajo esos rasgos exangües…» y aumento del realismo al emplear dudas en las impresiones narradas «Podrían ser las doce menos veintiocho o menos veinticinco».

Las interrogaciones retóricas expresadas mediante una epanadiplosis refuerzan la relación con el lector «¿Dónde estaba el tercero? ¿Y el tercero dónde estaba?». El caso es que mantenemos la atención hasta el final, con el alma en vilo, para llegar, de manera sarcástica, a confirmar hasta donde pueden llevar las especulaciones.

El maestro del cuento latinoamericano redacta, con grandes dosis de humor basado en tópicos, El mono que asesinó «Podría tratarse de un loco, pero ni el estilo ni la letra son de loco»; Horacio Quiroga no escatima en malentendidos gestuales, en penosas circunstancias familiares, en la ignorancia de quienes se consideran competentes y llegan a conclusiones inventadas, en suposiciones inauditas, en comportamientos inconscientes, para establecer, con grandes destellos hiperbólicohumorísticos el tema de la reencarnación, el traspaso del alma de un humano a un mono, y viceversa.

En Asesinos encontramos relatos, como el de León Treich, que comienzan in medias res, para aportar fechas detalladas sobre la desaparición de mujeres a manos de un metódico asesino en serie. A pesar de los informes policiales detallados no pueden probar la implicación de Landrú, quien es ajusticiado mientras deja con la incertidumbre a la policía, «En todas las batallas hay muertos».

Cualquier tipo de psicópata imaginable tiene cabida entre estos autores que indagan en la atracción y el terror que produce el hecho de observar cómo la vida de un hombre, por más desaprensivo que sea, pende de un hilo.

Hay veces en que algo parece más complejo que la esquizofrenia, si esto es posible. León Tolstoi lo demuestra en La muñeca de porcelana cuando su mujer, delicada, sumisa, se convierte para él en un objeto que puede manipular a su antojo hasta que ella se rompe; interesante metáfora del lugar que ocupaba la mujer en el matrimonio, «me la pasé de una mano a otra para abrigarla bajo mi cabeza. Le gustó. Nos dormimos. Por la mañana me levanté y salí sin mirarla […] Creí que todo había pasado. Pero cada día al quedarnos solos ocurre lo mismo».

Al hablar de locura no podemos olvidar al maestro de maestros; Allan Poe consigue que su protagonista se sienta tan orgulloso de su crimen, y a la vez tan culpable, que no parará hasta que en su monólogo atribulado de El gato negro se delate ante la policía como asesino. También en este caso la narración del feminicidio es la base de la locura del protagonista, que aunque venga disfrazada por celos y abuso del alcohol, lo cierto es que no tolera que nadie, ni un gato, le demuestre algo de afecto a su mujer.

Italo Svevo, otro pionero de la novela psicológica, usó, como Poe, algunas teorías de Freud y, con un estilo informal a veces, casi siempre irónico, describe a sus protagonistas recomidos por la culpa. Solo así es posible entender que El asesino de la calle Bellpoggio mate casi por accidente a alguien, tras quedarse con su dinero y luego, al ser consciente de que será capaz de huir sin ser visto, dé marcha atrás en sus planes. En realidad, el remordimiento no lo deja en paz y, haciendo gala de una estupidez fuera de lo común, se delata.

Asimismo Gaston Leroux, precursor de la literatura de misterio en Francia, hace de El hacha de oro un cuento para no dormir, en donde la lógica queda encerrada en la tensión de la incertidumbre que la propia protagonista intenta aclarar. El determinismo que subyace en el tema consigue arrastrar al lector a una profunda desolación cuando es consciente de que nada puede cambiar. Son las propias circunstancias las que impiden ser feliz «El único crimen que he cometido en mi vida es haberte ocultado todo».

En esta antología no falta el crimen organizado, tanto que, a finales del siglo XIX y utilizando un estilo totalmente naturalista, Jack London aporta, con Los sicarios de Midas, cierto horror filosófico al demostrar cómo la sociedad puede moldear a los ciudadanos consiguiendo que la culpa se instale en ellos, cuando ellos mismos ponen en marcha técnicas psicológicas torturadoras. «Somos los fracasos triunfantes, los azotes de una sociedad degradada. Somos las criaturas de una perfecta selección social […] Nosotros, los guardianes del progreso humano, somos elegidos y golpeados».

Merece la pena reseñar al marqués de Sade, quien, fiel a su fama y haciendo gala de un humor corrosivo y desestabilizador, nos recuerda tanto a los cuentos de Bocaccio como al más sádico Castigo sin venganza del Fénix aurisecular. En La castellana de Longeville o La mujer vengada, Sade expone la felicidad que vive un matrimonio gracias a las infidelidades cometidas por ambos; sus vidas van de gozo en alegría hasta que él es consciente de que ella lo engaña; de inmediato pone en marcha un plan, que finalmente le dará justo lo que deseaba para su mujer. Haciendo uso de la función apelativa y fática, expresa la desfachatez y el cinismo machistas y la inteligencia femenina para destacar el espíritu libre del escritor frente al despotismo aristocrático. «No te rías lector […] el vicio decente y secreto puede servir de modelo, ¿hay algo más feliz que pecar sin escandalizar al prójimo?».

A Ivan Turgueniev le interesa destacar la falta de moralidad y ética de la sociedad del siglo XIX en La ejecución de Troppmann donde, con cierto humor negro, expone la parafernalia cruel e innecesaria que rodeaba a los ajusticiamientos en la guillotina, «un océano entero de seres humanos, hombres, mujeres y niños movía sus olas desagradables y sucias».

Asimismo Victor Hugo, en Guillotina, declara que el hombre es mucho peor que el propio patíbulo, porque es quien lo construye. Y no cabe duda de que si hay algún relato en el que la neurosis y la locura se alían perfectamente, a pesar de dejar una sensación oscura e intrigante de terror, es La casa del juez; Bram Stoker traspasa los umbrales de la vida para advertir, a través de su juez, que estamos indefensos ante las maldades de los poderosos. Todo se confabula para protegerlos. El relato contiene condensados el total de los elementos de la novela gótica: La casa abandonada llena de ruidos a la que nadie quiere ir, la soledad oscura reavivada por la tormenta, los chillidos de animales diabólicos, como las ratas, la incompatibilidad con la religión, la repetición de escenas de horror, la conjunción de características morales y físicas, situaciones macabras hiperbólicas acentuadas por la concatenación de expresiones que llevan a lo sobrenatural…

Todo hace que, en medio de la tensión, descubramos el poder implacable de la mente «Allí, en la silla del juez, con la cuerda colgando de ella, se había instalado aquella enorme rata que tenía la misma fúnebre mirada que este, ahora diabólicamente intensa».

El primer antecedente del relato policíaco en España lo tenemos también en Asesinos, se trata de El clavo, escrito en 1853 por el granadino Pedro Antonio de Alarcón quien con bastantes recursos realistas, repeticiones y una ágil narrativa nos adentra en la falsa identidad y el peso irremediable de la justicia, siempre por encima de sentimientos personales «¿Por qué iba sola? ¿Era casada? ¿Era viuda? ¿Era…? ¿Y su tristeza? ¿Qué la causa? […] Ahora bien esta acusada, esta sentenciada ¿sería inocente? ¿Lograría sincerarse? ¿Se vería absuelta?».

Resulta curioso; en unos cuentos la mujer no es indultada a pesar de tener sus razones para el asesinato, sin embargo, en El indulto de doña Emilia Pardo Bazán, sí hay liberación para el marido de Antonia, un asesino que la amenazó con matarla cuando saliera de la cárcel. Y sale, y no la mata con sus propias manos. Pero Antonia encontrará igualmente la muerte tras una de las escenas más tremendas y turbadoras de maltrato psicológico «Incorpórase el marido y, extendiendo las manos, mostró querer saltar de la cama al suelo. Mas ya, Antonia, con la docilidad fatalista de la esclava, empezaba a desnudarse».

Gracias a Álvaro Abós por ser el compilador de los mejores relatos de terror escritos, sin duda, hasta ahora.







 

miércoles, 15 de julio de 2020

LOS MITOS DE CTHULHU



No cabe duda de que Los mitos de Cthulhu, es literatura de horror sobrenatural, cósmico. Los fantasmas de los cuentos de terror se sustituyen por seres monstruosos que viven en las profundidades de la tierra y en otro tiempo, incluso en otra dimensión. Estos seres  están agazapados para salir en cualquier oportunidad, da igual que hayan pasado miles de años, y causar la muerte de los seres humanos, bien por la fuerza, si son atrapados, o presas de la locura, si han conseguido escapar. Realmente, nadie que los vea se libra de un final terrible.

La obra de H.P. Lovecraft sigue teniendo incondicionales entre los lectores de hoy día a pesar de (o puede que por esa razón) ser un autor con cierto carisma homófobo, antisocial y crítico hacia todo lo moderno. No cabe duda de que en sus relatos late un racismo acentuado; los monstruos tienen que ver con hombres indígenas, negros, nunca de ojos claros, a quienes atacan «La región que ahora invadía la policía era una de tradicional mala reputación, prácticamente desconocida y no cruzada por hombres blancos». «Sus extraños rasgos no tenían nada que ver con los asiáticos, polinesios, levantinos o negroides». Este desprecio da como resultado una obra mitológica, Los mitos de Cthulhu, instaurada con la visión apocalíptica de una imagen degradada del universo.

La edición de Alma Clásicos Ilustrados es, como suele, una maravilla. El libro, de tapa dura, corresponde a una edición revisada, de 2019, en papel reciclado con fantásticas ilustraciones de Paul Carrick. Son doce narraciones, aunque solo diez son enteramente de Lovecraft. Las ratas del cementerio está escrita por Henry Kuttner, probablemente el más fiel seguidor del maestro, aunque se pueden extraer algunas diferencias. En la estructura, Kuttner mantiene la clásica, una presentación del guardián del cementerio y los objetivos por los que continúa en el cargo a pesar de las enormes ratas que colonizaron el lugar y los sucesos extraños que protagonizan. El nudo narrativo ocupa casi toda la historia, cómo el guardián quiere adelantarse a las ratas para robar el oro del último enterrado. Y el desenlace, apenas un párrafo para describir su agonía. La angustia del lector va en aumento desde el principio y el cuento se lee con bastante facilidad, probablemente por ser muy corto. La historia es más sencilla, no encontramos las analepsis ni prolepsis que suelen ser habituales en Lovecraft. Apenas hay digresiones; la atención pues, no se desvía en ningún momento. El lenguaje es mucho más coloquial, exento de términos científicos, mitológicos o inventados, por lo que el ritmo de lectura se acelera.

El corpus de narraciones de Lovecraft tiene su sello propio, de hecho podríamos encuadrar estas novelas cortas y cuentos en la literatura perteneciente al cosmicismo. En casi todos los relatos encontramos seres interestelares no percibidos por el hombre (que no es sino una parte insignificante de un universo aterrador). Los narradores, uno en cada historia, no son fiables, pues sus mentes están alteradas por el horror vivido o por las diversas sustancias ingeridas para olvidarlo. Hay un personaje, Randolph Carter, que se repite en algunos cuentos. En el primero, La declaración de Randolph Carter, denuncia en primera persona a la policía la desaparición de su amigo después de que encontrara el Necromicón (libro prohibido de hechizos y taumaturgia, inventado por el propio Lovecraft y nombrado en La ciudad sin nombre, siguiente cuento del volumen, que sirve para conectar ambas narraciones y ofrecer una sensación realista a lo que nombra. Por supuesto, en La ciudad sin nombre advierte que el libro prohibido fue escrito por «el árabe loco Abdul Alhazred», técnica clásica de la que el padre de la ciencia ficción hace uso cuando se declara a sí mismo el autor pero elude responsabilidades, con su pseudónimo , al introducir dos autores en el relato).

Warren, el amigo desaparecido, sigue las indicaciones del libro por túneles subterráneos en los que habitan seres terroríficos y no sale. Pero Carter espera que Warren le conteste durante «interminables eones» hasta que al final una «voz hueca, profunda, gelatinosa, remota, sobrenatural, inhumana e incorpórea» es la que le responde: «¡Warren está muerto!».

Está claro que este cuento, corto, se podría clasificar como descendiente de los escritos de Edgar Allan Poe, por la atmósfera macabra y la exposición de los miedos ocultos que nos acechan en la oscuridad. Pero va más lejos. La acumulación de adjetivos, las palabras denotativas de algo impracticable «El susurro de Warren se hinchó hasta convertirse en un grito, un grito que se hinchó […] en un alarido que contenía todo el horror de los siglos», las hipérboles imposibles «interminables eones permanecí sentado» y los términos específicos o técnicos «euclidiana», «anadeando», «oleosamente», consiguen que estas narraciones no sean solo románticas sino que adquieran la categoría de góticas. Los personajes se mueven en situaciones exageradas por un marco sobrenatural que trasciende el real para ofrecernos cadáveres, espectros con formas de diferentes seres capaces de traspasar lugares y tiempos para llevarnos, de manera enloquecedora, hasta los comienzos del universo. Y será esta cualidad, la de viajar en el tiempo, la que aporte a la literatura gótica de Lovecraft el rango de ciencia ficción.

Si hay una novela de ciencia ficción que refleja la misantropía de este autor creo que es A través de las puertas de la llave de plata, escrita con Hoffman Price en la que el personaje recurrente de Randolf Carter vuelve a ser el protagonista, aunque en realidad ha desaparecido. Y en su casa se celebra una reunión para decidir el destino de su finca. El gurú Chandaputra les cuenta que Carter desapareció pues el Arquetipo Supremo le entregó una llave que lo llevaría a una dimensión superior, tras haber profundizado en los misterios del cosmos y entender la naturaleza del universo. Al traspasar la puerta entendió que todos los seres son facetas de otro superior; él es una faceta del Arquetipo Supremo que le concede su deseo de conocer una raza extinta de un país lejano. Pero no sigue las normas del supremo, por lo que no puede adoptar su forma humana ni volver a la Tierra hasta dentro de dos años, cuando dé fruto el plan concebido para tal fin.

Los seres monstruosos tienen reminiscencias de Dios «Se encontraba en muchos lugares al mismo tiempo». Carter quiere ser omnipotente «emanó de aquel Espíritu ilimitado una corriente de sabiduría y comprensión…» no se conforma con lo que sabe el hombre, quiere alcanzar «lo que casi estaba fuera de la comprensión humana». Pero, ¿podrá tener del don del conocimiento absoluto? Lovecraft tiene la respuesta y puede que no sea del todo alentadora para el hombre.

Los Grandes Antiguos dioses del más allá despertarán por variadas razones para apoderarse de los humanos y llevarlos hasta otras culturas, otros mitos que estaban enterrados en el tiempo pero no muertos y, aunque puedan volver a sus infiernos en algunos cuentos, el lector tiene claro que en cualquier momento, regresarán al menor descuido del hombre. En cuanto este quiera indagar, saber más de lo debido, investigar sobre el pasado, podrá despertar a las bestias dormidas que traerán el nuevo caos.

Un pesimismo terrorífico invade estos Mitos de Cthulhu, pues sugieren cierto menosprecio a una humanidad incapaz de vivir en armonía. El hombre vive bajo un poder espantoso que, aunque parece inerte, puede cobrar vida para destruirlo. Al personificar «La ciudad sin nombre», le confiere determinada autoridad destructiva acechante, «vetusta superviviente del diluvio, de esta bisabuela de la pirámide»; una autoridad con un fin concreto y determinista para el ser humano, «en los eones venideros hasta la muerte puede morir». Todo puede ser causa de antítesis, de ruptura del orden establecido «me pareció que esta —la luna— temblaba como si se reflejara en la superficie de unas aguas trémulas», por eso no es raro que podamos estar a merced de espíritus malignos que se alían a la naturaleza «furia del viento era infernal, cacodemoníaca» para hacer que desaparezca el hombre «mis gritos se perdieron en aquel babel infernal de espíritus aulladores», y resurjan otras especies extintas «la de las criaturas reptilianas de la ciudad sin nombre». El arqueólogo que visita esa ciudad queda subyugado por las imágenes de reptiles de cabeza deforme que lo sumen en un debate entre lo real y lo imaginado. Esta ciudad recuerda a la que aparece en Las mil y una noches como maldita por Dios. Parece que el hombre está maldito por Dios también para Lovecraft, pues el enfrentamiento que tiene con diversas razas alienígenas en sus cuentos, supone una batalla perdida. Se enfrenta a dioses peligrosos (pero de cierto paralelismo al de la religión católica) y a seres amenazadores (pero de mayor inteligencia que los hombres). El autor deja constancia de su obsesión por tener consciencia del Todo, de la unidad que dirige el espacio con poder absoluto y de la insignificancia del hombre ante ese poder.

En El modelo de Pickman sorprende con un lenguaje más expresivo, menos coloquial que, unido a una narración en primera persona que se funde en un monólogo dirigido a un oyente-lector, impacta doblemente por lo poco explícito del terror y las preguntas retóricas «¿Qué sabrán los hombres de hoy acerca de la vida y de las fuerzas que se ocultan tras ella?» El modelo de Pickman representa la cara terrible del ser humano, no la que ven los demás sino la que vemos al mirarnos en una fotografía, la que presentimos al mirarnos en el espejo, la que intenta (como en El retrato de Dorian Grey) negar el horror y solo consigue acrecentarlo.

No quisiera terminar sin reflexionar en La sombra sobre Innsmonth, una novela corta de 72 páginas incluida en este volumen. El narrador protagonista llega a un puerto de Massachusetts por casualidad y, espantado, solo encuentra a dos humanos, el tendero y el viejo Allen. El resto, así como el propio pueblo, son figuras inquietantes, repelentes. Allen le cuenta que en el pasado llegaron a un acuerdo con los Profundos; estos seres superiores, mitad peces, aportarían prosperidad a cambio de sacrificios y la procreación con humanos. Eran adoradores de Cthulhu, el dios dragón con cabeza de pulpo, del que todos venimos. Los profundos traían a seres del mar y los dejaban en Innsmonth para que se mezclaran con los hombres. El narrador, aterrado, logra verlos; tras ser perseguido por ellos, puede regresar a su ciudad. Pero tiene sueños en los que Cthulhu lo reclama a ese universo de las profundidades ¿Es una actitud blasfema? ¿Puede el hombre adoptar una forma monstruosa que habita en las profundidades marinas para quedar a imagen y semejanza de dios? ¿Creó dios al hombre o este fue una evolución de los seres más antiguos que poblaron la Tierra? ¿Es posible seguir una religión siendo científico? Parece que estas preguntas atormentaron a Lovecraft. En cualquier caso, y a pesar de todo, su mente dejó una base literaria sólida sobre la que se han seguido edificando ficciones hasta hoy.

martes, 6 de febrero de 2018

DAMAS OSCURAS


Acabo de terminar Damas oscuras, un libro que me regaló la dama más blanca, transparente y extraordinaria que pueda existir. Gracias Amaya. Sabe que me gusta el terror psicológico, algo de oscurantismo y la novela romántica, estoy convencida de que cuando leemos algo de terror, éste se engrandece y el ser humano activa todos sus sentidos, de ahí que, a pesar de sufrir al imaginarnos el relato, tanto niños como adultos, queramos saber lo que ocurre al final. «… allí estaba Médor, con las patas delanteras clavadas firmemente en el suelo. Tenía el cuerpo rígido y el pelo erizado […] La niñera estaba convencida de que tanto la niña como el perro habían visto algo que el resto no había percibido». Así que cuando vio el volumen (es de noviembre de 2017) no dudó en comprármelo. Estos actos, como tantos otros que he ido reseñando a lo largo de este blog, son los que me reconcilian con un mundo cada vez más grosero, alocado e incongruente, abocado por lo tanto a un Reanalfabetismo —puede que sea otra etapa histórica futura, como ya existió un Renacimiento cultural en el pasado–-. Pero hoy no voy a hablar de eso. A lo mejor, un día abro un apartado de pensamientos propios; hoy no, hoy estoy aquí para “hablar de mi libro”.

Me ha encantado. Damas oscuras está formado por cuentos escritos por mujeres durante la época victoriana. Hay un total de veinte mujeres, veinte relatos pues, de extensión desigual ya que encontramos cuentos desde el de Charlotte Brontë que ocupa cuatro páginas, hasta verdaderas novelas cortas de casi cien, como la de Mary Elizabeth Hawker, que curiosamente, o no tanto, debemos buscarla por su pseudónimo Lanoe Falconer. Esta autora en Cecilia de Nöel describe la religión a través de un fantasma. La novela está compuesta por varios capítulos titulados “evangelios”, en los que cada protagonista interpreta más o menos científicamente la existencia del fantasma que ocupa la casa de los Atherley. El cabeza de familia es un racional absoluto y, con gran dosis de ironía, tiene explicación para todo

—George –dijo lady Atherley– ¿qué es ese ruido?
[…]
—¿Qué ruido?
—Ese tan raro, que parecía el aullido de un perro
—Probablemente sea el aullido de un perro

Lady Atherley ve normal la existencia de su propio fantasma «nuestro fantasma campa a sus anchas por todas las habitaciones, e incluso por los salones y pasillos, así que no se me ocurre qué podemos hacer al respecto».

Y el racionalismo de Atherley llega al humor sarcástico al referirse a la iglesia «La última vez que fui a la iglesia, el predicador nos ofreció un informe tan detallado sobre las experiencias que nos esperan tras la muerte como si él mismo hubiera estado varias veces en aquel lugar en persona». Destacan los diálogos en estilo directo y coloquial cuando hablan los criados «vi un algo blanco que pasaba como un relámpago y me dio un golpe frío en la cara…».

Para algunos existen los fantasmas y son quienes no viven en paz en el más allá porque aquí no han sido buenos «algún día yo tomaría conciencia del peligro que corría mi alma». Otros, como el cura, se ofenden al ver que aún se cree en fantasmas «Personas en teoría sensatas acuden a mí para relatarme unos incidentes que me transportan a la Edad Media».

No debemos dejar escapar las ironías hacia la iglesia «el Viernes Santo […] dieciséis platos, la mayoría a base de pescado, sin nada de carne […] Incluso George dijo que no le importaría ayunar así.»

Y Cecilia de Nöel afirma que la otra vida no es un lugar «sino algo que nosotros creamos» el fantasma es reflejo de la muerte y desaparece ante la bondad absoluta «—Es suficiente […] Ahora ya sé lo que es Dios».

Veinte relatos diferentes con algo en común, todos tienen un fantasma al que hay que reubicar para que descanse y deje descansar.

Debemos agradecer esta joya literaria a la editorial Impedimenta, que ha tenido la fabulosa idea de reunir tanto a los relatos como a sus autoras.

Todas tienen en común pertenecer a la época del reinado de Victoria, una época que empieza con el Romanticismo literario y representa un cambio con el Realismo, así que en algunas escritoras encontramos características de ambos movimientos. Todas tienen en común que fueron esposas o hijas de pastores, influidas por lo tanto por la religión. Todas exponen en sus relatos a personajes dinámicos femeninos, aunque algunos de estos personajes deban morir y aparecerse después para demostrarlo o buscar la ayuda de un hombre.

Todas son feministas y pacifistas, curiosamente, algunas lesbianas, mientras que sus amigos eran hombres, lo que dice mucho del ambiente en el que se desarrollaba la mujer media de la época y el que aspiraron a tener estas escritoras quienes, casi todas, recibieron una buena educación y ejercieron profesiones de novelistas, ensayistas, críticas de arte, directoras o propietarias de revistas… Algunas, como la señora de Henry Wood (no usaba su nombre de pila) escribieron novelas que se tradujeron a varios idiomas o se adaptaron al teatro; otras, como Amelia Edwards, inspiraron sus historias de fantasmas apoyándose en otros fantasmas literarios anteriores; es curioso que Edwards tenga presente en La historia de Salomé a todos los hombres importantes de su generación y no aparezca alusión alguna a otras escritoras, de hecho el papel femenino es real absolutamente, un cero a la izquierda «Ella era judía, pero él la convertiría». Todas las páginas de La historia de Salomé mencionan a autores y obras famosas, lo que dice mucho de la cultura de la autora; hay citas de El sueño de una noche de verano (de Shakespeare), de El paraíso perdido (de Milton); hay indicaciones sobre románticos alemanes o ingleses «Recordé que Goethe había concebido aquí su teoría vertebral del cráneo; que Byron, demasiado tullido para caminar, tenía un caballo […] lo mucho que Shelley amaba la agreste soledad de este lugar, que escribió sobre él en “Julián y Maddalo” […] Todo parecía indicar que me encontraba tan solo como Enoch Arden en su isla desierta» –sacado de un poema de Tennyson–.

De esta época conocemos, sobre todo por los libros escolares, a Óscar Wilde, a Bram Stoker, a Robert Louis Stevenson, a Lewis Carroll, a Charles Dickens, a Arthur Conan Doyle, a Rudyard Kipling, a Joseph Conrad o a Thackeray. Es cierto que también son conocidas “las hermanas Brontë” (normalmente así, en grupo), Jane Austen o George Eliot (porque si la nombramos, no por su pseudónimo sino como Mary Anne Evans, la cosa cambia). Pero hubo muchísimas. El siglo XIX fue especialmente prolífico en la escritura femenina, novelistas, poetas, cuentistas, ensayistas, dramaturgas, o escritoras en general que representaron una sociedad bastante verosímil (aun en sus cuentos de fantasmas), destacada por abordar temas de una clase media emergente opuesta a la aristocracia.

Es cierto que en muchas de estas narraciones predomina el sentimentalismo, el moralismo y la caracterización realista, pero ninguna omite características propias del Romanticismo, porque en realidad son todas mujeres que ansían la libertad y se oponen a las normas no porque sí, sino porque razonan los fallos de muchas de ellas. Mediante metáforas intuimos su rebeldía ante la represión. Son mujeres que exploran el inconsciente y se introducen en un territorio sobrenatural adictivo (desde que el hombre tuvo conciencia de la muerte se ha planteado el más allá) que, seamos sinceros, en aquella época estaba favorecido por las lámparas de gas, por determinadas enfermedades que se descubrían “científicamente” como la histeria y por la vida aburrida y monótona que llevaba en general la mujer.

¿Y dónde están esas mujeres? ¿Quién las conoce hoy? Debo confesar mi ignorancia, pues no había oído hablar de casi ninguna; y mi alegría por haber tenido la oportunidad de leerlas a todas. Quedan más, no sólo inglesas, españolas, francesas, americanas, italianas… así que, por favor, ya va siendo hora de que pueblen las páginas de los libros; es perfecto que los alumnos conozcan que Frankenstein estuvo escrito por una mujer, aunque lo sería aún más ampliar las horas de literatura —casi me da la risa al decir esto— para que pudieran leer obras clásicas que entendiesen, obras que han sido llevadas al cine y les ha gustado la película, relatos cortos o novelas largas a partir de las cuales —seguro— e interesarían por la lectura, cada vez más olvidada entre los jóvenes.

No voy a comentar los veinte relatos pues sería un artículo interminable; sí quiero subrayar que, casi todas estas autoras se inspiraron en. Óscar Wilde, o en Charles Dickens, alguna de ellas estuvo patrocinada por ellos, y por supuesto admiraron a Walther Scott.

Es conveniente reseñar la valentía de Charlotte Brontë, quien se burla de Napoleón pues, tras un sueño con fantasmas hace el ridículo ante su mujer y las damas y caballeros que estaban en el salón de baile. Asimismo Elizabeth Gas Kell realizó la biografía de Charlotte Brontë, pero no sólo escribió ensayos sino que el humor elegante que desprenden sus páginas es comparable al de Dickens. Sus relatos de fantasmas son góticos, aunque como en La historia de la vieja niñera tienen un toque de realismo. Me encantaría nombrar a Rhoda Broughton, soltera, una de las favoritas del público, que acudía a las librerías de préstamo para leer sus libros, por el carácter desafiante y la personalidad controvertida que tenía y dejaba su huella en los personajes, para quienes lo onírico y lo sobrenatural formaban parte de lo cotidiano; Broughton escribió durante sesenta años y luego cayó en el olvido. Su cuento La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad adquiere la modalidad epistolar y mediante el humor critica las condiciones en las que tenía que vivir la clase media «Después de haber visitado, y creo que no estoy exagerando, todas y cada una de las residencias más indeseables del oeste de Londres, después de no haber encontrado nada a medio camino entre lo que podría considerarse apropiado para los recursos de un duque y la escasez de un deshollinador…». El humor irónico le sirve para exponer realidades de la vida cotidiana «Me resulta muy curiosa esa forma tan perversa que tienen los niños de fijar las fechas y temporadas más inconvenientes para sufrir sus enfermedades».

Violet Hunt destaca en La oración la búsqueda que en vida llevó a cabo para desafiar cualquier convencionalismo social, por lo que en este relato —buenísimo— que comienza in medias res, con la muerte del marido de la protagonista, consigue, tras una sentida oración «…nunca pediré nada más, ¡qué Él te devuelva a mí!...» que su marido reviva, pero ya no es una persona normal, de manera que él pasa seis años comportándose como un zombi en vida, un no muerto que no tolera la compañía, ni la luz, que no se inmuta ante nada ni nadie… que consigue que Alice Arner se sienta viuda a pesar de tener a su marido en casa «¿Por qué vistes siempre de negro, Alice? […] —A veces siento que vivo en una tumba. Entonces miro al techo e imagino que es la tapa de mi ataúd» Alice vive aterrada, siempre ha tenido miedo de los fantasmas y en su marido sólo ve un cuerpo. Por su parte, el señor Arner también lo pasa mal, está deprimido «y siento que necesito tomar drogas para calmarme»; así pues, tras hablar los dos y enterarse Alice de que él va «por la vida como en un sueño, un mal sueño» deciden poner fin a la situación y de mutuo acuerdo ella, mediante morfina, lo ayuda a morir, «ibas a terminar devolviendo el regalo que te habían hecho».

No quiero terminar sin nombrar a Mary E. Wilkins, quien en 1926 fue la primera persona en recibir la medalla William Dean Howells, distintivo que concede a los novelistas la American Academy of Arts and Letters; premio que juzgamos merecidísimo al leer El solar en el que se intenta razonar inútilmente ante lo paranormal, pues el pasado vuelve siempre para vengarse.


¡Inquietante!