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sábado, 1 de febrero de 2025

MARIANELA

De vez en cuando me gusta volver a los clásicos. Sé que debería hacerlo más a menudo pero no siempre hacemos lo que debemos. En esta ocasión he retomado el realismo, época por la que he sentido predilección desde mi etapa de estudiante. Y he elegido una novela corta de uno de los más grandes de todos los tiempos.

Marianela es una novela patética, en su sentido más etimológico. La tragedia está presente desde el principio en la propia naturaleza, que se cierne sobre el pueblo amenazándolo; en la desgracia de Marianela desde que nació; en la familia Centeno, que no ha conocido otra actividad que el trabajo en la mina y eso le impide llevar una vida más cómoda; en el nacimiento de Pablo que aun teniendo dinero se considera, por su ceguera, una minusválido que no podrá trabajar y que solo causará pena en las mujeres; en el dolor de su padre, el señor de Penáguilas, porque teme que el dinero que posee no baste para «hacer disfrutar a su hijo único las delicias honradas de la buena posición […] Callaron todos, hondamente impresionados por la relación patética y sencilla del bondadoso padre».

La tragedia de Marianela tiene mucho que ver con ese lugar de nuestro cerebro donde reside la belleza de la imaginación. Así lo intuye el doctor Golfín cuando oye cantar a Nela y queda prendado de su voz, «Creeríase que sale de las profundidades de la sierra […] y toda la chusma emparentada con la loca de la casa». El mismo Galdós escribiría después, en 1892, La loca de la casa, una novela que pasó luego a teatro, referida a Victoria de Moncada y sus ideales como mujer. También da título a una obra de Rosa Montero en la que, en 2003, da rienda suelta a su interior en una mezcla de ensayo, autobiografía y novela.

Marianela participa de esta locura en la que están instalados Pablo y Marianela, ambos incapacitados para una sociedad en la que no ajustarse a lo considerado “normal” era un problema de independencia para subsistir. Pablo, a pesar de tener dinero no podrá valerse por sí mismo ni hacer feliz a nadie, sin despertar pena por ser ciego de nacimiento. Nela, huérfana, sin familia, sin nadie, no podrá desenvolverse sola por su apariencia desagradable y deforme, una chica que, por un accidente de pequeña, queda marcada por la fealdad física. Pero, desde que es lazarilla de Pablo. Nela es feliz; se siente querida, útil, valorada…, y se enamora de él, que tantas bellezas le dice. También Pablo se enamora de ella por su voz, su alegría, su destreza al describirle el mundo… Ambos viven en una realidad que han forjado en su imaginación. En esa realidad se prometen amor, «-…serás mi esposa querida…, serás la vida de mi vida, el recreo y el orgullo de mi alma […] -te quiero mucho, muchísimo […] Pero no te afanes por verme…».

Entre ellos y lo real se va a interponer el doctor Teodoro Golfín, eminente oftalmólogo, capaz de dar la vista a Pablo y, con ella, quitar las ilusiones a la pareja.

Creo que este es el asunto principal que Benito Pérez Galdós quiere tratar en la novela: Solo vemos la belleza externa, capaz de destruir cualquier otro tipo de don.

Marianela conserva cierto aire pedagógico, a Galdós le interesa tratar la educación como fenómeno sociocultural; que la sociedad se dé cuenta hasta qué punto es importante la cultura, saber por medio de diferentes ciencias para ir dejando de lado las supersticiones arraigadas, sobre todo en una Iglesia clasista alimentada básicamente por aquellos que ostentan el dinero y la posición social. La relación directa maestro–alumno es importante. Teodoro Golfín se ha dado cuenta de que lo que le falta a Marianela es una recta instrucción para poder desarrollar sus capacidades —que él intuye muchas— «tiene su alma aptitud maravillosa para todo aquello que del alma depende; pero al mismo tiempo está llena de supersticiones groseras; sus ideas religiosas son vagas, monstruosas, equivocadas […] no posee más educación que la que ella se ha dado».

Duro ataque a una sociedad a la que costaba trabajo avanzar, «»que no sabe ser caritativa, sino bailando, toreando y jugando a la lotería, una sociedad anticuada, primitiva, que pensaba que los errores cometidos con una persona pueden ser compensados con promesas en vida u oraciones y oropeles tras la muerte «yo he prometido (a la virgen) que si da vista a mi primo, he de recoger al más pobre que encuentre […] Ya he escogido a mi pobre, María, mi pobre eres tú». Pero Galdós no ceja en su denuncia, por lo que no duda en estampar la verdad, no ya como personaje, como narrador omnisciente que, desde el principio, ha relatado el caso: «los dignos reporteros habían visto visiones. Averiguada la verdad, de ella resultó este libro».

Además de la dura crítica, los lectores nos enamoramos de Nela, tal es el cariño con el que fue creada. La vagabunda, la deforme, la enana, el trasto, María, Marianela, Nela, la huérfana… no tiene un nombre real durante toda la historia; da igual, porque ella no cuenta, es como si no tuviera sentimientos y pudiera ser vapuleada y debiera estar agradecida por cualquier gesto recibido, aunque fuera menor que el que se le daría a un animal, «vio las cestas que a la huérfana servían de cama».

Y es en el estilo, además, donde Pérez Galdós se consagra como uno de los maestros universales. Las descripciones llevan incluidas a veces enumeraciones descendentes, con lo que agranda el cariño que siente por el personaje «se vino corriendo hacia ellos una muchacha, una niña, una chicuela de ligerísimos pies y menguada estatura». En ocasiones las enumeraciones son acumuladas anáforas que agrandan el sentimiento de amor hacia la belleza física o hacia la naturaleza. Otras veces el narrador hace uso de sus conocimientos para demostrar que la religión ha tenido en cuenta la belleza física como retrato del alma, tal como lo prueban las imágenes de la Virgen, «La Humanidad ha visto esta sacra persona con distintos ojos, ora con los de Alberto Durero, ora con los de Rafael Sancio, o bien con los de Van–Dyck y Bartolomé Murillo…».

No solo las descripciones son cultas, el lenguaje técnico es minucioso, tanto para hablar de las minas como para exponer los pasos de la operación del ojo para dar la vista. Esto hace que la finalidad didáctica destaque. Asimismo encontramos la función referencial, clave en la narración; el lector está siempre presente, a él van dirigidos tanto los hechos novelados como las críticas sociales «¿merecerá capítulo aparte? Por si acaso se lo daremos», «penetremos en su pensamiento. Pero antes conviene hacer algo de historia». El narrador utiliza la primera persona del plural para dar su opinión y hacer al lector partícipe de ella «Sin querer hemos ido a parar a nuestra madre Eva, cuando tan lejos está la que dio triunfo a la serpiente de la que aplastó su cabeza».

El realismo narrativo se acrecienta con datos imprecisos, y con el lenguaje vulgar que usan los personajes analfabetos «retólicas», «conceitos».

Asimismo frente a la personificación de la ciencia o incluso de animales, que cobran importancia, se encuentra la cosificación del pueblo analfabeto, «que parecían el carbón humanado». Y si no queda bastante claro, Galdós no duda en emplear metáforas hirientes para quienes no han sido educados, «la familia navegaba ancha y holgadamente por el inmenso piélago de la estupidez».

No cabe duda de la dureza del espíritu del escritor canario; hoy nos sirve también su discurso, por lo que un rastro de pena se instala en nosotros. Menos mal que el humor inteligente nos hace sonreír al leer las ironías hacia las damas de la alta sociedad «descollaba la voz de Sofía como sacerdotisa a quien van a llevar al sacrificio» «—Mira tú, huerfanilla— añadió la Inmaculada (Florentina)», y hace que nuestro corazón se ensanche cuando vemos el cariño con que trata a las personas buenas y estudiosas «Llegose a él Choto y le dijo atropelladamente no sabemos qué […] Golfín, que sabía muchas lenguas, era poco fuerte en la canina y no hizo caso».

viernes, 1 de enero de 2021

LA TRIBUNA

El 16 de septiembre de 1851 nació en La Coruña Emilia Pardo Bazán y falleció en Madrid el 12 de mayo de 1921. Se cumple pues el centenario de su muerte, por lo que este año desde Aurisecular la recordaremos dedicándole nuestro rincón de la memoria y por ello me apetecía que la primera crítica literaria de este 2021 fuese de una de sus novelas. He dudado con Los pazos de Ulloa que además, después del escándalo protagonizado por los Franco con otro pazo, resuelto favorablemente para el pueblo gallego, venía como anillo al dedo, pero no puedo resistirme a LaTribuna. Amparo ha sido mi debilidad desde que la leí de manera obligada para un trabajo de la Universidad. Vi en ella un reflejo de su autora pues ambas, a pesar de las adversidades de la época, supieron hacerse un hueco importante. Pardo Bazán no cabe duda de que ocupa uno de los lugares fundamentales en las letras universales. Demostró en todo momento que la mujer es capaz de hacer lo mismo que el hombre incluso en circunstancias hostiles, impensables para el género masculino. De hecho a los 14 años lee a Víctor Hugo quien le abre un mundo diferente. A los 16 se casa y tras tener hijos se separa. Funda la Biblioteca de la mujer. Es profesora de universidad, consejera de Instrucción pública. A pesar de todo, su situación en el ámbito cultural fue triste, despreciada por sus propios compañeros escritores que vieron en ella un peligro para su hombría.

Leí La Tribuna y vi en su autora a una intelectual moderna, así que la he releído y, si bien es cierto que algunos pasajes han quedado un tanto anticuados, en general la obra podría seguir ostentando el honor de representar al feminismo y a la mujer trabajadora. Un feminismo entendido desde la igualdad porque las cigarreras de la fábrica en la que trabaja Amparo solo exigen mejores condiciones laborales, tal y como ya vienen disfrutando los hombres.

Además, La Tribuna supone la primera novela en la que, en España, se utiliza la técnica naturalista. También Pardo Bazán es pionera en ir más allá del Realismo y convierte a su protagonista en una guía para que el lector descubra el entorno miserable de los suburbios frente a los lugares propios de la buena sociedad. Entre esos dos ambientes contrapuestos se levanta la fábrica de tabacos, un espacio totalmente cerrado que, también por contraste, supone una liberación para las cigarreras desde el momento en que se valoran como parte productiva de la sociedad.

Este trabajo y la relación amorosa que mantendrá con un militar hacen que la Tribuna crea que su suerte ha cambiado, que podrá formar parte de la burguesía y vivir con su enamorado para siempre. Sin embargo la sombra determinista planea sobre ella, así que engañada y traicionada no le queda otro recurso que convencerse de que el amor no iguala las clases sociales y la superación social es imposible.

El argumento se cuenta en tercera persona por un narrador omnisciente que relata la historia de Amparo, hija del barquillero Rosendo y una ex cigarrera, inválida, cuyas vidas se desarrollan, embrutecidas, en la más absoluta miseria «Ni miró la muchacha al señor Rosendo ni le dio los buenos días […] y mientras el barquillero encendía estrepitosamente los fósforos y los aplicaba a las virutas, la chiquilla se puso a frotar con una piel de gamuza el enorme cañuto de hojalata donde se almacenaban los barquillos».

La suerte de Amparo cambia cuando, entre el teniente Baltasar Sobrado y el capitán Borren, consiguen que entre a trabajar en la fábrica de tabacos. Al estallar la Revolución, Amparo insta a sus compañeras a apoyar la causa con tal pasión y eficacia que, por sus dotes de oradora, llega a ser conocida como «la Tribuna del pueblo». Enamorada de Baltasar y este atraído por ella, comienzan un noviazgo. Relación difícil pues no es bien vista en el barrio pobre y poco a poco el militar se va cansando de ella hasta que, cuando queda embarazada, la deja. Avergonzada, se vuelca en su quehacer político promoviendo con éxito una huelga en la fábrica. Con la llegada de La República decide, esperanzada, sacar a su hijo adelante.

Lo más importante de la novela es la crítica social «la mayor parte de los pobres no van a la escuela, solo aprenden a leer». Estamos en una sociedad que acepta las habladurías, que trata a la clase pobre como animales, que tolera las diferencias entre sexos, que deja para la mujer los asuntos religiosos mientras que la política es cosa de hombres, que no se plantea una igualdad entre clases sociales, o al menos un acercamiento, que el estamento militar es una institución que coarta la libertad de acción o palabra «soldado reenganchado calló primero por obediencia, luego por fatalismo y después por costumbre».

Emilia Pardo Bazán incluyó en La Tribuna toda una serie de técnicas literarias para reforzar su reprobación: El protagonismo obrero nos acerca a las condiciones de vida precarias suburbanas que se van agrandando con procedimientos naturalistas, recursos de los que se vale igualmente para establecer un paralelismo entre la apariencia física y el estatus social, «hijo de una lavandera de las cercanías. Jacinto, o Chinto, tenía facciones abultadas e irregulares, piel de un moreno terroso, ojos pequeños y a flor de cara; en resumen, la fealdad tosca de un villano feudal».

A través del naturalismo, la autora traza una sociología de la pobreza que se nos presenta animalizada y deforme: «Un elefancíaco enseñaba su rostro bulboso […] lleno de pústulas…».

La Tribuna, sin embargo, no es una novela social porque se preocupa más del retrato de los personajes que del problema. Mediante la técnica de la degradación en los datos físicos establece el carácter y puede ridiculizar o denunciar determinadas costumbres: «indirectas y burletas, subrayadas por la risa de sus labios flacos, por el fruncimiento de su hocico de roedor […] daba pie a la Comadreja para crucificarle a puras chanzas, para clavarle mil alfileres, para abrasarle».

Sin embargo la novela es un testimonio de la vida de las cigarreras y del pueblo humilde de Marineda (espacio ficticio de La Coruña) donde las operarias son cosificadas, con el objetivo principal de rebajarlas como seres humanos, hasta que ni siquiera gozan de individualismo pues todas forman «una enorme ensalada humana». Asimismo encontramos escenas cargadas de descripciones minuciosas que, aun resultando fruto de una documentada observación, recuerdan lo pintoresco del costumbrismo, «diríase que era la detonación de algún vergonzante petardo […] las tocatas de la banda de música, hecha pedazos de puro soplar himnos y más himnos patrióticos, se empequeñecían en el libre y anchuroso espacio, hasta semejarse al estallido de una docena de buñuelos al caer en el aceite hirviendo».

Es cierto que la novela refleja costumbres y personajes costumbristas, tipificados, pero por eso sobresale la manera en la que doña Emilia profundiza en la psique humana a través de Amparo. Su sistema de valores choca con los de su entorno, de ahí que percibamos en Amparo un reflejo de su autora. La Tribuna adquiere a lo largo de la trama un talante ético diferente que la dota de modernidad y la aleja de los arquetipos tradicionales. Amparo reclama el amparo para una clase social deprimida y para un sexo obligado por intereses masculinos. Amparo es el símbolo de toda una época, que alude a la independencia y justicia añoradas, y las reclama con orgullo y de manera constante, como Pardo Bazán reclamó en su momento lo que era de rigor para ella y para la mujer en general, «Pronta como un rayo, y con fuerzas que duplicaba la cólera, Amparo desbarató la encuadernada Biblia, hizo añicos las hojas volantes y lo disparó todo a la cara afilada del catequista».

En realidad la protagonista se siente atraída por la burguesía, quiere escalar socialmente, por eso en cuanto empieza a trabajar y luego a salir con Baltasar, los contactos con su familia son esporádicos. Va tomando seguridad en ella misma al sentirse valorada por un colectivo, logra una solidaridad en la fábrica inusual anteriormente, y consigue atraer con sus palabras a sus compañeras, «El taller entero se embelesaba escuchándola y compartía sus afectos y sus odios». El factor educacional queda relegado al razonamiento por eso la clase pobre debe leer, para pensar por sí misma y hacer frente a la dureza de la burguesía.

Lo que resaltamos aún hoy de La Tribuna es la importancia de la educación en la sociedad, una educación igual para todos. Pardo Bazán hizo desde esta novela un llamamiento al Estado para que asentara una serie de principios en la Educación, única vía posible para la igualdad y el desarrollo.

Más de cien años después y aún tantos problemas con la educación estatal… Algunos deberían madurar esta idea. O leer La Tribuna.

miércoles, 29 de abril de 2020

FAUSTO



Llevaba triste unos días. Era una sensación rara porque no era una tristeza personal sino colectiva. Creo que es la primera vez que me ocurre. Me da pena nuestra sociedad y me duele casi tanto como si algo se me borrara por dentro. Pienso en Fausto. Oigo que cuando salgamos de esta pandemia, veremos el mundo de otra manera, valoraremos la vida con otra escala porque nada será como antes. Creo que no será así. Ojalá me equivoque; los fanáticos, los intransigentes, los avariciosos querrán tenerlo todo de nuevo. Releo Fausto. No hay más que echar un vistazo alrededor. Tenemos un gobierno que con apenas un mes de mandato se vio envuelto en esta catástrofe sin precedentes. Lejos de lamentarse está dando la cara desde el primer día, informando de lo bueno y lo malo, transmitiendo ánimo para afrontarlo y también equivocándose, claro (errare humanum est). ¿Por qué se oyen tantas críticas destructivas, tantos reproches, tantas quejas sin fundamento? ¿Dónde están las soluciones propuestas por aquellos a los que todo les parece mal?, todos esos capitanes a posteriori. En ningún sitio. Nadie tiene una solución rápida a algo sin precedentes, pero sí hay quienes quieren sacar beneficios a costa de crear inseguridades, ansiedades, a costa de derrocar y crear el caos para erigirse en los nuevos paladines (dueños), aquellos que verán cómo aumentan sus fortunas, aquellos que no moverán un dedo por nadie que no sean ellos mismos. Porque no lo movieron por la Sanidad en su día, ni por la Educación, ni por el bienestar público y ahora, en plena devastación exigen imposibles y prometen más imposibles todavía.
 
Sé que es una entrada larga a la obra universal Fausto. Primera Parte, del romántico Goethe, pero aunque no lo parezca, la actitud de estos intransigentes me recuerda a la del mítico y eminente doctor.

Ambos, los intransigentes y los mitos, ejercen gran fuerza en nuestras conciencias pues tienen aceptación popular. La aceptación de Fausto es evidente, desde que se forjó la leyenda a finales del XVI hasta nuestros días ha habido personajes que venden su alma al diablo con tal de saciar sus deseos, desde el Fausto de Marlowe que, en 1588 no pasa de gastar bromas pueriles hasta la versión de Goethe, en 1808, en la que el protagonista, para satisfacer sus ansias de saber y poder, se recrea en un egocentrismo y soberbia absolutos,

Yo imagen de Dios […] yo que me figuraba tener a mi alcance el espejo de la verdad […] yo que […] me veía en posesión de la luz y del esplendor celestial eterno […] yo que me pensaba saber qué cosa eran los placeres divinos […] yo que […] derramaba mis fuerzas libres en las arterias de la naturaleza…

hasta que se da cuenta de que es mortal, «No, no soy igual a los dioses, bien lo veo!». Aun así no desespera, siempre quiere más, aunque para ello deba destruir lo que hay a su alrededor. Mefistófeles llega a sentirse impotente pues, haga lo que haga, todo se normaliza con el tiempo. «Cuanto más me esfuerzo en destruir el mundo, más chasqueado me quedo […] todo vuelve a su estado normal».

Pero Fausto continúa exigiendo imposibles; no le bastan mujeres, riquezas, sabiduría… incluso quiere rejuvenecer de su propia vejez. Es verdad que ahora hay métodos para ello al alcance de muchos, pero en el siglo XIX Goethe tuvo que echar mano de lo evidente, así que un inocente diablo le aconseja «Salid al aire libre […] Manteneos de alimentos simples […] no os desdeñéis de echar vos mismo abono en el campo que cultivéis». Fausto, encolerizado le recrimina «La vida austera no se ha hecho para mí», a lo que con mucho sentido del humor Mefistófeles dictamina, «Entonces no queda otro recurso que la brujería».

Y de esta manera, el diablo le concede la belleza de otro cuerpo; nada le falta a este hombre insaciable hasta que Margarita, enamorada de él, consiente en dormir a su madre para evitar la vigilancia y caer rendida en sus brazos. Fausto la abandona, ella es encarcelada por provocar la muerte de su madre al administrarle una sobredosis de la droga entregada por el amante. Tiene un hijo fruto de sus desvaríos con Fausto-Enrique; la doble personalidad del enamorado consigue volverla loca, ve que es cosa del demonio. Cuando Enrique acude a sacarla de la cárcel, Margarita, horrorizada, lo rechaza con temor y después mata a su propio hijo para evitar que el diablo retoñe en su pequeño. Margarita es ejecutada como consecuencia de su acto sin ser consciente de que el diablo se reproduce constantemente. Todos podemos invocar a las fuerzas del mal que llevamos dentro cuando nos sentimos desilusionados. Todos podemos llegar a ser insensibles a la destrucción. Ya lo advierte el propio Mefistófeles en el Prólogo cuando habla con Dios, «Me compadezco de la miserable vida que arrastran los hombres, y hasta valor me falta para atormentar a esa pobre gente».

Y eso somos, pobre gente que lo quiere todo, orden y tranquilidad a nuestro alrededor, sin darnos cuenta de que al pensar solo en nuestra estabilidad, se desnivela la balanza. Queremos riquezas aunque a veces el dinero no valga para nada. Queremos un cuerpo sano aunque la medicina en ocasiones no pueda remediarnos. Queremos protección en épocas inestables pero se la negamos a los demás. Queremos eficacia pero coaccionamos los intentos de otros. Y vamos aumentando, como Fausto, nuestra ambición sin límites, la insaciabilidad, el desprecio a lo ajeno, creyéndonos inmortales. No lo somos. Hemos de llevar cuidado, podemos enfadar a ese diablo servicial que se muestra solícito en demasía, «suplico a vuestra codicia que no os haga perder a vos esos preciosos momentos, y a mí el trabajo» y conseguir que nos deje a solas con nuestra culpa, solo permitiendo que revivamos eternamente el desprecio que sentimos por los demás. Permitiendo solamente que vivamos con nuestros demonios, como Fausto

MEFISTÓFELES.- Ahora, sígueme.
       (Desaparece con Fausto)

miércoles, 4 de abril de 2018

LAS ARTES Y EL ARTESANO



Hablar de Oscar Wilde es hablar de El retrato de Dorian Gray, novela de gran éxito en la última década de la literatura decimonónica en la que, probablemente basada en el Fausto de Goethe, destaca la obsesión del hombre por la belleza, por la juventud, por la armonía y por vivir bien, en plena libertad, pero también hay una auténtica reflexión del peligro que entraña todo esto.

Ésta fue la única novela del escritor, grandiosa, perfecta, llevada incluso al cine pero, sin duda, Wilde destacó como dramaturgo; en La importancia de llamarse Ernesto hizo reír a toda Inglaterra, con los equívocos (empezando porque Earnest significa también “serio” en inglés) y los sutiles diálogos de un agudo retrato de la sociedad inglesa.

Asimismo nuestro irlandés ejerció como cuentista de una sensibilidad exquisita, sensibilidad que no le impidió (o quizá precisamente por eso) criticar a toda una sociedad acaudalada que dominaba la época; al leer El príncipe feliz tenemos la impresión de estar ante un presagio de lo que le ocurriría al autor pues él, de familia culta y acomodada de Dublín, terminó en la miseria por diferentes causas, aunque el escándalo de su bisexualidad fue algo que no le perdonó la sociedad y por lo que se le encarceló durante dos años, destinado a trabajos forzados y, lo peor, separado de su mujer quien cambió a sus hijos el apellido para que no los relacionaran con él; sin embargo hasta el final de sus días, como El príncipe feliz, les estuvo pasando dinero para su manutención. Pocas mujeres recibirán de su marido poemas en los que el sentimiento de hacerles el bien esté tan reflejado como el que escribió A mi mujer, del que podemos destacar

Pues si de estos pétalos caídos
uno te pareciera bello,
irá el amor por el aire
hasta detenerse en tu cabello.

Y cuando el viento y el invierno endurezcan
toda la tierra sin amor
dirá un susurro algo del jardín
y tú lo entenderás

Poeta, novelista, dramaturgo, periodista y, ensayista; de esta última faceta es de la que me gustaría comentar un librito sobre las artes. Libro compuesto de breves ensayos sobre arte que aún hoy continúan en plena vigencia, porque el arte es algo ligado a la vida, y nadie mejor que Oscar Wilde para hablar de ella, pues a pesar de morir a los 46 años, incomprendido por muchos, admirado por otros tantos, adquirió de todos una total “experiencia”, «nombre que damos a nuestras equivocaciones».

El libro Las artes y el artesano es un tratado sobre el buen gusto, algo presente, o que debería estarlo, en todo lo que nos rodea, pues «Todas las cosas son bellas o feas, y la utilidad siempre se encontrará en el lado de las cosas bellas».

Esta filosofía de la existencia me parece increíble, fantástica, pues según ella, cualquier profesión, cualquier oficio puede estar dotado de belleza y nosotros, los hombres, estamos obligados a crearla ¿cómo? «Génova fue construida por sus negociantes, Florencia por sus banqueros y Venecia, la más preciosa de todas, por sus nobles y honestos mercaderes».

Estamos obligados a crear belleza porque «No queremos que el rico posea cosas más bellas sino que el pobre cree cosas más bellas» para dejar de serlo; esto es cierto, cuando alguien hace su trabajo con pasión, ya sea descargar cajas en el muelle, reponer en un supermercado, atender al público, administrar un medicamento o inventarlo, intentar formar personas morales o conseguirlo… Cuando alguien trabaja con afecto hacia lo que realiza consigue en quienes lo vemos lo mismo que un pintor al exponer su obra, un músico al tocar ante su público, un escritor al permitirnos leer su obra, o un cineasta al entretenernos. Consigue despertar en nosotros un sentimiento de admiración pues vemos en sus movimientos la elegancia que conlleva cualquier acción ejecutada con entusiasmo y nobleza. Hay unidad en todas las artes porque todas constituyen «distintas expresiones del pensamiento y emociones humanas ante las cosas bellas, trasmitidas a través de modos visibles o audibles».

En realidad para Wilde sólo hace falta una cualidad: tener naturaleza receptiva para reconocer un estilo y una verdad cuando nos son mostrados. Desde este punto de vista la unidad de las artes reside en el hecho de que «todas portan el mismo mensaje y hablan el mismo lenguaje con diferentes lenguas».

No debemos contentarnos con reproducir a la naturaleza, el arte no es una repetición sino una “re-creación”. Tampoco deberíamos contentarnos con distinguir entre lo útil y lo bello puesto que, siempre que se conecte al sentimiento, veremos belleza en lo útil; la belleza «tiene un valor ético y un efecto espiritual “Haciendo buenos trabajos elevamos la vida a un plano superior”». De esto se trata, de no conformarnos con un mundo mediocre poblado de gente mediocre que realiza trabajos mediocres. Hay que poner el alma en lo que hacemos para poder expresar nuestro júbilo, nuestro temperamento, nuestra personalidad, nuestra propia belleza, porque los demás, al igual que nosotros, no ven sólo con los ojos, «El sentimiento y el pensamiento son parte de la mirada». Para estar rodeados de belleza hemos de huir de labores monótonas y mecánicas realizadas en entornos aburridos y estos aparecen «cuando las ciudades y la naturaleza se sacrifican a la codicia comercial, cuando lo ordinario es el dios de la vida».

Todos, hasta los acróbatas o los gimnastas necesitan de un «cálculo matemático de curvas y distancias […] del conocimiento científico del equilibrio de fuerzas y de un perfecto entrenamiento físico» para ofrecer un bello espectáculo.

El autor se adelantó a su tiempo en todo, incluso en la moda, abominaba del corsé, del verdugado, el miriñaque, el alza bustos, porque no sólo coartaba la libertad de movimientos y salubridad en la mujer sino que, por eso mismo, eliminaba la gracia en el andar; deberíamos una vez más, aprender de los griegos y «colgar todas las prendas de los hombros y confiar la belleza al efecto […] del exquisito juego de luces y líneas que se consiguen gracias a la ondulación de los pliegues». Óscar Wilde en ningún momento quiere retroceder en el tiempo sino aunar la gracia clásica con la realidad de cada momento. Si lo pensamos bien no iba desencaminado viendo cómo ha evolucionado la moda… En fin, todo, «Las artes [como las ciencias] están hechas para la vida y no la vida para las artes».

Al leer Las artes y el artesano llegamos a la conclusión de que la belleza está en cualquier disciplina pues la esencia del arte está en la aceptación de los hechos de la vida.

martes, 6 de febrero de 2018

DAMAS OSCURAS


Acabo de terminar Damas oscuras, un libro que me regaló la dama más blanca, transparente y extraordinaria que pueda existir. Gracias Amaya. Sabe que me gusta el terror psicológico, algo de oscurantismo y la novela romántica, estoy convencida de que cuando leemos algo de terror, éste se engrandece y el ser humano activa todos sus sentidos, de ahí que, a pesar de sufrir al imaginarnos el relato, tanto niños como adultos, queramos saber lo que ocurre al final. «… allí estaba Médor, con las patas delanteras clavadas firmemente en el suelo. Tenía el cuerpo rígido y el pelo erizado […] La niñera estaba convencida de que tanto la niña como el perro habían visto algo que el resto no había percibido». Así que cuando vio el volumen (es de noviembre de 2017) no dudó en comprármelo. Estos actos, como tantos otros que he ido reseñando a lo largo de este blog, son los que me reconcilian con un mundo cada vez más grosero, alocado e incongruente, abocado por lo tanto a un Reanalfabetismo —puede que sea otra etapa histórica futura, como ya existió un Renacimiento cultural en el pasado–-. Pero hoy no voy a hablar de eso. A lo mejor, un día abro un apartado de pensamientos propios; hoy no, hoy estoy aquí para “hablar de mi libro”.

Me ha encantado. Damas oscuras está formado por cuentos escritos por mujeres durante la época victoriana. Hay un total de veinte mujeres, veinte relatos pues, de extensión desigual ya que encontramos cuentos desde el de Charlotte Brontë que ocupa cuatro páginas, hasta verdaderas novelas cortas de casi cien, como la de Mary Elizabeth Hawker, que curiosamente, o no tanto, debemos buscarla por su pseudónimo Lanoe Falconer. Esta autora en Cecilia de Nöel describe la religión a través de un fantasma. La novela está compuesta por varios capítulos titulados “evangelios”, en los que cada protagonista interpreta más o menos científicamente la existencia del fantasma que ocupa la casa de los Atherley. El cabeza de familia es un racional absoluto y, con gran dosis de ironía, tiene explicación para todo

—George –dijo lady Atherley– ¿qué es ese ruido?
[…]
—¿Qué ruido?
—Ese tan raro, que parecía el aullido de un perro
—Probablemente sea el aullido de un perro

Lady Atherley ve normal la existencia de su propio fantasma «nuestro fantasma campa a sus anchas por todas las habitaciones, e incluso por los salones y pasillos, así que no se me ocurre qué podemos hacer al respecto».

Y el racionalismo de Atherley llega al humor sarcástico al referirse a la iglesia «La última vez que fui a la iglesia, el predicador nos ofreció un informe tan detallado sobre las experiencias que nos esperan tras la muerte como si él mismo hubiera estado varias veces en aquel lugar en persona». Destacan los diálogos en estilo directo y coloquial cuando hablan los criados «vi un algo blanco que pasaba como un relámpago y me dio un golpe frío en la cara…».

Para algunos existen los fantasmas y son quienes no viven en paz en el más allá porque aquí no han sido buenos «algún día yo tomaría conciencia del peligro que corría mi alma». Otros, como el cura, se ofenden al ver que aún se cree en fantasmas «Personas en teoría sensatas acuden a mí para relatarme unos incidentes que me transportan a la Edad Media».

No debemos dejar escapar las ironías hacia la iglesia «el Viernes Santo […] dieciséis platos, la mayoría a base de pescado, sin nada de carne […] Incluso George dijo que no le importaría ayunar así.»

Y Cecilia de Nöel afirma que la otra vida no es un lugar «sino algo que nosotros creamos» el fantasma es reflejo de la muerte y desaparece ante la bondad absoluta «—Es suficiente […] Ahora ya sé lo que es Dios».

Veinte relatos diferentes con algo en común, todos tienen un fantasma al que hay que reubicar para que descanse y deje descansar.

Debemos agradecer esta joya literaria a la editorial Impedimenta, que ha tenido la fabulosa idea de reunir tanto a los relatos como a sus autoras.

Todas tienen en común pertenecer a la época del reinado de Victoria, una época que empieza con el Romanticismo literario y representa un cambio con el Realismo, así que en algunas escritoras encontramos características de ambos movimientos. Todas tienen en común que fueron esposas o hijas de pastores, influidas por lo tanto por la religión. Todas exponen en sus relatos a personajes dinámicos femeninos, aunque algunos de estos personajes deban morir y aparecerse después para demostrarlo o buscar la ayuda de un hombre.

Todas son feministas y pacifistas, curiosamente, algunas lesbianas, mientras que sus amigos eran hombres, lo que dice mucho del ambiente en el que se desarrollaba la mujer media de la época y el que aspiraron a tener estas escritoras quienes, casi todas, recibieron una buena educación y ejercieron profesiones de novelistas, ensayistas, críticas de arte, directoras o propietarias de revistas… Algunas, como la señora de Henry Wood (no usaba su nombre de pila) escribieron novelas que se tradujeron a varios idiomas o se adaptaron al teatro; otras, como Amelia Edwards, inspiraron sus historias de fantasmas apoyándose en otros fantasmas literarios anteriores; es curioso que Edwards tenga presente en La historia de Salomé a todos los hombres importantes de su generación y no aparezca alusión alguna a otras escritoras, de hecho el papel femenino es real absolutamente, un cero a la izquierda «Ella era judía, pero él la convertiría». Todas las páginas de La historia de Salomé mencionan a autores y obras famosas, lo que dice mucho de la cultura de la autora; hay citas de El sueño de una noche de verano (de Shakespeare), de El paraíso perdido (de Milton); hay indicaciones sobre románticos alemanes o ingleses «Recordé que Goethe había concebido aquí su teoría vertebral del cráneo; que Byron, demasiado tullido para caminar, tenía un caballo […] lo mucho que Shelley amaba la agreste soledad de este lugar, que escribió sobre él en “Julián y Maddalo” […] Todo parecía indicar que me encontraba tan solo como Enoch Arden en su isla desierta» –sacado de un poema de Tennyson–.

De esta época conocemos, sobre todo por los libros escolares, a Óscar Wilde, a Bram Stoker, a Robert Louis Stevenson, a Lewis Carroll, a Charles Dickens, a Arthur Conan Doyle, a Rudyard Kipling, a Joseph Conrad o a Thackeray. Es cierto que también son conocidas “las hermanas Brontë” (normalmente así, en grupo), Jane Austen o George Eliot (porque si la nombramos, no por su pseudónimo sino como Mary Anne Evans, la cosa cambia). Pero hubo muchísimas. El siglo XIX fue especialmente prolífico en la escritura femenina, novelistas, poetas, cuentistas, ensayistas, dramaturgas, o escritoras en general que representaron una sociedad bastante verosímil (aun en sus cuentos de fantasmas), destacada por abordar temas de una clase media emergente opuesta a la aristocracia.

Es cierto que en muchas de estas narraciones predomina el sentimentalismo, el moralismo y la caracterización realista, pero ninguna omite características propias del Romanticismo, porque en realidad son todas mujeres que ansían la libertad y se oponen a las normas no porque sí, sino porque razonan los fallos de muchas de ellas. Mediante metáforas intuimos su rebeldía ante la represión. Son mujeres que exploran el inconsciente y se introducen en un territorio sobrenatural adictivo (desde que el hombre tuvo conciencia de la muerte se ha planteado el más allá) que, seamos sinceros, en aquella época estaba favorecido por las lámparas de gas, por determinadas enfermedades que se descubrían “científicamente” como la histeria y por la vida aburrida y monótona que llevaba en general la mujer.

¿Y dónde están esas mujeres? ¿Quién las conoce hoy? Debo confesar mi ignorancia, pues no había oído hablar de casi ninguna; y mi alegría por haber tenido la oportunidad de leerlas a todas. Quedan más, no sólo inglesas, españolas, francesas, americanas, italianas… así que, por favor, ya va siendo hora de que pueblen las páginas de los libros; es perfecto que los alumnos conozcan que Frankenstein estuvo escrito por una mujer, aunque lo sería aún más ampliar las horas de literatura —casi me da la risa al decir esto— para que pudieran leer obras clásicas que entendiesen, obras que han sido llevadas al cine y les ha gustado la película, relatos cortos o novelas largas a partir de las cuales —seguro— e interesarían por la lectura, cada vez más olvidada entre los jóvenes.

No voy a comentar los veinte relatos pues sería un artículo interminable; sí quiero subrayar que, casi todas estas autoras se inspiraron en. Óscar Wilde, o en Charles Dickens, alguna de ellas estuvo patrocinada por ellos, y por supuesto admiraron a Walther Scott.

Es conveniente reseñar la valentía de Charlotte Brontë, quien se burla de Napoleón pues, tras un sueño con fantasmas hace el ridículo ante su mujer y las damas y caballeros que estaban en el salón de baile. Asimismo Elizabeth Gas Kell realizó la biografía de Charlotte Brontë, pero no sólo escribió ensayos sino que el humor elegante que desprenden sus páginas es comparable al de Dickens. Sus relatos de fantasmas son góticos, aunque como en La historia de la vieja niñera tienen un toque de realismo. Me encantaría nombrar a Rhoda Broughton, soltera, una de las favoritas del público, que acudía a las librerías de préstamo para leer sus libros, por el carácter desafiante y la personalidad controvertida que tenía y dejaba su huella en los personajes, para quienes lo onírico y lo sobrenatural formaban parte de lo cotidiano; Broughton escribió durante sesenta años y luego cayó en el olvido. Su cuento La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad adquiere la modalidad epistolar y mediante el humor critica las condiciones en las que tenía que vivir la clase media «Después de haber visitado, y creo que no estoy exagerando, todas y cada una de las residencias más indeseables del oeste de Londres, después de no haber encontrado nada a medio camino entre lo que podría considerarse apropiado para los recursos de un duque y la escasez de un deshollinador…». El humor irónico le sirve para exponer realidades de la vida cotidiana «Me resulta muy curiosa esa forma tan perversa que tienen los niños de fijar las fechas y temporadas más inconvenientes para sufrir sus enfermedades».

Violet Hunt destaca en La oración la búsqueda que en vida llevó a cabo para desafiar cualquier convencionalismo social, por lo que en este relato —buenísimo— que comienza in medias res, con la muerte del marido de la protagonista, consigue, tras una sentida oración «…nunca pediré nada más, ¡qué Él te devuelva a mí!...» que su marido reviva, pero ya no es una persona normal, de manera que él pasa seis años comportándose como un zombi en vida, un no muerto que no tolera la compañía, ni la luz, que no se inmuta ante nada ni nadie… que consigue que Alice Arner se sienta viuda a pesar de tener a su marido en casa «¿Por qué vistes siempre de negro, Alice? […] —A veces siento que vivo en una tumba. Entonces miro al techo e imagino que es la tapa de mi ataúd» Alice vive aterrada, siempre ha tenido miedo de los fantasmas y en su marido sólo ve un cuerpo. Por su parte, el señor Arner también lo pasa mal, está deprimido «y siento que necesito tomar drogas para calmarme»; así pues, tras hablar los dos y enterarse Alice de que él va «por la vida como en un sueño, un mal sueño» deciden poner fin a la situación y de mutuo acuerdo ella, mediante morfina, lo ayuda a morir, «ibas a terminar devolviendo el regalo que te habían hecho».

No quiero terminar sin nombrar a Mary E. Wilkins, quien en 1926 fue la primera persona en recibir la medalla William Dean Howells, distintivo que concede a los novelistas la American Academy of Arts and Letters; premio que juzgamos merecidísimo al leer El solar en el que se intenta razonar inútilmente ante lo paranormal, pues el pasado vuelve siempre para vengarse.


¡Inquietante!