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martes, 23 de septiembre de 2025

EL CANTAR DEL PROFETA

¿Distopía? Actualidad.

Situación en la que la derecha más fanática se permite un golpe de estado, entrando sin hacer apenas ruido hasta masacrar a todo el que no esté dispuesto a acatar la forma de vida que impone.

Los sistemas democráticos no valen nada desde que todo vale: se puede insultar, mentir, perseguir, encubrir, implicar sin que pase nada. Se puede ser cómplice de un genocidio porque no se le da ese nombre (la importancia del nombre, que se nos olvida) sino el de guerra, intentando justificar con ello actos deleznables impropios de seres humanos.

Y, a los que no nos toca de lleno, seguimos con nuestras vidas, nuestras fiestas, despropósitos, sin tener en cuenta a los que, incluso a nuestro alrededor, necesitan de ayuda mental, económica o social. Porque también están a nuestro lado. No necesitamos ir demasiado lejos.

Cuando terminamos de leer El cantar del profeta quedamos en shock; al menos, con la sensación de que no recibimos el flujo suficiente de sangre y pasamos la página y no hay más.

Emocionalmente, El cantar del profeta nos somete a una ansiedad constante, desde que damos comienzo a la lectura y somos conscientes de que no habrá salida para los protagonistas, «Esa sensación de que algo ha entrado en la casa […] Ahora, el jardín cada vez más oscuro ya no es algo que desear, pues parte de esa oscuridad ha entrado en la casa». La esperanza no tiene cabida en esta novela, catalogada como distopía pero que no es sino un fiel reflejo de la realidad.

Paul Lynch escribió de forma profética en 2023 lo que sería un futuro casi inmediato para determinadas personas y el pasado y el presente de otras miles que, a lo largo de la historia, se han visto perseguidas por gobernantes hipócritas, por locos del poder o, simplemente, malvados con dinero.

Este autor irlandés analiza, a través de la familia Stack, las circunstancias y características fundamentales que nos definen como seres humanos, desde el nacimiento hasta la muerte, pasando por la alegría, el sufrimiento, la felicidad, el sufrimiento, el amor, el sufrimiento, la humillación, el sufrimiento, el terror. El paso del tiempo se detiene en el horror que vive Eilish Stack, bioquímica, desde que su marido, Larry Stack, profesor, salió para una reunión con la policía y ya no volvió, Larry ejercía como sindicalista y estaba negociando mejoras para el gremio.

Eilish busca la verdad entre la realidad brutal en la que se ha visto inmersa: están desapareciendo vecinos de su barrio residencial; otros alardean de banderas en las ventanas; su hijo mayor, Mark, será llamado a filas en cuanto cumpla los diecisiete años; él no quiere, ella tampoco, pero mientras Eilish lo insta a que vaya a la universidad, Mark está decidido a luchar con los rebeldes contra el gobierno impuesto.

Los habitantes que pueden salen de Irlanda, los que no, se adaptan a la nueva realidad o desaparecen. Eilish tiene la oportunidad de escapar, pero no hasta que no vuelva Larry. Su padre, con principio de Alzheimer, no soportaría separarse de su hogar; sus otros hijos, sin embargo, Molly, Sidney y el bebé, Ben, corren peligro donde están y ella no sabe qué hacer. Conforme van sucediendo barbaridades, Eilish las difumina en su imaginación, donde «habla con Larry» constantemente a pesar de que él no puede ayudarla. La protagonista vive en un caos continuo en el que no existe el orden, la huida no es una opción, tampoco puede valorar la muerte por sí misma sino por el reflejo de lo que muestran los demás. Ya nada es como antes, «Si dices que una cosa es otra y lo repites lo suficiente, entonces debe ser así, y si sigues diciéndolo una y otra vez la gente lo acepta como verdad».

La prosa de Lynch es precisa, dura, sin embargo la leemos mientras la poesía que emana de ella nos contiene el aliento; a pesar del impacto consigue que profundicemos en nuestros propios sentimientos. Todos somos Eilish, todos somos capaces de experimentar lo que ella está viviendo porque todos hemos visto imágenes parecidas, «se repite la imagen de un profesor al que unos hombres de paisano llevan a rastras a un coche sin distintivos […] se ve a sí misma hace media hora comiéndose un sándwich mientras el tiempo estaba corriendo, el tiempo ya la había dejado atrás […] la larga caída de su corazón y aun así sigue cayendo […] El paso a tientas tras todos los pasos a tientas, tanteando la larga noche que se avecina».

A partir de una imagen, los sentimientos se suceden a través del lenguaje: el gerundio nos anuncia que es real, todo sucede a su alrededor y no va a parar; la aliteración de fonemas líquidos laterales crea un efecto sonoro que embellece la prosa al tiempo que acentúa el mensaje; la reiteración de fonemas nasales y oclusivos refuerza su destrozada emoción y la tensión propiciada por el doloroso desorden que está viviendo.

Molly está experimentando unas condiciones nuevas, un estado totalitario que no se aviene a sindicatos o derechos, unas circunstancias en las que nadie puede ayudar a nadie. Cuando es consciente, se hace una con Larry, quiere transmitirle la fuerza necesaria para afrontar lo que le espera y que él se la pase a ella, «ahora nota su fuerza y la conoce, se adentra en ella y la estrecha contra su propio cuerpo».

El tema de violencia desmedida propaga por la novela que el ser humano no puede vivir en armonía. Todo es una larga lucha que finalizará, probablemente, con la muerte. El estilo es implacable, los largos capítulos no dan tregua, la ausencia de marcas en los diálogos son reflejo del desorden interior de los protagonistas. Sin embargo, la voz de Lynch es directa, de manera que la crítica social es significativa y evidente, con cierta ironía en un tono poético cargado de rechazo hacia el abuso de poder.

La narrativa es de fácil lectura, a pesar de las metáforas o precisamente por ello. Busca objetividad en lo que expone pero la emotividad invita a la reflexión crítica. El estilo pues, marca la incongruencia entre la ética y la justicia. Los antónimos dan fe de ello. Las anáforas asindéticas, también: «las noticias son la verja de la entrada cerrada por última vez, la casa oscura […], el semáforo constantemente en rojo[…], el coche al que no franquean el paso, las noticias son el aire cada vez más escaso […], las tiendas sin abrir…».

El cantar del profeta es el día a día, momento a momento de una guerra sobrevenida tras un golpe de estado; cómo van amedrentando a los rebeldes hasta dejarlos sin identidad, sin alimentos, sin casas… Si no te avienes al nuevo régimen no existirás.

¿Distopía? No sé. Empezamos a vivirlo. Unos antes que otros. El profeta, no cabe duda, es Paul Lynch. El poeta, también.

miércoles, 28 de febrero de 2024

LAS HERMANAS JACOBS

No había leído nada de Benjamin Black y después de terminar esta novela estoy desolada. En fin, desolada por varias razones: ha recibido el premio Kafka, el Príncipe de Asturias, el austriaco de Literatura Europea, el Man Broker… y yo no sabía de su existencia. Tampoco conocía que su nombre verdadero es John Banville pero le gusta firmar con seudónimo cuando escribe novela negra. Esto tiene arreglo, claro. Y demuestra que estaré aprendiendo hasta el final.

Otra razón de mi inquietud es que el final de Las hermanas Jacobs me ha dejado cierto pesar aunque, no obstante, no me ha impedido disfrutar de la prosa de Black.

Según afirma la editorial en la solapa del libro, Las hermanas Jacobs es la primera novela en la que el policía Strafford y el patólogo Quirke investigan juntos un caso. Creo que nunca saldrá a la luz literaria una pareja con menos magnetismo entre ellos.

Precisamente por eso los lectores esperamos constantemente ver cómo se mueven en la investigación, pero va cada uno por su cuenta y cuando se juntan es como si saltaran chispas entre ellos. No pueden ser más diferentes. En eso reside el encanto, en la originalidad de unir a dos perdedores atormentados que sobrellevan su desgracia de forma totalmente distinta. Mientras el médico es rencoroso y amargado, el policía es algo abúlico, probablemente por su complejo de inferioridad, «Quirke se encogió de hombros […] Claro que Strafford era también un simulacro […] Pese a su timidez, era un imbécil engreído. Al carajo con él. Encendió otro cigarrillo».

La novela va mucho más allá de la resolución de un crimen. En un garaje, dentro de su coche, aparece muerta Rosa Jacobs, al parecer por inhalación del gas del tubo de escape. Pero algo en la puesta en escena, la manguera que forma un circuito cerrado entre el tubo y el interior del vehículo, hacen sospechar de un asesinato al inspector de la Garda irlandesa, el protestante John Strafford, y al doctor Quirke, viudo a consecuencia de un ataque en España, en el que estuvo presente Strafford sin poder hacer nada por su esposa.

La investigación, una vez con la seguridad de que es un asesinato, los lleva al Trinity College, donde Rosa estaba realizando su doctorado con el profesor Armignac, y hasta la familia Kessler, padre e hijo alemanes que, extrañamente, tenían negocios en Israel.

Para el entierro de Rosa acuden su padre y su hermana, Molly Jacobs, una periodista, con amigos en Israel, que también se verá implicada en los hechos desde el momento en que otra periodista es asesinada en Tel Aviv. La trama se va enrareciendo; muertes que parecían accidentes; inocentes, que no lo parecen, son responsables con gran poder político y eclesiástico; amenazas veladas y directas de la iglesia al propio inspector jefe de la policía, Hackett, que se verá en la disyuntiva de abandonar la investigación o quedarse sin la retribución de su próxima jubilación… Y un culpable que parece tan inocente que no logran atraparlo.

Nos enteraremos de la verdad, a medias, por la confesión de uno de los principales sospechosos, que a su vez se suicida ante el propio Strafford, y por las páginas del diario donde el asesino, machista, xenófobo, psicótico, o simplemente soberbio desequilibrado, cuenta lo que ocurrió desde el principio.

En fin, nos quedamos afligidos porque esperamos que la justicia actúe tras descubrir la verdad, sin tener en cuenta que, en la realidad, hay asesinos que siguen en libertad, hay poderes políticos que se corrompen y hay poderes eclesiásticos que actúan a modo de dioses decidiendo lo que es o no permisible. Las hermanas Jacobs es un retrato del horror de una guerra, cualquiera, y de las consecuencias más despiadadas e inhumanas (hasta ahora) que se han llevado a cabo: el Holocausto.

¿Quiénes son los protagonistas de Las hermanas Jacobs? Está claro que ni Strafford ni Quirke tienen un papel relevante. Ellos intuyen pero no demuestran lo que pasó, no tienen pruebas. La red politicosocialeclesiástica urdida alrededor es tan tupida que apenas pueden avanzar.

Creo que el narrador es el verdadero protagonista. Es el que dirige el relato, quien se introduce en los diálogos para sacar a flote sus pensamientos, como si perteneciesen a una memoria no programada, involuntaria. El narrador consigue que lo de menos sea el caso. Al lector le atrae tanto la resolución de los asesinatos como qué pasó con los protagonistas. Atormentados. Y qué pasó con los supervivientes de una guerra cruel. Atormentados. El paso del tiempo es el encargado de modelar a Quirke, Strafford, Kessler, Jacobs… y al mismo tiempo consigue que los lectores reflexionemos sobre las relaciones humanas, sobre las clases sociales, sobre el poder… Conforme vamos leyendo descubrimos aquellos acontecimientos que hicieron de los personajes lo que son en el presente y todos sentimos cierta empatía, con ese policía indolente o con el patólogo alcoholizado, en algún momento. Todos deseamos que la vida les sonría aunque Benjamin Black sea ferozmente realista y los obligue a llevar una vida mediocre.

Basta un olor, una mirada, un roce para que acudan a la memoria sucesos desordenados, «dedujo lo que estaba pensando ¿Qué clase de hombre pretendería olvidar su pena en una sala de disección? […] La muerte es un concepto abstracto. No es un acontecimiento de la vida […] Los que se quedan atrás son quienes sufren». En las reflexiones del narrador, introducidas bajo el punto de vista de cualquier personaje, intuimos a John Banville; es el autor quien, muy lentamente, hace que los lectores vayamos ordenando esos sucesos en una línea temporal, hasta poder concluir cuáles son los causantes del conflicto y cuál es la personalidad que acarrea cada uno de los implicados en la trama, «… así lo veía Strafford […] no le inquietaba. Los seres humanos se conocen muy poco entre sí […] Ni siquiera era seguro que ella lo hubiera abandonado. Sencillamente se había ido y hasta la fecha no había vuelto».

El autor experimenta con la escritura hasta que los pensamientos de algún protagonista se transforman en verdaderos monólogos interiores, que contienen la experiencia humana atemporal. La prosa se llena de detalles sensoriales, por lo que en todo momento se capta a la perfección el juicio de los personajes, «Se puso unos pantalones de pana y su vieja chaqueta de tweed con coderas de cuero […] Recordó la inmaculada chaqueta de loden de Wolfgang Kessler […] Al igual que Quirke estaba convencido de que Kessler era un farsante. Pero ¿qué tipo de farsante?».

Benjamín Black no abandona la función controladora que ejerce con maestría sobre los personajes, incidiendo en su propio discurso, para exponer las emociones que le sugieren los dos protagonistas y para reflexionar, con dureza, sobre la condición humana, «De igual modo podría haberse actuado contra los zurdos o los pelirrojos. La necedad humana no conocía límites».

Creo que hay que convenir con Black en que la raza humana, además de estúpida, es peligrosa.

Las hermanas Jacobs es una acusación implacable del odio atemporal y del rencor actual «—Conseguiremos la tierra. La tomaremos. Ya lo verá».

martes, 27 de abril de 2021

HAMNET



Es unánimemente reconocido que Shakespeare fue un genio, lo es. Hace años pensaba que este afán de los españoles por infravalorar lo propio era la consecuencia de tanto alboroto por el bardo de Avon. Acababa de leer la Primera Parte del Quijote y era de la opinión de que nadie podía igualar a nuestro Cervantes. Hasta que leí El sueño de una noche de verano ¿Cómo es posible magia, humor, ingenio, color, en una obra? Luego leí las grandes tragedias. No sabría por cuál decidirme. Puede que por Othelo, pero está claro que mi juicio sobre Shakespeare cambió. Es difícil superarlo. Lo lees y lo vives a pesar de haber escrito para ser representado. La fuerza de la escritura es tal que consigue llevar las palabras a la mente del lector y que estas formen ahí el mundo imaginado por su autor.

He analizado muchas obras de Shakespeare. Su vida está más difusa. No me importaba, probablemente esa imprecisión contribuía a que el mito creciese en mi interior.

No voy a comparar a William Shakespeare con Maggie O’Farrell, no se me ocurre. Pero algo ha sucedido dentro de mí al leer su novela. Sus palabras han conformado una realidad patente que me ha atrapado. Cada vez que abría el libro la angustia crecía, pero era incapaz de dejar de leer. Sabía lo que ocurrió con Hamnet pero nunca me había parado a pensar en cómo sería ese niño, ni en su vida ni, sobre todo, en su madre. Agnes (Anne) es la verdadera protagonista durante toda la novela. Una novela cuyo tiempo externo no coincide con el interno. Hamnet comienza in medias res, cuando el pequeño busca desesperadamente a alguien de su familia para que ayude a su hermana gemela Judith, que se encuentra muy mal.

Mediante digresiones y analepsis vamos sabiendo la historia familiar, la infancia del escritor, la relación con su padre, un fabricante de guantes caído en desgracia ante el pueblo por su corrupción, avaricia y maldad; cómo se enamoró de Agnes, cómo fueron a vivir junto a los padres de él, cómo tuvieron a sus hijos, cómo él se trasladó a Londres y cómo murió el niño. A partir de ahí, la soledad, la muerte de Agnes que, como madre, es incapaz de asimilar que no verá más a su hijo.

Es increíble la capacidad de O’Farrell para introducirnos en el ambiente del siglo XVI, la vida natural del campo, la alta densidad de población en la ciudad, su ajetreo y el ambiente cultural frente a la tranquilidad y primitivismo del pueblo.

Pero es el manejo del léxico y sobre todo la mezcla de tiempos y modos verbales lo que consiguen que mantengamos la tensión en todo momento. No hay nada seguro en la novela, aunque sepamos el final. El narrador intenta establecer, con el uso del futuro, una distancia temporal en la que casi nunca se confirma lo propuesto, a pesar de que ofrezca cierto carácter imperativo, como si los deseos del personaje se transformasen en órdenes en la mente del narrador. Con el futuro, además, la intensidad de los hechos aumenta, por lo que resulta abrumador «Judith estará arropada entre sábanas limpias […] hará una mueca porque el remedio es amargo, pero se lo tomará […] Hamnet llega a la alcoba […] Respira poco y deprisa». Al combinar dos tiempos verbales, el presente es el que aporta la coherencia real al escrito, pero a pesar de ser más dinámico, no consigue relajar la tirantez pues, ha hecho desaparecer parte de la omnisciencia del narrador.

Hamnet supone una relativización del realismo. Ante nosotros aparece un mundo edificado al amparo de la literatura en el que los rodeos a la hora de hacer continuar la acción muestran la relación efectiva con la realidad. El relato imaginario del futuro se coloca frente al del presente. Los cambios bruscos de tiempo y espacio que aparecen contrastan con la profundidad psicológica que denotan las acciones de los personajes o sus diálogos, en los que la repetición anafórica confirma la excitación, la inquietud que ha dominado al protagonista «—¿Alguna vez has visto que […] ¿Alguna vez has visto que se pusiera de mi parte? ¿Alguna vez has visto que […] —A lo mejor si esperas […] —No soporto esperar».

Cuando el narrador quiere que se introduzcan hechos posteriores, o deseos, recurre a una prolepsis difuminada por medio del condicional. De esta manera puede mantenerse en el presente narrativo aunque cuente lo que sucederá en un futuro; el ritmo del relato decelera al tiempo que los personajes van tomando forma, van desnudando su yo íntimo ante el lector; avisan de sus actos y de los cambios surgidos en su evolución. El condicional cambia su valor temporal por otro modal en el instante en que describe acciones efectuadas en un mundo posible, no en el real de la narración. «Eliza no vivirá allí con su marido el sombrerero, desde luego que no, sino ellos […] Su hijo ya sería mayor…».

Es increíble como Maggie O’Farrell es capaz de subjetivizar el realismo de la novela, a sus personajes y a su protagonista. Protagonista que es en realidad el dolor de la mujer. El que parece protagonista, el padre de Hamnet, el enfrentado a su familia, el amante de su mujer e hijos, el autor de éxito, que curiosamente no tiene nombre en la novela, es nominado como “El preceptor”, “su hermano”, “mozuelo”, “el marido”, “el hijo”, “el padre”, “su cuñado”, “el joven”, “el hombre ese”. No aparece William Shakespeare en ningún momento, otra causa de la relativización del realismo, de la escritura literaria cuya autora es O’Farrell, y ha querido conceder toda la importancia, el peso de la novela, a la mujer. Joan, la madrastra, será quien eche a Agnes de su lado para que resuelva sola sus problemas. Mary, su suegra, la acogerá, Eliza, su nuera, la querrá como a una hermana. Susanna, su primogénita será querida antes de nacer. Agnes no necesita más. Su sensibilidad y amor por la vida conforman un mundo en el que lo importante es eso, la vida y todo lo que la conecta a ella. Agnes no escapa de la realidad circundante sino que la yuxtapone a la que percibe en su mente «Agnes ve que Mary está pensando en su hija, Anne, que murió de peste a los ocho años […] sabe que la pequeña Anne está ahí, en la habitación». Agnes se mueve en una realidad maravillosa en la que solo encaja aquél que puede encontrar la belleza en la naturaleza que le rodea. Cuando queda embarazada de Hamnet es incapaz de sentir esa seguridad, todo da un giro violento, el parto no es sosegado como el de Susanna y desde el momento en que sucede nos viene a la mente la primera imagen preocupante que leímos en la novela. El dolor de Agnes, su duelo infinito, la oprime hasta el punto de destrozar su vida entera.

Una vida destrozada y un dolor que se intensifican en cada página con una técnica que parece propia del cine. La autora congela la imagen, une tiempos, usa oraciones cortas en las que el gerundio aporta la sucesión continua de acciones, igualando presente a futuro, congelando la imagen descrita en la que los personajes, aunque intenten actuar con rapidez, quedan enfocados por el narrador en una perspectiva estática, hasta dar la impresión de que en realidad están parados, son una fotografía que no pertenece a ese tiempo «Pero, ¿dónde está su madre ahora? Cruza y descruza los tobillos. Correteando por el campo, vadeando estanques, recogiendo hierbajos, saltando cercas […] Estará dando un espectáculo, como de costumbre, parada, contemplando…». Paradójicamente esta suspensión del tiempo capta la atención por encima de cualquier elemento narrativo. Al detener el tiempo, el contraste hace que el movimiento tenga todo el sentido. Las secuencias correlacionadas establecen la trayectoria de los personajes, de ahí que siempre aparezca el presente.

El tiempo no pasa aunque el personaje cambie la acción, aunque varíe el personaje. La narración avanza inmóvil, en una sucesión de imágenes expuestas que se instalan en la mente del lector, hasta que llegan al clímax narrativo en una especie de silencio: «La carta de Eliza se la lleva un muchacho […] El muchacho la guarda […] la lleva a la posta […] El maestro de postas […] El hospedero tiene que esperar […] la carta pasará de mano en mano […] Un niño pequeño […] agita una carta […]Tiene que salir, tiene que irse de ahí […] Percibe una mano en el hombro […] el joven trota calle abajo […] Lo ve marchar entre el bosque de piernas que lo rodean».

No hay un solo clímax, la novela está llena de ellos porque en todas las secuencias el dolor de Agnes es capaz de romper su alegría. Lo que no consiguió la falta de padres, la humillación de su suegro, la abulia de su marido, lo logró la muerte de su hijo, eso es lo que hace que se rompa «ella no encuentra, no localiza el espíritu de su propio hijo». Y de nuevo la literatura es capaz de establecer un puente salvador con la realidad más dura «Su marido lo ha devuelto a la vida de la única forma que podía».

viernes, 10 de agosto de 2018

CONVERSACIONES ENTRE AMIGOS



Dos de las personas que más quiero, estuvieron viviendo y trabajando en Dublín durante más de cinco años. Esto supuso que viajara a la capital irlandesa una o dos veces cada año. Será porque iba a ver a Lara y Alberto o será porque la ciudad tiene magia, el caso es que me encantó Dublín, me encanta; su sólo recuerdo hace que me sienta bien. Ahora ya no voy, ellos están en España, pero me han regalado un libro de una irlandesa, jovencísima, con el deseo de que rememorase instantes allí vividos; y con ese espíritu empecé a leer Conversaciones entre amigos. Al principio me decepcionó un poco porque lo que ocurría en la novela podría pasar en cualquier parte del mundo; después fui encontrando datos y direcciones que me trajeron a la mente mis propias conversaciones allí, pero en realidad eso no es lo importante. Lo fundamental de Conversaciones entre amigos es cómo engancha Sally Rooney desde el principio con su forma de narrar y con el argumento expuesto.

La novela apenas tiene acción; casi todo se desarrolla en interiores: diferentes casas, algún pub y la biblioteca de la facultad a la que pertenece Frances, la protagonista de 20 años, estudiante y con escasos recursos económicos, por lo que debe encontrar algún trabajo extra para poder subsistir. Sin embargo el ambiente en el que se mueve es opuesto al suyo. Su amiga, examante Bobbi vive de manera holgada, no tiene problemas para vestir bien, comer bien y estudiar sin estrecheces; es feliz y se le nota, sincera, despreocupada en los asuntos triviales del día a día y sin embargo activista en contra de todo aquello que huela a tradicional y políticamente correcto. A Frances le gustaría parecerse a Bobbi, y de alguna forma le guarda rencor por haber sido ella quien decidió dejar la relación de pareja y mantener sólo la amistad, hasta que conoce a Nick, un treintañero que está pasando por una mala racha en su matrimonio y en su trabajo como actor, y del que se enamora perdidamente. Frances acepta verlo sin que él deje a su mujer, Melissa, quien conoce a las chicas en una velada poética y las lleva a su casa para hacer un artículo sobre la poesía de Frances, incluso las invita a pasar una temporada en casa de unos amigos en Francia. Ahí empiezan los verdaderos problemas, porque Frances, ingenua y debutante en ese tipo de relaciones, no se da cuenta de que está siendo utilizada por Melissa, hasta que, cuando Nick se recupera de su depresión, decide recuperarlo ella también. En realidad esa era la intención verdadera de Melissa, conseguir que alguien le devolviera a su marido con la misma energía del principio, alegría que, entre otras razones, se le fue porque ella, su mujer, estuvo acostándose con otro. Melissa es fría, calculadora y no le importa herir a quien sea para obtener lo que quiere.

Formalmente la novela está dividida en dos partes. La primera se compone de 17 capítulos que abarcan desde que conocen al matrimonio hasta que termina la estancia en Ètables, y la segunda consta de 14 capítulos, del 18 al 31 en los que todo vuelve, o se pretende, a la normalidad; el verano ha terminado y, poco a poco, las relaciones también.

Ambas partes se caracterizan por la inclusión dialógica en la narración, a veces sin guiones, a veces sin el nombre de la persona que habla ; es más, cuando se trata de reproducir mensajes o correos electrónicos, puede que cambie de línea aunque sea la misma persona quien escriba, no la que responde como cabría esperar. En ocasiones, sin embargo, la reproducción es exacta:

Nick: estás despierta?
Yo:    sí
Nick: a ver, escucha
Nick: no sé qué quieres
Nick: es evidente que no podemos vernos muy a menudo…

El uso de la minúscula en todo momento evidencia también la modernidad de la escritora, adaptada a las redes sociales actuales.

Así pues, la diferencia reside básicamente en el contenido. En la primera parte Frances oculta a todos su relación con Nick, incluso viviendo en la misma casa, hasta que Bobbi se entera por él, y Melissa se entera porque es obvio.

No, no lo hagas, dijo Nick. Frances está… eeeh… Oh, Dios. Está aquí conmigo.
Hubo un largo silencio. Yo no alcanzaba a ver la cara de Bobbi, ni la de Nick…

Nick aún estaba en la cama cuando Bobbi y yo nos marchamos a la mañana siguiente. Melissa nos acompañó […] y nos observó en silencio mientras subíamos al autobús.

En la segunda, a Frances se le complica todo, su salud, la relación con sus amigos, empeora el vínculo con su padre, alcohólico, que saca a flote su desgraciada infancia y afecta aún más a su situación económica y, por supuesto, baja su rendimiento académico, hasta que, como en un tiempo circular, todo vuelve a estar como antes

Al caer la tarde paseábamos por Phoenix Park resguardadas bajo un paraguas cogidas del brazo y fumando al pie del monumento a Wellington

También está lo mío con Bobbi, que es importante para mí.
A mí me lo vas a decir, repuso Nick. Yo estoy casado […] Ven a buscarme, dije.

Indudablemente lo mejor son los diálogos, con expresiones completamente vigentes:

No había demasiadas imágenes de Melissa en internet […] No sabía cuánto tiempo llevaba casada con Nick. Ninguno de los dos era lo bastante famoso para que esa información circulara por la red.

Resulta muy raro […] descubrir que es muy observador y no se le escapa nada. En plan: ¿Dios, qué habrá visto de mí?

La locución comodín «en plan» está de total actualidad, bien como en el caso anterior, como la síntesis de una comparación, o bien como explicativa

Pero al mismo tiempo me hacía sentir muy poderosa, en plan, si vas a dejar que te bese, ¿qué más me dejarás hacer?

Mediante la narradora protagonista, Frances, vamos descubriendo sus miedos, sus traumas, su carácter… el de los demás aparece en la agilidad de esos diálogos, que llegan a ser por completo reflexivos y profundos en ocasiones, sobre todo para manifestar a la nueva mujer:

Bobbi:  si piensas en el amor como algo más que un fenómeno interpersonal
Bobbi:  y tratas de entenderlo como un sistema de valores social
Bobbi:  es lo antitético al capitalismo […] pero al mismo tiempo se pone al servicio del capitalismo y lo perpetúa
Bobbi:  p. ej. las madres que crían abnegadamente a sus hijos […] pero en realidad solo sirve para proveer gratuitamente de trabajadores al sistema

Hay mucho de novela actual, de hecho el asunto recuerda a la mitología cultural ya que es, si lo reflexionamos bien, un ensayo fundacional de la sociología contemporánea. Frances es un mito de femineidad actual, solitaria, algo excéntrica, pues se autoinflige dolor físico para hacer desaparecer el espiritual que la atormenta constantemente sólo por el hecho de que le falta seguridad en sí misma, de ahí que se repliegue en ella misma y no quiera ser controlada por nadie, ni siguiera por su mejor amiga, su amante —quizás porque se vio abocada a ello por falta de autoestima— Bobbi, la otra cara de la moneda en el mito femenino entre las chicas actuales, guapa, bulliciosa, intelectual, reivindicativa y mimada por su familia acomodada; no quiere manejar a nadie y va con la verdad por delante pues ha asumido su sexualidad y su condición y la pone como escudo ante posibles daños. Frances y Bobbi vivieron una relación de pareja, que luego quedó en pura amistad, y Frances cambió de orientación sexual hasta que Nick salió de su vida. En realidad no se da cuenta, o no quiere hacerlo, de su bisexualidad, hecho que de haberlo asumido la habría ayudado a madurar, y sin embargo deja su situación como al principio aunque asegure ir con la verdad por delante.

Conversaciones entre amigos es una novela que, aun basándose en la literatura tradicional, el triángulo amoroso lo hemos visto en abundantes obras; la chica rica feminista, amiga íntima de la pobre necesitada de amor, entre las que crecen sospechas, reproches y arrepentimientos nos recuerda, grosso modo es cierto, a Jane Austen y Emma y nos la recuerda en su total plenitud si atendemos a la ironía de Rooney «Soy normal, pensé. Tengo un cuerpo como todos los demás. Luego me rasqué el brazo con saña hasta sangrar», es una novela contemporánea, con una antiheroína actual, inmune a todo porque sólo disfruta con lo que le gustaría tener y es incapaz de hacerlo con aquello que ha conseguido, aunque sea el amor «Su piel estaba sudorosa y jadeaba con fuerza. Sentí que mi cuerpo se abría y cerraba como un vídeo en stop-motion de una flor […] y la sensación era tan real que creí estar alucinando».

El resto de personajes también son coetáneos, actúan con un concepto diferente al tradicional de moralidad «En cierta ocasión, mientras nos preparaba la cena, lo oí hablar por teléfono con Melissa […] Ese era el papel en el que parecía sentirse más cómodo, el de escuchar y hacer preguntas inteligentes que demostraban que había estado escuchando».

El caso es que mediante sus conversaciones llegan a conocerse a la perfección y nos hacen partícipes de ello a los lectores. ¿Será este el mensaje de la autora, que se debería hablar más en esta sociedad individualista y egoísta para encontrar que podemos no ser tan particulares ni ególatras como nos gusta creer? «Melissa me sostuvo la mirada y sacó un paquete de cigarrillos. No creo que Frances idolatre a nadie, dijo. Me encogí de hombros, impotente.»

El otro mensaje, que subyace en toda la novela, es uno de los problemas más graves de la sociedad moderna aunque aquí esté reflejado en Irlanda, el alcoholismo es una epidemia que entra las familias, en las ciudades y sólo sirve para destruir «No es fácil describir con exactitud en qué consistían aquellos cambios de humor de mi padre. A veces se iba de casa un par de días y cuando volvía lo encontrábamos vaciando mi hucha del Banco de Irlanda, o descubríamos que se había llevado la tele».

La introducción de coloquialismos y la banalización de la violencia contra uno mismo o hacia los demás, las ubicaciones reales, las meditaciones concretas, alejadas de cualquier metáfora, confirman una redacción auténtica con estilo directo, sincero y, por lo tanto, elevado. El lector intuye una crítica de la multitud que conlleva la actualidad, la deshumanización social, y sin embargo la autora pretende que asumamos, cada uno, el punto justo intermedio en el que nos movemos. «Subestimas tu propio poder porque así no tienes que sentirte culpable cuando tratas mal a los demás».

Hay multitud de temas en la novela para mantener verdaderas conversaciones entre amigos. Yo me he sentido identificada con alguna situaciones (¡creo que todas negativas!), ante otras, sin embargo no he mostrado empatía, pero ninguna deja indiferente.

Si Conversaciones entre amigos es la primera novela de Sally Rooney creo que nos encontramos ante un nuevo mito de la literatura que servirá para engrosar, aún más la larga lista de autores irlandeses que tanto nos ha dado al resto de mortales.