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domingo, 14 de junio de 2020

LA RANA VERDE


Hay cosas que, como profesora, llegan muy adentro. Tener una buena alumna. Que sea muy buena persona. Formar parte del elenco en la representación de Malas y que resulte un éxito. Disfrutar de ratos hablando sobre temas diversos. Comentar ante un café cómo va la vida, ya en la Universidad. Todas estas experiencias las he vivido con Aida, pero además, el 5 de junio me enseñó su primera novela. La Rana verde. Con veinte años ha escrito una novela profunda, difícil. Una novela que se desarrolla en una Cartagena, o en los barrios de esta ciudad, que apenas queda descrita porque lo que importa es La Rana verde, un local de copas y alterne por el que los personajes, allá en la década de los 70, se mueven al compás de Ray Charles, Van Morrison, The Rolling Stones, Cat Stevens… Los grandes de la música entran a formar parte de la historia.

La novela está dividida en tres partes desiguales. La primera, compuesta por 53 apartados, bastante cortos, alude a otras tantas canciones o iconos de la música Rock. La segunda parte hace referencia al siglo XXI, han pasado 40 años y el lector participa de los cambios que han tenido lugar en las vidas de Arturo, Amalia, Paco o María. Las drogas, el alcohol, los reproches, la culpa y el rencor han ido minando a unos seres que de alguna manera no están supeditados a la realidad «Contemplemos, por instante, su extensa inocencia. Sí, por delicadeza perdería la vida».

La tercera parte, sin divisiones, muy corta, es una reflexión sobre el proceso de creación de un artista, «tiró uno a uno los cigarros que quemaba, las fotografías que se rompieron […] los recuerdos ahogados en canciones y en café […] ¡Adelante!, llegó al final». Eric Clapton le recuerda a un autor metaliterario que nadie se va a desvanecer; todos los personajes quedarán en su memoria y, por supuesto, en la del lector que asiste, asombrado, a este Bell Botton Blues. Asombrado, a pesar de que antes haya cruzado por nuestra mente la posibilidad de estar ante una nivola unamuniana, en la que los personajes, disconformes, hablan con su autor, «Te mato, y me mato. Sin ti, Arturo Román no existe, al igual que tú no podrías existir con él».

Aida Isabel Arce
no escribe una nivola. Su madurez extraordinaria la ha hecho capaz de aportar un giro cultural a las letras. Las palabras se interrelacionan para formar una estructura compleja, una red de situaciones y estrategias vividas fuera de toda norma en las que se unen personajes reales y ficticios, lugares internos que pueblan la memoria para competir con los que nos rodean, realidades diferentes que transforman la personalidad de los protagonistas en un cúmulo de contradicciones.

Arturo, Paco, Amalia, se cuestionan normas morales que se desvanecen pronto para aparecer de nuevo en cualquier momento. Son personajes atormentados, malditos, creados para dañar lo que tocan al ritmo de blues, de la cadencia lírica de la poesía o de los recursos literarios narrativos.

Está claro que, a pesar de ser una novela intimista el humor se asoma en ocasiones mediante la animalización, simplemente para mostrar una reacción distanciadora del narrador frente a la penosa situación que establece en las relaciones humanas, «ante la mirada atenta de algún cansado gato callejero que se convencía de querer escucharlas».

Las repeticiones se multiplican; en ocasiones encontramos el grado superlativo como introductor de la hipérbole y la anáfora para reafirmar los sentimientos que el propio narrador le atribuye al personaje, al tiempo que emplea estos recursos para viajar a un pasado que intenta descartar las posibilidades actuales, «Sus labios eran de un carmín sobresaliente y se movían brillantes, ansiosos, gruesos… y tanto había crecido, tanto habían crecido […] era ella, tenía que serlo…».

A veces la narración pasa a primera persona dejando al personaje que se exprese libremente, dejando que las asociaciones caóticas que pueblan su pensamiento le sirvan de vehículo para organizar sus ideas. El lector se enfrenta a alguien despojado de cualquier convencionalismo social, alguien que puede retroceder por momentos al pasado para ofrecernos su caos ordenado «ya no me queda nada, ni mucho, ni poco, ni familia […] Creo que debería dejar de fumar y la verdad es que es bastante gratificante darse cuenta de la lejanía de los edificios».

A través de la sinestesia vincula con facilidad sensaciones internas a algún sentido físico. Las aliteraciones y la paranomasia se suman aportando un ritmo específico, que nos recuerda al creador de estas asociaciones. El ritmo de La Rana verde se intensifica entonces, «melodías indebidas e indecentes llevaban a su mente viejos a la par que dulces recuerdos», pero cuando estas impresiones se reúnen con el cine «aquella Mae West» y el simbolismo más típico de la literatura del XIX, «A, negro; E, blanco; I, rojo; V, verde; O, azul», aparece la intensificación de la imaginería sensual que Arthur Rimbaud empleó en su poema Voyelles.

El sentido ordinario de las palabras se transforma en un círculo de evocaciones trascendentes. También a Arturo, como a Arthur, le gusta humillar a los demás, también se siente maldito y está enganchado a las drogas y al alcohol, también tiene una concepción dual de la mujer, alguien que sugiere sexo y muerte, vida y decadencia. El ritmo es evidente en la prosa de Aida Arce, a veces las personificaciones aparecen como paranomasias para formar versos de los renglones, «Las copas que llevaba sobre aquella vieja bandeja medio oxidada bailaban inocentes e inconscientes». Y otras veces es la propia poesía, que el propio Arturo inserta en la narración en tercera persona, la que convierte los poemas en relatos autobiográficos del personaje; la soledad, el miedo al fracaso, el desamparo de Arturo eliminan cualquier rastro de dependencia moral y muestran a un ser no tan indiferente como quiere aparecer ante los demás

Tratemos de deshojar el momento de nuestras vidas en esa humareda de gris y humo que nos adelanta
[…]
Antes de cuestionar hay que presentarse.
Yo no tengo nombre, ni a lo mejor espejo.

Todo es un misterio por descifrar en los personajes de La Rana verde, el mayor interés radica en el subconsciente individual que va marcando el proceso de la escritura, hasta establecer una absoluta relación entre los protagonistas y su creadora. No hay una lectura única puesto que es una narración intimista, no está supeditada a la realidad. Cartagena, el Barrio de La Concepción, Las casas de Corea, son espacios reales pero no determinantes. Arturo y Amalia traspasan el contexto en el que se mueven y se instalan en otro más complejo, mucho más profundo. La soledad, el dolor, las drogas, imprimen un sentido trágico a sus vidas hasta potenciar la dimensión dramática de los sucesos cotidianos. La narración se convierte en pragmática de aquello que sugieren las canciones que abren los capítulos «las notas se movían con un delicioso vaivén por todo el local, casi vacío, desfilando como la prometida muerte ante los ojos de los presentes… “got a black magic woman…”».

El lenguaje intuitivo conjuga perfectamente la precisión del vocablo con la reflexión existencialista del ser humano, que aparece implacable en la relación entre autora–narrador–personajes. Todos esperan en lo más profundo de sus sentimientos la decadencia. Ninguno reconoce su individualidad por lo que han de volver a su conciencia para poder explicarse, bien sea mediante recuerdos con los que articulan su identidad, bien con referencias musicales o literarias que marcan el discurrir de sus remordimientos.

Si Unamuno aborda la inseguridad del hombre en Niebla y difumina la línea entre la realidad y la ficción, Alice Cooper siente, en Lov’s A Loaded Gun, que el amor puede acrecentar el miedo que se introduce en nosotros cuando se difumina la línea entre la vida y la muerte. Y Aida Arce, sin embargo, adquiere toda la confianza como autora al crear unos personajes cargados de temores, condenados a vivir inseguros en una ficción que mira al pasado, para poder construirse un futuro.

Pesadilla, escoria, horror… ¡puta!, mi princesa cada noche había urdido un plan en secreto con la luna […] mientras te señalo con mi pluma asesina.

Una primera novela profunda que constituye el salto definitivo de su autora hacia la literatura.

viernes, 10 de agosto de 2018

CONVERSACIONES ENTRE AMIGOS



Dos de las personas que más quiero, estuvieron viviendo y trabajando en Dublín durante más de cinco años. Esto supuso que viajara a la capital irlandesa una o dos veces cada año. Será porque iba a ver a Lara y Alberto o será porque la ciudad tiene magia, el caso es que me encantó Dublín, me encanta; su sólo recuerdo hace que me sienta bien. Ahora ya no voy, ellos están en España, pero me han regalado un libro de una irlandesa, jovencísima, con el deseo de que rememorase instantes allí vividos; y con ese espíritu empecé a leer Conversaciones entre amigos. Al principio me decepcionó un poco porque lo que ocurría en la novela podría pasar en cualquier parte del mundo; después fui encontrando datos y direcciones que me trajeron a la mente mis propias conversaciones allí, pero en realidad eso no es lo importante. Lo fundamental de Conversaciones entre amigos es cómo engancha Sally Rooney desde el principio con su forma de narrar y con el argumento expuesto.

La novela apenas tiene acción; casi todo se desarrolla en interiores: diferentes casas, algún pub y la biblioteca de la facultad a la que pertenece Frances, la protagonista de 20 años, estudiante y con escasos recursos económicos, por lo que debe encontrar algún trabajo extra para poder subsistir. Sin embargo el ambiente en el que se mueve es opuesto al suyo. Su amiga, examante Bobbi vive de manera holgada, no tiene problemas para vestir bien, comer bien y estudiar sin estrecheces; es feliz y se le nota, sincera, despreocupada en los asuntos triviales del día a día y sin embargo activista en contra de todo aquello que huela a tradicional y políticamente correcto. A Frances le gustaría parecerse a Bobbi, y de alguna forma le guarda rencor por haber sido ella quien decidió dejar la relación de pareja y mantener sólo la amistad, hasta que conoce a Nick, un treintañero que está pasando por una mala racha en su matrimonio y en su trabajo como actor, y del que se enamora perdidamente. Frances acepta verlo sin que él deje a su mujer, Melissa, quien conoce a las chicas en una velada poética y las lleva a su casa para hacer un artículo sobre la poesía de Frances, incluso las invita a pasar una temporada en casa de unos amigos en Francia. Ahí empiezan los verdaderos problemas, porque Frances, ingenua y debutante en ese tipo de relaciones, no se da cuenta de que está siendo utilizada por Melissa, hasta que, cuando Nick se recupera de su depresión, decide recuperarlo ella también. En realidad esa era la intención verdadera de Melissa, conseguir que alguien le devolviera a su marido con la misma energía del principio, alegría que, entre otras razones, se le fue porque ella, su mujer, estuvo acostándose con otro. Melissa es fría, calculadora y no le importa herir a quien sea para obtener lo que quiere.

Formalmente la novela está dividida en dos partes. La primera se compone de 17 capítulos que abarcan desde que conocen al matrimonio hasta que termina la estancia en Ètables, y la segunda consta de 14 capítulos, del 18 al 31 en los que todo vuelve, o se pretende, a la normalidad; el verano ha terminado y, poco a poco, las relaciones también.

Ambas partes se caracterizan por la inclusión dialógica en la narración, a veces sin guiones, a veces sin el nombre de la persona que habla ; es más, cuando se trata de reproducir mensajes o correos electrónicos, puede que cambie de línea aunque sea la misma persona quien escriba, no la que responde como cabría esperar. En ocasiones, sin embargo, la reproducción es exacta:

Nick: estás despierta?
Yo:    sí
Nick: a ver, escucha
Nick: no sé qué quieres
Nick: es evidente que no podemos vernos muy a menudo…

El uso de la minúscula en todo momento evidencia también la modernidad de la escritora, adaptada a las redes sociales actuales.

Así pues, la diferencia reside básicamente en el contenido. En la primera parte Frances oculta a todos su relación con Nick, incluso viviendo en la misma casa, hasta que Bobbi se entera por él, y Melissa se entera porque es obvio.

No, no lo hagas, dijo Nick. Frances está… eeeh… Oh, Dios. Está aquí conmigo.
Hubo un largo silencio. Yo no alcanzaba a ver la cara de Bobbi, ni la de Nick…

Nick aún estaba en la cama cuando Bobbi y yo nos marchamos a la mañana siguiente. Melissa nos acompañó […] y nos observó en silencio mientras subíamos al autobús.

En la segunda, a Frances se le complica todo, su salud, la relación con sus amigos, empeora el vínculo con su padre, alcohólico, que saca a flote su desgraciada infancia y afecta aún más a su situación económica y, por supuesto, baja su rendimiento académico, hasta que, como en un tiempo circular, todo vuelve a estar como antes

Al caer la tarde paseábamos por Phoenix Park resguardadas bajo un paraguas cogidas del brazo y fumando al pie del monumento a Wellington

También está lo mío con Bobbi, que es importante para mí.
A mí me lo vas a decir, repuso Nick. Yo estoy casado […] Ven a buscarme, dije.

Indudablemente lo mejor son los diálogos, con expresiones completamente vigentes:

No había demasiadas imágenes de Melissa en internet […] No sabía cuánto tiempo llevaba casada con Nick. Ninguno de los dos era lo bastante famoso para que esa información circulara por la red.

Resulta muy raro […] descubrir que es muy observador y no se le escapa nada. En plan: ¿Dios, qué habrá visto de mí?

La locución comodín «en plan» está de total actualidad, bien como en el caso anterior, como la síntesis de una comparación, o bien como explicativa

Pero al mismo tiempo me hacía sentir muy poderosa, en plan, si vas a dejar que te bese, ¿qué más me dejarás hacer?

Mediante la narradora protagonista, Frances, vamos descubriendo sus miedos, sus traumas, su carácter… el de los demás aparece en la agilidad de esos diálogos, que llegan a ser por completo reflexivos y profundos en ocasiones, sobre todo para manifestar a la nueva mujer:

Bobbi:  si piensas en el amor como algo más que un fenómeno interpersonal
Bobbi:  y tratas de entenderlo como un sistema de valores social
Bobbi:  es lo antitético al capitalismo […] pero al mismo tiempo se pone al servicio del capitalismo y lo perpetúa
Bobbi:  p. ej. las madres que crían abnegadamente a sus hijos […] pero en realidad solo sirve para proveer gratuitamente de trabajadores al sistema

Hay mucho de novela actual, de hecho el asunto recuerda a la mitología cultural ya que es, si lo reflexionamos bien, un ensayo fundacional de la sociología contemporánea. Frances es un mito de femineidad actual, solitaria, algo excéntrica, pues se autoinflige dolor físico para hacer desaparecer el espiritual que la atormenta constantemente sólo por el hecho de que le falta seguridad en sí misma, de ahí que se repliegue en ella misma y no quiera ser controlada por nadie, ni siguiera por su mejor amiga, su amante —quizás porque se vio abocada a ello por falta de autoestima— Bobbi, la otra cara de la moneda en el mito femenino entre las chicas actuales, guapa, bulliciosa, intelectual, reivindicativa y mimada por su familia acomodada; no quiere manejar a nadie y va con la verdad por delante pues ha asumido su sexualidad y su condición y la pone como escudo ante posibles daños. Frances y Bobbi vivieron una relación de pareja, que luego quedó en pura amistad, y Frances cambió de orientación sexual hasta que Nick salió de su vida. En realidad no se da cuenta, o no quiere hacerlo, de su bisexualidad, hecho que de haberlo asumido la habría ayudado a madurar, y sin embargo deja su situación como al principio aunque asegure ir con la verdad por delante.

Conversaciones entre amigos es una novela que, aun basándose en la literatura tradicional, el triángulo amoroso lo hemos visto en abundantes obras; la chica rica feminista, amiga íntima de la pobre necesitada de amor, entre las que crecen sospechas, reproches y arrepentimientos nos recuerda, grosso modo es cierto, a Jane Austen y Emma y nos la recuerda en su total plenitud si atendemos a la ironía de Rooney «Soy normal, pensé. Tengo un cuerpo como todos los demás. Luego me rasqué el brazo con saña hasta sangrar», es una novela contemporánea, con una antiheroína actual, inmune a todo porque sólo disfruta con lo que le gustaría tener y es incapaz de hacerlo con aquello que ha conseguido, aunque sea el amor «Su piel estaba sudorosa y jadeaba con fuerza. Sentí que mi cuerpo se abría y cerraba como un vídeo en stop-motion de una flor […] y la sensación era tan real que creí estar alucinando».

El resto de personajes también son coetáneos, actúan con un concepto diferente al tradicional de moralidad «En cierta ocasión, mientras nos preparaba la cena, lo oí hablar por teléfono con Melissa […] Ese era el papel en el que parecía sentirse más cómodo, el de escuchar y hacer preguntas inteligentes que demostraban que había estado escuchando».

El caso es que mediante sus conversaciones llegan a conocerse a la perfección y nos hacen partícipes de ello a los lectores. ¿Será este el mensaje de la autora, que se debería hablar más en esta sociedad individualista y egoísta para encontrar que podemos no ser tan particulares ni ególatras como nos gusta creer? «Melissa me sostuvo la mirada y sacó un paquete de cigarrillos. No creo que Frances idolatre a nadie, dijo. Me encogí de hombros, impotente.»

El otro mensaje, que subyace en toda la novela, es uno de los problemas más graves de la sociedad moderna aunque aquí esté reflejado en Irlanda, el alcoholismo es una epidemia que entra las familias, en las ciudades y sólo sirve para destruir «No es fácil describir con exactitud en qué consistían aquellos cambios de humor de mi padre. A veces se iba de casa un par de días y cuando volvía lo encontrábamos vaciando mi hucha del Banco de Irlanda, o descubríamos que se había llevado la tele».

La introducción de coloquialismos y la banalización de la violencia contra uno mismo o hacia los demás, las ubicaciones reales, las meditaciones concretas, alejadas de cualquier metáfora, confirman una redacción auténtica con estilo directo, sincero y, por lo tanto, elevado. El lector intuye una crítica de la multitud que conlleva la actualidad, la deshumanización social, y sin embargo la autora pretende que asumamos, cada uno, el punto justo intermedio en el que nos movemos. «Subestimas tu propio poder porque así no tienes que sentirte culpable cuando tratas mal a los demás».

Hay multitud de temas en la novela para mantener verdaderas conversaciones entre amigos. Yo me he sentido identificada con alguna situaciones (¡creo que todas negativas!), ante otras, sin embargo no he mostrado empatía, pero ninguna deja indiferente.

Si Conversaciones entre amigos es la primera novela de Sally Rooney creo que nos encontramos ante un nuevo mito de la literatura que servirá para engrosar, aún más la larga lista de autores irlandeses que tanto nos ha dado al resto de mortales.

jueves, 22 de febrero de 2018

QUE NADIE DUERMA



La vida de Lucía, «una falsa delgada, como la mayoría de las aves zancudas» es una constante contradicción, desde que su madre le dijo eso cuando era pequeña.

La incoherencia se convirtió en obsesión a los 10 años, cuando en su fiesta de cumpleaños vio realizar a su madre un acto incomprensible antes de ser atacada por un pájaro, y antes de verla morir un año después en su cama, lugar del que no se levantó desde que volvió, tras el accidente, de un internamiento psiquiátrico.

Lucía cree que sólo se parece a su madre en el físico de falsa delgada y nariz de pájaro, pero en realidad, su progenitora tuvo que transmitirle algo de su desequilibrio mental; de hecho poco a poco empieza a tomar conciencia de aquello que la unía a ella pues, «cayó en la cuenta de que al día siguiente cumpliría los años que tenía su madre cuando murió. Recibiría como regalo inverso la noticia de que su empresa cerraba víctima de una quiebra fraudulenta provocada por su dueño». Pero este pequeño trastorno apenas se nota pues Lucía es una mujer con un gran corazón, constante que se repite en las protagonistas de las novelas de Juan José Millás; esta última recomiendo encarecidamente a todo el mundo pero, especialmente, hay dos personas que sé que van a regocijarse con ella, una es mi hermana, puede que ya la tenga, otra es Karin, una incondicional de este autor, una amiga a quien hace tiempo que no veo y sé que disfrutará con este relato.

Que nadie duerma tiene todos los ingredientes que los lectores de Millás conocemos, pero es normal, es el sello del autor; sin embargo en esta ocasión, puede que por las premoniciones que he encontrado, «Algo va a suceder», puede que porque no me gustan en general los pájaros, la tensión se palpa desde la primera página. La estructura de la novela tiene mucho que ver en ello ya que, Lucía, una vez que quiebra su empresa por la mala gestión del jefe, debe buscarse otro trabajo. Decide ser taxista al tiempo que se enamora de un vecino al que apenas conoce, sólo lo ha visto una vez, pero ha encontrado en él algo que la conecta, la ha hecho amar la ópera y tiene, como ella, fisonomía de pájaro. Otra constante en Millás, la conexión entre los personajes.

Así pues, Lucía se va transformando día a día en la protagonista de la ópera Turandot y al mismo tiempo comienza a pensar y moverse, a sentirse pájaro aunque se vea mujer. El desdoblamiento de personalidad también es fácil distinguirlo en las novelas del autor. Pero este desdoblamiento va más allá pues en esta ocasión también ocupa el espacio, de forma que la realidad y la ficción quedan en un mismo plano por lo que ni siquiera el lector ve como rasgo delirante de la protagonista, sino como algo normal, el circular por Madrid sin ningún problema llevando como guía un mapa de Tokio.

Al taxi de Lucía-Turandot suben personas de todo tipo, aunque con un punto en común, todas tienen algo de pájaro

nada más verla a usted he pensado que podríamos ser hermanas. Por la nariz, ¿no lo ve? La mía es la de mi madre
—La mía no. La mía es de mi padre y más de una vez he pensado en operármela
—¿Qué dice? Si las narices aguileñas son magníficas

Y así, con esta actitud, la protagonista no duda, a partir de que recoge a su primera clienta en hacer el bien y ayudar a todo el mundo, desde no cobrar la carrera o darles incluso dinero si cree que les hace falta, hasta acostarse con ellos cuando considera que puede hacerles un bien; incluso, conforme va tomando confianza en su trabajo se permite actuar como juez entre conversaciones de sus pasajeros, siempre defendiendo, por supuesto, al más débil «…Digo que si yo fuera su mujer, le habría dado un par de hostias con esas manos que tiene al final de sus cortos brazos. El individuo se quedó sin habla durante un minuto o más […] Se sentía tan poderosa, tan fuerte, que casi deseó que el cliente añadiera una inconveniencia para detener el coche, volverse y darle de verdad una bofetada […] —Déjenos aquí mismo —Con mucho gusto…».

Paradójicamente al trabajar en un taxi y relacionarse con todo tipo de individuos aparece otra de las características invariables de Millás, la soledad «La gente, en general, daba asco».

Lucía-Turandot se siente sola, realmente no tiene familia ni amigos, pero el verdadero aislamiento viene de ella misma, en su interior se siente distinta al resto, de ahí que intente por todos los medios conectar con alguien «…ella sólo pensaba en el que venía detrás. Quizá por eso había acabado de taxista…».

Asimismo, el amor, presente también en la narrativa de Millás, aparece en Lucía de forma platónica, pero con tanta fuerza que todos sus movimientos van destinados a conseguir a su enamorado, está segura de que en cuanto la vea caerá rendido y, sin saberlo, a eso se dedica, a conocer, a defender personas que curiosamente la van llevando hacia su Calaf, hacia su único amor, y ella se deja aun teniendo un mal presentimiento «su intuición le dijo que algo no iba bien».

Lucía-Turandot es otra protagonista de Millás cuya vida está influenciada por algún trauma infantil, trastorno que llega a presidir todos sus movimientos pues aunque no le gustaban los pájaros, desde que sus padres le regalaron uno traído de China, las aves formarán parte de ella hasta que no sepa distinguir quién es en realidad «La madre se acercó entonces a la jaula, frunció los labios y produjo con la lengua una suerte de chasquido que calmó al animal. —Se llama Calaf —le dijo—, viene de la lejana China». Sea como pájaro, sea como mujer, Lucía es buena pero esa bondad, repartida sin discriminación se transforma en dolor, en ira, en furia, en locura, cuando se siente humillada, herida, utilizada para una de las mayores vilezas, aprovecharse del otro en beneficio propio sin importar el daño que se pueda hacer.

La verdadera metamorfosis de Lucía se produce en ese momento y en su transformación lo hace también el entorno; ya no queda nada en esta sociedad que le guste, que la ate, por lo que es capaz de trascender a su otra realidad, aquella en la que, al menos por unos instantes, puede convertirse en un reducto de felicidad.

Llegados a este punto obvia decir que la confusión sueño-realidad también está presente en todas las novelas del autor, puede que en realidad sea porque los protagonistas tienen un punto de inseguridad o de inconformismo con la realidad; el caso es que ni ellos mismos saben quiénes son en determinados momentos «Las mejillas, tratadas con una mezcla de polvo de arroz y avena […] le daban una palidez característica de algunos personajes del teatro chino».

En el caso de Lucía, el desorden forma parte de lo cotidiano, sus órganos cobran vida y realizan acciones propias «tenía en los labios una expresión que componían ellos mismos, a veces, por su cuenta […] entre la calma y la ansiedad»; sin embargo en otras ocasiones se cosifican «Su corazón se detuvo unos instantes, pues, y en seguida volvió a reiniciarse, como esos colapsos inexplicables que sufrían a veces los ordenadores…».

Del mismo modo, el nombre es un importante distintivo de la realidad desdoblada del mundo en el que se desarrolla Lucía, si a veces se llama Turandot, su enamorado, Braulio Botas, es Calaf, como su pájaro actual, como el protagonista de la obra de Puccini y como su primer pájaro. Por el contrario, están los innominados, aquellos que no merecen existir, en Que nadie duerma, se trata del exjefe de las oficinas de Lucía «las sombras de los indigentes inclinándose sobre el cuerpo del cabrón como animales hambrientos sobre un pedazo de carroña».

Otras veces sube al taxi «gente misteriosa, oscura, transmisora de un malestar indefinido…».

Y aquí reside la genialidad de nuestro autor; al final, todos aquellos en los que Lucía detectaba algo en común, todos aquellos que emanaban de su contacto un rechazo, todos aquellos que parecían buenas personas y todos los que no lo eran, se unen para ayudar a que la protagonista pueda llevar a cabo su metamorfosis; de hecho, como persona se va deteriorando, sin embargo sus cualidades de pájaro aumentan, como la fuerza, la facilidad para adaptarse a cualquier cambio en el ambiente, la ligereza de su esqueleto y la forma de alimentarse.

Millás consigue, como nunca, un desenlace espectacular.

domingo, 3 de julio de 2016

LA VÍSPERA DE CASI TODO

La víspera de casi todo es una novela disociativa; desde el principio nada es lo que parece. Podríamos clasificarla sin problemas en el subgénero negro y sin embargo es, bajo mi punto de vista, una novela psicológica. Bien es verdad que todo parte de un asesinato, pero es un crimen cometido años atrás; podríamos decir doble crimen (todo es dual en ella). La vida se para ahí para los afectados, para las víctimas, hasta que un suceso que en principio no tiene nada que ver, vuelve a unir a esas víctimas con otras para que presencien otros crímenes y revivan todos los horrores por los que han pasado.

En realidad, casi todos los homicidios forman parte del ayer, por lo que Víctor del Árbol utiliza el diálogo, el monólogo interior, las analepsis, los flashbak, las cartas, los diarios, para que el lector se vaya enterando de lo ocurrido, vaya uniendo a estas personas y encuentre un sentido razonable a los hechos.

Aquella primera vez estaban los dos solos, sentados en el acantilado. Ella con diez años, él con siete, en la equívoca luz del cuarto del abuelo, Martina empezó a desnudarse

Casi todo acontecimiento es pasado o está por llegar en la mente de los protagonistas. Y ahí está la característica principal, nada es explicable mediante la razón sino por la falta de ella. «Paola se acarició la mano y pensó en la extraña corriente que le había atravesado la piel al rozarse con la punta de los dedos de Daniel».

Sabemos cómo son físicamente los personajes a través de unas breves pinceladas, más bien mediante un signo distintivo que incluso alude a los sueños que dejaron atrás: el cuaderno de Germinal, el sombrero de Mauricio, el tatuaje de Eva... Señales que a lo largo de la novela permiten ahondar en el interior hasta, en homenaje a James Joyce, enterarnos de sus vidas en las escasas siete horas que transcurre la novela.

Ibarra llevaba en el bolsillo el Ulises de Joyce. Lo había comprado en una librería de lance cerca del Odeón hacía tres semanas y vivía traumatizado porque era incapaz de pasar de las treinta primeras páginas. Se sentía un absoluto fracasado...

En medio del horror, sin embargo, también hay lugar para honrar al querido Carvalho de Vázquez Montalbán, al tiempo que le hace un guiño a Thomas Mann

Entre las brasas se consumían media docena de colillas y un paquete de cigarrillos arrugados, así como algunas páginas que Dolores había arrancado de un volumen de La montaña mágica.
—Hoy no puedo con tanto enfermo y tanto sanatorio....

Y no sólo guiños; aun en un mundo cruel hay lugar para la poesía, por lo que el narrador nos trae a la memoria los bellos tangos de Gardel, y muestra su respeto y admiración por el poeta intimista argentino, Juan Gelman, lo que contribuye a crear una prosa poética, tranquila en medio del espanto

Memoria que amarísima de muerte amarillea al pie de tu otoñar
memoria que morís con cada viva recordación
dulce fruto que fue tu mano...
—Muy bonito, y triste

La calma que destila la narración de hechos violentos es fruto de la utilización de recursos literarios que favorecen la lírica y la inspiración, como las comparaciones poéticas mitológicas «Paola conducía con una ferocidad inconsciente y jovial, como si fuera el auriga de cualquier dios inmortal», o las metáforas casi infantiles, «Sintiendo el caracoleo potente del corazón y el estallido de frío y vida en el cerebro». Incluso nos introduce en la literatura por la metaliteratura para hacernos ver el sarcasmo de nuestros anhelos «El león, rey de la tierra. El águila, dueña del aire. El grifo, guardián de los dioses; el animal mitológico dueño de su destino. Extraño tatuaje para tenerlo en la parte más mundana del cuerpo».

Y si nuestros deseos se transforman en irónica realidad, nuestra existencia se funde con las metáforas animalizadoras en una naturaleza salvaje: «Forcejearon como perros rabiosos disputándose un despojo», «Su mirada de ave de rapiña», «...escuchar el mugido del viento rizando las olas».

Pero la naturaleza salvaje, inhóspita, no es la que convierte personas en animales, es la ausencia de sentimientos lo que transforma la fealdad en belleza, lo bueno en malo, lo real en sueño «La gente dejó de interesarme cuando me di cuenta de que sólo somos espejismos».

Del Árbol penetra con facilidad en las visiones de sus personajes para caracterizarlos según las circunstancias que han influido en sus diferentes realidades, los motivos que les han llevado a huir para formarse un mundo imaginario en el que pretenden sentirse a gusto, sin embargo, también los sueños están envueltos en un ambiente decadente que golpea sin piedad, pues es un puro reflejo de la realidad

«Se tumbó en la cama del abuelo boca arriba con las piernas rectas y los brazos pegados al cuerpo. Un cuerpo de niña.
—Ven
Daniel, al principio, se negó, apartando la mirada. Ella esperó con la mano en vilo hasta que él la cogió. Se tumbó a su lado, sin atreverse a mirarla. La cama olía al abuelo. Un olor de mortaja.»

No hay un protagonista principal, sino varios que a su vez se bifurcan a sí mismos en dos, como si cada uno de ellos formara parte al mismo tiempo, de la realidad, Ibarra, Eva, Luján, Daniel, y la ficción que quieren construir, Germinal, Paola, Mauricio, Martina. Todos ellos sin excepción exhalan de sus palabras, de sus movimientos, de sus pensamientos una sensación de derrota brutal al temer las reacciones de los otros personajes o de sí mismos, enfrentados a continuos dilemas que no son sino fruto de la angustia que aparece en quienes tienen la conciencia de, a pesar de todo, seguir pagando una culpa: «...podría haberse ahorrado las esposas y el calabozo [...] —Casi le parto la cabeza —dice señalando la brecha que han cerrado con grapas los enfermeros de urgencias—. Es lo menos que debía aceptar.»

No hay impresión de alegría ante el triunfo o de fracaso ante lo que nos agravia. La atonía recala constantemente en los personajes cubriéndolos de una membrana paralizadora que les impide saltar, correr, reír; son seres tristes vapuleados con dolor hasta la tristeza «No se siente juzgado por este anciano que acaba de ver morir a su nieto y por el que, a pesar de ello, no logra sentir piedad».

Esta es la trama de la novela, los dilemas a los que una serie de personajes plantan cara, o aquellos de los que huyen para, ineludiblemente, afrontarlos en un futuro.

En realidad se dan dos fatalidades que convergen en los protagonistas y, por lo tanto, en el argumento.

Por un lado el mundo depravado de los fascismos, de las doctrinas totalitarias, de las masas adoctrinadas por pervertidos, en su mayoría seres acomplejados que tienen que demostrarse a sí mismos y a los demás que valen más que nadie; mundo que no puede verter a su alrededor otra cosa que no sea horror gratuito y nauseabundo.

Por otro lado el mundo oscuro, cerrado e irreal de la locura capaz de conseguir en quienes la padecen una tortura constante de la que sólo se puede salir mediante el deseo porque, en realidad, la locura afecta casi por igual al que la sufre y a los que lo rodean.

Cuando estos dos mundos confluyen lo de menos es la violencia, aunque sea lo que impera en todo momento; lo que verdaderamente marca es la tristeza, la angustia y la ansiedad porque esa tristeza y esa angustia no pueden salir de la mente aunque la realidad sea distinta; aunque la luz del día lo inunde todo, siempre volverá la oscuridad, el miedo, el sufrimiento «Pero yo sé que no puede volver lo que se ha ido para siempre».


Hasta la última línea de La víspera de casi todo es demoledora «La noche acaba y empieza el día, pero algunas personas quedan atrapadas en esa hora de la frontera que es el momento del reproche». La novela cuenta la vida de esas personas, seres silenciados en sí mismos sin capacidad para otra cosa que recriminarle a la vida la infancia que han vivido, las mezquindades que han sufrido, el dolor que los ha lacerado día a día, aunque quisieran ocultarlo en el sueño o sacarlo a la luz para vivir la vida como si fuera un sueño. Pero es imposible. Cuando la adversidad te atrapa lo hace con fuerza y no tienes otra solución que dejarte llevar como un pelele inerte, porque si intentas huir sus garras te despedazan hasta abrir de nuevo las heridas, y sólo puedes quedarte quieto otra vez y esperar que cicatricen.

viernes, 29 de abril de 2016

DESDE LA SOMBRA

Increíble la última novela de Juan José Millás; ágil, entretenida, absurda y, como todas las de este autor, profunda, llena de las obsesiones que han ido apareciendo en otras de sus publicaciones y que ahora traslada a su protagonista, Damián Lobo, curioso nombre que, de alguna manera refleja su personalidad pues, como este depredador, es capaz de permanecer agazapado hasta que encuentra la oportunidad de obtener su alimento; no importa el tiempo que tenga que esperar, su vista y olfato se va habituando a un hábitat diferente hasta que puede moverse con soltura. Y sin embargo él se identifica con otro animal carnívoro y mucho más agresivo, la morena, eliminando de su temperamento el contacto con otros de su especie, así como la valentía del lobo, pues Damián, como la morena, permanecerá oculto en una grieta, guiándose por su olfato, hasta emboscar a su presa.

Esta es la característica principal de Damián, su dualidad, su personalidad conflictiva que lucha constantemente para descubrir su identidad. «Sometido a una tensión extraordinaria, Damián iba y venía desordenadamente de la realidad al programa de O’Kane y del programa de O’Kane a la realidad.»

Desde la sombra es una mezcla de novela existencialista y teatro del absurdo; la cantidad de diálogos, que predominan sobre la narración, confieren a la escritura cualidades para ser representada. Sin embargo sería dificultoso llevarla a escena porque los diálogos se producen en la mente del protagonista para poder responder a sus propias obsesiones, a todo lo que lo atormenta. Estos diálogos pues, son en realidad monólogos interiores de un personaje que, como en La metamorfosis, sale de su realidad; sin embargo, al contrario que Gregor Samsa, su finalidad no es destruirse, desaparecer de un mundo que le es hostil, sino crearse, definirse en otra realidad.

Mediante estos monólogos-diálogos, Damián va desvelando su pensamiento a través del humor, la paradoja o la ironía para llegar a ofrecernos una visión crítica de la realidad «Quizá, como ocurría en tantas familias, tuvieran dos coches, uno grande y nuevo, que utilizaría el padre, y otro más pequeño, posiblemente de segunda mano, que conduciría la esposa»
«—Y usted allí, en las profundidades.
—Yo allí, sí. Se me había acabado la batería del móvil, por lo que mi aislamiento del mundo era absoluto…»

En realidad la paradoja está presente en las ideas y en la estructura de la novela, pues una personalidad caótica como la de Damián Lobo, con sus idas y venidas a diferentes realidades, está estructurada de manera coherente en tres partes, que se corresponderían con el argumento:

La primera parte constituye la creación de su mundo. Damián ha sido despedido como jefe de mantenimiento de una empresa de bienes de equipo. Deambula por las calles para meterse en una cafetería y quedar allí apartado. Sale de ella y entra en un mercadillo de antigüedades para, con la excusa de un pequeño robo, encerrarse en un armario ropero en el que lo llevan a casa de Lucía y Fede. De allí saldrá para esconderse bajo la cama hasta que puede introducirse, pasando por el ropero, en el armario empotrado que ha quedado oculto tras dicho mueble.

Los lugares cerrados por donde va pasando Damián representan el rendimiento ante una vida que lo ha oprimido hasta el punto de no dejarle escapatoria. El protagonista tuvo una infancia conflictiva «Verá, yo me oriné en la cama hasta muy mayor» y un presente que se ha encargado de anular las esperanzas del pasado «Aprendí que no debía fiarme de los sueños»; por eso la vida como ocultación, en el armario, es liberadora.
«—¿Y no sintió claustrofobia?
—No, al contrario, jamás me había sentido tan libre. Como si aquel armario fuera el centro del universo, como si el mundo se expandiera a través de él…»

Damián ocupa ahora un lugar importante, él ha creado un mundo en el que es libre, si renuncia a ese sueño, renuncia a su libertad, por lo que podría dejar de existir «Y no hay libertad más grande que la que proporciona esa ausencia, la del miedo.»

La segunda parte se centra en la supervivencia en ese mundo en el que Damián se siente a gusto, de hecho intenta eliminar de su mente a O’Kane, el presentador que lo lleva a la fama en un reality show, al considerar obscenos algunos comentarios sobre Lucía. Damián ha descubierto que es útil, se preocupa por los que lo rodean sin que estos lo noten «…formar parte de aquel grupo en calidad de fantasma le resultaba agradable» y se siente feliz al hacer feliz a Lucía «Damián no era insensible a la gratitud que sus desvelos provocaban en la mujer, cuya felicidad creciente resultaba manifiesta.» De hecho, el protagonista amplía su realidad a los libros y a internet. En ese momento Lucía se introduce en el mundo de las ideas de Damián y ambos olvidan la materialización
«—¿Quién eres?
[…]
—¿Acaso no lo sabes?
—Creo que sí, que lo sé —respondía ella— ¿Has venido a salvarme?
—¿A qué si no?»

Pero la existencia es superflua si no se tienen en cuenta todas las posibilidades que van apareciendo, y a Damián le ha surgido, en su realidad imaginaria, Lucía, un personaje material, por lo que en la tercera parte destruye el mundo que ha creado y el real existente pues ya no le satisfacen, ambos lo oprimen; decide, pues, desmaterializarse y convertirse en idea.
«—¿Se considera usted una idea?
—Desde luego, estoy más cerca de ser una idea que una persona de carne y hueso»

Al sentirse idea, el tiempo desaparece para Damián Lobo, el miedo al presente o futuro no tiene sentido «Ese aguzamiento le producía una suerte de euforia serena y de seguridad que le otorgaban en el universo un lugar del que hasta entonces había carecido.»

Surge entonces la metamorfosis «Se había convertido, pensó con una sonrisa, en una especie de araña que desde una esquina a la que nadie prestaba atención controlaba, protegida por la tela, los movimientos del universo.»

Ahora es ese insecto-dios capaz de hacer un mundo a su imagen en el que él volverá a nacer
«—Ya has llegado —le dijo
—¿Adónde? —preguntó Damián
—Adonde quiera que fueses —respondió la voz
Y eso fue todo.»

Desde la sombra es una alegoría de los terrores del hombre actual, no sólo pertenecen a Millás, las obsesiones que aparecen, de hecho, son bastante generales en nuestro mundo moderno: la crisis de identidad, la soledad como estado que hace prosperar, el amor y la muerte por amor, la vida como ocultación y la exploración de otros espacios habitables aparecen constantemente, de diferentes maneras, en la novela. Damián Lobo se siente una morena, su madre se mimetizaba con su padre al llegar a casa, él guiñaba los ojos para parecerse a su hermana china, su trabajo seguro resultó no serlo, puede vivir bajo la cama, en un armario, en su mente y, en esa soledad es capaz de crear. Todas estas obsesiones no son sino un reflejo de lo absurdo del mundo, y por lo tanto del absurdo comportamiento del ser humano, de ahí que la novela presente una perspectiva crítica con respecto a la sociedad actual. Las acciones de Damián van encaminadas a buscar algo que dé sentido a su vida, una vida hasta ahora vacía.


Y a pesar de ser una novela psicológica, no tiene cabida en ella la lentitud. El estilo, usual en Juan José Millás, plagado de chistes, ironías, sarcasmos, escatología y humor consigue que leamos esta tragedia con una sonrisa en los labios. Merece la pena el tratamiento del narrador pues en 3ª persona, externo al relato, toma no obstante el punto de vista de Damián; como si fuera su creador va describiendo lo que ve, oye, percibe o siente el protagonista hasta dejarnos con la impresión, a veces, de que es la voz del autor que habla con su obra.