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domingo, 26 de febrero de 2023

EL TIEMPO DE LAS MOSCAS

He canjeado mi premio de Reseñan Sancho por este maravilloso libro (gracias de nuevo) y la elección ha sido perfecta, porque no se puede escribir mejor. O sí, pero pocas personas lo hacen tan bien, cuentan una historia tan completa, tan compleja, desde un compendio total de emociones mientras la narradora protagonista aparenta cierta impasibilidad que se transforma en exaltación cuando la vida la pone a prueba una vez más.

El tiempo de las moscas es la continuación de Tuya, pero no hace falta haberla leído porque las conversaciones que mantienen Inés y la Manca nos sitúan en lo que ocurrió años antes. Ambas son perdedoras, ambas exconvictas, las dos disfrutan ahora de una libertad relativa y son capaces de salir adelante con MMM, control inofensivo de plagas. Una paradoja, pues la asesina de la amante de su marido es incapaz de matar una mosca (¿metáfora?) e intenta eliminar las plagas del resto de insectos causándoles una muerte sin demasiados sufrimientos y sin dañar el ambiente o a quienes viven en él.

¿Hasta dónde ha de soportar una mujer para que pueda matar a otra? Creo que podemos hacernos una idea; si no, Claudia Piñeiro recuerda en su novela el maltrato psicológico que puede sufrir una niña hasta que se siente invisible a veces, agraviada otras, en su propia casa, por su propia madre, deseando encontrar después, en la familia que funda, una felicidad que le ha sido negada desde siempre «Cuando yo tenía ocho años mi madre me cortó un trozo de vestido que estaba deseando ponerme para el cumpleaños de una amiga […] me habría tapado el corazón, en el supuesto, como ella decía, de haberlo tenido». Una niña que ignorará a su vez a su propia hija porque ella solo quiere encontrar en su marido al padre que no tuvo, al amante que tampoco tuvo su madre; quiere, ante todo, sentirse mujer.

Claudia Piñeiro escribe una novela de mujeres, de las distintas mujeres que poblamos la tierra y que, como las moscas, somos de diferentes clases, desde las buenas y abnegadas a las malas vengativas, pasando por vapuleadas, ninguneadas, envidiosas, supervivientes y fuertes, capaces de ser felices porque son capaces de dirigir su propia vida a pesar de los contratiempos.

Inés trabaja con la Manca, que está enamorada de ella aunque sabe que Inés es tradicional en cuanto a la pareja y al papel de la mujer. Pero la Manca recibirá de Inés la mayor prueba de amor que pueda darse. Ambas son mujeres duras. Y entrañables. Las dos han delinquido. En las dos se puede confiar.

El narrador va cambiando el punto de vista; en primera persona adopta la voz de Inés, que aprovecha y cuenta algo de su pasado y de los proyectos que tiene o que tuvo para enfrentar el presente «Y yo, Inés Experey […] decidí ver»; aprovecha su conocimiento de los dípteros para explicar las relaciones entre los tipos de mosca y de mujer, el significado de algunos términos que nos llevan a reflexionar sobre el verdadero problema: mujeres prejuzgadas y juzgadas según las normas impuestas por los hombres. Inés establece, tras un riguroso estudio, las diferentes especies de moscas según sus actividades; la autora lleva al lector a interpretar en esa tabla los diferentes tipos de mujer: «las taquínidas […] son nobles, trabajadoras, protegen el medio ambiente […] observan agazapadas y, solo si es necesario, atacan al paso […] killer o asesinas».

En primera persona, Inés juega con el lenguaje al tiempo que reflexiona sobre la equidad de la Justicia, «La manca no estaba a mano (con perdón de la redundancia negativa) […] cómo fumaban esas condenadas. Condenadas creo que se puede decir. Presas, no».

Inés, en primera persona, ironiza con la ignorancia de las demás, con la suya propia; incluso alude a sus experiencias en Tuya «Ni Tuya sentada dentro del auto de mi marido (y mío en ganancial) con un tiro en la sien. (¡PUM!)», se muestra sin dobleces y evita perder el sentido del humor hasta cuando miente «Yo no entendí la diferencia pero no me iba a poner a discutirle a quien tenía que darme el visto bueno para mi salida».

El narrador aparece en ocasiones en 3ª persona omnisciente, sabe lo que piensan los personajes y es capaz de crear al principio de la novela una tensión en el lector que, según en qué momentos de la trama, crece, hasta que somos incapaces de asegurar la libertad final de las protagonistas. «…dispuesta a encarar la salida. La señora Bones empuña su estilete invisible una vez más: —¿Estás segura?».

Inés cuestiona constantemente lo que está bien o mal, creando confusiones constantes en ella misma y en el lector, que empatiza desde el primer momento con sus respuestas emocionales.

Hay capítulos narrados enteramente por el Coro. A la manera de la Tragedia griega, el coro (la voz de las diversas mujeres) funciona como mediador entre los personajes y el lector; a medio camino entre flujo de conciencia y perspectiva múltiple da sentido a las escenas anteriores, ayudando así al lector en la comprensión de lo que ha leído. Otras veces aconseja a los personajes sobre cómo han de afrontar lo que les viene. El coro es la presencia del pueblo, de las mujeres del pueblo, por lo que actúa como contrapunto de los conflictos que se presentan en la historia; es la voz que predomina en la sociedad «Bueno, me parece que están exagerando, ese mundo hostil con nosotras está en vías de extinción. ¿De verdad? ¿Cuándo? ¿Dónde? Googleá Skate femenino y fijate las fotos que aparecen». Otras veces reflexiona con argumentos de autoridad, citando afirmaciones de autoras que han escrito sobre el problema. El Coro no es decisivo, una vez expuestos los testimonios o criterios, hace una llamada al compromiso de las protagonistas y al dictamen de los lectores, «Votemos».

Aún queda otro tipo de capítulos en El tiempo de las moscas, el que prescinde del narrador para exponer los hechos a modo de diálogo, como en el género teatral. Con esto la narración adquiere inmediatez y agilidad, al tiempo que conmueve al lector. Nos sentimos identificadas con Inés, con la Manca, con todas, porque en algún momento y en ese instante compartimos su destino. Podemos ser vulnerables a los manejos del hombre, podemos ignorar la llamada de la amistad, de la maternidad, de la conciencia de clase, podemos sentir nuestros conflictos latiendo con los de ellas, con los de Laura, con los de Timo.

Claudia Piñeiro remueve conciencias y no juzga, al menos no juzga a las mujeres, ni a las que han robado, ni a las que han asesinado a otras mujeres.

Claudia Piñeiro parte del asesinato de una mujer, moralmente ambigua, a manos de otra mujer, socialmente amoral, para abordar el conflicto universal de las pasiones humanas. No cabe duda de que los lectores experimentamos cierta tensión hasta llegar a una liberación final, una catarsis que también va dirigida a las protagonistas, que son capaces de eludir el destino. Al menos por ahora.

lunes, 4 de mayo de 2020

ELENA SABE



Tres personajes que arrasan poco a poco nuestra intimidad hasta aniquilarnos. Tanto, que cuesta salir de los escombros en los que han quedado convertidas sus vidas y que, según vamos avanzando en la novela, ya forman parte de la nuestra. Porque empatizamos con ellas. Son tres mujeres. Y, en una novela negra, reclaman el derecho a vivir mejor, a poder decidir sobre su existencia. Elena lo sabe, por eso, desesperadamente despacio se presta a que una narradora, no puede ser sino una mujer, la siga durante un día para contarnos su periplo por algunos barrios de Buenos Aires hasta llegar a Olleros. Hace veinte años estuvo allí y ahora, desmoralizada ante la situación, ve la única salida a su dolor. Porque Elena sabe que su hija está muerta. Elena sabe que no ha podido suicidarse. Elena sabe que la han matado. Pero la policía no la cree, los vecinos no insisten para no aumentar su dolor. El cura ya ha condenado el hecho de que su hija se sienta más poderosa que Dios y decida sobre su cuerpo.

Elena sabe no es una novela negra al uso, pero lo es. Negra. Nos encontramos con un cadáver, el de Rita, que apareció colgado del campanario de la iglesia. Las pruebas apuntan a que fue un suicidio pero Elena, su madre, sabe que esa tarde no pudo acercarse al campanario porque llovía y ella tenía miedo a que un rayo la fulminara. Desde pequeña. Elena sabe que su hija era religiosa, trabajaba de maestra en el colegio parroquial y solo faltaba a su obligación cuando había tormenta, por miedo. Solo mentía en esas ocasiones, en las que con la excusa de encontrarse enferma se quedaba en casa. Elena sabe que Rita no pudo quitarse la vida porque el cuerpo no nos pertenece, solo a Dios, por eso veinte años atrás obligó a Isabel, sin conocerla, a continuar con su embarazo. Con la ayuda de Elena la llevó a su casa y la entregó a su marido para que pudieran tener el niño. A pesar de que Isabel no quería. Elena sabe que Rita no dispondría de su cuerpo, es fuerte, ha aceptado una vida en soledad para ayudarla con esa «puta enfermedad puta» porque Elena tiene Parkinson, no, «lo sufre».

Claudia Piñeiro retrata en doscientas páginas el tormento de tres mujeres. Presenta el dolor con una prosa cruel inmersa, paradójicamente, en un lenguaje conversacional en el que confluyen de forma caótica todas las voces; el narrador y los dialogantes exponen sus opiniones, sus pensamientos, sin verbos introductorios; con esta escritura automática la narración se acerca a la comunicación oral y el lector se encuentra allí, con los personajes que van hablando, y entiende a quién pertenece la réplica, entiende a cada uno cuando opina lo que opina.

En Elena sabe no importa quién mata. Importa entender cómo tres mujeres son capaces de vivir al límite de sus fuerzas. Importa conocer diferentes maneras de infelicidad. La novela negra ha cambiado desde sus comienzos, aunque la base sobre las que se asienta sigue siendo un cadáver (o varios) y una investigación de por qué está muerto y quién es el culpable. Elena sabe cumple los requisitos. Al final conocemos, gracias a la investigación que lleva a cabo Elena, quién ha matado a Rita. Pero Claudia Piñeiro ha dado otra vuelta de tuerca a la novela negra, la ha reinventado.

La autora nos presenta una narración que no refleja el mundo profesional del crimen pero sí se desarrolla en un ambiente oscuro, a la luz del día, en la oscuridad que oculta a sus protagonistas. La atmósfera que las envuelve no es de miedo sino de asfixia, no hay violencia aunque predomina la derrota.

La estructura es dual, antagónica y paralela al mismo tiempo. Por eso duele más. Hay, en principio, un eje de investigación, la desaparición física de Rita, que se irá desdoblando en diferentes formas de morir o diferentes formas de matar.

El tiempo novelado es una jornada, todo se resuelve en un día, que Elena va marcando, no de forma horaria sino según la medicación que debe tomar. Sin embargo el tiempo que pasa Elena investigando desde la muerte de Rita son tres meses aunque para entender y descubrir al culpable deba retrotraerse cuarenta años atrás. La acción transcurre lenta.

Aunque Rita muera físicamente, el tema principal es intimista. Es la tortura que provoca una enfermedad a quien la padece y a quienes rodean a la marioneta en la que se convierte el enfermo.

Existe otro tema principal que viene de las ramas en las que se divide la base estructural, es el dolor que somos capaces de soportar por no saber enfrentarnos a la violencia y la humillación.

Como tema secundario, que acompaña y acrecienta el suplicio, aparece la pobreza y sus consecuencias, la invisibilidad social que provoca en los conciudadanos, en los organismos oficiales…

Los personajes quedan dibujados con una profundidad psicológica increíble y para ello, la autora despliega todo un arsenal de recursos. Las repeticiones son variadas y constantes, nos abruman, generan en nosotros la misma angustia que sienten las protagonistas. Mediante oraciones condicionales, la narradora subraya la limitación física de Elena «aunque su cerebro ordena movimiento, el pie derecho no se mueve». La epanadiplosis refuerza el constante ir y venir al que debe someter su mente para que cualquier maniobra física no se vea malograda, «Cuenta calles en el aire. Recita […] Lupo, Moreno, 25 de Mayo, Mitre, Roca. Roca, Mitre, 25 de Mayo…»

El sufrimiento innato de la mujer, su condición inferior, queda de manifiesto con la acumulación de figuras literarias, que aportan gran importancia a la forma narrativa. La metáfora unida a la comparación, la repetición, la personificación y la frase nominal consiguen anular por completo a la mujer hasta convertirla en una mera fatalidad «Parkinson […] y una enfermedad es femenina. Como lo es una desgracia. Entonces decide que lo va a llamar Ella […] y una degeneración de las células […] Degeneración. A ella y a su hija».

La suerte de la mujer queda en manos de un destino caprichoso, cruel. Una desgracia que, a fuerza de repetirse, empeorará inevitablemente, tal como nos lo advierte el deterioro ortográfico «el cleido mastoideo, la sustancia nigra, la puta y la levodopa». Tal es su imperfección que la humillación constante la cosifica, se siente vacía y no puede hacer nada por evitarlo. No entiende su situación, necesita las comparaciones incisivas para estar segura de su estado, para que no se le olvide «Habló y mientras hablaba, lloraba […] desde que su cuerpo es de Ella, de esa puta enfermedad puta, ya no siquiera es dueña de sus lágrimas […] como si tuvieran que regar un campo yermo».

La finalidad principal de la metáfora es mimética, aunque en ocasiones establecemos una relación de correspondencia entre los dos significados. Elena ve un «círculo imperfecto»; está incapacitada para cerciorarse de lo que ocurre a su alrededor, solo percibe aquello que cree. En esta relación intuimos a su vez la imagen empequeñecedora que ella ofrece a los demás, tanto que se hace invisible «Muchos pies forman un círculo imperfecto a dos metros de su marcha. Palos que deben sostener estandartes o banderas o carteles. Palos que sostienen quejas […] ella también lleva el palo con su queja aunque nadie lo vea».

El esfuerzo al que está sometida queda agrandado en la descripción exhaustiva de acciones intrascendentes. El lenguaje denota una serie de actos especificados según su punto de vista. Gracias a esta perspectiva aparecen las connotaciones, los sentimientos de Elena, reforzados en el verbo final «espera […] buscar […] decir […] abrir […] extender […] apretar […] meterlo […] bajar […] doblar […] ignorar […] Elena arrastrará sus pasos».

En la desgracia absoluta a la que se enfrenta, Elena está obligada a mirar con ironía, a veces con sarcasmo. El humor destila la vitalidad que tuvo, su carácter resolutivo «¿No tiene nadie que le lustre los zapatos, Padre […] pídale a los chicos esos que se ocupan del mantenimiento de su iglesia, sus zapatos también son su iglesia».

La narración que comienza in medias res «Se trata de levantar el pie derecho…» se va ampliando con digresiones, a través de las que va contando su vida a partir de un objeto, una persona o un recuerdo. El discurso queda interrumpido constantemente. El día que ocupa Elena en llegar a casa de Isabel se dilata con otros temas que van dirigiendo la atención del lector hacia otros personajes y van informando con exactitud de los sucesos importantes, clave para entender el misterio. ¿Por qué Rita muere? ¿Por qué Elena, pese a todo, tiene ganas de vivir? Los paralelismos ayudan a equiparar la vida y la muerte. Todo es lo mismo para estas mujeres de fuerza increíble, obligadas a una vida dura, a una muerte despiadada, «hace tres meses cumplió diecinueve, hace tres meses murió Rita, dice Elena, y a Isabel se le aflojan las piernas».

Novela intensa, negra, que retrata la vida negra a la que están condenadas ciertas mujeres. Tan negra como la muerte.