En la última Masa Crítica recibí un libro pequeño que, como suele decirse, vale
su peso en oro. Gracias, Babelio,
por hacer que vaya conociendo gente nueva interesante y valiosa; en este caso,
no solo he descubierto una nueva autora (para mí, por supuesto) sino catorce
mujeres más que, pese a las desafortunadas circunstancias que las rodearon,
consiguieron hacer lo que querían, aunque a alguna le fuera la vida en ello.
Un inventario es una relación de
valores que se hace de forma precisa. La siembra es la acción y el efecto de
esparcir algo para conseguir lo que interesa.
Thaïs
Gamaza ha inventariado, para todos, la labor de
catorce mujeres que, en épocas y lugares diferentes de la historia, sembraron
una semilla con el fin de romper las normas que la sociedad tenía dispuestas
para las mujeres.
Inventario de siembra
es un libro que se lee rápido, o no, porque tras enterarnos de lo que sembró la
protagonista, nos puede la curiosidad y vamos a buscar más información, por qué
llegó a ese extremo. Y así somos conscientes de que algunas mujeres tuvieron
que luchar con enfermedades mentales, otras, contra el ego desmesurado de
maridos maltratadores, otras, contra la sociedad entera. Catorce vidas que lo
dieron todo para que el mundo se enterase y no volviese a cometer otra
injusticia.
Inventario
de siembra no podía llegar en mejor momento, ahora que,
tras haber conseguido determinados derechos, las mujeres vemos cómo pretenden
que quedemos relegadas a expensas de la voluntad de algunos hombres; cómo
vuelven a pisotearse los derechos de todas las personas que se salen de la
norma, de la norma racial, de la norma sexual, de la norma intelectual.
Thaïs Gamaza divide su libro en
catorce apartados, cada uno titulado con algo definitorio en la vida de la
mujer a la que luego se va a referir. Tras el título, encontramos dónde se
realizó aquella acción (vejatoria para la mujer) el momento en que ocurrió, el
oficio de esa mujer y cuáles fueron sus logros. Después habla la protagonista
en primera persona «Entreabro los ojos y
la luz que traspasa las cortinas oscuras me llega a las pupilas y penetras en
las terminaciones nerviosas de las sienes». En alguna ocasión aparece la
segunda persona, que se dirige al hijo de la mujer fallecida; es otra forma de
contarnos su vida. Hay niños que se criaron sin madre por culpa de la locura de
una sociedad que siembra —aún hoy— odio y violencia «Muerde una manzana verde. Mira cómo mamá mancha de tinta la mesa y
sale corriendo y gritando de alegría. Guarda debajo de la almohada tu primer
diente». La segunda persona nos transforma, a los lectores, en testigos
directos de la historia; vivimos lo ocurrido con cierta tensión porque somos conscientes
del sufrimiento, nos introducimos en la intimidad familiar y deseamos, con
todas nuestras fuerzas, que eso no vuelva a ocurrir.
A veces la segunda persona funciona
como nuestra propia conciencia. Nos metemos en la piel de la protagonista y
conseguimos identificarnos con ella, es como si estuviéramos ante un espejo que
nos devuelve un dolor y una humillación que ni nosotros ni nadie merece «Antes no te preocupaba, pero ahora tienes
pesadillas. No te gusta que los demás se vayan al otro lado del pasillo cuando
te ven llegar […] y llegas cada día cansada a la escuela porque no puedes
dormir como antes».
En alguna ocasión el relato se
desdobla. Con la primera persona, la protagonista cuenta sus logros, sus sueños
«La imagen de la Venus del espejo de
Velázquez, construida desde su mirada masculina, me arroja el guante. Acepto el
reto». Y con la tercera, un narrador testigo, externo, cuenta lo ocurrido a
la protagonista por saltarse las normas. Es como si ella no tuviera voz ni
sueños ni esperanza. Es un vegetal más que la sociedad ha olvidado «Una chica nueva recibe su hábito […] Se
alegra de la suerte de tenernos y de lo hermosas que estamos desde que ella nos
cuida […] antes de irse a su celda nos vuelve a regar con el agua de sus ojos».
También encontramos relatos que
funcionan como atemporales, aunque todos lo sean. El uso del infinitivo
constante crea una atmósfera mítica, casi irreal que, cuando menos lo
esperamos, se cuela en nosotros al darnos cuenta de que es real. Dictée es el relato, en dos páginas,
de la vida, violación y muerte de Teresa Hak Kyung Cha; una niña que tuvo que
huir de Corea del Sur durante la guerra y llegar a Nueva York, allí se
involucró en la nueva sociedad, triunfó como escritora, se enamoró de su marido
y de su trabajo, donde reivindicaba la labor de la mujer… Y tuvo su castigo.
El efecto cinematográfico del
infinitivo consigue que su vida quede reducida a la acción. No ha tenido tiempo
de saborearla. El efecto de las oraciones encadenadas de manera asindética
encierra una monotonía implacable, el personaje no tiene tiempo de reflexionar
ni de decidir. La vida le ha sido arrebatada y ella no la ha saboreado.
Asimismo la escritora surrealista,
inspirada en el sueño, aparece para contarnos el dolor de una vida, a la que
hubo de renunciar para convertirse en otra «Comienzo
mi obligado proceso de transformación, no hallo otra manera para que una mujer
pueda dedicarse a la música» «Me acostumbro al olor del agua estancada al
tiempo que persigo una sombra un tanto extraña que me incita a avanzar tras
ella al ritmo de la música».
El desorden de esta vida queda
plasmado en la escritura de Thaïs Gamaza, intentando en todo momento capturar
el pensamiento puro de esta mujer.
Inventario
de siembra es un homenaje a Nancy Cunard, Camille Claudel,
Unica Zürn, Aurelia Navarro Moreno, Chaya Pinjasovna Lispector, Ruby Nell
Bridges Hall, Zelda Sayre, Raquel Liberman, Emma Goldman, Sylvia Plath, Dorothy
Lucille Tipton, Theresa Hak Kyung Cha y María Silva Cruz. Que no se olviden sus
nombres, ni el de tantas mujeres que han luchado por querer un mundo mejor.
Gracias Babelio; gracias Editorial
Dieci6 y gracias Thaïs Gamaza.



