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miércoles, 13 de diciembre de 2023

EL MAR DE LOS SUEÑOS

A veces todo es más sencillo de cómo lo vivimos. A veces deberíamos dejarnos llevar por nuestros sueños. Otras, por nuestros impulsos. A veces tendríamos que intentar, simplemente, ser felices

Vivimos en una sociedad próspera, tenemos todo aquello que necesitamos para mantenernos cómodamente y dedicamos nuestro esfuerzo a que nada de eso cambie; queremos seguir con nuestra familia, porque somos la continuación de ella; con nuestros amigos, que tanto se nos parecen; con nuestro trabajo, que da sentido a lo que somos. Queremos permanecer en nuestra zona de confort porque no conocemos otra, porque tememos que, al salir de ella, todo se derrumbe.

Esto es lo que ocurre en Karsten, un enclave próspero de la región de Taryn, donde el único problema que tienen es la contaminación, un precio que han de pagar si quieren continuar como la zona más enriquecida del país de Londrarc —formado por cinco regiones, la propia Taryn, Mylos, donde se encuentra el bosque de Celphir, Elxania, Usmut y Orien, regentada por el inseguro, y por lo tanto, tirano, Alair Nyton, quien idea la forma de ir atacando regiones para que se anexionen a él hasta someter Taryn y hacerse con todas sus riquezas, «Pero si su afecto no surge de manera espontánea, entonces tendré que ofrecerles algo que lo valide»—.

Y precisamente en la aldea de Karsten tiene lugar una historia fantástica. Sus habitantes viven en una monótona armonía en la que cada uno desarrolla con responsabilidad el papel que ha elegido. Todo es muy tradicional, Eryx Demark es un chico tímido que dedica el día y parte de la noche a elaborar los mejores pasteles del país. Largas colas aguardan en su panadería diariamente hasta terminar con las existencias. La maquinaria en general y los relojes en particular no tienen secretos para Alena quien, desde que murió su padre, lleva la relojería con éxito. Su hermana Niobe, aún no repuesta de su traumática orfandad, decidió no salir de casa para dedicarse a la limpieza, cocina y demás actividades propias del hogar, entre las dos mantienen un tándem bastante clásico. Alena siente algo por Eryx, él también, pero ninguno se atreve a dar el paso.

Algo cambia cuando aparece Vangelis Brisk, el florista del pueblo a quien todos buscan para que les venda las flores más bellas o los remedios más efectivos en la curación de enfermedades. Nadie sabe que Vangelis es en realidad un énur —magos que tiempo atrás fueron diezmados porque los humanos temían que sus poderes les perjudicaran. Los que no fueron asesinados, como los padres de Vangelis, se recluyeron en el bosque de Celphir, en la región de Mylos, separada de Taryn por el mar de los sueños, capaz de quedarse en el fondo de sus aguas con todos aquellos que intentaran cruzarlo—.

Este sería el planteamiento de El mar de los sueños, pero los protagonistas, Eryx, Alena y Vangelis van a vivir una aventura fantástica que les permitirá romper ataduras, desarrollarse como personas individualmente y valorar el trabajo en equipo, algo con lo que obtendrán mejores resultados para la sociedad. Entre los tres surge el amor, a través del cual pueden deshacerse de un hechizo que les imposibilitaba trabajar, y con amor eliminan inconvenientes y peligros que azotaban Karsten, como las mantícoras comehumanos «…patas poderosas, lomo alargado, cabeza peluda y colmillos feroces. Una mantícora. […] su objetivo principal eran los niños y la gente indefensa».

Y juntos van en busca de la Morada del límite, situada en Aleby, en la frontera con el Mar de los sueños, una casa encantada cuyo dueño la hizo invisible antes de morir para que no descubrieran sus libros, entre los que se encontraban unas profecías que hasta ahora se habían cumplido, «la inscripción significa morada del límite […] Pienso ir a investigar con Vangelis en mi próximo día libre. Si lo deseas puedes venir con nosotros».

Dotados con el poder de Vangelis, del amor entre los tres y de la magia del anillo que Alena encuentra en su taller, hacen visible la casa y toman conocimiento de lo que ocurrirá en el futuro. Pero las profecías pueden tener varias explicaciones. Lo que deciden es ir al bosque de Celphir para que los énur los ayuden en la batalla contra Orien. Estos les dan cobijo, los enseñan a luchar y se enrolan en su ejército, lo que les permitirá afrontar la guerra.

No es bueno desvelar el final. Tampoco revelar algunos pasajes clave con los que el lector se puede asombrar. Pero me ha llamado la atención la manera desinhibida con la que Belén Conde trata ciertos temas que hoy empiezan a dejar de ser tabú, a pesar de que aún no están del todo asentados en la sociedad.

El mar de los sueños no es una novela de aprendizaje al uso porque no hay transición en los protagonistas de su niñez a su vida como adultos. Desde el comienzo son tres jóvenes muy diferentes que maduran por las circunstancias que los envuelven en un tiempo corto. Desde este punto de vista sí es una novela de formación en la que se nos presentan por separado, cada uno con su vida y, tras un viaje catártico y su convivencia de diez días con los énur, salen renovados para poner en práctica en su tierra todo lo aprendido y perfeccionarse con lo que ellos han elegido, en el lugar que han elegido y con las personas a quienes han elegido, «Con los primeros sorbos de aquella infusión que sabía a anís experimentó una súbita mejoría. Sintió un inmenso cariño hacia la mujer, a la que había llegado a considerar casi como una tía o una madre».

Hasta llegar a esta madurez han sufrido y han gozado. El lector es testigo y la autora le ha hecho ver que las reglas no son tan importantes; si no nos hacen sentir bien donde vivimos, deberíamos intentar cambiarlas o poder trasladarnos de lugar con total tranquilidad. No es bueno vivir oprimidos; en este sentido Belén Conde hace una llamada de atención al problema de la inmigración; a veces consideramos nuestro un espacio que no lo es, está ahí para ser ocupado por quien esté a gusto en él, «Los énur podremos regresar tranquilamente a nuestro hogar o elegir quedarnos en Taryn, si ese es nuestro deseo. Cesará toda persecución contra nosotros y la magia volverá a ser tomada en cuenta».

Tampoco hemos de sentirnos obligados por los lazos de sangre; la verdadera familia es la que nos quiere, nos apoya y se alegra con nuestra felicidad. Deberíamos ser capaces de formar parte de una familia en la que nos sintamos protegidos, amados y necesarios; el sexo de sus miembros es lo de menos, el tipo de familia tampoco importa si prevalece el amor entre todos.

Belén Conde ahonda en la inutilidad de normas establecidas. No todos aceptamos ni nos adaptamos a lo mismo por lo que, la autora rompe una lanza en favor de la eliminación de roles preasignados. La mujer no tiene por qué realizar labores (que se suponen) destinadas a ella. El hombre tampoco. Deberíamos tener libertad para elegir lo que queremos ser, con quién queremos vivir y dónde.

El mar de los sueños podría formar parte de los cuentos maravillosos; está claro que su argumento narra hechos extraordinarios, increíbles, en los que intervienen hechizos, magos con grandes poderes que realizan conjuros buenos y malos, para los que hay anillos y talismanes capaces de contrarrestar sus efectos. Los protagonistas, buenos, deben defenderse de los antagonistas y superar las pruebas que estos ponen —como la guerra, el ataque de las mantícoras o la travesía por el mar— para salvarse. Asimismo deberán eliminar un hechizo para poder ser felices.

El cronoespacio de El mar de los sueños es, como su título, indeterminado. Los tiempos se mezclan, contemplamos adelantos del presente en un ambiente medieval con alusiones al siglo XIX: fábricas, aeronaves, brujas, todo tiene cabida en esta novela. Las actitudes también son propias de un pasado y un futuro incluso, pues el erotismo derivado de la relación entre los protagonistas desemboca en actos sexuales atrevidos que aun hoy no se contemplan como habituales.

No hay dureza en las escenas, ni en las de guerra ni en las de sexo, todo forma parte del devenir natural y va encaminado a la mejora de las relaciones. Está claro que la autora condena la guerra, lo vemos en las reflexiones de la propia Alena, «sintió una pena inmensa al considerar la posibilidad de que un pueblo diezmado como el énur sucumbiera al completo por la causa». No hay razones reales que justifiquen el asesinato de personas. También el narrador medita el asunto con detenimiento y aporta información sobre el pasado de Eryx, Alena y Vangelis, para que el lector tenga claro que son seres a los que las circunstancias, o los propios humanos, les arrebataron en un momento la felicidad dejándolos solos. Cuando somos conscientes del pasado de los protagonistas, encontramos más sentido a su presente y ponemos esperanzas en su futuro.

El mar de los sueños es una novela de formación que a su vez constituye un cuento maravilloso en donde el disfrute de los sentidos es importante para ser feliz. Cualquier motivo es bueno para aprender sobre los beneficios de las plantas, «La raíz de savia para la buena suerte y el aloe para las quemaduras también se encontraban entre los productos más populares». Las propiedades de los minerales pueden formar una mágica aleación con la fuerza de los colores para ayudarnos con nuestro estado de ánimo, «El color verde indica la presencia de hierro […] el zafiro incrementa la compasión y la comprensión de las debilidades…»

Cualquier elemento de la naturaleza nos ofrece diferentes posibilidades, solo hay que conocerlas y decidir cómo y cuándo queremos utilizarlos. Si nos esforzamos por aceptar lo que nos rodea, mostraremos «respeto por las creencias de los demás. Solo si somos capaces de conseguir ese respeto podremos vivir en una sociedad libre, libre para relacionarnos con quien nos guste sin que importe su nacionalidad, su condición o su sexo».

Por eso, El mar de los sueños es también una novela eroticorromántica en la que la mujer se muestra con un talante feminista también en el sexo. La autora no escatima, con un lenguaje cuidado, escenas de sexo explícito a través de las cuales Alena, Eryx y Vangelis exploran sus cuerpos desde el deseo y sin prejuicios, «podía oír los vientres de ambos chocando y el ruido húmedo de sus cuerpos […] alzó una de sus piernas y la sostuvo con el brazo mientras continuaba moviéndose».

Esto es lo que nos transmite Belén Conde: todos tenemos derecho a una vida feliz y a poder superar, en ella, las dificultades.

domingo, 28 de noviembre de 2021

TE PARECERÁ RARO

Resulta complicado, más que en otras disciplinas, separar el arte de lo propiamente académico en literatura, sobre todo porque, como cualquier artista, el escritor se permite soslayar algunas de las normas que presiden el lenguaje no literario. La literatura es, ante todo, la garantía de que el lector disfrutará con el libro. Hay novelas que no enganchan y no presentan objeciones en su estilo purista, pero no proporcionan el placer que busca un lector cuando comienza la lectura. Todos sabemos hablar, más o menos, aunque no todos conseguimos que nos escuchen, que nos lean. Si a este contratiempo le sumamos el de hablar o escribir sobre mujeres, el asunto se complica aún más; de hecho es difícil aislar, para una mujer, la postura personal de otras más o menos asentadas que marcan enseguida la escritura femenina.

Rosa Sanmartín desecha la norma con la que se transcriben los diálogos, es decir, a una pregunta no contesta una respuesta del aludido sino que da paso a un narrador omnisciente al que se le suman otras voces narrativas en 1ª o 2ª persona, casi siempre de mujer


—¿No puedes ir a la playa con tus amigas? Si tienes una al lado de casa.

Es que la otra es diferente. Es la de cuando niña […] de eso hace mucho, pero Claudia se acuerda […] De sobra he pasado el ecuador de mi existencia  […] Pero ella tiene que hacer su vida.

Tampoco le interesa el modelo femenino que crearon los hombres para exhibir a una mujer sin profundidad, ni el de la nueva heroína, independiente, trabajadora, triunfadora, fuerte, que teme constantemente estar en el bando de los débiles, la que cultiva su mente con la misma precisión que su cuerpo para dar la imagen fresca y resolutiva que la sociedad requiere de ella, porque ya no vale escudarse en el hombre; hemos pasado de no tener recursos económicos a cargar con nuestra vida y la de quien haga falta.

Nuestra autora sabe que esto no es así, que entre la mujer dócil y nada problemática y la rebelde y poderosa hay muchas más. Estas son las que aparecen en Te parecerá raro. Mujeres que manejan el timón ayudadas por hombres que las quieren y confían en ellas, «De la necesidad no surge nada hermoso». Porque es difícil enfrentarse a la vida solo sin caer en la depresión o la angustia.

Creo que el libro de Sanmartín es como ella, posfeminista: no se limita a apoyar a las mujeres sino que se alza en defensa de las minorías sexuales, víctimas del poder hegemónico. Este fundamento apareció en Cuando la vida te alcance y reaparece en Te parecerá raro. «La puerta se abre. Agustín va acompañado y Claudia sonríe. Besa a Ernesto».

La novela es totalmente actual porque el tema no pasa nunca de moda; todo gira en torno al amor y la muerte. Son cuatro historias, o cinco, diferentes. Son historias de amor, en las que el desamor está implícito. En la de Daniel y Paloma la muerte de un hijo se encarga de desorganizar al resto de familiares. En la de Verónica y Mario, el miedo a perder a su única hija consigue desestabilizar a la pareja. En la historia de Laura y Félix el temor a no estar a la altura, a defraudar al otro casi da al traste con la relación. En la de Claudia y Dani, un comienzo fatal puede destruir un posible futuro para ellos, y en la de Agustín y Ernesto, el miedo a perder lo construido en la intimidad no permite sacar a la luz el amor que se tienen. Estas cinco historias de amor se relacionan por medio de la muerte. Y aunque haya dolor en ellas, lo destacable es la pasión, los sentimientos que nos empeñamos en sepultar y que por fin soltamos para experimentar un reenamoramiento.

Los protagonistas parecen ser Claudia y Dani, que acaban de enamorarse cuando un accidente les trunca el futuro, pero ahí están Verónica y Mario, y Daniel y Paloma, y Agustín, y Laura y Félix que, como el eje de todos ellos, no permiten que la muerte vuelva a desbaratar familias, «Qué ingenua. Había querido proteger a sus hijos y siempre le había salido mal. ¿Era ella o era la vida?» Indirectamente, no consentirán que se interrumpa el erotismo que renacía, tímido, en una pareja «A Mario le gustaba verla desnuda. Casi es lo que más, lo que más le excita. Hoy lo está. Mucho. Como hacía tiempo».

Laura y Félix han estado siempre. Se querían aunque, por causas del destino, se separan. También el destino, tras hacerles recorrer un largo camino de sufrimiento, les permite experimentar una anagnórisis para que vuelvan a encontrar su verdadera identidad. Este reconocimiento va acompañado del cambio en la fortuna del resto de personajes. Como en una cadena de favores el estado de unos repercute en el de los otros, personas normales que han sufrido por diferentes razones pero aprenden a afrontar la vida con entereza, aportando cada uno heroicidades casi idílicas, de ahí que en la novela aparezcan, diseminados, retazos líricos, «odia la noche, odia lo oscuro, odia el negro. El negro que se cernió sobre ella una tarde perfecta de un día perfecto. Se quedó en oscuro».

Te parecerá raro es una novela de ambición asimiladora que desafía cierto impulso a la unidad que plantea; frente a la linealidad del relato, se incrementan las posibilidades narrativas. La manera en la que la escritora presenta a los personajes podría tratarse de cinco comienzos, el de cuatro parejas y el de un chico unido a su familia temeroso de perderla y quedarse solo. Hasta que decide dar el paso. Curioso, tanto dolor oculto. Estamos ante una novela que cuenta diferentes historias que son solo una. Curioso, tanto estallido de sentimientos.

El lector es capaz de ver el texto como una mediación en su relación con Rosa Sanmartín y a la vez como un campo de juego en el que las narraciones aparecen inacabadas para reagruparse en la declaración final de intenciones de la autora, «Detrás de cada persona, hay una vida; hay un antes. Por qué tanta tristeza, […] Por qué y para qué […] qué corta para pasarla llorando».

La trama está creada desde un enfoque múltiple en el que cada personaje tiene una visión parcial de lo ocurrido, de esta forma los lectores percibimos la realidad tal como es, diferente para cada uno de nosotros y diferente en la historia. No todos los personajes conocen la verdadera historia de los otros, el lector tampoco ya que el narrador cambia; a veces recuerda los diálogos de los personajes y los expone en forma de diálogos internos que le aportan cierto autocontrol ante la situación reflejada. Pretende ser narrador objetivo y dar mayor importancia al personaje (que lucha por reforzar la memoria y regular su pensamiento). Quiere ofrecer un discurso mimético para que el sujeto cognitivo de los protagonistas aparezca en el discurso narrativo de manera dispersa: «Demasiado perfecta esa familia. Démosle un escarmiento, pareció decidir la vida. Y les quitó a Manuel, el hijo mediano. El que quería jugar al fútbol. Hijo, si eso es de ricos; nosotros, pues no. Venga, parece que no tengamos dinero».

El estilo varía a lo largo de la novela, a los diálogos interiores, pensados, se unen diálogos de forma directa con los que el relato adquiere la naturalidad de la inmediatez y la expresividad del dramatismo, al dejar las palabras a un interlocutor para que las interprete


—Que no hables así, Paloma. Que los niños…

—Delante de los niños no digo palabrotas.

—¿Cómo que no?

—¿Cuándo has oído tú a los chiquillos decir alguna?

—Nunca –Ya había caído en la trampa de Paloma…

Y al narrador en tercera persona se une el monólogo interior, en primera y en segunda personas, cuando el narrador renuncia a negociar y aporta cercanía a lo ocurrido pues lo iguala al tiempo de la actividad mental. El deíctico “te” añade la subjetividad del dolor; el pensamiento, rápido, se adelanta a los sucesos, interrumpiendo la coherencia con escasos conectores que formulan el proceso egocéntrico del personaje «Buen intento por engañar a tu cerebro, aunque él sabe cuál es tu estrategia, sabe jugar muy bien a ese juego que te acabas de inventar […] Se apodera de ti y de tus miedos […] se meterá dentro de ti, te martilleará con imágenes que no quieres ver».

Loa personajes informan al lector, mediante diálogos o monólogos, de sus sentimientos, intercalados en la tragedia de lo cotidiano. Todos pasan por ella, a unos les afecta más que a otros, o de distinta forma, pero el amor está ahí para todos, capaz de vencer cualquier contratiempo.

Aunque los protagonistas son de ambos sexos el punto de vista dominante es el de la mujer, es la que dota a la historia de perspectiva, es la que más cambios sufre durante la trama, es la más afectada. La sensibilidad de Rosa Sanmartín está en la novela. La indecisión. El miedo a que la relación padres e hijos, construida desde lo más profundo del corazón se rompa por la mayor de las desgracias. El miedo a un futuro que ya no lo es, a vivir en un presente de permanente vacío. La seguridad en el amor. Bello mensaje.

domingo, 23 de junio de 2019

HISTORIA DE UN AMOR TURBIO


Tenía muchas ganas de leer esta novela, un reto como todas las de principios del siglo XX. Estar escrita, además, por el cuentista nº 1 de Latinoamérica, Horacio Quiroga, aseguraba encontrar el horror que esconde la naturaleza y su presión sobre el ser humano; aseguraba un estilo sobrio, preciso, de gran contención verbal. Sin embargo, estas características, del todo acertadas en la narrativa breve suponen un contratiempo en la extensa, si dejan a la vista unos personajes faltos de evolución psicológica.

Precisamente éste es uno de los inconvenientes de Historia de un amor turbio. Comienza con un narrador en tercera persona, omnisciente, que retrata a alguien refinado, culto, tal como demuestra la sinestesia evocadora de un pasado mejor y la metáfora empequeñecedora que compara el lugar donde se encuentra con el anterior, «La angosta franja de cielo recuadrada en lo alto, evocábale la inmensidad de sus mañanas de campo, sus tempranas recorridas de monte, donde no se oían ruidos sino roces, en el aire húmedo y picante de hongos y troncos carcomidos».

Esta minuciosidad en la descripción, lo mejor de la novela, plagada de imágenes, metáforas y comparaciones nos lleva a un realismo que, en ocasiones recuerda a Chejov mientras que la ironía, reforzada por la hipérbole, nos acerca al romanticismo de Poe «Quien le detenía era un muchacho de antes, asombrosamente gordo y de frente estrechísima, al cual lo ligaba tanta amistad como la que tuviera con el cartero». También en el diálogo, bastante absurdo por parte del chico, encontramos que, con humor, el narrador lanza una dura crítica a la sociedad «la dosis de corrupción civilizadora que se necesita para convertir en ese imbécil escéptico a un honrado muchacho». Esta crítica va en aumento, ahora con sarcasmo, al animalizar al personaje, «Pero Rohán se había cansado ya del excelente animalito, y caminaba solo».

Si este primer capítulo hubiese conformado un cuento, tendría un final cerrado y se mantendría en la línea sencilla y directa de los grandes cuentistas antes nombrados, él incluido. Pero Quiroga no pretendía sino una novela, por lo que advierte que la trama empieza «ahora», mediante una analepsis, «volvió al pasado». Es en el capítulo II donde ya no tenemos la impresión de estar ante una novela, y tampoco ante la eficacia demostrada por Allan Poe, pues los personajes carecen de la profundidad propia de los del estadounidense). Todo queda narrado con bastante superficialidad; encontramos frases inacabadas fruto, en ocasiones, de un uso excesivo del lenguaje oral; a veces podemos entender el significado «Cómo de un padre como yo… Y no se preocupó más de su hijo», pero otras es casi imposible «—¡Sobre todo lo que decía hoy! —Eso más que nada. Figúrese que una vez…».

Hay situaciones en las que la narración ofrece datos que parecen importantes para entender un futuro cambio en la personalidad de un determinado personaje, o simplemente para conocerlo mejor, pero el lector se lleva una decepción pues estas referencias no se retoman. Es el caso de los gestos involuntarios que Mercedes realiza con sus manos al ponerse nerviosa desde que soñó, siendo niña «que un pájaro le devoraba las manos a picotazos» ¿Es por eso por lo que aprende a tocar el piano? Está claro que el piano le sirve como relajación, pero en realidad no siente la música «Iba a la sala, paseaba aburrida, tocaba un momento el piano en sordina, miraba uno a uno los cuadros […] volvía aburrida a la cama» ¿Realiza estas acciones por su carácter nervioso? ¿Qué tiene que ver entonces el sueño de los pájaros? Son lagunas que conforman una narración insustancial.

Asimismo, en diferentes circunstancias, los diálogos quedan inacabados porque en realidad la conversación llevada a cabo no es importante para el argumento, «Usted ha estado ocho años, es inteligente, sabe francés…».

Todo lo señalado hace de Historia de un amor turbio una novela de poca calidad. Podría ser un cuento en el que se retrata a unos personajes tipo: la madre, típica dama insulsa, inoportuna, indiscreta, cuya única finalidad es conseguir casar a sus hijas con hombres pertenecientes a una elevada capa social y con dinero, sin importarle su felicidad. El narrador, omnisciente parcial, eco del propio Quiroga, no pierde ocasión para criticar a la burguesía y su modo de vida superficial:

—¡Cuándo va a vernos Rohán! —quejóse la madre, aunque en verdad la queja era por el calor que hervía dentro de su enorme corsé—.

Las hijas, que, aunque son tres, la mayor, Lola, se casa enseguida y desaparece; sólo la describe al principio, pero nunca más se la nombra, como si ese personaje se hubiera olvidado. Por lo tanto, nos quedan Mercedes y Eglé que, junto al protagonista, Rohán, configuran uno de los tríos amorosos más turbios de la novela romántica.

Mercedes es una chica amargada. Teniendo en cuenta que ha sido preparada para el matrimonio y nada más, su vida se limita a hacer apariciones en sociedad, acompañada de su madre y hermanas. Es normal que se ponga nerviosa al ver que el tiempo pasa y no consigue al marido anhelado. No podemos llegar a tener certeza de si el amor que siente por Rohán es verdadero o fruto de la desesperación por salir de casa. Lo que está claro es que no es cierto que «Mercedes y Rohán se querían cordialmente», afirmación del narrador que, llegados a este punto, ya sabemos que ha enfocado su relato en el punto de vista del protagonista.

Mercedes siente atracción por Rohán y, a su vez, celos de Eglé, algo inaudito teniendo en cuenta que la edad de la pequeña era de 9 años cuando conoció al hombre de 20. Pero él la mortifica, de broma o no tanto, «hemos decidido con Eglé que los besos que le doy no son para ella» (a pesar de la sintaxis incorrecta podemos deducir que Eglé y él hablan de Mercedes), por eso la chica contesta dolida, «—¡Ah, no! ¡Si es por eso, puede evitarlos, amigo!».

Rohán se va a París durante ocho años, por decisión de su padre, para ver si se interesa por algo, empresa en la que fracasa porque a este caballero sólo le importa él mismo. A su vuelta, Mercedes es capaz de humillarse ante él quien, a pesar de provocarla constantemente, y besarla incluso, la rechaza de forma brusca, «¡Pero es idiota lo que está haciendo […] le juro que no estoy absolutamente enamorado de usted […] —¿Hasta mañana, no? […] ¿Usted me hace el amor, Rohán? —De ninguna manera».

Eglé es un caso único, quiere a Rohán desde que tenía 9 años, debe aguantar los flirteos de éste con Mercedes, su prolongada ausencia y sus inseguridades hasta que finalmente consigue ser su novia. Pero no está convencida del amor que él le asegura, de sus cambios de humor, sus desplantes, sus reproches… Sorpresivamente, demuestra el carácter más firme de todos y, lamentándolo de todo corazón, lo deja, pues se da cuenta de que es un hombre envenenado, que sólo puede traerle dolor. Eglé siente pánico ante su novio y sus reacciones, no obstante es capaz de romper con él, «—Mira —le dijo Eglé, con la voz rota de embargo—: Yo creo que no podemos ser felices así… Mejor es que dejemos…».

Eglé quedará soltera, también Mercedes, probablemente porque en sus vidas entró Rohán, un señorito con dinero, acostumbrado a vivir de su padre, sin ganas ni entusiasmo por trabajar o realizar cualquier cosa que no sea en beneficio propio y sin esfuerzo. El interés que muestra hacia algo, sea lo que sea, decae enseguida. De hecho, tras tanto tiempo deseando ser novio de Eglé se cansa a los dos meses, «Pasaron dos largos meses, y Rohán comenzó a hallar un poco largas sus visitas». Se siente poderoso ante una niña «—¿Y te casarás conmigo?». Este principio de acoso es el anunciador de lo que será luego su relación con ella, la humilla flirteando con su hermana, se siente superior a su novia, indispensable para ella «—¿Le agrada que haya venido? […] —¿Por qué? —preguntó al fin. —Por lo pronto —respondió él secamente— porque creía que eso le iba a agradar».

Realmente, es el típico maltratador, que se arrepiente nada más hacer o decir algo que hiera a su novia Eglé o a Mercedes «—Tengo ganas de llorar —dijo Mercedes suavemente […] —¡Pobrecita! ¡Pobre, mi amor…».

Rohán es un egoísta con todo lo que le rodea; este sentimiento lo convierte ante Eglé en machista «—¡Qué sabes tú […] Tú no sabes nada. […] Eglé perdonaba, con la misma débil sonrisa». Y se convierte ante las dos hermanas en maltratador psicológico, capaz de abusar de ambas incluso físicamente «Rohán la siguió (a Mercedes) y, mudo, atrájola violentamente a sí. La besaba aquí y allá…». En realidad es un desequilibrado acosador que no quiere a ninguna pero juega con las dos, incluso cuando le dice a Eglé que se le ha ido la pasión porque quiere más de ella y no se lo da. Pero la joven se da cuenta de lo que pretende en realidad y de lo que la ha hecho pasar, «pocas novias soportarían lo que me están diciendo». Lo deja, y cinco años después sigue sin querer estar a su lado aunque él piense que «Eglé tenía ya veintidós años y no quería quedar soltera». De esta forma como un héroe romántico mimetizado con la naturaleza abandona para siempre a la familia «Mientras miraba por la ventanilla, en el crepúsculo frío, las flores heladas de cardo que se desmenuzaban volando al paso del tren». Pero ya es tarde. No es creíble.

Indudablemente hay que leer sus cuentos, porque Quiroga es uno de los mejores en este género.