sábado, 12 de noviembre de 2022

EL ÚLTIMO BARCO

Es una pena que la última novela de Domingo Villar haya sido la última. El último barco empieza de forma tranquila. El ambiente es sosegado y familiar a pesar de la tormenta que abre la trama. Es la tercera entrega del inspector Leo Caldas; una historia más familiar, en la que el paisaje gallego actúa como protagonista y se une a los personajes hasta conseguir que todos se fundan en él. No solo los principales, un gran número de secundarios ofrece un panorama bastante completo del hombre unido a la naturaleza y los misterios que encierra. Incluso el aragonés Rafa Estévez, a punto de tener un hijo vigués, está más relajado e intuitivo, aunque su presencia siga imponiendo a los vecinos y los animales experimenten cierta ansiedad a su alrededor.

Leo Caldas, un inspector como pocos en la novela negra, va volviendo a sus orígenes y la complicidad con su padre es maravillosa —y definitiva para resolver este caso—. En El último barco no hay acción trepidante, pero mantiene la intriga del lector hasta la página final y, conforme avanzamos, nuestra tranquilidad se va transformando porque estamos deseosos de saber qué ocurrió. Como en La playa de los ahogados o en Ojos de agua, Caldas da la vuelta a lo evidente para descubrir el enigma. No estamos ante una novela negra tópica ni típica. Tanto el inspector como el agente parecen dos amigos que charlan de su vida mientras buscan aquello que les interesa. A su paso vamos encontrando verdaderas joyas de la naturaleza gallega y descubriendo oficios medievales, que solo quienes disfrutan con el trabajo minucioso y bien hecho mantienen vivos en el siglo XXI.

Es un deleite leer a Domingo Villar pues consigue que nos fijemos en un estilo de vida un tanto atípico, una vida en contacto directo con la tierra, el mar y todo lo que nos ofrecen. Las descripciones exhaustivas, que incluso personifican a la naturaleza, aportan gran profundidad a la narración «El sol incidía sobre las algas descubiertas por la marea envolviendo el mediodía con un aroma intenso». Aprendemos a disfrutar de la comida sencilla, del arte y de quienes ponen todo lo que saben a nuestra disposición. Más allá de la trama, hay algo en la pareja protagonista que nos envuelve y da seguridad, puede ser la intuición, la forma perseverante de trabajar, la ayuda que aceptan de cualquier profesional, la atención dedicada a cualquier posible testigo o la preocupación por el bienestar general.

El inspector no es el cínico desencantado de la vida propio de la novela negra, tampoco debe hacer frente al caso él solo, sino que se rodea de un buen equipo, todos compañeros eficientes, y de su padre, la viva imagen de la paternidad, siempre dispuesto para su hijo. A Leo Caldas le gusta su trabajo y empleará el tiempo que haga falta hasta que quede bien hecho. Además es un gran conocedor de la psicología humana por lo que a su minuciosa investigación le añade una poderosa intuición.

Los diálogos son sugestivos, certeros, irónicos, «—Un día bonito —le saludó Leo Caldas. El hombre se quitó la gorra y se pasó el dorso de la mano por la frente empapada de sudor: —Para pasear no debe ser un día feo —dijo, con una sonrisa»; las conversaciones unen dos tipos de carácter muy distintos, el directo de Rafa y el esquivo de todos los demás; en ellas Villar no pretende reflejar ningún tópico de la forma de ser del gallego, o sí, pero no resulta ofensivo ni caricaturesco. Hay mucho cariño hacia los aldeanos gallegos y, por extensión, hacia los que viven en los pueblos y están acostumbrados a regirse por el sonido del viento sin hacer caso al reloj, a regirse por los movimientos de los animales o al cambio de la luz del sol para saber qué va a ocurrir después. Y hay mucho cariño en la dedicación especial a los diálogos, fundamentales para agilizar la lectura, pues resultan decisivos en su mayoría y amenos o divertidos en su totalidad:


—¿Seguro que era de madera?

—De madera y muy bonito —repitió Carmina. —¿Verdad […] Antucho apenas movió la cabeza

—¿Esto fue el viernes pasado?

—El viernes, sí —Contestó la mujer

—¿Qué hora era? —quiso saber Leo Caldas

—¿Qué hora sería, Antucho, las ocho de la mañana? —consultó Carmina

—¿Iba sola?

—¿Iba sola? —repitió

Otro gesto de Antucho que ella tradujo

—Le parece que no

—Y a usted ¿qué le pareció? —preguntó Caldas mirándola a los ojos —¿Iba sola o no?

—¿Yo cómo quiere que lo sepa? —respondió ella —A esas horas yo estoy en la cama

La novela de Domingo Villar es un canto a la observación. Las intervenciones son fiel reflejo de la personalidad de los personajes, así que apenas hace falta presentarlos; los vamos a conocer en cuanto hablen o no 

—Mira —le dijo acercándose a mostrársela —es Mónica ¿Sabes dónde está

Cuando Camilo notó que el inspector se le aproximaba, se estremeció: cerró los ojos, incrementó el balanceo y contrajo el rostro en una mueca de espanto, como si le faltara vida.

Los vamos a conocer por el gesto o el tono que empleen


—¿Cómo está el doctor? —le preguntó

El resoplido del comisario fue más aclaratorio que cualquier explicación.

Todo es importante, la forma de moverse de Camilo, sus silencios, son claves. También Napoleón, que observa minuciosamente a los transeúntes, es fundamental para ir descubriendo los hechos. La investigación queda expuesta con gran cuidado y detalle, tanto en las conversaciones como en las notas tomadas por los policías o en las impresiones de Leo Caldas.

Entre los temas a los que alude podemos destacar la crueldad con la que son tratadas ciertas personas, por prejuicios, hipocresía o por la mentira que nos lleva a la degradación humana.

Hay una llamada de atención para que apreciemos los cambios que se producen a nuestro alrededor, para que no nos quedemos estancados en el pasado por muy bello que haya sido; la vida continúa y el progreso está en unir el encanto a las nuevas necesidades.

Otra llamada de atención a los medios de comunicación alerta del daño que pueden producir con diferentes tipos de acoso a quien es diferente. Vivimos en una sociedad implacable, que no da segundas oportunidades.

Gracias al ritmo lento podemos reflexionar sobre esto al mismo tiempo que crece nuestra inquietud por un misterio que da más de una vuelta y en el que se van incluyendo numerosos personajes, todo un elenco de sospechosos que aumenta la tensión de la lectura.

Domingo Villar escribe una novela negra apartada de clichés. El asesinato es fortuito pero nos lleva a otros casos más sórdidos que iban causando estragos y sembrando el miedo absoluto entre los habitantes. El último barco engancha desde el principio porque todo es verosímil, lo que ocurre y las hipótesis. Cualquiera de los que aparecen puede ser el asesino. La prolija exposición de posibles hechos consigue hacernos cambiar de opinión una y otra vez por lo que la angustia se intensifica con el paso del tiempo y el temor de los investigadores a no poder solucionar el caso. Hay muchos candidatos para explicar una posible conclusión. Hay muchos personajes sin coartada, pero el círculo se va cerrando con evidencias aunque no podamos descartar a nadie hasta casi el final de la lectura, hasta que somos conscientes de que no había otra posibilidad.

Ojalá sirva esta reflexión como homenaje a Domingo Villar, alguien capaz de cantar, en la novela negra, a la vida y a la esperanza de un mundo mejor.

sábado, 5 de noviembre de 2022

LAS HEREDERAS

¿Qué heredaremos de aquellos que ya no están? ¿Es tan importante una herencia para solucionarnos esta vida que la intuimos pender de un hilo? ¡Por las diosas! Tenía claro qué iba a comentar de esta novela y empiezo con preguntas retóricas y una exclamación que, encima, no es mía sino de una de las protagonistas de Las herederas. Me ha encantado. Como el argumento. Como la trama. Como el estilo. Acabo de descubrir a otra gran escritora. Aixa de la Cruz es increíble ¿Cómo puede escribir con esa madurez, y tan bien, alguien tan joven? No quiero desvelar nada importante de la novela, así que me limitaré a decir lo que avisa la contraportada e intentaré comentar, en general los temas que aparecen.

Las cuatro nietas de doña Carmen van a la casa de esta cuando ella se ha quitado la vida en su bañera, cortándose las venas. Una semana después del suceso, una vecina dio la alarma a la policía y transcurridos seis meses, Olivia, Nora, Erica y Lis se dan cita en la casa del pueblo para ver qué harán con la herencia. Olivia, la mayor, cardióloga, parece la más sensata y lleva la intención de descubrir por qué su abuela, que tanto amaba la vida, se la ha quitado. Su hermana Nora asiste al encuentro con el propósito de alquilar parte de la vivienda a un amigo, para que la utilice como almacén de droga. Ambas son hijas de Enrique, el difunto hijo de Carmen, muerto a los 40 años por un infarto de miocardio. Lis, prima de estas, también acude aun sin haber superado el terror que le provoca la casa, de donde una mañana de Navidad se la llevaron a un psiquiátrico en el que ha estado encerrada seis meses. Y Erica llega con la ilusión de reformar la finca para convertirla en un centro de contacto con la naturaleza. Cuatro mujeres muy distintas, en un principio, que necesitarán pasar esos días juntas para apreciar cuál es en realidad su legado.

La novela de Aixa de la Cruz se sustenta sobre un eje: la mujer. Las herederas es la historia de cuatro mujeres de una familia cuyas identidades, tan diferentes originalmente, se reconstruyen en un espacio concreto: en casa de la abuela muerta y a través de un tiempo atávico: la repetición de acciones heredadas de doña Carmen. Las cuatro olvidan sus quehaceres tan dispares y se van acercando hasta descubrir que todas han sido consecuentes con sus actos, aunque de sus comportamientos se pudiera deducir lo contrario.

La responsabilidad de Olivia la ha llevado a la obsesión excesiva por agradar, algo parecido al enorme compromiso de Erica con la naturaleza y su confianza en los demás; el compromiso de Nora ha desembocado en su anulación como persona al engancharse a las drogas para rendir más; el mismo final ha conseguido Lis, adicta a estupefacientes recetados para evitar renunciar a su hijo.

Leer a de la Cruz es navegar por la autoconciencia y expresión femeninas; nos encontramos con mujeres sujetas a la valoración externa que se han visto privadas, por ello, de autonomía real. La forma de actuar de Olivia es fruto de la culpa que la aprisiona; la de Erica deriva de la poca confianza en sí misma; la de Nora es consecuencia de la falta de trabajo para poder vivir y la de Lis, el resultado inequívoco de la relación con su marido.

Las personalidades de todas están vinculadas al núcleo familiar, encarnado en doña Carmen, aunque cada una reivindica su propia subjetividad. En Las herederas no existen identidades ni la idea de encontrar una forma ejemplar de comportamiento femenino. Las cuatro nietas rechazan los problemas psicológicos inherentes a la naturaleza de la mujer, algo que desde siempre ha facilitado que se la considerase débil, enfermiza; Lis fue diagnosticada como enferma mental una vez que se apartó del comportamiento socialmente aceptado para la maternidad, «Una intuición dolorosa de que nunca nada es como se publicita ni, mucho menos, como se ha imaginado».

El lector se enfrenta, a través de las protagonistas, a las características que imperan ahora en la sociedad y echa por tierra la homogeneización femenina y lo roles asumidos: la locura unida a íntimas manifestaciones de los sentidos, la falta de adaptación social, derivada de la falta de trabajo, que desemboca en una lucha a costa de ir destrozando el cuerpo y la mente, el sentimiento innato de la maternidad, la historia que marca nuestro día a día de adultas cuando el origen reside en traumas infantiles agazapados en la mente y dispuestos a salir en cualquier momento, la identidad sexual sin ningún tipo de innovación «…los niños la emprendieron contra ellas, concretamente contra Olivia, a quien veían deambular con sus lecturas voluminosas bajo el brazo y su corte de pelo masculino. Olivia la tortilla. Olivia la tortilla».

En Las herederas encontramos nuevas subjetividades, producto de expectativas, experiencias y modos particulares de ver lo que nos rodea «creo que podemos archivar la experiencia como si fuera un libro de biblioteca, para que no se pierda para siempre. Le ponemos un código, un nombre específico, y así, cuando lo oiga, podré acceder a ello».

Hay algo paradójico en la novela que nos confunde, el amor entre las hermanas y el odio entre ellas; el anhelo de un hijo, el rechazo a tenerlo y el miedo a enfrentarse a él; el repudio a las drogas y la necesidad de consumirlas cuando nos evaden, cuando queremos dar rienda suelta a nuestros deseos.

Al leer Las herederas confundimos, a veces, el realismo mágico, el surrealismo y la literatura fantástica «Olivia nos ha explicado que todas fuimos alguien antes pero que, en general, lo olvidamos al nacer. Peter, es decir Sebas, también lo había olvidado pero por algún motivo lo recordó de pronto en navidades, mientras jugábamos al escondite. Y yo […] no fui capaz de entender. Pensé que lo habían suplantado». Estas representaciones maravillosas están integradas en la historia y así las percibimos, no tienen una explicación racional; son los miedos a que el hijo no sea como esperamos, a que nuestro razonamiento no funcione en consonancia con lo establecido. A través de estas experiencias “metafóricas” de las cuatro primas estudiamos la realidad social de la mujer y las ganas de difundir una serie de valores que revelan la verdad interior, los sentimientos que se mantienen ocultos por miedo a que sean tomados como absurdos.

Lis tiene un problema en la relación con su marido. Olivia siempre ha tenido problemas en sus relaciones de género y ambas lo solucionan mediante una transformación simbólica, cuando recuerdan a la abuela y son capaces de eliminar la culpa que las ha perseguido durante años.

Nora tiene problemas con su jefe, que la amenaza constantemente con el trabajo. También se ha anulado ante los sórdidos deseos de su novio. Erica se enfrenta a una relación invisible, alguien la violó pero, al ser drogada, no recuerda quién ni cómo, solo es consciente de la consecuencia.

En la novela somos conscientes de que las características atribuidas al hombre son diferentes a las de la mujer y claramente favorables al sexo masculino, que le aportan autoridad, fuerza razón y libertad, mientras que lo femenino se traduce en sumisión, debilidad, locura y ocultamiento.

Hemos avanzado en materia de igualdad, pero el sistema patriarcal sigue ahí. Aixa de la Cruz aboga por un mundo donde se equilibren estos valores, un mundo en el que sea posible cambiar la realidad, «es lo que habría hecho la abuela […] cuando era niña y oía voces. La realidad es maleable; hay una interpretación posible para cada cuerpo; y es mejor cambiar la realidad que alterar los cuerpos, porque estos son los que al final enferman».

Buscamos un mundo en el que sea posible la libertad, en el que no nos sintamos pertenecientes a nada ni a nadie, «No un lugar para morir sino un lugar de paso». Un mundo donde se reconcilien lo racional y lo emocional, la libertad y la responsabilidad; un mundo en el que la comprensión sustituya a la subordinación. Un mundo en el que los atributos de género se opongan al sexo, «se cruza con una adolescente de aire militar, musculoso y con la cabeza rapada […] rasgos familiares, eso sí, los ojos rasgados y una pelusa rojiza alrededor del cráneo […] —He visto a tu hijo y es perfecta».

sábado, 29 de octubre de 2022

EL ARTILUGIO REGIO

Mi última lectura la empecé de forma distinta a como la he terminado pues, si al principio presagiaba una narración algo soez o de mal gusto, debido al título, fui descubriendo en el estilo una manera de interpretar la realidad histórica desde la deformación intencionada de varios elementos, que llevan indiscutiblemente a la sonrisa, incluso a la risa abierta. El artilugio regio o la conspiración de las pollas no es una novela que pueda leer con facilidad cualquier lector, y no por el humor escatológico predecible debido al título, sino porque el marcado sentido histórico se deja ver no solo en los hechos sino en palabras, expresiones u objetos que ya no se utilizan y nos obligan, a los menos avezados, a buscar en el diccionario, aunque a veces, es cierto, el significado se adivina fácilmente por el contexto.

El artilugio regio no fue ni más ni menos que un cojín circular, con un agujero en el centro, para facilitar el coito a María Cristina cuando se casara con su tío carnal Fernando VII. El tamaño descomunal del pene real es conocido, pero para saber de sus estragos no es conveniente acudir a la historia, porque concluiríamos que al rey Felón habría que haberlo llamado, según los cánones actuales, el violador Felón; sí podemos ver un capítulo de la serie televisiva El ministerio del tiempo, que trató el caso con humor, o leer la novela de Paco F. Moriñigo, que también. Con su lectura nadie puede sentirse ofendido, ni siquiera los descendientes de Fernando VII. El autor aprovecha todas las posibilidades a su alcance para mostrarnos, en un espejo deformante, la imagen cómica y a la vez tan acertada de la realidad del siglo XIX.

Términos de la época, «calesa, landó, cálculo de crujías, pechaba, ortos, lisura…» conviven con otros del baile «zamacuecas, postura en dehors», con tecnicismos: «anorquítico, garlopa, zapa, genuflexa, pensil, finta»; con símiles artísticos «suelo arlequinado», marineros «Prosíganse las diligencias según los usos de la mar», con metáforas un tanto poéticas, «Sus sentimientos navegaban ahora de empopado sobre olas que él creía amainadas» o con un vocabulario culto, específico, ya en desuso: «petimetre, pandemónium, arquibanco, pingüe, fámulo».

El estilo es impecable, no solo por el vocabulario utilizado sino porque las descripciones son soberbias, desde las subjetivas —con las que refleja a la perfección el estado de la situación o los sentimientos triunfales del personaje, «El resto de la velada transcurrió […] con pocas palabras y mucha ternura […] y además se trataba de la viuda de su archienemigo»— a las objetivas, pero no del todo, porque los modificadores oracionales aportan un plus de comicidad a la acción, «Afortunadamente para los amantes, la calle aparecía desierta en toda su extensión y los curas ultramontanos no los amenazaban con sus rezos expiatorios»; pasando, por supuesto, por la etopeya caricaturesca «Lamarq completó un paso de ballet ante el asombro de las monjas […] el hombrecillo estaba exultante», por descripciones topográficas que inciden en la desigualdad social «mientras el landó de los Owen dejaba atrás fértiles vegas de Aranjuez para adentrarse en los secarrales de Valdemoro», o por descripciones tan visuales que parecen el resultado de una escena cinematográfica «Sin prisa, con un movimiento pausado, lady Fricandoug abrió el abanico tirando de las varillas finales».

Así, a veces en serio, otras no tanto, Paco Moriñigo construye el retrato de una España oprimida en la que los únicos que creían tener libertad eran los integrantes de la corte y, por supuesto, la curia. El narrador testigo nos cuenta los hechos desde una perspectiva aventajada que le permite ahondar en la corte española cuando llegan embajadores franceses para llevar a cabo un proyecto pretendidamente secreto, en la nunciatura, del que finalmente todos hablarán excepto el nuncio que, aunque «sin la más mínima duda debe estar al corriente de cuanto se maquina en su casa», no sabe nada, porque todo ha sido urdido por una comisión encabezada por alguien con muchísimo interés en que, finalmente, tras tres matrimonios malogrados, Fernando VII tenga descendencia. Está claro que la estirpe del rey no era lo importante sino mantener como fuera los privilegios que, con otro tipo de gobierno más liberal, perderían todos los cortesanos.

Así pues, el eje de la trama, el futuro embarazo de la futura reina es la excusa para reírse de una monarquía caduca ya en 1823, no en vano el ingenio circula por casi todo el argumento, o con esa actitud lo viven algunos personajes


—la maja, la de los pechos estrávicos y divergentes […] fue amante del rey José I y la silla se la debió regalar en reconocimiento por los servicios prestados —aventuró Theresa

—¡Menuda racanería! —a Cándida le salió del alma.

El meollo de la cuestión no es lo importante; da igual para la historia de España el tamaño, forma o enfermedad de los genitales del rey, pero hay ciertos episodios en El artilugio regio que nos abren los ojos a las intrigas llevadas a cabo para boicotear al gobierno español, anular los intereses de Francia y atenuar el desprecio que los ingleses sentían por este país —o por su máximo gobernante— «Lo que pretende Macron de Medine […] que el infante don Carlos no aceda al trono y que Francia pueda influir en un país a cuyo rey le quedan pocos años de vida […] —Alguna ayudita había que ofrecerle a ese viejo rijoso que tenéis como rey—».

Momentos importantes en los que la opulencia y la sinrazón de la nobleza contrastaba con la pobreza del pueblo. Frente a las numerosas fiestas, descripciones de costumbres y diversas ocupaciones de la corte destacan las escasas escenas que desempeñan los ciudadanos más necesitados, los trabajadores, y sin embargo son significativas. La criada de Theresa, Lucrecia, protagoniza dos de estos momentos que definen al pueblo español de la época: uno de ellos ha quedado, para vergüenza de la historia, reflejado en las pinturas de uno de los más grandes artistas españoles, Francisco de Goya, «figuras de los manolos, mendigos y personajes harapientos que desde lo más alto de la cúpula imploraban la ayuda del santo. Se sentía más identificada con aquellas pinturas que con cualquiera de las iglesias…»; el otro ha sido planteado por el propio autor para reflexión de todos los que consideramos que el avance de un país va en consonancia con la educación igualitaria de sus habitantes, «—Yo no sé francés —se justificó Lucrecia, cuya dificultad residía más en la comprensión de las letras que en el idioma en que se ordenaban—».

La multitud de personajes es un retrato fiel del numeroso elenco de cortesanos que, junto a los gobernantes de la Santa Sede, se divertían y disfrutaban del dinero que le era escamoteado al pueblo «La corte de Madrid superaba con creces las intrigas vaticanas».

Y para mayor escarnio de la realeza, Moriñigo destaca en ocasiones las filiaciones imposibles con las que satiriza la sangre real, «infanta de España, […] sobrina y cuñada del rey y hermana de la futura reina, por lo que de nuevo, cuñada […] Luisa Carlota es fruto de un cruce de sangres que no facilita la adecuada oxigenación del cerebro».

Después de leer El artilugio regio me han quedado claras tres cosas, la primera es que el humor puede ser un vehículo excelente para tratar temas serios; la segunda es que no se pueden justificar actuaciones medievales en las que asumamos que una persona está por encima de cualquiera y la tercera, que hay periodos de nuestra historia que sería mejor disolver pero como no podemos, es más no debemos, de vez en cuando conviene leerlos, recordarlos y no repetirlos.

sábado, 22 de octubre de 2022

LAS HORAS PRESTADAS

Adriana ha recorrido medio mundo acompañando a su padre, único familiar que le queda y que, por cuestiones laborales, es difícil que permanezca más de tres meses en un lugar. Esto hace que, con diecisiete años, sepa más geografía, idiomas, historia y arte que cualquiera, tenga la edad que tenga y consigue, con estupendas descripciones, que los lectores vayamos internándonos en sitios más o menos conocidos, «A comienzos de noviembre tuvimos que hacer una inesperada visita a la ciudad suiza de Ginebra […] vi poca cosa, aparte de su hermoso lago de aguas cristalinas —gentileza de los Alpes».

Pero, su elevado nivel socioeconómico y el cambio constante de ciudad o país no suponen solo ventajas; Adriana echa de menos enraizarse en un sitio y ser feliz porque, a pesar de todo lo que tiene, no se siente afortunada. Le gustaría tener un referente donde refugiarse de verdad, «Establecer una rutina, tener compañeros de estudio. Caras que me resulten familiares». Posiblemente, al percatarse de que no forma parte de ningún núcleo ha hecho que ella experimente con todo lo que tiene a su alcance para conseguir estar bien consigo misma.

En Las horas prestadas la protagonista demuestra que llega a conocer a la perfección diferentes países y culturas, pero carece de estabilidad emocional «También podrías disfrutar de los privilegios que tiene esta vida para variar, en lugar de arrastrarte por los rincones como un alma en pena». Y cuando fallan los sentimientos falla todo. Adriana busca consuelo en profesores particulares que no le dan, aparte de conocimientos, nada que le sirva. Busca consuelo en una sexualidad diferente, se siente atraída tanto por chicas como por chicos porque en realidad no conoce el pensamiento de ninguno; se deja llevar por quien la haga sentir bien. A lo largo de las páginas, los lectores asistimos a la reflexión de esta joven y su inseguridad hasta que transforma el concepto tradicional de la identidad de género como algo inamovible; hay otras opiniones válidas y ella las descubre; es una construcción cultural que aún está en proceso de creación y, como tal, queda expuesta por la autora, Belén Conde Durán.

La identidad sexual femenina no aparece como fruto de la voluntad o el libre albedrío, con plena consciencia, sino como un mecanismo psíquico de poder que opera en la mente de Adriana. Necesita en todo momento controlar lo que ocurre donde únicamente puede, en su cuerpo. Por eso no solo le ofrece placer sino que lo castiga para tener la sensación de que será capaz de llegar al límite. Apenas come y, fruto del acoso sufrido cuando era niña, se siente a gusto con una figura que no es del todo atractiva. La bulimia y la anorexia forman parte de su vida, en estados incipientes, cuando empieza a ser consciente de su delgadez y le gusta «La clavícula sobresalía desobediente por encima de la camiseta de algodón, enmarcada en un cuerpo demasiado delgado que en ocasiones era incapaz de sostener mi alta figura». Su mente aún no le niega su verdadera apariencia ni el daño que se está provocando; piensa que todavía es dueña de sus actos.

Belén Conde hace que tanto Adriana como su padre vuelvan al pasado. Deben viajar desde Tokio hasta Galicia para el entierro de sus abuelos. El contacto con la casa de su infancia hace que el padre quede vinculado a su niñez, algo demasiado doloroso una vez que ya no queda nadie para compartirlo; pero otro pasado más reciente lo espera, y será el que les ofrezca a ambos personajes la oportunidad de plantearse quiénes son en realidad. La prosa de la autora nos hace entrever que la mujer ha avanzado en autoconciencia aunque su identidad está vinculada al pasado social (la colectividad femenina dependiente) e individual (el núcleo familiar). Adriana no ha experimentado nada de esto y lo añora

—…¡diviértete un poco!

[…]

—Eso iba a hacer pero mi padre prefirió romper mi momento de esparcimiento llamándome para presentarnos —remaché—

No es necesaria una familia tradicional, pero es imprescindible cierta estabilidad que nos aporte seguridad y Adriana no pide más, la busca en su padre y se lo dice constantemente, con comidas que no hace, con autolesiones leves, con enfados, con rencor, con indiferencia hasta que él también lo entiende porque probablemente estaba buscando lo mismo.

En Las horas prestadas cobra importancia la transformación de ciertos significados heredados, específicos para la mujer, mientras que despierta la conciencia femenina. Belén Conde demuestra que la mujer puede —y debe— tener una formación igual a la de cualquier hombre, por eso su novela podría pasar por una guía de viajes novelada en la que, mediante acertadas descripciones, conocemos a las personas, lugares, comidas y costumbres de Francia, Alemania, Suiza, Inglaterra, China, Corea… Esta emeritense representa, con una prosa impecable, una mujer nueva que ilustra la toma de conciencia femenina aun habiendo debido pasar (o quizá por eso) por el trauma de no haber aceptado las normas sociales y familiares impuestas «…siento que esta vida no es mía. Que estas horas son prestadas. […] No tengo identidad ni una vida propia […] Jamás sabré lo que me estoy perdiendo».

Las horas prestadas, a pesar de todo, es una novela de iniciación en la que muchas jóvenes se verán reflejadas y a las que les abre una puerta de esperanza a sus miedos e inseguridades.

viernes, 14 de octubre de 2022

EL HOMBRE QUE SABÍA DEMASIADO

Hay que leer a Chesterton. Aunque no nos guste la política. Aunque no confesemos con ninguna religión. A pesar de eso, todos deberíamos leer, al menos, uno de los ocho relatos que conforman Elhombre que sabía demasiado. Son relatos independientes, pero de alguna manera, vamos siendo testigos en ellos de cómo la amistad entre Horne Fisher y Harold March va creciendo, desde que se encuentran en La cara en el blanco hasta que se separan en La venganza de la estatua. Una amistad en la que prima, sobre todo, el respeto y la confianza por lo que la fidelidad está asegurada.

Los relatos constituyen una paradoja sobre la condición de la sociedad y están construidos desde el humor y el espíritu crítico. Cada uno comienza con la exposición de un ambiente determinado en el que las intenciones que llevan los agrupados allí se verán malogradas por un asesinato. El nexo de unión de los relatos es Horne Fisher, un político que no ejerce pero sí su familia y sus conocidos. El narrador, en tercera persona, expone cada caso como un acertijo de lógica aunque Fisher se valga también, para resolverlo, de excelentes razonamientos filosóficos.

Harold March es un periodista político cuyos conocimientos sobre el funcionamiento del gobierno son extraordinarios pero tiene poca intuición sobre la manera de pensar de los demás y se deja convencer fácilmente; para eso está asistido por Fisher, alguien que se dedica a observar a los demás, llegando a conocer perfectamente al ser humano. Esto, lejos de contentarlo, lo ve como una fatalidad; tiene la impresión de que sabe demasiado. Probablemente sea esa la causa de su apatía ante lo que lo rodea. Entre estos dos personajes retratan, a lo largo de los ocho relatos, las pasiones humanas: el complejo de inferioridad en La cara en el blanco, el fanatismo religioso o político en Las fugas del príncipe, la avaricia en El alma del colegial, la extorsión en La fuente insondable, la deslealtad hacia la propia profesión en El agujero en la pared, la culpa en Manía de pescador, los intereses personales por encima de la familia en El loco de la familia y la honradez pese a la familia en La venganza de la estatua.

Estos arrebatos consiguen hacer del ser humano alguien atroz, sin escrúpulos para agraviar de forma oculta, mientras intenta que los demás no distingan su evidente incapacidad. En todos los relatos la hipocresía humana es evidente y universal; a pesar de estar escritos en 1922 el mal funcionamiento político es bastante actual.

Como Sherlock Holmes y Watson, en 1887, Fisher y el bueno de March forman una pareja entrañable y aguda a quien no confunden las apariencias por muy engañosas que sean. A pesar de su aire despistado, la lógica con la que Fisher encara las desapariciones es aplastante; Chesterton se vale de ella para proclamar, ante todo, el sentido común como único recurso para mantener en paz una sociedad, algo que si en 1922 estaba en entredicho, en 2022 también.

Hay otro punto que une estos cien años, y es la falta de ética general. En realidad leer a Chesterton supone la desilusión que lleva el confirmar el escaso razonamiento del ser humano cuando se trata de pensar como colectivo frente a las excesivas reflexiones si queremos sacar provecho de manera individual. El sentido común de Fisher va unido al sentido del humor del narrador. Los relatos tienen gran inventiva, son agudos e ingeniosos, tanto que en pocas páginas consiguen resolver un crimen o un robo «me parecía que en ese asesinato había un error […] Un hombre había llevado allí a otro con intención de precipitar su cuerpo en el pozo; pero nadie había caído finalmente en él […] una fea sospecha sobre cierta posible sustitución, sobre un cambio de papeles»

El método que usa es casi siempre deductivo, parte de dos o tres premisas para llegar a la conclusión, o bien parte de unos hechos con los que elabora una hipótesis, la enfrenta a la realidad y la confirma «…Pero si estaba muerto y usted tenía una razón para matarlo, pudo callarse por miedo […] —Sí, yo tenía un motivo. —Entonces está a salvo —repuso Fisher…».

Para el detective aficionado la búsqueda de la verdad está siempre en la virtud del ser humano, por eso los inocentes quedan a salvo; pero en general, los ocho cuentos de El hombre que sabía demasiado suponen una visión amarga y desesperanzada «Gané la elección, pero jamás entré en los Comunes. Mi vida se ha desarrollado en aquel cuartito de una isla solitaria. […] Probablemente moriré allí» El apático Horne Fisher, relacionado con las altas esferas políticas, se ve envuelto en diferentes asesinatos que consigue resolver, a pesar de que en la resolución permanece el tono amargo del fracaso; el asesino puede quedar libre porque sería improbable que la sociedad creyera su culpabilidad de tan absurda que resulta. Los asesinos planean crímenes perfectos y sólo Fisher está en posesión de la verdad, «La inteligencia contemporánea no acepta nada que se le imponga por autoridad, pero en cambio acepta cualquier cosa sin autoridad».

El humor y los planteamientos asombrosos son una excusa para exponer la psicología del ser humano y la clave de su comportamiento, algo que se aprende a base de escuchar y observar, «En realidad todos nosotros vivimos en la más absoluta dependencia y sin embargo hablamos sin cesar de independencia».

Fisher está atento a todo lo que ocurre a su alrededor: cambios, estructuras, opiniones… a veces una palabra es la clave para dar con el asunto; de esta manera se mete en la piel del asesino y puede entender su punto de vista; interpreta lo que ve y llega a asombrosas paradojas que aparecen en el relato como metáforas, «el lápiz de plata de la luna…», ironías o juegos de ingenio «si hay algún animal viviente que detesto es un valet».

Asombra encontrar, en una narración repleta de duras críticas a la hipocresía humana y a la realidad sociopolítica, la gran imaginación visual de las descripciones en las que aparecen, con tintes nostálgicos, conjunciones en desuso de origen medieval, «Horne Fisher, maguer su afectada indiferencia…», sustantivos americanos «había escuchado esas futilezas con íntima impaciencia» o locuciones preposicionales típicas en Argentina, indudable fruto del magnífico traductor, Julio Cortazar, «Y luego de atravesar el césped pasó al otro lado…».

Además, en esta maravillosa edición de Alma Clásicos Ilustrados, podemos leer otros relatos en los que quedan confrontadas la lógica y la superstición para llegar a la conclusión, como en El relato de los árboles pavo real, de que las apariencias engañan y la verdad puede residir donde no se la espera, «Todas las lánguidas maneras del esteta lo abandonaron de pronto». La confrontación de La torre de la traición complica un espacio onírico hasta que es capaz de ordenar el caos, de sacar a la luz el enigma sin violencia, algo que dice mucho del optimismo de Chesterton «En la soledad de aquel callado y frondoso desierto el joven andaba hacia atrás […] Cuando este muro miraba hacia el oriente, las piedras relucían como pálidos mármoles».

Y por supuesto, las ilustraciones de Natalia Zaratiegui aportan otro valor añadido a este clásico. Es increíble cómo láminas tan sencillas, en rojo y negro, exponen la reflexión que el autor realiza en sus cuentos.

El relato y la ilustración quedan unidos como muestra del arte contemporáneo.

sábado, 8 de octubre de 2022

LA ÚLTIMA VEZ


Es curioso, pero he de confesar que en esta novela que acabo de leer he debido dar más de una vuelta, las que ha querido el autor, para no despistarme sobre el asunto de la trama. Deben ser los nombres parecidos, los reales mezclados con los pseudónimos, las acciones similares, el ambiente familiar un tanto inusual, el humor y la tristeza en un mismo episodio… En fin, Guillermo Martínez ha conseguido en una novela corta plantear entre líneas una serie de cuestiones que nos mantienen en una constante reflexión. Y no es que La última vez presente dificultades de lectura, todo lo contrario: el ritmo es ágil, los diálogos coloquiales que salpican las disquisiciones, bien a modo de citas bien como preguntas retóricas, consiguen mantenernos alerta y expectantes por saber qué pasa en realidad.

La historia, contada en presente, se refiere a un pasado no demasiado inmediato, tampoco tan alejado para que algunos de los protagonistas implicados lo hayan olvidado. Precisamente al sernos revelado como un testimonio los lectores no tenemos dudas de que ocurrió en realidad. Y realmente a pesar de ser una fantasía de Guillermo Martínez, lo que propone es tan evidente en nuestra sociedad que podemos tomarlo como verdadero.

Un joven y apreciado crítico literario argentino —llamémosle Merton, para no desvelar su identidad—, famoso por analizar con gran acierto las obras literarias que caen en sus manos, sin tener en cuenta la fama de los autores, llega a ser tan respetado como temido en el ambiente cultural, tanto que es contratado por un reputado diario nacional, de España, para que realice las críticas de ese periódico y aporte si cabe más prestigio a la empresa. Pero cuando ataca sin piedad la última novela de un encumbrado escritor, termina lo que «Empezó así el año mirabilis de Merton», y nuestro crítico es expulsado del periódico, del país, y bajo la amenaza de que nunca encontrará trabajo: «su honestidad a toda costa tenía algo de metal demasiado refulgente que dañaba la vista y que era mejor mantener alejado».

El joven Merton regresa a Argentina pero a los dos años recibe una carta de —llamémosla— Nuria Monclús, la más reputada agente literaria catalana, de renombre mundial, invitándolo a Barcelona para que valore, a petición del propio autor, sobre la última novela del más célebre escritor argentino —llamémosle A— quien desea que Merton le dé su opinión válida y sincera sobre su obra. La esposa de A, Morgana, lo acoge en su casa y pone a su disposición todo lo que tiene para que se encuentre cómodo. También la adolescente Mavi, hija de A y Morgana, intenta agradarlo por todos los medios.

A partir de aquí los lectores somos testigos de la lucha encubierta entre madre e hija por recibir los favores del crítico quien, en realidad, se encuentra bastante a gusto con la situación «Lo miró con una sonrisita entre burlona y desafiante que a Merton le pareció una copia quizá involuntaria del modo seductor de la madre, todavía sin los suficientes ensayos, pero que aun así, reconoció, lograba sus propios efectos».

De forma paralela, el crítico parece haber dado con lo que pretendía A, pero circunstancias externas hacen que regrese a Argentina sin tener claro haber acertado con su teoría.

Hay algo que indiscutiblemente llama la atención en La última vez y es la ironía implícita que rodea las constantes reflexiones que, sobre crítica literaria, han formulado distintos filósofos o filólogos, expuesta en un ambiente ampuloso, casi obsceno: «Subastas sangrientas de contratos millonarios, pases estruendosos de editoriales, fichajes clandestinos y aun intrigas amorosas que habían oficiado en esa misma mesa».

Aparecen a menudo deliberaciones sobre el papel del lector, sobre la forma de leer. ¿Leemos lo que el autor tenía intención de reflejar o lo que nos forjamos en nuestra mente al asociar los hechos a aquello que queda instalado en nuestra memoria? ¿Tiene el lector un papel autónomo en el libro o queda influenciado por lo que el autor deja entre líneas? ¿Actuamos los lectores según la hipótesis de Adorno?: «En filosofía hay que seguir diciendo, en contra de Wittgenstein, lo que no puede ser dicho». Merton continúa investigando en la novela de A hasta creer descubrir aquello que no aparece con palabras, aquello que queda como una marca de agua que no hace sino aumentar la intriga sobre lo que es cierto o inventado en un argumento, sobre hasta dónde un autor permanece reflejado en su personaje. A partir de ahí, el crítico discurre sobre la escritura y su carácter lineal. El signo lingüístico se desenvuelve en el tiempo por lo que no puede ser escrito de forma simultánea. Sin embargo, al formarse una imagen en la mente del lector, se convierte en un significante visual, completo, capaz de contener la marca propia de un autor determinado.

Las mismas palabras adquieren de esta forma significados totalmente distintos, incluso opuestos, en diferentes escritores. La clave está en «reunir en la memoria lo leído al finalizar». Este es el paso que damos los lectores para comprender La última vez, para distinguir entre la vida de A y su novela, para diferenciar entre Donka y «el desfile tragicómico de enfermeras contratadas para un profesor de filosofía en la hora más desnuda de una enfermedad terminal», para que entre esas enfermeras despunten Helga y Lila, «una chica radiante […] Apenas la vio —y apenas sorprendió la mirada de rechazo y disgusto de Helga cuando la hizo pasar—»; para que en realidad, no haya tanta diferencia entre la verdad y la ficción, «quería aclararte que esos favores están muy bien pagados, aunque él no se haya enterado».

Los lectores creemos averiguar, como también lo cree Merton, dónde está la clave de la obra de A, solo porque hemos descubierto la relación entre Morgana y «una esposa muy joven», porque hemos ubicado la relación entre Morgana, Mavi y Merton en paralelo a la que mantienen Helga, Lila y A. Pero en realidad, todo se esfuma ante nuestros ojos porque es inútil pretender la verdad absoluta cuando esta se difumina entre lo que pensamos real «Historia de mi vida, de Casanova» y lo que obviamos ficticio «La conciencia de Zeno, de Svevo».

La última vez es una tragicomedia que ahonda en la verdad relativa, la que exigimos socialmente pero castigamos cuando no nos interesa, la que nos resulta grotesca en la ficción pero nos reconforta cuando la aplicamos a nuestra vida, la que deseamos nos identifique pero nos frustra cuanto nos la revelan.

Guillermo Martínez aboga por vivir cada momento y disfrutarlo, no esperar a llegar al final para entender lo sucedido, porque lo más seguro es que nos decepcionemos tras el razonamiento, seremos un «suicida lógico» al que «el suicidio, la supresión del yo, sería como disparar a un muerto».

sábado, 1 de octubre de 2022

LOCOS E INOCENTES

En la última novela de Estela Melero los límites entre un tiempo y otro se desdibujan cuando nos encontramos en el mismo espacio; es una estrategia literaria para realizar, en principio, una crítica social hacia ciertos establecimientos que dan cabida a «ignoscents, folls e orats». Pero una vez que nos adentramos en las páginas descubrimos otros intereses.

No cabe duda de que en el siglo XV existió una cruda sociedad en decadencia que negaba la libertad, los derechos de los más débiles, alienados, pobres, prostitutas… Quienes estaban en posiciones privilegiadas ostentaban el poder sobre los demás, considerando a algunos de ellos meros animales. La sociedad actual ha avanzado algo.

Hay dos textos diferenciados en Locos e inocentes que corresponden a dos etapas distintas de la Historia, a dos mujeres de distinta condición social y a dos maneras de perder la cordura. Es una novela que constituye un testimonio para hacernos reflexionar sobre la salud mental, la medicina, las instituciones sanitarias y su organización.

Los hechos sucedidos tanto a Caterina como a Lidón se van uniendo en una trama, muy bien ideada, en la que llama la atención la capacidad que tenemos los humanos para mantener escondida la culpa, hasta que sale, y nos atrapa en un caos mental capaz de destruirnos.

En el centro penitenciario para enfermos mentales, de Valencia, Lidón cuenta su vida a Blanquita, mera figura simbólica con la que la protagonista mantiene un diálogo interior mientras intenta recordar por qué está encerrada, por qué de pronto se vio privada de su éxito como doctora en Historia de la Universidad. Pero no será suficiente, harán falta otros personajes que cierren el círculo para ayudar a Lidón a recordar lo que pasó un día que la declararon culpable de asesinar a Martín, su exmarido, con quien mantenía buenas relaciones.

Conforme vayamos oyendo a esta reclusa presagiaremos que ha sido víctima de un complot; la actitud que tenía Andreu, su nueva pareja tras divorciarse de Martín, era agobiante. Nunca la abandonaba; celoso, aunque transigiera con que Martín siguiera estando en su vida, y en su casa; la hacía sentir querida en sus brazos aunque presumiera que también estaba en los de su ex… A Andreu lo vemos como el prototipo de hombre controlador, de ahí que pase a ser el principal sospechoso. Conforme leemos, nuestra percepción va cambiando; los sospechosos se multiplican, las causas para hacer daño a Lidón, también; hasta que al final, Estela Melero permite, con un giro sorprendente, que la propia protagonista se construya como persona. Es un momento tenso en el que Lidón comienza a actuar sin ningún tipo de restricción para dejar al lector en shock; somos observadores de la situación hasta que atamos cabos y entendemos a Lidón, sentimos con ella el vértigo angustioso cuando descubre que los valores que la sustentaban se desvanecen, «Me doy cuenta ahora de que mi infelicidad procedía de la misma búsqueda de la felicidad. Una incesante búsqueda que no te da paz».

El remordimiento ha conseguido taladrar su mente hasta escindirla, ¿o es al revés? ¿Puede una mente dividida llevarnos a cometer actos que nos dañen? ¿Hasta dónde conviene que un cerebro en ebullición se relaje?

Hay dos temas relevantes en Locos e inocentes; en la historia de Caterina se esconden las pulsiones más abyectas del ser humano, ese que hoy perdería el calificativo de tal y que pertenece a una Edad Media mucho más cercana a nosotros de lo que nos gustaría, «La muchacha le respondió que la había visto una vez, en una de las orgías, cuando giraba la cabeza para no ver lo que a ella le hacían, como si eso le pudiera restar dolor o vergüenza». La autora denuncia la falta de ética de los responsables de ciertas instituciones que la tienen por bandera: médicos y sacerdotes; teje una prosa con experiencias reales, consideraciones reflexivas y estrategias narrativas, para construir una seña de identidad, la suya, la de la mujer que narra un hecho real mientras defiende la libertad de la mujer para utilizar su cuerpo como quiera y denuncia la actitud de quienes la apresan para torturarla mientras se creen con libertad para utilizar su cuerpo y descargar en él sus perversiones.

En la historia de Lidón se esconde el afán de ascender laboral y socialmente, aun sabiéndolo inmerecido por haber hecho uso del engaño y la ocultación.

Tanto Caterina como Lidón son sensuales, mujeres que disfrutan con el placer hasta que un hombre, real o imaginario, se interpone para hacerlas sufrir hasta volverlas locas; tanto, que solo hay una salida para ellas, la muerte, real o cerebral, «Yo te liberé de aquel incendio. Te llevé a casa y cuando nos avisaron tú estabas tan drogada que solo asentías con la cabeza […] tus pensamientos son míos, tus actos, también».

Las protagonistas se han visto privadas de su seña de identidad; cada una de forma distinta, pero en ambas el éxito alcanzado queda truncado por unas relaciones perturbadoras. Son mujeres que han transgredido la norma, así que consciente o inconscientemente quedan marcadas por la culpa, un sentimiento que pocas veces se porta bien con quien lo padece.

Locos e inocentes hay que leerlo del tirón para poder sufrir sus efectos sin obstáculos que nos relajen, porque sabemos que al retomar la lectura, seguirá la tensión. Es lo que tiene la culpa, el poder de conseguir que no olvidemos, de hacernos creer que nos hemos liberado hasta que sale de lo más recóndito de nosotros para demolernos. Cuando todo pasa, cuando terminamos la novela, se apodera de nosotros un desasosiego del que no podemos escapar hasta que no hemos diseccionado los hechos. Y los hechos ficticios quedan avalados por la realidad; la historia es testigo del trato vejatorio que los poderosos dan a quienes no pueden pedir ayuda, porque se ven tan insignificantes que se sienten culpables de lo que les ha pasado «. Me grita que ha asesinado a Sara y Sergio Me grita, llora. Oigo las sirenas. Se corta […] Ahora irá al centro, como yo».

Y la Historia es testigo de que las más vapuleadas son las mujeres, en el siglo XV y en el XXI, probablemente porque somos más emocionales, o no, pero está claro que llevamos las de perder «Los médicos habían dejado que Caterina participara en orgías, aunque su estado físico y mental se deterioraba por momentos».

Y si esto está claro en Caterina, con Lidón permanece nuestra inquietud al preguntarnos hasta qué punto la culpa es exclusiva de uno mismo ¿Somos los únicos responsables de nuestra forma de actuar? «No tengo la culpa. Es un psicópata que me ha embaucado. No he sido yo, ha sido él».