jueves, 22 de febrero de 2018

QUE NADIE DUERMA



La vida de Lucía, «una falsa delgada, como la mayoría de las aves zancudas» es una constante contradicción, desde que su madre le dijo eso cuando era pequeña.

La incoherencia se convirtió en obsesión a los 10 años, cuando en su fiesta de cumpleaños vio realizar a su madre un acto incomprensible antes de ser atacada por un pájaro, y antes de verla morir un año después en su cama, lugar del que no se levantó desde que volvió, tras el accidente, de un internamiento psiquiátrico.

Lucía cree que sólo se parece a su madre en el físico de falsa delgada y nariz de pájaro, pero en realidad, su progenitora tuvo que transmitirle algo de su desequilibrio mental; de hecho poco a poco empieza a tomar conciencia de aquello que la unía a ella pues, «cayó en la cuenta de que al día siguiente cumpliría los años que tenía su madre cuando murió. Recibiría como regalo inverso la noticia de que su empresa cerraba víctima de una quiebra fraudulenta provocada por su dueño». Pero este pequeño trastorno apenas se nota pues Lucía es una mujer con un gran corazón, constante que se repite en las protagonistas de las novelas de Juan José Millás; esta última recomiendo encarecidamente a todo el mundo pero, especialmente, hay dos personas que sé que van a regocijarse con ella, una es mi hermana, puede que ya la tenga, otra es Karin, una incondicional de este autor, una amiga a quien hace tiempo que no veo y sé que disfrutará con este relato.

Que nadie duerma tiene todos los ingredientes que los lectores de Millás conocemos, pero es normal, es el sello del autor; sin embargo en esta ocasión, puede que por las premoniciones que he encontrado, «Algo va a suceder», puede que porque no me gustan en general los pájaros, la tensión se palpa desde la primera página. La estructura de la novela tiene mucho que ver en ello ya que, Lucía, una vez que quiebra su empresa por la mala gestión del jefe, debe buscarse otro trabajo. Decide ser taxista al tiempo que se enamora de un vecino al que apenas conoce, sólo lo ha visto una vez, pero ha encontrado en él algo que la conecta, la ha hecho amar la ópera y tiene, como ella, fisonomía de pájaro. Otra constante en Millás, la conexión entre los personajes.

Así pues, Lucía se va transformando día a día en la protagonista de la ópera Turandot y al mismo tiempo comienza a pensar y moverse, a sentirse pájaro aunque se vea mujer. El desdoblamiento de personalidad también es fácil distinguirlo en las novelas del autor. Pero este desdoblamiento va más allá pues en esta ocasión también ocupa el espacio, de forma que la realidad y la ficción quedan en un mismo plano por lo que ni siquiera el lector ve como rasgo delirante de la protagonista, sino como algo normal, el circular por Madrid sin ningún problema llevando como guía un mapa de Tokio.

Al taxi de Lucía-Turandot suben personas de todo tipo, aunque con un punto en común, todas tienen algo de pájaro

nada más verla a usted he pensado que podríamos ser hermanas. Por la nariz, ¿no lo ve? La mía es la de mi madre
—La mía no. La mía es de mi padre y más de una vez he pensado en operármela
—¿Qué dice? Si las narices aguileñas son magníficas

Y así, con esta actitud, la protagonista no duda, a partir de que recoge a su primera clienta en hacer el bien y ayudar a todo el mundo, desde no cobrar la carrera o darles incluso dinero si cree que les hace falta, hasta acostarse con ellos cuando considera que puede hacerles un bien; incluso, conforme va tomando confianza en su trabajo se permite actuar como juez entre conversaciones de sus pasajeros, siempre defendiendo, por supuesto, al más débil «…Digo que si yo fuera su mujer, le habría dado un par de hostias con esas manos que tiene al final de sus cortos brazos. El individuo se quedó sin habla durante un minuto o más […] Se sentía tan poderosa, tan fuerte, que casi deseó que el cliente añadiera una inconveniencia para detener el coche, volverse y darle de verdad una bofetada […] —Déjenos aquí mismo —Con mucho gusto…».

Paradójicamente al trabajar en un taxi y relacionarse con todo tipo de individuos aparece otra de las características invariables de Millás, la soledad «La gente, en general, daba asco».

Lucía-Turandot se siente sola, realmente no tiene familia ni amigos, pero el verdadero aislamiento viene de ella misma, en su interior se siente distinta al resto, de ahí que intente por todos los medios conectar con alguien «…ella sólo pensaba en el que venía detrás. Quizá por eso había acabado de taxista…».

Asimismo, el amor, presente también en la narrativa de Millás, aparece en Lucía de forma platónica, pero con tanta fuerza que todos sus movimientos van destinados a conseguir a su enamorado, está segura de que en cuanto la vea caerá rendido y, sin saberlo, a eso se dedica, a conocer, a defender personas que curiosamente la van llevando hacia su Calaf, hacia su único amor, y ella se deja aun teniendo un mal presentimiento «su intuición le dijo que algo no iba bien».

Lucía-Turandot es otra protagonista de Millás cuya vida está influenciada por algún trauma infantil, trastorno que llega a presidir todos sus movimientos pues aunque no le gustaban los pájaros, desde que sus padres le regalaron uno traído de China, las aves formarán parte de ella hasta que no sepa distinguir quién es en realidad «La madre se acercó entonces a la jaula, frunció los labios y produjo con la lengua una suerte de chasquido que calmó al animal. —Se llama Calaf —le dijo—, viene de la lejana China». Sea como pájaro, sea como mujer, Lucía es buena pero esa bondad, repartida sin discriminación se transforma en dolor, en ira, en furia, en locura, cuando se siente humillada, herida, utilizada para una de las mayores vilezas, aprovecharse del otro en beneficio propio sin importar el daño que se pueda hacer.

La verdadera metamorfosis de Lucía se produce en ese momento y en su transformación lo hace también el entorno; ya no queda nada en esta sociedad que le guste, que la ate, por lo que es capaz de trascender a su otra realidad, aquella en la que, al menos por unos instantes, puede convertirse en un reducto de felicidad.

Llegados a este punto obvia decir que la confusión sueño-realidad también está presente en todas las novelas del autor, puede que en realidad sea porque los protagonistas tienen un punto de inseguridad o de inconformismo con la realidad; el caso es que ni ellos mismos saben quiénes son en determinados momentos «Las mejillas, tratadas con una mezcla de polvo de arroz y avena […] le daban una palidez característica de algunos personajes del teatro chino».

En el caso de Lucía, el desorden forma parte de lo cotidiano, sus órganos cobran vida y realizan acciones propias «tenía en los labios una expresión que componían ellos mismos, a veces, por su cuenta […] entre la calma y la ansiedad»; sin embargo en otras ocasiones se cosifican «Su corazón se detuvo unos instantes, pues, y en seguida volvió a reiniciarse, como esos colapsos inexplicables que sufrían a veces los ordenadores…».

Del mismo modo, el nombre es un importante distintivo de la realidad desdoblada del mundo en el que se desarrolla Lucía, si a veces se llama Turandot, su enamorado, Braulio Botas, es Calaf, como su pájaro actual, como el protagonista de la obra de Puccini y como su primer pájaro. Por el contrario, están los innominados, aquellos que no merecen existir, en Que nadie duerma, se trata del exjefe de las oficinas de Lucía «las sombras de los indigentes inclinándose sobre el cuerpo del cabrón como animales hambrientos sobre un pedazo de carroña».

Otras veces sube al taxi «gente misteriosa, oscura, transmisora de un malestar indefinido…».

Y aquí reside la genialidad de nuestro autor; al final, todos aquellos en los que Lucía detectaba algo en común, todos aquellos que emanaban de su contacto un rechazo, todos aquellos que parecían buenas personas y todos los que no lo eran, se unen para ayudar a que la protagonista pueda llevar a cabo su metamorfosis; de hecho, como persona se va deteriorando, sin embargo sus cualidades de pájaro aumentan, como la fuerza, la facilidad para adaptarse a cualquier cambio en el ambiente, la ligereza de su esqueleto y la forma de alimentarse.

Millás consigue, como nunca, un desenlace espectacular.

jueves, 15 de febrero de 2018

CLÁSICOS PARA LA VIDA



No hay nada peor que la imposición de un pensamiento único porque el ser humano es diferente en su conjunto y la mente es libre de pensar y razonar según se presenten oportunidades. El problema, por tanto, de instaurar una opinión exclusiva es que algunas personas se verían apartadas de la sociedad, cuando no maltratadas, heridas, humilladas… (¡Hay tantos raros por el mundo!). Y aún hay otro problema, el más importante, que los más débiles se quedarían sin razonar y aceptarían porque sí, porque lo dice la mayoría, porque lo requieren las leyes. Estos son quienes van a salir peor parados porque ni siquiera se van a plantear nada, van a admitir cualquier cosa porque los demás lo hacen. Así pues los más débiles de una comunidad serán aquellos que no ejerciten la mente, que no lean, que no razonen, que no comparen porque no han sido enseñados desde edades tempranas por ignorancia o porque es demasiado costoso; no olvidemos que vivimos en la era de la comodidad.

Es gracioso, bueno, al menos significativo que, cuando está demostrado que nuestro país funciona mal, en general para el ciudadano medio y pobre —que va aumentando de manera alarmante—, a la hora de votar, seguimos eligiendo las mismas papeletas, aun habiendo dado antes, los hombres que en ellas aparecen, muestras de corrupción o ineptitud. Creo que, en la mayoría de los casos, esto ocurre porque nos cuesta leer todos los programas, razonarlos y poder votar en consecuencia para luego quejarnos si no se cumple con lo prometido.

Esto es sólo una pequeña muestra de por qué debemos ojear, de vez en cuando Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal.

Ya realicé una reseña de La utilidad de lo inútil, y no quiero pasar la oportunidad de recomendar este nuevo libro pues este autor, Nuccio Ordine, que se ha convertido en uno de mis ídolos, en Clásicos para la vida aporta pequeños fragmentos de grandes escritores que, desde la antigüedad hasta el siglo XX, tienen entre sus libros más famosos opiniones sobre cómo deberíamos afrontar la vida, para que sea vida para todos y no para unos pocos y para el resto, esclavitud o tortura.

Este profesor de la Universidad de Calabria nos recuerda cómo debemos defender la creatividad, la capacidad de asombrarnos ante lo que nos rodea, evitando la pusilanimidad, debemos defender la curiosidad frente a la apatía o al creernos superiores, debemos albergar la belleza sólo por el mero hecho de que nos hace felices y debemos conocer nuestro pasado para comprender el presente. Ordine defiende la memoria histórica para imitar lo bueno y desechar aquello que nos embrutece.

Sólo al leer Clásicos para la vida ya he apuntado algunos libros que no he leído y “debo” hacerlo. Por supuesto los recomiendo todos, pero quién no tiene curiosidad de terminar El oráculo manual y Arte de prudencia de Baltasar Gracián, tras saber lo que opina del conocimiento «Nace bárbaro el hombre, redímese de bestia cultivándose […] Es muy tosca la ignorancia. No hay cosa que más cultive que el saber».

En 1532, un poco antes de morir Ludovico Ariosto, se publicó Orlando furioso, poema épico que recomiendo a tantos jueces que ponen en duda a la mujer «…¿por qué causa tiene castigo la mujer que ha amado a uno o varios, cuando el hombre yace con cuantas se le antoja a su apetito y merece alabanza y no castigo?». Pues en el siglo XXI, algunos seguimos preguntándonos lo mismo.

La igualdad de la mujer ha sido proclamada durante toda la Historia. Creo que no hay versos más bellos que los que Cyrano de Bergerac le recita a Roxana (por boca del cadete Christian de Neuvillete

Pues bien mirado, ¿qué diréis que es un beso?
Una promesa firme, un juramento expreso.
[…]
Es como respirarse un poco el corazón,
y hacer que entre los labios el alma se desdoble

Y en el siglo XIX, John Stuart Mill aboga por la abolición de la esclavitud femenina «Tenemos el derecho de afirmar que el hombre no ha podido adquirir acerca de la mujer […] más que un conocimiento sobradamente incompleto y superficial, y que no adquirirá otro más profundo mientras las mismas mujeres no hayan dicho todo lo que hoy se callan».

Pero no podremos hablar si no se adquiere, desde pequeños —todos—, una personalidad armónica, en la familia, en el colegio, en el instituto. No olvidemos lo que Einstein afirmó en Sobre la educación «Lo primero debería ser, siempre, desarrollar la capacidad general para el pensamiento y el juicio independientes y no la adquisición de conocimientos especializados».

Hay que partir desde pequeños para educar a toda la sociedad, pero como está claro que ahora llegamos tarde, no estaría mal que el gobierno entero leyera Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift y meditara sobre lo que ocurría en Liliput, donde se consideraba «el fraude como un delito más grave que el robo».

En fin, esto es sólo una muestra de lo que podemos encontrar en Clásicos para una vida, pero también sería bonito —y deseable— que cada uno fuera capaz de construirse su pequeña biblioteca ideal.

martes, 6 de febrero de 2018

DAMAS OSCURAS


Acabo de terminar Damas oscuras, un libro que me regaló la dama más blanca, transparente y extraordinaria que pueda existir. Gracias Amaya. Sabe que me gusta el terror psicológico, algo de oscurantismo y la novela romántica, estoy convencida de que cuando leemos algo de terror, éste se engrandece y el ser humano activa todos sus sentidos, de ahí que, a pesar de sufrir al imaginarnos el relato, tanto niños como adultos, queramos saber lo que ocurre al final. «… allí estaba Médor, con las patas delanteras clavadas firmemente en el suelo. Tenía el cuerpo rígido y el pelo erizado […] La niñera estaba convencida de que tanto la niña como el perro habían visto algo que el resto no había percibido». Así que cuando vio el volumen (es de noviembre de 2017) no dudó en comprármelo. Estos actos, como tantos otros que he ido reseñando a lo largo de este blog, son los que me reconcilian con un mundo cada vez más grosero, alocado e incongruente, abocado por lo tanto a un Reanalfabetismo —puede que sea otra etapa histórica futura, como ya existió un Renacimiento cultural en el pasado–-. Pero hoy no voy a hablar de eso. A lo mejor, un día abro un apartado de pensamientos propios; hoy no, hoy estoy aquí para “hablar de mi libro”.

Me ha encantado. Damas oscuras está formado por cuentos escritos por mujeres durante la época victoriana. Hay un total de veinte mujeres, veinte relatos pues, de extensión desigual ya que encontramos cuentos desde el de Charlotte Brontë que ocupa cuatro páginas, hasta verdaderas novelas cortas de casi cien, como la de Mary Elizabeth Hawker, que curiosamente, o no tanto, debemos buscarla por su pseudónimo Lanoe Falconer. Esta autora en Cecilia de Nöel describe la religión a través de un fantasma. La novela está compuesta por varios capítulos titulados “evangelios”, en los que cada protagonista interpreta más o menos científicamente la existencia del fantasma que ocupa la casa de los Atherley. El cabeza de familia es un racional absoluto y, con gran dosis de ironía, tiene explicación para todo

—George –dijo lady Atherley– ¿qué es ese ruido?
[…]
—¿Qué ruido?
—Ese tan raro, que parecía el aullido de un perro
—Probablemente sea el aullido de un perro

Lady Atherley ve normal la existencia de su propio fantasma «nuestro fantasma campa a sus anchas por todas las habitaciones, e incluso por los salones y pasillos, así que no se me ocurre qué podemos hacer al respecto».

Y el racionalismo de Atherley llega al humor sarcástico al referirse a la iglesia «La última vez que fui a la iglesia, el predicador nos ofreció un informe tan detallado sobre las experiencias que nos esperan tras la muerte como si él mismo hubiera estado varias veces en aquel lugar en persona». Destacan los diálogos en estilo directo y coloquial cuando hablan los criados «vi un algo blanco que pasaba como un relámpago y me dio un golpe frío en la cara…».

Para algunos existen los fantasmas y son quienes no viven en paz en el más allá porque aquí no han sido buenos «algún día yo tomaría conciencia del peligro que corría mi alma». Otros, como el cura, se ofenden al ver que aún se cree en fantasmas «Personas en teoría sensatas acuden a mí para relatarme unos incidentes que me transportan a la Edad Media».

No debemos dejar escapar las ironías hacia la iglesia «el Viernes Santo […] dieciséis platos, la mayoría a base de pescado, sin nada de carne […] Incluso George dijo que no le importaría ayunar así.»

Y Cecilia de Nöel afirma que la otra vida no es un lugar «sino algo que nosotros creamos» el fantasma es reflejo de la muerte y desaparece ante la bondad absoluta «—Es suficiente […] Ahora ya sé lo que es Dios».

Veinte relatos diferentes con algo en común, todos tienen un fantasma al que hay que reubicar para que descanse y deje descansar.

Debemos agradecer esta joya literaria a la editorial Impedimenta, que ha tenido la fabulosa idea de reunir tanto a los relatos como a sus autoras.

Todas tienen en común pertenecer a la época del reinado de Victoria, una época que empieza con el Romanticismo literario y representa un cambio con el Realismo, así que en algunas escritoras encontramos características de ambos movimientos. Todas tienen en común que fueron esposas o hijas de pastores, influidas por lo tanto por la religión. Todas exponen en sus relatos a personajes dinámicos femeninos, aunque algunos de estos personajes deban morir y aparecerse después para demostrarlo o buscar la ayuda de un hombre.

Todas son feministas y pacifistas, curiosamente, algunas lesbianas, mientras que sus amigos eran hombres, lo que dice mucho del ambiente en el que se desarrollaba la mujer media de la época y el que aspiraron a tener estas escritoras quienes, casi todas, recibieron una buena educación y ejercieron profesiones de novelistas, ensayistas, críticas de arte, directoras o propietarias de revistas… Algunas, como la señora de Henry Wood (no usaba su nombre de pila) escribieron novelas que se tradujeron a varios idiomas o se adaptaron al teatro; otras, como Amelia Edwards, inspiraron sus historias de fantasmas apoyándose en otros fantasmas literarios anteriores; es curioso que Edwards tenga presente en La historia de Salomé a todos los hombres importantes de su generación y no aparezca alusión alguna a otras escritoras, de hecho el papel femenino es real absolutamente, un cero a la izquierda «Ella era judía, pero él la convertiría». Todas las páginas de La historia de Salomé mencionan a autores y obras famosas, lo que dice mucho de la cultura de la autora; hay citas de El sueño de una noche de verano (de Shakespeare), de El paraíso perdido (de Milton); hay indicaciones sobre románticos alemanes o ingleses «Recordé que Goethe había concebido aquí su teoría vertebral del cráneo; que Byron, demasiado tullido para caminar, tenía un caballo […] lo mucho que Shelley amaba la agreste soledad de este lugar, que escribió sobre él en “Julián y Maddalo” […] Todo parecía indicar que me encontraba tan solo como Enoch Arden en su isla desierta» –sacado de un poema de Tennyson–.

De esta época conocemos, sobre todo por los libros escolares, a Óscar Wilde, a Bram Stoker, a Robert Louis Stevenson, a Lewis Carroll, a Charles Dickens, a Arthur Conan Doyle, a Rudyard Kipling, a Joseph Conrad o a Thackeray. Es cierto que también son conocidas “las hermanas Brontë” (normalmente así, en grupo), Jane Austen o George Eliot (porque si la nombramos, no por su pseudónimo sino como Mary Anne Evans, la cosa cambia). Pero hubo muchísimas. El siglo XIX fue especialmente prolífico en la escritura femenina, novelistas, poetas, cuentistas, ensayistas, dramaturgas, o escritoras en general que representaron una sociedad bastante verosímil (aun en sus cuentos de fantasmas), destacada por abordar temas de una clase media emergente opuesta a la aristocracia.

Es cierto que en muchas de estas narraciones predomina el sentimentalismo, el moralismo y la caracterización realista, pero ninguna omite características propias del Romanticismo, porque en realidad son todas mujeres que ansían la libertad y se oponen a las normas no porque sí, sino porque razonan los fallos de muchas de ellas. Mediante metáforas intuimos su rebeldía ante la represión. Son mujeres que exploran el inconsciente y se introducen en un territorio sobrenatural adictivo (desde que el hombre tuvo conciencia de la muerte se ha planteado el más allá) que, seamos sinceros, en aquella época estaba favorecido por las lámparas de gas, por determinadas enfermedades que se descubrían “científicamente” como la histeria y por la vida aburrida y monótona que llevaba en general la mujer.

¿Y dónde están esas mujeres? ¿Quién las conoce hoy? Debo confesar mi ignorancia, pues no había oído hablar de casi ninguna; y mi alegría por haber tenido la oportunidad de leerlas a todas. Quedan más, no sólo inglesas, españolas, francesas, americanas, italianas… así que, por favor, ya va siendo hora de que pueblen las páginas de los libros; es perfecto que los alumnos conozcan que Frankenstein estuvo escrito por una mujer, aunque lo sería aún más ampliar las horas de literatura —casi me da la risa al decir esto— para que pudieran leer obras clásicas que entendiesen, obras que han sido llevadas al cine y les ha gustado la película, relatos cortos o novelas largas a partir de las cuales —seguro— e interesarían por la lectura, cada vez más olvidada entre los jóvenes.

No voy a comentar los veinte relatos pues sería un artículo interminable; sí quiero subrayar que, casi todas estas autoras se inspiraron en. Óscar Wilde, o en Charles Dickens, alguna de ellas estuvo patrocinada por ellos, y por supuesto admiraron a Walther Scott.

Es conveniente reseñar la valentía de Charlotte Brontë, quien se burla de Napoleón pues, tras un sueño con fantasmas hace el ridículo ante su mujer y las damas y caballeros que estaban en el salón de baile. Asimismo Elizabeth Gas Kell realizó la biografía de Charlotte Brontë, pero no sólo escribió ensayos sino que el humor elegante que desprenden sus páginas es comparable al de Dickens. Sus relatos de fantasmas son góticos, aunque como en La historia de la vieja niñera tienen un toque de realismo. Me encantaría nombrar a Rhoda Broughton, soltera, una de las favoritas del público, que acudía a las librerías de préstamo para leer sus libros, por el carácter desafiante y la personalidad controvertida que tenía y dejaba su huella en los personajes, para quienes lo onírico y lo sobrenatural formaban parte de lo cotidiano; Broughton escribió durante sesenta años y luego cayó en el olvido. Su cuento La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad adquiere la modalidad epistolar y mediante el humor critica las condiciones en las que tenía que vivir la clase media «Después de haber visitado, y creo que no estoy exagerando, todas y cada una de las residencias más indeseables del oeste de Londres, después de no haber encontrado nada a medio camino entre lo que podría considerarse apropiado para los recursos de un duque y la escasez de un deshollinador…». El humor irónico le sirve para exponer realidades de la vida cotidiana «Me resulta muy curiosa esa forma tan perversa que tienen los niños de fijar las fechas y temporadas más inconvenientes para sufrir sus enfermedades».

Violet Hunt destaca en La oración la búsqueda que en vida llevó a cabo para desafiar cualquier convencionalismo social, por lo que en este relato —buenísimo— que comienza in medias res, con la muerte del marido de la protagonista, consigue, tras una sentida oración «…nunca pediré nada más, ¡qué Él te devuelva a mí!...» que su marido reviva, pero ya no es una persona normal, de manera que él pasa seis años comportándose como un zombi en vida, un no muerto que no tolera la compañía, ni la luz, que no se inmuta ante nada ni nadie… que consigue que Alice Arner se sienta viuda a pesar de tener a su marido en casa «¿Por qué vistes siempre de negro, Alice? […] —A veces siento que vivo en una tumba. Entonces miro al techo e imagino que es la tapa de mi ataúd» Alice vive aterrada, siempre ha tenido miedo de los fantasmas y en su marido sólo ve un cuerpo. Por su parte, el señor Arner también lo pasa mal, está deprimido «y siento que necesito tomar drogas para calmarme»; así pues, tras hablar los dos y enterarse Alice de que él va «por la vida como en un sueño, un mal sueño» deciden poner fin a la situación y de mutuo acuerdo ella, mediante morfina, lo ayuda a morir, «ibas a terminar devolviendo el regalo que te habían hecho».

No quiero terminar sin nombrar a Mary E. Wilkins, quien en 1926 fue la primera persona en recibir la medalla William Dean Howells, distintivo que concede a los novelistas la American Academy of Arts and Letters; premio que juzgamos merecidísimo al leer El solar en el que se intenta razonar inútilmente ante lo paranormal, pues el pasado vuelve siempre para vengarse.


¡Inquietante!

viernes, 19 de enero de 2018

LA UTILIDAD DE LO INÚTIL


De nuevo estoy aquí agradeciendo uno de los regalos más preciados que pueden hacerse: un libro. En este caso lo reconozco doblemente, porque viene de la mano de José Antonio Artés, de quien tanto aprendo a diario, y porque me ha desvelado un autor nuevo para mí. No había leído nada de Nuccio Ordine y, de pronto, me encuentro ante un escrito, entre filosófico, literario y artístico en el que este filósofo italiano defiende un programa del todo novedoso en una sociedad que ampara, ante todo, la rapidez de actuación para obtener beneficios materiales, sin darse cuenta de que esto favorece la derrota del pensamiento.

Ordine declara, en La utilidad de lo inútil, sus principios respecto del sistema educativo europeo actual, pues, una vez leído este manifiesto, compruebo con estupor que el mal enfoque que se viene dando a la educación desde hace unos años no sólo es cosa de España.

Una vez más tomamos de otros países lo peor, en vez de fijarnos en lo que nos puede ayudar más. Pues sí, parece ser algo generalizado considerar inútiles la Filosofía, el Arte, las Humanidades; puede que por eso estén desapareciendo lentamente, de manera imperceptible en unos casos, en otros de forma descarada, de los institutos, sin tener en cuenta que estas materias son las que ayudan a ejercitar el pensamiento, a razonar, a no actuar a lo loco y, por lo tanto, a hacernos mejores personas.

Es muy difícil conseguir que los alumnos acudan contentos a las aulas porque normalmente se sienten presionados, por la nota, por las horas de estudio y trabajo, por algunos de sus compañeros con los que han de competir para obtener la mejor calificación si luego quieren entrar en una determinada facultad, por algunos profesores que fomentan esta actitud y enfoque de la vida… Es difícil, pero hemos de intentar que acepten el estudio, el trabajo, el pensamiento, totalmente convencidos de que esto, a la larga, hará que mejoren.

Y está claro que si mejoramos como individuos, la sociedad también lo hará. Es evidente que si una comunidad está formada en su mayoría por gente buena será menos corrupta ¡Y habremos dado un paso gigantesco!

Esto pensamiento no es algo mío exclusivamente, más hombres y mujeres de lo que creemos son de la misma opinión, pero los profesores debemos atenernos al sistema, a lo que nos ordenan, y vemos, destrozados, cómo se pierden horas de literatura, de educación artística, de filosofía, de latín, de griego… Sí, estamos destrozados, pero no nos rebelamos, porque el estado está consiguiendo que nos dejemos llevar, que no nos paremos a pensar en las consecuencias de nuestros actos; lo que importa es hacer, y hacerlo con rapidez para obtener beneficios inmediatos. El estado está consiguiendo que los profesores seamos cada vez más burócratas y menos educadores. Hoy hemos de rellenar impresos para todo y utilizamos un tiempo precioso en eso en vez de dedicarlo a hablar con los alumnos, a pensar en cómo vamos a enfocar una materia; porque ya está todo pensado, sólo hemos de verter a los chicos lo que nos han preparado para que cuadren las expectativas, los porcentajes, los objetivos propuestos por gente que no está realmente en las aulas y no conoce a los alumnos ni sus reacciones.

Estamos creando una generación (o generaciones) competitiva, nerviosa, deprimida (nunca he visto a tanto niño y adolescente en consultas psiquiátricas y psicológicas; nunca tantos se lamentaron de la vida que les ha tocado en suerte y, realmente nunca tantos han vivido mejor) ¿Qué ocurre? ¿Dónde está el problema?

Puede que no sea uno solo, que existan varios problemas a la vez, pero Nuccio Ordine abre los ojos a la sociedad que considera inútil todo el estudio de las Humanidades porque no da resultados efectivos «en efecto, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía […] porque resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte»; y abre los ojos porque nos recuerda a una serie de autores que proclamaron que no se puede separar el saber humanístico del saber científico porque todo es conocimiento, y por lo tanto aprendizaje y reflexión: «Ya Sócrates lo había explicado a Agatón, cuando en El Banquete se opone a la idea de que el conocimiento pueda transmitirse mecánicamente de un ser a otro como el agua que fluye a través de un hilo de lana desde un recipiente lleno a otro vacío». El premio Nobel Ilya Prigogine ve desafortunada «la parcelación y la ultraespecialización de conocimientos». Óscar Wilde también lo proclama en un verso «le superflu, chose très necésaire». Ionesco afirma que el arte «debe servir para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya». Ordine reflexiona sobre esta paradoja y se da cuenta de que cuando prevalece la barbarie ésta «se ensaña no sólo con los seres humanos sino también con las bibliotecas y las obras de arte» y es que lo grandioso desaparece cuando el ser humano toca fondo, como advirtió Cicerón «si saqueas el erario […] entonces dime, ¿significa esto que te encuentras en la mayor abundancia de bienes o que careces de ellos» Calvino ratifica que «los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado» es decir, «se han de leer porque “sirven” para algo».

Asimismo, a lo largo de la Historia, diferentes autores literarios han atestiguado las ventajas del pensamiento y la imaginación: Víctor Hugo «¡Oh, utilidad increíble de lo inútil!», David Foster «certificas el hecho de que las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuesta ver y las más difíciles de explicar»; en García Márquez encontramos «la fecunda inutilidad de la literatura», y Dante arremete contra los que utilizan las letras sólo para enriquecerse, «no deben llamarse letrados […] de la misma manera que no debe ser llamado citarista quien tiene la cítara en casa para prestarla a cambio de dinero y no para usarla tocando». En Utopía de Tomás Moro aparece una crítica a la realidad cuando «los isleños detestan el oro a tal punto que lo destinan a la fabricación de orinales […] mientras comen y beben en platos y copas de arcilla […] sin valor alguno». En La isla del tesoro de Stevenson, el protagonista, una vez encuentra la fortuna, muestra una total indiferencia por las monedas «se entretiene en catalogarlas, fascinado por la variedad de caras […] y extrañeza de dibujos grabados». Pues todo tiene su base en los clásicos, los primeros que se dieron cuenta de que en el mundo «debe rebasarse la corteza para descubrir, tras la apariencia, la verdadera esencia de las cosas».

Ordine nos detalla a diferentes autores y escritos para hacernos ver que si renunciamos a querer saber por el mero gusto de saber seremos esclavos, ya que estaremos limitados a lo que alguien decida por nosotros. Estamos en el siglo XXI, hemos de luchar por la libertad y para ser plenamente libres hemos de olvidar, en la medida de lo posible, el tiempo.

A veces asusta, a mí al menos, ver el ritmo acelerado que tomamos, y el mucho esfuerzo que dedicamos a cosas que realmente no son tan importantes, pero que nos proporcionan un efecto inmediato: salones de belleza de los que salimos estupendas y jovencísimas, gimnasios maravillosos que nos aportan una forma física envidiable, horas en el nutricionista para que tengamos un cuerpo de veinte años —de forma infinita—… sin reflexionar que muchos de esos elementos o situaciones son evidentes y los podemos adquirir mediante el sentido común y otros, también evidentes, que debemos aceptar; no nos conformamos con cosas superficiales y luchamos hasta quedar exhaustos por cambiarlas mientras que no dedicamos ni la décima parte a lo verdaderamente importante Pero lo que más me preocupa es que volcamos nuestras inseguridades, nuestros nervios en los niños, abrumándolos con clases, talleres, academias en las que pasarán toda la tarde después de haber permanecido, durante la mañana, en el colegio, sin recapitular que con quien más aprenden es con sus padres, dialogando, comentando cuentos, dibujando, ejercitando la imaginación mientras se sienten queridos, protegidos por quienes deben. En fin, esta observación, aunque es mía es sólo eco de lo que ya afirmaron en su día Platón o Sócrates, al subrayar la necesidad de que la enseñanza no haga «compulsiva la forma de la instrucción» porque «el hombre libre no debe aprender ninguna disciplina a la manera del esclavo».

¿Por qué para Kant «el gusto por lo bello es desinteresado» y Ovidio atestigua que, mediante las artes, «consigo olvidarme de mi desgracia»? ¿Por qué Recanati en el siglo XVII trabajaba en una «Enciclopedia de los conocimientos inútiles» que no llegó a materializarse? ¿Por qué para Gautier «todo lo que es útil es feo, como las letrinas»?

Otros escritores, humanistas, científicos pueblan las páginas de este manifiesto de Nuccio Ordine, quien llega a la conclusión de que lo verdaderamente útil es el conocimiento, saber apreciar la obra de arte, saber apreciar la naturaleza, saber apreciar lo bueno del ser humano; y es lo verdaderamente útil porque es lo único que al darlo no nos empobrece sino todo los contrario, nos hace más ricos.

Pero para llegar ahí se ha de trabajar de forma constante, sin prisa pero sin pausa, sin pretender resultados inmediatos tal y como proclama la sociedad actual.


A todos los que trabajan por una sociedad más rica ¡Gracias!

lunes, 8 de enero de 2018

MI QUERIDO ASESINO EN SERIE



A estas alturas escribir sobre Alicia Giménez Bartlett no tiene sentido puesto que ya lo hemos hecho en alguna entrada en el blog. Por supuesto, si la protagonista es Petra Delicado, da la impresión de que, yo, al menos, tengo poco nuevo que decir. Si habéis leído las reseñas sobre Crímenes que no olvidaré y Mensajeros de la oscuridad sabréis que me encanta.

Así pues, para finalizar las vacaciones pensé en Mi querido asesino en serie, pues el estilo de Giménez Bartlett es ágil, los diálogos son bastante realistas y los casos interesantes. No pensaba tomar notas, pues no lo iba a reseñar en Aurisecular, sólo quería leerlo pasando alguna mañana agradable.

Imposible. Aunque parezca increíble, la autora me sigue sorprendiendo, se está convirtiendo en uno de mis ídolos, y la protagonista me cautiva cada vez más, es ya mi referente femenino actual; tengo tanta empatía hacia ella que, a veces, me comparo y me veo igualita (lógicamente ése es un deseo, porque aunque es cierto que coincido con ella en bastantes pensamientos, su forma de enfrentarse a la vida está algo lejos de como yo lo hago. Pero sí, me gustaría ser de mayor, si no fuera porque ya llego algo tarde, como Petra).

Así que aquí estoy, dispuesta a recomendar fervientemente la novela porque, en Mi querido asesino en serie, nada es lo que parece en un principio. Hasta la última página estamos con la intriga, con el alma en vilo para ver la resolución del caso y la disposición en la que quedan los protagonistas. Porque en esta ocasión, qué oportuna por otro lado, la Policía Nacional debe colaborar con los Mossos d’Escuadra, algo que no sienta demasiado bien a nuestra inspectora, mucho menos cuando el inspector que se les une es bastante más joven que ella y queda al mando. A Petra le sienta mal que ocupen su puesto, aunque a ella no se lo parezca en un principio, pero para eso tiene a su lado al subinspector Garzón, que actúa, con todo el cariño del mundo, de conciencia de Petra para recordarle cuándo no tienen sentido sus enfados, cuándo no está cuidándose lo suficiente y cuándo debe descansar para que siga rindiendo con eficiencia.

Indudablemente esta relación entre ambos es lo mejor, parece que con el tiempo se haya ido afianzando más, si cabe, y funcionen como una familia. Siempre desde el respeto pero entre ellos no hay limitaciones jerárquicas, si tienen que felicitarse lo hacen y si deben insultarse, también; esto genera un ambiente distendido, cargado de momentos humorísticos que relajan, como en la vida real, la tensión a la que se ven sometidos por los crímenes que deben solucionar. Petra y Garzón son los que aportan a la novela el encanto necesario para que el lector quede seducido ante ellos; son imprescindibles porque son reales, en pocos momentos aparece en ellos la corrección política, y cuando el trabajo está más relajado, son capaces de escabullirse por cuestiones personales «de repente un buen día, frente al espejo, percibes que te han caído encima un montón de años […] ¿Alguien me había lanzado un conjuro […]? Puestos a ser supersticiosos, me decanté por el Génesis, con mucha más tradición y categoría que el mal de ojo […] Le pediría a Garzón que me solapara un rato mientras yo intentaba insuflar cierto orden en el caos de mi aspecto». Petra tampoco tiene reparos en mentir al jefe: «—¿Algún tipo de excusa que quiera darme? […] —Era mi ginecólogo […] Bajó los ojos con actitud mixta […] El tabú de la mujer como ente ginecológico había funcionado, nunca suele fallar». Y la inspectora no se muerde la lengua casi nunca, de hecho aunque lo haga, su pensamiento queda expuesto mediante la primera persona «Lo que se entiende por “equipo” deviene normalmente en varias personas que se matan entre sí por destacar […] no te digo nada si el equipo está formado por individuos que vienen de distintos cuerpos policiales» Así que ante un asesinato, a Petra no le hace gracia colaborar con la policía autonómica. Por su parte el nuevo integrante, el mosso Roberto Fraile, queda en un principio alarmado por el trato que se dan sus actuales compañeros de la Nacional. El mismo efecto surte su comportamiento en la inspectora Delicado y el subinspector Garzón, así que entre los tres partirán con algún tipo de desasosiego para resolver un caso particularmente grave en el que no cabe duda de que el ensañamiento es la clave, «yacía una mujer. Tenía la cara destrozada. Llevaba un pijama cuya parte superior estaba arremangada alrededor de los pechos. Los pantalones le enmarcaban el vientre desnudo, cuajado de marcas que parecían profundos cortes». Cada uno se enfrenta a los hechos de diferente forma. Garzón, no cabe duda, es el intermediario «No le dé tanta caña a este chico, Petra. Seguro que es buen tío» Fraile es incansable, en un principio parece debido a su juventud «Estaremos en su despacho, si a usted le parece bien —¡Adelante, adelante, Roberto, siéntase como en su casa! Iré en cuanto pueda» Y Petra, madura, analiza la sociedad actual con una clarividencia precisa: «Como influir en lo realmente importante nos está vedado, ponemos toda nuestra pasión en las chorradas. Ya nadie se plantea rebelarse […] Pero cuidamos compulsivamente nuestra salud, nos desesperamos por ser eficientes en nuestro trabajo […] desviamos la atención hacia lo superfluo.»

Lógicamente el tema principal de la novela es la resolución de los asesinatos cometidos, sin embargo hay otros subtemas que hacen de la narración algo totalmente interesante, bien por los pensamientos de Petra sobre la sociedad actual, bien porque, al tratarse de mujeres asesinadas, aparece retratado con bastante acierto el perfil de la mujer sola, madura, capaz de aguantar su soledad rodeada de otras en condiciones parecidas; algo diferente al hombre solo que, por regla general, no forma grupos de hombres en sus mismas circunstancias sino que necesita a una mujer a su lado. ¿Machismo? Puede ser pero esto confirma que nos encontramos en una sociedad machista porque siempre, en rasgos generales, es cierto

Encontramos otro subtema de total actualidad, el racismo en la sociedad española; tan avanzados y justos que nos creemos y, sin embargo, no opinan lo mismo aquéllos que vienen de fuera por obligación «me acuerdo de él porque a mi bar no vienen muchos españoles. Somos pueblos hermanos, españoles e hispanos, pero debe ser en la distancia, porque cuando los hispanos venimos a la madre patria para trabajar parece que la familia no está tan unida».

Asimismo aparece, desde el humor, una crítica al infantilismo social, a la falta de independencia en las personas que necesitamos un guía para todo, de ahí que el país, los países, se vayan amansando, vayan perdiendo su personalidad y se vayan creando sociedades pobladas por pusilánimes.

—Seré antiguo pero tengo sentido común. Esta sociedad es una mierda. Parece que la gente necesite de los servicios profesionales para todo, ya nadie es capaz de pensar ni sentir por sí mismo.
—¡Por Dios, Garzón, cómase un chorizo que calme su ansiedad!

Otro subtema que aparece con gran ironía humorística es el empleo del vocabulario que hacen las sociedades modernas, tanto mediante eufemismos para no herir sensibilidades, como a través de expresiones diferentes para conceder una importancia desmesurada a algo o a alguien y al mismo tiempo acallar conciencias «no era jefa de personal sino de recursos humanos, y eso se debía a que en las empresas ya no trabaja el personal sino las personas […] Estuve a punto de aplaudir. A lo mejor gracias a aquellos cambios sustanciales en el vocabulario los ejecutivos de la empresa conseguían una candidatura al Nobel de la Paz».

Con menos ironía, pero mucho cariño, Alicia Giménez expone el problema familiar que surge cuando uno de los cónyuges tiene un trabajo que no le permite estar en casa todo lo que le gustaría, que no le permite un horario fijo y que el estrés es el predominante en el mismo debido a que el paso del tiempo es crucial para resolver o no los casos que se presentan. Problemas que suelen devenir en el fracaso de la pareja real pero, afortunadamente, no en la novela; Petra tiene por compañero a alguien envidiable, que la acepta como es aunque a veces se enfade.

—Curiosamente eres vehemente en tu vida profesional y racional en tu vida. Quizá convendría que fuera al revés.
[…]
¡Al carajo! exclamé para mis adentros. Apuré el whisky y me metí en la cama, tan fresca como una rosa primaveral

Petra no se permite rastro alguno de debilidad ante nadie, pues se da cuenta de que, sobre todo a las mujeres débiles se las tacha de apocadas, y ella no está dispuesta a ser noqueada por nadie.

Otro de los subtemas más entrañables es que, si se quiere, el ser humano puede franquear todas las barreras que impiden la comunicación, el buen entendimiento e incluso el cariño, de ahí que poco a poco Roberto y Petra vayan aclarando malentendidos, acercando posturas; dos polos opuestos, en un principio, en todo: generación, sexo, modales, forma de trabajar, forma de vivir, prioridades, consiguen aceptarse hasta llegar a la amistad

—…Roberto está intentando hacerla participar en lo más íntimo de su vida.
—¡Afortunadamente no me ha invitado a estar presente en su ducha matinal!
—¡No sea bruta! Se siente en deuda con usted […] no todo el mundo es tan silvestre como usted suele serlo

Y por supuesto no debemos olvidar el tema de los esquizofrénicos, el dolor que supone tanto para ellos como para sus familiares, las reacciones que van provocando , desde la pena por el enfermo hasta la rabia, la soledad y la desolación del que vive una situación traumática, pasando por la impotencia de quienes se sienten apegados tanto al enfermo como al tutor o responsable del afectado

—¿Qué puedo esperar yo de la vida? Dígame. No tengo mujer pero no soy viudo. Si alguna vez me olvido de todo y me siento feliz, enseguida me asalta su imagen.

Y entre esos subtemas vamos asistiendo paso a paso a la resolución de varios crímenes, ya que cuando parece que las pesquisas para atrapar al culpable van por buen camino aparece otra mujer asesinada de la misma forma, que no tiene nada que ver con la anterior. Esto hace que el cansancio se vaya acumulando en ellos, si bien al principio no en todos «descubrí a un Garzón que parecía Drácula volviendo de una juerga sangrienta. Contrariamente, Roberto Fraile tomaba notas sin parar…», al final el ánimo queda equilibrado

—¡Coño con el mosso d’escuadra! ¡Vaya mala leche que se gasta! ¡La está machacando a conciencia!
—Lo está haciendo muy bien, esa mujer miente.

Si el lenguaje destaca por el humor, negro a veces, bastante salvaje otras, en ocasiones aparece una ironía esplendorosa «—Joder, inspectora, cuando la miro es como si viera un puercoespín en un campo de cactus!». Asimismo las comparaciones son bastante acertadas «Salimos los tres a toda máquina como tres vampiros que hubieran visto un ajo». De igual manera, aun en las situaciones más realistas y siniestras, no desaparece el punto de vista humorístico, todo vale con tal de hacer más llevadero el trabajo «Aquel cadáver […] era efectivamente el de Berlamina Mendizábal […] tenía una hermana […] se llamaba Emérita. Algo ya sabíamos antes de empezar con las pesquisas: los padres de las Mendizábal no tenían piedad a la hora de poner nombres a sus hijas.».

Y por supuesto las situaciones más cotidianas también hacen gala de un humor que sirve para ensalzar a la policía, desde el momento en que echa por tierra determinados clichés y la acerca a seres humanos

—…he dejado este detalle golfo para el final.
[…]
Yo estaba más animada que sorprendida, pero Fraile no salía de su estupefacción.
[…]
—¡Madre de Dios, alcohol en la comisaría!

Poco a poco, entre risas y sonrisas, la autora nos va llevando por donde quiere, vamos cambiando de opinión como Petra, Garzón y Roberto y, con la misma ansiedad que aparece al comienzo de la novela, llegamos a la última página, sintiéndonos satisfechos por la labor bien hecha, la de Petra y su equipo y la de Giménez Bartlett y su caso, lamentando, si acaso, que Roberto Fraile no siga con ellos pues llegan a ser un trío imparable.

¡Fabulosa!