sábado, 19 de enero de 2019

FRACTURA




Leer a Andrés Neuman siempre es un placer, aunque consiga hacernos sufrir, espolearnos hasta que nos sintamos parte de un todo o increparnos por creer que hay diferentes tipos de personas. En ese dolor que se va apoderando de nosotros conforme avanzan sus páginas hay también alegría, no sólo porque no renuncie al humor sino porque nos va inundando de esperanza, de forma que al terminar la lectura volvemos a creer en el ser humano.

Me gusta leer cuentos de Neuman; de su pluma salen, en pocas líneas, numerosos temas, comentarios por hacer, sutiles apreciaciones. Es un mago capaz de encerrar infinitos conceptos en algunas palabras.

Y me gusta la novela de Neuman a pesar de que al terminarla no sé por dónde empezar a comentarla, tal es la cantidad de anotaciones que han coloreado sus páginas, bien a propósito del estilo, bien del contenido, bien de datos de los que no tenía seguridad, bien de aquellos que no conocía. Y cada vez que apunto algo pienso, voy a empezar por aquí; pensamiento que se diluye al interesarme especialmente otro fragmento.

Y esto es lo que me ocurre al haber terminado Fractura. No sé por dónde empezar, porque la novela no es la vida de Yoshie Watanabe, aunque parezca su biografía relatada desde varios puntos de vista, el suyo y el de aquellas mujeres que lo han acompañado. Fractura es una loa a la igualdad entre individuos, una llamada al derribo de fronteras, a la unidad entre pueblos, al respeto por la interculturalidad, al honor de ser diferente, es un homenaje a la cultura, la celebración por el afán de superación, la incitación al razonamiento, la alegoría del esfuerzo, es la idea de paz, el ejemplo de cómo superar el odio, un paradigma de la reconciliación, la representación de la justicia, el símbolo de la falta de prejuicios, un modelo de imparcialidad, es el emblema de la memoria histórica, un clamor para entender el pasado y, por supuesto, una alabanza a la mujer, la aclamación del feminismo.

Todos estos conceptos he encontrado en Fractura y seguro que hay más; pocas novelas son tan completas, pocas rezuman tanta violencia y tanto deseo de vivir, de ser amados, de sentirse acompañados y de entender la soledad. Watanabe es la metáfora del árbol, ése que lleva tatuado a fuego en su espalda y brazos, ése que sesgó la vida de su padre, ése que sigue en pie ocurra lo que ocurra y que él necesita ver donde vaya para encontrarse consigo mismo, para pensar en la vida y repensarse. El árbol es, en Fractura, el símbolo del crecimiento espiritual y del progreso material, es Yoshie Watanabe, la esencia del ser humano, la fuerza, sensualidad y eficacia.

La novela se abre y cierra con el protagonista, aunque también con esa técnica japonesa que dos personas importantes en su vida, su madre al principio y el señor Satō al final, le recuerdan

Los sudokus me tranquilizan, dice, porque paran el tiempo. Justo al revés que el Kintsugi. ¿No le parece?
En uno de esos arranques de afecto que dependen menos de su receptor que del propio sujeto emocionado, Watanabe lo abraza.

El señor Watanabe, a lo largo de su vida se ha ido restaurando, inconscientemente, sin ocultar sus cicatrices; al contrario, éstas lo han embellecido y fortalecido porque forman parte de su historia. Cuando se da cuenta de ello queda en paz, aunque sea en Hirodai, afectado por la radiación de la planta nuclear de Fukusima, y rodeado de los pocos ancianos que no han querido abandonar sus raíces. Es allí, después de casi ochenta años, cuando entiende lo que su madre, otra víctima de Nagasaki, les decía «jamás debía tirarse nada, aunque estuviera roto o pareciera viejo […] Si uno no sabe darle uso a algo, el inútil es uno».

Así pues, Yoshie abandona su zona de confort, la ocultación en la que de alguna manera ha vivido «introduce la llave, abre la puerta del apartamento, pasa el pequeño vestíbulo, introduce la llave, abre la puerta y entra en su apartamento», abandona la protección que siempre ha buscado y se abre al mundo, a ese que lo rompió en un momento de su vida y del que huyó sin poder olvidarlo «El señor Watanabe entrecierra los ojos y extiende los brazos, intentando abrazar no sabe muy bien qué». Una vez reconstruido, en paz consigo mismo y el mundo, sin olvidar nada ni a nadie «Entonces le parece ver al gato Watsh» vuelve a sentir «De golpe se levanta una brisa fresca. Watanabe, extrañado, siente frío» después de que durante toda su vida «se considera básicamente atérmico. […] Ignora si es algún tipo de secuela atómica. Tampoco quiere averiguarlo».

Durante su larga y tortuosa vida ha aceptado las circunstancias, acompañado siempre por el afán de superación laboral, en realidad para esconderse de las relaciones demasiado comprometidas «Aparte de su horario de trabajo, los fines de semana Yoshie empezó a tener encuentros de negocios en cafés», y al lado de mujeres a las que ha hecho felices, y ellas también a él; no ha tenido necesidad de venganza, aunque sí cierto rencor, personificado en «Yukio Yamamoto, su antiguo compañero y rival» de la infancia, que ha preferido no mostrar, sufriendo en soledad, pues «se negaba a vivir, y también a amar, siendo una víctima para los demás», hasta que deja de huir. Por fin se acepta tal como es, con su dolor, su sufrimiento físico y emocional, su idioma abandonado «Compartir casa no solo le dio un extraordinario impulso al inglés de Yoshie, que se volvió maniáticamente preciso en su manera de hablarme». Por fin se acepta en la realidad tangible y deja de confiar solo en su memoria pues se percata de que a veces los sueños, con el paso del tiempo, pueden invadir la existencia llegando a «parecerle una película. Su vivencia directa de la genbaku ha sido atravesada por la iconografía ajena y las ficciones colectivas».

Por fin, Yoshie necesita hablar con la gente, comunicarse, que le cuenten y contar tras una vida marcada por el silencio aun con personas a las que quería; le ocurrió con Violet en París «se quedaba callado y sonreía. Esos silencios me conquistaban». Le ocurrió con Lorrie, en Nueva York «Más que silencioso, creo que Yoshie era un conversador con efecto retardado». Le ocurrió con la porteña Mariela «Entonces nos sentábamos un rato ahí, sin decir nada». Y le ocurrió con la española Carmen hasta que se dio cuenta de que a lo largo de su existencia había estado tratando de borrar su memoria «El día que se cumplieron cincuenta años de Hiroshima, me acuerdo muy bien, Yoshie no abrió la boca […] Pero a la mañana siguiente sí que habló. Sin parar. Nada más levantarnos».

Y en esta novela del silencio, del recuerdo, paradójicamente se dice mucho.

Lo que más me ha impactado es la manera en que Andrés Neuman trata a la mujer, piensa a la mujer; no le cuesta ponerse en su piel y adoptar su punto de vista, y me ha impactado porque he descubierto en él, uno de los escritores que casi idolatro, una forma de entender el feminismo similar a la que tiene mi hijo, una de las personas que más quiero. Alberto, sin haber leído (aún) Fractura me diseñó una camiseta en la que plasmó un cuadro con la imagen de Angela Davis y me comentó que él se había hecho otra igual por lo que representaba esta activista, profesora universitaria y lesbiana. Sabía que me iba a gustar ya que admiro a cualquier persona, más si es mujer, que ha luchado por superarse en una sociedad que la ha perseguido pretendiendo anularla. Pues al leer Fractura me he emocionado en muchos pasajes, aunque uno de mis favoritos, por supuesto, ha sido descubrir ese pensamiento filial en Neuman, expuesto a través de la periodista Lorrie «Habría dado lo que fuera por entrevistar a Angela Davis. Antes de que la metiesen en prisión y Nixon la llamase terrorista, el gobernador Reagan […] había ordenado que la expulsasen de la universidad […] una activista negra vivía dos veces discriminada. Tres contando su lesbianismo».

El feminismo es connatural a Fractura, esa lucha por la valía de la mujer, paralela al hombre, recorre todas las páginas

La palabra mantenida no la consiento. ¡Como si el dinero fuera lo único necesario para mantener a una familia!

Por desgracia ninguna de ellas (entrevistas) me tocó a mí […] Se las dieron a otro tipo que llevaba más tiempo en la sección. Y dos grandes bolas colgando

…el pecho quedaría dañado, porque había que cortar por tres lugares. Yo les contesté que no me ganaba la vida con mi físico, sino con mi cabeza. Y firmé mi ingreso en el quirófano

…comprender, de una maldita vez, que them es parte de us

Eso para mí no es pensamiento de ama de casa, es política que empieza en casa. Las madres y abuelas de la Plaza de Mayo arrancaron ahí.

Esto es sólo una muestra, suficiente para recordarnos que no debemos retroceder ni un milímetro de lo que hemos conseguido a costa del sufrimiento y muerte de muchas mujeres. No es ético.

No sólo el feminismo, el problema de la inmigración y del racismo también toca fibras sensibles. Por supuesto la crítica al olvido de los gobiernos y la necesidad de la memoria histórica «la virtud disuasoria de las armas nucleares era un fracaso, una mentira o ambas cosas […] estimular por tanto su potencia ofensiva, que a su vez estimulaba la nuestra. A este círculo interminable lo llamamos protección».

Fractura es una obra moderna, por lo que tiene muy presente la influencia de los mass media en la sociedad aunque no sean siempre signo de verdadera comunicación sino de pérdida de tiempo «Si Facebook hubiera existido cuando estudiábamos, me pregunto cómo habríamos aprobado los exámenes». Pues sí, ya hay una gran partida de psicólogos intentando desenganchar del móvil a numerosos estudiantes infantiles porque su vida se limita a utilizar el aparato a cualquier hora. Por supuesto todo tiene una explicación, lo que mueve a las sociedades modernas es el dinero, da igual si se invierte en armas o en tecnología, lo importante es que es símbolo de poder, el daño a lugares o a personas que pueda surgir es lo de menos, «nuestro país seguía teniendo un montón de bases militares en el suyo. Que continuaba haciendo, igual que Francia, toda clase de pruebas atómicas. Y ese tipo de decisiones […] obedecían […] a los mismos viejos intereses».

Finalmente, he de poner un fin porque se pueden sacar más temas, Neuman no se resiste a criticar las dictaduras, en especial ésa que aparece también en Historia argentina de Fresán, que tanto dolor causó, como cualquier otra, y que tuvo un final injusto, reflejo de la propia existencia, «En la segunda ola fueron saliendo Videla, los otros dictadores y hasta su ministro de economía. Yoshie no entendía qué estaba pasando».

Efectivamente, nadie, o casi, puede entender que se haga daño a un ser humano y menos que los damnificados no obtengan, al menos, la satisfacción de ser comprendidos y apoyados por la sociedad.

Pues si el contenido es universal hasta el punto de que la vida del señor Watanabe es mítica, la estructura es soberbia. Como su nombre indica, Fractura se presenta como un montón de piezas sueltas que, al igual que ocurre con el Kintsugi, pueden recomponerse hasta resultar, al final de la lectura, un texto coherente y perfectamente cohesionado. Los capítulos se mezclan en feliz desconcierto, donde la voz del narrador deja paso a la de algún medio informativo o a la de los personajes, casi siempre en primera persona, fundiéndose todos en ese caos que la novela representa como espejo social. Un espejo en el que vemos al hombre destruyéndose a sí mismo mientras piensa destruir a los demás. Todos los personajes van tejiendo una red cultural y geográfica que permite una visión de la problemática mundial encarnada en el protagonista.

Y el estilo bebe de diversas fuentes; aparecen rastros del avant pop en las diferentes variedades lingüísticas dentro del mismo código, que generan un conflicto entre el discurso de los personajes con el del narrador y el propio autor «Si, había llegado la hora de asaltar los panteones de la alta cultura con los bajos instintos […] En la opinión pública todo era reconciliación nacional y primeros auxilios. Nuestro nuevo presidente […] Mi conciencia me dice que cierre y selle el libro […] Encendías la tele, abrías un periódico y nadie había hecho nada malo […] más que de la therapy of the self, me convertí en una asidua de la self-therapy».

Con los nombres propios se pretende una descripción histórica, pero las mujeres (que fueron ayudando a Yoshie a darse cuenta de su personalidad) no recuerdan lugares o fechas para no desvirtuar la narración anclándola en un tiempo determinado; característica del afterpop mediante la que Neuman consigue gran complicidad con el lector. Asimismo otro rasgo del afterpop que contribuye a crear un formato neutral de difusión de relatos es escribir lo que se oye por la radio o la televisión.

El léxico erótico, sexual convive sin problemas con las greguerías vanguardistas «Los pies son el metrónomo del viernes». Las funciones metalingüísticas aparecen en metáforas literarias, musicales o lingüísticas «Una profesora de lengua tiene la sensación de estar asistiendo a una aterradora redundancia» «Todo cuerpo está en hiato».

Las personificaciones anuncian el poder devastador del ser humano, superior al de la naturaleza «Un encendedor ofrece fuego a las pelusas que pasan» «La bola de helado alarga su huella».

El poder de los sentidos se acrecienta, mediante sinestesias y oxímoron, ante cualquier desgracia, de forma que el dolor invade todo, cuerpo y mente «Trompeta turbia, piano meditativo, contrabajo humeante […] escuchar música sin sonido».

El realismo se erige a base de contradicciones, de desfiguraciones, de omisiones, de errores propios del habla oral pero nunca de la variedad escrita «Alcanza a entender que le, le gustaría mucho, este, entrevistarlo a propósito, a propósito del terremoto»; de ahí que también el lenguaje poético nos acerque a la realidad partiendo de lo onírico «al soñar cargamos con los lugares que hemos dormido».

Otro toque de realismo aparece en la mezcla de vocabulario, vulgar o poético donde predominan las hipérboles que, paradójicamente, retratan de manera fiel «A la mierda la intuición. Hacía tanto sol que parecía líquido. El verano se desbordaba». Como mezcla de realidad y ficción, propio del afterpop, las drogas están presentes tanto unidas a la tecnología, que «igual que lo lisérgico está en nosotros mismos», como a la literatura «esa ciudad es Sōma. Nombre que lo remite a la droga que consumen en Un mundo feliz».

Y por supuesto el hiperrealismo, esa forma de narrar —derivada del naturalismo— que consigue hacernos dudar de la objetividad de lo que estamos leyendo, tal es la crueldad y el horror que deriva de ello «Por muy bien que los médicos curasen las quemaduras, sus pacientes se licuaban por dentro. La anatomía humana ya no era lo que ellos habían estudiado. La bomba los había devuelto a la ignorancia».

Y sin embargo el humor aparece en todas sus variedades, sexual «el mando a distancia tampoco favoreció la educación de los pornógrafos. La posibilidad de adelantar la imagen empobreció el deseo», sexual-filosófico «Watanabe ha descubierto que el onanismo es una rutina mental […] por eso ahora se masturba visualmente», cultural «lo observaban igual que a un desequilibrado. Solía hablar por teléfono en voz muy alta, para molestia de su inaudible prójimo», como rebeldía social «lo primero que hizo fue darse el gusto de situar el ratón a la izquierda del teclado», en lo cotidiano «Me ponía la cabeza como un bombo. Y eso sólo con té verde. Menos mal que el de aquí le parecía suave», en los leves insultos «Según mis amigas, también empecé a vestir mejor. Hay elogios que se las traen» y hasta en ironías «en el segundo hospital me enamoré de mi difunto. Un traumatólogo guapísimo […] Nos conocimos en el mismo hospital donde nos despedimos. A eso le llamo yo ser fiel a la sanidad pública».

Esto ha pretendido ser una crítica de la novela pero no le hace justicia, se merece un estudio en profundidad y éste, creo, no es el lugar.


sábado, 12 de enero de 2019

AFTERPOP



Me ha costado, pero lo he conseguido. Acabo de terminar Afterpop, un ensayo sobre la literatura de la implosión mediática (tal y como reza el subtítulo). Es un trabajo interesante sobre esta literatura que parte, sobre todo, de EE.UU. a mediados del siglo XX y que se inspiró en el original espacio que formaba la sociedad donde reinaba la publicidad, el consumo, la inédita cultura derivada de los medios audiovisuales y de comunicación como la televisión y el cine. Lógicamente todos estos nuevos condicionantes influyeron en la forma de ver la realidad y de escribir sobre ella; algo normal que viene ocurriendo con el paso del tiempo y los cambios de situación. Así, lo que hasta entonces se consideraba trivial empezó a tratarse de forma estética, aportando grandes dosis de inteligencia e influyendo también, o por eso mismo, en una ausencia de prejuicios a la hora de escribir. El vocabulario se hace más suelto, ágil, hasta el punto de que la escritura automática, que tiene sus raíces en el surrealismo, mezcla conceptos, lugares, personajes para que el lector forme ese puzle con el que se encuentra; de esta forma se considera al propio lector alguien capacitado para criticar lo que lee.

Otra cosa que consigue esta literatura es eliminar barreras entre la cultura elitista, tomada como depositaria del verdadero arte y la cultura popular, entendida hasta ese momento como empobrecedora. Eloy Fernández Porta, autor del libro, divide a los lectores entre apocalípticos (elitistas) e integrados (populares), para él, el lector forma una masa global con la que se pretende armonizar puesto que la trascendencia del discurso se relaja.

Pero ¿qué es en realidad afterpop? Fernández Porta nos da las claves. Es aquello cuyas referencias nominales son sólo alusiones concretas, no la orientación real del texto. Su temática es más intimista. El autor manifiesta una conciencia integrada aunque es culto, pues analiza sus referentes; así pues tiene una posición ambigua. El consumismo es el que prevalece ya que promulga la obligatoriedad del goce continuado; estamos ante un capitalismo que pone incluso el sexo como dispositivo de venta eficaz, es un capitalismo emocional pues son personas que creen consumir porque es indispensable para el bienestar moral, para la unión del ser humano con el medio ambiente, para ayudar a necesitados… Pero en el afterpop es complicado separar la realidad de la ficción debido al uso constante de ironías, sarcasmos…

El afterpop se presenta como ambiguo desde el momento en que el capitalismo emocional puede derivar a una profunda intimidad en el contenido o, mediante la ironía, a ganar reconocimiento social en detrimento de la complejidad de sentimientos. Es lo que Porta llama la conquista de lo cool.

La literatura se abre a una crítica musical pues «parte de la premisa de que […] la creación se explica a través de escenas, sensibilidades simultáneas e ideas compartidas que son históricas, y no sólo a partir de una supuesta relación del autor en soledad absoluta con el pasado más o menos remoto». Indudablemente al leer esto confirmo que tanto Historia argentina de Fresán como Alumbramiento de Neuman ejercen una literatura afterpop.

La mezcla de lugares, sentimientos superpuestos, personajes que aparecen y desaparecen acercan la literatura al cine, o más concretamente a la interpretación que el saxofonista Zorn hizo del cine como «fuente de imágenes a la vez que motivo para el desmantelamiento».

El posmodernismo es escribir o crear como artista pop pero criticando «conscientemente y de manera responsable el realismo capitalista».

Si la pintura o la música tienden a expresarse como núcleo de ellas mismas, en literatura hay un movimiento centrípeto que se identifica en la función metaliteraria y estética, con onomatopeyas, interjecciones o recursos literarios.

El último modelo de la literatura es aquél en el que conviven la tecnología y los mass media, así la narración queda inundada de nuevas emociones y sensibilidades.

«El mundo es nuevo, y sus experiencias deben ser descritas a partir de una nueva tecnología». Probablemente en literatura, lo que haya dado un giro más espectacular sea el cuento. Este subgénero tenía sacralizados el hogar, la familia, la pequeña comunidad… lugares que se han visto alterados por otra noción suplantadora, que hoy predomina, de lo que es un hogar o una familia, y en la que la tecnología ha tenido mucho que ver. Al ser modificados estos lugares comunes, los problemas, los temas, ya no son los mismos, han cambiado radicalmente y la forma de exponerlos, con personificaciones de objetos, con cosificaciones de personas, también. El hiperrealismo entra en el cuento proponiendo la tecnología como liberación de instintos afectivos y sexuales, pero es precisamente esta tecnología la que priva de subjetividad, de intimismo, dejando al narrador como omnisciente absoluto o simplemente eludiendo al narrador o confundiendo al lector sobre quién está narrando; este caos formal pretende ser reflejo del caos familiar, que queda como un espacio desdibujado. Otra manifestación del caos que nos envuelve la podemos encontrar en los finales truncados, abiertos o los comienzos in medias res, que anulan la vida real, más incluso cuando se utiliza el humor negro o la sátira, a modo de parodia cinematográfica. De las técnicas del cine que han pasado a la literatura posmoderna nos quedamos con la narración desde el punto de vista de la cámara, técnica que ya Azorín utilizó en Castilla y que aporta «a las escenas una característica frialdad» pues lleva a la literatura hacia un punto de deconstrucción de sí misma.

En la literatura afterpop se pretende, asimismo, difuminar el tiempo; a veces el pasado y el futuro se mezclan en el presente, para ello el espacio exterior, los referentes nominales se desechan a favor de neologismos: zapping, chat, ecosistema, google… consiguen digitalizar los textos y crear hipertextos enlazándolos no de forma secuencial sino a la vez. Aparecen así otras voces culturales y subculturales que convierten el yo narrativo en una instancia momentánea formada por muchas otras.

Al no existir un espacio o tiempo concretos no tienen sentido los fundamentalismos o los modelos politizados, de hecho se puede escribir de forma procaz, humorística, sin denunciar nada directamente aunque reaprovechable para asumirlo en la política actual o histórica. Lo importante es cómo se plasma lo que se quiere decir, por lo que el artista importa más que la obra, que se convierte en un «monumento a una revalorización del gesto artístico» sin represiones, sin censuras, ni hacia el lector —o espectador— ni hacia el propio escritor, que puede plantear a sus personajes en un conflicto con el narrador, con el autor o con ellos mismos.

Esta falta de contención conlleva una velocidad narrativa y un discurso minimalista a la vez, las oraciones cortas, que dicen mucho, abundan. En dicho discurso minimalista aparece el niño, la imagen infantil como algo primitivo, como máquina deseante; esto unido a la ficción desfamiliarizada y falta de intimidad, consiguen una capacidad infantil ávida de agresión física o emocional, tanto hacia el propio niño como hacia el adulto.

Finalmente, en este afterpop se refleja también lo que verdaderamente define a un texto literario, si es el estilo en sí o los agentes, textos comerciales, tráfico editorial y otros criterios extraliterarios.

Curioso e interesante el ensayo de Fernández Porta, sobre todo para entender mejor cierta literatura actual y para ser consciente de que la literatura es un arte más que se puede incluir en las otras artes como música, pintura o cine, para quedar impregnada de sus características que no son otras que las universales de las artes.

domingo, 30 de diciembre de 2018

2019




Despedimos un año lleno de buenas lecturas y saludamos la llegada de otro nuevo con grandes promesas, así pues, cuando se celebraría el 80 cumpleaños del inolvidable Manuel Vázquez Montalbán, se publicará una nueva entrega del gran Pepe Carvalho: Problemas de identidad, a cargo de Carlos Zanón.

Nuestro ya tradicional rincón del recuerdo lo ocupará durante 2019 Walt Whitman, de cuyo nacimiento conmemoraremos el 2º Centenario.

Y con nuestro deseo de que tengamos 365 días de felices lecturas, os dejamos con un poema del gran poeta americano

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo asuma tú también habrás de asumir,
pues cada átomo mío es también tuyo.
Vago al azar e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo sobre la tierra,
para contemplar un tallo de hierba.

Mi lengua, cada molécula de mi sangre formada por esta tierra y este aire.
Nacido aquí de padres cuyos padres nacieron aquí y
cuyos padres también aquí nacieron.
A los treinta y siete años de edad, gozando de perfecta salud,
comienzo y espero no detenerme hasta morir.

Que se callen los credos y las escuelas,
que retrocedan un momento, conscientes de lo que son y
sin olvidarlo nunca.
Me brindo al bien y al mal, me permito hablar hasta correr peligro.
Naturaleza sin freno, original energía.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

UTOPÍA



Parece increíble que hace más de 500 años, en realidad podríamos remontarnos a la Grecia Clásica, hubiese mentes razonadoras del bienestar social, de la manera más simple, y hoy, en el siglo XXI, la sociedad tienda a comportarse contrariamente a lo que todos, lo admitamos o no, entendemos como progreso. El progreso de un país no va de la mano de la cantidad de armamento que posee, ni de la economía más o menos boyante, ni del confort de las casas habitables, ni siquiera de su equipamiento cultural o sanitario. El progreso de un país se mide en el comportamiento de sus habitantes con aquellos seres más indefensos, y aquí entran niños, mujeres vulnerables, hombres desprotegidos y, por supuesto, animales. Todos ellos con derechos, lógicamente no son los mismos para humanos o animales pero quien sea capaz de maltratar a un perro, un gato, una cabra, un toro… no tendrá inconveniente en pegar a una mujer, a un indigente o a un niño, aunque probablemente se lo pensase si se encontrara frente a un policía armado.

Bueno, es una reflexión, puede que sea producto de estas fechas en las que nos rodeamos de tanta alegría, tantas luces, tantos regalos, tanto despilfarro, sin acordarnos de que existen a nuestro alrededor personas (y animales) que no ven la diferencia entre un día y otro, que van por la calle o permanecen guarecidos con el miedo en sus ojos.

Frente a este despropósito en el que los gobiernos hacen más bien poco o no todo lo que debieran, se han levantado voces desde la Antigüedad imaginando lugares donde la vida sería más llevadera.

Indudablemente La República, ese diálogo inventado por Platón, en el siglo IV a.C., entre Sócrates y sus discípulos, es una de las primeras reflexiones sobre qué es la justicia y cómo debería estar organizada una ciudad ideal. Lo más llamativo, al menos para mí, es que los gobernantes, clase dirigente superior, deberían estar formados en filosofía para razonar el Bien absoluto para todos los habitantes. Hoy no se exige nada, es más, hay quienes arrojan muchas dudas sobre su formación y no pasa nada, se mantienen en el podio… los mantenemos, que es peor.

A mediados del siglo II, Luciano de Samósata condenó al filósofo Menipo de Gádara por sus libros dedicados a la necedad del hombre y a la inutilidad de la filosofía. Luciano realizó su Menipo va al infierno con una función, sobre todo para que el lector obtuviera placer a través de la risa.

Puede que Tomás Moro, en el Renacimiento, leyese estas obras, y no cabe duda que muchas más, y se sintiese atraído por ofrecer un libro que, quién lo iba a decir, su título sería el estandarte para referirnos a algo agradable salido de la imaginación aunque, lamentablemente, irrealizable. He leído Utopía y me parece el libro ideal que, precisamente en estas fechas, deberíamos leer todos. Con verdadera ironía critica la forma de gobierno de su Inglaterra del siglo XVI, pero perfectamente podríamos aplicarlo —casi en su totalidad— a la sociedad actual ¡Que poco hemos cambiado! Asimismo la iglesia no se salva de la censura en numerosas ocasiones, y curiosamente el autor fue canonizado en 1935 por Pío XI, y en el año 2000 Juan Pablo II lo proclamaría santo patrón de políticos y gobernantes. Pues sus protegidos, antes de ocupar cualquier sillón, escaño o puesto público deberían aprenderse Utopía de memoria, para que, por comparación, no quedasen tan en ridículo después.

Tomás Moro advierte desde el título que se trata de un país, una situación que no existe, pues en griego “ou” es una negación y “topos” quiere decir lugar. A pesar de eso él imagina y ofrece soluciones para que todo funcione mejor.

El libro mantiene una vigencia asombrosa pues es una reflexión sobre el ser, el deber ser, algo con lo que no todos pueden identificarse hoy pues aún hay quien vive atemorizado o desesperanzado, hay quien tiene recursos tan escasos que lo llevan irremediablemente a la delincuencia o a la mendicidad; incluso hoy en día, en un estado democrático se apuesta por la propiedad privada en vez de favorecer a entidades públicas, de forma que todos tengan los mismos derechos y las mismas oportunidades. De ahí que vivamos en una sociedad cada vez más competitiva en donde vemos a los demás como un obstáculo para alcanzar nuestra propia felicidad ¿Nos hemos planteado por qué hay tanta envidia? ¿Nos hemos planteado que aquél que no es libre para tomar sus propias decisiones no va a tener cubiertas sus necesidades? ¿Nos hemos planteado que la mayor parte de las veces dirigimos nuestros mayores esfuerzos dejándonos llevar por la codicia en vez de enfocarlos a mejorar nuestra existencia?

Todos estos planteamientos aparecen en Utopía, y hacen de este diálogo ensayístico una expresión moderna e innovadora de la sociedad. No digo que sea perfecta, pero podríamos poner en marcha algunas de sus recomendaciones. La búsqueda de la felicidad es una constante en el ser humano; tras Utopía, siguen apareciendo obras que aluden a ella; se me ocurren Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift o Cándido, de Voltaire en el siglo XVIII, y en el XX no podemos olvidar Un mundo feliz de Huxley y 1984, de Orwell.

Pero estamos con Utopía. Es un libro dividido en dos partes desiguales. En la primera, mucho más corta «Plática de Rafael Hytlodeo sobre la mejor de las repúblicas», el propio Tomás Moro «después de haber oído misa en la iglesia de Nuestra Señora» se encuentra a Pedro Egido hablando con un navegante, Rafael Hytlodeo, quien afirma haber estado en Utopía, la mejor isla, en forma de media luna, que nadie pueda imaginar para vivir. El recurso utilizado desde la antigüedad y hecho famosísimo en el Quijote, de olvidar nombres y lugares para dar impresión de realidad, aparece en esta obra, pues Rafael y sus compañeros de viaje, antes de llegar a Utopía consiguen «hacerse gratos a cierto personaje principal, cuyos nombre y nación he olvidado, cuya generosidad les procuró todo lo necesario para proseguir su viaje». Entre los recursos humanistas —pues Tomás Moro fue uno de los grandes representantes de este movimiento de la época— encontramos el uso de la mitología griega, que alude a La odisea «Nada es más fácil de hallar que las aulladoras Escilas, las voraces Celenos, los Lestrigones devoradores de hombres»; y por supuesto, la ironía, rayana en el sarcasmo «creo que estarán contentos de mi liberalidad y que no querrán después que me haga esclavo de un rey».

Las críticas a los consejeros son habituales «los consejeros de los reyes, o bien carecen de entendimiento o bien tienen tanto que no les dejan aprobar las opiniones ajenas»; tampoco se libran de ellas «los malos maestros, que prefieren azotar a sus discípulos en vez de enseñarles», ni la iglesia, que contribuye a que «muchos campesinos son despojados de lo poco que poseen» para quedarse con sus tierras… Entonces «¿qué recurso les queda sino robar y ser ahorcados o mendigar?»

Si nos centramos en el ahora observamos que ha cambiado poco la situación, los políticos, en su mayoría, hacen alarde de una estulticia infinita y sin embargo son los únicos beneficiados, la enseñanza sigue siendo pésima, pues las leyes —cambiantes casi incesantemente— no permiten dedicarle a los alumnos más tiempo que a cuestiones burocráticas, en su mayoría inútiles, y los poderosos, iglesia incluida, despojan a los más necesitados de sus tierras obligándolos a emigrar de ellas para encontrarse en situaciones infrahumanas, sin trabajo ni cobijo.

¿Países civilizados? No sé, puede que no tanto, pues «¿Quiénes desean más las mudanzas que quienes no están contentos con el modo en que viven?»

Otro rasgo humanista es la importancia otorgada a las letras antes que a las armas, derivando en una condición pacifista «Aun la ley de Moisés, severa como era […] castigaba el robo tan sólo con pena pecuniaria y no con la muerte», y por supuesto, la insistencia a gobernar con el ejemplo no debe hacer desfallecer nunca a quienes están interesados en dirigir un país «Es preciso que obréis de tal manera que si no podéis hacer todo el bien que deseáis, logren vuestros esfuerzos por lo menos quitar fuerza al mal». La felicidad y bienestar del hombre es lo primordial, pero de todos los hombres, por eso «Donde quiera que haya bienes y riquezas privadas, donde el dinero todo lo puede, es difícil y casi imposible que la república sea bien gobernada y próspera». Parece fabuloso, pero claro, estamos hablando de Humanismo, corriente que los políticos actuales han conseguido eliminar de las mentes de los ciudadanos sin prisa pero sin pausa ¿Dónde está la ética en colegios e institutos? ¿Dónde la Filosofía? ¿Dónde nuestras raíces clásicas? Al eliminarlas estamos privando de razonamiento a los jóvenes, algo muy provechoso para aquellos que ansían, no gobernar, sino obtener el poder.

El libro segundo está dividido a su vez en nueve partes: Una introducción donde describe la isla, provista de una defensa natural, y sus costumbres, mediante las que todos los ciudadanos se alternan en la ocupación del campo y la ciudad para valorar el quehacer de los demás. Las casas no son propias sino de todos y se vive en ellas, según sorteo, durante un tiempo; de esta forma no hay nada que temer por lo que «Las puertas no están nunca cerradas». El resto de capítulos versa sobre las ciudades, los magistrados, los oficios, las relaciones públicas, los viajes, los esclavos, la guerra y las religiones. Algo verdaderamente sorprendente es que siguiendo este tipo de vida comunitaria, se necesitaría trabajar menos tiempo obteniendo mayores beneficios y, ya en aquella época, Tomás Moro se muestra a favor de que todo el que sirva para ello, estudie «suele suceder a menudo que algún obrero que consagra sus horas de descanso al estudio haga grandes adelantos y sea dispensado de ejercer su oficio, y entonces pasa a ser letrado». Curioso que premie el trabajo intelectual y hoy sea el dinero el pase para obtener un título que luego se ejercerá sin conocimiento o sin pasión. Pero es que en la isla Utopía lo superficial no tiene valor, por eso, con gran inocencia humorística se refiere a cómo «los utopianos comen y beben en platos de barro y copas de cristal, bellos y bien hechos […] El oro y la plata sirven comúnmente para hacer bacines […], las cadenas y grillos con que atan a los esclavos están hechos de esos mismos metales […] Así hacen que el oro y la plata sean tenidos entre ellos por cosa ignominiosa».

Es cierto que habla de esclavos, pero no nos rasguemos las vestiduras pues son esclavos aquellos que han cometido un delito, algo que no vendría mal en los tiempos que corren, y los que vienen de otros países más pobres «que eligen por voluntad propia ser esclavos en Utopía», algo que también se sigue practicando en los tiempos que corren.

Totalmente avanzado el concepto de eutanasia, hoy prohibido no sé muy bien si por causas religiosas o de otro tipo; pero Tomás Moro advierte que no se puede obligar a vivir a aquél que sufre, y se debe respetar a quien no quiere «vivir enfermo por más tiempo; pues semejante vida es un tormento para él […] debe consentir que otros le libren de la vida». Y asimismo totalmente avanzado el concepto humanista de la belleza del cuerpo humano, por eso, entre los utopianos «la mujer, sea doncella o viuda, ha de ser mostrada desnuda al que pretende casarse con ella […] y lo mismo el varón a la muchacha» para evitar «que luego descubramos un defecto en su cuerpo y tomemos aversión a la mujer». No solo han de estar seguros de que se gustan física y psíquicamente, sino que si el matrimonio no funciona «se pueden divorciar con el consentimiento de entrambos y contraer nuevo matrimonio». Estamos en el siglo XVI, la religión es algo muy importante, fundamental para el ser humano, pero nuestro humanista va un paso más lejos al afirmar que «Los que no han abrazado la religión cristiana no molestan a los que ya profesan nuestra fe». La libertad de culto es algo que aun hoy deberían aprender muchos de los habitantes del planeta, sobre todo aquellos que se erigen en poseedores de la verdad absoluta sin haber razonado lo más mínimo en si esa verdad favorece el bien común o el individual.

Comencé la crítica cuestionando si vivíamos en un país progresista y, no puedo remediarlo, pero la termino cuestionando si este planeta ha avanzado tanto como creemos o deberíamos pensar un poco más en las consecuencias de este “avance”.

domingo, 23 de diciembre de 2018

LA MUJER ROTA



Acabo de leer La mujer rota, de Simone de Beauvoir (hay veces en que me sorprendo descubriendo en casa libros que ignoraba, o no recordaba su existencia. Una limpieza a fondo, un cambio de muebles y encontramos joyas valiosísimas. Es bueno hacerlo de vez en cuando porque también hallas objetos que no sabemos qué hacen ahí y puedes reemplazarlos o, simplemente, dejar un hueco precioso). Esta digresión, por supuesto, no tiene valor alguno para el comentario, pero es un consejo, porque seguro que a más de uno le pasa lo mismo. O no. El caso es que después de leer el libro, escrito en los años 60 del pasado siglo, me ha llamado la atención la actualidad que hay en sus páginas.

Desde el punto de vista femenino la autora ahonda en las causas y consecuencias de determinados comportamientos sociales e intelectuales. Al leerlos me venía a la mente de forma casi constante “como ahora”. ¿Es realmente literatura de hace más de 50 años? ¿Es que no nos hemos movido de ese punto, o incluso estamos experimentando una regresión, en concreto el culto a la belleza, a la riqueza, a la juventud? A lo largo de la existencia, a la mujer le ha tocado vivir un papel secundario, esto es indudable

Una de las razones (la principal) por las que no tengo ganas de atarme a una tarea: difícilmente soportaría no estar todo el día a disposición de quienes me necesitan.

Pero ha habido épocas en que las ansias de hacerse ver y oír han sido más fructíferas que en la actualidad a pesar de que hoy la mujer tiene más posibilidades, menos impedimentos como ser social.

Todas las mujeres deberíamos leer a Simone de Beauvoir. Todos los hombres deberían leer a Simone de Beauvoir. Es un ejemplo de cómo la mujer ha estado instalada en la sociedad patriarcal sin ser tenida en cuenta de ella más que su feminidad, es decir, su papel como madre y esposa

Pienso que me he ocupado demasiado de las niñas […] Yo no estaba tan disponible como Maurice podía desearlo.

La autora, a mitad del siglo XX denuncia esta situación y se atreve, con un lenguaje duro, irrespetuoso con la autoridad masculina y denunciante de la ética femenina, a dejar aflorar sus sentimientos, la angustia que devora a la mujer y que, por mucho que la grite no es tenida en cuenta ni por los hombres, ni por las mujeres, que es casi peor.

Esta noche salgo con Maurice. Consejos de Isabelle y del correo del corazón: para recuperar a su marido, sea hermosa, elegante, salgan solos los dos.


Beauvoir expone en La mujer rota el dolor silencioso que muchas mujeres sufren a diario —aun hoy— convencidas de que lo están haciendo mal, de que no es posible que el mundo les dé la espalda, de que a pesar del sufrimiento y del esfuerzo sean consideradas como otro objeto más de la casa, o peor, una esclava cuyo cometido es educar y hacer que hijos y marido sean felices.

Soy torpe. Me controlo mal, hago observaciones que lo irritan.

El libro está formado por tres relatos, cada uno escrito de forma distinta y con causas diferentes aunque las consecuencias, para las protagonistas, sean las mismas, la humillación y soledad, la falta de libertad, la no existencia. Son mujeres aniquiladas ante todo por el poco afecto que sienten hacia ellas mismas, la falta de autoestima.

El argumento del relato que da nombre al libro está escrito en forma de diario. Monique, de edad madura, lleva años esperando que sus hijas abandonen la casa para retomar los tiempos felices, de pareja, con su marido. El problema es que la felicidad no es eterna con alguien que no tiene personalidad, que es lo que los demás quieren que sea. Al vivir en función de otras personas se olvida de madurar, de crecer, de pensar, y no se percata del fracaso matrimonial que viene durando diez años. Ahora su marido, tras diferentes engaños, se ha enamorado de alguien dinámica, con carácter, que le aporta razonamientos, le argumenta desacuerdos, está a su mismo nivel. Maurice no quiere abandonar a Monique por pena, pero tampoco quiere renunciar a Noëllie porque es quien aviva su pasión. El problema es que Monique no concibe su vida de otra manera y llega a aceptar humillaciones, maltrato psicológico y desprecio de ella misma.

Maurice me dijo que de ahora en adelante, cuando salga por la noche con Noëllie, se quedará toda la noche en su casa «Es más decente tanto para ella como para mí», asegura él

Serán sus hijas quienes, con su forma de vida, una que ha elegido la misma que ella, otra de comportamiento similar al de Noëllie, le hagan ver que es mejor aceptar la separación, porque nadie puede obligar a otro a que sus sentimientos cambien

La puerta del porvenir va a abrirse. Lentamente. Implacablemente […] Y no puedo llamar a nadie en mi auxilio.
Tengo miedo.

La lectura de La edad de la discreción supone un hachazo para la mujer al presentar una circunstancia sin salida: el paso del tiempo, tesitura que no podemos eludir y que, en este caso se convierte en una metáfora del destino personal fracasado

Continuaríamos viviendo uno al lado del otro, solitarios. Así que enterraría mis agravios, esos agravios que no quería olvidar. La idea de que alguna vez mi cólera me podría abandonar me exasperaba más aún.

Ya que hemos nombrado la metáfora, podemos seguir analizando el estilo de Simone de Beauvoir en La edad de la discreción pues difiere, como veremos, del Monólogo.

La protagonista no tiene nombre, curiosa forma de anularla a pesar de estar escrito en primera persona; su marido, André, su hijo, Philippe, su nuera Irene, su suegra Manette, su exalumna-amiga Martine se dirigen a ella como «usted», «mi pequeña», «mi querida», «niña mía»… En su círculo no ha crecido; a pesar de llegar a los 60 años con un éxito absoluto como profesora y escritora, siempre será tratada por sus seres queridos con el afecto que se tiene a alguien indefenso. Y así se siente; de hecho las comparaciones cariñosas con las que piensa en su marido reflejan cierta ternura hacia su hombre «André estaba acurrucado en la cama […] con gesto infantil, como si en la confusión del sueño hubiera necesitado experimentar la solidez del mundo». Esta es su primera equivocación, André está anclado perfectamente al mundo, es ella quien no vive la realidad «A pesar de los desmentidos del álbum de fotografías, su imagen juvenil concuerda con su rostro de hoy». Ella es alguien tremendamente sensible capaz de describir con detalles poéticos aquello que la rodea «…las grúas obstruyen el cielo con sus brazos de hierro», puede que esa sensibilidad sea la causa de hacerla vivir su propia realidad «El mundo se crea bajos mis ojos en un eterno presente; me habitúo tan rápidamente a sus rostros que no advierto que cambian». No sólo sensible, las sinestesias confirman que estamos ante una mujer fácilmente excitable que sacará a flote en cualquier momento el miedo a la vida, o a la falta de ella si se ve obligada a abandonar su prioridad «Entonces el día de la jubilación […] me parecía irreal como la muerte misma. Y he aquí que hace un año ha llegado. He cruzado la línea […] Ésta tiene la rigidez de una trampa de hierro».

Ha llegado el final de su vida y para que nos hagamos cargo ahí están los diálogos directos, actualizando, acercando al lector y confiriendo a los hechos una inmediatez conmovedora y cruel.

—Dentro de tres días estaremos en Italia ¿Te gusta?
—Si te gusta a ti
—Me gusta si te gusta
—¿Por qué a ti los lugares definitivamente te importan un bledo?
—Con frecuencia, también a ti te importan un bledo

El problema es aun hoy habitual, ella no ha sido realista, ha pretendido ser inmortal a través de su hijo sin tener en cuenta que los hijos toman sus propias decisiones, aunque desde pequeños hayan sido preparados para todo lo contrario a lo que finalmente resuelven llevar a cabo. La protagonista, como tantas mujeres (hombres también, por supuesto), quiere ver en su hijo un reflejo de sí misma; ella, culta, rodeada de ambiente erudito e ideas progresistas, liberales, de izquierda, se encuentra de pronto con que su hijo parece más cómodo en otro sector; un entorno de derechas, que ella califica de afectado, pedante e inculto, donde el dinero es símbolo de poder y el poder lo es todo. Philippe, su hijo, ha vivido en primera persona el trabajo incesante de sus padres, el ánimo ilimitado mal remunerado, y no se siente atraído. Sin embargo queda seducido por el lujo, la moda, la despreocupación intelectual, el ascenso fácil sin apenas esfuerzo.

La protagonista es feliz, o al menos eso cree hasta que es consciente de que el tiempo ha pasado, de que ha entrado en la vejez, de que ha salido de su lugar habitual para situarse en otro que la desagrada en lo más hondo de su ser. No se siente la misma, de repente es una extraña en un cuerpo que no le gusta y con una mente incapaz de enfrentarse a él. Se reprocha el tomar las decisiones que hasta entonces le daban seguridad, se siente infravalorada; se cuestiona la validez de la vida tal como ella la ha vivido porque llega un momento en que todo se desmorona y no está preparada para soportar los pedazos de realidad que le vienen encima.

El problema de esta mujer, de tantas mujeres, es que la lucha no la ha librado en realidad para conseguir sus objetivos, sino que sus propias metas estaban encaminadas a cubrir las necesidades de quienes la rodeaban, en este caso —como casi siempre— su marido y su hijo. Nos metemos en la vorágine del matrimonio, un matrimonio que, aparentemente funciona, un matrimonio que pasa por momentos tumultuosos contradictorios, otros apasionados y otros de ternura y muestras de cariño; un matrimonio al que no atendemos lo suficiente o no nos enfocamos objetivamente en él porque estamos inmersos en nuestro propio trabajo que nos apasiona y en el que nos preparamos a fondo para triunfar;

Esta aventura de la cual he participado apasionadamente no ha terminado: la duda, el fracaso, el tedio de los estancamientos, luego una luz entrevista, una esperanza, una hipótesis confirmada; después de semanas y meses de paciencia ansiosa, la embriaguez del éxito

un matrimonio cuyo fruto principal es el hijo, receptor único de nuestros éxitos y por lo tanto custodio y perpetuador de ellos. Este es el matrimonio que la innominada vive desde el principio, hasta que llega un momento, terrible, en el que se da cuenta de que su marido no sigue su ritmo de vida, el tiempo ha pasado y piensa dejar el trabajo, es hora de jubilarse pues se siente mayor ¿Cómo mayor? Ella aún es joven, aún tiene proyectos, y le guarda rencor por no acompañarla en ellos

¿Qué hacer cuando el mundo se ha descolorido? No queda más que matar el tiempo […] Estaba asqueada de mi cuerpo, Philippe se había vuelto un adulto, después del éxito de mi libro sobre Rousseau me sentía vacía. Envejecer me angustiaba.

No se siente joven, se obliga a ello; en el fondo sabe su edad y aparece, turbadora, la condición femenina, aquella que aun hoy mantienen muchas mujeres

Y hasta delante de André detesto mostrarme en traje de baño. Un cuerpo de viejo es, a pesar de todo, menos feo que un cuerpo de vieja, me dije viéndolo chapuzarse en el agua

Lo más tremendo es que ese espejo en el que pretendía mirarse eternamente, su hijo, tampoco sigue sus propósitos

—Voy a abandonar la Universidad. Soy aún lo bastante joven como para orientarme en otro sentido […] La enseñanza, la investigación, realmente están muy mal remuneradas

Sin saberlo ha enfocado sus hechos a conseguir que sus hombres sean perfectos, haciéndose a ella misma dependiente, necesitada del apoyo de su marido, hundida cuando cree que no congenia con ella, fracasada al ser consciente de que no ha cosechado el fruto que esperaba, sola en lo más profundo de su alma al no aceptar la obviedad de que no se puede estar siempre en la cumbre y lo más triste, de que no existe lo inalterable; el tiempo lima aristas y hemos de deslizarnos por ellas para dejar ese falso poder, que pensábamos nuestro, a quienes nos siguen

—Uno no es un sinvergüenza porque se niegue a compartir vuestras obstinaciones seniles

Esto es difícil; si hemos vivido para agradar o ayudar a los demás antes que a nosotros mismos, es difícil cambiar de postura en la vejez, en esa etapa en la que uno repasa éxitos y fracasos y se da cuenta de que no habrá nada más y de que lo único válido será sobrevivir. Periodo duro si pretendemos vivirlo en quienes hemos formado como reflejo de nosotros mismos sin darnos cuenta de que en realidad hemos perdido por el camino nuestra verdadera entidad. La protagonista ha sido tirana a veces con sus seres queridos porque lo ha sido con ella misma y esa tiranía no es sino una máscara con la que cubre su indefensión, su miedo a la soledad «¿Me ha amado como yo lo amaba?», a vivir su propia vida «Me preguntaba cómo se logra vivir todavía cuando no se espera nada más de sí».

Miedo en fin, a que lo vivido no haya resultado tal y como creía; enfocando sus actos hacia los dos hombres en los que se realiza, siente que no ha acertado y esa inseguridad provoca la intuición de que su matrimonio se hunde y, lógicamente, con él, su vida entera «y no es tan divertido decirse que uno está acabado».

El Monólogo es fabuloso, escrito de manera automática, con un lenguaje duro y formas oníricas muestra a una mujer irrespetuosa con la autoridad. Las repeticiones anuncian su estado exasperado, hastiado «Estoy harta, harta, harta, harta, harta…». Aquello que la ha traumatizado de pequeña emerge en la escritura de vez en cuando, los celos hacia su hermano, el maltrato de su madre, la separación de tres maridos, la muerte de su hija, la separación de su hijo, la soledad absoluta.

Las consecuencias de una infancia desgraciada pasan factura con el paso del tiempo y, está claro, las chicas, sobre todo en aquella época, lo tenían peor «Dédé tiene razón se ve venir que Danielle le aparecerá preñada». La primera consecuencia es el desequilibrio mental; la protagonista es incapaz de estabilizarse en pareja y sin embargo no sabe estar sola, necesita un hombre a su lado, porque para ello ha sido preparada aun de la forma más cruel «La zorra (su madre) […] mató dos pájaros de un tiro al casarme con Albert: aseguraba sus placeres y mi desgracia […] se burlaban a mis espaldas y siguieron con el asunto». Ante esto es lógico que quiera hacerse cargo personalmente de la educación de su hija y no deje que su siguiente marido tenga trato con ella. Deja a Albert porque la engaña, no sólo con su madre «Mi propia madre es contra natura», sino con cualquiera «Cristina tiene una cara para todo, con ella no tiene que melindrear» «Él bailaba con Nina sexo contra sexo». Sale con Florent pero lo deja porque él solo quiere divertirse, «¡Qué idiotez fue dejar a Florent por él! Nos entendíamos Florent y yo él aflojaba yo me acostaba», así que conoce a Tristán, pero tampoco le va bien «Tristán es un imbécil […] Tristán no ha domado a Francis», y la deja «me plantó porque no soy una histérica no caí de rodillas ante él […] me engatusó y después me torturó, llegó hasta levantarme la mano». Se separan, pero él se queda con el hijo de ambos, Francis «y después de eso grita que está dispuesto a todo para no dejar conmigo a Francis».

Murielle se va quedando sola, su hija, adolescente, muere de sobredosis y no tiene ni una palabra hacia su madre «y esa nota para su padre no significaba nada la rompí formaba parte del decorado […] y mi madre gritó “¡Tú la has matado!”».

Y, a pesar de todo, está dispuesta a rebajarse aún más, necesita a Tristán, necesita a un hombre en su vida y a su hijo, porque ha sido educada para eso, al precio que sea «Si piensas en tus amoríos te repito que no te impediré joder».

Es capaz de morir si no los tiene a su lado, sólo le queda el falso asidero de la religión «¡Dios mío! ¡Haz que existas! […] ellos se retorcerán en las llamas de la envidia los miraré tostarse y gemir, reiré y los niños reirán conmigo. Me debes esa revancha Dios mío. Exijo que me la des».

Con esta dureza aplastante Beauvoir denuncia la ética femenina, expone el dolor silencioso que sufren muchas mujeres a diario convencidas de que son responsables del hogar y culpables si algo se tuerce. El ritmo vivo del Monólogo contrasta con la lenta, inacabable agonía de Murielle que lo único que intenta, aunque no sepa, es evitar el sufrimiento de su niñez a sus propios hijos. Murielle no conseguirá sus deseos, socialmente es una histérica irresponsable que ha de tomar pastillas para relajarse y vivir y ella no quiere relajarse en una sociedad que la ha anulado. No se siente parte integrante de su propia sociedad pues no se enfrenta a la vida con inteligencia, con la razón, está predestinada a hacer y decir lo que digan los demás; al quedar privada de libertad, la privan de existencia. No es. Por lo tanto también es demasiado tarde para dar marcha atrás. Está condenada al ostracismo vital.