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sábado, 1 de julio de 2023

TRABALENGUAS PARA MUDOS

Nuestro mundo no tendría lugar sin palabras; ellas forman relatos que representan nuestra razón, que nos refieren como seres humanos; sin ellas no existirían las relaciones sociales por lo que el pensamiento se destruiría y también, por supuesto, las ideas. Paco Santos lo sabe y escribe un libro en el que la importancia de la palabra está en consonancia con el ser humano. También lo sabe Rubén Toledano pero al ser consciente de que «con las palabras puede tejerse un sudario de muerte», le encarga a un corazón puro un poema capaz de llegar al origen de la palabra y formado por «palabras con las que Dios creó el mundo».

En Trabalenguas para mudos, Alonso Toledano no mantiene relaciones, no piensa, no tiene palabras, no las oye, se deja llevar por gritos de terror, de ahí que a su alrededor sólo exista destrucción. A Alonso se le ha privado del don de la palabra, tampoco puede recordar, sólo oye sonidos sin significado estipulado.

La historia comienza treinta años antes de los hechos que se narran en el devenir de la novela; esto permite a los lectores conocer mejor el argumento: El pequeño Diego Toledano murió al caer por la escalera de su casa. En ese momento también estaban su hermanastro Alonso, sus padres, Rubén y Lizabeta, el rabino Abe Nami y una sirvienta; nadie puede certificar exactamente lo ocurrido por lo que el inspector Lago, encargado del caso, continúa acumulando notas durante más de veinte años, hasta que se jubila, porque cree que hay algo muy oscuro detrás de todo, «La señorita Naranjo expresa su estupor ante el grito proferido por la madre del niño […] “Monstsruo”».

Nada es lo que parece. Tampoco la historia. El génesis tuvo lugar bastante antes. El inspector Gardel, llevado por la curiosidad, seguirá los pasos de Lago para aclarar los hechos. Al mismo tiempo, un escritor ignorado escribe una novela, El cabalista descabalado, en la que esos hechos aparecen no como parte de la realidad sino de la ficción de su autor.

Treinta años dan para mucho y en ellos Paco nos embarca en una aventura que nos lleva a Praga, Filadelfia y hasta una isla exótica donde nos saca de nuestro estado de confort para meternos de lleno en la novela de la novela en la que un protagonista no puede comunicarse con palabras pero consigue enloquecer a su autor, «Rubén Toledano era de carne y hueso, sí, pero por sus venas corría mi tinta […] ¡Yo soy tu señor!».

Cuatro vías informativas abre Paco Santos: la del narrador de Trabalenguas para mudos, que no es la misma de la del poema Trabalenguas para mudos, la de los informes policiales y la del escritor de El cabalista descabalado.

La metaliteratura está presente en la novela de Paco, algo que permite a los personajes pasar de una historia a otra; Alonso está autorizado a cambiar de actitud según si es o no paciente del hospital psiquiátrico. Como enfermo al cuidado del doctor Altobelli, el escritor anónimo dará muestras de su pérdida de razón. El inspector Gardel nos llevará a Rosita, la viuda del inspector Lago, que desvelará asuntos clave en el caso sólo descifrables por los lectores que navegamos en este caos; porque la novela es como un río que fluye para traer recuerdos que empezaban a olvidarse, para que seamos conscientes de que todo vuelve, de que podemos caer en el mismo lugar y en las mismas circunstancias. La historia de Trabalenguas para mudos trae la recuperación del pasado, un pasado peligroso al que volvemos constantemente porque en realidad no se ha ido. La vida es un oscuro misterio que sólo adquiere sentido a través de la palabra en el proceso de la escritura.

En realidad es lo que sobrevive al ser humano; es lo que ayuda a comprender qué es lo que vemos. Las palabras crean un mundo alternativo y en esa otredad aparecen expresiones difíciles de pronunciar que forman un mundo heredado, de historia más o menos incierta pero aceptada. Los trabalenguas constituyen parte de ese mundo; algunos carecen de sentido, como los sonidos que oye Alonso, por lo que es incapaz de mantener una relación real en el mundo real «y se lanzó a la carrera hacia su compañero de juegos […] Pero Alonso, su hermanastro, no se inmutó por más que intentase desasirlo de las piernas del rabino».

Alonso es un ser fantástico, creado por el afán de un hombre para convertirse en dios. Y todas las creaciones de aquellos que se consideran por encima del bien y del mal, capaces de concebir algo a su imagen y semejanza, no salen bien; normalmente se rebelan contra su creador al no sentirse igual a él. Adán se rebeló ante la vida otorgada. También el monstruo de Frankenstein tuvo efectos desastrosos. El Golem, fabricado para defender a los judíos, ha sido su pesadilla a pesar de que la cábala intente explicar la relación entre Dios y su creación. Porque en el fondo, Adán, el Golem, Frankenstein, Alonso, son autómatas, símbolos del automatismo de los hombres que se pronuncian contra la soberbia del ser humano cuando se cree con derecho a hacer lo que le está vedado.

A través de la narrativa de Paco Santos exploramos su propio universo, en el que la parodia se ofrece como alternativa con identidad propia que a su vez puede ser la identidad del autor, algo compleja, ya que con su palabra desacraliza el marco especial en el que se desarrolla la novela: «Y entonces ese hombre, pretérito jefe mío e idiota vitalicio, comenzó a hablarme de la crisis de la edad, de las bondades del ciclismo y de la oportunidad de reencontrarme con mi niño interior […] No dejé de sonreír al mentecato con tanta cortesía como le sonrío a usted»

En el estilo inconfundible encontramos comparaciones irónicas de esos seres semejantes a dios «tan grácil como el granito»; expresiones hiperbólicas imposibles «en las márgenes de ese río en bancarrota de truchas»; expresiones escatológicas, que definen al loco cuyo libro no es aceptado, salpicadas de vocabulario culto y formal impropio de situaciones cotidianas «¡Todo menos chupársela, doctor […] No lloriquee usted, comemierda […] la exención de mi inminente venganza»; acumulación de aclaraciones que enredan (mediante la lectura) aún más la mente enredada de escritores ignorados con antónimos, sinónimos contextuales, enumeraciones, encadenamiento de ideas y similicadencias «El cabalista descabalado es (de momento) una obra omitida y yo permanezco (por ahora) maniatado, amordazado y a buen recaudo […] despierto […] adormecerme […] Garín de la Mota, que mota de polvo será […] doctor Sífilis Causa por la Universidad Putatiense».

Las escenas más rocambolescas de Trabalenguas para mudos permiten la reflexión sobre la condición humana y la sociedad disparatada en la que vivimos.

Por eso encontramos, entre los subtemas, los problemas que debe afrontar un escritor: «los plazos habituales […] de las editoriales, […] los tediosos prolegómenos para acordar las condiciones del contrato […] las pruebas de las galeradas […] la distribución nacional e internacional»; la calidad de lo publicado en general «con el fin de arrancar las últimas páginas de los libros mediocres (que equivalen casi a la totalidad)»; el interrogante sobre qué es más real, el mundo en que vivimos o el creado en la imaginación, ¿vivimos con quienes nos rodean o con lo que pensamos de ellos? «doctor García García, alias Secuaz Secuaz […] doctor García García, alias Esbirro Esbirro […] doctor García García, alias Compinche Compinche […] doctor García García, alias Bellaco Bellaco […] doctor García García, alias Rastrero Rastrero […] el Omisionista».

Vivimos en un mundo en el que la palabra ya no es fuente de verdad y los creadores de palabras son prescindibles, olvidados por los que se sienten superiores. Un mundo en el que entender la palabra supone un esfuerzo, por eso el creador de Alonso prefiere aleccionarlo con sonidos aterradores; su respuesta, efectiva, siembra la destrucción a su paso.

Los nombres pueden variar, Adán, el Golem, Frankenstein, Alonso, Bocajarro… da igual, seguirán aniquilando porque han sido creados no desde el amor sino desde la soberbia de la exclusividad. Cuando Rubén Toledano es consciente de eso intenta que alguien ínfimo, bondadoso, conforme su propio Golem, el Trabalenguas para mudos. La diferencia entre < y Paco Santos es que la creación de éste está dotada del alma de su autor.

domingo, 27 de noviembre de 2022

LA CRIPTA NEGRA


Hasta casi el final de las 285 páginas se mantiene la tensión de esta novela, porque la historia está tan bien hilada que hasta los sucesos inexplicables tienen aclaración. Hay que leer, entera, La cripta negra para entender la trama, entonces incluso no nos extrañará que un chico tenga visiones paranormales, visiones que lo ponen en contacto con fallecidos cuyas muertes han estado envueltas en el misterio. El poder de la clarividencia es uno de los dones que muchos querrían poseer. No es el caso de Daniel Villena quien, a pesar de que lo tiene, le gustaría no conocer determinados hechos que lo asustan y, sobre todo, lo hacen sufrir.

Daniel es un chico de veinte años que desde casi siempre ha podido ayudar en investigaciones policiales que han quedado estancadas. Los muertos acuden a él reclamando justicia.

La clarividencia, en el mundo real, podría despertar en algunos cierto escepticismo, lo que no cabe duda es que es un recurso fantástico para la literatura. Juan Ramón Barat lo sabe, por eso, desde que escribió Deja en paz a los muertos, con un Daniel Villena de 16 años sufriendo al introducirse en el más allá, ha desarrollado una saga. En La cripta negra Daniel es ya estudiante de periodismo; debido a su inteligencia le surge una oportunidad para ir a México con un grupo de profesores y arqueólogos. Van a abrir un sarcófago encontrado en una cripta recientemente hallada en las pirámides de Teotihuacán.

Paralelamente, en Madrid, él está sufriendo visiones de un chico que, tras señalar un punto determinado, se lanza al vacío desde la azotea de un edificio.

Una vez en México, Daniel se da cuenta de que los problemas que surgen al encontrar la tumba vacía están relacionados con sus visiones. Y así comienza otra nueva aventura para este joven, esta vez sin Alicia, su novia, que lo había acompañado siempre con gran intuición y perspicacia

Alicia desapareció de la pantalla y yo me quedé esperando como un bobo […]

—Magnífico, esa es la palabra que debes buscar

[…]

—Eres increíble

—Y tú un alma cándida

Barat consigue, con esta saga, favorecer el hábito lector; el léxico es actual, adecuado, va evolucionando con el personaje aunque no incide en la jerga juvenil, por lo que asegura un uso más formal y un progresivo perfeccionamiento del protagonista al ir asimilando más cultura; en ningún momento resulta pedante, todo lo contrario, es fácil empatizar con él y con su familia, pues representa un grupo bastante normal exceptuando al propio Daniel y su capacidad que es, no obstante, la que da un plus de tensión a las novelas, «El sol […] estaba circunvalado por una serpiente enroscada cuyas plumas en forma de cresta parecían rayos luminosos. Recordé mi sueño del sarcófago y la momia, y me estremecí». El misterio de la cripta negra, y lo sobrenatural que hay en ella, se unen a problemas actuales como la corrupción de las altas esferas policiales o políticas. Todo esto favorece el pensamiento crítico de los jóvenes lectores.

Mientras intentan resolver el misterio que alberga la cripta, los chicos muertos el día del solsticio de verano de diferentes años pasados se le aparecen a Daniel para que pare el horror que, no cabe duda, continuará el 21 de junio actual con «aquel joven que se había aparecido […] un fantasma de humo que incluso había llegado a susurrarme una frase escalofriante “no quiero morir”».

Podemos encuadrar la trama en la novela detectivesca, en la que el protagonista, Daniel, investiga un suicidio que podría no haberlo sido; para ello estudia minuciosamente el espacio donde ocurrió. De esta manera, mediante la observación y el análisis resuelve el enigma que un muerto le plantea. Como en los casos anteriores, La sepultura 142 o Llueve sobre mi lápida, el enigma consiste en crímenes que, en este caso, puede resolverlos con ayuda de Valeria, la chica mexicana que lo lleva a donde él le indica.

La estructura de la novela está muy bien ideada pues la trama se construye en torno a un secreto, oculto para el lector y para el protagonista quien, conforme avanza el argumento, lo va desvelando. El narrador es el propio Daniel, por lo que el punto de vista es bastante subjetivo, tanto cuando cuenta su propia historia como en sus descripciones.

En la narración encontramos digresiones históricas con las que aprendemos sobre la cultura nahualt, otras éticas en las que Daniel valora la amistad, el cariño familiar y la fidelidad a su pareja. Hay digresiones mitológicas que aportan el ambiente mágico, «en todas estas dualidades siempre figura el Padre Sol, que es invariablemente el dios fecundador de la vida, el origen de todo». Asimismo las digresiones simbólicas desarrollan la ocultación, «Es el color de la vida (el rojo) y de la eternidad. Como el color que tuvieron en su día estas paredes, cuando fueron pintadas con la sangre humana de gente sacrificada al dios Ometeotl». Por otro lado, la curiosidad del lector se acrecienta con algunas digresiones basadas en celebraciones tradicionales, «La alegría de los vivos había tomado por asalto lápidas, tumbas, cruces y mausoleos».

Por todo ello podríamos incluir la novela de Juan Ramón Barat en lo que Poe llamó “cuento del raciocinio” pues el objetivo principal es averiguar la verdad de los sucesos a través de un proceso complejo que combina la intuición, la lógica, lo posible y lo imposible, la realidad y la ficción, consiguiendo una trama totalmente emotiva y humana, «su figura había comenzado a difuminarse […] tuve tiempo de advertir que su rostro expresaba un profundo terror […] De repente […] volví a leer los datos…».

Las visiones de Daniel, junto al diálogo abundante, aportan el ritmo y la tensión que pueden ralentizarse con los incisos. De hecho, el misterio y la angustia van creciendo de forma exponencial conforme se descubren nuevas pistas, probablemente porque hay quien no quiere que se desvele nada del secreto de la pirámide, «Estaba a punto de tocar aquel símbolo con mi dedo índice cuando una fuerza terrible me levantó del suelo y me lanzó contra la pared contraria».

Los personajes secundarios son fascinantes, pues aunque algunos exponen características sospechosas (o amables) en un primer momento, pueden evolucionar a lo largo del argumento hasta hacernos cambiar de opinión sobre ellos, «nos había tratado con bastante frialdad, como si no estuviera muy conforme con nuestra presencia».

Casi nada es lo que parece en La cripta negra. Habremos de leerla entera para entender qué ocurre durante el solsticio de verano, qué significa el sexto sol y quién tiene intereses ocultos. Mientras tanto realizaremos un viaje por México acompañados de fantasmas, esqueletos vivientes, momias que desaparecen, hipnosis, falsos suicidios, sensaciones paranormales, muertos que nos guían hacia el horror… Al final del camino todo tendrá sentido y Daniel podrá respirar, aunque parece que Barat no le va a dar mucha tregua.

sábado, 14 de julio de 2018

LA DESAPARICIÓN DE STEPHANIE MAILER



No puede ser que cada vez que lea un libro de este autor me ocurra lo mismo, me encanta; el siguiente me gusta más que el anterior, y me hipnotiza tanto que deseo enormemente poder escribir como él. Sus historias, una vez leídas las novelas, son sencillas, quiero decir que los asesinatos o lo que ocurra, tienen sentido y, además, son de resolución bastante lógica; pero hasta llegar ahí has de pasar, en este caso, por 650 páginas complejas para enterarte de quién es el asesino, cuáles son los motivos que lo llevan a ello y qué relación tienen todos entre sí, asesino, asesinos, asesinado, asesinados. No quiero revelar mucho porque La desaparición de Stephanie Mailer hay que leerla. Desde la primera página queda atrapado el lector y no puede parar. En concreto, a mí me ha fastidiado tener que dejar el libro para atender otros asuntos o porque me dolía la cabeza debido al tiempo empleado en la lectura, ya que como son alrededor de cuarenta personajes, y en principio todos parecen culpables, además de que van apareciendo de forma totalmente conveniente —o aleatoria según se mire—, tuve que ir tomando notas de quién era cada uno, qué filiación o relación tenía con el anterior y por qué aparecía en la novela. Si no, es imposible, al menos yo soy incapaz de ir recordándolos a todos en todo momento. Con La desaparición de Stephanie Mailer me ha pasado algo parecido a lo que me ocurrió hace ya muchos años, cuando leí Cien años de soledad; con la novela de García Márquez me fui haciendo un árbol genealógico para entender mejor la trama y con la de Joël Dicker, he ido anotando la relación entre los personajes y las causas de su aparición para enterarme bien; no quería que se me escapase ningún detalle. En realidad me podría haber ahorrado algo de ese trabajo pues el autor ha tenido la deferencia de colocar al final la lista de los 31 personajes principales y su cargo. No obstante no me arrepiento de mi trabajo pues me ha permitido observar casi con lupa todos los movimientos y entender a la perfección el final, incluso sentir cierta empatía hacia el asesino, o hacia alguno de ellos.

Antes de criticar esta novela, que creo que lo voy a hacer con una palabra, ¡Formidable!, quiero comentar algo que me ha llamado la atención, y que, curiosamente está al final de la misma, una vez que hemos descubierto lo ocurrido. Hay dos personajes que se unen para estrenar La noche negra de Stephanie Mailer, uno como autor de la obra y otro como director. La representación es un fracaso y ante ello, el crítico-autor opina «Lo que no tiene éxito es forzosamente espléndido, palabra de crítico». Esto es completamente falso, la prueba la había dado este mismo personaje, al principio de la novela, cuando pasa de ser un crítico admirado a alguien a quien nadie lee porque todos se han dado cuenta de su proceder, «cogió la última relación de libros más vendidos de Nueva York, fue subiendo la lista con el dedo hasta el de mayores ventas y escribió un texto asesino sobre aquella novela lamentable que ni siquiera había abierto»; de hecho en una entrevista ya se lo dicen «hay algunas malas lenguas que afirman que los críticos literarios son escritores fracasados […] —Sandeces, querida amiga […] nunca he conocido a un crítico que soñase con escribir…». Esta ironía imagino que es un guiño de Dicker a las críticas que reciben algunas obras literarias de aquellos que se limitan a juzgarlas, la mayoría de las veces sin saber cómo. Si no, no se entiende, él mismo es la prueba, con 33 años es un éxito de ventas porque, creo, hoy tiene pocos rivales que puedan hacerle sombra.

No quiero atribuirme el cargo de crítica literaria, sería algo desorbitado, pero es cierto que algunos alumnos me han preguntado por qué no escribo un libro; alguna vez me lo he propuesto, y siempre he terminado por verlo imposible, o la historia era demasiado obvia, o los diálogos poco profundos, o me quedaba en blanco. Sin embargo al juzgar las obras de los demás sí reconozco, casi siempre, cuándo son buenas, y no tengo ningún problema en afirmar que me gustaría estar en el lugar del autor, que todo eso hubiese salido de mi mente. Por eso, cuando veo que hoy escribe “cualquiera” no lo soporto, me ocurre algo parecido al sentimiento de Otrovski ante la novela de Alice

Alice se escondió en el armario del despacho justo antes de que Otrovski llegara […]

—¿Le he hecho algún daño sin querer, Steven? […] Si es así le pido disculpas […]
—¡Porque tiene que guardarme mucho rencor por algo para imponerme semejante lectura! Y por si fuera poco, aquí estoy perdiendo aún más tiempo en comentarla […] Sueña con ser escritor, ¿no es así Steven?

—No, no soy el autor del texto –le aseguré.

—[…] Hasta un mono lo haría mejor. Hágale un favor a la humanidad ¿quiere? No siga por ese camino. Pruebe a pintar, quizá. O a tocar el oboe.

No voy a ser tan categórica como Otrovski, pero estamos rodeados de verdaderas obras de arte (aunque haya gustos para todo) y es una pena perder el tiempo con mediocridades.

Dicho esto queda confirmado que a mí me hubiera gustado realizar una obra maestra y que Jöel Dicker es un artista, es más, yo diría que es un genio. Ahora veremos por qué.

El lector es incapaz de encontrar al culpable hasta que no llega casi a la última página; es cierto que, una vez leída la novela, si empezamos de nuevo, nos damos cuenta de que hay tantas pistas para descubrirlo que parece imposible no haber caído en la cuenta, a no ser porque cada vez que aparece un personaje diferente encierra ciertos intereses para que continúe o cese la investigación, que lo muestran como sospechoso. Llegamos a recelar de los vecinos, de los periodistas, de los políticos y de la propia policía. La pregunta constante es ¿por qué?, ¿qué relación hay? y, como si fuera un puzle, el propio asesino es quien da forma a todo y nos presenta las piezas unidas en una secuencia tan coherente que no podía haber sido otra. Creo que es el mayor acierto de Dicker, enredar fechas, lugares, personajes, acciones durante seiscientas páginas para esclarecerlo en unas pocas y que los lectores conozcamos a la perfección a los integrantes, no sólo a los asesinados o a los asesinos.

Todos son importantes porque de esta manera percibimos cómo es la sociedad, sus integrantes, sus reacciones y consecuencias: el que ha sido alguien en un momento y ahora no es nada porque no era tan bueno como creía pero tiene un precio como casi todo el mundo,

—¿Quiere que le mienta descaradamente a la prensa ensalzando una obra que nunca he visto?

—[…] A cambio lo acomodo esta misma noche en una suite del Palace del Lago hasta que termine el festival.

—¡Choque esos cinco, amigo!

Una sociedad formada no sólo por buenas personas «un hombre simpático, afable, que procedía de buena familia. Un vecino activo y comprometido. Tenía un restaurante. Miembro del cuerpo de bomberos voluntarios», o buenos profesionales «—Bueno, pues ten la bondad, a pesar de todo, de ir a vaciar un cargador en el polígono de tiro antes de andar por ahí con ese trasto en el cinturón. Señores, rematen esta investigación pronto y bien». En La desaparición de Stephanie Mailer aparecen todos aquellos perfiles que cada vez más pueblan las ciudades actuales: corruptos «la cuenta en que se ingresaba el dinero: era una cuenta diferente, también del señor Gordon, pero abierta en nuestra sucursal de Bozeman, en Montana»; mafiosos «—Todo el mundo tiene que saber que el alcalde Gordon es un criminal. —Júrame que no dirás nada, Megan ¡Cerrarán las empresas, condenarán a los directivos, los obreros irán al paro […] Gordon es muy hábil. Mucho más de lo que parece»; egoístas «Entre el hallazgo del cadáver de Stephanie y el anuncio del alcalde de que se cancelaban los fuegos artificiales del Cuatro de Julio […] Delante del edificio municipal un grupo de manifestantes, todos ellos comerciantes de la ciudad, se había reunido para pedir que se mantuvieran los fuegos artificiales»; cobardes «Tuve miedo, capitán. Y me sentí avergonzado […] Era la primera vez que decía que tenía miedo»; manipuladores «—[…] Tú ya has conseguido que echase a Stephanie y la cabeza de Otrovski. ¡No pretenderás diezmarme la revista, digo yo! Alice lo fulminó con la mirada y luego exigió un regalo»; chantajeados «¿Cómo había llegado a aquello? ¿cómo se veía a los cincuenta años liado con aquella chica?»; celosos «—La investigación es secreta, ¡y un cuerno! Estoy segura de que Natasha está enterada de todo»; acosados «Había sido una buena alumna, muy capaz, ambiciosa y querida […] Todo cuanto había querido lo había tenido. Y luego había llegado Tara Scalini y la tragedia posterior»; los que anteponen su posición al plano humanitario «¡Si corre el rumor de que anda rondando por aquí un asesino, la temporada de verano se va al carajo! ¿Se da cuenta de lo que esto supone para nosotros?»; los estúpidos «¡Qué bien había hablado! ¡Qué interesante era […] En pocas palabras había resumido la decadencia de la humanidad. ¡Qué orgulloso estaba de que su pensamiento fuera tan ágil y su cerebro tan portentoso».

No cabe duda de que la sociedad queda diseccionada, porque no solo existen estas personas en Orphea, son personajes universales de hoy, de ahí que vivamos en condiciones cada vez más engañosas, menos seguras, más hipócritas.

Por eso aparecen, asimismo temas tan actuales como el de la paridad en los trabajos, «La única razón de que estés aquí es que el alcalde Brown, con sus condenadas ideas revolucionarias, quería a toda costa nombrar a una mujer en la policía […] historias de diversidad, de discriminación y de no sé qué más gilipolleces», o la efectividad real de los psicólogos, tan demandados y en los que dejamos caer toda la responsabilidad, sin tener en cuenta que los primeros que tenemos que implicarnos, en los problemas que nos afectan somos nosotros «Cuando hablamos de eso en la sesión fue porque Dakota se quejaba de que registrabas su habitación para buscar droga. Lo que dijo el doctor Jern fue que convirtiéramos su cuarto en un espacio propio que respetáramos, que implantásemos un principio de confianza».

Y por supuesto, el poder del dinero, por encima incluso de los sentimientos supuestamente más profundos. Parece que hasta el dolor más insoportable puede desaparecer con una bonita suma por medio «la incitación al suicidio podría considerarse homicidio […] te enfrentas a una pena entre siete y quince años de cárcel. A menos que lleguemos a un acuerdo con la familia de Tara […] Quieren nuestra casa de Orphea […] —Pues suya es entonces —dijo mi padre—.»

Ante este panorama no es de extrañar que la sociedad funcione mal, se ha deshumanizado y, si nos fijamos, el dinero, el afán de poder es el desencadenante.

El narrador es excepcional, o mejor dicho los narradores, porque la novela está escrita mediante una polifonía narrativa que favorece el entendimiento de lo sucedido durante veinte años en Orphea. La voz de Jesse Rosenberg es la que relata el presente, veinte años después de, aún muy joven, resolver su primer caso, que le trajo tanto la gloria como la desgracia. Su compañero, Derek Scott relata lo ocurrido en 1994 cuando ambos resolvieron el asesinato múltiple de Orphea.

Pero nada es lo que parece y Stephanie Mailer da la voz de alarma, de forma que Jesse (a punto de jubilarse con 45 años) y Derek, retoman el caso junto a Anna Kanner, la tercera voz narrativa, subjefa de la policía de Orphea.

Pero entre estas voces narrativas encontramos las de otros personajes que van apareciendo y que aportan, junto a un narrador ocasional en tercera persona, mayor tensión a la lectura sobre todo porque dan pie a una serie de diálogos impactantes, llenos de ironía, humor incluso, o tragedia; verdaderos protagonistas de la novela pues la hacen dinámica, adictiva, de ritmo apabullante que no desaprovecha el autor para conseguir el retrato evolutivo de una sociedad.

Podría alargarme aportando ejemplos de ese humor, de las descripciones, justas pero acertadas, pero no quiero desentrañar nada más. Leer a Dicker y disfrutar con él es una obligación personal.

lunes, 17 de noviembre de 2014

LA SEPULTURA 142

A finales de verano leí La sepultura 142, Juan Ramón Barat, su autor, tuvo la gentileza de enviarme el libro, recién salido, para que lo leyera. Y así lo hice, y me gustó tanto que pensé compartirlo. Muchos de vosotros lo habéis leído ya, por eso vamos a comentarlo.

La Sepultura 142 es la 2ª parte de Deja en paz a los muertos; los protagonistas son los mismos, sin embargo no es necesario leer la 1ª novela de lo que podríamos llamar, la serie de Daniel Villena (Juan Ramón te lanzo una sugerencia que seguro nos encanta a todos); de hecho, el final de ésta queda un tanto abierto.

Daniel es un chico sagaz, inteligente, perspicaz, buena persona, buen estudiante, pero sobre todo tiene un don que lo hace único, su mente es capaz de intuir situaciones que el resto de los mortales no puede, de vez en cuando puede comunicarse con desaparecidos, muertos que a través del subconsciente requieren su ayuda para que los causantes de la desgracia no queden sin castigo.

En esta ocasión, nuestro estudiante de Periodismo conseguirá, junto a su novia Alicia, resolver el asesinato de otra pareja de jóvenes, Héctor y Berta; aprovechando un trabajo que les mandan en la universidad, la realización de un reportaje sobre un caso actual, Daniel y Alicia pueden ir abriendo una serie de puertas que facilitarán el éxito, aunque también, en alguna ocasión, ponen en peligro sus propias vidas.

La novela es interesante, la trama se complica y, sin embargo, todo fluye de manera natural, no encontramos situaciones forzadas. Sería muy fácil, basándose en el don de Daniel, que el espíritu de Héctor se le apareciera y lo guiara hasta los asesinos, pero el autor sólo toma esta capacidad del protagonista para aumentar la tensión y el suspense, porque el misterio llega hasta el final y todo queda resuelto según la lógica, la deducción y la inteligencia. De hecho, aparecen secuencialmente los pasos que un buen periodista debe seguir para investigar un asunto y poder elaborar un excelente reportaje: lectura de datos, entrevistas con allegados o posibles conocidos, búsqueda en internet, revisión de fotografías, facturas, trabajo deductivo, de campo…

Leí Deja en paz a los muertos y me gustó. He leído La sepultura 142 y me ha gustado más; Daniel ha madurado, es mayor de edad y nos muestra temas candentes que contribuyen a que los lectores pensemos, y apoyemos —creo que unánimemente— la denuncia del autor: la trata de blancas; el comercio con chicas y sus horribles consecuencias son la base de la trama, pero también aparece la corrupción policial —de un sector—, la locura, o los malos profesionales como el detective Carlos Valley.

Estos temas consiguen mostrar un argumento redondo y, sin embargo, la novela da para más. Durante su lectura he reflexionado sobre las relaciones de pareja, los celos normales del comienzo, fruto de la inseguridad que se suele tener en la juventud, pero sobre todo, el cariño y la admiración mutua, base de algo duradero. Las relaciones familiares rodean al protagonista y éste se apoya en todo momento en su familia. Está bien que los progenitores sean tolerantes y al mismo tiempo capaces de hacer cumplir una serie de normas, sin excusas. El rol de los padres queda totalmente diferenciado al de los abuelos que, si bien aparecen de pasada, tienen un papel entrañable. Además permiten que el lector se entere de curiosidades como los diferentes tipos de uva y la creación del vino y, por supuesto, son los encargados junto a la hermana menor, Irene, de rebajar la tensión, aunque sea por escasos momentos, de la trama.

Asimismo detectamos las ventajas y posibilidades que el buen uso de las redes sociales puede aportarnos y, pese a que no se profundice demasiado en ella, la vida del estudiante se revela con algo de benevolencia.

Pero merece la pena abordar los múltiples guiños culturales que vamos percibiendo con gran satisfacción. Curiosísimo el enlazar el mito de Cipariso al argumento (¡Estos clásicos! siempre oportunos). Curioso el mito de Venus unido a la simbología de las flores y, por supuesto, las referencias a la pintura, a la música o a la literatura son de agradecer. Creo que voy a releer poemas de José Zorrilla.

Pues en esta cantidad de temas no he encontrado ni una sola página aburrida, por supuesto la historia tiene que ver en ello, pero no es menos importante la sintaxis perfecta del autor. Ni una sola falta, de concordancia, puntuación o siquiera errata. El libro se lee de un tirón porque Barat hace gala de un estilo dinámico, fluido, con un vocabulario coloquial aunque salpicado de términos cultos, como corresponde a Daniel, narrador universitario, y palabras algo más vulgares, que retratan a otros personajes o a determinadas situaciones. Asimismo las expresiones populares o refranes aportan, en ocasiones, un clima familiar.

En cada capítulo el narrador introduce algo nuevo que va expandiendo la trama, al tiempo que retrasa la resolución del misterio y aumenta la curiosidad del lector, además los episodios suelen terminar en el clímax de una situación, creando así la necesidad de seguir leyendo, o con una imagen impactante, mediante técnicas cinematográficas que mantienen la atención.


La novela, en fin, es de calidad, imaginativa y estilística. Ahora es el turno de todos los lectores que quieran comentar aquellas situaciones, expresiones o curiosidades que han llamado su atención. A mí me queda agradecer a Juan Ramón Barat su excelente literatura y a todos los que queráis, con vuestros comentarios, enriquecer la percepción de la novela.