Nueve cartas dirigidas a nueve
personas son suficientes para que la protagonista exprese sus sentimientos.
Pero en realidad son para ella misma, para agradecer, para acusar, para
perdonar, para comenzar, a los cincuenta años, una vida sin rencores, sin rincones
oscuros en su memoria que la inmovilizan cuando quieren salir.
La última carta va dirigida a Jesús, el
autor del libro, y en ella le da permiso para que utilice estas sensaciones
escritas como quiera; puede publicarlas porque, aunque sean dolorosas, exponen
las ganas de vivir y la esperanza que, tras perdonar e intentar olvidar, siente
la protagonista, decidida a darse otra oportunidad. Y Jesús Castro Lago recoge las cartas y las recoloca en La
flecha invertida para que los lectores entendamos la vida de Johanne.
Lleva un tiempo junto a Jean Christian
con el que es feliz. Para él no hay carta, habla de él a sus hermanos. Las
cartas son como una despedida del pasado que quiere dejar a un lado y afrontar
el futuro, renacida «Desde aquel beso,
nuestra relación fue fortaleciéndose cada vez más […] aquel beso habló por él,
dijo más de lo que había dicho hasta entonces».
Este libro conforma una novela epistolar puesto que a través de las cartas
conocemos la historia de la protagonista. Y, sin embargo, no es a través de
ella sino de Jesús, el segundo autor, «Ahora
toda esa información te pertenece y sé que harás con ella algo bello». Este
segundo autor puede haber cambiado el curso de los hechos; no lo sabemos porque
Castro Lago, el tercer autor, es el que aporta el grado de ficción a la
historia real de Johanne. Esto de que sea ella la remitente de misivas es una
técnica para dotar de verosimilitud a lo sucedido. Es una historia monofónica
contada por Johanne que, más que epistolar, puesto que no hay respuestas
esperadas, adquiere forma de diario íntimo, por lo que es fácil de entender.
Es una primara voz tranquila en la que
el rencor, si lo tuvo, ha desaparecido para afianzar la gratitud del presente.
La novela es fácil de leer; la protagonista no profundiza demasiado en los
aspectos truculentos familiares (una denuncia a tiempo les habría solucionado
la vida a las niñas); puede que no lo haga porque está segura de cómo va a ser
recibida esa información; ella no estará presente, o puede que no le interese
mostrar determinados sucesos a según quién sea el supuesto receptor.
En cualquier caso el realismo se
acentúa, aunque es cierto que al haber un solo punto de vista y nueve
personajes nos falta la perspectiva de los demás, al menos a mí me hubiera
encantado conocer qué pensaba de su amistad, Alain, qué pensaba Claudine de
Louis, qué pensaban sus hermanas sobre la actuación paterna y, sobre todo, qué
pasaba por la cabeza de la madre. De esta manera podría haber juzgado los
comportamientos y haberlos, o no, entendido. Solo con lo confesado por Johanne
se me hace muy difícil aceptar, perdonar a unos padres maltratadores y
abusadores. Johanne lo hace, probablemente redimida por el amor de Jean Christian,
al que no conocemos y eso no importa, lo que cuenta es que para ella supone su
punto de partida.
El vocabulario coloquial de Castro Lago le aporta a la novela una gran carga afectiva, consigue que los sentimientos salgan con facilidad y lleguen al receptor de forma precisa, algo que suple la casi ausencia de interjecciones o modismos que denoten estados de ánimo, como si la primera autora, Johanne, quisiera salir fuera del relato, apartarse de lo vivido para no tener que revivirlo y continuar sufriendo «Tú y yo, a pesar del amor que existía como hermanos, no nos abrazábamos. En verdad, en casa ninguno lo hacía. Es algo a lo que nuestros padres no nos acostumbraron». La frialdad con la que expresa los hechos es un arma de protección. Por eso no tengo claro, creo que Jesús Castro Lago tampoco, que Johanne pueda comenzar una vida plenamente feliz. Son muchas las heridas.



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