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sábado, 2 de diciembre de 2017

EL PARAÍSO PERDIDO



Pues sí, de nuevo sé algo más gracias a los alumnos, a veces no sé qué haría sin ellos; esta vez, María decidió exponer en clase de Literatura Universal El paraíso perdido; había oído hablar de él y tenía ganas de leerlo, así pues, lo compró, lo leyó y su exposición me atrajo tanto que a mí también me entraron ganas de leerlo. Obviamente no lo había hecho. Gracias, María, primero porque me has dejado el libro, y sobre todo, porque he descubierto a otro de los grandes poetas del siglo XVII. Indiscutiblemente el adjetivo aurisecular no es gratuito.

Pues en 1667 John Milton, ciego, y perseguido por sus ideas liberales (era republicano, a favor de Cromwell) escribe un poema épico inigualable. En 10.565 versos expone la caída de Adán y Eva y su expulsión del Paraíso, explicada brevemente en el Génesis ¿Por qué, entonces, tan extenso? La respuesta está en los temas que aborda, en la defensa del poema, en sus aceptaciones y rechazos hacia la Iglesia, en la explicación del mal en el mundo, en las relaciones de pareja y, sobre todo, haciendo gala de su Humanismo, en la defensa de la dignidad del hombre.

Hay muchas originalidades en el poema. Formalmente, encontramos la primera: no existe rima; con ello Milton defiende también la libertad en la escritura, que además, tratándose de un poema tan extenso la rima constreñiría bastante la lectura, mientras que su ausencia dota a los versos de una musicalidad increíble. La traducción de Esteban Pujals es fabulosa, creo, pero sería una gozada saber inglés y poder leerlo en su lengua original. Asimismo el poema está distribuido en doce libros, como La Eneida, y al igual que Virgilio, comienza su historia in medias res.

El poema seduce por varias razones, pero el vocabulario es una de ellas, destaca el lenguaje culto, sublime «boscoso», «mayestática», «espesa salvajez», «umbría», «fingida faz», «fantasía mímica», «calvero», «prístinas», «solio», «calcañal», «aspilleras». Destacan afables metáforas que aportan mayor musicalidad si cabe «las suaves brisas, abanicando sus fragantes alas», «los riachuelos […] sobre perlas de oriente y áurea arena». Las sinestesias referidas al árbol de la vida son exquisitas «Fruto ambrosíaco de oro vegetal». Las comparaciones ayudan a entender algunos términos cultos «Como un lobo […] penetra en la majada». Las anáforas exigen la importancia divina: «Placentero Dios / Placentero jardín». Las enumeraciones repiten con insistencia el concepto que interesa «Resplandecía la gloriosa imagen de su creador, verdad, sabiduría. / Santidad, severa y pura, severa / pero asentada en la verdadera / libertad filial». Encabalgamientos que unen la mujer al hombre y ambos a Dios, planteando la duda entre existencia real o la idea «Él solo para Dios, ella para Dios / en él». Epítetos sugerentes, algunos recordatorios del epíteto épico «afelpada colina», «flamígeros dardos», «lúgubre silbido», «bélica labor», «satánica mesnada», «balsámicos trofeos».

Otra originalidad, y esta se une a la anterior en el aspecto formal es la cantidad de nombres diferentes que se asignan al diablo. Si Fray Luis de León conjuga elementos bíblicos, patrísticos y grecolatinos para ,a través de distintos nombres, establecer la figura de Dios en De los nombres de Cristo, John Milton hace lo propio con el diablo y lo llama «El Adversario», «Satán», «El enemigo sumo», «Belcebú», «Ángel apóstata», «Príncipe», «Jefe de entronizadas potestades», «sumo diablo», «el General», «Demonio», «Moloc», «Camos», «Abarim», «Horonaim», «Elealé», «Baalim», «Astarot (Astarté)», «Dagón», «Rimnón», «Osiris», «Isis», «Orus», «Belial», «Belus», «Serapis», «Azazel», «El Arcángel», «El porqué de la huida a Egipto», «Mammón», «La serpiente infernal», «Satanás», «Dragón», « Lucifer», «Asmodeo», «el pavoroso rey», «cuervo marino».

Todos estos nombres hacen del diablo un personaje complejo, como complicado es el poema, pues su abundancia de fuentes consigue que Satán sea «transformado en dragón, aún más enorme que Pitón» (y curiosamente esta serpiente era hija de Gea, nacida del barro que quedó después del gran diluvio. El monstruo vivía cerca del Parnaso y custodiaba el oráculo hasta que Apolo la mató (Apolo Pitio), fundando los juegos píticos para celebrar su victoria). El diablo se enamora de Eva al verla; su humanidad enternece pero aparecen los celos, y cuando se da cuenta de «tantos placeres que le están negados; / pronto recobra su aversión violenta».

Lucifer, llamado así porque «entre la corte / de los ángeles brilló un tiempo más que aquella / estrella en medio de las estrellas», tiene ansias de libertad, por lo que rechaza la monarquía absoluta de la creación «Este día (—dijo Dios) he engendrado al que declaro mi único Hijo, y en esta montaña / sagrada he ungido a quien ahora veis / a mi diestra […] Os lo nombre cabeza […] Quien no le / obedezca, me desobedece a mí». El diablo se siente degradado y no lo acepta por eso maquina derrotar al nuevo rey; tema éste, de los celos y ambición expuesto en el teatro de la época por Shakespeare en Othello; por supuesto los disidentes terminan mal, sin embargo el razonamiento de Satán se acerca al pensamiento actual «¿Es que pensáis / inclinar vuestra cerviz y doblar / vuestra dócil rodilla?» Abadiel intenta convercerlo de que no desobedezca al Creador, pero Lucifer, humanista, no recuerda haber sido creado por nadie sino que «hemos sido engendrados y creados / por nuestra propia esencia y en virtud / de nuestro poder vivificador»; por supuesto este pensamiento le costará sufrir toda la eternidad. El apasionamiento que atestigua lo perturba, así, en claro homenaje al Fausto de Marlow, alude a que no puede huir a ningún sitio, ni nunca estará en paz, pues «Dondequiera que huya es el Infierno; / pues yo soy el Infierno; y en lo más / profundo del abismo otro se abre / más hondo que amenaza devorarme, / comparado con el cual el Infierno / que padezco parece incluso un Cielo».

Esta personalidad atormentada contrasta con la fría divinidad que creó un universo «Malo por maldición, y solo bueno / para el mal; donde la vida muere, / la muerte vive, y la Naturaleza / perversa engendra seres…»

Dios aparece como un ser cruel, como todos los poderosos que temen ser derrotados, así sólo ayuda a quienes están a su lado «esta tolerancia y gracia mías / nunca disfrutarán los negligentes / y desdeñosos». Pero, por si acaso, crea a su sucesor, quien se ofrece a redimir al hombre siguiendo los pasos de su padre «De este modo / el amor celestial eclipsará / el odio al Infierno, al someterse / a la muerte».

Está claro que todo parte del génesis, y sin embargo, Milton, intelectual evidente, hace referencia constante a los clásicos, a la mitología, la poesía grecolatina y a la realidad, pues los lugares del Paraíso o del infierno que aparecen tienen su correspondencia en la actualidad.

Otra originalidad son las interpretaciones que podemos darle al poema, la religiosa es indiscutible puesto que la existencia del mal desde los comienzos de todo es patente, pero personalmente prefiero una interpretación política. Las ideas de Milton están distribuidas por su “Paraíso”, renegando de la monarquía y del absolutismo. Como quiera que el encargado de atacar a ese despotismo es el propio Lucifer, no cabe duda de la simpatía del autor hacia dicho personaje, superior moralmente a Dios, totalmente egoísta y petulante. Esta visión, aunque sigue hoy vigente se mostró bastante audaz en el siglo XVII.

Los temas que aparecen en el poema son universales, de ahí que hoy siga manteniendo su interés: el pecado, la culpa, el destino, la lucha entre el Bien y el Mal, el libre albedrío de que disponen los hombres y es la causa de la existencia del mal, el sufrimiento que Dios inflige a todos los que no lo siguen y que manifiesta el interés de Milton en abolir la jerarquía eclesiástica, la venganza llevada a cabo a través de otros cuando se está seguro de que no hay nada que hacer; es cierto que Satanás decide vengarse de Dios mediante aquéllos creados en constante felicidad (Adán y Eva), puesto que una vez que sube, con su ejército, al Cielo para dialogar o luchar, se ven reducidos a seres diminutos mientras que los querubines son transformados en seres enormes. Pero también lo es que Dios, el Tirano, reina por la negligencia de todos los diablos que combatieron y perdieron «Cuando el fogoso enemigo acosaba / nuestra desbaratada retaguardia / insultante, y nos perseguía / hacia el abismo».

Entre los diablos hay quien prefiere «vivir, incluso en este / vasto reducto, libres / […] / prefiriendo la dura libertad al suave yugo / o la pompa servil». Pero Belcebú no está dispuesto a renunciar a lo que fue suyo. Por eso Dios, tras dos días de contienda sin desenlace certero, envía a su Hijo para que ponga fin al tercer día, todo un simbolismo «El tercero es el tuyo; para ti / lo he destinado […] y acabes esta guerra […] Levantó a los derrotados / […] / los condujo ante sí anonadados […] De cabeza se despeñaron todos […] Durante nueve días estuvieron / cayendo […] El infierno, por fin abrió sus fauces / y a todos recibióles». Tampoco es Dios el que da la cara para expulsar después a Adán y Eva del Paraíso sino que se lo encarga a Miguel «arroja sin piedad del Paraíso / de Dios a la pareja pecadora».

La simbología del número es evidente en el poema, si doce son los libros, como en La Eneida, el 1 es la divinidad, y el 3 es el día liberador de esa divinidad que es 1 en realidad, el 9 son los planetas, los círculos que separan el Cielo del Paraíso y los días que tardan en caer los demonios al infierno, el 7 son los días que Satán está dando vueltas al Paraíso para ver cómo puede entrar para destruir al hombre «hijo del despecho» (fue creado una vez expulsados los ángeles del cielo) porque «despecho con despecho se paga», concepto que leeremos en la Biblia, por boca de Dios, bajo «La ley del Talión».

Lo interesante y emblemático a la vez es que, en Milton no hay castigos corporales para los residentes en el infierno; no se queman eternamente como leemos en la Biblia o son torturados constantemente con castigos diversos según el círculo en el que se encuentren de la Divina Comedia. El Infierno de El Paraíso perdido es un lugar donde reside el eterno descontento, la insatisfacción y desesperación. Esto es lo verdaderamente apasionante para el lector de hoy, pues los demonios son viajeros que van por el cosmos desde el cielo hasta el infierno pasando por el Paraíso.

En el Libro I, el poeta se dirige a la musa de la Astronomía para que cuente cómo surgió el Cielo y la Tierra. Luego insta a Dios a que le explique qué pasó para que el hombre fuera expulsado del Paraíso y Dios, sin paso previo aclara de quién fue la culpa «La serpiente infernal; ella fue quien / de envidia y de venganza corroída, engañó a la madre de los hombres».

En el Libro IV es interesante leer la descripción del Paraíso, como un locus amoenus, donde el poeta hace gala de polisíndeton que alargan la belleza de la naturaleza «cedros, pinos y abetos y copudas palmeras…» y la mezclan con paradojas extraídas de obras realizadas por el hombre «se ofrecía un boscoso anfiteatro». Un lugar cerrado, no sabemos muy bien si para proteger (¿de qué?) o para que su emperador tuviese todo bajo control «surgían los muros del Paraíso / de verdor llenos, que a nuestro primer padre / ofrecían una amplia perspectiva / de los alrededores de su imperio».

El demonio, lógicamente, tiene envidia de los deleites de Adán y Eva, aun así razona con bastante sensatez y se percata de lo absurdo de la prohibición de tocar «el fruto del árbol de la ciencia, / plantado junto al árbol de la vida. / Tan cerca está la muerte de la vida»; por eso se pregunta perplejo ante el sinónimo muerte-conocimiento: «¿Puede ser un delito el saber? / ¿Puede ser muerte?».

En el Libro V, Rafael, como Mercurio, con alas en los pies, baja al Paraíso para hablar con Adán, ante el peligro que acecha. Otra peculiaridad de Milton es que dota a los ángeles de propiedades materiales y espirituales pues «al gustar / digieren, asimilan y consienten lo corpóreo en incorpóreo». Y en el Libro VIII, a pesar de que la mística neoplatónica queda expuesta, «el alma con el alma», se da por hecho que hay un goce carnal.

Lo llamativo del Libro IX es que Eva se cansa de estar todo el día junto a Adán y le recomienda que trabajen por separado para verse al final de la jornada y «se interpongan miradas y sonrisas / o algo nuevo a conversar nos mueva». Aquí empieza la perdición, pues la serpiente aborda a la desvalida y sola Eva para que coma del árbol de la Ciencia, ella lo hace y, consciente de su inferioridad, duda en compartir el fruto con Adán para «añadir / lo que le falta al sexo femenino».

Pero se lo ofrece, él lo come y ambos culpan de su desgracia a Eva; de hecho en el Libro X ella es la que tiene la peor parte del castigo «Aumentaré con creces tus dolores / desde la concepción…». Ambos, además, van a morir; así pues el pecado se une a la muerte y construyen «una ancha vía, sin obstáculos / lisa y fácil, que llevaba al Infierno».

Eva, en un resto de lucidez, propone no tener descendencia para que no sufra nadie ni muera, pero Adán rechaza esta idea pues no quiere seguir enfadando a Dios. En el Libro XI, Eva acepta su condición y lo hace con orgullo pues «aunque fui la primera en traer la muerte al mundo / me honra en hacerme fuente de vida». En el Libro XII, Miguel relata a Adán cuál será el futuro de la humanidad; a Eva la dejan dormida (¡Qué pronto empieza la mujer a no contar para nada en los planes del hombre!), y Adán también queda agradecido al enterarse de que de su estirpe nacerá María y de su seno «El Hijo de Dios Todopoderoso». Así pues, Adán y Eva «cogidos de la mano y con paso / incierto y tardo, a través del Edén / emprenden su camino».

No cabe duda de que hay un mensaje, del siglo XVII, para la pareja, y es el triunfo del amor, capaz de superar cualquier dificultad, pero tampoco podemos obviar la condición que la mujer ostenta en todas las sociedades.

Adán es el primero en mostrar curiosidad: cómo caen los demonios, cómo se formó el universo, cómo se dividió el imperio, cómo funciona la astronomía, cómo fue creado él, por qué se le enseñó el árbol de la vida e inmediatamente se le prohibió, cómo ve pasar a todas las fieras y él está solo… Exige una compañera, cuya descripción, una vez creada alude a su sensualidad y a su sumisión. Y después de esto, ella es la culpable de todo, ella es el pecado con forma de mujer y la que quedará como curiosa eternamente; de su unión con Satán, nacerá la muerte. La mujer es inferior pues «La serpiente infernal engañó a la madre de los hombres», de hecho, su trabajo ha consistido siempre en servir; mientras Adán «estaba sentado a la puerta de su fresca enramada […] Eva, en el interior, / obligada por la hora, preparaba / un almuerzo». No es de extrañar, por lo tanto que la luz de las lunas que acompañan a los soles sean de dos tipos: masculina, si es directa o femenina (indirecta).

Antes hemos aludido a la perfección externa de la mujer, sin embargo «no está tan acabada en su interior / […] /De la naturaleza es inferior / en mente y en internas facultades».

Creo que es lo más triste del poema y, en general, de la humanidad, que la mujer haya sido considerada como un ser inferior, creado para estar a expensas de los caprichos del hombre. Lo malo es que han pasado muchos siglos y aún se sigue pensando esto en determinados ambientes.

De la total actualidad de este poema épico, queda constancia en el hecho de que el Premio Nacional de Cómic 2016 recayese precisamente en la adaptación que de esta obra realizó Pablo Auladell.


Lo mejor del poema es que es una metáfora; si antes decíamos que los demonios viajan por el cosmos del cielo al infierno, los hombres somos viajeros que vamos —Según Dante— desde el infierno al cielo pasando por el caos de la tierra, antes Paraíso; la distancia entre el Bien y el Mal es insondable pero inferior a lo que parece pues tanto el cielo como el infierno están en nosotros, y de nosotros dependerá en gran medida llevar «dentro de ti un Paraíso más feliz».

martes, 28 de febrero de 2017

EL BURGUÉS GENTILHOMBRE


Otro clásico que no falla, Molière, un hombre de gran talento cómico que, a pesar de tener en su contra a toda la iglesia, parte de la nobleza y algunas compañías teatrales de su tiempo, alcanzó la simpatía y el reconocimiento del propio Luis XIV, de hecho gozó hasta su muerte de un sueldo como director de la corte de Versalles, dado por el rey.

Fue acusado de obsceno e irreverente por sus comedias. Tartufo, por ejemplo, tuvo prohibida su representación durante años, y sin embargo el teatro se llenaba en el siglo XVII cada vez que estaba en cartel una de las obras de Molière. Lo curioso es que hoy también se llena.

¿Cómo es posible que más de trescientos años después sigamos riendo con las comedias de Jean-Baptiste Poquelin?

La respuesta es sencilla, no han perdido nada de la frescura inicial y, lo más importante, son perfectamente trasladables a nuestra sociedad actual; cualquier comedia de Molière es exagerada, histriónica, de ridículos hiperbólicos: El enfermo imaginario (curioso que la compusiera estando ya enfermo de tuberculosis), Tartufo, El médico a palos... no son más que ejemplos desmedidos de hipocondríacos, hipócritas o incompetentes; caracteres universales que, por desgracia seguirán existiendo mientras el hombre sea hombre.

No había leído El burgués gentilhombre, tampoco la he visto representada, pero pasé una tarde de las más divertidas últimamente al leerla. El diálogo ágil, plagado de ironías, de dobles sentidos y de directas acusaciones consigue que hoy nos enfrentemos a ella sin tener la impresión de estar ante algo obsoleto. Lo que en un principio fue pensado como comedia-ballet, encargada por el propio rey como pieza teatral y de ballet, para diversión de la corte, hoy podría ser representada como moderno musical. Un musical delicioso en el que la risa es la protagonista. El tono que predomina durante toda la obra es festivo, por lo que, en principio, puede parecer que nos enfrentamos a una obra de menor trascendencia que la que encontramos en las grandes tragedias; los personajes no luchan contra un fatídico destino como en Romeo y Julieta, sino que quieren alcanzar una serie de privilegios casi superficiales, y sin embargo el lenguaje desenfadado oculta feroces críticas a las falsas amistades, a todos aquellos que, olvidando lo que realmente tienen de bueno, como la familia o la vida tranquila, se lanzan a una existencia vacía y superficial que promete ser próspera y glamurosa, porque lo que prima es que, Sus bolsillos están llenos de discreción

El burgués gentilhombre es una llamada a la búsqueda de la honradez, a la moderación de pasiones y excesos. Si en el siglo XVII denunció los defectos de la corte, como la falta de dinero, mediante ironías humorísticas, Gracias a él podremos darnos a conocer en la corte; él pagará por los demás y éstos elogiarán por él; hoy nos recuerda que es mejor disfrutar de lo que somos y sentirnos orgullosos de nuestros orígenes, que hacer el ridículo con pretensiones de fama o grandeza. En este sentido es una obra didáctica; alerta del peligro que corremos si nos dejamos adular por toda una cohorte de aprovechados y oportunistas cuya única finalidad es conseguir beneficios sin el menor escrúpulo hacia la profesión que ejercen.

MAESTRO DE MÚSICA.- [...] M. Jourdain, con sus ínfulas de cortesano, que se le han subido a la cabeza, es para nosotros una finca.

El burgués gentilhombre es una sátira contra las ansias desmedidas de grandeza. Sin embargo esta intención viene rodeada de una finalidad evasiva y de diversión, no debemos olvidar que la obra iba dirigida a la corte y que quien sale más ridiculizado es Jourdain, el hijo de un tendero que pretende entrar en ella a toda costa. Nos reímos de Jourdain y su falta de exquisitez, de delicadeza, de conocimientos...

No es una tontería este baile. Además esa gente se zarandea bien.

Pero entre líneas, de forma implícita se posa la falta de delicadeza, de conocimientos y de realidad que ostenta la nobleza, puesto que este burgués gentilhombre confunde el ser con el parecer, pierde el sentido de la realidad. Jourdain no tiene malas intenciones, llevado por un desmesurado afán de quedar bien en la alta sociedad, termina siendo un necio que confunde la dignidad con el dinero, por eso no alcanza a ver la burla final cuando (para no cometer más imprudencias) deben nombrarlo «Mamamuqui» que, según la farsa ideada por Covielle, «en nuestro idioma quiere decir paladín [...] no hay distinción de más alta nobleza en el mundo».

Y así, «(la ceremonia turca para armar caballero a Jourdain se realiza bailando al son de la música)», por un momento nuestro protagonista recuerda a aquel otro hidalgo que fue armado caballero para fines más nobles que la pretensión de entrar en la nobleza.

Los personajes son arquetipos, representan las debilidades de la naturaleza humana, por lo que, en su conjunto, forman un retrato de la sociedad. Sólo con oírlo un par de veces descubrimos en Donante a la nobleza sin escrúpulos

Tenía verdadera impaciencia de veros. Sois el hombre a quien más estimo en el mundo, y esta mañana he vuelto a hablar de vos en la cámara de su majestad [...]
He venido a que ajustemos nuestras cuentas [...]
¡Justo, justo! ¡Quince mil ochocientas libras! [...] agregad ahora doscientos doblones que me vais a dar y tendremos diez y ocho mil francos en cuenta redonda que os pagaré en la primera ocasión.

Los profesores de música, danza y filosofía, representan a la base humanística de la sociedad, que incongruentemente sólo se preocupa por vivir bien. El trabajo docente no es vocacional sino una excusa para ganar dinero.

Con el lenguaje quedan todos ridiculizados. El maestro de esgrima deja en entredicho una de las disciplinas más solicitadas por la nobleza «todo el secreto de la esgrima consiste solamente en dos cosas: en dar y en no recibir».

El sastre encabeza al sector comercial con intereses muy alejados de ofrecer un buen servicio. Lo que más interesa a la gente de la ciudad es el enriquecimiento personal y el ascenso social.

JOURDAIN.-(Reparando en el traje que trae puesto el maestro sastre) —¡Ah, demonio! ¿Qué es esto señor sastre? Esta tela es mía; la que os llevé para el último traje que me hicisteis. La conozco muy bien.
MAESTRO SASTRE.- Es que la tela me pareció de un gusto tan extraordinario que quise tener yo un traje igual.

Por el contrario, los criados son el símbolo del pueblo llano, y en el contraste entre ellos y los personajes anteriores se puede ver reflejado el tópico “menosprecio de la corte, alabanza de aldea”, usual en el Renacimiento y Barroco. La sirvienta Nicole representa el sentido del humor y la espontaneidad de los habitantes del campo

NICOLASA.- Perdóneme el señor; pero es que no puedo contener la risa viéndole tan ridículo ¡Ji,ji,ji!
[...]
NICOLASA.- Por lo menos, no deberíais dejar entrar a cierta gente.

Covielle no es sólo el sirviente de Cleonte sino que simboliza la inteligencia y el sentido común del pueblo, al urdir la trama con la que  finalmente engañan a Jourdain.

Los enamorados son, como no podía ser de otra manera, fieles y de comportamiento intachable

MME. JOURDAIN.- ¡Estas extravagancias os han hecho perder el juicio! Y todo ello viene desde que os dio por la nobleza.
[...]
CLEONTE.- Señor [...] os suplico que me concedáis ser vuestro yerno.
JOURDAIN.- Antes de responderos os suplico que me digáis si sois noble.
CLEONTE.- [...] os digo francamente que no soy noble.
JOURDAIN.- Dadme la mano ... Mi hija no es para vos.

Cleonte sólo consiente en engañar a Jourdain para conseguir casarse con su enamorada, quien a pesar de ser la fragilidad misma de la inocencia se aviene a mentir a su padre sólo por una vez, para obtener la felicidad con Cleonte.

Por último, el personaje de Madame Jourdain es sumamente curioso; cuando Molière escribió la comedia pensó en un hombre para representar a Mme. Jourdain y, sin embargo, en ningún momento queda en ridículo, antes al contrario representa la cordura y la razón que le falta a su marido, y no teme decirle constantemente que se están riendo de él, aunque reciba por respuestas insultos y amenazas.

¡Malditas sean todas las mujeres! ¡No han de callar jamás, y cuando abren la boca es para echarlo todo a perder! [...] Si vuestro padre fue tendero, peor para él [...] Y basta ya: lo único que he de manifestaros es que quiero tener un yerno noble.

Comedia divertida en la que predomina el lenguaje coloquial, con frases hechas «habla a tontas y a locas», «dar un mal paso» expresiones populares «te toma por una vaca de leche» e insultos que apenas ofenden «Es un verdadero truhan» pero que espolean a la nobleza y sus intereses «¡Os chupará hasta el último maravedí».

El vocabulario es totalmente actual y mantiene la ingenuidad del juego infantil en escenas como la del turco, donde Cleonte y Covielle hablan con palabras inventadas que, de forma llamativa, algunas pasaron a formar parte de expresiones populares francesas.


Es cierto que el pueblo lo admiró y sin embargo, por ser comediante, no fue elegido miembro de la Academia Francesa, ni recibió los últimos sacramentos antes de morir. Fue sepultado de noche sin ningún tipo de ceremonia. Hoy la lengua francesa es la lengua de Molière y, al crear arquetipos, sus comedias están de plena actualidad por la crítica social que desprenden.

domingo, 5 de octubre de 2014

OTHELLO, EL MORO DE VENECIA

Pieza escrita por William Shakespeare en 1603 aproximadamente ya que se estrenó en 1604 ante la corte inglesa.
El que una obra se titule con el nombre del protagonista es algo usual, sobre todo en las tragedias, desde la Grecia clásica, y sin embargo en este caso el peso de la obra no lo lleva Othello sino Iago, urdidor de lo que podríamos llamar “el crimen perfecto”.
Para entender esto, haremos un resumen de la obra, intentaré no extenderme demasiado.
Resumen
La obra empieza en Venecia, donde Othello, hombre de confianza del Duque, cargo principal de la ciudad, ha elegido como teniente al leal Miguel Cassio. Iago le comenta furioso este hecho a Rodrigo, pues él quería ese puesto y se ha tenido que contentar con el de alférez. Rodrigo también está enfadado ya que él pretendía a Desdémona pero su padre, Brabantio, se la negó y Desdémona se ha entregado, enamorada, a Othello. Así pues, los dos soldados celosos, despiertan a Brabantio para avisarle de que su hija no está en casa sino con el moro. Fuera de sí, Brabantio acude al Duque a pedirle venganza para Othello, pero éste manda llamar a Desdémona y es ella quien afirma quererlo sobre todo.
Iago no soporta que Othello salga victorioso y, escudándose en una habladuría de él con su mujer Emilia, que no sabe si es verdad ni le importa, urde un plan: hará creer que Cassio y Desdémona se ven a escondidas.
En el Acto II, el ejército del Duque va a Chipre, con Othello como gobernador, a luchar contra los turcos, pero la batalla no se produce porque una tormenta destruyó la flota de éstos. En la fiesta que tienen los venecianos, Iago manda a Rodrigo a provocar a Cassio. Othello acude para ver qué ocurre y despide a Cassio, pues Iago lo acusa de herir a Montano, antiguo gobernador de Chipre; después le aconseja a Cassio que hable con Desdémona para que interceda por él.
En el Acto III Cassio le pide a Desdémona que convenza a Othello para que le devuelva su cargo. Iago y Othello los ven juntos, ocasión que aprovecha aquél para crear celos en el moro. Mientras, Desdémona pierde un pañuelo que le regaló su marido; su criada Emilia lo encuentra y lo recoge. Iago le ve al pañuelo y se lo pide, ella se lo deja y él lo pone en la habitación de Cassio; después insta a Othello a que le pida el pañuelo a Desdémona en prueba de su amor, pañuelo que no le puede dar porque no sabe dónde está.
En el Acto IV las insinuaciones van aumentando, Othello ve cómo Cassio le da su pañuelo a Bianca, una prostituta; esto unido a las artimañas de Iago hace que sufra un ataque. Iago aprovecha que Cassio iba a pasar la noche con Bianca y le pregunta sobre su encuentro con ella sin decir el nombre; por supuesto tiene oculto a Othello para que oiga la conversación y crea que se trata de Desdémona. Othello decide matarla.
En el Acto V Iago convence a Rodrigo para que mate a Cassio y así pueda obtener él a Desdémona. Pero en la riña, Cassio hiere a Rodrigo y Iago lo mata para que no descubra su intriga, además hiere a Cassio. Othello cree que lo ha hecho para vengar su honra y no pregunta nada. Luego entra en su dormitorio y ahoga a Desdémona. Acude Emilia, y Desdémona antes de morir exculpa a su marido. Entran todos y Emilia aclara la urdimbre de su marido al que apresan para torturarlo hasta morir, pero antes mata a su mujer por delatarlo y Othello se suicida al ver la barbaridad que ha cometido.
Temas
Por supuesto, el tema de la envidia y sus consecuencias está a lo largo de la obra. Iago es envidioso ante todo y de ahí devienen todos sus males; no soporta que Othello sea su jefe, tampoco que haya conseguido a Desdémona, aunque él no la quiera, pero aprovecha que Rodrigo sí, para estafarlo; no soporta que Cassio consiga el puesto de teniente, por lo que está dispuesto a todo con tal de arrebatárselo; no quiere a su mujer, Emilia, por lo que la utiliza para sus planes al tiempo que se ríe de ella, la maltrata, la ofende y finalmente la mata.
Iago es el mal, cuesta creer que haya alguien así a no ser que tenga perturbadas las facultades mentales pues es frío, calculador y no muestra empatía con nada ni nadie.
Otro tema es el del honor y la condición de la mujer en la sociedad aurisecular, por un lado encontramos a las casi niñas, inocentes, sin personalidad, que toman el papel de casadas, parecido al que tenían con sus padres, deben mostrarse sumisas y obedientes. Desdémona es así, aniñada, aunque no tan obediente pues el amor pudo en ella más que el honor, de manera que abandonando a su padre se entregó a Othello.
Esto será un argumento para que Iago empiece a despertar los celos en Othello (“si desobedeció a su padre, también te puede desobedecer a ti”).
Pues esta desobediencia paterna tendrá su castigo final y Desdémona, sin tregua, sin derecho a demostrar su inocencia muere por honor, tal y como afirma Othello “…pues no hice nada por odio, sino todo por honor”.
Por otro lado, encontramos a la mujer que ha crecido y se ha desengañado de la vida, de los hombres, del amor y de la fidelidad. Emilia es claro ejemplo de aquélla que soporta todo de su marido y, sin embargo, es leal a su dueña y a la verdad. Fuerte y decidida insulta a Othello “Ah, idiota, ignorante como la basura”; y delata a Iago saltándose todas las normas sociales “…que los Cielos, y los hombres, y los demonios, todos, griten «¡vergüenza!» contra mí, pero he de hablar”. Esta desobediencia marital también tendrá, lógicamente, su castigo.
Sin embargo mediante el honor aparece una fuerte crítica social. Cuando Othello se quita la vida, al darse cuenta de la desgracia en la que se ha sumido por obcecarse con los celos sin dejar que Desdémona se explicara, deja en el espectador un regusto agrio de la sociedad y del concepto que se tenía del honor:
Lodovico: …
                     ¿Qué se dirá de ti?
Othello:  Bah, lo que sea; un asesino por honor, si queréis: pues no hice nada por odio, sino todo por honor”
Y, por supuesto, el tema de los celos está presente, pero son celos basados en habladurías, tal como afirma Iago que hará “…insinuar en los oídos de Othello que tiene demasiada familiaridad con su mujer”; o basados en actos, tal  como dice Othello “No, Iago, he de ver antes de dudar; cuando dude, quiero pruebas”. Los celos irán transformando el carácter de Othello, se vuelve desconfiado, impaciente, deja de razonar, se animaliza; sólo así puede llegar a cometer el crimen.
Personajes
Estamos de acuerdo en que al hablar de “Othello” nos viene a la mente el moro como personaje principal, sin embargo el que lleva el peso de la obra es Iago, él es la personificación del mal, es envidioso, (dice de Cassio) “el bribón es guapo y joven,…Es un completo bribón pestilente”; quiere que los demás no alcancen lo que él no tiene, es codicioso, vengativo, maltratador de mujeres, empezando por la suya, (a Emilia) “…por la calle parecéis pinturas, y campanas en vuestros salones; en vuestras cocinas, gatos monteses; santas cuando injuriáis; diablos cuando se os ofende; juguetonas en los trabajos de la casa, y amas de casa en la cama”, es racista, (de Desdémona) “Si hubiera sido tan bendita, jamás habría querido al Moro. ¡Un cuerno, bendito!”, es sádico, embustero, embaucador, (a Othello) “la buena fama en el hombre, y en la mujer, mi querido señor, es la joya más elevada…el que me arrebata mi buena fama… a mí me deja de veras pobre.”
Y sin embargo Othello no es la encarnación de los celos, (otros personajes del teatro del Siglo de Oro español han matado a sus mujeres con menos pruebas). Si tuviéramos que definir a Othello diríamos que es sensible, de buen corazón, (en la riña de la fiesta) “¡Qué! En una ciudad en guerra, todavía agitada, con los corazones de la gente llenos de miedo hasta el borde, ¿provocar riñas internas y particulares, y de noche, y con el cuerpo de guardia que es la seguridad?”. Es el perfecto enamorado, confía en su mujer, sabe que lo ha elegido a él pudiendo haber obtenido a quien quisiera, por eso se muestra confiado, alegre, feliz con ella…pero Iago siembra el mal, y ayudado de casualidades, le presenta “pruebas” de que Desdémona lo engaña con Cassio. De hecho, Iago lo define al final del Acto I “El Moro es de carácter generoso y abierto… y se dejará llevar tan fácilmente por la nariz como los burros”.
Cassio es un auténtico merecedor de la confianza de Othello, es alegre, honrado, valiente y leal, por lo que también supone una presa fácil para Iago, que llega a emborracharlo para conseguir que Othello lo destituya al herir a Montano en la pelea que él maquina. “…he perdido la parte inmortal de mí mismo, y lo que queda es bestial. ¡Mi honra, Iago, mi honra!”.
Desdémona es enamorada, no cabe duda; para ella lo primero es su marido, a quien le da todo poder, por eso incluso cuando la está matando lo exculpa, aunque no entienda la razón de la desconfianza de Othello. Pero es demasiado infantil, no está preparada para el matrimonio, situación que a veces parece tomarla como un juego. Confía tanto en su pareja que no se para a pensar que sus actos o palabras puedan ser malinterpretadas; de ahí que insista hasta la exhaustividad para que Othello restituya a Cassio “¿Qué? Con Miguel Cassio, que venía contigo cortejando, y que tantas veces tomó parte a tu favor cuando yo hablaba de ti para denigrarte, ¿hay que hacer tanto para que entre otra vez? Por Nuestra Señora, yo era capaz de mucho.”
Y Emilia es quien tiene los pies en la tierra, ella es la que define a la mujer con una forma de pensar incluso actual. Representa la liberación de la mujer, sin miedo a las consecuencias. “Que sepan los maridos que sus mujeres tienen sentidos como ellos: ven y huelen y tienen paladar para lo dulce y lo agrio, igual que los maridos”
Emilia es el sentido de la justicia, ella es quien da la voz de alarma y acusa a Othello por el crimen, y luego acusa a su marido como urdidor de todo, aun sabiendo que la matará por ello “Por los cielos que no miento, caballeros. ¡Ah! imbécil asesino! ¿Qué iba a hacer tal necio con una mujer tan buena?”.
Estilo
Si hubiera que definir brevemente el estilo de Shakespeare sería “fresco, cautivador”, pero no podemos quedarnos en esto, pues es mucho más complejo. Sin embargo da la impresión de que el autor, seguro de conquistar al espectador, no alambica el lenguaje, lo da como aparece en la vida misma, con irregularidades, con sorpresas (que a veces parecen añadidos sin mucho sentido respecto de lo que se había dicho antes). Al final del Primer Acto, Iago afirma que odia a Othello porque se metió en la cama con su mujer y, sin embargo, al comienzo sólo aludió a la envidia que tenía a Cassio por haber conseguido el cargo de teniente; y no le importa que la estructura quede inconsecuente (como a Cervantes en “el Quijote”) sino que lo maneja tan bien que parece que tenía que ser así. El vocabulario es tan enérgico que, aun sin describirlos, los personajes quedan esbozados, incluso físicamente, a través de él. (Othello a Desdémona) “Vamos mi dulce amor… y todavía está por sacar el beneficio entre tú y yo”. (Iago) “… ¿Cómo entonces, soy un traidor al aconsejar a Cassio ese camino recto, derecho hacia su bien? Teología del infierno… yo le verteré al Moro una infección por el oído… Así convertiré su virtud en pez, y con su propia bondad tejeré la red que los envolverá a todos. –¿Qué hay Rodrigo?”
Los personajes quedan poco definidos y sin embargo son grandiosos, precisamente porque no están encorsetados, son libres, sorprenden con los cambios en su pensamiento y actuación.
Las expresiones son vivas, centelleantes, de hecho, a veces aparece una metáfora brillante, “…un viejo macho cabrío está cubriendo a vuestra ovejita blanca”. Los juegos de palabras, los chistes en lo grave. lo sexual, lo soez, lo indecente, salpican la tragedia poblándola de ironía “…pues no hice nada por odio, sino todo por honor” (Othello), como la propia vida (Rodrigo a Brabantio) “… os ruego que digáis si es por vuestro gusto y sapientísimo consentimiento… como vuestra bella hija, a estas horas intempestivas y silenciosas de la noche, escoltada por un guardia ni mejor ni peor que un villano a sueldo de cualquiera, un gondolero, ha ido a darse a los groseros apretones de un lascivo Moro”; otras veces, el lenguaje altisonante nos recuerda el culteranismo propio del barroco español (Othello) “… amor, renuncia a tu corona y cede el trono del corazón al odio tiránico…”, o expresiones conceptistas alusivas a los mitos de la antigüedad “… no sé dónde hay un calor prometeico que pueda encender de nuevo tu luz”. Pero siempre, en conjunto, resulta un lenguaje vivo y un pensamiento totalmente actual (Emilia) “Ellos no son más que estómago, nosotras somos solo alimento. Nos devoran con hambre, y cuando están hartos, nos vomitan.”


            Seguro que hay más temas, seguro que los recursos del estilo son muchos más; no hemos dicho nada, en los Personajes, de Rodrigo o de Brabantio. Ahora puede ser un buen momento para ello a través de vuestros comentarios.