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viernes, 2 de septiembre de 2016

EL ENVIADO DE CRONOS: PUERTA A LA HÉLADE

No  me siento cómoda criticando un libro que no me gusta porque lo más probable es que haya personas a quienes les parezca fabuloso. Por eso intento ser justa y objetiva con lo que leo, es decir extraigo temas, veo cómo están construidos los personajes, observo si la narración es lineal o participa de otra modalidad, plasmo las figuras literarias que encuentro para distinguir sus posibles funciones... en fin, procuro que a través de mis comentarios, los demás perciban también, parte de lo que un libro puede aportar e intento dejar en los lectores la convicción de que cualquier libro nos enriquece. Debe ser deformación profesional.

En otro orden de ideas, no soy partidaria de la literatura juvenil. Considero que no deberíamos encuadrar la literatura con etiquetas que discriminan a un porcentaje de población. La literatura es un arte por lo que, como el resto, debe huir de los encasillamientos, que cada cual lea el libro que le guste. Otra cosa es la literatura infantil, que sí puede ser etiquetada por razones obvias de entendimiento, aunque a propósito de esto debo decir que, por regla general, los niños de tres años disfrutan con La canción del pirata.

Para colmo de males no termina de engancharme la novela histórica. Me encanta la historia y me apasionan las leyendas, mitos y sucesos que contiene, pero encuentro que al novelarlo pierde fuerza. Otra cosa son las novelas basadas en un hecho histórico, en las que el argumento parte de ese hecho para fluir libre o por donde quiera el narrador.

Todo este preámbulo para llegar a la conclusión de que El enviado de Cronos: Puerta a la Hélade me ha decepcionado como novela. Digo como novela porque como compendio de datos y hechos históricos es muy completo. Su autor, Miguel Merino Rivas, es un apasionado de la Grecia clásica en general y de Alejandro Magno en particular. Se nota.

Al leer la reseña que aparece en la contraportada y contrastarla con el título pensé que sería fascinante. Nuestro dios del tiempo actual, una cápsula capaz de viajar a una velocidad mayor que la de la luz para llegar a un destino situado miles de años antes, dotaba a Alcibíades Vidal, su enviado, de una peculiaridad: llegar a formar parte del ejército de Alejandro Magno y acompañarlo hasta su muerte, para conocer dónde quedó su cuerpo enterrado.

La idea está bien, de hecho creo que a un alto porcentaje de la población le gustaría viajar en el tiempo, de ahí que la ciencia-ficción tenga cada vez más seguidores, pero no es nueva. H.G. Wells inauguró la temática, en 1895, con La máquina del tiempo. A Wells le han seguido escritores de renombre como Mark Twain, Un yanqui en la corte del rey Arturo, o Isaac Asimov, El fin de la eternidad y otros no tan conocidos. Precisamente porque no es una idea nueva estimo que debe tener alguna novedad si el autor quiere enganchar al lector. No sé, algo como desarrollar un viaje en clave de humor, exponer determinadas paradojas propias del viaje para solucionarlas, crear conflictos ahistóricos para llegar a una resolución ajustada a la historia, o proponer una historia alternativa para que los lectores también podamos viajar en el tiempo desde el actual al pasado y de nuevo a las actualidad. En fin, no pretendo dar ideas porque seguro que está todo “inventado” pero es que el desarrollo de El enviado de Cronos no seduce, y podría haber sido estimulante.

Empieza con la dramatis personae, algo extraño puesto que el término designa a la lista de personajes de una obra teatral. Es cierto que en algún sector podemos encontrar la expresión como sinónimo de lista de personajes en novela, pero el término es un cultismo que designa al elenco de personajes de un drama “las máscaras de la acción”. Hasta cincuenta y un personajes son presentados en este apartado. Esta técnica puede ser buena para conocerlos, pero no tanto para los entresijos de la narración puesto que el introducir al personaje de antemano permite luego mostrarlo con menos detenimiento en sus actos, lo que dificulta la creación en profundidad. Así, en esta novela el lector tiene la impresión de estar ante una serie de personajes planos.

Seguidamente, tras la lista de personajes, aparece un glosario de términos, veinticuatro nombres nos son detallados en cuanto a su significado. Sin duda muy interesante, pero tampoco aporta nada a la novela puesto que funcionan a modo de notas aclaratorias de términos en desuso (por cierto, al final también encontramos otra lista de notas que explican diferentes alusiones). Pasamos después a otro “prólogo”, éste para contar los mitos de Prometeo y Pandora. Supuestamente tendrán relación con la trama, pero cuesta vincularlos a los proyectos del CERN.

Por fin comienza la novela, y lo hace por el final, con las honras fúnebres de Alejandro Magno. El resto son 30 capítulos en los que se van intercalando fechas de la era antigua y la contemporánea, como corresponde a una trama en la que el protagonista viene de otra época. En todos predomina el relato histórico aunque no con la misma suerte; en ocasiones está bien llevado y resulta interesante, en otras da la impresión de que se ha llevado hasta allí porque era necesario contar algo de la sociedad griega antigua. Y en otras, la narración histórica no tiene nada que ver con el argumento; es lo que ocurre al principio, donde para situarnos en la infancia de Alcibíades y destacar su pasión por la historia, el padre le cuenta con profusión de detalles la batalla de las Navas de Tolosa. El lector deduce de ese capítulo su amor por la historia, por la arqueología y por los caballos. Es curioso, pues al final de la novela podemos decir poco más de él, apenas ha cambiado, aunque el propio Alcibíades «era consciente de que estaba mucho más curtido que al principio cuando llegó en lo que todo era una inocente ilusión desmedida» (copiado literalmente). ¿Cuándo se ha curtido? ¿Cómo lo ha hecho? Falta ver a Alcibíades en acción, cómo pasa de estar atemorizado en su primer combate a ser uno de los hombres de confianza de Alejandro Magno. No lo hemos visto evolucionar. Nos lo creemos sólo porque un narrador nos lo cuenta aunque no lo demuestra.

Una vez que Alcibíades se encuentra en la Grecia Antigua el argumento se resiente; hay capítulos que no aportan nada a la trama, son una excusa para presentar a personajes famosos de la Antigüedad, actividades cotidianas de la época que quedan aisladas en el contexto, descripción de momentos que “vemos” como si estuviésemos siguiendo a un guía turístico o cuadros de contiendas, con todo lujo de detalles, en las que el protagonista no participa. Asimismo hay capítulos en los que surge un personaje con cierto protagonismo, para no volver a salir en la novela, tal como ocurre con Arsaces, el niño que se atreve a mirar a Darío III en 337 a.C. Todo esto hace que no encontremos un hilo seguro que consolide el argumento.

Pero si el narrador se detiene con parsimonia en las descripciones de lugares, momentos, personas y actividades, pasa de manera rápida la batalla de Tebas y la rendición de Atenas en 335 a.C.(que utiliza para retomar la descripción histórica de la ciudad). El encuentro con Diógenes en Corinto, en ese mismo año, es una excusa para, de forma algo deslavazada, recordarnos aquello que supuestamente decía el filósofo «—¡Busco a un hombre honesto, busco a un hombre honesto!— gritó Diógenes...»

Por último, la invasión de Persia está carente de acción. Y así, con este talante apresurado termina la novela. Muchos enigmas han quedado por descubrir, la punta de flecha, las falsas monedas, el esqueleto encontrado, el papel de Prometeo, las investigaciones del CERN, la suerte de los investigadores y la del propio Alcibíades.

Puede que Miguel Merino piense ir despejando dudas en los otros dos libros que completarán la trilogía. Puede que se editen, si es así le recomiendo una corrección atenta de la escritura pues, en este ejemplar aparecen erratas: «Aria» por “Aura”. Equivocaciones sintácticas: «Ahora marcharos» «el viaje en el transbordador [...] lo había machacado y, para colmo de males, con la mar levantada bamboleando el maltrecho ferry» «hacia al campamento». Faltas de concordancia: «un par de perros ladraban» «una caja de pequeñas dimensiones forrada de oro y ricamente engalanadas...» «el resto de compañeros se abalanzaron al instante». Faltas de ortografía: «todo lo que halláis detectado». Repetición excesiva e innecesaria de palabras: «El pequeño Arsaces pasaba [...] sus pequeñas manos» «...haya perdido la fluidez [...] adquiriría mayor fluidez» «prolongados y esforzados ejercicios de pronunciación [...] dificultades de la pronunciación [...] de prolongados ejercicios de pronunciación». Expresiones que por abusar de ellas pierden la fuerza: «presa de una gran excitación» «presa de un gran nerviosismo» «presa de un gran...». Locuciones que, por anticuadas, quedan irreales en el contexto (o están mal empleadas): «Incrédulo, se levantó y comenzó a ir y venir por la estancia mesándose los cabellos con ambas manos. -¿No me estarán tomando el pelo?». Demasiadas voces técnicas relacionadas con un mundo militar obsoleto que ralentizan aún más las lectura, ya lenta de por sí al estar necesitada de diálogos y actividades variadas: «se guardaban [...] las gúmenas» «piedras angulares de tobo» «quiliarca» «lochagos» «pornai». Y empleo exagerado del gerundio, que enfatiza en demasía el aspecto imperfectivo de la narración puesto que la presenta con un enfoque persistente: «dando órdenes [...] examinando [...] profundizando [...] acercándose [...] levantando [...] agachándose ante el agujero».


Bajo mi punto de vista, con un estilo más sencillo la novela sería más amena.

viernes, 26 de agosto de 2016

DE AMOR Y FURIA. EPIGRAMÍSTICOS

Dicen que si lo bueno es breve, dos veces bueno. Eso debió pensar Marcial, allá por el primer siglo de la Era Cristiana que, nos guste o no, es la que se impuso de manera casi universal para contabilizar el paso del tiempo desde la Edad Media, pero esto ahora no viene al caso. El caso es que nuestro primer poeta conceptista español ya encontró hace dos mil años una sociedad miserable en la que tenían cabida sinvergüenzas, degenerados, hipócritas, aprovechados... y se propuso burlarse de ellos de la manera más hiriente, de forma directa, sin dar demasiadas explicaciones, sin moralizar. Probablemente Quevedo leyó a Marcial y Gómez de la Serna también. Indudablemente Minerva Margarita Villarreal lo ha leído. Y nos lo trae en dosis pequeñas. Pero no importa si no lo conocemos. Marcial, el que aparece en los poemas de Villarreal, puede convertirse perfectamente en cualquier nombre actual porque, ironías de la vida, la sociedad no ha cambiado tanto en este tiempo, al menos en cuanto al comportamiento humano se refiere.

Así pues, al leer De amor y furia. Epigramísticos, nos encontramos con 83 poemas que retratan diferentes aspectos de una sociedad universal para clavar un dardo certero en el maltrato a la mujer, en la humildad forzosa de las prostitutas, en la indiferencia, en el orgullo de ser mujer o en la fuerza de la palabra. Pues, con pocas palabras y una profunda observación, la autora extrae los sentimientos y nos los ofrece limpios, sin maquillar, para que encontremos en ellos sentencias humorísticas,

Repudias a las mujeres con razón:
tienen lo que a ti te falta.

agudezas satíricas,

Aseguras que los grandes no tienen lectores,
con razón montones te siguen a diario.

epígrafes líricos

Que desnuda vivo para la posteridad.

o pensamientos obscenos.

Más vale una chupada ajada
a que enmudezca el pajarito.

Todo cabe en la vida, por lo que el volumen adquiere un tono fresco, vital.

A ello contribuye el hecho de que aun en los casos más graves, en las denuncias más duras, no encontramos enseñanza. Puede haber sarcasmo en algunos, o ironía, pero la mayoría encierra un temperamento humorístico, un punto de agudeza; punto al que podemos  asirnos para escapar de la brutalidad que nos rodea. El mundo de la droga es algo que probablemente Minerva M. Villarreal tenga muy presente, todos sabemos el problema que están sufriendo en México, pero también nos salpica, y la beatería, y el querer aparentar, y los gobernantes que no hacen nada, y las ansias de poder a costa de lo que sea y la corrupción.

No es necesario ser mexicano para entender los poemas, el vocabulario es totalmente conversacional; aparecen algunos términos locales (basurales, Rayita de Abajo, tomo, tallereaba, moches, zíper) pero se entienden en el contexto.

En el estilo predomina el lenguaje usual, con numerosas connotaciones que ayudan a situarnos en una temática cotidiana.

La primera persona marca normalmente una expresión íntima de los sentimientos. En los epigramísticos no es el yo de la poeta el que aparece abiertamente, sin embargo advertimos una implicación total; incluso cuando la persona cambia a segunda para dialogar o a tercera para funcionar como observadora, encontramos el punto de vista de Villarreal en el interior de sus personajes hasta que consiguen mostrarnos una postura totalmente afectiva.

Llama la atención el amor a la vida. Sólo alguien que crea posible una vida feliz será capaz de denunciar, como el peor de los males, a la inercia ¿Es que no nos damos cuenta de que se imponen cambios en el mundo? ¿O es que también la abulia embota nuestros sentidos?

Sólo alguien segura de que existe la belleza en la poesía, y sabe de su poder seductor es capaz de afirmar rotundamente «Mas no escaparás de mis versos».

La estructura del libro es lineal. Los epigramas pueden leerse, lógicamente, separados, sin ningún orden, sin embargo algunos componen un todo. Esto es lo que ocurre con Aforístico, sentencia que bien podría ser la declaración de determinadas mujeres antes de casarse «Por la cuerda floja de mi inseguridad voy a lugar seguro». A esta decisión le siguen 9 poemas que cuentan la historia de su matrimonio,

Con tal de librarme de ti
haré construir un palacio

una unión basada  en la soledad, en las apariencias, en el engaño y la destrucción.

Otros redondean una idea expuesta cuatro o cinco poemas antes; así la homosexualidad a la que es alentado Flavio en En la lucha «No claudiques, Flavio», sirve para devolver a modo de burla brutal una crítica literaria negativa en Testimonio.

Visualmente, podemos enlazar dos poemas situados uno al lado del otro si, como ocurre en Inconforme y Trascendencia, ambos denuncian un tema común: la anteposición de la pasión por el dinero a la pasión por la literatura; en el primer epigrama afea el plagio para enriquecerse y en el segundo afea la vida del que es alabado por el dinero y no por su obra.

Hay estructuras que encierran una genialidad absoluta, prueba de ello son Inconveniente y Arrepentido, colocados asimismo al lado, en el espacio que forma la página abierta. De esta manera es más fácil percibir el punto de vista diferente de las dos voces que dan vida a los poemas, la de ella en el primero, la de él en el segundo. Ambos formados por siete versos, de estructura paralela entre sí, que sólo experimentan un cambio en el tiempo, modo y persona verbales, lo que refuerza aún más la diferencia de pensamientos, enlazados magistralmente por la similicadencia antitética de sus versos finales

más pronto te habrías alejado.

nunca te habría dejado.

Estructura diferente es la que encontramos en Self-confidence, pues funciona como una pequeña escena narrativa en la que el narrador omnisciente sitúa al lector, quien descubre en la sinestesia de ojos, que arañan, husmean, cierta personificación de los mismos, con la que pueden desposeer de discernimiento a la mujer «más allá de lo que imagina». Una vez expuesta la situación la persona narrativa cambia a segunda, como en un diálogo interior en el que la propia mujer se cosifica «sabes perfectamente la clase de ficha que eres» para desvelar la hipocresía de su matrimonio y el verdadero origen de los celos.

¿Qué estamos dispuestos a pagar por llevar una vida de lujo? Quizás nos exijan un precio demasiado alto; la enumeración animalizadora con la que Drusio define a su esposa

llamándote perra, flor de puta, insaciable
depredadora de sus bienes

da fe de ello en un epigrama totalmente prosaico, donde explica las consecuencias de un matrimonio cuyo pilar es la droga «llamada cristal». La violencia de esa vida tendría salida si Drusila fuera capaz de enfrentarse a ella con humor y «volvieras a tu puesto de cajera en el banco.»

Creo distinguir en los Epigramísticos cierto apego a la libertad poética, cierto rechazo a las normas o al encorsetamiento. Villarreal define la Poética como

caudal del río
que, súbitamente, brota entre las páginas

por eso, aunque «Puedes levantar monumentos con la hipérbole» (¿hay imagen más sugestiva?) considera que la poesía

no conoce de regla ni ley que detengan
la fuerza de su paso

Estoy de acuerdo, de hecho la poesía de Minerva M. Villarreal es fuerza en sí misma, pasión, y es precisamente la maestría en el uso de la palabra la que consigue que esa pasión se transforme en despecho y la fuerza en ternura. No quiero desvelar más epigramas, pero es justo señalar que la gran carga expresiva que contienen se ve reforzada a veces por la continuidad que aporta la aliteración de la nasal «tus versos me encadenan»; la fuerza de la vibrante consigue una imagen casi indestructible de la mujer «los ovarios no se presumen: / dentro crece su fuerza»; la aliteración del sonido lateral confiere una suavidad que contrasta de forma humorística con el significado, (para que no nos fiemos de las apariencias) «Ligia, eres feminista / salvo cuando / flecha en vuelo / un falo se cruza...»

Fantástico el eco de «Hiede hiena el cumplido» ya que multiplica la fetidez de lo hipócrita.

El poder vehemente de los epítetos marca con eficacia la finalidad perseguida, ya sea denunciar la riqueza material «poderoso oro», «lustroso mármol», como abogar por el sexo apasionado «selvática noche», «erecto pene». Asimismo la elocuencia del adjetivo queda reforzada al aparecer solo; el significado de ¿Fea? se hace patente con el verbo elidido.

Cuando dos términos opuestos (silencio, palabra) se colocan en una estructura paralela de gradación ascendente se acentúa el final demoledor. Es lo que ocurre en De hecho, epigrama que denuncia el maltrato.

Casi todo tiene un final. Pues el del amor se agudiza en Lección con la reduplicación humorística de dura.

Cuando encontramos una enumeración de apelativos para la mujer que la ignoran, como hija de ..., mujer de..., hermana de ..., amante, sabemos que la finalidad es empobrecer su existencia hasta negarla. Ante tamaña humillación sólo le queda, con buen criterio, «disfrutar los huevos de los vivos».

Los cohipónimos máscara y disfraz retratan la falsedad de la persona al connotar de manera negativa lo accesorio del hiperónimo ropa.

También queda en evidencia la hipocresía de los poderosos, al igualar en el plano semántico dos términos antitéticos humildad – soberbia.

Asimismo el juego de palabras, del que destacamos la unión de contrarios esclava – casi deidad y la complexión de una serie de versos formados por la ampliación de un mismo sintagma, refuerza humorísticamente el autoconvencimiento ficticio de dueña [,,,] de la finca para, con ironía, terminar en la miseria con lo que más deseaba, en libertad.

Puede que Catulo no aceptara de buena gana la proposición de Lesbia comprensiva, pero estaría bien que hubiera seguido su consejo «ve y pon mis medias en las piernas de otras»; estaría bien que, de acabarse el amor, tuviera un final humorístico, alejado de los celos y la violencia.

Por mi parte he disfrutado, y mucho, con este libro. Si el epigrama, tal como indica su significante, nació para ser escrito encima de algo, me encantaría ver en la puerta de una biblioteca, o en el cabecero de una cama, la soberbia definición que la autora da del amor, simplemente utilizando una epéntesis de venido

Porque has vencido

no te irás

sábado, 25 de junio de 2016

MEDEA, SAFO, ANTÍGONA (tres piezas dramáticas)


Ha sido un placer descubrir a Andrés Pociña. Otra alegría que me llevo de la Feria del Libro de Madrid. Medea, Safo, Antígona  son tres piezas dramáticas, como reza el subtítulo, con un punto en común: tratan sobre tres mujeres de la Antigüedad Clásica, si bien sólo una de ella es real. Pero tienen otra coincidencia que las iguala; ahí empieza la magia del teatro, y es el punto de vista femenino de las tres historias. He quedado gratamente sorprendida al descubrir una Medea que, no es la malvada bruja que habíamos estudiado en la mitología sino que, nos hace ver los hechos ocurridos con Jasón, razona sobre ellos y sobre las circunstancias que la llevaron a matar a sus hijos. Situación que hoy no es perdonable, dada nuestra sensibilidad tan distinta a la de la época Antigua; aun así empatizamos con ella, por las circunstancias que rodearon al filicidio.

He quedado en paz con la poesía, con Safo y con la emotividad que emana tanto su forma de ser como su palabra; una mujer que a pesar de tener en contra a toda su época, lucha por despertar el interés femenino en la cultura.

He quedado arrobada con Antígona; es verdad que la fuerza de este mito siempre me ha fascinado, pero al leer Antígona ante los jueces, la oleada de rabia e impotencia que me ha invadido ha hecho que desee para mí su integridad, su fuerza y su convicción ante los actos que lleva a cabo.

Lo que más ha conseguido sobrecogerme es que el punto de vista femenino se lo ha dado un hombre. (He investigado algo sobre él y sólo he visto títulos que aluden a mujeres, lo que seguro me permitirá seguir leyéndolo).

Las tres piezas dramáticas tienen diferentes estructuras: Medea en Camariñas es un monólogo en el que sin embargo entran a escena otras mujeres cuyas funciones son la catártica y las de ayudar a que la protagonista consiga establecer la de reflexión, la terapéutica y la comunicativa, pues estas figurantes -lavanderas, como Medea- dan pie a la protagonista para que se enfade, se entristezca o se emocione mientras cuenta su versión de lo sucedido años atrás: por qué se unió a Jasón, por qué no se separó de él, qué pasó con su hermano Apsirto y por qué llegó a matar a sus hijos, hecho que será su condena durante toda su vida.

En el monólogo mezcla su historia pasada con las acciones que hacen las demás en el presente, y mezcla lo ocurrido con lo que después se escribió «¡Todo pura mentira! A mí me hace gracia ese ingenio fantástico que tienen los hombres, os lo juro: son capaces de inventar las cosas más estrafalarias del mundo para explicar las más sencillas; pero no les ponen ningún sentido común. ¡Qué rabia da cuando se te resbala el jabón de las manos y va a parar al fondo del agua! No te preocupes, Sabela; coge este panal mío si quieres...» De esta forma la estructura mantiene una unidad, todas las acciones forman un todo y ayudan a que la composición de los hechos sea recordable.

En el monólogo hay alusiones a los escritores de Medea, con lo que se mantiene la idea de inmortalidad, de mito, aunque cambie la historia, sobre todo para desmitificar a Jasón: «Jasón y los otros estaban en el barco, preparados [...] dispuestos a huir si nos descubrían. En realidad los que robamos la oveja y el carnero [...] fuimos yo y mi hermano Apsirto [...] Apsirto [...] muerto de miedo dejó escapar la oveja [...] yo arrastraba el carnero, más difícil de sujetar. De este modo fue como huyó Jasón de Cólquide, así fue como huyó Medea del reino de su padre, de noche, a escondidas [...] ¡Ya veis amigas, que leyenda más gloriosa!».

Es muy importante la puesta en escena, el juego de acciones, la relación ente los significantes y el referente. Importantes los signos no lingüísticos, las miradas de aquéllas que no hablan. Importante la acción principal que se lleva a escena: lavar la ropa sucia, signo inequívoco de purificación, no sólo para Medea sino para la mujer en general «Sin embargo no vayáis a pensar que yo me enamoré de Jasón. Os repito que esto fue simplemente lo que más me fastidió, que todos cuantos hablan de mí, vosotras mismas, no me mires así, Rosina, que imagino muy bien lo que diréis de mí cuando no estoy delante [...] Porque si yo fuese bruja, como dicen [...] ya me habría arreglado de otra forma en Camariñas, y sacaría para no tener que vivir en esa pobre cabaña, llena de goteras».

Medea representa la pasión sexual de la mujer llevada hasta sus últimas consecuencias «Cuando miraba para ti, no sabías que hacer, porque te venía como un escalofrío que te recorría el cuerpo...» por lo que no es de extrañar que ella, que lo dio todo por un hombre del que se siente despreciada, humillada, incluso violada, entre en una locura transitoria cuando se va a ver desposeída de lo que más quiere «...que Jasón se va a casar con la hija de Creonte, que yo tengo que marcharme de Corinto y, sin embargo, mis hijos [...] debían quedar con el padre, que ya los cuidaría su nueva mujer...»

Todo el monólogo destila una sensibilidad especial hacia la situación de la mujer. Medea, apartada del resto de lavanderas al principio, es signo de soledad. El silencio que la rodea es signo de la censura a la que ella, portavoz de muchas mujeres, ha sido sometida; sin embargo aparece, al menos entre las mujeres, un signo de comprensión al rodearla para seguir escuchando con interés su historia.

Atardecer en Mitilene, como su nombre indica representa una charla entre Safo, mujer madura y un grupo de alumnas, todas jóvenes. Además aparece un figurante, un portero que no dejará de tener su punto irónico al final, sólo con gestos, ante la orden que le da Safo, cuando todas se han ido a dormir.

El escenario es de alegría, paredes blancas de un patio, macetas con flores de colores, dos chicas pintando, una la pared, de blanco, otra los soportes de las macetas, de verde. El resto está rodeando a Safo en sillas de anea. Destacan pues los signos visuales, el atardecer alude a la madurez de la protagonista, al momento propicio para las confidencias, a la nostalgia, pero ante todo a tomar consciencia de lo que somos.

La poetisa Safo va vestida de blanco, color que le aporta pureza aun a pesar de sus años; está claro que por su posición y vestimenta es un referente para la juventud. Todas las chicas llevan vestidos claros, símbolo de ingenuidad. El significado de la escena, de ese signo teatral que han formado entre todos es delicioso: se debe educar a la mujer no sólo para los trabajos del cuerpo, de la casa, sino también en el espíritu, el arte, la cultura.

El diálogo no defrauda, además de suponer un placer escuchar algunos de los versos de esta mujer del siglo VI a.C.

Amor agitó mis entrañas
como un viento que baja el monte abatiendo las encinas

Es un placer la llamada de atención que el autor, a través de la protagonista, dirige a las mujeres jóvenes de hoy «...te diría que últimamente nos estamos pasando un poco con tantos epitalamios. [...] le estamos dando demasiada entrada a hombres hermosos en nuestros versos (se queda callada, pensando). Quizá también en nuestras existencias. (Con decisión). Es preciso retornar de nuevo a nosotras mismas. Antes que nada a nosotras.»

Básicamente éste es el mundo de la representación, la enseñanzas de Safo a sus discípulas, en las que predomina la verdad que debe rodear nuestra vida, la honradez, la necesidad del estudio, de la cultura para ser mejores, y por supuesto el amor, pero de una sensibilidad no usual entre los hombres de su época, por eso no es de extrañar que, la mayoría de las veces, lo encontrara entre las propias mujeres

y cuando ríes seductora. Esto
hace saltar mi corazón dentro del pecho.

Aunque debió luchar contra la época, contra los hombres, y contra la propias mujeres en su recinto idílico pues todo, fuera de esas paredes, era una realidad burda, brutal y despiadada... ¡Qué cerca tenemos nuestra sociedad a la suya! ¿Es que el mundo no cambia?

Safo.-  Había un barco de fuera [...] llevaban jóvenes mujeres negras, todas con las manos atadas, supongo que para impedir que se arrojaran al mar para escapar
            [...]
Irina.-   Y allí las venden como esclavas
Filenis.- Y cuando hay menos suerte como putas.
Mégara.- ¿Y tú no protestaste Safo?
Safo.-  Lo hice ante la guardia del puerto. Me contestaron, con más sorna que respeto [...] serían la primeras en quedarse sin comer ni beber si insistía en mi denuncia.

Antígona ante los jueces es una obra teatral en un acto. La protagonista se convierte en acusada y abogada del cargo que se le imputa: Desobedecer la ley impuesta por el rey que consistía en la prohibición de enterrar a su hermano Polinices por considerarlo un traidor y atentar contra Tebas.

Los signos escénicos aportan interesantes significados que, como las obras anteriores, acercan esta Antígona no sólo a la actualidad sino a la categoría de personaje real.

En el escenario hay un tribunal que presume estabilidad y justicia al estar presidido por el rey Creonte con dos jueces y 2 juezas, lo que nos trae, no sin un punto de ironía, a nuestra paridad actual.

Al otro lado del escenario está el coro formado por cuatro hombres representantes de cuatro pueblos diferentes, voces que se levantarán primero en defensa de Antígona pero que poco a poco irán callando ante las órdenes del absolutista Creonte. Asimismo hay un pueblo 5 en las primeras filas del público; una forma de imbuirlo como personaje para hacerlo partícipe del conflicto de la protagonista. Antígona queda en el centro, símbolo de la soledad. Es un signo polisémico pues representa la soledad del hombre frente a la masa del pueblo. Representa la indefensión del ser humano ante un dictador. Representa el menosprecio de toda la sociedad hacia los sentimientos frente a las leyes humanas. Representa la fragilidad de la mujer frente a la fiereza del hombre.

La puesta en escena subyuga; destacaremos la función renovadora de códigos, la función de reflexión; poco a poco van contando con analepsis los comienzos del argumento, pues para captar rápidamente la atención del público, la obra comienza in medias res, además de que, desde el principio el público de la sala es tratado como público del juicio. La función revitalizante aparece en la liberación de la mujer, ella es su propia defensora y ella es quien decide su final, y por supuesto, al cuestionar las leyes partidistas que rigen un país se incide en la función de crítica socio-política. En general la obra hace honor a los cuatro verbos imprescindibles de la retórica aristotélica para el teatro: Movere, Conmovere, Docere y Delectare.

El personaje de Antígona es único, de una fuerza increíble, adquirida, sin duda, en su relación con los otros personajes. Antígona es una mujer joven; es la única característica en la que incide el autor, pue según la mitología murió joven. El resto de marcas que la caracterizan no tienen importancia, da igual cómo vaya vestida o lo que lleve puesto. El personaje irá convirtiéndose en persona, se hará creíble  al interactuar con los otros; mediante gestos, silencios, obviedades en el turno de palabra que no respeta o su propia voz se va constituyendo en ser, nos va revelando su interior. Antígona ocupa entonces, en el lector, un puesto entre los seres indefensos que pueblan la sociedad, aquéllos que aun sabiendo que todo lo tienen perdido no cambian su opinión ni reivindicación en lo más mínimo. Antígona es portadora de un conflicto que, a lo largo de la trama, está inmerso en el conflicto de otro personaje y unido, por medio del Pueblo 5, al conflicto del público. El conflicto personal se hace grupal, social, humano y se convierte en Conflicto Universal.

Si tenemos en cuenta que cada conflicto de la obra representa un punto tensional, podemos decir que el conflicto teatral es lo que más se parece a la vida.

Y si tenemos en cuenta que la tensión de Antígona arrastra a la tensión de Creonte, a las de los jueces y a las del propio público, llegamos a la conclusión de que Antígona no es un simple personaje teatral, es un mito en el escenario, porque universalmente nos identificamos con la defensa del amor.

La Antígona de Pociña no incide tanto en la ley divina de a.C., según la cual había que enterrar a los muertos para que su alma no vagara eternamente, sino en la compasión, en la pena que le da dejar el cuerpo de su hermano, sin abrazarlo, sin limpiarlo, sin cubrirlo tras su muerte.


Tres joyas dramáticas que, indudablemente estoy deseando ver en escena cuanto antes.