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martes, 17 de noviembre de 2020

CONFIDENCIAS DE UN APESTADO

Está claro que acabo de leer una novela bastante peculiar y muy interesante, pues puede ser leída, al menos así lo he entendido, desde dos puntos de vista. Si nos dejamos llevar por la perspectiva literal nos encontramos en un futuro que se presta a confusión, podría ser inmediato o lejano, aunque narrado por el protagonista desde el presente. Las analepsis, los flashbacks le sirven de ayuda a Lucio para involucrarnos en la narración y hacernos formar parte de ese presente-futuro sin plantearnos demasiadas preguntas sobre el tiempo real o el espacio. Nos introducimos en sus sensaciones y nos encontramos con que vivimos en un mundo sin conciencia, en el que no hay salida para la honradez ni para la justicia. Un mundo en el que los intentos de fraude se penalizan porque no han logrado efectividad y las estafas son recibidas con cierta admiración por haber tenido el valor de llevarlas a cabo. Los delitos son analizados con envidia, pues todos desearíamos poder estar en el lugar del transgresor, alguien que ha sabido medrar en su círculo laboral sin importar qué o a quién ha debido destrozar.

Es una sociedad que anula cualquier intento de verdad. Una sociedad en la que la envidia y la maldad cobran vida propia para aprisionar cualquier acto de amor.

Muy pocos se dan cuenta de lo que pasa ya que estos estados empiezan a introducirse por medio del olfato. Es indudable que los olores activan las regiones cerebrales; están comprobados los efectos que producen los aromas en el comportamiento humano. Pero, ¿puede una determinada conducta exudar un olor característico?

Parece que esto es lo que ocurre en este universo fantástico de Lucio, como si la naturaleza, sabia, generase un mecanismo de defensa para los más depravados y, sin tener que esforzarse, pudieran convencer a los demás de su bonhomía a través de un perfume agradable que los acompaña siempre, que se hace mayor cuanto más podrida y depravada es la acción llevada a cabo.

Lucio empezó a notar este hecho en el entierro de su tío, «tan irrevocablemente muerto como pueda estarlo cualquier hombre o cualquier perro o cualquier moscarda». Lucio acude al pueblo a dar el pésame a su tía y familiares, quienes temen que este reclame parte de la herencia pues, aunque las tierras correspondían a los hermanos, el recién fallecido se había quedado con todo. Pero Lucio no quiere nada de su padre, tiene un trabajo en la Universidad y es feliz con Silvia, su novia, y Malévich, su gato. Algo ocurrirá, no obstante, en el velatorio: el muerto empieza a oler bien, y sus primos deciden sacar beneficios eclesiásticos de la situación.

Al volver a casa Lucio es consciente de que todo lo podrido huele bien, atrayendo a la gente tanto un gato muerto como alimentos descompuestos. Solo él percibe el mal olor y por lo tanto es tratado como un apestado; de hecho él es quien comienza a oler mal en esa sociedad, por lo que, abandonado y perseguido por todos, se cobija, como un mendigo, primero en la basura y luego en el Jardín Botánico para camuflar su olor, «Urgido por la necesidad comencé a comerme las flores». Está claro que su olor vuelve a delatarlo y debe huir, lejos de todos para, en soledad, «Han pasado siglos desde entonces, y no he vuelto a probar bocado ni a saciar mi sed», escribir sus memorias y que sirvan de ejemplo a quienes las lean.

No cabe duda de que Lucio vive en una sociedad sin compasión ante el bien. Sociedad inquietante que nos alarma aún más si leemos Confidencias de un apestado desde otra perspectiva, una que nos aleja de la ciencia ficción y nos sumerge desde el principio en la Filosofía. Francisco Santos no ha escrito un tratado filosófico sino un relato ficticio, pero la novela ahonda en el desarrollo del conocimiento mediante la razón. Confidencias de un apestado analiza con humor el papel que juega la sociedad en el ser humano, «Obviaré por pundonor los desatinos y las inexactitudes que desplegué esa mañana ante mis alumnos, sumido en un estado mental obtuso. Balbucí algunas citas […] alentando el rumor entre los malpensados de que me había entregado a las bebidas espirituosas».

Está claro que la prosa se maneja por el ámbito de la sensibilidad con bastante humor e ironía «Estas y otras exquisiteces que previamente al desbarajuste olfativo solo eran valoradas por sibaritas excéntricos de estómago acorazado, ahora despertaban la glotonería de las masas», aunque también circula por los entornos de la razón cuando presenta, con interrogaciones retóricas, o incursiones en diferentes citas artísticas, algunos de los conceptos universales que han regido siempre a la humanidad, «Revelar con un gesto, con un solo gesto, el sentido de una vida […] El gesto de matar, el gesto de morir, el gesto de alabar, el gesto de maldecir, el gesto de acariciar, el gesto de golpear […] ¿Con qué gesto posaría yo en el lienzo de mi existencia?». No cabe duda, la enumeración anafórico-paralelístico-antitética espolea al lector con diferentes acciones que podemos llevar a cabo en un determinado momento sin concederle importancia y que, sin embargo, marcan nuestro carácter en ese instante. Lo que realizamos una vez podemos repetirlo las veces que hagan falta. Leyendo las Confidencias de un apestado empatizamos con Lucio, o al menos queremos hacerlo, aunque en ocasiones nos dejemos llevar, como Silvia, por el egoísmo personal «—Una cosa es cumplir con tu deber y otra bien distinta es arriesgar tu carrera» ¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a arriesgar para hacer justicia?

Francisco Santos nos invita a reflexionar sobre ello y lo hace con una base científica, con un fondo filosófico que expone con humor; abundan los diálogos chispeantes que encierran algún tipo de conocimiento


—Ojalá tuvieras razón —brindé con Silvia

—«Ojalá» no es un término con cabida en la filosofía —apostilló Amanda—. Su etimología, te recuerdo, es «si Dios quiere»

El humor es bastante filosófico, no solo porque el protagonista sea profesor de Filosofía sino porque parte de sus experiencias cercanas, como el temor a sufrir un daño cerebral al percibir anormalidades, para ir planteando preguntas que se contestará el propio Lucio al mismo tiempo que el lector, «La fe recobrada en mi longevidad […] ¿cuál era la causa de esa emanación fragante […] que nos regalaba la ruina de mi tío?».

El humor se convierte en la baza con la que Santos cuestiona ideas que la sociedad da por establecidas


—Seguro que en lo que llega…

—El joputa aprovecha…

—Para pasar el cepillo.

Deduje que venía el obispo.

Mediante juegos humorísticos de palabras, analiza el propósito de vida que ha hecho la sociedad actual, «no se trataría de ningún chantaje sino de una prueba de transición […] que debe superar quien no desee terminar ardiendo en la pira como Giordano Bruno, o pirado como Nietzsche».

Con acertadas imágenes visuales sacadas del cine, que inciden en el buen humor, reflexiona sobre el carácter del ser humano, «su hija la remedaba poniendo los ojos de Gloria Swanson en Sunset Boulevard».

También con humor, por lo obvio de algunas situaciones, consigue mantener la intriga en el lector, que anhela saber hacia dónde se dirige la trama «Mientras escribo esto […] el tren se ha adentrado en un túnel cuyas tinieblas me imponen una pausa».

Francisco Santos no escatima en las dosis de sarcasmo con las que va exponiendo la envidia surgida entre los catedráticos de la Universidad, colectivo cuya fama hace honor a esta situación de aprovecharse del conocimiento de sus alumnos, pero no es exclusivo de este gremio


—Acusa al profesor Avellaneda de plagio

                     […]

—Lo único que pretendo es evitar que el profesor se exponga a un escarnio inmerecido

Los diálogos reflejan con cierta ironía cáustica el mal hacer de los poderosos de la Universidad. Se aprovechan de los estudiantes, sin pudor, para después ofrecer unas migajas. La autoría de algunas teorías queda, por lo tanto, en entredicho.

Las metáforas sinestésicas son perfectas para denunciar una sociedad basada en las apariencias, una sociedad aborregada que, lejos de pensar, solo acepta lo que ve, una sociedad formada por individuos corrompidos hasta el punto que dejan de ser humanos para igualarse a «organismos putrefactos», de ahí la «fetidez en los sobacos de los coléricos y aterrorizados».

Y así, la prosa ágil, irónica, humorística, incisiva de Confidencias de un apestado, plantea una igualación en la corrupción del espíritu con la degradación del cuerpo. Sin embargo esta corrupción es tan habitual que forma parte de nosotros y lo que no se ve normal es la ética, el honor, la integridad. Quien los posee huele raro en esa sociedad que apesta. Es lo que le ocurre al protagonista que, al revelar sus confidencias las incluye en la Doxografía pues no desaprovecha la ocasión de exponer algunas teorías filosóficas y conectarlas con otras de la aromacología; durante la lectura, podemos discurrir hasta dónde seríamos capaces de llegar para salvaguardar nuestro concepto de la moral.

Erasmo, en El elogio de la locura quiso convencernos de que ese estado era la base de todos los disfrutes del hombre. Una excusa para describir la necedad del mundo. Lucio, en Confidencias de un apestado invierte los olores para disfrutar de la podredumbre como si se tratase de un bálsamo beatífico. Otra excusa para describir la estupidez —y maldad— del mundo. Un mundo egoísta, amoral, que solo actúa a cambio de compensación «¿Y qué sacas tú de todo esto?».

5 comentarios:

  1. Me encanta la reseña. Disfruté mucho con este libro. No sé si es algo objetivo o es cosa mía, pero en muchos momentos, durante la lectura, se me venía a la mente la saga de humor del detective sin nombre de Eduardo Mendoza. Y me encanta Mendoza. :o)

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    1. Por cierto: soy Björn (@poetadeboquilla) :o)

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    2. Me encanta Mendoza, Björn, aunque no lo tenia presente al escribir la novela. Desde luego, en buena medida, al escribir regurgitamos muchas de las lecturas que nos han nutrido. Un abrazo.

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  2. Gracias Björn, también he disfrutado con la novela, aunque me ha hecho plantearme muchas cosas, es decir, he reflexionado tanto o más de lo que me he reído. Cada vez me da más pena la sociedad. Leo cosas, y veo lo que ocurre a mi alrededor y no entiendo por qué se premia la maldad, el fraude, la falta de compasión... En fin, también me vuelvo egoísta ya que prefiero quedarme "en mi mundo". Me queda el ejemplo de personas sencillas y razonables que escribís reivindicando un sitio mejor para vivir.
    Por cierto, tu buscador de oro sí es mendoziano.
    ¡Seguimos leyendo!

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    1. "El mundo es ansí ", como diría Baroja. El protagonista de "Cuando aprieta el oro", como apunté en mi reseña, me trajo recuerdos de la picaresca española, y también de Tom Sawyer... Un libro divertidísimo.

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