lunes, 17 de agosto de 2020

EL OLOR DE LA NOCHE



¿Cómo actuaría una mente que se ha visto privada de compañía desde la infancia? ¿Cómo razonaría una persona que ha vivido con la muerte y el aislamiento? ¿Una persona cuya vida se ha limitado casi constantemente al hogar? Probablemente si se alejara de éste sentiría miedo, acaso anhelara ser útil a alguien. Quizá sentiría la soledad y casi con toda seguridad sufriría algún tipo de demencia.

Partiendo de estos supuestos, Andrea Camilleri consigue que el lector intuya un ambiente algo viciado, anormal en la claridad de Vigàta. Lo importante en El olor de la noche es la negación de la soledad y como consecuencia la negación de la propia muerte, incluso cuando tengamos que matar para evitar el abandono.

Para negar la soledad hay que temerla, «había descubierto que su soledad estaba pasando de la fuerza a la debilidad». El comisario Salvo Montalbano teme quedar atrapado en la angustia que ha sentido uno de los personajes de este caso durante toda su vida, hasta el punto que niega la realidad porque le resulta más gratificante vivir la ficción que ha instalado en su mente.

Emulando a Norberto Bobbio, Montalbano se ve entrando en la vejez, en la edad del balance. Normalmente los balances vitales están impregnados de melancolía, entendiendo la melancolía, según Bobbio, como «la conciencia de lo incumplido, de lo imperfecto, de la desproporción entre los buenos propósitos y los actos». Así pues, cuando Livia, la eterna novia del comisario, le envía un recorte de periódico, «una entrevista con un viejo filósofo que vivía en Turín […] “Cuando nos hacemos viejos cuentan más los afectos que los conceptos”», Montalbano decide dejarse llevar por un aura esotérica y seguir a su corazón y a la sensación de estar viviendo un cuento de Willian Faulkner, Una rosa para Emilia, en el que este escritor experimental trata las causas y consecuencias de la enajenación mental.

La melancolía invade a Montalbano, así que por una cuestión personal se introduce en el caso, aunque para ello Andrea Camilleri deba remontarse a la tercera entrega de esta serie, El ladrón de meriendas, en la que un niño, François, se ve huérfano por causas del terrorismo internacional, para finalmente ser adoptado por la hermana y el cuñado de Mimí Augello.

En El olor de la noche, de pronto, bastantes habitantes de la provincia de Montelusa han sido estafados por el contable Gargano, quien instaló en Vigàta La Rey Midas, una agencia en la que trabajaban Pellegrino, Michella Manganaro y Mariastella Cosentino, y su finalidad era proponer, a los habitantes más incautos, que depositaran sus ahorros para ir obteniendo altos beneficios todos los meses. Esto funcionó un tiempo hasta que Gargano desapareció con todo el dinero. Sólo quedó en la agencia Mariastella, a pesar de que nadie creyera que el contable volvería.

Montalbano había depositado ante notario una herencia que le dejó a François su madre, para que estudiara de mayor y, temiendo que el niño se quedase sin recursos, decide rastrear el paradero del estafador y la fortuna, aunque el propio notario, ofendido, confirma que no había tocado el dinero para nada. Así es como, de forma extraoficial, nuestro comisario lleva a cabo la investigación. Por supuesto, dejando pistas evidentes para que quienes llevan el caso las vayan encontrando y descubran qué pasó.

Y si ya Montalbano se saltaba las normas cada vez que consideraba oportuno, ahora, dejándose llevar por los afectos, destroza un chalé a medio construir, porque han derribado el árbol donde meditaba, bucea sin oxígeno para comprobar indicios que no han sido contrastados científicamente, pero él los supone en el coche hundido, o lleva a Mariastella a su casa tras ser atropellada, en vez de conducirla al hospital, porque en un déjà vu del cuento de Faulkner siente la necesidad de investigar la casa de la chica.

En esta entrega, el verdadero protagonista, casi único, es Montalbano, el resto, Fazio, Mimí o Catarella no son sino apoyos con los que puede comprobar sus intuiciones, o puntos de relajación a los que nos lleva el autor para distendernos mediante el humor. Livia actúa casi exclusivamente como la conciencia de Salvo; partiendo del jersey que él ha estropeado, y ella le había regalado, el comisario analiza su situación personal, intenta ocultar sus imperfecciones, teme que los fallos estropeen la relación y pretende cambiarla, hasta que su novia se le muestra llena de amor para acogerlo tal como es, para reforzar una situación estable desde la inestabilidad de la distancia, «Y lo abrazaba, desesperada y asustada».

Los nuevos personajes, como Mariastella, ayudan a crear el misterio ontológico que rodea el caso de corrupción «Un lienzo fúnebre, ligero y acre como un sepulcro, parecía cubrir todos los objetos de aquella habitación» o, como Michella, refuerzan el carácter patriarcal de la época. Para leer los casos de Montalbano hemos de situarnos en el siglo XX, cuando los deslices del hombre no eran sino consecuencia de las provocaciones de la mujer, por supuesto de la mujer guapa.

—Usted es muy astuto. Y yo he caído en su trampa. Tendría que haber permitido que siguiera adelante a ver cómo salía de este lío
—…¿Tanto te divierte provocar?
[…]
Aquella chica lo tenía todo, hasta inteligencia.

Estos nuevos personajes ayudan a que Montalbano reflexione sobre el papel de la razón en el desarrollo de la vida, la transformación que puede sufrir la naturaleza humana en una situación crítica. Partiendo de un hecho normal ficticio, la desaparición de un estafador, el profesor Tommasino le exige al comisario, y al lector, el ejercicio de pensar, de poner en marcha la capacidad interpretativa. La noche es el momento propicio para combinar diferentes realidades que después, con el día, consolidarán un sentido; en la noche no hay límites «Yo de noche camino», las formas desaparecen, de ahí que el profesor Tommasino recomiende no ver las cosas tal cual se nos muestran sino analizarlas desde nuestro interior, solo así podremos notar los cambios, «Según la hora, la noche cambia de olor».

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