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viernes, 10 de agosto de 2018

CONVERSACIONES ENTRE AMIGOS



Dos de las personas que más quiero, estuvieron viviendo y trabajando en Dublín durante más de cinco años. Esto supuso que viajara a la capital irlandesa una o dos veces cada año. Será porque iba a ver a Lara y Alberto o será porque la ciudad tiene magia, el caso es que me encantó Dublín, me encanta; su sólo recuerdo hace que me sienta bien. Ahora ya no voy, ellos están en España, pero me han regalado un libro de una irlandesa, jovencísima, con el deseo de que rememorase instantes allí vividos; y con ese espíritu empecé a leer Conversaciones entre amigos. Al principio me decepcionó un poco porque lo que ocurría en la novela podría pasar en cualquier parte del mundo; después fui encontrando datos y direcciones que me trajeron a la mente mis propias conversaciones allí, pero en realidad eso no es lo importante. Lo fundamental de Conversaciones entre amigos es cómo engancha Sally Rooney desde el principio con su forma de narrar y con el argumento expuesto.

La novela apenas tiene acción; casi todo se desarrolla en interiores: diferentes casas, algún pub y la biblioteca de la facultad a la que pertenece Frances, la protagonista de 20 años, estudiante y con escasos recursos económicos, por lo que debe encontrar algún trabajo extra para poder subsistir. Sin embargo el ambiente en el que se mueve es opuesto al suyo. Su amiga, examante Bobbi vive de manera holgada, no tiene problemas para vestir bien, comer bien y estudiar sin estrecheces; es feliz y se le nota, sincera, despreocupada en los asuntos triviales del día a día y sin embargo activista en contra de todo aquello que huela a tradicional y políticamente correcto. A Frances le gustaría parecerse a Bobbi, y de alguna forma le guarda rencor por haber sido ella quien decidió dejar la relación de pareja y mantener sólo la amistad, hasta que conoce a Nick, un treintañero que está pasando por una mala racha en su matrimonio y en su trabajo como actor, y del que se enamora perdidamente. Frances acepta verlo sin que él deje a su mujer, Melissa, quien conoce a las chicas en una velada poética y las lleva a su casa para hacer un artículo sobre la poesía de Frances, incluso las invita a pasar una temporada en casa de unos amigos en Francia. Ahí empiezan los verdaderos problemas, porque Frances, ingenua y debutante en ese tipo de relaciones, no se da cuenta de que está siendo utilizada por Melissa, hasta que, cuando Nick se recupera de su depresión, decide recuperarlo ella también. En realidad esa era la intención verdadera de Melissa, conseguir que alguien le devolviera a su marido con la misma energía del principio, alegría que, entre otras razones, se le fue porque ella, su mujer, estuvo acostándose con otro. Melissa es fría, calculadora y no le importa herir a quien sea para obtener lo que quiere.

Formalmente la novela está dividida en dos partes. La primera se compone de 17 capítulos que abarcan desde que conocen al matrimonio hasta que termina la estancia en Ètables, y la segunda consta de 14 capítulos, del 18 al 31 en los que todo vuelve, o se pretende, a la normalidad; el verano ha terminado y, poco a poco, las relaciones también.

Ambas partes se caracterizan por la inclusión dialógica en la narración, a veces sin guiones, a veces sin el nombre de la persona que habla ; es más, cuando se trata de reproducir mensajes o correos electrónicos, puede que cambie de línea aunque sea la misma persona quien escriba, no la que responde como cabría esperar. En ocasiones, sin embargo, la reproducción es exacta:

Nick: estás despierta?
Yo:   
Nick: a ver, escucha
Nick: no sé qué quieres
Nick: es evidente que no podemos vernos muy a menudo…

El uso de la minúscula en todo momento evidencia también la modernidad de la escritora, adaptada a las redes sociales actuales.

Así pues, la diferencia reside básicamente en el contenido. En la primera parte Frances oculta a todos su relación con Nick, incluso viviendo en la misma casa, hasta que Bobbi se entera por él, y Melissa se entera porque es obvio.

No, no lo hagas, dijo Nick. Frances está… eeeh… Oh, Dios. Está aquí conmigo.
Hubo un largo silencio. Yo no alcanzaba a ver la cara de Bobbi, ni la de Nick…

Nick aún estaba en la cama cuando Bobbi y yo nos marchamos a la mañana siguiente. Melissa nos acompañó […] y nos observó en silencio mientras subíamos al autobús.

En la segunda, a Frances se le complica todo, su salud, la relación con sus amigos, empeora el vínculo con su padre, alcohólico, que saca a flote su desgraciada infancia y afecta aún más a su situación económica y, por supuesto, baja su rendimiento académico, hasta que, como en un tiempo circular, todo vuelve a estar como antes

Al caer la tarde paseábamos por Phoenix Park resguardadas bajo un paraguas cogidas del brazo y fumando al pie del monumento a Wellington

También está lo mío con Bobbi, que es importante para mí.
A mí me lo vas a decir, repuso Nick. Yo estoy casado […] Ven a buscarme, dije.

Indudablemente lo mejor son los diálogos, con expresiones completamente vigentes:

No había demasiadas imágenes de Melissa en internet […] No sabía cuánto tiempo llevaba casada con Nick. Ninguno de los dos era lo bastante famoso para que esa información circulara por la red.

Resulta muy raro […] descubrir que es muy observador y no se le escapa nada. En plan: ¿Dios, qué habrá visto de mí?

La locución comodín «en plan» está de total actualidad, bien como en el caso anterior, como la síntesis de una comparación, o bien como explicativa

Pero al mismo tiempo me hacía sentir muy poderosa, en plan, si vas a dejar que te bese, ¿qué más me dejarás hacer?

Mediante la narradora protagonista, Frances, vamos descubriendo sus miedos, sus traumas, su carácter… el de los demás aparece en la agilidad de esos diálogos, que llegan a ser por completo reflexivos y profundos en ocasiones, sobre todo para manifestar a la nueva mujer:

Bobbi:  si piensas en el amor como algo más que un fenómeno interpersonal
Bobbi:  y tratas de entenderlo como un sistema de valores social
Bobbi:  es lo antitético al capitalismo […] pero al mismo tiempo se pone al servicio del capitalismo y lo perpetúa
Bobbi:  p. ej. las madres que crían abnegadamente a sus hijos […] pero en realidad solo sirve para proveer gratuitamente de trabajadores al sistema

Hay mucho de novela actual, de hecho el asunto recuerda a la mitología cultural ya que es, si lo reflexionamos bien, un ensayo fundacional de la sociología contemporánea. Frances es un mito de femineidad actual, solitaria, algo excéntrica, pues se autoinflige dolor físico para hacer desaparecer el espiritual que la atormenta constantemente sólo por el hecho de que le falta seguridad en sí misma, de ahí que se repliegue en ella misma y no quiera ser controlada por nadie, ni siguiera por su mejor amiga, su amante —quizás porque se vio abocada a ello por falta de autoestima— Bobbi, la otra cara de la moneda en el mito femenino entre las chicas actuales, guapa, bulliciosa, intelectual, reivindicativa y mimada por su familia acomodada; no quiere manejar a nadie y va con la verdad por delante pues ha asumido su sexualidad y su condición y la pone como escudo ante posibles daños. Frances y Bobbi vivieron una relación de pareja, que luego quedó en pura amistad, y Frances cambió de orientación sexual hasta que Nick salió de su vida. En realidad no se da cuenta, o no quiere hacerlo, de su bisexualidad, hecho que de haberlo asumido la habría ayudado a madurar, y sin embargo deja su situación como al principio aunque asegure ir con la verdad por delante.

Conversaciones entre amigos es una novela que, aun basándose en la literatura tradicional, el triángulo amoroso lo hemos visto en abundantes obras; la chica rica feminista, amiga íntima de la pobre necesitada de amor, entre las que crecen sospechas, reproches y arrepentimientos nos recuerda, grosso modo es cierto, a Jane Austen y Emma y nos la recuerda en su total plenitud si atendemos a la ironía de Rooney «Soy normal, pensé. Tengo un cuerpo como todos los demás. Luego me rasqué el brazo con saña hasta sangrar», es una novela contemporánea, con una antiheroína actual, inmune a todo porque sólo disfruta con lo que le gustaría tener y es incapaz de hacerlo con aquello que ha conseguido, aunque sea el amor «Su piel estaba sudorosa y jadeaba con fuerza. Sentí que mi cuerpo se abría y cerraba como un vídeo en stop-motion de una flor […] y la sensación era tan real que creí estar alucinando».

El resto de personajes también son coetáneos, actúan con un concepto diferente al tradicional de moralidad «En cierta ocasión, mientras nos preparaba la cena, lo oí hablar por teléfono con Melissa […] Ese era el papel en el que parecía sentirse más cómodo, el de escuchar y hacer preguntas inteligentes que demostraban que había estado escuchando».

El caso es que mediante sus conversaciones llegan a conocerse a la perfección y nos hacen partícipes de ello a los lectores. ¿Será este el mensaje de la autora, que se debería hablar más en esta sociedad individualista y egoísta para encontrar que podemos no ser tan particulares ni ególatras como nos gusta creer? «Melissa me sostuvo la mirada y sacó un paquete de cigarrillos. No creo que Frances idolatre a nadie, dijo. Me encogí de hombros, impotente.»

El otro mensaje, que subyace en toda la novela, es uno de los problemas más graves de la sociedad moderna aunque aquí esté reflejado en Irlanda, el alcoholismo es una epidemia que entra las familias, en las ciudades y sólo sirve para destruir «No es fácil describir con exactitud en qué consistían aquellos cambios de humor de mi padre. A veces se iba de casa un par de días y cuando volvía lo encontrábamos vaciando mi hucha del Banco de Irlanda, o descubríamos que se había llevado la tele».

La introducción de coloquialismos y la banalización de la violencia contra uno mismo o hacia los demás, las ubicaciones reales, las meditaciones concretas, alejadas de cualquier metáfora, confirman una redacción auténtica con estilo directo, sincero y, por lo tanto, elevado. El lector intuye una crítica de la multitud que conlleva la actualidad, la deshumanización social, y sin embargo la autora pretende que asumamos, cada uno, el punto justo intermedio en el que nos movemos. «Subestimas tu propio poder porque así no tienes que sentirte culpable cuando tratas mal a los demás».

Hay multitud de temas en la novela para mantener verdaderas conversaciones entre amigos. Yo me he sentido identificada con alguna situaciones (¡creo que todas negativas!), ante otras, sin embargo no he mostrado empatía, pero ninguna deja indiferente.

Si Conversaciones entre amigos es la primera novela de Sally Rooney creo que nos encontramos ante un nuevo mito de la literatura que servirá para engrosar, aún más la larga lista de autores irlandeses que tanto nos ha dado al resto de mortales.

domingo, 5 de agosto de 2018

DONDE NO ESTÁS




Todo recuerda a la muerte en Donde no estás. Una novela cargada de voces narrativas en las que, cada una bajo su punto de vista, nos lleva al pasado, a principios del siglo XX en España, a la infancia que le tocó, probablemente la peor de la historia, vivir a una serie de personas encerradas en su pueblo, luchando contra políticos, entre ellos mismos en la guerra, y contra sus propios recuerdos que, con el paso del tiempo se confunden los de unos con los de otros; no hay diferencias entre los habitantes de Villalba como tampoco las hay entre ellos y la naturaleza o entre los vivos y los muertos. Las personificaciones se encargan de recordárnoslo «El viento hacía susurrar las hojas y era como si los espíritus cuchichearan sobre sus problemas […] El cuarto del niño estaba en penumbra, olía a sebo, a cera y a algo más, una especie de putrefacción».

El interés por lo oscuro nos lleva al mundo de los sueños; de esta forma la protagonista, Ana, explora lo desconocido, pues todo le habla mediante el lenguaje oral, gestos o símbolos; pero allí, en el campo, la sensibilidad de Ana adquiere dimensiones excepcionales «vi la sombra blanca de una lechuza […] silenciosa como un fantasma […] había un pozo […] El rocío helado y húmedo rozaba mis pies desnudos, sentía la luz fría de la luna. Pensaba en la niña que había crecido con mi madre […] volví a inclinarme sobre su boca y la llamé. Pero ni un solo sonido salió de mis labios.»

El sueño se mezcla con la realidad hasta encontrar verdaderos pasajes del Realismo Mágico puesto que las situaciones quedan exactamente reproducidas, al menos Gustavo Martín Garzo lo intenta, aunque gran carga de tensión emocional planea sobre esa existencia sin que sea idealizada «Una noche, en uno de mis paseos silenciosos vi desde la ventana a la Señora en el patio […] Había allí una higuera y su vestido blanco destacaba entre las hojas oscuras, que recordaban manos humanas. De pronto empezó a reptar por la pared».

Es difícil encasillar esta novela, pero no debemos hacerlo pues, excepto acción —a no ser la que nos imaginemos de los relatos surgidos— encontramos de todo. No es una novela perteneciente en su totalidad al Realismo Mágico pues a veces nos sorprenden secuencias que recuerdan a los cuentos tradicionales «una pobre chica que una tarde descendió a escondidas por aquellas escaleras malditas y nunca regresó. La oían llorar por las noches, pero por más que la buscaron no pudieron dar con ella». Tampoco es una novela de lo sobrenatural, aunque a veces haga presencia el amor, la intimidad, en una realidad paralela «y aunque ella le bañó varias veces, el olor no tardaba en regresar y sin embargo había en él una dulzura extraña, desacostumbrada […] Era como un niño robado […] Ella sabía que algo raro pasaba […] Al tercer día […] vio a su cuñada correr precipitadamente en su busca. Llevaba una carta en sus manos […] Su marido había muerto tres días atrás y aquella carta lo anunciaba».-

No es una novela feminista, aunque sean las mujeres las verdaderas protagonistas y en muchos casos quienes marcan el camino a seguir «Regina es grande y pesada, y disfruta aterrorizándonos con sus historias». La mujer fuerte, decisiva aunque sufridora e infeliz está presente incluso en la metaliteratura «La historia de Quasimodo y la desdichada Esmeralda…» «Emma, su protagonista (de Madame Bovary) se ha adueñado de mi vida. Sueño con ella».

La novela es una mezcla de relatos históricos con personajes costumbristas y otros naturalistas, mezcla del pasado y del presente, que nunca son objetivos hasta el punto de que todo en ella queda desfigurado porque «Cuando hablamos del pasado siempre mentimos. No contamos las cosas como sucedieron sino como nos hubiera gustado que fueran, ya que la vida nunca es como deseamos que sea»; por eso Ana, a pesar de aceptar un cambio de identidad para enterarse de todo lo ocurrido en casa de su abuela, no lo consigue; no obstante «Iba a decirle que yo no era Lucía, sino su hija pero […] Bueno, tú también eras una descarada. Te gustaban los hombres más que a un choto la miel».

Las típicas expresiones de pueblo van marcando los recuerdos de la abuela, que a veces se contradicen con los de la criada Fernanda, o pretenden quedar ocultos… hasta que la maestra de Lucía le entrega a Ana una libreta escrita por su madre para que la leyese cuando fuera mayor. De ahí que, si hacemos más caso a ese cuaderno, supuestamente escrito en su contemporaneidad, nos topamos con la brutalidad del momento, las brumas de los recuerdos se despejan cuando España dejó de ser un país para convertirse en un nido de rencores, atrocidades y angustias que sus habitantes se hicieron a ellas intentando no pensar demasiado, porque la realidad se había desnaturalizado.

Por eso cada sobreviviente recuerda lo que le interesó o le marcó de forma específica «Ya en el tren de regreso, la abuela se volvió a Fernanda y le dijo de repente: Nunca he sabido amar. Para la abuela todo es igual: las personas, los niños, los animales, las gavillas de trigo, las patatas y los melones».

¿Pero esa animalización es capaz de permanecer en personas que, como Ana, en la década de los 60, no vivieron la guerra, no estuvieron en aquellos lugares marcados por el odio? ¿O es que el ambiente que nos rodea decide nuestros actos como si se tratara de un sueño en el que no podemos cambiar nada porque no somos dueños de nuestros actos? ¿O es que existen los fantasmas? «Yo iba por el pasillo cuando me volví, estaba a mi espalda, mirándome. Parecía decirme: solo vengo por ti. Enfrente había un espejo pero su figura no se reflejaba en él».

Lo que está claro es que son ellas, las mujeres de campo, de pueblo, las verdaderas protagonistas, mujeres que no podían permitirse, a principios del XX, un momento de flaqueza, de sensibilidad, mujeres duras cuyos sentimientos quedaron apartados desde niñas, para no convertirse en objeto de habladurías, para no distinguirse del resto, «Sois todas igual, unas putas. Los hombres vendrán a buscaros por las noches, se meterán en vuestras camas para preñaros, y lo peor es que les suplicaréis, que iréis detrás de ellos como las perras» (¡Que presente el recuerdo de Bernarda Alba!). Aunque puede que esa actitud fuese la consecuencia de una realidad tan cruel, que las arrastró por el fango hasta no dejarlas distinguir el bien del mal, «robaban a los niños. Eran los hijos de los derrotados. Estaban en los orfelinatos y todas aquellas mujeres de familias del régimen, cuando no podían parir, los iban a buscar en secreto. Eran las monjas quienes se los daban por unos cuantos billetes, pensaban que así salvaban sus almas».

En la novela, Gustavo Martín Garzo introduce constantes alusiones religiosas, como si sólo en la Iglesia, o en Dios, fuésemos capaces de encontrar la paz, la tranquilidad o el amor, «Este domingo, en la misa, había un sacerdote nuevo […] nos habló con mucha dulzura de la gracia. La gracia expresaba el amor que Dios sentía por sus criaturas» «La otra tarde acababa de sentarme y de coger el breviario…» «Por las tardes me pedía que le leyera libros religiosos» «Se llamaba como la mujer de Abraham». La religión está presente de manera continua, aunque la mayoría de las veces es para criticar su actuación en una sociedad desolada, animalizada, desamparada (de ahí que en otras ocasiones actúe simplemente como bálsamo aliviador) «Aquella guerra lo cambió todo […] Todo lo mezcló: las cartas de los novios con las delaciones de los vecinos, la lujuria con las canciones de cuna, el agua bendita con los asesinatos».

Creo que aquí está la clave, en la guerra civil cuyas consecuencias fueron la muerte en ambos bandos, la animalización de los vencedores —por miedo— y la humillación y esclavitud de los vencidos —por miedo también— Argumento bien escrito, exento de originalidad aunque tocado por una gran sensibilidad mediante la que sus diferentes personajes expresan su intimidad y consiguen que el lector reflexione sobre el dolor y embrutecimiento posterior de la gente, sobre todo de los pueblos, del campo, al quedar unida a la naturaleza como si fuera parte de ella, donde las catástrofes se suceden sin remedio; y sobre la angustia y temor de aquellos vencedores que sufrieron una reeducación por parte de los militares para que obedecieran sus aspiraciones, haciéndoles pensar que cualquier otra situación sería peor.

La guerra fue perfecta para esta reeducación, pues al agotar físicamente el cuerpo se crean personas menos propensas a discutir (es luego cuando aparecen los traumas) «y las mujeres estaban sujetas sin remedio a la voluntad de sus maridos y sus padres. A tu padre muchas de aquellas cosas no le gustaban, pero tenía miedo a lo que este cambio podía provocar».

España se convirtió en un lugar en el que cualquier momento que no estuviera presidido por la muerte significaba felicidad, y esto queda expuesto en Donde no estás con descripciones espeluznantes «y tenían al niño muerto sobre la mesa de la cocina […] la madre estaba junto al pequeño. No decía nada»; con comparaciones desoladoras «La muerte era que dejaran de buscarte, como si en el juego del escondite todos se olvidaran de ti»; o con metáforas que consiguen de la narración una expresión, a veces, poética «el amor para las mujeres: meter un león en casa […] sentirles rugir por la noche en la puerta de sus dormitorios». Asimismo la escritura está llena de analepsis que nos llevan al pasado, y de digresiones mediante las que descubrimos paisajes y acciones que tuvieron sentido —o sinsentido— en su momento; de hecho la novela comienza in medias res «He vuelto a ver a la Señora. Estaba al pie de la cama…» y el principio de la historia queda en el capítulo 34 «No había hecho a gusto aquel viaje. La idea de encontrarme con una vieja malhumorada a la que no conocía no me atraía lo más mínimo.» Y esa es la realidad que percibimos en las páginas de Donde no estás, una verdad difuminada por el supicio de aquéllos a los que les tocó vivir un determinado momento, que hizo de sus vidas un caos causante de la mansedumbre necesaria para que no distinguieran el presente del pasado o del futuro; todo era lo mismo, incluso sus sentimientos, ocultos desde el momento en que nacían

Novela pues, definitivamente, de reivindicación a la memoria histórica, pues si leemos Donde no estás, no querremos permitir otra situación siquiera parecida.

domingo, 29 de julio de 2018

YA ESTÁ EL LISTO QUE TODO LO SABE



Una vez terminado Anatomía de la lengua, me apetecía hacer lo propio con Ya está el listo que todo lo sabe. En general no me ha defraudado, si bien es cierto que he localizado algún fallo parcial, como la categoría que asume la palabra «crucigrama». Efectivamente el significado es el de palabras cruzadas, pero no está formada «del prefijo “cruci” [cruzado] y del sufijo “grama” [trazado]», sino que es una palabra compuesta por dos raíces, una de origen latino “cruz” y otra de origen griego “gramma” (escrito, letra). En otras ocasiones, las respuestas al enunciado propuesto no son del todo adecuadas como «El origen de la expresión salir del armario»; todos pensamos que dirá algo así como que tener algo guardado implica que nadie lo vea, por vergüenza o posibles represalias, como si se tratase de algo malo (la homosexualidad no estuvo bien vista en tiempos anteriores), de hecho hay expresiones parecidas que implican aspectos graves o deshonrosos de una persona y cuando no se quiere hablar de ello públicamente se alude a “tener cadáveres en el armario”; pero en Ya está el listo que todo lo sabe no expone nada de esto sino que informa quién fue el primero en utilizarla.

Asimismo hay explicaciones poco convincentes, como el origen de la servilleta. Alfred López lo atribuye (de forma un tanto rocambolesca) a Leonardo da Vinci, aunque existen pruebas de que los griegos usaban la miga del pan para limpiarse y los romanos disponían, además del sudario (para limpiarse el sudor), del mappae, un lienzo que evitaba la suciedad en las manos y en la mesa.

Sin embargo, la mayor parte del libro, está formada por indagaciones que, sin duda, nos entretienen al tiempo que nos hacen reflexionar sobre nuestra lengua. He comentado algunas dudas que me han surgido sobre la lectura pero en general está lleno de curiosidades, en concreto 366, una para cada día del año, que como todas las singularidades está bien leer alguna de vez en cuando. Lo bueno es que no hay por qué seguir el orden establecido sino que podemos elegir la que nos interesa en el momento adecuado puesto que cada una va introducida por una pregunta. Las respuestas, según las expectativas que tengamos, son de diferente acierto, pero ya se sabe, no todo en la vida es pura magia; es interesante razonar por qué, según la Biblia, a Jesucristo lo crucificaron en el monte Calvario, y por qué seguimos empleando la expresión «sufrir un calvario» cuando algo es muy penoso. Calvario deriva del latín calvarium «calavera». También podremos enterarnos de cómo determinadas palabras cambian de sentido siguiendo estrategias de marketing, como ocurre con best seller expresión que hoy podemos encontrar referida a un libro que acaba de salir a la venta.

Aparecen localizados bastantes cambios en el significante y significado de las palabras, por eliminación del significado original, de ahí que el término gafedad (enfermedad relativa a un tipo de lepra y que, a pesar de no ser contagiosa hacía que quien la padeciera se encontrase solo) diera gafo en un principio para los enfermos y hoy por extensión del significado se denomina gafe a quien trae en general mala suerte. Curioso pues, gafe, que alude tanto al masculino como al femenino (volvemos de nuevo al género inclusivo).

Hay términos en nuestra lengua que, de su origen humilde, han pasado a ser insultos a pesar de las buenas connotaciones que tuvieron. Cuando me enteré de la etimología de pánfilo me apené (un poco) al darme cuenta de lo crueles que podemos llegar a ser los hombres (no sólo los niños a la hora de insultar sin piedad tienen la exclusiva). Algo parecido me ha sucedido al saber por qué llamamos panoli a alguien bobo, confiado, es decir por qué panoli y pánfilo son sinónimos viniendo además de diferentes etimologías y lenguas. Otros términos no dan pena, evidentemente, pero son los que mejor ponen de manifiesto que el signo lingüístico no es tan arbitrario como creíamos, si la prueba está en palabras como las anteriores panoli o pánfilo, definitivamente encontramos otras que se llaman así, no por casualidad, sino porque llevan el nombre de su inventor, como el caso de gillette o sándwich.

Ya comenté, al leer Anatomía de la lengua que me pareció fabulosa la evolución de la palabra bikini como prenda de baño formada popular y erróneamente por el prefijo bi–. Ahora, he experimentado un regocijo parecido al enterarme de por qué un bikini es un sándwich caliente de jamón y queso en Cataluña… La elipsis, que ha dado mucho juego en la lengua, y la metonimia, en la formación de palabras.

Otras curiosidades, además de serlo por el hecho en sí, como el alivio que sintió Felipe III al enterarse de que la Venus de Tiziano no había quedado dañada tras el incendio del Palacio Real de El Prado en 1604, sirven para darnos cuenta de lo ignorantes que en general ¿han sido? nuestros gobernantes, o cuanto menos, de la poca importancia que se le ha concedido a la cultura en este país (no desvelo nada, pero si esto ocurrió en el Siglo de Oro, ahora no nos extrañemos de que pase lo que pasa).

Esta curiosidad es mía, pero viene al caso: cuando yo era pequeña, el dibujo, las manualidades, eran consideradas como “marías” (probablemente por asociación con la simplicidad de la galleta que lleva el nombre, o no, pero la respuesta al nombre de las tres Marías que aparecen en la Biblia no termina de convencerme); hoy la educación cuenta con un bachillerato de Artes, que en ningún caso, y sólo en algunos institutos, se le concede la misma importancia que al de Ciencias… Ya se sabe, esos alocados que se dedican a experimentar sensaciones a través de la imagen, palabra o movimiento no merecen la misma consideración que quienes se pasarán la vida en un laboratorio. No quiero alargarme, pero me ha sorprendido lo poco que hemos cambiado con el paso del tiempo.

El ingenio popular, qué duda cabe, ha sido el responsable de expresiones totalmente asentadas y que en realidad son falsas, como la tortilla francesa que no empezó a cocinarse en Francia (o sí) pero sí en España «cuando los franceses» (en el asedio de los franceses a Cádiz a principios del XIX), por la evidente escasez de alimentos que sufrió la época.

Indudablemente también hay leyendas urbanas, o puede que sean ciertas, que consiguen atraer nuestra atención. Al insultar a alguien con el típico «vete a hacer puñetas» creo que casi todo el mundo entiende que se envía a alguien a un trabajo laborioso para que se fastidie y nos deje tranquilos (debe ser bastante entretenido realizar una puñeta por la cantidad de puntillas que lleva); lo que ya no es tan del saber popular es que puede conllevar una mala intención (por ser un trabajo realizado por presas) o incluso una intención sexual (si tenemos en cuenta su significado portugués).

El buen humor popular es el consecuente de que expresiones que tengan un carácter peyorativo como «montar un poyo» deriven de un noble (o instigador) trabajo con el que se ganaban la vida algunas personas.

Es extraordinario el comportamiento de algunos animales, del que debíamos aprender los humanos; lo que llama la atención de las luciérnagas —aparte de saber por qué brillan— es que se iluminan los machos para conquistar a las hembras y sólo las que desean corresponder brillan también, para que ellos sepan a quienes deben dirigirse.

Respecto al nivel semántico (de significado) es interesante saber cómo expresiones que tuvieron su origen en motivos marineros: «aguantar cada palo su vela» en un barco, se extendieron a otros campos hasta deformar la expresión en «que cada uno aguante su vela», dicho, por otra parte, que refleja el egoísmo y la falta de solidaridad de quien lo utiliza.

Por asociación de imágenes puede que los camellos de droga sean llamados así, pues parece que en 1926 «Dicho traficante simulaba ser jorobado y escondía toda su mercancía en una enorme joroba de cartón que llevaba colocada en la espalda, bajo su ropa». Otra palabra que indudablemente adquiere el sentido de una imagen, en este caso del pasado, es «esclava» pues esa pulsera recuerda a los grilletes que llevaban aquellos seres humanos no considerados como tales.

En Ya está el listo que todo lo sabe encontramos asimismo referencias a hechos que damos por sentado, como que los gatos suelen caer de pie. En estos casos las explicaciones suelen ser científicas, pero más vale que no las pongamos en práctica.

También podemos asistir a cómo algunos términos han flexionado de forma que pueden ser confundidos con otros que no tienen nada que ver, como el caso de los «chorizos» palabra que era utilizada en caló como chorí, chorizar o chorar para referirse al ladrón o a robar. Y a por qué algunas palabras derivan directamente del nombre de la persona responsable del significado como es el caso de «onanismo» derivado de Onán. Igualmente existen expresiones metafóricas, como «meterse en un berenjenal» que aluden a lo espinoso de la situación —comparada a las espinas de las hojas de dicha planta—.

En otros casos aparecen leyendas que, aunque contienen parte de verdad, no se sabe a ciencia cierta su integridad, como la desgracia ocurrida cuando, en una reyerta, perdió un brazo Valle-Inclán por un bastonazo propinado por Manuel Bueno; parece ser que no fue un gemelo incrustado en la muñeca la causa del golpe asestado por su contrincante lo que derivó en una gangrena y posteriormente la amputación, sino porque el efecto del impacto causó una rotura ósea imposible de tratar hace más de un siglo. No obstante lo importante es el hecho real producido por la forma de altivez e ironía que el mismo don Ramón quiso granjearse, de ahí que ante la pregunta que muchos le hacían sobre esa pérdida —la de su brazo— él contestaba con fantasías desde que se lo cortó el mismo porque faltaba carne para el estofado, hasta que se lo arrancó un león.

Algunas curiosidades más que peculiaridades parecen chistes, no quiero desvelar mucho; pero lo de menos es que ésta será real, lo que cuenta es que «la enemistad que existía entre el primer ministro británico Winston Churchill y lady Astor, la primera mujer que ocupó un escaño en la cámara de los Comunes» llegó a tal extremo que la leyenda del diálogo mantenido nos hace reír «—Si usted fuera mi esposo, envenenaría su té. —Señora, si usted fuera mi esposa, me lo bebería». Indudablemente los casos más graciosos son los referidos a la política o a los reyes —siempre se habla abiertamente cuando se sabe que no hay nada que perder—; en cualquier caso también disfrutamos con anécdotas como la protagonizada por el ministro británico Disraeli al preguntarle por la diferencia entre una desgracia y una catástrofe y su respuesta fue «Si Gladstone cayera al Támesis y se ahoga sería una desgracia. Pero si alguien lo sacara del agua, eso sería una catástrofe» Lo de menos es por qué le preguntan eso al ministro, lo importante es el ingenio del político —o del pueblo— al inventarlo.

Otras fábulas son difíciles de sustentar, al menos por los escépticos, como la protagonizada por Praxíteles y su modelo (y probablemente amante) Friné; dado que apenas tenemos datos de este escultor griego del siglo IV a. de C., es dudoso que se sepa fehacientemente la conversación entre el artista y la modelo, aunque una vez más sirve para destacar la perspicacia de los humildes.

Destacan acciones que derivan de la lógica, como la de «la cuenta hacia atrás», pero que, muchos de nosotros, no nos habíamos parado a pensar en ello. Al leer Ya está el listo que todo lo sabe nos enteramos de que la nomofobia es el mal que aqueja a la sociedad, mientras que la querofobia es difícil de tratar porque en muchos casos es confundida con la depresión; y de que la fiesta de Halloween proviene «del Samhain, celebración del final de la época de las cosechas y principios del año nuevo celta»; de que las plañideras datan ¡«del antiguo Egipto»! o de que el castizo chotis deriva de «un tipo de polca alemana»

Pues, ¡que disfruten con todas las curiosidades!

domingo, 22 de julio de 2018

ANATOMÍA DE LA LENGUA



Es curioso que, algo que utilizamos constantemente, sea tan poco conocido por los usuarios, o al menos, tan poco reflexionado. Y es más curioso aún que, algo frío, científico, difícil según el término empleado por muchos, como es la lengua, aparezca explicada de forma tan amena, agradable, humorística incluso. Para hacer esto, para tratar sobre la gramática generativa —un hueso en la carrera de Filología, o sobre la relación entre Lenguaje – Pensamiento y Cultura con una sencillez rotunda, consiguiendo que todos lo entendamos, hay que saber mucho. Y eso es lo que demuestra Elena Álvarez Mellado, conocer la lengua (las lenguas) en profundidad, entender el mecanismo que la pone en marcha, que la mantiene y la hace desaparecer porque es un ser vivo y por lo tanto, y como todos, cambiante; algo que titubea en sus comienzos, se maneja con toda seguridad en su periodo de madurez y vuelve a dudar en su extinción. Así nos lo hace llegar la autora de Anatomía de la lengua, libro que debería leer todo hablante —al menos del castellano— para entender por qué habla así y no de otra manera y, sobre todo, para no rasgarse las vestiduras porque un término que nos parece importantísimo deje de serlo, o porque añadamos a nuestra lengua un considerable número de anglicismos, ¡como si no tuviésemos aquí los equivalentes en castellano! Elena Álvarez lo explica con sencillez, tratando siempre a la lengua como lo que es, algo vivo que nos identifica pues forma parte de nosotros en una sociedad determinada, de una época concreta.

Es cierto que es un rasgo esencial de nuestra tradición, de nuestra cultura… por eso el español no nació puro sino formado de una mezcla, a veces siguiendo una norma, otras erróneamente, de otras lenguas que cohabitaron en un momento determinado como el ibero, el celta, el vasco, el latín, el griego… o inventando términos según necesidades del momento.

Si entendemos esto, veremos que determinadas polémicas actuales, que parecen no llegar a ningún sitio, no son tan descabelladas… y lo digo yo que sigo utilizando el masculino como género globalizador, porque así lo manda la RAE y así lo entendí en su momento y así lo asimilé, como algo que no tenía que ver con el machismo sino con una normativa. Pero esa normativa llegó de la mano de los hombres exclusivamente, entre otras razones porque la mujer era poco menos que nada, no podía hacer nada ni disponer de su vida si no era con el permiso paterno o del marido. Actualmente la mujer es libre, tiene entidad propia, lo lógico es que quiera ser nombrada de forma adecuada. Y ahora hay personas que también se han hecho un sitio importante en la sociedad y no se consideran hombre o mujer sino una mezcla de ambos, o son hombres embutidos en un cuerpo de mujer o viceversa… ¿cómo habría que llamarlos? El día del orgullo oí a Carmena en televisión referirse a la multitud como nosotros, nosotras, nosotres; en principio lo vi como una salida simpática; después de leer Anatomía de la lengua creo que no es descabellada la idea de formar un término que nos englobe a todos. Ante la posibilidad de que la RAE pensase siquiera en cambiar la noción de género, tal como pidió Carmen Calvo, vicepresidenta del gobierno, un académico dijo que él dimitiría a lo que, con gracia e ironía, Clara Serra, diputada autonómica madrileña de Podemos, contestó «De los 46 académicos de la RAE solo 8 son mujeres. Queremos agradecer a Reverte que esté dispuesto a dar un paso a un lado».

Pues dejando polémicas actuales “a un lado” nos centraremos en Anatomía de la lengua, un libro fantástico, científico pero lleno de curiosidades, pues si es cierto que tiene una base teórica, lo que predominan son los ejemplos, que dan respuesta a aquellas preguntas que en un momento u otro nos hemos hecho sobre el lenguaje. A lo mejor no se nos había ocurrido, ni la respuesta ni siquiera la pregunta y es entonces cuando más nos admiramos, al ver hasta dónde podemos profundizar. De manera desenfadada llegamos a conocer un poco mejor nuestra lengua y su funcionamiento; por eso el libro es recomendable para todos, yo diría que de obligada lectura, porque todos hemos experimentado un mínimo de intriga al plantearnos por qué hablamos así, por qué la mesa se llama mesa y tiene patas cuando en realidad no posee ninguna. Si construimos algo nos sentimos identificados con ello y sentimos curiosidad por saberlo todo de aquello que hemos logrado, desde una comida hasta la decoración de una casa o la construcción de un parque. Pues la lengua la hemos creado entre todos de forma totalmente democrática «Mientras nos dedicamos a discutir si la palabra empoderar es válida o no y a rasgarnos las vestiduras por los anglicismos que entran en la lengua cada día, nos estamos privando del inmenso placer de observar cómo hablamos y de entender por qué hablamos como hablamos».

A pesar de que la lengua ha ido cambiando según las necesidades de la sociedad que la utiliza, siempre ha tenido detractores del cambio; afortunadamente también defensores, por ello no seguimos hablando en protoindoeuropeo y poseemos un español rico, que sirve para comunicarnos y que hace tiempo dejó de “desfacer entuertos”; a propósito de esto, Álvarez Mellado nos recuerda casos que han debido luchar, incluso en el siglo XIX contra la propia RAE para lograr que sus voces fueran escuchadas: Ramón Joaquín Domínguez realizó un Diccionario General o Gran Diccionario Clásico de la Lengua Española, donde no duda en atacar definiciones que la RAE había propuesto, asimismo «Moliner confeccionó un diccionario que no caía en las numerosas deficiencias de las que pecaba el diccionario dela RAE. […] era una intelectual como la copa de un pino que la sociedad de su época ignoró porque era mujer y de convicciones republicanas».

En cuanto a Anatomía de la lengua recomiendo encarecidamente a los profesores que lean cómo explica cada uno de los niveles de la lengua, algo que a los alumnos les cuesta y Elena Álvarez lo aclara de forma curiosa y sencilla porque siempre trata de la lengua como de un ser vivo «El darwinismo léxico es implacable y solo las verdaderamente adaptadas al medio sobreviven. No obstante, el ritmo de los diccionarios para aceptar palabras es muy inferior a la velocidad del idioma y esto hace que no sean pocas las palabras que viven al margen de la ley diccioneril».

Está claro que si no queremos vivir en una anarquía léxica, como tampoco queremos una anarquía social, debemos atenernos a unas normas. Podemos vivir en sociedad sin problemas (esto es un decir) porque hay normas esenciales que todos hemos de cumplir para que ésta funcione como una estructura perfecta. Es cierto que algunas normas van cambiando, o ya no se tienen por tales, también lo es que hay normas que desaparecen con mejor o peor criterio. Cuando era niña en algunos de mis libros estudié que las mujeres debían entrar a la iglesia con la cabeza y los hombros tapados. Hoy ya no tiene sentido esa norma y —creo, porque lo veo— las mujeres entran a la iglesia con tirantes si es verano o en pantalón corto. Sin embargo también leí que por la acera debíamos caminar por la derecha si queríamos tener preferencia; así cuando la acera era muy estrecha y se cruzaban dos personas siempre bajaba a la calzada aquella que circulaba por la izquierda; esto era de cajón, entre otras cosas porque es el que va por la izquierda quien ve si viene o no algún coche; pues ahora esto no se refleja en los libros ¿se da por sabido? lo dudo, viendo el comportamiento de algunos. Con las normas lingüísticas ocurre lo mismo, por eso le doy la razón a la autora al afirmar que «tener una norma compartida puede resultar bastante útil […] Pero una norma lingüística que genera complicaciones a quien escribe y ningún beneficio a quien lee es una norma absurda que ha perdido su razón de ser».

Sin embargo parece que cada vez tendemos a esforzarnos menos —en todo en general— así si es cierto que debería haber «buenas prácticas para facilitar la accesibilidad lingüística y directrices para redactar textos más comprensibles para todos», también lo es que el analfabetismo antiguo, el que consistía en no saber leer ni escribir, se erradicó a base de trabajo por parte de todos; por la misma razón todos deberíamos esforzarnos en combatir el analfabetismo actual, el que consiste en no entender lo que se lee, así que además de facilitar la accesibilidad lingüística se debería imponer el uso del diccionario porque como la propia Elena Álvarez afirma más adelante «El lenguaje conlleva un grado de abstracción tal que está ligado a la evolución y al desarrollo de las habilidades cognitivas típicamente humanas».

Es cierto que no debemos hablar como queramos porque somos una comunidad que refleja su pensamiento a través del lenguaje y, entre otras razones, si cada uno hablase como quisiera se lo pondríamos muy difícil a aquellos extranjeros, o nativos, que sintieran necesidad de aprender nuestra lengua «asomarnos a otra lengua es una manera fascinante de admitir cómo entienden el universo otros humanos»; de ahí que, por ejemplo, la expresión de la dirección sea diferente en lenguas distintas, nosotros nos ubicamos delante, detrás, a la derecha a la izquierda, pero «el gungu yimithirr tiene dirección absoluta» (según los puntos cardinales). Tampoco los colores fragmentan el continuo cromático de la misma manera en todas las lenguas «en el vietnamita hablan, para distinguir, de azul cielo a azul hierba», pero no nos equivoquemos, este hecho, así como el de diferentes sistemas numéricos, en base 10, en base 2…, diferentes usos verbales o diferentes clasificaciones del género no implica que unas lenguas perciban el mundo de manera más perfecta que otras (por ahí empezó la convicción de la supremacía nazi); todos percibimos lo mismo y «en cualquier momento podemos crear nombres nuevos si la situación lo requiere». La autora constata esto con multitud de ejemplos, y siempre con buen humor, sobre la formación del castellano: «la palabra carpintero es […] mitad celta, mitad latina» al igual que «cerveza», «Segóbriga […] ejemplo de palabra celta […] El nombre de Segovia es una variante de la misma palabra».

Multitud de anécdotas curiosas como por qué «lacónico» significa parco en palabras, por qué usamos los helenismos «mamotreto», o «troyano» como virus informático. Palabras de diferente origen que se han quedado con nosotros como tahona (del árabe) y panadería (del latín). Por qué expresiones correctas como el ungüento árabe «atutía» quedó por expresión popular en «no hay tu tía». Por qué ya consideramos como nuestras canoa, tomate, cacahuete, colibrí y tantos otros americanismos, o nadie se para a pensar que partitura, adagio, batuta o contrabajo son italianismos, que capicúa es un catalanismo así como cantimplora, o que zurrón, izquierda, órdago, y —posiblemente— guiri sean préstamos del vasco.

Está claro que todo esto contribuye a que «la lozanía de una lengua sea su capacidad para generar nuevos elementos que recojan cualquier realidad».

Pero las lenguas no sólo nacen sino que como piezas de “lego” crecen con prefijos y sufijos que hoy han fosilizado (como en la palabra menisco, o en anterior, y están dispuestas a recibir nuevos prefijos y sufijos —anteriormente) «El sufijo fósil –érrimo […] restringido a unos cuantos superlativos latinizantes de postín como libérrimo, paupérrimo […] parece estar volviendo del más allá cual trilobites resurrecto y al que a fuerza del uso festivalero por parte de los hablantes se le oye respirar […] tontérrimo, guapérrimo…».

Elena Álvarez Mellado explica la lengua como algo divertido, de forma lógica y asequible; algo que nace, crece, madura o se transforma (ya no decimos televisión o supermercado sino tele y súper, ya no empleamos las locuciones «si quiera», o «en seguida»” sino que se han transformado en los adverbios «siquiera» o «enseguida» bien por causas lógicas o por desconocimiento, de ahí que la palabra simple bikini, por desconocimiento y pensando que estaba formada con el prefijo bi– diera «trikini, monokini, microkini […] hasta es posible dar con un minoritario cerokini como sinónimo de nudismo»); y como todo ser vivo, muere, de ahí que nuestra castiza pardiez (realmente adaptación francesa de par Dieu) ya haya quedado obsoleta.

Pero si tenemos en cuenta todo lo dicho (y mucho más que encontramos en Anatomía de la lengua, no hablaremos más de lenguas muertas; «Quizá […] el latín es una lengua zombi: está muerta porque ya no se habla, pero de alguna manera sigue muy activa».

Visto, o leído esto, me queda recomendar, además de su lectura, que pasemos por la web molinodeideas.es, un proyecto interesante, de donde ha salido éste y otros libros, para los que sintamos curiosidad por la lengua, acentuación, morfología, sintaxis, formación de palabras, blogs de eventos o cursos. Puede que así razonemos algo más antes de ser tan categóricos en admitir o no sugerencias que la colectividad de hablantes viene pidiendo —y usando— durante bastante tiempo.