martes, 7 de marzo de 2017

DON JUAN TENORIO


¿Qué tiene Don Juan Tenorio para continuar en escena? Es cierto que ya no de forma regular, lo que indica que, al menos su contenido, ha quedado obsoleto en el siglo XXI. No están las cosas para venir con actitudes machistas o bravuconas ahora que, por todos los medios, intentamos una sociedad igualitaria en cuanto al sexo o una sociedad en la que quede erradicada la violencia. Pero aún no ha desaparecido de los escenarios, aún sigue en los planes de estudio, así que intentaremos analizarlo con objetividad.

Es, en principio, un drama romántico; José Zorrilla perteneció, por la época en que vivió, a ese movimiento y sin embargo el héroe se aferra al final a la Iglesia implorando perdón. Creo que ahí está la clave, en la finalidad didáctico-propagandista eclesiástica. Siempre es reconfortante saber que todos podemos salvarnos si lo consigue hasta el ser más despreciable. Realmente don Juan Tenorio es abominable, él mismo se define

que el orbe es testigo
de que hipócrita no soy,
pues por doquiera que voy
va el escándalo conmigo.

A veces, oyéndolo, tenemos la impresión de estar ante un personaje del Siglo de Oro

Las romanas caprichosas,
las costumbres licenciosas,
yo gallardo y calavera,
¿quién a cuento redujera
mis empresas amorosas?

El lenguaje, la ambientación de la época y las costumbres representadas nos recuerdan a alguna tragedia barroca aunque exagerada en extremo

Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo a los claustros escalé
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.

Además, a Ciutti le falta el punto cómico del criado, pero en las circunstancias en las que se encuentra no es de extrañar; en ningún momento hace burlas o recrimina a su señor, siempre lo obedece limitándose a efectuar lo que le ordena, incluso en momentos en los que lo considera una locura

DON JUAN.-       Déjale franca la entrada,
                            pero a él solo.
CIUTTI.-                                   Mas señor...
DON JUAN.-       Obedéceme.                       (Vase Ciutti)

Así que si hoy no empatizamos con este mito está claro que el éxito debe venir de otra parte, puede que de la puesta en escena.

Don Juan Tenorio es quien abre la representación, y en su parlamento ya deja claro, amenazante, qué características lo definen; maldice al pueblo y en su imprecación va implícito el valor que muestra ante la muerte.

¡Cuál gritan esos malditos!
¡Pero mal rayo me parta
si en concluyendo esta carta,
no pagan caros sus gritos!

La pasión por el diablo tuvo un punto álgido en el Romanticismo, así como la obsesión por la juventud, el desprecio a la vida y a todo lo que encerrase normas terrenales o divinas, por lo que no es de extrañar que una vez que Don Juan ha hecho su advertencia, ha salido de escena y ha vuelto a entrar como integrante de la apuesta con don Luis Mejía, lo haga de manera totalmente efectista, adelantando en este caso la fuerza escénica que va a tener. «(Se oyen dar las ocho; varias personas entran y se reparten en silencio por la escena; al dar la última campanada, don Juan, con antifaz, se llega a la mesa...)».

Como tampoco son raros los juramentos y expresiones alusivas al infierno que pueblan el texto dramático «¡voto a tal!», «Por la cruz de San Andrés!», «¡Por Satanás...!», «Reportaos, por Belcebú!», «pero él es un Satanás», «Mas lleva ese hombre consigo / algún diablo familiar».

Sin embargo analizaremos si este drama es verdaderamente romántico o va un punto más allá.

La Primera Parte se desarrolla en una tarde-noche, y las acciones quedan divididas en cuatro actos; cada uno va subtitulado y aporta, con ello, información; así el Acto Primero «Libertinaje y escándalo» descubre las costumbres licenciosas que los protagonistas, don Juan Tenorio y don Luis Mejía, tienen,

Don Juan Tenorio se sabe
que es la más mala cabeza
del orbe,...

Cómo su presencia va seguida del escándalo y cómo, no contentos con haber pasado un año cometiendo tropelías, se apuestan que don Juan conseguirá esa noche a la prometida de don Luis, doña Ana de Pantoja y seducirá a doña Inés de Ulloa, su propia prometida, aunque don Gonzalo de Ulloa acude a la posada y anula el casamiento

mas, a ser cierta
la apuesta, primero muerta
que esposa suya la quiero

En este acto, don Juan se define en toda su plenitud como mito machista

Uno para enamorarlas,
otro para conseguirlas,
otro para abandonarlas,
dos para sustituirlas
y una hora para olvidarlas

y típico romántico que no teme a la muerte «Largo el plazo me ponéis».

El Acto Segundo, como reza el subtítulo «Destreza» es una muestra de las habilidades de don Juan para conseguir lo que se propone, aunque está claro que estas mañas se ven reforzadas por el dinero

Con oro nada hay que falle;
Ciutti, ya sabes mi intento:
a las nueve en el convento;
a las diez, en esta calle.

con el que soborna al tesorero real para que lo saque de la cárcel, y al alcaide

ya viste cuán fácilmente
el buen alcaide prudente
se avino, y suelta me dio

(¡Qué cerca nos queda, eso sí, la corrupción!).

Asimismo, entre sus destrezas destacan la de asesino sin escrúpulos «entonces, de un tajo, rájale» y, ante todo, depredador de la mujer, a la que ve como una conquista «La dama entrambos tenemos / sitiada».

El lenguaje que utiliza para referirse a la mujer es soez «mientras le soplo la dama, / él se arrancará los pelos». Pero lo preocupante es que incluso la mujer es ofendida y animalizada por las propias mujeres

BRÍGIDA.-           [...]
                            que irá como una cordera
                            tras vos.
DON JUAN.-                     ¿Tan fácil te ha sido?
BRÍGIDA.-           ¡Bah, pobre garza enjaulada,
                            [...]
DON JUAN.-       ¡Oh! Hermosa flor, cuyo cáliz
                            al rocío aún no se ha abierto,
                            a trasplantarte va al huerto
                            de sus amores don Juan.

Pero en el Acto Tercero, «Profanación» aparece lo que debió ser verdaderamente escandaloso para la época y que, sin embargo, habíamos tenido tiempo de leer mucho antes pues el Arcipreste de Hita, inspirado en la comedia latina, ya enfrenta al protagonista en su duodécima aventura —todas fallidas— a la monja Garoza. Así, don Juan, como el Arcipreste, con la Iglesia ha topado y sólo podrá recibir de doña Inés un amor limpio «que en profesando, es preciso / renunciar a cuanto amé». El acto deja a doña Inés como otro mito de la escena pues asocia la pasión que le transmite don Juan al fuego predestinado del infierno «¡Ay! Se me abrasa la mano / con que el papel he cogido».

También el tópico del amor a primera vista está presente en la literatura de Ovidio, pero lo normal es que sea el hombre quien se enamore sólo con ver a la dama y aquí es doña Inés la que

desde que le vi
Brígida mía, y su nombre
me dijiste, tengo a ese hombre
siempre delante de mí

Con esto, la propia doña Inés es la que quita credibilidad a la carta que vimos escribir a don Juan al principio de la obra y, sin embargo, con sus gestos, le añade dramatismo

“Doña Inés del almas mía.”
¡Virgen Santa, qué principio!

Otro tópico de este acto es el tan analizado sueño-realidad y en el que doña Inés profundiza, incrédula, ante lo que sucede «¿Es realidad lo que miro, / o es una fascinación?», dejando la posterior intervención de don Juan en algo irrisorio por la ruptura filosófica de la profundidad que pretende la enamorada «¡Ea! No desperdiciemos / el tiempo aquí en contemplarla...» y terminando el acto, de forma casi humorística ante tanta evidencia obviada

ABADESA.-        ¿Dónde vais, Comendador?
D. GONZALO.-   ¡Imbécil! Tras de mi honor,
                            que os roban a vos aquí

El Acto Cuarto de la Parte Primera «El diablo a las puertas del cielo» abre lo que promete ser lo más interesante. Brígida le da al viaje hacia la casa de don Juan un punto onírico

los árboles como en alas
llevados de un huracán,
tan apriesa y produciéndome
ilusión tan infernal

y a lo que ha sucedido, un matiz de ficción, pues miente a doña Inés quien se cree salvada de un incendio y no raptada (hemos de recordar que ella se desmaya convenientemente, como lo hizo en su momento Leocadia, la protagonista de La fuerza de la sangre escrita en 1613 por Cervantes).

En la segunda parte, mucho más corta, los efectos especiales dignos del más fiero romanticismo se multiplican, hasta borrar por un instante la imagen renacentista que adquiere doña Inés como intercesora del hombre ante Dios:

Su amor me torna en otro hombre
regenerando mi ser,
y ella puede hacer un ángel
de quien un demonio fue.

algo exagerado teniendo en cuenta que en ese instante mata de un disparo a su futuro suegro y de una estocada a su rival en bravuconerías

D. LUIS.- (cayendo)
                            ¡Jesús!
D. JUAN.-                       Tarde tu fe ciega
                            acude al cielo, Mejía

Acaba de demostrar que no es un ángel sino un verdadero romántico que abomina de todo lo que no lo deja en primer lugar

Llamé al cielo y no me oyó,
y pues sus puertas me cierra,
de mis pasos en la tierra
responda el cielo, y no yo.

Y así, continúa con sus fechorías desoyendo las advertencias que la sombra de Inés le hace hasta el último momento «y que tienes que morir / mañana mismo, don Juan.»

Por fin, el Capitán Centellas lo mata para que, ¡después de muerto!, se le vuelva a aparecer la Estatua del Comendador y le recuerde que todo ha terminado «El capitán te mató / a la puerta de tu casa.»
Pero don Juan no es un verdadero romántico sino que se acoge a la comodidad que le ofrece la Iglesia para tener asegurada una eternidad feliz «¡Clemente Dios, gloria a Ti!»

Don Juan muere a manos de Centellas, aun así habla con la Estatua y con doña Inés, que ordena a todos los fantasmas regresar a sus tumbas, a las estatuas a sus lugares y a los ángeles a que vengan a por sus almas. Vuelven ambos a morir y hay que reconocer que, con justicia poética, queda mitificada doña Inés como la propia Virgen que ordena a su Hijo lo que tiene que hacer.


El mito de doña Inés o el surrealismo de Zorrilla.

martes, 28 de febrero de 2017

EL BURGUÉS GENTILHOMBRE


Otro clásico que no falla, Molière, un hombre de gran talento cómico que, a pesar de tener en su contra a toda la iglesia, parte de la nobleza y algunas compañías teatrales de su tiempo, alcanzó la simpatía y el reconocimiento del propio Luis XIV, de hecho gozó hasta su muerte de un sueldo como director de la corte de Versalles, dado por el rey.

Fue acusado de obsceno e irreverente por sus comedias. Tartufo, por ejemplo, tuvo prohibida su representación durante años, y sin embargo el teatro se llenaba en el siglo XVII cada vez que estaba en cartel una de las obras de Molière. Lo curioso es que hoy también se llena.

¿Cómo es posible que más de trescientos años después sigamos riendo con las comedias de Jean-Baptiste Poquelin?

La respuesta es sencilla, no han perdido nada de la frescura inicial y, lo más importante, son perfectamente trasladables a nuestra sociedad actual; cualquier comedia de Molière es exagerada, histriónica, de ridículos hiperbólicos: El enfermo imaginario (curioso que la compusiera estando ya enfermo de tuberculosis), Tartufo, El médico a palos... no son más que ejemplos desmedidos de hipocondríacos, hipócritas o incompetentes; caracteres universales que, por desgracia seguirán existiendo mientras el hombre sea hombre.

No había leído El burgués gentilhombre, tampoco la he visto representada, pero pasé una tarde de las más divertidas últimamente al leerla. El diálogo ágil, plagado de ironías, de dobles sentidos y de directas acusaciones consigue que hoy nos enfrentemos a ella sin tener la impresión de estar ante algo obsoleto. Lo que en un principio fue pensado como comedia-ballet, encargada por el propio rey como pieza teatral y de ballet, para diversión de la corte, hoy podría ser representada como moderno musical. Un musical delicioso en el que la risa es la protagonista. El tono que predomina durante toda la obra es festivo, por lo que, en principio, puede parecer que nos enfrentamos a una obra de menor trascendencia que la que encontramos en las grandes tragedias; los personajes no luchan contra un fatídico destino como en Romeo y Julieta, sino que quieren alcanzar una serie de privilegios casi superficiales, y sin embargo el lenguaje desenfadado oculta feroces críticas a las falsas amistades, a todos aquellos que, olvidando lo que realmente tienen de bueno, como la familia o la vida tranquila, se lanzan a una existencia vacía y superficial que promete ser próspera y glamurosa, porque lo que prima es que, Sus bolsillos están llenos de discreción

El burgués gentilhombre es una llamada a la búsqueda de la honradez, a la moderación de pasiones y excesos. Si en el siglo XVII denunció los defectos de la corte, como la falta de dinero, mediante ironías humorísticas, Gracias a él podremos darnos a conocer en la corte; él pagará por los demás y éstos elogiarán por él; hoy nos recuerda que es mejor disfrutar de lo que somos y sentirnos orgullosos de nuestros orígenes, que hacer el ridículo con pretensiones de fama o grandeza. En este sentido es una obra didáctica; alerta del peligro que corremos si nos dejamos adular por toda una cohorte de aprovechados y oportunistas cuya única finalidad es conseguir beneficios sin el menor escrúpulo hacia la profesión que ejercen.

MAESTRO DE MÚSICA.- [...] M. Jourdain, con sus ínfulas de cortesano, que se le han subido a la cabeza, es para nosotros una finca.

El burgués gentilhombre es una sátira contra las ansias desmedidas de grandeza. Sin embargo esta intención viene rodeada de una finalidad evasiva y de diversión, no debemos olvidar que la obra iba dirigida a la corte y que quien sale más ridiculizado es Jourdain, el hijo de un tendero que pretende entrar en ella a toda costa. Nos reímos de Jourdain y su falta de exquisitez, de delicadeza, de conocimientos...

No es una tontería este baile. Además esa gente se zarandea bien.

Pero entre líneas, de forma implícita se posa la falta de delicadeza, de conocimientos y de realidad que ostenta la nobleza, puesto que este burgués gentilhombre confunde el ser con el parecer, pierde el sentido de la realidad. Jourdain no tiene malas intenciones, llevado por un desmesurado afán de quedar bien en la alta sociedad, termina siendo un necio que confunde la dignidad con el dinero, por eso no alcanza a ver la burla final cuando (para no cometer más imprudencias) deben nombrarlo «Mamamuqui» que, según la farsa ideada por Covielle, «en nuestro idioma quiere decir paladín [...] no hay distinción de más alta nobleza en el mundo».

Y así, «(la ceremonia turca para armar caballero a Jourdain se realiza bailando al son de la música)», por un momento nuestro protagonista recuerda a aquel otro hidalgo que fue armado caballero para fines más nobles que la pretensión de entrar en la nobleza.

Los personajes son arquetipos, representan las debilidades de la naturaleza humana, por lo que, en su conjunto, forman un retrato de la sociedad. Sólo con oírlo un par de veces descubrimos en Donante a la nobleza sin escrúpulos

Tenía verdadera impaciencia de veros. Sois el hombre a quien más estimo en el mundo, y esta mañana he vuelto a hablar de vos en la cámara de su majestad [...]
He venido a que ajustemos nuestras cuentas [...]
¡Justo, justo! ¡Quince mil ochocientas libras! [...] agregad ahora doscientos doblones que me vais a dar y tendremos diez y ocho mil francos en cuenta redonda que os pagaré en la primera ocasión.

Los profesores de música, danza y filosofía, representan a la base humanística de la sociedad, que incongruentemente sólo se preocupa por vivir bien. El trabajo docente no es vocacional sino una excusa para ganar dinero.

Con el lenguaje quedan todos ridiculizados. El maestro de esgrima deja en entredicho una de las disciplinas más solicitadas por la nobleza «todo el secreto de la esgrima consiste solamente en dos cosas: en dar y en no recibir».

El sastre encabeza al sector comercial con intereses muy alejados de ofrecer un buen servicio. Lo que más interesa a la gente de la ciudad es el enriquecimiento personal y el ascenso social.

JOURDAIN.-(Reparando en el traje que trae puesto el maestro sastre) —¡Ah, demonio! ¿Qué es esto señor sastre? Esta tela es mía; la que os llevé para el último traje que me hicisteis. La conozco muy bien.
MAESTRO SASTRE.- Es que la tela me pareció de un gusto tan extraordinario que quise tener yo un traje igual.

Por el contrario, los criados son el símbolo del pueblo llano, y en el contraste entre ellos y los personajes anteriores se puede ver reflejado el tópico “menosprecio de la corte, alabanza de aldea”, usual en el Renacimiento y Barroco. La sirvienta Nicole representa el sentido del humor y la espontaneidad de los habitantes del campo

NICOLASA.- Perdóneme el señor; pero es que no puedo contener la risa viéndole tan ridículo ¡Ji,ji,ji!
[...]
NICOLASA.- Por lo menos, no deberíais dejar entrar a cierta gente.

Covielle no es sólo el sirviente de Cleonte sino que simboliza la inteligencia y el sentido común del pueblo, al urdir la trama con la que  finalmente engañan a Jourdain.

Los enamorados son, como no podía ser de otra manera, fieles y de comportamiento intachable

MME. JOURDAIN.- ¡Estas extravagancias os han hecho perder el juicio! Y todo ello viene desde que os dio por la nobleza.
[...]
CLEONTE.- Señor [...] os suplico que me concedáis ser vuestro yerno.
JOURDAIN.- Antes de responderos os suplico que me digáis si sois noble.
CLEONTE.- [...] os digo francamente que no soy noble.
JOURDAIN.- Dadme la mano ... Mi hija no es para vos.

Cleonte sólo consiente en engañar a Jourdain para conseguir casarse con su enamorada, quien a pesar de ser la fragilidad misma de la inocencia se aviene a mentir a su padre sólo por una vez, para obtener la felicidad con Cleonte.

Por último, el personaje de Madame Jourdain es sumamente curioso; cuando Molière escribió la comedia pensó en un hombre para representar a Mme. Jourdain y, sin embargo, en ningún momento queda en ridículo, antes al contrario representa la cordura y la razón que le falta a su marido, y no teme decirle constantemente que se están riendo de él, aunque reciba por respuestas insultos y amenazas.

¡Malditas sean todas las mujeres! ¡No han de callar jamás, y cuando abren la boca es para echarlo todo a perder! [...] Si vuestro padre fue tendero, peor para él [...] Y basta ya: lo único que he de manifestaros es que quiero tener un yerno noble.

Comedia divertida en la que predomina el lenguaje coloquial, con frases hechas «habla a tontas y a locas», «dar un mal paso» expresiones populares «te toma por una vaca de leche» e insultos que apenas ofenden «Es un verdadero truhan» pero que espolean a la nobleza y sus intereses «¡Os chupará hasta el último maravedí».

El vocabulario es totalmente actual y mantiene la ingenuidad del juego infantil en escenas como la del turco, donde Cleonte y Covielle hablan con palabras inventadas que, de forma llamativa, algunas pasaron a formar parte de expresiones populares francesas.


Es cierto que el pueblo lo admiró y sin embargo, por ser comediante, no fue elegido miembro de la Academia Francesa, ni recibió los últimos sacramentos antes de morir. Fue sepultado de noche sin ningún tipo de ceremonia. Hoy la lengua francesa es la lengua de Molière y, al crear arquetipos, sus comedias están de plena actualidad por la crítica social que desprenden.

sábado, 18 de febrero de 2017

ROMEO Y JULIETA


De vez en cuando está bien leer, o releer, algunos clásicos, y si son auriseculares no defraudan, y si es Shakespeare, no sólo no desengañan sino que ilusionan.

Cada vez que me enfrento a una obra del genial inglés me admiro de la frescura del lenguaje utilizado, y eso que lo leo traducido; pero aun así apreciamos la soltura de los diálogos, la ironía, el humor que es capaz de aparecer hasta en las más trágicas situaciones. Apoyando esta afirmación encontramos la Escena V del Acto IV de Romeo y Julieta: Cuando ya está todo preparado para la boda de Julieta y Paris, se perciben de que ella ha muerto

CAPULETO.- Todas las cosas que habíamos preparado para fiesta, cambian de su función al negro funeral

Pero los músicos reaccionan de manera inusitada, con juegos de palabras algo inapropiados por la gravedad del momento

A fe, si todo se ha fundido, enfundemos.

La confusión se acrecienta con la llegada del criado, quien pretende que toquen Alivio del corazón para consolarlo; ante la negativa de los músicos, el criado inicia un altercado algo inusual, que empieza con la pretensión de usar las armas «Pues yo te meteré mi puñal de criado por tu cholla», y termina con un debate poético «Entonces, ¡en guardia contra mi ingenio! Os dejaré secos con mi ingenio acerado y guardaré el puñal acerado».

Los registros que utiliza Shakespeare en el teatro dramático son variados, aunque no siempre se ajustan al personaje, es decir, nuestro autor barroco incumple la norma de Lope de respetar el decoro en el lenguaje. En Romeo y Julieta destaca el vocabulario de Teobaldo, con claras connotaciones negativas, aumentadas por presagios «Odio esa palabra, como odio el infierno y a vosotros los Montescos» «Me retiraré: pero esta intrusión, que ahora parece dulce, se ha de volver amarga hiel.»

El de Capuleto, personaje distinguido socialmente, es extrañamente coloquial, obtenido de la modalidad oral, con repeticiones, interjecciones, vocativos, exclamaciones, frases sin terminar... En todo momento predomina la función expresiva, con fuertes connotaciones a su categoría; está acostumbrado a mandar y a que se cumpla su voluntad. Desentonan sus expresiones en su estatus social, pues los variados insultos, amenazas o términos soeces e hirientes lo vulgarizan «¡Que te ahorquen, joven maula, miserable desobediente!». Es curioso cómo habla con benevolencia de Romeo «Tranquilízate, amable sobrino, déjale en paz: se porta como un caballero decente», mientras que es despiadado con su única hija «no me vengas con [...] orgullitos [...] ¡Quita, carroña clorótica! ¡Fuera, so maula, cara de sebo!».

Los enamorados utilizan, por lo general, un registro culto caracterizado por un fuerte lirismo que consigue estilizarlos, sin embargo entre ellos hay diferencias pues Romeo gusta del lenguaje ampuloso, a veces incluso se dirige a él mismo en tercera persona, y abusa de las expresiones típicas renacentistas de tradición petrarquista, con repeticiones, interrogaciones retóricas, exclamaciones hiperbólicas o metáforas de clara alusión religiosa —usual en la época— «¡Ah, destierro! Ten misericordia, di muerte [...] llamando destierro a l muerte, me cortas la cabeza con hacha de oro, y sonríes al golpe que me asesina [...] el cielo está aquí, donde vive Julieta [...] más nobleza reside en las moscas de la carroña que en Romeo [...] ¿y dices aún que el exilio no es muerte? [...] ¡Que ahorquen a la filosofía! Mientras la filosofía no pueda hacer una Julieta [...] no hables más». En sus devaneos, en su constante lamentar por su desgracia, exhibe una personalidad débil; sólo muestra decisión cuando se entera de que ha muerto Julieta, y la resolución que toma también viene revestida de debilidad puesto que se ve incapaz de vivir sin ella y se quita la vida. Julieta es más realista, más fuerte e inteligente, sabe lo que quiere desde el principio y no cede absolutamente nada ante nadie. Tiene unas expectativas que se cumplirán. «¡Vieja condenada! ¡Demonio perverso! No sé si es más pecado desear que sea yo perjura, o hablar mal de mi señor con la misma lengua con la que lo había elogiado [...] Vete consejera; mi pecho y tú desde ahora estarán separados. Iré a ver al fraile a saber cómo lo remedia: si falla todo lo demás, yo misma tengo fuerza para morir».

Realmente el manejo del lenguaje es espectacular, frente a tópicos epítetos «mi dulce amor» aparecen paradojas «¡Ah, que el engaño resida en tan lujoso palacio», metáforas eróticas «paraíso mortal de tan dulce carne», oxímoron «¡Demonio angelical!», comparaciones «¡Cuervo de plumas de paloma!», frases nominales que inciden en el concepto «todos son perjuros, todos renegados, todos nada, todos fingidores», onomatopeyas «¡Chac! hizo el palomar», hipocorísticos «¿Verdad que sí, Juli?», uso del diminutivo afectivo «qué tontita», juegos de palabra humorísticos sobre el paso del tiempo «¡Lunes! Bueno, el miércoles es pronto: digamos el jueves», o expresiones románticas que igualan el día a los sentimientos «esta noche está sujeta a su tristeza», o los emparejan con personificaciones de manera paralelística y paradójica «Entonces, ventana, deja entrar el día y deja salir la vida».

El tratamiento del tiempo es fundamental, juega constantemente con él, con conclusiones absurdas que inciden en el tiempo interior «en un minuto hay muchos días» «¿Qué tristeza alarga las horas de Romeo?» o en el real «sé decir qué edad tiene, hora más, hora menos.»

El paso del tiempo circular está presente en todo momento, y siempre con un presagio negativo «la inconstante luna, que cambia de mes a mes en su esfera circular», que se intensifica con las constantes alusiones a la noche «esta noche lo verás en nuestra fiesta» «la cena ha terminado y llegaremos tarde» «nunca he visto verdadera belleza hasta esta noche». La premura es fundamental, el desasosiego de los amantes los convierte en irreflexivos, circunstancia que tiñe de negros augurios a la relación «los heraldos del amor deberían ser los pensamientos, que se deslizan diez veces más deprisa que los rayos del sol».

Las menciones persistentes a la noche y a la muerte aún abren otro tema. Shakespeare no sólo trata en Romeo y Julieta el amor como fatalidad, la rivalidad familiar o el paso del tiempo; también el destino adverso marca la suerte de aquéllos que se dejan llevar por pasiones desbordadas; pensemos en los celos de Othello, en la ambición de Macbeth, en el amor filial del Rey Lear o en la duda de Hamlet, todos, como Romeo y Julieta, están abocados a la muerte.Esta predestinación se potencia en esta obra con expresiones de la Biblia que igualan la situación dolorosa de la pasión de Jesucristo a la que vivirán las familias; el propio Capuleto vaticina: «¡Vamos, moveos, moveos, moveos! El segundo gallo ha cantado».

La estructura de la obra participa de la tradición pues está dividida en 5 actos. La aparición del Coro recuerda asimismo a la tragedia griega, aunque de forma contraria ya que en la Grecia Clásica el coro llegó a estar formado por 50 bailarines y cantantes cuya función era ir poniendo en situación al espectador, dado que lo normal es que sólo hubiese un actor. En Romeo y Julieta aparecen veintisiete personajes, más los figurinistas ciudadanos de Verona, parientes, o pertenecientes al séquito del Príncipe, y el coro es un solo personaje que, al principio de la obra la presenta de forma general, y vuelve a aparecer al comienzo del Acto II por última vez, anunciando un cambio: Romeo ya no está enamorado de Rosalinda sino de Julieta. La importancia y la solidez de los nuevos sentimientos se refuerza mediante la personificación de los mismos: «Deseo yace en un lecho de muerte y un joven Cariño abre la boca...». A partir de ahora, el amor será puro, (de tinte renacentista), sin cambios, por lo que no tiene sentido que el Coro vuelva a aparecer.

Todo este enfoque tradicional queda modernizado en la estructura interna, a través de la cual la obra se divide en tres partes, que coinciden con las tres apariciones del Príncipe: al principio, en la primera reyerta de Capuletos y Montescos, para administrar la paz «Si volvéis a agitar otra vez nuestras calles, vuestras vidas pagarán la ruptura de la paz». La segunda aparición es providencial, pues evita la muerte física de Romeo, aunque sentimentalmente éste muera de dolor «Pues por ese delito, inmediatamente le desterramos de aquí». Finalmente actúa de juez ante el horror de las muertes de los amantes, culpando de todo al resentimiento existente entre las familias, un odio capaz de igualar amor y muerte «el cielo encuentra medios de matar vuestras alegrías con el amor».

El Príncipe es la voz de la autoridad, que adquiere tintes divinos al aparecer entre los cinco encuentros de Romeo y Julieta: antes del primer encuentro, que tiene lugar en la fiesta, para advertir; antes del tercer encuentro, con sede en la celda del fraile, para castigar y tras el último encuentro, en la tumba, para administrar la paz.Los encuentros segundo y cuarto de los amantes se dan en el balcón, por lo que la estructura queda perfectamente ordenada, aportando sentido y unidad a toda la obra.

La técnica utilizada es igualmente novedosa puesto que al introducir elementos cómicos en un ambiente trágico aumenta la tensión. Las escenas del balcón son innovadoras, no sólo porque los espacios exteriores —también los del balcón— aportan una dimensión pública a la historia privada, sino porque le sirven al autor para agilizar el paso del tiempo y mostrarnos la fuerte personalidad de Julieta (ella sola declara su amor por Romeo y no duda en tomar la iniciativa para defender ese amor).


Así pues estamos ante una obra totalmente actual, de ahí que su influencia sea notable en todas las artes: óperas, cine, pintura, escultura... Y es que, el amor imposible, el rencor o el miedo son universales.

sábado, 21 de enero de 2017

EL CASO DEL ASESINATO DE BENSON


La presentación de esta novela es inmejorable, como todas las de Reino de Cordelia, además viene prologada por toda una autoridad en el mundo de las letras, Luis Alberto de Cuenca y, por si fuera poco, se trata del primer caso del atípico detective Philo Vance, excombatiente de la Primera Guerra Mundial creado por S.S. Van Dine en 1926 con tanto éxito, que fue llevado al cine, interpretado por William Powell, uno de los míticos actores de la Edad Dorada del cine americano.

Lógicamente con estas premisas se hacía superinteresante, y necesaria, la lectura de El caso del asesinato de Benson. No es que, una vez terminada, haya cambiado de opinión; creo que para todo amante de la novela policíaca es obligado conocer alguno de los casos de Philo Vance, pero sí es cierto que el proceso ha resultado en ocasiones algo tedioso. Es una de esas lecturas que, con el tiempo, ha quedado obsoleta en algunos aspectos como la sociedad descrita, el vocabulario empleado o la imagen que ofrece de la policía y demás responsables de hacer cumplir la ley.

Al leerla tenemos la impresión de estar ante una de las películas del cine negro de los años 40, tanto por la ingenuidad con la que se planteaban algunas situaciones como por la minuciosidad de las descripciones que el autor ofrece a lo largo del relato en primera persona, sin duda un recurso más para aportar verosimilitud y realismo al argumento. Otro es la introducción del propio autor para anunciar que será el narrador testigo de la historia que va a contar. Otro recurso que ayuda a aportar realismo es el tiempo de la escritura. La novela está escrita desde un presente en el que Van Dine recuerda casos del pasado, por lo que puede adelantar hechos, ninguno fundamental en el argumento, que avivan el interés del lector puesto que dan a la novela cierto aspecto de crónica periodística «...a partir del célebre caso Benson, y durante casi cuatro años, tuve la suerte de presenciar la más asombrosa serie de casos criminales que jamás desfiló ante los ojos de ningún abogado joven.» S.S. Van Dine, en realidad pseudónimo de Willard Huntington, escribió 20 reglas de la novela policíaca en las que recomendaba no caer en obviedades que todo el mundo en su época, desde Conan Doyle, planteaba. Algunas de esas reglas que, por supuesto, sigue al pie de la letra en El caso del asesinato de Benson son bastante inocentes, de hecho, al compararlas con la novela negra actual nos hacen sonreír, otras continúan vigentes, pero lo curioso es ver cómo, si se tienen en cuenta, el lector puede descubrir al asesino con más facilidad.

Para empezar, el crimen nunca debe ser accidental. Tiene que haber una causa razonable que lo justifique. Los motivos para asesinar han de ser personales, por eso mismo no se buscará al asesino ni por restos de tabaco ni por espiritismo, ni por huellas falsas ni por el perro que no ladra ante alguna presencia, ni por asociaciones de palabras ni por algún código descifrado sólo por el detective.

El asesino no debe ser el criado, tampoco un personaje que apenas aparezca, sino que será más o menos importante y del círculo del asesinado. Las buenas descripciones son imprescindibles para que parezca un caso real.

El enigma siempre debe estar presente aunque las pistas se darán poco a poco. Es aconsejable que haya sólo un culpable y un detective, quien, por supuesto, ni él ni sus ayudantes serán los asesinos.

El detective seguirá un método científico para la resolución del caso.

Éstas no constituyen todas las reglas indicadas por Van Dine pero son las que he encontrado en El caso del asesinato de Benson, y he de confesar que, al ir descartando personajes como sospechosos, la lista quedó reducida considerablemente hasta llegar al criminal de forma razonada, aunque en principio algunas pistas apuntaran hacia otros.

El narrador-autor Van Dine, acompaña a Vance durante todo el tiempo que dura la investigación, además en ocasiones hace aclaraciones a pie de página sobre algún caso ocurrido en la ciudad o sobre cuestiones personales. Es cierto que a veces resulta divertido leer dichas anotaciones pues en su afán por parecer realista destaca algunas características que aportan gracia al relato

«...se lo ponía (el monóculo) [...] como si el hecho de ver con más nitidez le proporcionase una mayor claridad de ideas9

9. El ojo derecho de Vance tenía 1,2 dioptrías de astigmatismo, mientras que el izquierdo era prácticamente normal (Nota de S.S.V.D) »

De esta manera consigue mezclar perfectamente realidad y ficción.

En su afán por exponer un relato real, el narrador desaparece incluso para exponer una situación mediante el diálogo directo, como si se tratase de una representación en la que los protagonistas, Vance y el chico del ascensor, despiertan mayores emociones en el lector, puesto que se va enterando de la resolución del caso como si ocurriese en ese momento. Puesto que toda obra dramática incorpora elementos que están fuera del ámbito literario, la escena contada desde esa perspectiva adquiere mayor verosimilitud. Al informar de lo que va a hacer mediante un paréntesis, el mensaje se muestra como una acotación teatral consiguiendo que aparezca la función apelativa en la comunicación con el lector:

«(Para economizar espacio, reproduzco el resto de la conversación como si de una obra dramática se tratara)
Vance:   Supongo que habló con usted
Chico del ascensor: Sí, señor. Me dijo que había ido al teatro, y que la función era mala. Y que tenía un dolor de cabeza horrible...»

Al principio nos enteramos de la forma de ser de Vance por la minuciosa descripción de Van Dine, aunque es casi innecesaria puesto que tanto por sus actos, movimientos o palabras, el improvisado detective queda retratado a la perfección «Su esnobismo era tanto intelectual como social. Detestaba la estupidez, creo que aún más que la vulgaridad y el mal gusto [...] Vance era claramente irónico [...] era frívolo, de un cinismo juvenaliano [...] sumamente consciente y perspicaz [...] Sus algo quijotescas maneras [...] La frente amplia e inclinada, era una frente de artista más que de investigador...»

Curiosa pues, la novela, por la importancia histórica que presenta dentro del género y curioso también, descubrir cómo los grandes detectives del siglo XX han sido expertos o apasionados en alguna actividad alejada de las que tienen que ver con su profesión, pues si Carvalho era un reputado gastrónomo, Sam Spade era un gran bebedor de whisky, Poirot, un enamorado de la comodidad y el bien vestir, Sherlock Holmes, predecesor de Van Dine, es un experto apicultor y músico y un entusiasta de la cocaína, Vance es un afamado coleccionista de arte y como Holmes confía en métodos racionales para dilucidar sus casos, basados sobre todo en la psicología humana.

Creo que es precisamente el protagonista quien le resta credibilidad a los sucesos. Vance conoce al asesino desde que se cometió el crimen y, no obstante, es incapaz de decírselo a su amigo, el juez Markham por temor a que éste no lo creyera, o se enfadase

«Si hubiera acusado al comandante desde el principio, me habrías arrestado por scandalum magnatum y difamación criminal [...] dejando todo un reguero de pistas falsas es como he conseguido hoy que lo aceptes»

Algo increíble si tenemos en cuenta que desde el principio lo trata como si fuera estúpido, le hace cambiar los planes, las órdenes que da la policía, le dice las entrevistas que debe hacer, las pistas que ha de guardar y cuáles desechar, y es obedecido en todo momento.

«No puedo permitir que encarceles a Leacock [...] No vas a ordenar que lo arresten mientras yo esté en tu oficina y pueda impedirlo»

Vance está por encima del bien y del mal; lo sabe todo de una persona exclusivamente al mirarla a la cara, y no es exageración. Descartó a una sospechosa porque tan sólo con verla descubrió por el parecido de quién era hija. Lo mejor de todo es que he tenido que buscar algunos términos en el diccionario, y no ha sido la única vez, para poder visualizar correctamente a la madre y su descendiente:

«Es braquicéfala, de pómulos sobresalientes, mandíbula ortognata, estructura parietal plana y nariz mesorrina [...] Luego le observé la oreja, porque [...] tiene oreja puntiaguda, sin lóbulo, oreja de fauno, también llamada oreja de Darwin. Este tipo de oreja es hereditaria»

En fin, en casos como éste, se echan de menos las anotaciones que tan abundantemente aparecen en la novela para explicar los latinismos, traducir frases en francés o inglés, aclarar la procedencia de personajes aludidos de otras obras o informar de personalidades reales pertenecientes al campo de la medicina, política o arte.

Pero no es tan increíble que Vance tenga conocimientos tan vastos como que los exponga constantemente en conversaciones supuestamente coloquiales, con su amigo Markham o con los acusados, pues si ya es raro que dos amigos se hablen con barbarismos: «Escúchame y nota bene» «No podemos aplicar el sus. per coll. a todos los que conocía», lo es más que se dirija de forma hiperculta a los sospechosos; de hecho, me pregunto aún si la cantante Saint-Claire entiende lo que Vance le dice cuando la manda llamar «Lamento informarla de que el capitán Leacock ha confesado ridículamente que mató al señor Benson. Pero no estamos del todo convencidos de su bona fides. Y aquí estamos, ¡ay! flotando entre Escila y Caribdis, sin poder decidir si el capitán es un consumado asesino o un chevalier sans peur et sans reproche.»

En fin, son detalles que dificultan la lectura porque la sitúan en un espacio-tiempo lejano, en el que la policía se dejaba guiar por tópicos, en su mayoría machistas, en los que, sin duda, los métodos psicológicos —aunque hiperbólicos— empleados por Vance ayudaron a equilibrar la balanza de la justicia.

«Las mujeres son demasiado sensatas y prácticas para cometer esas locuras, pero los hombres tienen una gran capacidad para la idiotez»