lunes, 15 de septiembre de 2014

LA METAMORFOSIS

En 1912 aparece La metamorfosis escrita por Franz Kafka, hijo de un alemán y una judía. Normalmente no especifico nada de la vida de los autores que he tratado pero este relato, o novela, es demoledor, y adquiere más sentido si tenemos en cuenta el ambiente opresivo que sufrió el enfermizo niño Franz (murió de tuberculosis en 1942, antes de cumplir los 40 años), y las situaciones que vivió en su trabajo como agente de seguros de accidentes laborales.
Sin embargo, por debajo de esa rotundidad escalofriante  late un sarcasmo implacable hacia el ser humano (puede que debido precisamente a la época, lugar y familia que le tocaron en suerte).
El título sugiere ya algo de la tragedia de sus páginas pues “metamorfosis” viene del griego y significa transformación; el significado de meta es “más allá” (como en metáfora, metástasis…), el de morfo es “forma” (como en amorfo o morfología), y el sufijo –osis quiere decir “cambio de estado” —para mal por lo general— (como en cirrosis, apoteosis, tuberculosis).
Y efectivamente La metamorfosis es la transformación de Gregorio Samsa en insecto hasta que muere por no poder convivir con los humanos —tampoco con los insectos como es de suponer— y esto (creo) también alude al autor y al hecho de no sentirse parte real de los judíos o de los alemanes.
La metamorfosis es una novela corta o un relato largo que no tiene capítulos; en su estructura externa no hay apartados, sin embargo se pueden diferenciar tres partes en la estructura interna:
La primera desde que Gregorio despierta una mañana en su habitación, convertido en insecto gigante, aunque sigue pensando como humano pues intenta levantarse para coger el autobús que lo llevará al trabajo. Sin embargo la “transformación” se ha producido y hará que, como insecto, empiece a cambiar su vida. Con un esfuerzo ímprobo consigue bajar de la cama y salir de la habitación. El gerente de su trabajo ya había ido a su casa a pedirle explicaciones de su tardanza. Todos sienten miedo y repugnancia ante su visión y el padre, a empujones, consigue meterlo de nuevo en su cuarto hiriéndole con la puerta. Gregor queda encerrado y su jefe huye de su lado. Su vida social-laboral ha quedado destruida.
La segunda parte contiene la existencia del joven Samsa como insecto en su habitación. El sentimiento que experimenta, de angustia e inferioridad, va en un aumento proporcional al egoísmo de su familia. Otra visita provocará la segunda salida del cuarto, pues los padres alquilan la habitación de la hija, Grete, a tres señores, y una noche en la que la chica toca el violín para ellos, Gregorio sale de la habitación, provocando un revuelo en los inquilinos y la furia del padre quien lo hiere de muerte incrustándole una manzana. Arrastrándose vuelve a la habitación. Su vida familiar ha quedado destruida.
La tercera parte es ya su agonía, ahora como monstruo, hasta que la muerte destruye por completo su vida.
El espacio del protagonista es reducido, su cuarto; dos veces intenta salir y las dos, su padre vuelve a encerrarlo; esto acrecienta su angustia, su miedo, su dolor y su resignación ante el fatídico destino.
Ha pasado más de un siglo desde que se escribió y sigue siendo actual, porque La metamorfosis representa el símbolo de la angustia y la soledad del ser humano (hoy lo llamamos depresión); situación estresante que conlleva la pérdida de identidad (Gregor Samsa empieza a perder su identidad primero ante los demás y luego ante sí mismo para transformarse en un insecto —no sabemos cuál— que a su vez va perdiendo la identidad de animal para transformarse en un monstruo —con la manzana incrustada en su caparazón—).
La angustia, el estrés, la soledad, la depresión, no son sino el fruto de las relaciones familiares en las que prima el autoritarismo y por lo tanto la deshumanización, “Tiene que irse –dijo la hermana–. No hay más remedio, padre. Baste que procures desechar la idea de que se trata de Gregorio”.
Pero además, las relaciones sociales también contribuyen a inutilizar al individuo, la ostentación del poder en manos de desaprensivos que hacen que el ambiente laboral se transforme en un absurdo, “Vendría…el doctor, para quien todos los hombres están siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo.”; el miedo a lo desconocido que consigue animalizar a las personas al sacar su cara más egoísta y brutal.
La metamorfosis es una alegoría y sus personajes, aun reflejando bastante a los seres que rodearon a Kafka, son simbólicos. Gregor Samsa es el símbolo del hombre sacrificado, con alto sentido del deber y culpabilidad, “temía, con su lentitud en girar, impacientar a su padre,…advirtió contrariado que, caminando hacia atrás, no podía controlar la dirección”. El padre representa a la persona dominante, pero amparado siempre por otros y tirano con los más débiles, con un  punto de cobardía, “Salgan inmediatamente de mi casa-dijo el señor Samsa, señalando la puerta, pero sin soltar a las mujeres”. La madre es la imagen de la debilidad, de la persona vulnerable. La hermana, Grete, es el prototipo de joven vitalista, alegre, algo despreocupada mientras todo gira a su alrededor y en su provecho, pues cuando se tuercen las cosas puede sentirse la persona más desdichada del mundo. Y el jefe es el símbolo del despotismo y la arrogancia.

Kafka utiliza, de forma magistral, para conseguir esta implacable sátira de la vida humana, metáforas de expresión irracional que intercala en una descripción detallada y profusa plagada de adjetivos expresivos que van conformando, casi sin darnos cuenta a veces, ambientes caóticos, catastróficos; las interrogaciones anafóricas destacan la indignación del protagonista, esto, unido a la repetición de términos “gerente, gerente…”,amplía su angustia; la intensidad de lo negativo aumenta con el paso del tiempo para Gregorio quien se ve sometido a una crueldad intolerable, casi tortura constante, en la realidad que lo rodea, de difícil catalogación en lo real o en un sueño, pues a veces está tan deformada que aparenta una caricatura tan cruel y degradante que linda con lo que un poco más tarde conocimos como esperpento… Es que, a veces, la realidad es surrealista “…este breve diálogo reveló que Gregorio, contrariamente a lo que creía, estaba todavía en casa”.

jueves, 11 de septiembre de 2014

MITO DE DON JUAN

Nos introducimos en un mito basado en un personaje literario perteneciente a una obra en la que, de nuevo, aparece la lucha entre el Bien y el Mal, El burlador de Sevilla y convidado de piedra, escrita hacia 1616 por Tirso de Molina. El protagonista es don Juan Tenorio, personificación absoluta de la vida en libertad, como juego y disfrute exclusivamente (lo que en realidad es uno de los sueños más antiguos del hombre). La finalidad es doctrinal, con un acusado talante moralizador, puesto que el castigo infernal hace que triunfe el Bien.
Merece la pena resumir la obra de teatro porque suceden varias acciones al mismo tiempo en diferentes espacios. Esto hace que el texto teatral tuviera un toque innovador en el Siglo de Oro. Otro, sin lugar a dudas, es la profundización psicológica con que está tratado el protagonista. Y otro, la crítica al poder.
En el Primer Acto el carácter de don Juan queda definido. Goza, en Nápoles, de Isabela haciéndose pasar por el duque Octavio, su prometido. Cuando ella descubre el engaño pide auxilio y el rey acude con don Pedro Tenorio, tío de D. Juan y embajador español, a restaurar su honor. Al ver en los aposentos de la duquesa a su sobrino, don Pedro le aconseja que se vuelva a España; luego le dice al rey que el embozado se ha escapado y en su huida ha dicho que era Octavio. Isabela no lo niega.
En el trayecto, el barco donde viajaba don Juan se hunde, y él llega medio ahogado a la costa de Tarragona; allí, la pescadora Tisbea, a quien antes hemos visto jactarse de que rechaza a todos los hombres, le da auxilio y cobijo. Don Juan, con promesa de convertirla en su noble esposa, la goza durante la noche y se escapa para Sevilla por la mañana.
Mientras, el rey español, quiere agradecer a don Gonzalo de Ulloa su buena embajada en Lisboa y le ofrece a don Juan Tenorio como esposo de su hija Ana.
Pero en el Acto Segundo, el rey se entera de la fechoría de don Juan en Italia, y para acallar a Octavio, que no sabe por qué el rey de Nápoles lo acusa de forzar a Isabela, le ofrece a Ana de Ulloa. Además aconseja a su privado don Diego Tenorio, padre de don Juan, que mande a su hijo a Lebrija hasta que se olvide el asunto, y allí se case con Isabela para apaciguar a la corte italiana.
Sin embargo doña Ana de Ulloa es pretendida por el marqués de la Mota, quien ha conseguido una cita con ella. Don Juan engaña al marqués, y con la excusa de allanarle el camino toma su capa, se hace pasar por él, e intenta disfrutar de doña Ana, pero ella lo descubre y a sus gritos acude su padre D. Gonzalo, quien es asesinado por D. Juan. La guardia real prende al marqués de la Mota creyéndolo asesino de D. Gonzalo (por el cambio de capas).
Don Juan continúa su camino a Lebrija y en Dos Hermanas se encuentra con las bodas de Patricio y Aminta, a las que, prácticamente, se invita. En el Acto Tercero promete matrimonio a Aminta, y goza de ella tras decirle al novio que él ya la había conseguido antes y venía a enmendar el daño.
Mientras, Isabela, en su venida a España, se encuentra con Tisbea; entre las dos descubren las fechorías de D. Juan y deciden acusarlo ante el rey. Por otro lado, Octavio y el marqués de la Mota descubren las traiciones de don Juan y deciden vengarse.
Pero no es necesario. Ante tal desaguisado será la justicia divina la que ponga fin a todo. Don Juan ve en una iglesia la estatua erigida en la tumba del Comendador y se burla de él invitándolo a cenar. Esa noche, la estatua va a su casa y le devuelve la invitación a don Juan, quien acepta y acude a la cena en la Iglesia. La estatua le da la mano y lo abrasa interiormente hasta matarlo, negándole la confesión que pide en el último momento. Y en la corte todo termina bien al conocer su muerte. El marqués de la Mota se casa con Ana de Ulloa. El duque Octavio con la duquesa Isabela; Tisbea con su amigo Fabio y Patricio y Aminta retoman sus desposorios.
Pues sí, este personaje es un mito, un rebelde que vive al límite burlando, violando, desafiando a cualquiera, incluso a la máxima autoridad terrenal o divina, despreciando todo tipo de leyes y normas morales. Tisbea le advierte en más de una ocasión “Plega a Dios que no mintáis”. Su criado también le advierte “Lo pagaréis en la muerte” Don Diego Tenorio le dice “Que es juez fuerte Dios en la muerte”. Y cada vez que oye algo de esto, don Juan Tenorio responde “Tan largo me lo fiais”. Hasta cuando ve en la iglesia la tumba del Comendador y lee el epitafio “Aquí aguarda, del Señor el más leal caballero, la venganza de un traidor”, se burla de forma ofensiva (tirando de la barba) y le dice “Tan largo me lo fiais”.
Tirso se encarga de retratarlo a la perfección, don Juan es un libertino, casi un ser demoníaco, por lo que sólo será vencido por Dios. Curiosamente al hablar del mito de don Juan se piensa en el conquistador, de hecho incluso en alguien al que los hombres admiran por sus conquistas femeninas y las mujeres desean por sus virtudes femeninas. Pero no nos confundamos, don Juan es un depravado, un rico egoísta, acostumbrado a tener lo que quiere con la ayuda de su padre y del poder:(a su criado) “Si es mi padre el dueño de la justicia, y es la privanza del rey, ¿Qué temes?”
Se aprovecha de la situación privilegiada de su familia para ser perdonado por el rey (cualquier otro hubiera sido encarcelado por sus fechorías), ofende a duques, marqueses, hacendados, suplanta personalidades y desafía a la autoridad paterna y estatal sin que le ocurra nada. Si pensamos en eso, tiene poco que admirar.
Además es un violador; teniendo en cuenta que sólo entrar en el aposento de una mujer ya era deshonrarla, conducirla al escarnio, a la exclusión social y al sufrimiento, el pasar la noche con ella era condenarla; de hecho Tisbea (representante del pueblo) e Isabela (de la nobleza) se culpan del engaño “Mal haya la mujer que en hombre fía” pero deciden ir a pedir justicia al rey (el autor, que tenía un punto feminista). Si pensamos en esto, tiene poco que desear.

Si don Juan no hubiese sido hijo del privado del rey, sobrino del embajador, su vida de juego, libertad y desprecio a las normas habría sido castigada por las leyes terrenales. Debe ser que para los poderosos sólo funciona la justicia divina ¡Pues vaya!

domingo, 31 de agosto de 2014

MITO DE MADAME BOVARY

El último libro de estas vacaciones ha sido Madame Bovary. Ya lo había leído hace mucho tiempo, no recuerdo cuántos años han pasado pero sí que me impactó porque lo encontré atrevido para la época en la que Gustave Flaubert lo escribió, 1856. La protagonista me pareció una avanzada de su tiempo, una mujer que no anteponía nada a su felicidad o a sus intereses y que dejaba muy en entredicho el concepto tradicional de madre-ama de casa. La impresión que tuve fue la de estar ante un icono de la liberación de la mujer.


La novela está dividida en tres partes. En la primera conocemos cómo es Emma, una niña fantasiosa que incluso se inventa pecados para llamar la atención del cura; una chica que quiere cambios constantes, por eso acepta a Charles como marido aunque no lo quiera, previendo una vida de novela, y por eso entra en una depresión al ser consciente de la monotonía.
En la segunda parte se mudan de Tostes a Yonville, allí tiene a su hija y allí se enamora del pasante de notaría, León, pero éste se va a terminar sus estudios. Aparece Rodolphe, un embaucador sin escrúpulos que pretende otro trofeo más con ella mientras que Emma desea escaparse con él para tener una vida llena de aventuras. Lógicamente Rodolphe la abandona y esto hace que de nuevo caiga en otra depresión, hasta que su marido la lleva al teatro, en Rouen, y allí ve de nuevo a León quien, ahora sí está dispuesto a conquistarla.
En la tercera parte Emma aprende a mentir y consigue tener libertad para ir sola a la ciudad a verse con su amante todas las semanas, hasta que se harta de esta nueva rutina. Sus excesos van en aumento. Cuando es consciente de que el usurero Lheureux puede llevarla a la cárcel, pues ya nadie está dispuesto a prestarle dinero, decide quitarse la vida, y en el mismo almacén de la botica se toma el arsénico para regresar después a su casa y morir de forma lenta y dolorosa.
Pero si no consigue una vida y muerte de heroína romántica, su marido hace que tenga un entierro de novela; la viste de novia, con el pelo suelto y en tres ataúdes, uno de roble dentro de uno de caoba dentro de otro de plomo, cubierto a su vez por un paño verde. Con el paso del tiempo, Charles encuentra las cartas de amor de Rodolphe, aun así perdona a los dos y él muere de repente quedando su hija desamparada.
Hoy, después de la segunda lectura, casi me ha impactado más la personalidad pusilánime de Charles Bovary, quien me ha dado, junto a su hija, una pena tremenda. También mi sentimiento hacia la protagonista ha sido de lástima, porque Emma sufre constantemente, es un alma atormentada que puede no encajar del todo como “feminista” auténtica… ¿Por qué es, entonces, un mito? Indudablemente la obra es un mito; los momentos innovadores se suceden con los tradicionales de forma que, a veces, cuesta trabajo diferenciarlos. Flaubert abre la puerta a la novela moderna en cuanto que se olvida de los condicionamientos morales de la época y muestra, con todo detalle, el comportamiento inusual de una mujer casada del siglo XIX. “Madame Bovary” pertenece al Realismo, las descripciones y la objetividad del narrador así lo atestiguan y, sin embargo, el comportamiento de la protagonista es romántico. La técnica narrativa es innovadora, moderna, hay hasta tres narradores diferentes que aportan, con otros tantos puntos de vista, fluidez a las 430 páginas que conforman la novela. Otro toque moderno, rompedor, lo da Homais, el boticario de pensamiento anticlerical y, sin embargo nos reímos de él porque es un petulante, de hecho, al final queda retratado como un impío corrupto que busca figurar. Y ella, Emma Rouault, se salta las normas constantemente, pero también lo hacen sus amantes y no mueren retorciéndose de dolor sino que rehacen su vida sin problema.
No he podido remediarlo pero me han venido a la mente otros personajes literarios, rompedores del orden establecido que, al final pagan su atrevimiento, Celestina, Werther, son castigados por su inadaptación; Don Quijote puede ser quien más se le parezca desde el momento en que representa, como Emma, una actitud ante la vida (muy distintas las dos pero ambas modelos míticos del idealismo). Y así entramos en el mito de Madame Bovary, o en el bovarismo, que no es otra cosa que la insatisfacción crónica de una persona que tiene ilusiones y aspiraciones desproporcionadas a su realidad.
Y ahora podría identificar en este mito a bastantes personas reales; pero no es el momento, sino que es cierto que es un problema actual bastante común y podría ser motivo de debate. Ahora es el momento de profundizar en Emma y en pensar por qué su castigo no sólo le afecta a ella sino también a los que la quieren; da la impresión de estar ante un determinismo fatalista en el que se sumergen su marido y su hija y del que no saldrá ninguno de los dos.

Realmente creo que el mito de Madame Bovary es la fatalidad, el destino aciago de los que pretenden librarse de la realidad mediante sueños que toman por reales. Ahí reside el paralelismo con Don Quijote, Flaubert fue un apasionado de los clásicos del Siglo de Oro, Cervantes y Shakespeare a la cabeza, pero también leyó a Tirso y hay indicios de comportamiento donjuanesco en Emma Bovary; ésa es la liberación que enarbola. Una mujer que se comporta como un hombre, como un don Juan; engaña a su marido y se engaña a sí misma al creerse feliz pero incluso llega a hastiarse de su amante cuando la situación deja de suponer una novedad, porque lo que quiere es ser el centro de atención, mimada, admirada, halagada y sorprendida en todo momento, pero la realidad es más triste, monótona y previsible, y Emma no tolera la previsión, quiere ir de sorpresa en sorpresa haciendo lo que le apetece en ceda momento. Cuando se da cuenta de que no puede ser tan caótica, de que lo que ha conseguido es la ruina, la decepción y el abandono de quienes pensaba que la adoraban, se suicida. Sin pensarlo. Sin buscar una posible solución porque ella es instintiva y caótica, de ahí que levante pasiones, pero también que intimide.

martes, 19 de agosto de 2014

LA MUJER LOCA

Realmente la vida es un cúmulo de casualidades, puede que sean causalidades y entonces nos introducimos en la espiral de que no hay nada nuevo inventado sino que cada momento es sucesión del anterior, cada situación un continuo, cada pensamiento un déjà vu. Y si seguimos trazando estos círculos llegamos al gran planteamiento, ser o no ser, abordado en otro apartado, y que aquí retoma Juan José Millás. ¿Qué es la realidad? ¿el mundo que nos rodea o el universo novelado?

Esta es la sensación que me ha dejado La mujer loca, novela con la que, yo al menos, he recuperado al primer Millás. He vuelto a intuir estar ante un genio que además, o por eso, tiene un sentido del humor con el que se ríe de todo, incluso de él mismo y, sin embargo toma la vida con absoluta seriedad.

La mujer loca es una novela sobre la concepción de la novela. Una “metanovela” de estructura no lineal en la que el narrador no omnisciente Millás cuenta lo que le va contando a su vez el protagonista Millás, quien demuestra constantemente ser capaz de hacer dos cosas a la vez (pero, ¿los hombres no estaban incapacitados para eso?).

Millás, personaje, habla con su psicoterapeuta octogenaria mientras se desdobla en su otro Millás, al que siente como si se tratara de su gemelo o de él mismo, ya que a veces no lo diferencia de su otro yo. En este proceso discurre sobre la creación de esta novela, y de paso reflexiona junto a la pescadera en paro, Julia, sobre las condiciones laborales, la fidelidad, las relaciones familiares, los problemas de la escritura, las funciones de la gramática, los bloqueos de la mente (o desbloqueos)…, todo envuelto en el típico humor del autor, salpicado de sutiles toques de amargura. Si al lector le cuesta a veces diferenciar lo real de lo inventado, dónde empieza uno y dónde lo otro y qué debe tener en cuenta, la protagonista Julia, en su locura, va desgranando las verdades de la vida, y el protagonista Millás, en su otredad, llega a entenderse un poco mejor.

Pero este proceso Millás-Julia se desdobla en otro, Millás-Emérita, el cual aprovecha para abordar la eutanasia, el suicidio, el asesinato. Estas situaciones reales se abren a su vez a otras latentes en la imaginación.

Asimismo, la novela de forma intermitente se desdobla en una vía real extraída “Del diario de la vejez de Millás”, enfoque humorístico con el que el autor contempla las obsesiones propias de este periodo.


Pues la dualidad no termina ahí; en los dos últimos capítulos, el personaje-escritor se despide en un futuro hipotético de los que han conformado la novela, seres que no existen, que han poblado un desdoblamiento de la realidad.

miércoles, 13 de agosto de 2014

MENTES ATORMENTADAS

Estaba dando vueltas a mi cabeza lamentando olvidos imperdonables, cosas del calor, imagino, cuando me vinieron a la mente algunos autores que, aun en condiciones extremas (o precisamente por ello) tuvieron la lucidez suficiente para regalarnos verdaderas joyas literarias. Me acordé de Edgard Allan Poe y pensé hacerle un hueco en el Aurisecular.

No sabemos cómo andaba la mente de Poe pero no debía estar muy despejada teniendo en cuenta la temprana muerte de sus padres, la separación consecuente de sus hermanos cuando contaba 10 años, la escasez de dinero a la que lo sometió su tío-padre adoptivo, la caída en el alcohol y en el juego, el abandono de sus estudios universitarios, el alistamiento y expulsión del ejército, el vivir en la penuria, el casamiento con su prima de 13 años y la muerte por tuberculosis de ella diez años después, el estado depresivo que soportó, el malvivir como pordiosero de la caridad, y la incógnita de su muerte a los 40 años al aparecer en un callejón víctima de una embolia, cólera, tuberculosis o alcoholismo.

Y en medio de todo esto, de esta vida que no lo fue, aparece una obra variada, ingente, alabada por muchos, denostada por otros tantos, pero que no deja a nadie indiferente.

Allan Poe es el padre del terror, es único para hacernos sentir miedo, el mismo que probablemente experimentó durante su existencia, pero además conoce técnicas precisas para que aparezca en el lector la angustia o el desasosiego.

Una de ellas es la evocación al principio de cada historia de un escenario insólito, sombrío, con aguas estancadas, hedores en la noche, frías paredes, árboles carcomidos que contempla el narrador con apática curiosidad y que infunden en los personajes terror, sadismo, locura.

Otras técnicas, que en principio se apartan de lo tenebroso no son sino fruto de la no aceptación de lo indescifrable, es decir, en Poe aparece el análisis; los acertijos y  jeroglíficos (“La carta robada” “El escarabajo de oro”) muestran un ingenio absoluto.

Los fenómenos sobrenaturales se unen a la fantasía de los personajes (“El escarabajo de oro”) como uno de los rasgos principales que, no obstante, casi siempre aparece unido a la lógica de datos.

La locura de los personajes es lo que justifica acciones enfermizas (“Berenice”, “El corazón delator”) aunque estén fundamentadas en el razonamiento.

La metaliteratura es un recurso dual del que se vale para ahondar en la sensación de terror. En “La caída de la casa Usher”, el protagonista lee a su amigo Usher un pasaje de “Trist” (novela inventada para el cuento) y casualmente la novela y la “realidad” se mueven al unísono (ruidos secos, chirriantes, gran estrépito…) de forma que el lector real queda sobrecogido al mismo tiempo que los lectores de la novela inventada.

Hemos de destacar también el vocabulario de los “Cuentos”, un lenguaje culto y variado llena las páginas de tecnicismos de marinería, medicina, mitología, matemáticas o literatura; encontramos alusiones a hechos históricos o a personajes reales, que denotan su vasta cultura. Frente a ese léxico cuidado aparecen hablas dialectales, vulgares, con las que conforma otros personajes que dan el contrapunto humorístico (“El escarabajo de oro”). Y, por supuesto, recursos literarios que dotan de lirismo los cuentos de terror, como enumeraciones asindéticas para profundizar en el desaliento o la ansiedad (“La caída de la casa Usher”), ironías que funcionan como autocrítica humorística (“La carta robada”), juegos de palabras brillantes con los que se ríe del interlocutor (“La carta robada”)… Al leer este  cuento me vino a la mente otro genio de la ironía, Mariano José de Larra, nacido el mismo año que Poe, 1809, y muerto joven de forma violenta (suicidio), ¿coincidencias, caprichos del destino?

Pero el lenguaje es un arma poderosa, Poe lo sabe y lo utiliza para resaltar de forma constante sus obsesiones, de manera que el alcohol está presente en los cuentos como causante de los delirios del protagonista o desinhibidor de acciones (“La caída de la casa Usher”).

Asimismo los enterramientos prematuros  aparecen a menudo de diferentes maneras, emparedados (“El barril de amontillado”, “El gato negro”), en ataúdes o criptas (“La caída de la casa Usher”), pero vivos en estado cataléptico, o muertos a los que les “late” el corazón (“El corazón delator”). Son muertos prematuros, como aquéllos que rodearon al escritor durante su vida.

Es curioso pero normalmente cuando el protagonista entierra al antagonista comienza a sufrir una decadencia física y mental, aun así predomina la frialdad, el empeño en afrontar lo que viene después, que suele ser el terror máximo, porque la acción sucede en avance de menos a más, de ahí que las repeticiones de actos o términos marquen la inquietud o la angustia (“Ligeia”).

A veces el protagonista queda enterrado metafóricamente, como el pasajero de “El manuscrito hallado en una botella”, que tras naufragar, logra subirse a un barco gigantesco,  espíritu de la vejez,  en el que poco a poco se integra con sus tripulantes sin que le hagan caso. Siempre la noche, el viento, el hielo, el agua… Siempre avanzando con estrépito hacia el sur… Y en esa precipitación excitante los pasajeros recorren la cubierta con paso trémulo hasta que… ¡oh Dios mío!... ¡Se va a pique!

miércoles, 6 de agosto de 2014

EL GRAN FRÍO

Acabo de leer El gran frío, de Rosa Ribas y Sabine Hofman.
Estas escritoras ya editaron una novela entre las dos el año pasado, Don de lenguas, en la que la protagonista, Ana Martí, hija y nieta de periodistas sigue los pasos de la familia, pero a ella le toca desenvolverse en una época nada favorable para los españoles en general y para la mujer en particular. En los años 50 las mujeres no solían hacer periodismo de investigación, pero ella se las apaña para ayudar a la policía a resolver un asesinato aunque luego deba ocultar a los lectores datos que el régimen de la época censuraría.
En esta segunda entrega, de lo que parece se puede convertir en serie, Ana Martí ha cambiado de periódico (por razones políticas) y publica noticias bajo seudónimos (por idénticas razones). Y de nuevo, lo que en un principio parecía un caso de arrobo religioso, una niña a la que le sangran manos y pies como si se tratase del mismo Cristo, se convierte en un horror para la periodista que debe aclarar una serie de muertes con lo que parece la oposición del pueblo entero.
Y, aprovechando que el invierno de 1956 fue uno de los más fríos, y la protagonista queda atrapada en un aislado pueblo de Teruel, las autoras de El gran frío denuncian con una claridad pasmosa la dureza de lo que se conoce como la España profunda. Ana debe luchar contra las propias mujeres para que la tomen en serio, pues lo que prevalece es la incultura, la fe absoluta que lleva a un fanatismo intransigente y que no es otra cosa que el miedo a descubrir algo nuevo, diferente, desconocido.
El horror de la vida en los pueblos queda patente en la novela, el miedo a denunciar por las posibles represalias, aceptando incluso el ser torturados como animales desprovistos de toda dignidad, envueltos en un falso orgullo que no lleva más que al rencor. La admisión de un determinismo feroz, causado por la falta de conocimientos científicos, que desemboca en la necesidad de creer en fantasías y supersticiones para todo a lo que no se encuentra respuesta. El tópico de las figuras autoritarias, cacique, cura, guardia, alcalde, maestro, queda de alguna forma desbaratado. Esto es lo que tiene vivir sin más expectativas que las que conocemos, las que nos rodean, dando la espalda a otras costumbres, otras posibilidades, otros razonamientos, otros saberes.
Por eso no me extrañó cuando el cacique del pueblo, don Julián Maestre, le contesta a Ana Martí con una cita de Hamlet (lo que dice el príncipe a su amigo al hacerle jurar que no dirá que ha visto el espectro) “Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía”. Y efectivamente hay más cosas en la novela para poder entender el “milagro” de la santita con estigmas y los asesinatos. Y será Ana Martí quien los descubra; y nos enteremos en un momento porque la novela se lee del tirón, desde el principio te atrapa la prosa ágil y el suspense.
Y desde el principio, algunas curiosidades sobre nuestras costumbres nos hacen entender algo mejor la tradición de nuestro país; la falta de higiene no es otra cosa que un rechazo hacia los árabes, que, según los españoles se lavaban a menudo. La historia de la marquesa de Villasante, que rota de dolor por la muerte de su hija, decidió cortar trocitos de su cuerpo para que estuviera con ella de alguna manera; cuando encontraron las manos en formol, inventaron una cancioncilla que terminaba: “Moraleja: esconde la mano que viene la vieja”

Me alegro de incorporar otra “detective” a mis lecturas.

lunes, 28 de julio de 2014

MITO DE HAMLET

Hamlet es probablemente la obra más representada, versionada y estudiada de la literatura universal. Por lo tanto apenas podremos aportar nada nuevo de ella; no importa, merece la pena leerla, releerla e interpretar algo diferente, porque siempre descubriremos en esta tragedia particularidades que nos sorprendan. Nada voy a comentar de las fuentes de la obra, ni de las influencias que, desde 1602, han ido ejerciendo en múltiples autores (Allan Poe, Becket, García Lorca, se me vienen a la mente). Nada comentaré del papel de Ofelia, víctima callada del destino. Si alguno de vosotros quiere abordar los temas, estaré encantada de abrir otra página.

Como obra clásica, ostenta por título el nombre de su protagonista; esto hace que quien esté poco familiarizado confunda, a veces, cuándo se habla de la obra y cuándo del protagonista. Por eso es conveniente su lectura.

La obra de teatro es la tragedia del príncipe Hamlet (hijo del rey de Dinamarca, Hamlet, y de la reina Gertrud), universitario que debe regresar a su hogar porque su padre ha muerto y su madre se ha casado con su cuñado Claudio. Una vez allí intuye que los asuntos familiares no marchan según debieran

“Muerto hace sólo dos meses –no, ni siquiera dos– Amaba a mi madre. Tanto, que no habría dejado al viento rozar sus mejillas […] ¡Dios! Una bestia privada de razón habría llevado luto más tiempo…”
Intuye que los asuntos sociales y políticos llevados por su tío, el rey Claudio, pueden ser reprochados

“… que esta costumbre, más decoroso es quebrantarla que observarla. Estas orgías licenciosas son causa de crítica y deshonra desde oriente a occidente”
El comportamiento del nuevo rey le hace dudar de su honradez (de ahí que aparezca el espectro del rey Hamlet para asegurar a su hijo que fue asesinado y pedir su venganza). Y como también duda de la realidad de la aparición, decide fingirse loco para actuar y hablar con total libertad hasta descubrir la verdad. Por eso le pide a su íntimo amigo Horacio que no lo delate

“… jurad que nunca, y el cielo os asista, por muy extraña que os parezca mi conducta (y quizá en lo sucesivo considere oportuno vestirme de lunática actitud) […] afirmaréis saber de mí.”
Efectivamente, como “loco” puede burlarse de Polonio, padre de Ofelia y Laertes, o del propio rey (en su afán de medrar), recriminar a su madre y descubrir las intenciones de sus amigos Guildenstern y Rosencrantz: “De donde se deduce que nuestros mendigos no son sino cuerpos, y nuestros monarcas y héroes, sombras de mendigos.”

Pero sus dudas van en aumento, por eso decide que una compañía de cómicos represente el asesinato

“Arriba cerebro mío! [...] He oído que quienes son culpables, ante una representación de la escena, hasta el punto han llegado a proclamar sus delitos”
Y efectivamente, el rey suspende la representación; la reina quiere hablar con su hijo para que pida perdón; Polonio se ofrece a escuchar oculto para informar a Claudio, y Hamlet lo mata creyendo que era el monarca

“¡Adiós, pobre idiota, miserable, temerario, adiós! Os tomé por alguien de más rango”
Inmediatamente Claudio decide enviar a Hamlet a Inglaterra con una carta en la que ordena su asesinato en cuanto llegue. El príncipe, temiendo una venganza, abre la carta y cambia su nombre por el de sus amigos, cómplices del rey. El barco es atacado por unos piratas y Hamlet, ayudado por ellos, vuelve a Dinamarca. Mientras tanto, Ofelia, abrumada por la situación se ahoga en el río, por lo que Laertes acude a los entierros de su padre y hermana. El monarca aprovecha la circunstancia para eliminar a su hijastro y le prepara un duelo con Laertes, quien llevará la espada untada en veneno. Esto desencadenará la muerte de los reyes, de Laertes y del propio Hamlet.

Uno de los temas de la obra es la ambición de poder y sus consecuencias: corrupción moral y política, venganza, dolor, desvirtuación de la amistad y del amor… Sin embargo el protagonista Hamlet es el prototipo del hombre renacentista: noble, conocedor del ser humano, profundo humanista y diestro en armas y letras. A Hamlet le disgusta tremendamente la simpleza, el querer aparentar, la falta de expresión, la adulación gratuita. En las ironías que usa ante los que se comportan de esa manera, es donde reside mayormente su “locura”. Hamlet no está loco, y lo dice en alguna ocasión

“Yo sólo estoy loco con el nor-noroeste, pero si sopla del sur distingo muy bien entre un halcón y una garza.”
pero no lo creen (o no quieren creerlo), porque no entienden los sarcasmos dirigidos a quienes se pretenden cultos, importantes, nobles o amigos.

Hamlet es un mito porque pasarán otros cuatrocientos años y el Hombre volverá a sentirse identificado con él. El mito de Hamlet representa la duda ante situaciones en las que tenemos que elegir entre lo que nos dicta la Razón o la Pasión, entre lo que es realidad o sueño, ficción. Hamlet es el mito del hombre indeciso, melancólico; su angustia (que deriva de la duda) es su verdadera tragedia porque lo lleva a un pesimismo constante fruto de su desconfianza en el ser humano.

En este sentido, Hamlet es también prototipo del hombre barroco. Sin embargo en la Escena I del Acto V, cuando Hamlet habla con el sepulturero que prepara la tumba de Ofelia, comenta al ver la calavera del bufón Yorick:

“¿Dónde están tus chanzas? ¿Dónde las piruetas y tonadillas? ¿Dónde las salidas de tono que hacían desternillarse de risa a todos los comensales?”
que nos recuerda el ubi sunt? medieval.
Y en la templanza ante el ataque de Laertes

“Os lo ruego, apartad vuestras manos de mi garganta. Pues aunque no soy irascible ni violento, hay en mí algo de peligroso que vuestra prudencia debe temer,”
reconocemos al hombre moderno, razonador. Hamlet es pues, atemporal. De hecho aunque sus circunstancias sean las cronoespaciales de finales del xvi, podemos trasladarlas a nuestra época sin ningún problema.

El príncipe Hamlet es universal porque siempre habrá un álter ego del espectador, un Horacio que cumpla sus deseos


“…y vive, vive, respirando la amargura del mundo alrededor para que puedas contar mi historia.”