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lunes, 26 de noviembre de 2018

ANTÍGONA



A lo largo de la vida nos vamos encontrando con personas sabias, de las que aprendemos mucho, todos los días; no sólo conocimientos sino también a sobrellevar diferentes emociones. También vamos coincidiendo con gente buena que, sin ánimo de lucro dan lo que tienen, afecto, tiempo, saber, a los demás. Yo he tenido la suerte de conocer a José Antonio, no quiero poner su apellido porque sé que no le gustaría, pero él es sabio y bueno. Normalmente la vida no deja de poner dificultades a estas personas, pero como son inteligentes, saben solucionarlas a pesar del dolor y de la soledad experimentados. Pues bien, José Antonio, creo haberme referido a él aquí, en alguna ocasión, es un amigo, un buen amigo que, a pesar de no compartir una vida fuera del ámbito laboral, siempre me ha dado la ayuda que he necesitado. Espero haberle aportado algo, porque él me ha ayudado a ser mejor persona, más justa. Y ahora tengo que agradecerle un regalo, valiosísimo, la obra Antígona, según él su personaje preferido de la Antigüedad… ¡y el mío también! al menos uno de mis favoritos; de hecho cuando representamos Malas, me permití la licencia de añadir a Antígona, personaje que no aparece en la obra de Galindo Abellán, pero yo contaba con una actriz más que quería salir.

Sí, Antígona, como personaje denota fuerza, pasión, justicia, amor y una gran conciencia del vínculo fraternal. Antígona es un mito, es la representación del inconformismo ante el poder, de llevar hasta el final sus convicciones pase lo que pase, aunque se sienta sola y dolorida en lo más profundo de su alma.

Como obra teatral Sófocles demuestra una vez más la importancia de la representación, cuya máxima finalidad, como ya vimos en Edipo rey, es emocionar y conmover al espectador ¡Cómo es posible transmitir tanto en tan poco tiempo!

Si tuviera que nombrar al personaje principal, quizás no elegiría a Antígona, a pesar de que la obra lleve su nombre como era costumbre en la antigua Grecia, a pesar de que todo gira en torno a la desobediencia de ella; pero el resto de personajes están pensados para exponer una fuerza tal que entre todos aumentan el poder de convencimiento que sentimos con Antígona, y contribuyen a la vitalidad de la expresión. Son capaces de determinar las emociones ante unos espectadores que necesitan informaciones provenientes de indicios o situaciones. Y este papel lo representan tanto Corifeo «¡Oh adivino, qué profecía tan veraz realizaste!» como el que tiene un papel deuteragonista (o de segundo orden) como es el caso del Mensajero «Pues cuando los hombres traicionan sus alegrías, no creo yo que un hombre así esté vivo, sino que considero que es un cadáver que respira». El Mensajero nos está avisando de que Creonte sufrirá la mayor de las desgracias, estar muerto en vida. Algo totalmente actual; tiene gracia, han pasado 26 siglos desde que fue escrita la obra y los hombres seguimos traicionando a aquello o aquéllos que nos hacen felices, por ambición, por dinero, por soberbia… da igual, somos capaces de buscarnos el no ser por no comprender a quienes nos quieren y nos llevan la contraria por nuestro bien.

Si tenemos esto en cuenta Creonte sería el verdadero protagonista, Antígona sería la heroína, Hemón y Eurídice, héroes que no claudican ante el soberbio y lo castigan dejándolo con su dolor «le miró de arriba abajo con ojos salvajes el hijo, le escupió a la cara y, sin dar respuesta alguna, saca el doble filo de la espada […] embute en sus costillas la espada hasta la mitad, y con brazo débil, aún en sus cabales, se abraza a la doncella […] y yace, cadáver sobre cadáver».

Hasta tres enfrentamientos tiene Creonte con aquéllos que intentan hacerle ver que no se puede desafiar a la ley divina (hoy diríamos al sentido común). El primero, con Antígona; en este enfrentamiento Creonte es el representante de la antítesis entre el obrar humano y la voluntad del poder superior. Antígona es la heroína que sigue su camino hasta el final, plenamente convencida de que va a morir al oponerse a la ley terrenal; aun así lo hace y con ello aumenta su valor moral. Antígona se encuentra sola tal y como nos enteramos en el Prólogo, cuya función era poner en situación al espectador de todo lo ocurrido antes de la obra en sí, de forma que pudiera seguirla sin dificultad

ANTÍGONA.- Ismene, hermana mía entrañable, ¿acaso conoces de las desgracias de Edipo alguna que Zeus no culmine en nuestra vida?
[…]
ISMENE.- …desde que las dos quedamos privadas de nuestros dos hermanos, muertos en un solo día por matanza mutua
[…]
ANTÍGONA.- ¿No sabes que en los funerales de nuestros hermanos Creonte honra a uno y deshonra al otro? […] Al cadáver de Polinices […] insepulto, tesoro dulce para las aves rapaces
[…]
ISMENE.- ¿Piensas enterrarle, cosa prohibida a la ciudad?

En este Prólogo no sólo somos conscientes del dolor de la familia; Edipo, su madre y mujer, los hermanos han muerto, sólo quedan ellas que no son más que mujeres «y no podemos luchar contra hombres». También queda reflejado el carácter fuerte y bondadoso de Antígona, rebelde ante las injusticias y consecuente con sus sentimientos «¡Corazón ardiente tienes en cosas que hielan!».

Antígona le reprocha a Ismene que se deje llevar por el temor (aunque lo entiende) de la ley humana, antes que seguir la ley divina «mantente en el desprecio de lo que los dioses aprecian».

Antígona ya en el Prólogo aparece como el héroe, el centro de la tragedia; sin ser sobrehumana, sus cualidades principales como el amor, el valor y el sentido de la justicia la hacen estar por encima de los demás. Ella es, además, la que marca el centro de interés de la obra: la voluntad férrea, las decisiones y el destino. Y sobre estas propiedades girará el argumento.

Al Prólogo le sigue un Párodo; no es sino la entrada del coro que a base de estrofas y antístrofas cantan y danzan en avance y retroceso, de forma que nos enteramos con mayor claridad de lo ocurrido. El lenguaje cambia, se hace más lírico, abundan las metáforas «cubierto con ala de nieve blanca», los epítetos épicos «al guerrero de Argos de blanco escudo», las perífrasis «excepto los malhadados que, de un solo padre y de una sola madre nacieron, blandieron el uno contra el otro sus lanzas muy poderosas, y tuvieron ambos la suerte de una muerte común», las aliteraciones «aborrece las fanfarrias» y las paranomasias «suerte-muerte» de forma que el ritmo es continuado, perfecto para mantener la atención del espectador.

Después la obra queda perfectamente dividida en 5 Episodios alternados con 5 Estásimos.

En los Episodios surgen los diálogos entre los personajes, que Sófocles aumenta hasta tres, algo que aporta asimismo ligereza y ritmo. En el primer Episodio hablan Creonte con Corifeo y un Guardián. Creonte dicta el destino de Polinices «que nadie le honre con una tumba ni llore […] y sea su cadáver comido y mutilado por perros y aves». Aparece el guardián, afectado por lo ocurrido y temeroso de lo que pueda sucederle al mensajero «Vengo aferrado a la esperanza de que nada más ha de pasarme que lo que el destino me guarda» pues «alguien enterró el cadáver», y Corifeo, con un punto de sensatez advierte de que el enterramiento pudo ser justo «que esta acción haya sido impulsada por los dioses es lo que me sugiere la reflexión desde hace rato». Las ideas de estos tres personajes quedan expuestas. Ahora se desvelan (en el coro, que ya no danza) los pensamientos del autor en el Estásimo. Sófocles se apoya en el Coro para plantear las habilidades del hombre, tanto manuales «A la imperecedera, infatigable Tierra […] desgasta con los arados […] a la raza de las aves tornadizas acorrala y apresa […] Domina […] al caballo de espesas crines», como cognitivas «Y el lenguaje y el pensamiento etéreo y los sentimientos sociales aprendió». Asimismo deja muy claras sus ideas políticas y religiosas «en tanto respete las leyes del país y la justicia comprometida con los dioses».

En el siguiente Episodio observamos la cobardía humana. Los guardianes han apresado a Antígona y, aunque apenados «es doloroso llevar a los amigos a la desgracia. Pero es natural que todo esto me importe menos que mi salvación», confiesan que el miedo a la muerte es más fuerte que el honor. Ahora surge el primer enfrentamiento de Creonte con Antígona, quien lo acusa de no respetar las leyes divinas y al que advierte que prefiere la desgracia mayor a vivir entre injusticias «Pues quien como yo vive entre muchos males, ¿cómo no ha de obtener ganancia con morir?». La valentía de Antígona cobra fuerza con el quiasmo empleado por Corifeo «¡Claro está que la muchacha es un fiero vástago de un padre fiero!». Pero Creonte no se aviene a razones «Más no debe tener el bueno la suerte del malo» y menos si son presentadas por un ser inferior «¡Pues vete bajo tierra y, si has de amar, ama a los de allá! Mientras yo viva no me mandará una mujer».

Antígona aceptará su destino pero no la humillación, por eso, antes de morir de hambre en la tumba se ahorca. En el siguiente Estásimo, la voz de Sófocles, a través del coro, advierte del valor de la familia «que lo malo parece bueno a quien un dios encamina sus entrañas a la desgracia, y actúa un tiempo mínimo fuera de la desgracia». Curioso pensamiento que, como tantos otros, fue después aceptado por la Biblia «Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas…».

En el tercer Episodio surge el enfrentamiento entre Creonte y su hijo Hemón, pues intenta que reniegue de Antígona, su prometida, por haberlo desobedecido «Ea, despréciala como a enemigo y deja que esta muchacha se case con uno en el Hades […] en absoluto hay que dejarse vencer por una mujer»; la cosificación de la mujer sigue patente, pero Hemón razona y argumenta sobre la bondad de Antígona y sobre el dolor que le causará al pueblo «¿No es ella digna de un honor áureo? Tal es el rumor oscuro que en silencio se propaga»; la fuerza del oxímoron no convence a Creonte, por lo que Hemón le advierte de que se quedará solo «¡Bien gobernarías tú solo en una ciudad desierta! […] Bien, ella morirá y tras morir destruirá a alguien».

En el siguiente Estásimo, Sófocles se hace eco (mediante el coro) del poder del amor y del destino «te estrellaste, oh hija, y alguna prueba paterna estás pagando».

Antígona confiesa, mediante antítesis, su dolor absoluto en el cuarto Episodio «Cierto es que por ser piadosa me he atraído la fama de impía […] ¡Contemplad […] por qué clase de hombres estoy sufriendo, por haber sido piadosa con la piedad!».

En el quinto Episodio llega el tercer enfrentamiento, ahora Creonte lidia con Tiresias, quien le advierte de la importancia del destino «por tu decisión contaminada está la ciudad». Aunque la obra es independiente, cierra la maldición de Edipo, el tiempo es circular y los males regresan una y otra vez por la insensatez de los gobernantes «ya no completarás muchos giros del sol antes de que tú mismo entregues un muerto de tus propias entrañas a cambio de otros muertos que de los de arriba has arrojado abajo».

En el quinto Estásimo el Coro se dirige a Baco (patrón de la agricultura y el teatro) para que imponga justicia. Y la justicia le llega a Creonte por su tiranía.

En el Éxodo, Corifeo es el encargado, como en toda la obra, de avisar al público, mediante una ticoscopia para que pueda “ver” lo que ocurre fuera de escena «Y estoy viendo al tiempo a Eurídice desdichada, de sus mansiones sale». De sus palabras se deduce la tragedia final, completa, la soledad y el dolor absoluto del que será víctima Creonte. Baco ha oído las intercesiones y ha impuesto justicia, una justicia implacable, como todas las divinas. Ahora lo llamaríamos justicia poética pues está claro que el mito es Antígona, la noble, la leal, la coherente; y del tirano Creonte nadie se acuerda, todo «consecuencia de sus propios errores».

Obra escrita en el siglo V a.C. Antígona es hoy, con el auge de las teorías feministas, abanderada del verdadero valor de la vida. Una vida en la que no podemos realizarnos según una justicia para todos, no es vida.

Gracias, Sófocles, por este legado.

Gracias, José Antonio, por tu amistad.

miércoles, 9 de agosto de 2017

EDIPO REY


ALGO DE HISTORIA TEATRAL PARA ENTENDER LA TRAGEDIA

El nacimiento de la tragedia se postula como el surgimiento del género literario más estrechamente ligado al auge de Atenas y de su democracia (encontramos los mismos preceptos que conformaban las instituciones originarias de la democracia, sobre todo el cuestionamiento acerca del destino del hombre, la responsabilidad de sus actos —marcada por el destino—, la igualdad de todos ante la ley, la instauración de una relación entre lo personal y lo social, en la cual la voluntad del individuo tiene plena conciencia de su pertenencia a un todo. Lo social y lo político estaban entrelazados a lo religioso; la relación que una persona establecía con la dignidad estaba mediada por su participación en la comunidad). Junto a los dos grandes géneros de la literatura griega, la epopeya y la tragedia, coexistió un género de importante componente coral que influyó en ambos, la poesía lírica. El siglo VII a.C. es el gran siglo de la lírica, y los últimos grandes representantes de la lírica (a principios del siglo V a.C.) serán contemporáneos del auge del teatro ateniense. La lírica es poesía cantada con un instrumento (lírica o cítara), en ambiente festivo. Tras el declive de la lírica, la lírica coral desarrolló la estructura triádica: estrofa, antístrofa y epodo. El teatro se influenció de esta lírica. Así, la tragedia es un género nuevo, sintético de géneros anteriores y lugar de encuentro de metros y temas diversos. Al parecer, Tespis (siglo VI a.C.) añadió el coro a la primera representación de la tragedia griega, desglosando de los coreutas un personaje encargado de recitar, no de cantar como hacía el coro, unos versos para completar la acción y narración. Este personaje, el Corifeo, decía imitando por la máscara los gestos y movimientos, mientras el coro cantaba e imitaba por la voz y la palabra, y sus gestos se convertían en danza. Con el tiempo, y por supuesto es lo que observamos en el teatro de Sófocles, la acción fue mermando el campo ocupado por el coro, a través de la representación de los personajes, cada vez más complejos.

La tradición del drama está ligada a la explicación del mundo y a las primeras creencias religiosas de los antiguos griegos. La sociedad ateniense concedía mucha importancia al mito y al rito, por lo que la tragedia estaba muy enlazada a ellos, de ahí el ritual de súplica del comienzo de Edipo Rey, o el rito de purificación que Edipo debe realizar ante la mancilla que llevó la peste a la ciudad.

Los autores representaban sus obras en las fiestas previstas por los ritos: las Leanas (durante el mes de las bodas, a finales de enero), las Dionisias (a finales de diciembre, de carácter agrario) y las Grandes Dionisíacas, que eran las fiestas atenienses por antonomasia, a principios de la primavera y cuando tenían lugar los grandes concursos dramáticos.

Desde un punto de vista formal, una tragedia griega tiene la siguiente estructura:

Prólogo: Presenta los antecedentes del argumento de la obra, con una tirada relativamente corta de versos recitados.

Párodos:  Momento en el que el coro entra bailando y cantando.

Episodios: Recitados por actores, siguen a los párodos y pueden llevar intercaladas entre un episodio y otro diversas intervenciones del coro como los estásimos, cuando el coro ocupa su lugar en la orquestra cantando y bailando sobre el propio terreno, que comienzan por la estrofa, a la que sigue su antístrofa (con un esquema métrico igual al de la estrofa) y se cierran con el epodo.

Éxodo:     La obra se cierra con la despedida del coro, que se va cantando majestuosamente.

A esta estructura básica podemos añadir otro tipo de unidades que enriquecen la tragedia: los agones (enfrentamientos entre personajes que defienden ideas contrarias), las escenas de mensajero (un personaje llega contando algo sucedido fuera), las resis (tirada de versos recitada por un personaje) o los amebeos (diálogo lírico entre un actor y algún miembro del coro).

Tras analizar esto, vemos la importancia del coro en la obra dramática; es un elemento básico sin el cual no se concibe la tragedia griega. Es un colectivo que mimetiza en escena a un grupo en relación estrecha con los personajes. Siempre intervenía cantando, excepto cuando un miembro individual del coro, el corifeo, recitaba  de forma paralela a los personajes.

Los cantos del Coro explican el significado de los acontecimientos que precedían a la acción.

A lo largo de la historia, va perdiendo importancia; en Sófocles, aunque conserva el papel de personaje, pierde protagonismo.

El corifeo, sin embargo, continúa reflexionando con sentencias morales y religiosas, aunque en Edipo Rey, es el propio Edipo quien lo hace tras su canto de lamento. Cuando el coro pierde su importancia, el corifeo se convierte en el primer actor porque en lugar de cantar al unísono con el resto de coreatas utiliza el diálogo con ellos. Así se inició el teatro y cuando Sófocles introdujo un tercer actor, el coro adquirió su forma y funcionalidad definitivas:

   Ritual (oraciones, acción de gracias, ofrendas...)

    –  Demarcadora del inicio y fin de los episodios (con su intervención)

   – Mediadora: entre la acción que se desarrolla en escena y el público, cuyo sentir interpreta y proclama.

   – Narradora, sugiere y preanuncia los derroteros por donde se encaminará la acción, advierte a los personajes del peligro que corren con su conducta y de las desgracias que se ciernen sobre ellos, interroga a los dioses sobre el destino...


ROLES EN EDIPO REY

Cuando se representó Edipo Rey, en el siglo V a.C. el público no podía ver los gestos de los actores debido a la utilización de las máscaras que, al igual que la representación dramática, tienen su raíz en el ritual religioso, pero gracias a los distintos tipos de máscaras un actor pudo representar dos papeles fácilmente. A veces ocultaban la cara con barro o azafrán, símbolo necesario por el rito, que requiere vestirse con elementos nuevos, no usuales.

La máscara proporcionaba la información necesaria al público: edad, sexo (las mujeres no podían actuar, así que mediante una máscara femenina, más clara que las masculinas, el público sabía de quién se trataba), estado de ánimo y el rango del personaje (venía a sustituir al maquillador actual). Además el actor llevaba una peluca y una túnica: negra para personajes tristes y el coro, púrpura para reyes, a los que se les ponía una corona para aumentar su símbolo de poder; los colores vivos quedaban para personajes importantes, y los neutros para el pueblo. Los héroes y dioses de la tragedia llevaban también los coturnos (especie de zuecos altos) que simbolizaban su superioridad.

Estas distinciones eran necesarias porque, además, la capacidad del teatro griego era para unas 17.000 personas, por lo que había que solucionar el problema de la visión de algunos espectadores con símbolos. Asimismo la entrada de un personaje nuevo se anunciaba en el diálogo antes de la acotación que marcaba su entrada, y a ser posible, se anunciaba el estado de ánimo (oculto tras la máscara)

SACERDOTE: Con oportunidad has hablado [...] indicando por señas que Creonte se acerca.
EDIPO: ¡Oh, soberano Apolo! ¡Ojalá viniera con suerte liberadora, del mismo modo que viene con rostro radiante!
SACERDOTE: ...viene complacido. En otro caso, no vendría así, con la cabeza coronada de frondosas ramas de laurel (atrezzo que sustituía asimismo al gesto)
EDIPO: Pronto lo sabremos...
(Entra Creonte en escena)

Además de objetos simbólicos, los actores podían elaborar una serie de gestos corporales que ayudarían a la comprensión de la representación. Tiresias acompaña con un gesto ilustrador, expresado en una acotación «(Hace ademán de retirarse)», el temor a una posible venganza de Edipo (por no referirle que él es hijo de Layo) «Porque veo que tus palabras no son oportunas para ti. ¡No vaya a ser que a mí me pase lo mismo...!».

Aunque no lo dice, lo normal es que Edipo efectuase un gesto regulador, levantando la mano, como impidiendo su retirada; de esta forma facilita el flujo de la comunicación «No te des la vuelta, ¡por los dioses!...». Otro gesto regulador, para interactuar con el coro, podría ser el que hace con los brazos, dirigiéndose hacia él para que le conteste «Edipo [...] Indicádmelo, pues es el momento de descubrirlo de una vez por todas».

Por supuesto, los movimientos del coro marcarían gestos emblemáticos, típicos de ritual, al pedirle algo a los dioses, como levantar las manos en señal de súplica, o coger la mano, acción que formaba parte de los rituales «Yocasta [...] me suplicó, encarecidamente, cogiéndome de la mano, que le enviara a los campos...». Asimismo, llevarse las manos a la cabeza o mesarse los cabellos, serían gestos ilustradores que aportarían credibilidad a escenas de dolor o incomprensión, de esta manera se enriquecerían las palabras del diálogo: «EDIPO: ¡Oh, ciudad, ciudad».

Sin embargo, al ser una tragedia, los gestos más emotivos no se realizaban en escena, de esta forma se comunica mediante la palabra, y no los actos, los terribles sentimientos que llevaron a Yocasta a suicidarse y a Edipo a arrancase los ojos; así pues, el público no vería los llantos ni el ahorcamiento, tampoco serían convenientes gestos de dolor físico extremo, en consonancia con el carácter sagrado que para los griegos tenía el recinto teatral, que a veces estaba presidido, tras llevarlo en procesión, por Dionisos, dios en cuyo honor tenían lugar las representaciones dramáticas.

Una vez que ha ocurrido la tragedia y «(Se abren las puertas del palacio y aparece Edipo con la cara ensangrentada, andando a tientas)», el coro sí haría un gesto ilustrador para representar visualmente las palabras «CORO: ¡Oh, sufrimiento terrible de contemplar para los hombres! ¡Oh, el más espantoso de todos cuantos yo me he encontrado!» (El escoliasta señala que el coro volvía la cabeza a la vista de Edipo).

En cuanto a la proxémica, hemos de advertir las distancias requeridas al hablar con el rey, mientras que él, en caso de enfado sí podía hacerlo con cualquiera.


COMENTARIO CRÍTICO

Probablemente sea la tragedia más representada de Sófocles, de hecho, Aristóteles la consideró como las más perfecta de las tragedias griegas. Puede que sea por eso que su argumento no encierra incógnitas: Edipo mata a su padre Layo, y se casa con su madre, Yocasta, (sin saber quiénes son en realidad). Llega a ser rey de Tebas, porque es el único que acierta el enigma de la esfinge, causando así la muerte de ésta y el alivio de la ciudad.

Pero Edipo Rey comienza in medias res. Todos esos hechos pertenecen al pasado. Con el transcurso de la obra nos enteraremos de lo sucedido, del hecho delictivo, de cómo lo averiguan y del castigo. Y todo es llevado a cabo por la misma persona: el propio rey, asesino, usurpador, investigador y ejecutor del castigo.

La estructura de la obra mantiene el canon clásico:

Se abre con un Prólogo, en el que Edipo, al ver ante su palacio a un grupo de jóvenes y ancianos «en actitud suplicante», sale y le pregunta al sacerdote por la causa, asegurando que los ayudará. El sacerdote relata la triste y desolada situación de Tebas: todo es esterilidad (en los campo, animales y mujeres) y muerte, a causa de la peste. Por su importancia «¡Ea, oh el mejor de los mortales» y sabiduría «¡oh Edipo, el más sabio entre todos!» le pide al rey que les devuelva la fortuna. Edipo se muestra como bueno y religioso «No hay ninguno de vosotros que padezca más que yo», así que adelantándose a la petición ya había enviado a Creonte, hermano de Yocasta, al oráculo, dispuesto a realizar lo que le diga Apolo «Sería yo malvado si, cuando llegue, no cumplo todo cuanto el dios manifieste».

A este Prólogo le siguen los Episodios: El primero, a modo de escena de mensajero, entre Edipo y Creonte quien, tras hablar con el dios nada sabe excepto que habrá de arrojar de la región una mancilla que existe. Este episodio funciona como relato digresivo anafórico para el público y para el propio Edipo, que se entera de dónde, cuándo y cómo murió Layo; al no aparecer aún ningún vengador, él se ofrece, preocupado, a investigar y desvelar la verdad, mostrándose decidido y lógico en sus conclusiones «y con la ayuda de la divinidad apareceré triunfante o fracasado».

Intercalados entre este y otros episodios, como el diálogo que mantiene con Tiresias, con Creonte, con Yocasta, con el mensajero que lo entregó a Pólibo, rey de Corinto, o con el servidor de Layo, quien se lo dio al mensajero, aparecen los estásimos, diversas intervenciones del coro que mediante estrofas y antístrofas tienen una función demarcadora entre los episodios, además la primera vez que se presenta el coro, lo hace con función de ritual, pidiendo a Apolo que termine con los males de la ciudad. La segunda vez lo hace con función mediadora, al proclamar el sentir del público «Porque un día quedó claro, en la prueba, que eras sabio y amigo para la ciudad. Por ello, en mi corazón, nunca será culpable de maldad». Y la tercera aparición tiene función narradora, advirtiendo a Edipo que no juzgue a Creonte «...por un rumor poco probado, nunca lances una acusación de deshonor a un pariente obligado por su propio juramento».

El Éxodo es lo que cierra la obra. En los comienzos del teatro, era el coro el último que salía de escena cantando majestuosamente. En Edipo Rey, otra muestra de modernidad la da el final pues entran todos en palacio y sólo queda en escena el corifeo quien establece una moraleja «ningún mortal puede considerar a nadie feliz [...] hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso».

Asimismo en la tragedia encontramos monólogos (resis) como el de Edipo, para referir sus orígenes, y agones, o enfrentamientos que defienden ideas contrarias como el episodio entre Edipo y Tiresias

EDIPO: ¿Con tanta desvergüenza haces esta aseveración? ¿De qué manera crees poderte escapar a ella?
TIRESIAS: Ya lo he hecho. Pues tengo la verdad como fuerza

En Edipo Rey, el coro se adapta a la progresión de la pieza; protagoniza un leitmotiv, algo recurrente, pues cuando aparece, la sabiduría, el juicio y el cuestionamiento a los personajes ya está presente.

Sófocles atribuye al Coro la sabiduría, como si fuera el consejero. Asimismo describe el planteamiento, el nudo y el desenlace. Al final de la obra, en la última aparición del coro, realiza el papel de juez para Edipo, al condenarlo por su desdicha.

El coro está unido a Edipo como rey y salvador de la ciudad; lo recrimina y advierte de su inferioridad humana, da consejos para que no acuse en falso, pone fin a la riña entre Creonte y Edipo y esconde a Yocasta la revelación de Tiresias. El coro da más importancia a las cualidades que al objeto mismo «divino vidente», «vagas sospechas», «altiva cumbre del Parnaso». Con un léxico culto, su función es relevante; además de ayudarnos a construir la complejidad del personaje y a encauzar la obra a la tragedia, pone de manifiesto la idea básica de Sófocles: la soledad del héroe frente a su destino y la pequeñez del hombre frente a la divinidad.

Edipo Rey es la tragedia del hombre social, pues rompe con los convencionalismos aunque sin ser consciente de sus actos. No son estos actos los que se juzgan en la tragedia, de hecho, su crimen no es moralmente un delito; lo que se juzga es la máxima culpa social a la que ha llegado. No hay erotismo en la relación entre Edipo y Yocasta, sino que ésta, cuando aparece es para poner orden y paz en el ambiente familiar; de hecho Yocasta es la imagen de la perfecta esposa, ganándose el respeto de Edipo por encima incluso del que siente por los ancianos del coro.

Edipo es un mito ya que representa como tantos otros una naturaleza contradictoria, pues contrapone las apariencias a la realidad. Edipo es purificador e impuro, experimenta el máximo esplendor y la peor caída, es un daimon (criatura entre dios y héroe) pero está totalmente humanizado. Es responsable, pero colérico, no puede refrenar su ira con Tiresias, con Creonte o con Yocasta (y esa cólera fue la que lo llevó a reñir y matar a su propio padre). Su crimen (violar el tabú sexual) constituye lo que, desde Freud, conocemos como complejo de Edipo y encarna no un caso patológico sino un elemento más de un hombre normal pero al proyectarse al terreno social se convierte en algo monstruoso, por eso, el parricidio e incesto cometidos por Edipo desencadenan la peste sobre la comunidad, de ahí que la sanción deba ser social (apartarlo de ella).

Realmente cuando Edipo se quita los ojos no es cuando queda ciego sino que la tragedia comienza en su nacimiento, él ha vivido «a ciegas» toda su vida. Durante la representación es cuando sale de su engaño y se sitúa en la sociedad (en la que, al ser consciente de haber roto las normas, es consecuente con su castigo). La culpa de Edipo es que no debería haber nacido; desde ese momento está condenado al desastre, nada puede luchar contra el destino; Sófocles intenta realzar la gloria del oráculo de Delfos (siglos después, Shakespeare encumbrará en Macbeth la predestinación de las brujas de Escocia), y hoy se exalta el autodescubrimiento del hombre, la conciencia que descubre lo que revela el subconsciente.


CONCLUSIONES

Indudablemente es una de las más perfectas tragedias griegas tanto estructuralmente como en el contenido, donde conviven creencias míticas, rituales religiosos, reglamentos sociales, leyes políticas, pensamientos filosóficos, bases psicológicas (no debemos olvidar de dónde viene el complejo de Edipo freudiano) y sobre todo, creación, imaginación y belleza artística. Con un vocabulario culto, lleno de perífrasis, símbolos y diferentes alusiones a Apolo (Loxias, Febo, Sol, Pítico, Liceo, Delios) según a qué hiciesen referencia, a lo oblicuo de sus respuestas, a la luz de la verdad, al haber matado a una serpiente pitón, al ser el dios de los oráculos o al haber nacido en la isla de Delos.

Edipo Rey se ha convertido en la encarnación de la fragilidad de la grandeza y la caducidad de la felicidad, recordándonos el tópico vanitas vanitatis y marcando unas bases teatrales y literarias que aún hoy serán tenidas en cuenta (como la relación entre el nombre y quien lo ostenta).

El mito de Edipo ha sido representado desde la Antigüedad, donde podemos encontrar pinturas en cerámicas griegas que representan el encuentro de Edipo y la Esfinge.

En 1828, Antoni Brodowski pintó Edipo y Antígona, representando su salida de Tebas.

En 1864, Gustave Moreau también pintó su famoso cuadro Edipo y la Esfinge.

Asimismo ha sido pintado por los surrealistas Chirico o Francis Bacon.

En 1926 Stravinski compuso la ópera Oedipus rex.

En 1967 Pier Paolo Pasolini la adaptó al cine con un éxito rotundo.

En 2004 apareció un corto de animación, Oedipus, en el que los protagonistas son verduras y hortalizas.


Y sin duda, las representaciones teatrales han sido numerosas. En 2016 la compañía Noctámbulo obtuvo el Premio al mejor espectáculo de sala en la XVIII Feria del Teatro de Castilla y León que se celebra en Ciudad Rodrigo. En 2014 fue llevado al Festival de Mérida. También en 2016 se representó en el Festival Juvenil de Teatro Grecolatino en el Parque Torres de Cartagena, y ese mismo año se puso en escena en el Teatro de la Abadía por la compañía Teatro de la Ciudad