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domingo, 13 de agosto de 2017

MALAS



Malas es una obra de teatro actual, en la que seis personajes femeninos, de la literatura universal, son juzgados por diferentes actos cometidos —cada una en su obra correspondiente—. Quien las juzga es una mujer (esto es lo más duro, que las propias mujeres, a lo largo de la historia, y aun hoy en muchas ocasiones, condenamos determinadas actitudes en una mujer que vemos normales en un hombre); lo curioso de la puesta en escena es el juego de luces. La jueza no debe verse, de hecho puede sustituirse por una voz en off, ésta de hombre según las indicaciones del autor, Miguel Galindo Abellán.

Los personajes son, por orden de intervención, y de aparición en la literatura, Medea, Celestina, Lady Macbeth, Laurencia, Nora y Bernarda. A todas las conocemos, sabemos su historia por lo que lo interesante del texto dramático es ver qué tienen que alegar en su defensa.

En realidad todas justifican por qué actuaron de esa manera, Medea por celos (hoy lo llamaríamos maltrato psicológico), pues tras haber traicionado a su padre y a su pueblo por ayudar a Jasón «a conseguir el Vellocino de oro que defendía aquel enérgico dragón [...] convirtiéndome en una mujer sin honor», él la traiciona a ella y la obliga a vivir con los hijos que tienen ambos y la nueva mujer que Jasón elige.

Su defensa se basa en el amor que le profesó y en no poder soportar que la otra ocupara su lugar ante su marido y sus hijos «extirpé la posibilidad de alargar su mortífera estirpe de traidores. No maté a mis hijos, lo maté a él y me condené a mí misma [...] condenada a amar violentamente a través de los tiempos».

A Celestina se la acusa de prostitución y delitos contra la salud por la práctica de la brujería. Ella se defiende argumentando que sólo practicaba la hechicería (que no es lo mismo) y ayudaba «a devolver a las jovencitas casaderas a su estado naciente» (en realidad, teniendo en cuenta que no ser virgen era un hándicap para la mujer, estaba haciendo un favor social —aun hoy se restaura en determinadas culturas el himen para evitar que la mujer sea rechazada—). Sin embargo, sus asesinos no han tenido tanta repercusión en la historia «los únicos que deberían estar delante de vuecé deberían ser esa pareja de traidores, Pármeno y Sempronio».

A Lady Macbeth la acusa —la historia— de incitación al asesinato, complicidad y conspiración y ella se defiende alegando que incitó a Macbeth a matar al rey —Duncan— porque no veía justo que en un país se mantuviera una línea sucesoria de reyes mediocres, sino que deberían gobernar los elegidos «por leyes divinas, por la potencia de los astros y las fuerzas ocultas de la naturaleza». En realidad Lady Macbeth ha hecho lo único que podía hacer en una época en la que la mujer no significaba nada socialmente «Creer en él y en las predicciones. Le empujé a ser rey de Escocia como cualquier mujer se crecería ante la cortedad de su esposo para enfrentarse a la vida, pero jamás asesiné», sin embargo no fue tan dura como parecía pues su decisión la llevó a la locura y al suicidio; ella no se culpa de nada «Las cosas sin remedio no deben volver a considerarse: lo que está hecho, hecho está».

El crimen de Laurencia, hija del alcalde de Fuenteovejuna, es diferente, ella no mató a nadie como Medea y, aunque instigó a la venganza como Lady Macbeth,

¿Vosotros sois hombres nobles?
¿Vosotros padres y deudos?
[...]
Ovejas sois, bien lo dice
de Fuenteovejuna el nombre

lo hizo por desamparo, a Laurencia sí la ofenden, la violan, le arrebatan su honra y ella no puede defenderse por lo que pide ayuda al pueblo. Laurencia se presenta perpleja ante la acusación pues está convencida de «que un ser humano no obre / sobre otro explotación» (es curioso que el pueblo no se levante hoy, entero, para impedir tanta violencia machista impune).

Nora está desconcertada, la inocente Nora no ha matado a nadie, no ha instigado al asesinato y sin embargo es acusada de abandono del hogar y de los hijos, así como de falsificación documental. Su defensa se basa también en el amor, prefirió quedar ella como cruel socialmente antes que pedir el divorcio, que le hubiera supuesto a su marido «un duro golpe social». Nora representa el sacrificio que han debido de hacer muchas mujeres para llegar a la situación femenina actual.

Por último Bernarda es acusada de secuestro, intento de homicidio e incitación al suicidio; su defensa reside en que no podía dar que hablar al pueblo, había de mantener el honor de sus hijas intacto y respetar lo impuesto socialmente por no parecer malas mujeres, de ahí que llevasen ocho años de luto riguroso. Bernarda es la mujer que no ha gozado de libertad por temor al qué dirán, que ha sido educada con violencia y restricción, por eso ella hace lo mismo «a la juventud hay que obligarla a entrar en vereda con mano dura o pasa lo que pasa».

Todas se declaran «Inocente» de los cargos que les ha imputado la sociedad. Todas han luchado por hacer valer su honor en un mundo pensado por y para los hombres. Aun así esto no es lo importante de Malas (eso ya lo vemos en cada obra de las que son protagonistas).

Lo realmente fantástico de Miguel Galindo es la puesta en escena. Las protagonistas no interactúan entre sí apenas, alguna tiene un gesto, un movimiento, una palabra hacia las demás para reforzar la mitificación conseguida en la literatura. Bernarda da golpes con su bastón en el suelo y tira el abanico que Nora le deja porque no es negro «He dicho un abanico [...] no un soplillo de payaso!».

Nora interrumpe tímidamente a Lady Macbeth para pedir salir de allí puesto que ella cree no haber cometido ningún delito; más tarde, cuando le toca su turno, saca «un paquete de golosinas [...] y le ofrece a las demás [...] Esto era lo único que me recriminaba Torvald...».

Por su parte Lady Macbeth da la espalda a Celestina mientras ésta habla, como dando a entender que no debe estar ante gente de tan baja condición. Y, sin duda la mayor interacción es cuando sale Nora, tras un grito aterrador, el escenario totalmente iluminado y ella intentando escapar por todos sitios, aunque antes de llegar a ningún extremo «se escucha un portazo» que la obliga a volver hacia otra dirección con el mismo resultado. Durante esta intervención de movimientos y gestos de terror, acrecentados por el sonido de las puertas y los gritos, algunas la censuran; «CELESTINA: ¡Detente loca, MEDEA: ¿A dónde quieres ir?, L. MACBETH: Deberían matarte, CELESTINA: ¡Loca!, BERNARDA: (Golpea con su bastón enérgicamente): ¡Silencio!».

Así pues, aunque se trate de monólogos, el diálogo escénico es fantástico. Cada personaje habla según la época a la que corresponde su papel y realiza los mismos gestos que ya vimos en sus obras: la risa infantil e inocencia de Nora, la fe de Laurencia, la soberbia y altanería de Lady Macbeth, la ironía de Celestina y su temor, el cansancio y seguridad de Medea, el desprecio y confianza de Bernarda.

Pero todas experimentan un declive con un gesto que revela su sufrimiento, el desequilibrio mental al que han sido abocadas con sus hechos: Medea «Ríe a carcajadas» «se retuerce de dolor», Celestina «Intenta huir» «cae al suelo», Lady Macbeth «inclina tristemente la cabeza», Laurencia «Llora de rabia», Nora «mira con cierto miedo a Bernarda» (probablemente le recuerda la intransigencia masculina) y Bernarda «triste» rememora el suicidio de su hija, las consecuencias de sus actos.

Lo maravilloso es que a pesar de haber sufrido, de haber sido acusadas por ellas mismas y rechazadas por la sociedad, todas dan por bueno y efectivo su dolor y, como el Ave Fénix, reviven de su cenizas, se enfrentan a lo hecho «(Da un paso adelante)» y se declaran «¡Inocente!» una y otra vez mientras que son, de nuevo, llevadas a su lugar de origen, a la literatura «Una lluvia extraordinaria de libros cae sobre los personajes hasta que los entierra».

Y ahí permanecerán, de manera universal para que no las olvidemos, para que les hagamos justicia y entendamos que sus actos fueron consecuencia de lo que les tocó vivir, para que nos cercioremos de que si hubieran sido hombres, la historia, la sociedad, no las habría censurado por sus actos, para que no nos olvidemos de que aún queda mucho camino por recorrer.


ROLES

La luz no es imprescindible en una representación teatral pero jugar con ella puede contener un significado adicional. Además de la función práctica de hacer visible el espacio, la luz adopta funciones simbólicas y significativas. Con la luz, las ideas se hacen posibles y la historia toma forma. Informa de la atmósfera creada para cada situación. Conduce al espectador hacia donde debe dirigirse y qué percibir. Con la contraposición luz-oscuridad no se hace evidente la noche o el día sino que asociamos las ideas y sentimientos de las protagonistas. Cuando comienza la obra «En el foro aparece proyectado un círculo estático de luz [...] La voz en off (juez) se evidencia modulada a través de la luz del foro, por encima de las mujeres». Está claro que los sentimientos de opresión que sienten estas mujeres las rodean y aprisionan, no llegarán a ser libres nunca. La luz, como signo teatral funciona en razón de su intensidad, su color, su distribución y movimiento; en Malas, la luz aísla y concentra la atención sobre las protagonistas, sus gestos, movimientos, ritmos y sentimientos. Es un código no verbal que marca presencias. Con Lady Macbeth indica los fenómenos sobrenaturales (brujas) y, por supuesto, aporta la dosis de magia necesaria del teatro. Con Nora refuerza el suceso social al ir asociada a los ruidos.

La frialdad de Celestina o la ambición apasionada de la mala shakesperiana quedan reforzadas por el tono azul de la primera y el rojo de la segunda. La luz fría y azul recuerda a la luna, condición que Celestina ya lleva en su nombre, en la función de hechicera que desempeña y en el misterio que la rodea. Éste es por lo tanto el papel que destaca de ella, no el de ser prostituta. Celestina puede significar (a través de la luz) el triunfo de la espiritualidad en contraste con el materialismo del que se la acusa en la obra de Fernando de Rojas. Así pues, la luz articula la visión del espectador, con el sonido, el tiempo y la tensión dramática.

A veces no hay sonido, pero el silencio aporta más tensión dramática que la propia intensidad de las palabras, por eso, las mujeres continúan sufriendo una tiranía constante y una humillación creciente, que entendemos de la respuesta dada a los silencios.

NORA:  ...Perdone, Señoría, perdone, yo quisiera... (pausa. la voz, aunque no se escucha, le ha ordenado que se siente enérgicamente). Está bien, perdone, me siento, disculpe.

La luz y el sonido son elementos —roles— teatrales cuyas implicaciones resultan interesantes ya que se incentiva la imaginación del público y se enriquece, por supuesto, la poética visual de la escena.

La luz y el sonido tienen la cualidad de trascender los límites del escenario y desintegrar el cuerpo del personaje hasta convertirlo en idea. Como consecuencia de este soporte generador surge una tensión entre la palabra del personaje y la sensibilidad, tanto de éste como del público, que pude influir en la realidad objetiva interpretando a ese personaje desde una forma más libre que la que ha traído impuesta por la sociedad.

La obra se presenta como un campo de posibilidades y no como una forma definida. La combinación de movimientos, luces, sonidos, objetos, gestos... se nos ofrece como un recurso sensible (que despierta la sensibilidad) y forma la materia espectacular (que surge de la relación de estos elementos con el espacio). Estos recursos conforman el lenguaje físico, a través del cual se manifiesta la teatralidad. Prácticamente para que haya acto teatral es necesaria la presencia viva del actor en un espacio iluminado, aunque esté vacío: «Cuando se ilumina la escena podemos ver siete sillas ocupadas por cinco mujeres. Dos sillas vacías».

Algunos sonidos (como los tambores que suenan con Lady Macbeth o con Laurencia) aportan información cronológica e histórica (guerra), otros, como «Se escucha un fuerte viento» anuncian cambios estresante, sobre todo al ir acompañados de «Risas de noche de aquelarre» que aluden a las celebraciones paganas en las que había ofrendas al demonio y banquetes de carne humana.

Por último, la violencia que rodea a todas las mujeres se acrecienta con ruidos de golpes y portazos y sobre todo, con el toque a rebato final de las campanas, toque que avisa del peligro de la mujer aunque ésta sea inocente. Aún hoy no es considerada inocente. Aún hay que seguir luchando y sufriendo.

En la conformación de las diferentes personalidades de cada una de las protagonistas no debemos olvidar su posición en el espacio. Por ejemplo al ocupar Bernarda el centro «(Se levanta apoyada en su bastón y avanza hasta el centro del escenario)» retoma, aunque cansada, su posición de enfrentamiento social, quiere alejarse de todos los límites impuestos por los que la rodean.

Y por supuesto los gestos que realizan las protagonistas nos ayudan a ajustar su forma de ser, como el gesto emblemático de Bernarda al golpear el suelo con el bastón, para indicar la fuerza y el poder, el ilustrador de Lady Macbeth al inclinar la cabeza para aportar credibilidad a su fracaso, el regulador de Nora al entregarle el abanico a Bernarda, para interactuar con ella ofreciéndole su ayuda en la comunicación, el gesto adaptador de Nora al correr de un lado para otro de forma inconsciente para incrementar su tensión, y los emotivos con los que todas expresan su orgullo o dolor.

La obra está editada en 2017, por lo que apenas ha dado tiempo a ser representada, aunque el año pasado fue llevada a las tablas del Centro de la mujer Mariana Pineda, de La Flota (Murcia).


Podemos apuntar, como obras con un planteamiento similar, Juicio a una zorra, de Miguel del Arco, estrenada en el Festival de Mérida de 2011, cuya actriz, Carmen Machi, aún sigue defendiendo a su personaje, Helena de Troya, de las acusaciones de adulterio y de causar una guerra. Asimismo, Andrés Pociña publicó en 2015 Antígona frente a los jueces, en la que la protagonista es juzgada por haber desobedecido al rey y dar entierro a su hermano, y Medea en Camariñas, estrenada por la compañía Samaruc Teatre, en la que Medea debe hacer frente a las acusaciones y al rechazo del pueblo de Camariñas.

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