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miércoles, 22 de agosto de 2018

EL TALENTO DE MR. RIPLEY



He leído este verano El talento de Mr. Ripley, y no sé cómo empezar a hablar sobre esta novela que tiene tanto de tradicional como de contemporánea. La clave está en el personaje principal, Ripley es el antihéroe por excelencia de la novela moderna inaugurada con El Lazarillo, pues como Lázaro, es un pícaro dotado de un talento increíble para hacer cualquier cosa por sobrevivir, y esto se lo ha enseñado la vida, tan injusta con él en su infancia, que le causó un trauma de calibre suficiente como para no poder salir adelante en la sociedad que le rodea. Tom se siente asqueado con la gente, por eso apenas tiene amigos y se rebela hacia lo que él considera una injusticia, la vida que le ha tocado en suerte. Está harto de que lo miren por encima del hombro, de ahí que se meta en problemas de deudas que llegan a ser insalvables en un determinado momento, justo cuando aparece en su vida Mr. Greenleaf, un millonario que le propone traer de vuelta a su hijo, que lleva un tiempo considerable en Italia, y no regresa. Greenleaf cree que Tom Ripley y su hijo son amigos, por lo que le paga la estancia en Mongibello para que lo convenza a volver con su familia. Pero la sensación de soledad no desaparece con el dinero ni la popularidad que consigue, porque Tom es un ser huidizo, desolado en lo más profundo de su alma, sin consuelo con nada ni con nadie «Resultaba extraño sentirse tan solo y, al mismo tiempo, sentirse parte de todo cuanto le rodeaba, como acababa de sucederle en la fiesta».

En realidad, Ripley no tolera a la gente en general, necesita mantenerse al margen pues cualquier contratiempo consigue despertar en él pensamientos homicidas aunque, como perfecto psicópata, es capaz de controlarlos planeándolo todo hasta el último detalle «Tom apretó las mandíbulas y frunció el entrecejo, escuchando a medias lo que decía el anfitrión […] inmerso en sus propios pensamientos se decía que tal vez era cierta la historia del detective […]. Se hizo el propósito de que ni el más leve parpadeo revelase sus temores.»

El protagonista no es malvado, es un desequilibrado, con pensamientos surrealistas que provienen de su mente trastornada «Marge le contestó dando muestras de entusiasmo y a Tom le dio la impresión de que si Dickie volvía junto a ella y le publicaban el libro antes del siguiente invierno, la muchacha estallaría de felicidad, explotaría como una bomba y nunca más se sabría de ella». Una mente incapaz de distinguir lo metafórico de lo real, una mente traumatizada en su niñez, que lo tortura incansablemente y lo acompleja hasta que se siente escoria, «Finalmente, cuando consiguió subir al coche, con lágrimas de frustración y rabia corriéndole mejillas abajo, la tía Dottie le había dicho alegremente a su amiga: —¡Es un mariquita! ¡Un mariquita de arriba abajo! ¡Igual que su padre!».

Cuando es capaz de salir de Estados Unidos cree que otro país, otra gente y otro ritmo de vida serán el remedio con el que conseguirá cambiar su suerte; pero la confusión en la que se encuentra no proviene del exterior sino de su psique, de ahí que, ante el temor de ser abandonado por Dickie Greenleaf, ante el desconsuelo de verse desamparado de nuevo por quien él cree que es su amigo, lo mata aun jugándose él mismo la vida. En ese momento comenzamos a cerciorarnos del talento de Patricia Highsmith pues consigue mantenernos en vilo hasta la última línea. La escritora conforma una novela negra de enredo en la que los personajes —y a veces el lector— no saben ante quién se encuentran ya que Ripley adopta la personalidad de Dickie cuando le interesa para retomar la suya propia en otras ocasiones; de hecho él mismo se confunde en alguna conversación y se designa en primera persona con el nombre del asesinado.

—¿Dónde estuviste este invierno?
—Pues no con Tom, quiero decir no con Dickie —dijo Tom, riendo y sintiéndose confundido al percatarse de su equivocación.

En el Siglo de Oro encontramos obras de teatro en las que un personaje adopta la personalidad de otro; La vida es sueño de Calderón o Don Gil de las calzas verdes, de Tirso de Molina serían dos ejemplos en los que el personaje femenino se hace pasar por hombre para exigir un derecho fundamental de las mujeres: tomar decisiones por cuenta propia. El talento de Mr. Ripley parece la versión macabra de estas representaciones. Tom se disfraza y llega a creerse su propio disfraz al que finalmente hace desaparecer para mantenerse —por el momento— como Ripley; con este juego Highsmith exhorta al lector a introducirse en ámbitos de la clase media para empatizar con ellos y valorar el esfuerzo por hacer desaparecer a la clase alta. Pero resulta desconcertante pues en la novela hay un asesino real, muy inteligente y con mucha suerte ya que parece increíble que nadie acierte a ver la burla, a pesar de que varias pruebas lo delatan… ¡Llegan incluso a sospechar del asesinado!

Está claro que estamos ante una novela negra diferente. El asesino queda impune pues consigue engañar a las policías italiana y francesa, a un detective irlandés de gran renombre, a Marge, la mejor amiga del asesinado, que aunque sospecha de sus actos desde el principio y alerta a Dickie de que sólo quiere su dinero, al final cree todo lo que dice, incluso consigue que interceda por él ante el propio padre de Dickie; de esta forma, incluso Mr. Greenleaf llega a dudar de su propio hijo

—¿Cree usted en la posibilidad de un suicidio, míster Greenleaf? —preguntó con voz tranquila.
Míster Greenleaf suspiró
—No lo sé. Creo que es posible, sí. Nunca tuve una gran opinión de la estabilidad de mi hijo, Tom.

Los diálogos son fabulosos, propios de una obra de suspense, que recrean el ambiente cargado capaz de atrapar en cualquier momento al culpable e incluso conseguir que se complique su situación puesto que los pensamientos asesinos vuelven una y otra vez

Marge bajaba por la escalera descalza […]
—Acabo de encontrar los anillos de Dickie aquí dentro
[…]
Tom dio un paso atrás y tropezó con un zapato […]
—Y él ¿qué pensaba hacer? ¿por qué te los dio a ti?
[…]
De pronto, por su mente […] Diría que ella se había caído al resbalar en el musgo…

Incluso el monólogo interior del protagonista es un diálogo consigo mismo en el que puede doblar su personalidad para convencerse de que necesita un castigo o de que es merecedor de una vida mejor pues sus crímenes fueron «fortuitos».

En esta doblez encontramos el tema de la homosexualidad no terminada de asumir, que la autora trata con total delicadeza durante la novela aunque a veces la ironía aparezca para apuntalarlo

¡Un mariquita de arriba abajo! ¡Igual que su padre!
Resultaba en verdad penoso que aquella forma de tratarle no le hubiera causado un trauma imborrable.

Y de este tema pasamos al otro presente, el límite que desdibuja la razón de la locura, que nos hace ser refinados, amantes del lujo, del arte, a pesar de estar rodeados de suciedad; una suciedad que acecha para abalanzarse en la realización del individuo ya que es la causante de la pasión ejercida en los actos. El límite se desdibuja en esta novela psicológica, de suspense, hasta conseguir que el asesino sea el héroe, el antihéroe ejecutor del crimen perfecto que se apodera incluso de nuestros sentimientos.

sábado, 26 de mayo de 2018

CRÍMENES IMAGINARIOS



Es increíble que dos personajes, en un principio tan triviales, vayan evolucionando a través de las páginas hasta convertirse en originalmente extraordinarios.

Un joven matrimonio con contratiempos corrientes, domésticos en su mayoría, en los que se intuye, de vez en cuando, una violencia contenida que no va más allá, hasta que deriva a veces en física, para Sydney Bartleby y verbal o psicológica por parte de Alicia, su mujer «Sydney le golpeó el rostro con el trapo mojado. Alicia se sobresaltó, luego se puso rígida y le arrojó la taza que estaba a punto de dejar en el secadero».

Sin embargo, del verdadero problema nos enteraremos conforme avance la novela, aunque el lector intuya al comienzo, en la descripción de la casa donde viven, en el extrarradio, que algo del descuido que muestran por su vivienda y el aislamiento espacial salpicarán a la pareja «El terreno que rodeaba la casita de dos pisos de Sydney y Alicia Bartleby era llano […] el seto […] nunca lo había recortado […] Con gesto automático sujetó con una mano el armarito de metal antes de abrir la puerta pegajosa y sacar la mostaza…»

Así arranca Crímenes imaginarios, y no debemos ahondar mucho para entender por qué unos jóvenes recién casados se van a vivir a las afueras. Son artistas, aunque sin éxito; Sydney, escritor, recibe una y otra vez el rechazo de su novela y de los guiones que presenta para una serie de televisión «Con frecuencia a Sydney se le ocurría que la mediocridad de su padre pesaba sobre él como una maldición». Alicia, pintora, tampoco expone ni vende ningún cuadro. Sólo reciben la visita esporádica de otro matrimonio, Alex y Hittie, que, si bien al principio parece que son íntimos amigos, Patricia Highsmith se encargará de que nos demos cuenta del egoísmo de Alex, capaz de delatar a su amigo ante la prensa y la policía, tras extorsionarlo al pedirle el 60% de las ganancias de la serie que por fin está teniendo éxito; al no ceder frente a la amenaza de Alex éste la lleva a cabo y la vida de Sydney se va transformando en un infierno desde que Alicia lo dejara y, de mutuo acuerdo y según habían experimentado otras veces, se fuera sola una temporada; pero Alicia no vuelve y todos sospechan de Sydney, en parte porque él va realizando acciones, que apunta religiosamente en una libreta, y lo convierten a ojos de todos en un verdadero asesino. Sydney sólo imagina lo que sería el asesinato perfecto para una novela y ante los interrogatorios de la policía se muestra nervioso, sin importarle parecer culpable; todo lo contrario.

Lo ingenioso es que también resulta sospechoso del asesinato de su nueva vecina, la amable señora Lilybanks. Sabemos que es amable, sabemos que está sola y sabemos por qué se ha ido a vivir aislada, porque el narrador, omnisciente, durante toda la novela nos informa de cualquier pensamiento de los personajes, y por lo tanto, también de los de la señora Lilybank «Pensó en su hija Martha, que estaba en Australia, en su nieta Primie, que en aquellos momentos se encontraba en Londres…» Y esta anciana, enferma del corazón, sufre un ataque cuando Sydney iba a cenar con ella ¿Por qué? ¿Se asustó al verlo? ¿Fue de manera natural? Esto no queda reflejado; en ese momento el narrador abandona su omnisciencia pues no le interesa que el lector sepa más; y no lo sabremos. Como el título, deberemos imaginarlo al terminar la novela «—¿Señora Lilybanks? ¿Qué ocurre? —dijo Sydney acercándose a ella. El rostro de la señora Lilybanks estaba horriblemente pálido, tenía la boca abierta, como si acabase de sufrir una impresión terrible. Emitió un ruido estridente, trémulo, cayó de espaladas sobre el sofá…»

Patricia Highsmith consigue que el lector desconfíe de Sydney, pues hay momentos en los que es difícil distinguir la realidad de la ficción ¿Qué ocurre en realidad? ¿Qué inventa el protagonista? ¿Por qué Alicia no se pone en contacto con nadie para exculpar a su marido? «Se alegraba de que Alicia no estuviera en casa durante unos días, ya que tenía la sensación de que su ausencia le daría una oportunidad al Látigo. De hecho, Alicia estaba muerta.»

La tensión continúa al tiempo que nos vamos enterando de reacciones diversas, tanto de Sydney como de Alicia; sus cambios de comportamiento revelan mentes atormentadas; no son simples artistas, o lo eran y, por circunstancias ocurridas, van transformándose en auténticos psicópatas. De hecho Sydney aprovecha todas y cada una de sus adversidades (ya está bajo la sospecha de todos, la policía lo acosa constantemente y el resto le da la espalda) para seguir anotando ideas que posibilitarían futuras novelas y que, lógicamente, al ser hallado el cuaderno, no le aporta sino más problemas. En ningún momento pierde la calma; la frialdad que muestra, propia de un asesino, consigue hacernos dudar a todos; el lector se introduce en la metaficción que supone el escrito del protagonista y, duda, como el resto de personajes, de su inocencia o culpabilidad.

El suspense, el ambiente tenso, se convierte en macabro con la broma con la que la autora pone punto final a la novela. El sarcasmo está servido. Y un regusto amargo queda en nuestra mente al darnos cuenta de que cualquiera puede ser víctima o verdugo de su propia vida según la mente confunda la realidad y la imaginación hasta el punto de no saber dónde se encuentra.

En Crímenes imaginarios no hay buenos y malos, hay personas de diferentes sentimientos, ambiciones y sentido de la moralidad, incluso, o precisamente los secundarios, serán clave en el desarrollo de los acontecimientos. Y si los personajes están perfectamente retratados, la trama es soberbia pues nos lleva a una sociedad cruel, egoísta, descarnada, capaz de atrapar en su red a cualquiera, sólo hace falta estar en el momento más inoportuno de un espacio inadecuado; porque no todo es blanco o negro. La realidad está cargada de grises que, sinestésicamente se transforman en ambición, soledad, amor, obsesión.

Patricia Highsmith ha creado en Crímenes imaginarios a toda una serie de personajes confusos, misteriosos, por lo que ha conseguido más que una novela de terror, o una novela negra, una novela de intriga. Bueno… ¿y no es eso en realidad la verdadera novela negra? ¿No es precisamente en la novela negra donde la gravedad se mezcla con lo nimio incluso con toques de humor para conseguir tensionar más el ambiente?

—¡Bien! —dijo el inspector Brockway—. Por fin hemos dado con ella […]
—¡Santo cielo! ¡Lo siento!
—Sí. Bueno son gajes del oficio —El inspector se rio entre dientes. Tenía usted toda la razón, es una alfombra vieja y apolillada, aunque ahora hay más moho que polillas, diría yo.
[…]
Sydney sintió ganas de decirle que cavaran un poco más y encontrarían el cadáver, que la alfombra no era más que una pantalla de humo

Las reacciones desconcertantes de los personajes consiguen una trama impecable, tanto que podríamos hablar del crimen perfecto. Da igual que surja de la mente o se materialice. Al final no tenemos demasiado claro si todo ha sucedido realmente o es producto de lo que cualquiera de nosotros es capaz de pensar. A veces la realidad supera a la ficción; en este caso no estoy tan segura. ¿Estaba todo calculado? ¿Ha sucedido? Da igual. Lo importante es que la novela sigue cautivando por el extraño comportamiento de sus personajes, el matrimonio, la vecina, los amigos, incluso la policía no muestra en ningún momento cualquier actitud ostentosa ni violenta. Todo en ellos es ambiguo, el amor, la amistad, la verdad, la moral; todo es incertidumbre y será precisamente esa vacilación lo que consiga mantener la intriga hasta el final.

Entre las técnicas que hacen posible el éxito de la novela me gustaría destacar el enfoque que adopta el narrador, casi siempre omnisciente. A pesar de que la narración comienza in medias res, Sydney y Alicia, casados y viviendo en mitad del campo, el narrador nos informa de datos, mediante analepsis, que ayudan a fijar en el lector la personalidad del protagonista «Después invitaría a Alicia y dejaría caer unos cuantos nombres de los demás invitados. Casi se atrevió a llevar a cabo su plan, pero no lo hizo […] A partir de entonces le pareció que la muchacha sería suya…»

Asimismo utiliza la técnica de la metaficción para confundirnos más, o aclararnos el carácter de Sydney, alguien capaz de introducir su vida en su literatura o su literatura en su vida hasta el punto de no saber qué es qué «Todavía está por llegar lo peor: cuando el cheque mensual de A. no sea recogido el 22 de agosto. Entonces tendré que inventarme un hombre con el que Alicia se encuentre. Y será mejor que empiece ahora mismo».

Además, no debemos olvidar el uso de onomatopeyas para reforzar los sentimientos de los protagonistas, algo que consigue introducirnos en la novela como si la estuviésemos viendo y oyendo en una película «Alex soltó una de las carcajadas con voz de falsete, “¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!” que soltaba cuando algo le hacía verdadera gracia y que parecía una imitación americana de la risa de un inglés».

Y así, al terminar la novela también nos quedamos con la misma sensación que el narrador, no sabemos si hemos asistido a la realidad o a la imitación de un asesino —o de alguno más—.

¡Fantástica!