
En realidad, Ripley no
tolera a la gente en general, necesita mantenerse al margen pues cualquier
contratiempo consigue despertar en él pensamientos homicidas aunque, como
perfecto psicópata, es capaz de controlarlos planeándolo todo hasta el último
detalle «Tom apretó las mandíbulas y
frunció el entrecejo, escuchando a medias lo que decía el anfitrión […] inmerso
en sus propios pensamientos se decía que tal vez era cierta la historia del
detective […]. Se hizo el propósito de que ni el más leve parpadeo revelase sus
temores.»
El protagonista no es
malvado, es un desequilibrado, con pensamientos surrealistas que provienen de
su mente trastornada «Marge le contestó
dando muestras de entusiasmo y a Tom le dio la impresión de que si Dickie
volvía junto a ella y le publicaban el libro antes del siguiente invierno, la
muchacha estallaría de felicidad, explotaría como una bomba y nunca más se
sabría de ella». Una mente incapaz de distinguir lo metafórico de lo real,
una mente traumatizada en su niñez, que lo tortura incansablemente y lo
acompleja hasta que se siente escoria, «Finalmente,
cuando consiguió subir al coche, con lágrimas de frustración y rabia
corriéndole mejillas abajo, la tía Dottie le había dicho alegremente a su
amiga: —¡Es un mariquita! ¡Un mariquita de arriba abajo! ¡Igual que su padre!».
Cuando es capaz de salir
de Estados Unidos cree que otro país, otra gente y otro ritmo de vida serán el
remedio con el que conseguirá cambiar su suerte; pero la confusión en la que se
encuentra no proviene del exterior sino de su psique, de ahí que, ante el temor
de ser abandonado por Dickie Greenleaf, ante el desconsuelo de verse
desamparado de nuevo por quien él cree que es su amigo, lo mata aun jugándose
él mismo la vida. En ese momento comenzamos a cerciorarnos del talento de Patricia Highsmith pues consigue
mantenernos en vilo hasta la última línea. La escritora conforma una novela
negra de enredo en la que los personajes —y a veces el lector— no saben ante
quién se encuentran ya que Ripley adopta la personalidad de Dickie cuando le
interesa para retomar la suya propia en otras ocasiones; de hecho él mismo se
confunde en alguna conversación y se designa en primera persona con el nombre
del asesinado.
—¿Dónde estuviste este invierno?
—Pues no con Tom, quiero decir no con
Dickie —dijo Tom, riendo y sintiéndose confundido al percatarse de su equivocación.
En el Siglo de Oro
encontramos obras de teatro en las que un personaje adopta la personalidad de
otro; La vida es sueño de Calderón o Don Gil de las calzas verdes, de Tirso
de Molina serían dos ejemplos en los que el personaje femenino se hace pasar por
hombre para exigir un derecho fundamental de las mujeres: tomar decisiones por
cuenta propia. El talento de Mr. Ripley
parece la versión macabra de estas representaciones. Tom se disfraza y llega a
creerse su propio disfraz al que finalmente hace desaparecer para mantenerse
—por el momento— como Ripley; con este juego Highsmith exhorta al lector a
introducirse en ámbitos de la clase media para empatizar con ellos y valorar el
esfuerzo por hacer desaparecer a la clase alta. Pero resulta desconcertante pues
en la novela hay un asesino real, muy inteligente y con mucha suerte ya que
parece increíble que nadie acierte a ver la burla, a pesar de que varias
pruebas lo delatan… ¡Llegan incluso a sospechar del asesinado!
Está claro que estamos
ante una novela negra diferente. El asesino queda impune pues consigue engañar
a las policías italiana y francesa, a un detective irlandés de gran renombre, a
Marge, la mejor amiga del asesinado, que aunque sospecha de sus actos desde el
principio y alerta a Dickie de que sólo quiere su dinero, al final cree todo lo
que dice, incluso consigue que interceda por él ante el propio padre de Dickie;
de esta forma, incluso Mr. Greenleaf llega a dudar de su propio hijo
—¿Cree usted en la posibilidad de un
suicidio, míster Greenleaf? —preguntó con voz tranquila.
Míster Greenleaf suspiró
—No lo sé. Creo que es posible, sí.
Nunca tuve una gran opinión de la estabilidad de mi hijo, Tom.

Marge bajaba por la escalera descalza
[…]
—Acabo de encontrar los anillos de
Dickie aquí dentro
[…]
Tom dio un paso atrás y tropezó con un
zapato […]
—Y él ¿qué pensaba hacer? ¿por qué te
los dio a ti?
[…]
De pronto, por su mente […] Diría que
ella se había caído al resbalar en el musgo…
Incluso el monólogo
interior del protagonista es un diálogo consigo mismo en el que puede doblar su
personalidad para convencerse de que necesita un castigo o de que es merecedor
de una vida mejor pues sus crímenes fueron «fortuitos».
En esta doblez
encontramos el tema de la homosexualidad no terminada de asumir, que la autora
trata con total delicadeza durante la novela aunque a veces la ironía aparezca
para apuntalarlo
¡Un mariquita de arriba abajo! ¡Igual
que su padre!
Resultaba en verdad penoso que aquella
forma de tratarle no le hubiera causado un trauma imborrable.
Y de este tema pasamos al
otro presente, el límite que desdibuja la razón de la locura, que nos hace ser
refinados, amantes del lujo, del arte, a pesar de estar rodeados de suciedad;
una suciedad que acecha para abalanzarse en la realización del individuo ya que
es la causante de la pasión ejercida en los actos. El límite se desdibuja en
esta novela psicológica, de suspense, hasta conseguir que el asesino sea el
héroe, el antihéroe ejecutor del crimen perfecto que se apodera incluso de
nuestros sentimientos.
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