miércoles, 23 de febrero de 2022

LA CASA DE LAS MAGNOLIAS

He de agradecer, una vez más a Babelio, el descubrimiento de una autora. Nuria Quintana asombra por su capacidad de novelar en su primera obra. La casa de las magnolias es una novela de tintes clásicos y carácter decimonónico, aunque de narrativa actual. Algo bastante ambicioso para una jovencísima escritora.

La casa de las magnolias es la historia de la familia Velarde, matrimonio en el que Ignacio es un rico comerciante que hace su vida entre Santillana y La Habana, y su mujer, Adela, permanece en la mansión añorando una convivencia tradicional. Cristina, la hija, tiene la suerte de contar con Aurora, su mejor amiga, una niña de su misma edad, hija del matrimonio de confianza de los Velarde, Francisco y Pilar.

Así que aunque haya diferentes familias en la casa, forman una unidad que se mueve en torno al majestuoso edificio. Todo transcurrirá con cierta normalidad hasta que Aurora, al cumplir los 14 años, pase a desempeñar un trabajo de responsabilidad. Será la doncella de Cristina y, aunque en principio quieren que todo siga igual, los celos, la falta de confianza y las traiciones harán de sus vidas un infierno. Con la llegada de la Guerra Civil todos abandonarán la casa y quedará destruida para reaparecer, años después, convertida en un hotel.

Hay dos personajes fundamentales en esta historia: la casa y la naturaleza. Ambos son simbólicos para el resto del elenco. La casa, enorme, acoge a las mujeres que viven en ella, protegiéndolas de cualquier peligro. Por el contrario, la naturaleza, símbolo de libertad, lo es solo para el hombre «Hago más vida fuera que dentro […] Me paso el día por los prados», pues a la mujer puede resultarle peligrosa «Esta zona lindaba con el bosque, pero no podíamos sobrepasar aquel límite».

Las mujeres de La casa de las magnolias son perfectamente reconocibles como las que, en general, poblaron el siglo XX. Daba igual la posición social; la mujer debía permanecer en casa, sentirse protegida por la seguridad que le ofrecían sus muros y además, comprendida y querida por el padre o el marido. La figura de la madre es la de confidente, la que ayuda, pero el padre es el protector.

Cristina no cuenta con su padre, por eso no es feliz. Adela también se siente abandonada por Ignacio, desprotegida, de ahí que se vuelque en posibles amantes en vez de dar el cariño que su hija necesita; Adela no es feliz por lo que no puede hacer feliz a nadie, ni siquiera a su hija; la niña pone sus esperanzas en Aurora, pues su vida familiar es envidiable y Cristina la desea para ella. Pero algo desestabiliza este ambiente, aunque sea de manera indirecta. En la casa de las magnolias hay un antes y un después de la guerra. Si antes predominaba la unión del grupo, la guerra trae la destrucción y separación de quienes se querían.

De la novela sentimental, Nuria Quintana adopta la descripción minuciosa, larga, cuya misión es ser depositaria de la función poética, literaria con la que, mediante un lenguaje sencillo, consigue que fluyan la belleza y los sentimientos, de manera que el lector se siente atrapado en una narrativa amena con un punto de intriga. Lo que ayuda a crear esta tensión es el cambio de narrador en primera persona, pues las confesiones de un personaje, que hacen partícipe al lector, están vetadas para otros, que llegan a la desesperación y a la locura.

La historia se presenta como algo individual, donde la casa y la naturaleza que la rodea se erigen por sí mismas como protagonistas absolutas para decidir lo que les ocurrirá al resto. De hecho, los acontecimientos históricos, externos, sociales pueden desligarse de la trama, a pesar de constituir el periodo más convulso del país. La guerra es un detalle más, algo que marca el antes y el después, pero lo que condiciona a Aurora y Léonard, son realmente la naturaleza y la casa como símbolos maternos, de destrucción.

Probablemente sea esa la razón por la que la obra, en sí misma, es capaz de comunicar a cada lector un mensaje diferente; los habitantes de la casa, hombres y mujeres, realizan los actos obligados a su naturaleza tradicional. El padre de Cristina no puede permanecer encerrado, no encuentra la vida ahí, necesita viajar, alejarse para realizarse como persona; las mujeres, en cambio, están a gusto dentro. Salen cuando no tienen más remedio, nunca por voluntad propia.

Cristina no ha tenido un eslabón afectivo con su madre. Aurora lo pierde en la adolescencia. Esto hará que ninguna realice una transición adecuada a la vida adulta. La ausencia de la figura materna es esencial a la hora de apreciar el giro en la evolución de las protagonistas. Ambas tienen una infancia que transcurre en el paraíso, sin embargo lo pierden en la madurez: La finalidad de Aurora es lograr un proceso de individualización como ser humano, para ello se realiza en su hija, proyecta su futuro a través de Isabel. El objetivo de Cristina es emprender una evolución personal como Aurora, pero no tiene ninguna posibilidad al quedarse sola.

Llegados a este punto parece que la formación de Aurora es el tema y la razón de la novela. Es el centro de la historia. Ella representa a la mujer protectora. En la casa de las magnolias ofrece su amor a todos. Incluso huérfana, dependen de ella Luis, Adela, Léonard y Cristina «no lograba apartar de mi mente la visión de Léonard ocupando el sitio que me correspondía a mí, que hasta entonces solamente yo había ocupado».

Cuando Léonard quiere dotar a Aurora de libertad, es la naturaleza la que lo impide, y ella, tras ser castigada, vuelve a quedar encerrada, ahora en la pastelería, consiguiendo que Isabel, Carmen y Luis queden bajo su protección, este último llevado por la culpa, «para compensarla por mi silencio, decidí permanecer a su lado […] no tenía ningún sitio al que regresar ni trabajo que retomar».

Y si el centro es Aurora, el protagonista es Léonard, el que ocupa en la novela el lugar del salvador, el héroe que quiere liberar a Aurora de la opresión de la casa, y al que los fenómenos naturales reprimen por ello, apartándolo del entorno y de su amada. Sin embargo aún aparecerá al final para mostrarle a Isabel la diferencia entre la concepción del mundo que ella tenía asumida y la realidad en sí misma.

Como novela sentimental, se presenta en primera persona, pero Quintana desdobla la voz narrativa en las tres mujeres protagonistas. Aurora, Cristina e Isabel se encargan de narrar sus venturas y desventuras en las que predominan las emociones, elemento principal en sus relaciones, a las que asistimos experimentando la misma exaltación que quienes las viven.

Son personajes extremos en situaciones al límite, con lo que consiguen que la literatura quede por encima de la realidad «Me sentía desprotegida e indefensa. Sola ante un futuro por el que ya no sentía ilusión, tan solo temor».

Al principio tenemos la sensación de que las mujeres están idealizadas, pero conforme entramos en la casa vemos los defectos agrandados por el ambiente opresivo. Las personificaciones ayudan a diferenciar el espacio adecuado para cada sexo, de hecho si algo intenta cambiar, la naturaleza y la casa avisan enfurecidas «el cielo crujió con tal magnitud que hizo temblar paredes y techos […] Temí el viaje, incluso que nuestro plan se arruinase».

Cuando Isabel decide abandonar los sentimientos, dejarse llevar por la razón y buscar a su padre, se embarca en una serie de aventuras que la llevan a vencer los obstáculos que no le permitieron conocerlo; por fin, vive una anagnórisis en la que descubre el amor entre sus padres y la bondad del que pudo ser su progenitor. Su padre representa el ideal humano capaz de conseguir que Isabel perdone a su amigo, a su madre y a sí misma, con lo que en su madurez puede darse una nueva oportunidad para ser feliz.

Novela de amor, celos, soledad, traición, que nos recuerda a cada momento la necesidad de comunicarnos, de no encerrarnos en nosotros mismos si queremos tener más opciones para llevar una vida plena.

2 comentarios:

  1. Sin palabras, la reseña más bonita que he leído hasta ahora y creo que hasta dentro de mucho tiempo.¡Enhorabuena y gracias!

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  2. Gracias a ti por el cumplido. El libro lo merece. ¡Seguimos leyendo! Y escribiendo

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