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jueves, 7 de marzo de 2019

VIUDA, AL FIN



Realmente no sé cómo calificar esta novela. Indiscutiblemente es de humor. Porque nos reímos, aunque a veces no se sepa bien si la risa viene causada por la graciosa situación o porque ésta es penosa.

El comienzo está lleno de tópicos, una de las protagonistas «fumaba como un carretero», otra «se meneaba como si fuera veinte kilos más delgada y cincuenta años más joven», otro «sonrió seductoramente y se tragó una pastilla de viagra» y, por último, nuestra Viuda al fin encuentra a un desconocido y se dan «uno de esos besos sobre los que solo había leído en novelas malas, y que se prolongó un poco más de lo que habría sido apropiado». Todas estas particularidades tienen lugar en un local diseñado para que los ancianos se desmadren a base de sexo, drogas y rock and roll. Tópicos. Pero es el comienzo. Después, Minna Lindgren va narrando las circunstancias de cada uno de estos cuatro personajes y llegamos a entenderlos aunque la autora se exceda algo en el ambiente marchoso en el que se mueven. Poco a poco las aguas van a su cauce y el desmadre inicial, aunque Pike y Valtonen desearían permanecer en él hasta la eternidad, se va relajando.

La protagonista, Ullis ha vivido siempre en unas condiciones extremas, su trabajo como dentista no le aportó ninguna alegría; ni siquiera el día de su jubilación pudo desprenderse de la frialdad reinante «alrededor de un pastel de nata barato, la otra mitad (de colegas) brillaba por su ausencia. Un empleado temporal a tiempo parcial que sustituía a la directora me entregó […] una tarjeta de regalo de treinta euros para tratamientos de belleza».

Su marido, un completo canalla, alcohólico, sólo se preocupa de sí mismo «Empezó a parecer un desconocido cuando estaba sobrio […] no decía una palabra, no me dirigía la mirada y vaciaba la primera cerveza en la cocina, con el abrigo puesto delante de la nevera. Abría la segunda botella y colgaba el abrigo en el perchero».

También su familia política la hace sentir mal nada más conocerla «Joder, no sabía qué hacer con todos los tenedores y cuchillos, y mi suegra me humilló con la mirada».

Y sus propios hijos pasan de no ser conscientes de la situación que su madre soportaba en casa a no valorarla cuando muere su padre, incluso se muestran egoístas «Mi hijo […] había escrito la voluntad vital, con sus propias palabras […] Deseaban que yo “determinara” que, durante mis cuidados, no se utilizaran tratamientos para prolongar la vida de forma artificial».

Así pues, Ullis, la protagonista, se percata de que ahora que está sola y ha cumplido 74 años, su hija Susana la necesita únicamente para que se quede con su perro cuando ella no está, y su hijo Marko, para que haga de canguro de sus hijos pequeños cada vez que él tenga alguna actividad a la que no se pueda negar que, normalmente, es siempre puesto que los niños, de 4 años, crecen entre guarderías y diversas actividades para no entorpecer el día a día de sus padres «—Musgo y Gota se quedan aquí —dijo sin preguntarme. […] —Vaya, el hotel está lleno la primera noche —¡Hotel! ¡Genial! —gritó Musgo o Gota —¡Servicio de habitaciones! ¡Quiero una botella de priva! —chilló el otro…».

Al mismo tiempo, Ullis retoma a sus amigos, olvidados durante los doce años que debió dedicarse por entero a cuidar del vegetal en que se había convertido su marido desde que le sobrevino un infarto cerebral. Y se encuentra con que todos tienen alguna obsesión predominante «Hellu se sometía trimestralmente a todas las pruebas, radioscopias y chequeos existentes» Pike está ofuscada con el sexo «—Nos espera una tarde épica, cien por cien seguro. ¡Voy a poner en circulación las ladillas de Valtonen, me cago en las hostia!». Y al propio Valtonen le cuesta dejar la bebida incluso en el hospital, cuando ha sido internado por un amago de infarto «Pike […] le administró un segundo trago de whisky. A este se le enrojecieron las mejillas de puro buen humor, y parecía que empezaba a ser él mismo otra vez».

Así pues, a los 74 años, prácticamente fuera de circulación toda su vida, Ullis se encuentra con que lo que ella pensaba no es lo que le espera. Quería una segunda oportunidad del término polisémico de “vida”, y comprende que no la va a tener «¡Qué infantil había sido al imaginarme que nuestra vida seguía llena de vida!». En el fondo, Viuda al fin, muestra la peor cara de la vejez; el esprint final al que todos estamos obligados antes de morir, o perder la memoria, o sufrir enfermedades crónicas o ser, en definitiva, dependientes. Nada hay peor que eso, convertirnos en seres supeditados a otras personas, ya sean familiares o profesionales porque, según la novela, no hay nada voluntario, todos los cuidados conllevan un interés. Es triste, de ahí que la crítica sea ácida, contundente, al comentar la vida en una residencia de ancianos, donde se les inhabilita como personas para ser tratados como simples despojos. Pero es incluso la sociedad la que ofrece pocas posibilidades a aquellas personas, viejas, que aún se encuentran física y mentalmente bien, pues sus acciones se ven considerablemente reducidas, no pueden realizar las actividades que quieren sino las permitidas, las que están consideradas adecuadas a partir de la jubilación: cocina, religión, costura, lectura o cuidadora infantil. Es irónico. Creo que es la mejor parte del libro; la que ataca a esta sociedad que se preocupa primero en alargar la vida para luego poner trabas a cómo vivirla; eso sí los obstáculos no vienen impuestos de forma natural. Todo es duro para los ancianos, asistir al entierro de un amigo o ser el propio muerto; realizar actividades agotadoras para encontrarse mejor o agotarse de puro aburrimiento, porque no puedes o no debes hacer lo que te gusta. ¿Es esto la vejez? «Oficialmente, echábamos de menos a Hellu, pero cada uno pensaba también en sí mismo: este podría haber sido el entierro de cualquiera de nosotros».

Pero además de esta reflexión sobre la vejez, en la que no falta el sentido del humor, hay críticas, también de forma irónica al ritmo en el que vive la sociedad. Lindgren comenta el funcionamiento de las residencias de ancianos (centros de día, eufemísticamente, ya que el actual eufemismo “residencia”, que en su día sustituyó al “asilo”, parece cada vez más una palabra tabú), y lo hace de forma hiperbólica, tópica, como casi todas las actividades o circunstancias que aparecen en la novela con el fin de hacer reír, de tomarnos la vida con humor; pero debajo de la risa permanece latente la falta de escrúpulos de los hijos hacia sus padres, la mala educación que hoy reciben los niños porque estamos obligados a llenar nuestro tiempo al máximo para triunfar laboral, física, económicamente… Si no tienes varias actividades, si los niños no realizan múltiples tareas llegará un momento en que quedarán anulados por la propia sociedad; de esta forma el niño deja de serlo muy pronto y el adulto no quiere serlo nunca, así que se pasa el resto de su vida intentando parecer más fresco, más joven, más lozano, más egoísta. Pero no nos engañemos, si llega, la vejez es triste, «sorprendentemente echaba de menos sus llamadas cargadas de fingida empatía»; por eso la autora cierra la novela de forma redonda e ideal al hacer que la casualidad devuelva a Ullis a los brazos de Kari Kirjosiipi, en los que cayó la primera vez que acudió al Evergreen, donde penosamente «Un montón de gente borracha se mecía y tropezaba como un gran enjambre de abejas, aunque de forma más torpe e impredecible».

Ullis y Kari deciden, sin compromisos, disfrutar mientras puedan, del sexo, de aventuras, de conversaciones… No me gusta la vejez, no creo en el sexo durante esa etapa ni en las aventuras, al menos con gente antes desconocida; no creo en los flechazos a partir de los 60 años. Pero sería bueno que me equivocara.

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