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miércoles, 8 de septiembre de 2021

LAVINIA


Nunca me han gustado los libros de guerra, tampoco cuando en los libros de historia se contaban las estrategias llevadas a cabo para atacar un país, someterlo, esclavizarlo, porque el país no es la tierra; eso es lo de menos. La guerra trata de planificar hasta el último detalle para matar a personas. Por eso, las películas de guerra son las que primero he descartado siempre.

En fin, parece que no soy la única porque Úrsula K. Le Guin ha contado partes de las luchas llevadas a cabo por etruscos, troyanos, rutulianos, latinos… para fundar territorios que, más tarde se convertirían en la capital del mundo. Luchas derivadas de una guerra anterior, la de Troya, a la que sobrevivió el troyano Eneas, quien huyendo de su ciudad natal llegó hasta Latinum y luchó contra Turno, rey de los rútulos, que pretendía unir su poder al de Latino casándose con su hija Lavinia.

Pero Lavinia es más que una novela bélica, es el punto de vista de una mujer sobre los sucesos que ocurrieron en su primera juventud como esposa y en su madurez como viuda y madre, y, sobre todo, es la voz que se les ha negado a todas las mujeres en general, y a Lavinia en particular, a la hora de tomar decisiones importantes.

Lavinia aparece hasta once veces en La Eneida y, curiosamente, no habla nunca. Pero Le Guin le pone arreglo pues en esta novela revitaliza el pasado para que reflexionemos sobre la condición femenina a través de la historia.

Probablemente, desde la mentalidad actual, costaría trabajo creer que el comportamiento de Lavinia y el de quienes la rodeaban, con todo el poder que ostentaban, fuese real. Hoy pensamos que una mujer del siglo VIII a.C. no sería más que un objeto, más o menos valioso, pero siempre prescindible. Por eso la autora soluciona el problema desde la mitología, y con Lavinia reclama el turno femenino para que determinados hechos sean contados por mujeres que le dan voz —en este caso de forma literal— a otras mujeres de la historia.

Además de convertir a esta reina en representante de las mujeres, la novela es doblemente original:

Por un lado, Lavinia, personaje ficticio, cuenta en primera persona su autobiografía, hija del rey Latino y de Amata, princesa de los rutulianos, vive feliz con sus dos hermanos pequeños hasta que mueren a causa de unas fiebres «Mi padre […] no me culpó a mí por no haber muerto […] Amata […] Para él solo tenía desprecio; para mí, rabia».

Por otro, Lavinia sale de La Eneida y habla con su autor una vez muerto, cuando comprende que ella tiene mucho que decir, aclarar decisiones que tomó Virgilio en su obra y ella no entendió y contar aspectos de la vida que ella protagonizó, «Pero él no lo escribió. Él menospreció mi vida en su poema».

Lavinia y Virgilio hablan a lo largo de años y él la tranquiliza. No se casará sino con Eneas, cuando llegue la hora. Y serán felices durante tres años como reyes de Lavinium, hasta que todo acabe. El poeta no quiere revelarle exactamente el final, para que ella lo descubra. Pero mientras tanto el lector es consciente de la mano femenina de la escritura. Ni Eneas ni Latino son los héroes mitológicos al uso; están dotados de una sensibilidad especial, uno es capaz de llorar ante las preocupaciones de Lavinia que, como mujer, y una vez que ha encontrado el amor de su pareja y el de su hijo, teme los enfrentamientos y apuesta por resolver los conflictos mediante la conciliación. Latino se debate en un enfrentamiento cultural y opta, más que por obedecer al oráculo, por hacer feliz a su hija. De alguna manera sacrifica su imagen por el bienestar de Lavinia.

La protagonista consigue una conexión total con el lector, es una niña-mujer que expone sus temores ante lo desconocido, su angustia por lo vivido y la aceptación que debe por su condición hasta que se atreve a elevar la voz para ser oída, y habla con Turno, con Eneas, con Latino y hasta con Virgilio, a quien le reprocha haber alojado a los bebés muertos en la segunda esfera del inframundo en vez de situarlos en la cuarta, en los Campos Elíseos, donde van las almas buenas:


—Si la crueldad procede de la debilidad, tal como dijiste, debes ser muy débil —dije.

[…]

—Si es un error, lo sacaré del poema, niña —dijo— Si se me permite.


Lógicamente no se le permitió, La Eneida quedó escrita, afortunadamente, para que otros genios, a lo largo del tiempo, basasen en ella sus obras. No cabe duda que la lectura de este poema épico alentó a Dante a escribir su Divina Comedia y a elegir a Virgilio para que lo acompañase por el infierno y el purgatorio, pues ya había estado en esos lugares


—Estuve allí

—¿En el inframundo? ¿Con Eneas?

—¿Con quién si no?

Úrsula K. Le Guin es consciente de que Virgilio es maestro de los maestros. Por eso la autora no duda en atribuirle el descubrimiento de la fama, algo que luego Jorge Manrique estableció en las Coplas a la muerte de mi padre: «Me han concedido algo que se les concede a muy pocos poetas. Puede ser porque no he terminado mi poema. Así que aún puedo vivir en él. Incluso mientras me muero, puedo vivir en él».

Y si Le Guin es capaz de vislumbrar a los verdaderos poetas, también su protagonista distingue a los verdaderos héroes, mientras Turno es impulsivo, fallaba «en la contención con un objetivo», Eneas es reflexivo, «podía titubear, confundido, pensando en el desenlace, desgarrado entre posibilidades y exigencias conflictivas».

Lavinia relata la guerra que vive entre rutulianos y latinos (ayudados por troyanos) mientras, apoyándose de prolepsis, cuenta algunas conversaciones y experiencias con su marido Eneas y su hijo Silvio, usando analepsis, Eneas le relata aspectos de la Guerra de Troya, y basándose en sus propios sueños presagia la fundación de Roma, «La ciudad de tu escudo, la gran ciudad».

No abundan escenas violentas, la trama avanza entre reflexiones con Virgilio, con el héroe y narraciones sobre costumbres cotidianas que algunas sorprenden por lo similares a las actuales: en la boda de Lavinia y Eneas «la gente se unió a la comitiva por todo el camino […] nos arrojaban frutos secos y hacían bromas subidas de tono […] A mí se me hacía extraño caminar dentro del velo de fuego…». La vida de la Antigua Roma no queda en nuestra retina como un conflicto permanente, no es tan limitada, es un encuentro constante con la reflexión y la palabra. Por eso intuimos en la novela un halo poético, mágico, que nos rodea y facilita el paso del hombre por el mundo.

Le Guin maneja el lenguaje de forma excepcional; es una unión de tiempo y palabra al mismo tiempo que supone una herramienta esencial con la que insufla vida a sus personajes y, a través de ellos, nos transmite su amor por la vida, su denuncia a la injusticia, su admiración por la amistad y su pasión por el amor.

lunes, 11 de noviembre de 2019

CIRCE



Me gusta hablar con Amaya porque veo en sus razonamientos la sabiduría adquirida al estudiar otras culturas, la aceptación de todos los seres humanos como seres diferentes, la frialdad necesaria para tomar buenas decisiones y la ternura infinita con que las lleva a cabo.

Amaya me ha dejado este libro y, al terminarlo, me ha venido a la mente algo que leí y no llegué a entender hasta ahora: según el escritor y cineasta colombiano René Rebetez Cortez, «La ciencia ficción no es sólo un género literario, sino algo más: un estado de conciencia».

En Circe hay numerosos episodios que exponen el estado de conciencia social; sólo tenemos que asistir, horrorizados, a la tortura que los dioses le infligen a Prometeo. El espanto no viene tanto por el dolor sufrido, sino por cómo somos capaces de presenciar un suplicio constante, hasta el punto de sentirnos invulnerables al sufrimiento ajeno. Asimismo el encumbramiento de Glauco, un pescador convertido en dios, golpea la conciencia de todos los que pueden escalar socialmente y olvidan con rapidez sus raíces. O las mentiras, fruto de la desconfianza en nosotros mismos, que llegamos a utilizar para ascender en la sociedad. Los hermanos de Circe, Perses, Pasífae y Eetes, ocultan sus poderes a su propio padre, Helios, y a Zeus, por temor a ser castigados.

Prometeo, Glauco, Pasífae… todos forman parte de una mitología nacida hace miles de años, aunque reflejen la conciencia actual del ser humano; por eso son universales.

Madeline Miller, ha escrito una obra que encierra una serie de características distinguibles con facilidad: Con una narrativa sencilla aunque expectante, que nos recuerda en ocasiones a un cuento de aventuras por el héroe protagonista, la exaltación de la osadía o los cambios de suerte, la autora relata, entre otros, el viaje de Circe, convertida en Perses, por el estrecho de Mesina para llevar, con éxito, a Dédalo y su tripulación de vuelta a Creta «Los remeros se estremecían a causa del esfuerzo y del miedo, y los escálamos chirriaban a pesar de estar engrasados […] Ella golpeó la popa del barco. La cubierta reventó en astillas y un tramo de regala saltó por los aires […] pero lograron aguantar, y con cada momento que pasaba estábamos más lejos».

Está claro que la narración, presidida por seres fantásticos que conviven con  humanos, se convierte en cuento maravilloso al exagerar las cualidades de algunos personajes, sobre todo los que rodean a nuestra protagonista para entorpecer constantemente sus actos, con prohibiciones o dificultades que extreman las características de un mundo sobrenatural: «Lo llamaban el monte Dicte. Ni siquiera los osos, los lobos o los leones se atrevían a transitar por él, solo las cabras sagradas, con sus enormes cuernos que se retorcían como caracolas.»

Pero aparecen monstruos que generan, como en un cuento de terror, acciones angustiantes en una atmósfera de inquietud que se traslada al lector aumentando su tensión, «Intenté retirar la mano, pero sus mandíbulas la tenían firmemente agarrada. Asustada, tiré. Los bordes de la herida se separaron y la cosa se deslizó hacia delante. Se agitaba como un pez en el anzuelo, y la porquería que soltaba llegó hasta nuestro rostro».

La novela recrea diferentes técnicas para completar la narración de un pasado, un presente y un futuro. Con las catáforas imprime expectación en el lector que, ávido de saber a quién se refiere la narradora o de qué aspecto trata, multiplica el interés por lo que está leyendo «Ella entró como una ola por mi puerta al siguiente anochecer; tenía los músculos de los hombros duros como piedras […] detrás de mí caminaba mi leona salvaje». Las prolepsis presentan una historia redonda del mito y satisfacen la curiosidad del lector que se entera de cómo termina, al tiempo que entiende cómo empezó todo gracias a las analepsis.

Con las digresiones sobre otros personajes o hechos secundarios, el entorno mitológico de Circe queda cubierto, pues consiguen que conozcamos a casi todos los que tuvieron contacto con ella, familiares, amigos o enemigos «Sabía que la amaba (a Penélope) desde el momento en que me había hablado de que tejía. Y, aun así, se había quedado, mes tras mes, y yo me había dejado engatusar […] todas aquellas noches en mi cama no habían sido más que sus mañas de viajero».

La narración está efectuada en primera persona por la propia Circe, de esa forma los sucesos adquieren verosimilitud ante el lector, sin que se dé cuenta de que, en ocasiones, la mitología está adaptada al nuevo contexto novelado. Es una metaliteratura, donde encontramos otra acomodación de la interpretación de los mitos.

Finalmente, al igual que en cualquier obra de ciencia ficción, el lector es capaz de adentrarse con Circe en realidades paralelas, como el océano más profundo o la burbuja que hace de la isla real Eea, donde se siente a salvo del peligro que supone su propia realidad. También Dédalo parte, en su caso, de la tecnología más rudimentaria para huir de su confinamiento. Consigue volar, ayudado por conocimientos científicos y plumas de animal, aunque su atrevimiento será castigado por los propios dioses. Esta nueva realidad, las profundidades del mar o el cielo surcado, no son sino deseos pasados de un hombre hechos posibles en un presente, desde la ciencia.

En la tortura eterna de Prometeo, en el cambio a humano de algunos inmortales o a dios de algunos hombres, observamos el interrogante que la autora imprime en los lectores sobre asuntos trascendentes para la humanidad, como el paso del tiempo, la vida o la muerte.

Esta incógnita está presidida por una atmósfera de ahogo, en el inexplicable temor que sentimos en el parto de Pasífae, quien da a luz al Minotauro, o en la muerte de Ulises causada por su propio hijo para conseguir que se cumplan las leyes del destino. Sólo la propia naturaleza será la encargada de actuar como salvaguarda a los asaltos sufridos por los demonios que nos atacan; por eso Circe necesitará el contacto con las flores, con la vegetación, para ser consciente de su poder, «Aprendí que el mejor momento para cosechar mis plantas era bajo la luna […] ese fue el instante en que me sentí bruja por primera vez».

Pues llegados a este punto, yo me pregunto, fruto de mi ignorancia, ¿no será la mitología, al menos, la antecesora de la ciencia ficción? Puede ser, o no, da igual. Lo importante es que Miller se adentra en el mito de Circe para modelarlo en su espacio ficticio y conseguir que la venganza de esta diosa sea el resultado del sufrimiento  al ver constantemente destrozados sus sentimientos. Circe es un personaje atractivo, que ayuda sin temor a las consecuencias, que apuesta por la libertad, aunque ésta conlleve la soledad, antes que seguir soportando humillaciones; que se va formando como ser humano con tareas propias de hombre, como la lucha, y de mujer, como la maternidad; que es inconformista e incansable en su preparación. Nunca abandona; trabaja, estudia, experimenta, se equivoca una y otra vez hasta alcanzar la perfección, que irónicamente encuentra en la imperfección del ser humano.

Madeline Miller expone las relaciones familiares, las intrigas de los poderosos, y la fuerza ingobernable femenina en un mundo de hombres, en dos historias diferentes aunque paralelas en el recorrido; con un ritmo narrativo ágil, entretenido, divertido a veces, duro otras.

No quiero desvelar el argumento literal de Circe, merece la pena disfrutar de él en todo momento, pero la historia recreada, de esta maga inmortal, es una clara metáfora de la historia de la mujer; la propiedad de un padre o de un marido, capaz de razonar aunque haciendo prevalecer los sentimientos en una aceptación incuestionable de la supremacía masculina, que ha pasado por constantes humillaciones para conseguir migajas de lo que ella creía amor, hasta llegar a autodespreciarse, «la pena que hace a las de nuestra clase preferir ser una piedra o un árbol en lugar de ser carne».

Sólo cuando la mujer es consciente de que no es tratada como ser humano, puede adoptar una postura calculadora que le permita ser libre para tomar las decisiones que quiera; puede prepararse para luchar y defenderse de quienes intentan atentar contra ella, física o mentalmente, y puede decidir a quién y cuándo amará, sin importar las consecuencias, sin temer al dolor o a la muerte; puede ser implacable con quienes pretenden victimizarla y desplegar toda la ternura y sacrificio necesarios para conseguir que alguien a quien quiere sea feliz. Porque quiere. Y es libre. «El dolor eterno a cambio de unos cuantos años más para tu hijo mortal […] —Estoy lista– dije».

¡Brindemos por esta mujer!