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sábado, 2 de abril de 2022

EL CASTILLO DE BARBAZUL


Creo que José María Pozuelo Yvancos es uno de los mejores críticos literarios que hay actualmente en España, sus libros sobre Teoría Literaria han representado la base de mi formación. Por eso lamento profundamente no estar de acuerdo con su afirmación sobre Independencia, «El mejor Javier Cercas. Una formidable novela. Léanla sin prejuicios». No creo que el mejor Cercas esté en Independencia. Mucho menos en El castillo de Barbazul, donde da la impresión de que ha querido mantener el juego personaje-autor, que puso en marcha con su novela anterior, para confundir los límites entre realidad y ficción al utilizarse él mismo como un escritor famoso. Un escritor de historias reales sobre Melchor Marín al que todos leen excepto el propio Melchor. Eso es lo que afirma el protagonista, sin embargo algo debe haber leído porque tacha de embustero a Javier Cercas. No sabemos con exactitud qué cuenta Cercas de Marín, pero quienes aseguran haberlo leído coinciden con lo relatado en la primera y segunda novelas de la trilogía Terra Alta, «—Leí la segunda porque Vero me dijo que salía yo –explica Vázquez —Independencia se titula… Luego leí la primera […] Que no están mal. Por lo menos son entretenidas, no como otros rollos macabeos […] ese cabrón se ha informado bastante…».

Poco a poco el argumento va quedando intrincado en la trilogía y nos confirma quién es en realidad Melchor Marín. Si en las anteriores no tiene problema para saltarse la ley y tomarse la justicia por su mano, en El castillo de Barbazul arrastra a todos sus amigos policías a llevar a cabo un asalto a la residencia de uno de los hombres más ricos y corruptos del mundo. Y así, lo que no han conseguido las fuerzas internacionales del orden más capacitadas, lo logran siete policías, algunos fuera del cuerpo desde hace años, en menos de siete minutos.

La novela vuelve sobre sí misma para exponerse como algo artificial en donde se enfatiza el conflicto, destacando la relación entre realidad y ficción, entre literatura y vida. Este es uno de los temas de El castillo de Barbazul, la confrontación del texto con la realidad; otro tema es, qué duda cabe, la falta de identidad entre autor y escritor. Cercas quiere confundir los límites y para ello se utiliza como escritor de historias reales (las que verdaderamente lo llevaron a la fama) que escribe pues, sobre un personaje real, Melchor Marín.

Es una novela anafórica donde se alude constantemente al pasado ficticio, que aparece en esta como consecuencia de la nueva aventura. Melchor Marín protagoniza una metaficción historiográfica en la que el ejercer ahora de bibliotecario es la excusa para que aflore el desconcierto de su hija y él se afirme como lector de Javier Cercas, el inventor de esa realidad ficcional, el que lleva a cabo la hazaña de la escritura en la que transmite la falta de dignidad de quienes viven cara a la sociedad, la falta de empatía de los poderosos y el daño irremediable que pueden causar

En fin, en Independencia, Marín decidió abandonar el cuerpo de los Mossos d'Esquadra y presentarse a las oposiciones de bibliotecario de Terra Alta. En esta entrega retoma su labor policial, aunque ya no lo sea, y deja de lado al bibliotecario que, creo, nunca ha llevado dentro.

La originalidad que supuso, en el siglo XIX, la reivindicación del autor en el plano literario, llevándola a cabo al desdoblar su persona real y la imagen proyectada en su obra, ha dado un paso más. Cercas es quien maneja a sus protagonistas, sobre todo a Melchor Marín y lo coloca en situaciones extremas para que denuncie diversas corruptelas en el ambiente políticosocial español. La lamentable situación de la prostitución, la no menos lamentable corrupción por el poder y ahora, la indignante trata de blancas que aún llevan a cabo, en silencio, arropados, los más poderosos del mundo.

En los medios de comunicación saltan de vez en cuando noticias sobre famosos denunciados por violación, abusos, maltrato… Cercas intenta traer esta verdad a la novela, pero en ningún momento estamos preocupados por Mattson. No hay tensión. La hija de Melchor, Cossette, se entera de que su madre fue asesinada y, enfadada con su padre por no haber sido sincero con ella, se va a Mallorca. Allí desaparece; todo apunta a que está retenida en casa de Mattson. Pero nadie hace nada, ni la policía ni los jueces. Cossette aparece después, a los dos días, en unas circunstancias traumáticas psicológicamente. Así que nuevamente es Melchor quien adopta el papel de policía (o más bien de justiciero) para, con ayuda, poder desmantelar el dispositivo que llevaba entre manos el magnate, «El jefe del Equipo de la Policía Judicial se ha puesto lívido […] Atraídos por el escándalo, los agentes que trabajan en la sala contigua acaban de irrumpir en el despacho del sargento. De pie frente a este, Melchor no se vuelve hacia ellos. —¿Hace falta que te diga lo que puedes hacer con esto?».

La novela está estructurada en cuatro partes, cada una comienza con un narrador externo que cuenta el pasado de Cossette, su infancia, la muerte de Olga, su madre, su niñez con su padre y amigos de este, la adolescencia, cuando la decepciona su padre, cuando desaparece… La historia inicial, en letra cursiva da paso a la historia actual, en la que otro narrador en tercera persona va presentando los hechos siguiendo la línea temporal. El juego entre narradores, autor, personaje se acrecienta con esta técnica, lo que eleva su calidad literaria. Sin embargo al caso, amargo, le falta angustia, tensión, apenas hay detalles del proceder de los implicados en la red y apenas hay minuciosidad en lo que ocurre después. Cercas carga más las tintas en la recopilación de la historia de Melchor desde su primera aparición en Terra Alta que en los entresijos del caso.

Por otro lado, el Epílogo, parece un cierre a la trilogía, en el que en apenas 27 páginas cuenta cómo apresaron al magnate filántropo Rafael Mattson, cómo quedó cercado sin posibilidad de redención, cómo dejan fuera de juego a algunos policías y jueces implicados en la red de abusos, cómo los amigos de Melchor resuelven las desavenencias arrastradas de las novelas anteriores, cómo Cossette es capaz de sobreponerse al trauma vivido, cómo algunos periodistas arriesgan buscando la verdad, cómo Melchor rehace su vida junto a Rosa Adell…

En fin, como novela negra se me ha quedado demasiado ajustada, no encuentro el humor ni la ironía de algunos detectives, ni siquiera el odio o la amargura de otros. En este sentido, Melchor se comporta como un padre en apuros capaz de arriesgar lo que sea para salvar a su hija, sin embargo, del Epílogo sí podría salir otra novela completa en la que se denunciase la actuación de muchos lobos disfrazados de corderos.

domingo, 19 de septiembre de 2021

INDEPENDENCIA

Acabo de leer una novela negra diferente, probablemente porque se acerque más a una crónica negra, tanto se parece a la vida misma. El caso se desarrolla en un ambiente elitista, de esos que, pase lo que pase, predominan la buena educación y la cordialidad. Externamente, a primera vista, no hay una atmósfera de miedo o violencia… pero todo es fachada, y para que conste, en las primeras páginas leemos una especie de prólogo que sirve presentar al protagonista, Melchor Marín; de hecho, este comienzo in medias res, sitúa al policía en un tugurio, cuyo dueño, a pesar de haber salido indemne de un juicio por trata de blancas, continúa esclavizando a niñas inmigrantes con la seguridad de que no podrán probarle nada. Para eso está Melchor, para darle una paliza al sujeto en cuestión, amenazarlo de verdad hasta atemorizarlo y después sacar a las chicas del local.

Esta introducción no tiene que ver con la trama de Independencia sino con la lucha particular del protagonista. Quienes leímos Terra alta lo conocemos, pero los lectores que se acercan por primera vez a Melchor, irán averiguando sus circunstancias personales con el fluir del argumento.

Creo que, en esta ocasión, Javier Cercas pone en tela de juicio nuestro sistema democrático y para eso nada mejor que contar con un policía cuyos orígenes están en lo más bajo de la escala social, expresidiario, recibió ayuda en su momento de un abogado defensor de causas perdidas, Vivales, y la aprovechó, llegando a estar al otro lado, al de los que hacen cumplir la ley. Sin embargo arrastra cierto halo de fracaso, por lo que está convencido de que los problemas no se solucionan solamente razonando «—…Hay que arreglar esto antes como sea. No vamos a tolerar que unos chorizos decidan quién tiene que ser alcalde de Barcelona y quién no, ¿no te parece? Melchor se despide».

Melchor carga con sus demonios personales, que lo alientan para que se deje guiar por sus instintos y por su sentimiento. Es un policía de acción que, cuando está seguro de llevar razón no atiende a ninguna ley que le impida tomar medidas y ejercer la justicia. A veces tenemos la impresión de habernos trasladado al lejano oeste, «Yo soy la ley», pero en realidad la intención de Javier Cercas es visibilizar, denunciar y dar cuenta de lo que pasa política y económicamente en nuestra sociedad, porque se ambienta en la Barcelona de 2025 pero bien podría ser Madrid, de 2020 o Murcia, de 2021. Lo estamos viviendo. La corrupción política está a la orden del día y lo curioso es que gran parte de la sociedad lo ve bien o al menos lo tolera, que es lo mismo. ¿Será porque si estuvieran en esa situación harían lo mismo? El autor nos trae, para demostrarlo, a una serie de personajes de diferente nivel social pero capaces de actuar de la misma manera.

La alcaldesa de Barcelona está siendo extorsionada para que pague 300.000 € si no quiere que salga a la luz un vídeo de contenido sexual que, años atrás, cuando el procés, protagonizó con el que hoy es su exmarido, con su teniente de alcalde y con otro amigo de cierto renombre en el Ayuntamiento.

La policía recomienda que deje el dinero en el sitio acordado, donde pondrán vigilancia para pillar a los chantajistas. Esa noche no acude nadie, y a la mañana siguiente el dinero no está. Vuelven a pedir la misma cantidad y su dimisión. Cuando la alcaldesa está dispuesta a dejar el cargo por miedo a que su carrera se destroce, Melchor Marín lo resolverá todo a su manera. Sin importarle si ha de mentir, amenazar o matar a quien él considere necesario. Es cierto que los implicados representan a los típicos corruptos, capaces de actuar con total impunidad mientras tratan al resto de los mortales como objetos que se utilizan en beneficio propio hasta que no son necesarios. Políticos de la alta sociedad que durante años han manejado los hilos del país. Pero los manejados se mueven por la avaricia de obtener alguna migaja aun sabiendo que nunca entrarán a formar parte de los elegidos. Tan despreciables unos como otros.

La novela es el diagnóstico del mundo actual, violento pero escondido en la elegancia, en el que la vida de los demás no vale mucho y la integridad no tiene sentido.

Independencia denuncia una serie de acontecimientos ocurridos para espolear la conciencia del lector, para que advierta lo que está por venir, que no es sino más de lo mismo.

En esta novela negra la muerte es la consecuencia de la corrupción, de las ansias de poder, de la injusticia social y la violencia institucional encubierta. Cercas reflexiona sobre lo que ocurre actualmente y lo traslada a un futuro, tan cercano, que es presente, de hecho el argumento se nutre de la vida, es como un espejo en el que podemos vernos reflejados en cualquiera de los personajes. Hay para todos los gustos, los políticos de clase alta acostumbrados a ser adorados y reverenciados sin que importen sus fechorías, policías que se dejan corromper por dinero o promesas de poder, personajes de clase media, oscuros y amargados, que critican a los poderosos hasta que les surge la posibilidad de alcanzar algún protagonismo, abogados criticados por defender a delincuentes mientras los defensores de quien paga bien esconden sin pudor hechos delictivos y mujeres, mujeres agredidas, sometidas a la voluntad de los hombres.

En medio de este caos brilla la defensa de los derechos humanos por encima de cualquier ley escrita. Algo que está perfecto en la ficción, en los sueños, en las utopías pero que en la realidad puede ser peligroso.

El autor no se esconde para hacernos ver lo fácil que puede resultar traspasar la línea de la ficción, por eso advierte que no debemos confundirla; la narración es tranquila, el ritmo se mantiene sin sobresaltos, de hecho algunos comentarios se desvían del tema para aportar verosimilitud al personaje, mientras relajan la posible tensión de la intriga, y en cuatro ocasiones, Melchor Marín aparece como persona real utilizada por el autor para protagonizar una novela sobre unos asesinatos ocurridos cuatro años atrás, «nosotros tenemos que conformarnos con la novelita de Javier Cercas. Qué desastre, Dios santo, qué falta de autoestima. Y luego hay quien quiere que los catalanes seamos independientes». Y si Marín es una persona, Javier Cercas es un personaje más de Independencia, algo que le viene perfecto para aclararle al lector algunas consideraciones sobre el panorama actual

—¿Quieres que le metamos un pleito? —pregunta

—¿A quién? —contesta Melchor

—Al tal Cercas

[…]

—…cualquier excusa es buena para meter un pleito. Ese Cercas debe de ser un muerto de hambre, pero, en fin, algo le sacaremos.

Con su inclusión en la obra, el autor consigue cierta complicidad con los lectores quienes, al ser conscientes de que es real, lo revisten de importancia y credibilidad en la ficción. Cercas pretende objetividad con la denuncia que lleva implícita la novela, mientras que, al aparecer como personaje que escribe sobre un personaje, evidencia claramente su punto de vista, al mismo tiempo que añade cierto realismo a lo narrado ya que él, como autor, mantiene un dominio total de la situación. Y el tema principal de lo escrito en Independencia es la corrupción de un sistema democrático de gobierno. Estamos de acuerdo en que probablemente la democracia no sea perfecta. Pero mucho menos lo es cualquier tipo de dictadura que maneja, atemoriza y gobierna según la ley del más fuerte.

En la vida real, Melchor Marín deberá llevar más cuidado con su proceder.

martes, 31 de diciembre de 2019

TERRA ALTA



He terminado mi último libro del año y estoy algo decepcionada. Me gusta cómo escribe el autor. Me encanta la novela policíaca. Pero he encontrado algunos fallos, yo diría que imperdonables, en una novela negra. A lo mejor soy demasiado exigente pero el asesino se veía venir desde el principio. Los asesinos. Los tengo marcados en el libro en la página 96. Después intenté quitarme de la cabeza esta intuición porque creía demasiado obvio lanzar un aviso tan pronto. Pensé que sería para despistar, pues en realidad, entre los sospechosos, se van pasando de forma encubierta la culpabilidad; aunque algunos tienen coartadas, otros no intentan disimular su odio hacia el asesinado y otros, los culpables, van dando vueltas señalando a los demás, para no llegar a ningún sitio en concreto. No quiero desvelar nada, así que me ciño al argumento. El policía Melchor Marín es destinado a la Terra Alta, para investigar la tortura brutal a la que han sometido, en su casa, al matrimonio más poderoso del pueblo, los Adell, para asesinarlos después. También aparece muerta, sin tortura, la criada. No hay signos de que forzasen la entrada y apenas se han llevado unas joyas y algo de dinero. Este horroroso crimen abre en el espectador una serie de expectativas: es doble, las torturas infligidas son salvajes, los asesinados son nonagenarios, la criada estaba muerta en su habitación, por lo que ella no abrió la puerta.

Terra Alta no puede tener un comienzo más prometedor, pero enseguida veremos que alguien tiene especial interés en que no se resuelva nada. Este alguien es en quien más confía Melchor, al menos nuestro protagonista lo repite en varias ocasiones, que es como el padre que nunca tuvo, o como su hermano; y la actitud de ese alguien hacia Melchor es, sin embargo, esquiva… No sé, parece de primero de policial. De hecho, las pesquisas sobre los culpables no se siguen en profundidad (o no nos enteramos al detalle). No tiene sentido que tras seis semanas de investigación quieran cerrar el caso sin haber entrado en los despachos de los sospechosos: «—No estoy reclamando nada del otro mundo. Estoy pidiendo otro par de semanas de trabajo y una orden judicial para entrar en los despachos y los ordenadores de los cinco, si hace falta en sus casas». Pero la instrucción se da por finalizada, así que Melchor decide seguir él solo de manera extraoficial, «ni siquiera se plantea si está dispuesto a correr el riesgo que está corriendo y a lidiar con las consecuencias».

Sin embargo, Javier Cercas, maestro de la narrativa, introduce como nadie las analepsis para que conozcamos en profundidad la vida del protagonista, hijo de una prostituta, llegó a tocar fondo: acusado de robo con violencia, de pertenecer a una banda del hampa, de consumo y venta de estupefacientes, es encarcelado. Aún en la cárcel, se entera de que su madre ha sido asesinada aunque su abogado, Vivales, sigue preocupándose por él. Gracias al ejemplo de otro preso, el protagonista descubre la lectura con Los miserables, en donde se ve reflejado. Decide entonces ser policía, como uno de los personajes de Víctor Hugo. Melchor se integra formalmente en el sistema, pero no en el fondo, pues obsesionado con descubrir a los asesinos de su madre se toma la justicia por su mano. Los atentados de Barcelona le valen para ser proclamado héroe, al matar él solo a cuatro terroristas islámicos. Es así como llega, de incógnito, a Terra Alta, encuentra a Olga, una bibliotecaria quince años mayor que él; Olga lo hace feliz, se casan y tienen a Cossette —esos miserables que lo persiguen— pero ella es atropellada, y muere mientras él investigaba los asesinatos de los Adell.

Lo fundamental de la novela no es la resolución de los crímenes, que casi viene sola. La escritura de Javier Cercas es lo importante. El autor introduce como nadie hechos históricos a través de digresiones; si los atentados islamistas le sirven para situar a Melchor en el espacio novelado, mediante un grupo de ancianos recordará la Batalla del Ebro y la importancia histórica de esta comarca. A veces tenemos la impresión de que los crímenes son otra digresión más, pues lo que verdaderamente cobra fuerza es el argumento personal de la vida de Melchor (prácticamente todo gira a su alrededor),el certero análisis psicológico del protagonista. Asimismo el resto de personajes están retratados según sus movimientos en Terra Alta. En realidad, todos forman parte de ese grupo miserable de personas; son perdedores que, por diversas circunstancias, van encontrando a su paso desgracias, sufrimientos. Son como los infelices de Víctor Hugo, canallas en un momento determinado y honrados e íntegros en otro. No hay héroes en Terra Alta porque ella es la verdadera protagonista colectiva. La comarca los acoge a todos para sacar de cada uno lo mejor y lo peor. Incluso los que llevan años fuera de ella volverán, aun sabiendo que solo les espera el final, pues tienen la certeza de que regresan a sus raíces. La Terra Alta los ha forjado; como una madre les ha hecho daño en ocasiones pero siempre está dispuesta a auxiliarlos.

La novela se divide en dos partes. Al terminar la primera, sabemos el pasado en Barcelona de Melchor a la perfección, de hecho es conocido entre sus compañeros policías como “el matón intelectual”, bueno para redactar informes y doblegar detenidos. Este oxímoron representa las dos caras del ser humano y, con él, Javier Cercas nos pone constantemente en posibles tesituras en las que deberíamos elegir entre seguir a la justicia o al instinto.

—¿Estuvo a punto de matar a aquel tipo porque se había pasado la noche contando chistes misóginos? —preguntó.
—Eso parece —contestó Melchor.
[…]
—¿Y por qué no le ha dado vergüenza contártelo a ti?
Melchor se encogió de hombros.
—No lo sé —dijo— supongo que porque le convencí de que, si yo hubiera estado en su lugar, habría hecho lo mismo.

La segunda parte es el presente en Gandesa, donde encuentra su sitio, su familia y, lo más importante, sigue buscándose a sí mismo, «por primera vez en su vida, Javert se le antoja a Melchor un personaje distante y ajeno, y su proceder absurdo, trágicamente ridículo».

Esto es lo que destacaría de esta novela, la superación personal, la burla que un hombre, ayudado por la lectura, por el razonamiento y el entorno, puede hacerle al destino. No existe el determinismo, se puede salir de la miseria moral, se debe dejar el rencor para seguir vivos, porque el odio es «Más o menos como beberte un vaso de veneno creyendo que así vas a matar a quien odias».

La intertextualidad literaria está presente en Terra Alta, no solo Los Miserables evocan un paralelismo, también nos recuerda Cercas El tambor de hojalata, El gatopardo, El doctor Zhivago o El extranjero como títulos que reflejan una sociedad angustiada, con gente que no puede desligarse de su pasado, para demostrar que el destino nos pertenece, que no hemos de culpar a nadie de lo que nos pasa y debemos luchar por lo que queremos. Y, por supuesto, el narrador hace gala de un lenguaje preciso, acertado, siempre con el término adecuado: caporal, otomana, sotabarba, indexado, angosta, lisura, hipérbole, palimpsesto, aladares, para que tengamos presente que el autor es Javier Cercas.