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viernes, 10 de febrero de 2023

SUPERSAURIO

Otra novela que agradezco a la Concejalía de Juventud de Cartagena y su Proyecto Mandarache. No conocía a la autora, Meryem El Mehdati, entre otras cosas porque creo que es la primera que escribe, así que una vez terminada Supersaurio, entré en internet para saber algo más de ella. Me han sorprendido varios aspectos; el primero, su juventud, aunque por la forma de escribir, intuía que no debía tener más de 35 años. Efectivamente, nació en 1991. El segundo es la habilidad mostrada para escribir una primera novela, con una frescura y un ritmo increíbles. Más de trescientas páginas que no se hacen pesadas en ningún momento porque la variedad de recursos es abundante. Las frases cortas, en presente, son empleadas en repetidas ocasiones lo que aporta agilidad e inmediatez a la narración: «A su lado Omar cambia su peso de pierna. Se lleva su vaso a los labios, da un trago. Es whisky. Aparto la mirada, siento que estoy viendo algo privado, algo íntimo. […] Sudo en mi ropa…». Pero también abunda en su estilo la falta de signos ortográficos, a veces durante todo un capítulo; con esto consigue el extrañamiento en la lectura y la necesidad de volver atrás; además la falta de puntuación aporta cierto absurdo a la situación y ayuda a poner en entredicho normas que se dan por aceptadas socialmente, como las campañas ecológicas que la gran mayoría afirma seguir pero en realidad no son tantos: «que por qué no puede ponerme lo que me ha puesto en el vaso de papel en el termo acaso no sabe que así…».

El vocabulario es absolutamente coloquial con expresiones de diferentes jergas: juvenil, «Entro en el modo ahorro»; actual-política, «Soy una persona bio»; machista descalificadora, «no conozco a muchos tíos que no tengan una ex que esté o estuviese loca»; expresiones usadas en las plataformas audiovisuales actuales, «cambia las contraseñas de Netflix y de Amazon Prime»; imprecaciones de las conversaciones habituales, «—Coño, de ella pero las compartíamos» «una idea tonta de cojones»; cambios en la normativa ortográfica para semejar organizaciones en direcciones de internet «…treinta y tres terrones de azúcar, todos para mi body, sinazucar.org que reviente»; expresiones comparativas con situaciones de la vida diaria, «me hace ir como una moto el resto de la jornada»; terminología del ambiente laboral «el discurso de la meritocracia y el trabajo duro están en mi ADN»; anglicismos utilizados de forma habitual «¿Por qué cobra más un business assurance manager que la cajera de un supermercado?»; sinónimos referenciales que van graduando las sensaciones para reforzarlas, «a mí las dificultades me producen angustia, fatiga o hastío»; adjetivos autoimpuestos que logran despojarla de sentimientos, «cuando llego a casa me siento drenada»; expresiones crueles con la propia narradora, para reflejar la hostilidad hacia el interlocutor que, por hiperbólicas, son tomadas de forma humorística por el lector, a pesar de que reflejan el estado de impotencia en que se encuentra, «Preferiría que me atropellase un taxi con la COPE al tope de volumen que firmar un solo correo como gestora de talento»; escritura que refleja en su forma el significado de la palabra «des  pa  ci  to»; onomatopeyas que acercan al lector a la situación, «pasar la tarjeta de mi jefe fssshhh fssshhh»; transcripción de fonemas como palabras «10:34 a eme»; maldiciones para contrarrestar el malestar de las mujeres cuando los hombres se sienten con derecho a alabarle a una chica su físico sin importarles humillarla «Me dijiste “qué tetas” y me sonreíste como si compartiéramos un secreto. Ojalá te dé un ictus antes de llegar a donde sea que estés yendo, ojalá te atropelle un camión y te haga papilla a mis pies. No vuelvo a ponerme esa camiseta en la vida»; expresiones en árabe de las que, por la conversación, entendemos su significado y términos usados en las redes sociales, con el inglés como lengua materna, «…abro mi perfil de Tinder hago match con Iván 28 fucking delusional man living the room emoji de bandera de España emoji de bandera del Reino Unido emoji de jarra de cerveza emoji de machanguito corriendo».

En fin, diversidad de recursos, pluralidad de enunciados que acercan la lectura a todo tipo de lectores; indudablemente los más jóvenes se verán reflejados no solo por la estructura formal de la novela sino también por el contenido.

Otra sorpresa, tras buscar a la autora, ha sido encontrarme con una novela antigénero. En realidad Supersaurio representa, más que una antificción, una autoficción novelada. No cabe duda de que es una novela del yo. La novela está protagonizada por Meryem, que como la propia autora «Nací en los 90». Asimismo vive en Puerto Rico (Gran Canaria), escribe fanfiction, le gusta el café y los donuts y el agua con gas.

Cuesta separar a autora y protagonista pues, aunque todos sabemos que no son lo mismo, Supersaurio es toda una declaración de intenciones. Escrita a modo de diario, aunque por meses que no especifican el día. Los capítulos van numerados, desde el 1, en cada parte, excepto los Fandom intercalados.

Dividida en tres partes, que cuentan la vida de Meryem a los 26, 27 y 28 años. Su entrada en la cadena de supermercados Supersaurio como becaria en la Primera parte, como parte del grupo de personal externo en la Segunda y como parte del equipo directivo en la Tercera. Esto la lleva a dudar de sus propias convicciones porque pasa de sentirse totalmente ninguneada y explotada a tener a su disposición una becaria con la que actúa de forma similar a como lo hicieron con ella. El sistema te atrapa y es imposible ignorarlo pues el dinero es primordial.

La novela es, en realidad, una crítica a la sociedad que les ha tocado vivir a los jóvenes, las dificultades para encontrar un trabajo, para poder valerse sin la ayuda de los padres, para intentar llevar una vida que se ajuste a las expectativas sociales, familia, hijos, trabajo, casa… cuando la vivienda tiene precios exagerados, los trabajos no son estables y están mal pagados y las familias pueden ser diferentes a como lo eran porque también las identidades como persona han variado. En este nuevo mundo traer hijos puede suponer, en ocasiones, una verdadera odisea a la que no todos pueden hacerle frente. Meryem sabe de lo que habla, pues ella además de estos condicionantes tiene el de su nombre. A pesar de ser española y haber nacido en Gran Canaria, sus padres son emigrantes, algo que la va a llevar a no sentirse perteneciente a un grupo en concreto.

El problema de la emigración también se trata en Supersaurio aunque lo más destacado es la dificultad de ser mujer en una sociedad que no se llama machista pero aún tiene mucho camino por andar. El Mehdati expone un mundo algo tópico y exagerado pero con un fondo cierto «¿cómo evitas ahogarte cuanto tienes una hipoteca tres niños y un minivolumen con una persona a la que detestas? Mejor darle la chapa a la pobre idiota que no ha podido evitar coincidir contigo en el ascensor. Otro puto lunes aquí»; la gran mayoría de personas no disfrutan con su trabajo, no son felices porque no han querido claudicar a sus principios y por lo tanto no han podido integrarse o se han integrado y sobreviven a costa de haber renunciado a sus aspiraciones.

La sociedad se muestra más amigable, más divertida, más tolerante que en otras épocas pero siempre hay límites ocultos que solo percibes si eres joven, si eres joven de familia trabajadora, si eres joven, mujer de familia trabajadora, si eres joven, mujer, emigrante de familia trabajadora. Entonces es cuando puedes percibir el odio, la tristeza, la incomprensión, la humillación y la falta de respeto hacia tu persona. Meryem El Mehdati nos lo recuerda con cierto humor pesaroso.

sábado, 3 de diciembre de 2022

LA CIUDAD


En el siglo XVIII, Thomas Hobbes se refirió al estado natural del hombre, en El Leviatán, como Homo hominis lupus, locución latina extraída de Asinaria, de Plauto: Lupus est homo homini. Esto he sentido al leer La ciudad. Me ha resultado muy difícil digerir lo que les sucede a las protagonistas, a todas, porque en general se confirma que el hombre (masculino) es malo por naturaleza, que privilegia su propio bien por encima del de los demás, aunque en este caso sea por encima de la mujer, Homo lupus est mulier. ¿Dónde queda la libertad? ¿Dónde la humanidad? ¿Cómo es posible asistir a un terror desatado, a horribles atrocidades sin sentirnos cómplices? Porque lo somos. Cuando la degradación no nos toca de lleno simplemente la vemos pasar. El problema viene cuando nos roza.

En el siglo XXI, la compañía de teatro Ron Lalá apuntó en Crimen y telón, «Cada vez estamos más conectados. Cada vez nos sentimos más solos». Esto es lo que he sentido al leer la novela de Lara Moreno. Vivimos rodeados de gente, muchos en grandes ciudades y sin embargo hay pocas personas de las que estamos seguros que nos ayudarían llegado el caso.

La ciudad es una novela densa. A un edificio del centro de Madrid, en el que hay diferentes tipos de viviendas, según las posibilidades económicas de sus residentes, van llegando, por diferentes razones, tres mujeres muy distintas: Oliva, española, está alquilada en una de las casas pequeñas, sin apenas luz natural, con su hija de seis años, Irena; pronto se sumará Max, el novio de Oliva, diez años más joven que ella y con grandes problemas de autoestima que desembocan en malos tratos psicológicos —y físicos— hacia su pareja que, a pesar de sentirse acosada, horrorizada, temerosa por Irena, mantiene en su casa a Max. «Oliva siempre había tenido lo que suele llamarse un carácter fuerte. Pero hasta las lobas saben cuándo no tienen más remedio que ser corderos. Se quejó, ni siquiera en voz alta […] Y lo siguiente fue una galaxia que estalla por primera vez, una constelación de metralla formándose en las paredes, en el techo, en los azulejos del baño y de la cocina […] El aullido fue atronador. Oliva sintió en sus huesos el impacto del sonido».

Al edificio llega Damaris, después de que un terremoto en Armenia le tirara su casa encima. Su marido falleció al instante. El pueblo, Salento, quedó sepultado por la tierra. Damaris dejó en Colombia a su madre y a sus dos hijos con su hermana y vino a Madrid, como cuidadora de unos gemelos que veían poco a sus padres «Los gemelos la llaman Dama, y a veces, por descuido o por vileza, la llaman mamá […] ha recogido la cocina […] y ha tenido tiempo de sentarse en un taburete a morder un par de patatas cocidas y una manzana […] Le pincha el lumbago cuando consigue sacarlos de la bañera».

Y después de una travesía horrible desde Tánger, después de ser tratada como un animal en el campo de Málaga, después de ser violada por el conductor que la lleva a Madrid, Horía consigue, ¡por recomendación!, un trabajo de portera en el mismo edificio. Solo quiere encontrar a su hijo de 14 años que huyó del cuidado de su abuela para venir también a España, a una vida mejor. «También es bueno no estar gorda, porque las gordas no pueden agacharse bien y no les sirven. Luego, cuando vengan a seleccionarnos los empresarios españoles, será distinto. Ahí sí tenemos que estar bonitas, como el ganado en las ferias».

En La ciudad se exponen con dureza los diferentes tipos de trabajo para los diferentes tipos de inmigrantes. Pero ellas ya vienen a España tras salir de su propio infierno dejando lo que más quieren, a sus hijos, para que ellos puedan aspirar al sueño que no se les hará realidad en la miseria en la que viven. Lo soportarán todo con tal de ahorrar unas migajas que enviarán a sus casas.

La escritura de la novela no es lineal; con analepsis va entrando en el pasado de las tres protagonistas para desvelar cómo llegaron a la situación que, in medias res da comienzo a la trama.

La soledad de esas mujeres que conviven en un mismo edificio es letal. El maltrato sufrido por Oliva afecta a la convivencia con los vecinos, a la convivencia con sus propios amigos, a la vida de su hija, a la propia maltratada que no entiende la actitud de un hombre que la desprecia mientras ella, incomprensiblemente, lo ama. «Habrá distancia, el hombre tumbado en el sofá, cerrado por dentro y por fuera, ejerciendo un castigo que Oliva no asume pero ha de soportar. No vienes a la cama. No me apetece».

El diálogo es en estilo indirecto libre, algo que consigue tensar aún más el ambiente, y asfixia no solo a las protagonistas, también al lector, a quien no permite ni un segundo de relajación, porque Lara Moreno saca a la luz la realidad que tapa la propia sociedad, que solo ve la cara amable de la violencia silenciada, el trato correcto pero implacable de los jefes de Damaris, las buenas maneras, aunque frías, que Max deja ver, la ayuda externa que superficialmente recibe Horía. Las tres están sobreexplotadas y lo saben y lo aguantan porque no tienen otro remedio.

La prosa de Moreno es visceral, relata escenarios turbulentos desde el punto de vista de nuestra sociedad actual, disculpando a los humilladores, a los maltratadores de esas mujeres; relata violencias justificadas por las propias violentadas «Max está haciendo un esfuerzo». Violencias tan implacables que desembocan en diferentes autolesiones, a propósito, por parte de Oliva, machacando su cuerpo en espera de una posible ayuda, por parte de Horía, o descuidando la propia salud para no perder el trabajo, por parte de Damaris. Las tres son víctimas de actos criminales, inhumanos, que los diferentes dueños de su suerte o cuerpo ejecutan contra ellas, porque son mujeres que han nacido en el lugar equivocado, donde no existe la suerte, tampoco la recompensa ni la justicia.

A pesar de estar en un lugar multitudinario, todos los días van siendo relegadas, van quedando más solas y nadie hace nada por evitarlo, ni siquiera ellas mismas.

La ciudad presenta lo más asqueroso del ser humano. Gente que viola cuerpos, mentes, derechos sin piedad, sin cesar. Leer La ciudad es algo parecido a la tortura que le imponen a Alex DeLarge (personaje interpretado magistralmente por Malcolm Mc Dowell en La naranja mecánica): ver violencia hasta que no puedas más, hasta que, a pesar de que eres violento, la desprecies. ¿Dará resultado? No lo sé. Es cierto que son 319 páginas densas, eternas, de mujeres y atropello, mujeres y acoso, mujeres y pobreza, mujeres y amenazas, mujeres y dolor.

Lo más triste es que Lara Moreno no las enclava en una sociedad distópica. Este es nuestro espacio, un lugar en el que la condición humana va quedando relegada a animal, un lugar en el que unos son culpables por hecho y derecho y otros, muchos, somos culpables pasivos. Podemos identificar tras las máscaras de Oliva, Damaris, Horía e Irene a personas reales. Es un desafío para cualquier crítica delimitar la ficción de la novela pues el edificio de La ciudad no es sino el testimonio de una urbe con distintas clases sociales y económicas, donde tenemos la impresión de vivir en una época pretérita en la que los derechos no eran para todos. La ausencia del diálogo directo acorta el espacio-tiempo hasta reducirlo a un cronotopo 0 en el que la voz de la autora intercambia una y otra vez la información con el lector, «Horía no oye el murmullo de las terrazas llenándose, las cañas de cerveza, los boquerones en vinagre […] Solo el ruido del ascensor subiendo y bajando por los rieles […] Las posibilidades la debilitan, la dejan rota […] Nada. Esperar».

Lara Moreno localiza su novela en una ciudad con nombre y apellidos, Madrid siglo XXI, pero igual podría ser Huelva siglo XX, Francia siglo XIX, Europa siglo XVI. Con esto se aleja de cualquier tópico o estereotipo para señalar directamente al ser humano. A la deshumanización del hombre «Las estanterías, completamente vacías, como justo antes del fin del mundo».

sábado, 21 de agosto de 2021

NAUSICANA BLUES

Está claro que soy afortunada. Conozco a mucha gente buena, inquieta, que se preocupa por que haya un mundo mejor. Es reconfortante hablar con personas que buscan el lado bueno y, sobre todo, que intentan que todos podamos ver ese lado bueno. Dos de esas personas son Ana y Rafa, compañeros durante mucho tiempo en el instituto. Y amigos.

Pues el otro día, revisando estanterías, tropecé con Nausicana Blues, un librito que Rafa escribió en 2012, después de haber estado de profesor de español en un instituto de Texas durante un año. Aún no había visto la luz el blog Aurisecular, por eso no comenté la obra en su día. Hoy le ponemos arreglo ya que merece ser leída.

Rafael Pérez Bielsa ha escrito la historia de Scott Saberton, un inmigrante de Barbados que llega a la localidad —ficticia— de Nausicana, en el estado de Texas, buscando la oportunidad para realizar su sueño americano. Pero le va a costar trabajo. Scott no es del todo consciente de que su vida tiene poco valor desde que se le ocurrió nacer negro (hay algunos que tienen cada idea…). Por supuesto, ese valor bajó en picado al pretender formar parte de los EE.UU. y nada menos que en Texas.

Podríamos resumir la historia de Scott como «Cuando nada sale bien». Conocemos al protagonista en un domingo, con un calor sofocante y un plan: hacer la colada. Mientras espera para poder meter la ropa en la secadora se acerca a una gasolinera a comprar cervezas, pero aún no es mediodía, hora mágica para encontrarse con ciertos efluvios reconfortantes, así que el empleado lo denuncia y la policía lo acusa de intentar «comprar alcohol, insultando a Dios y se había resistido a las fuerzas del orden». Así pues, le colocan un GPS en el tobillo y lo dejan sin ahorros al tener que pagar una multa para no entrar en la cárcel.

Scott recibe la advertencia de no renovar su contrato si mantiene su actitud rebelde ante las normas, y las amenazas de sus compañeros si no se aviene a cometer un delito por ellos. Todo es posible si eres negro. Y ahí comienza su aventura, con la amenaza de los hermanos Esparza, de la que lo libran los miembros de una fraternidad religiosa «Nuestra Iglesia», fundada porque «los permisos necesarios para la creación de una nueva iglesia eran infinitamente más sencillos que los necesarios para abrir un local que sirviera alcohol y tuviera música en directo» dos condiciones aceptadas legalmente en la casa del Señor y prohibidas en el resto de establecimientos. Scott deberá pagar el favor realizando todo tipo de trabajos delictivos para la comunidad.

Pero a este barbadense no se le ocurre otra cosa que pretender investigar la poligamia, pedofilia y selección de embriones que el reverendo Williams lleva a cabo amparándose en su congregación de rubios blanquísimos, Tu Iglesia. Los formantes de Nuestra Iglesia, todos negros, saben que no tienen nada que hacer frente a la supremacía blanca, por lo que Scott se encuentra solo ante un final que no augura nada bueno, «si los hermanos Esparza no hubieran buscado una puerta para su camioneta en aquel desguace, habría muerto con toda seguridad».

Pero nunca se sabe.

Hay cierto humor en la forma de contar de Rafael Pérez, cierta ironía, porque el autor no pretende hacer reír, sino dar testimonio de las dificultades de los emigrantes, sobre todo cuando pasan a ser inmigrantes a los que, por el color de su piel, se les recortan casi todos los derechos y solo son valorados cuando consiguen beneficios para los oriundos del lugar. El humor tiene una peculiaridad, consigue resaltar avasallamientos o injusticias al tiempo que ayuda a paliarlos, por eso Rafa no duda en relatar situaciones verdaderamente graves desde una actitud positiva, con el ingenio irónico que pone en evidencia la condición del ser humano, la inocente del doblegado y la injusta de los opresores «Por otra parte, las cámaras de seguridad de los cajeros grabaron a unos sospechosos individuos enmascarados que durante más de 15 minutos permanecieron en cuclillas junto a dichos cajeros».

Nausicana Blues podría haber sido una novela larga, plagada de escenas violentas, muertes escabrosas, violaciones encubiertas, torturas llevadas a cabo por fanáticos sectarios, pero es una novela corta caracterizada por un estilo sobrio «El dolor era penetrante, violento, sin comparación con nada que hubiese sentido antes […] Su cuerpo, empapado en todo tipo de fluidos corporales, producía un hedor insoportable que le provocaba continuas náuseas». El narrador expone los hechos de forma directa y clara; apenas deja afluir los sentimientos, como si quisiera dar fe, simplemente, de la vida que algunos llevan; y cuestiona la realidad desde un punto de vista original pues aunque intenta ser neutral, sin que su opinión salga a la luz, en ocasiones aparece, en las preguntas retóricas que enfatizan sus reflexiones. La voz del protagonista se refleja entonces en la ira del narrador «¿En qué coño estaba pensando cuando se le ocurrió venir a los Estados Unidos?».

La narración es rápida, el ritmo se convierte en recurso específico del lenguaje literario, que aporta cierta desenvoltura a la hora de contar multitud de ideas que parecen simultáneas: el racismo usual, el apoyo de bandas racistas a determinadas sectas, tradiciones paganas apropiadas por la iglesia que evidencian claros intereses de dominio y poder… Y es que son simultáneas, todo tiene lugar al mismo tiempo, es el día a día de los desfavorecidos. Solo alguna vez detalla ciertas costumbres para matizar lo que le interesa, como las posturas de desconfianza que la tradición más irracional tomaba, o toma, hacia quienes molestaban por el simple hecho de vivir en la escasez o por tener pensamientos que se desmarcaban de la mayoría, «Su aspecto empezaba a ser lamentable y en cualquier momento algún ayudante del sheriff lo detendría por acosador, merodeador o indigente».

El apoyo y la sumisión a quienes ostentan el poder llegaban a límites extremos, como las delaciones encubiertas que, con toda tranquilidad, se llevaban a cabo no para avisar de algún delito sino por venganza, «para presentar denuncias o quejas sin tener que identificarte […] podías conseguir una recompensa».

Asimismo, en la narración lineal encontramos alguna digresión o alguna analepsis cuando interesa presentar a un personaje nuevo para el lector al que, sin embargo, Scott ya conocía y que además de ayudarlo en su periplo desvelará determinadas costumbres de otros lugares «le invitó a la celebración de los quince años de su hija Guadalupe».

El narrador no se identifica con el protagonista, Rafael Pérez, tampoco, pero empatiza con él, por eso pone de manifiesto la vida dura de ciudades cerradas y encerradas en sus costumbres; dureza para quienes han nacido en esas ciudades, que se convierte en crueldad para los inmigrantes que solo quieren ver cumplido el sueño de trabajar y vivir como una persona cualquiera.