domingo, 23 de febrero de 2020

EL MAPA DE LOS AFECTOS


Me ha regalado este libro Antonio, es la primera novela de una escritora de poesía, dramaturga y columnista de opinión; hija de uno de los escritores consagrados en España, ha vivido entre letras desde siempre. De hecho parece que continúa la labor de su padre pues, José María Merino también empezó como poeta y siguió como novelista y cuentista. He encontrado algo de influencia paterna en la novela de Ana Merino, ahora lo veremos, pero lo que más me ha sorprendido al oír unas declaraciones suyas en televisión es la afirmación de que El mapa de los afectos es una novela sobre las personas buenas, porque no solo hay buenos, también hay malos enrevesados que, en esta novela, tienen la suerte de ir encontrando por el camino a gente buena, personas que intentan comprender determinadas actitudes perjudiciales para poder seguir viviendo. En este mapa el componente fantástico, o casual, es fundamental; pareciera que el hado rodea a los que tienen buenos sentimientos y los protege del mal que asola a los demás «El curioso trazo de la vida los colocaba en un punto sorprendente del mapa del tiempo y del espacio».

La novela es corta, en poco más de doscientas páginas encontramos veintitrés capítulos que, al principio, parecen relatos aislados contados por un narrador omnisciente que además de narrar opina, nos aporta su parecer sobre los hechos, ofrece un juicio moral para que el lector extraiga una enseñanza de la lectura. Hay un fin didáctico que late en las páginas y el narrador nos lo recuerda constantemente. Todo irá bien para quien no pierde la esperanza ante una adversidad, para quien desea mejorar «Lo que no pudo hacer un tornado lo hizo un incendio». Esta frase podría resumir la vida en un pueblo del Medio Oeste de EE.UU. habitado por personas sencillas, sin grandes aspiraciones económicas y muchos deseos de ser felices. Una comunidad acogedora a la que también llegan indeseables que comenten atrocidades. Solo hay que esperar para que el paso del tiempo ponga las cosas en su sitio.

Si nos fijamos en los títulos de los capítulos nos daremos cuenta de que los afectos que predominan, y en los que Ana Merino quiere hacer hincapié, son los relacionados con el amor y la solidaridad: Luna de miel, El hijo de Dios, Para enfrentar la muerte, El cazador de eclipses, Hacerse viejo, Espacio sideral, Energía renovable, Un rezo propio, El rastro del perdón, Fuego y agua, El tiempo en las semillas, El sentido de las cosas, Desprendimientos, El vientre de la ballena, Amor verdadero, Los abrazos.

Los temas giran en torno al amor, la superación, la purificación, el acogimiento… Por eso es un libro en el que no hay demasiadas sorpresas. La muerte está presente, como en la propia vida, pero hasta la más temible, la injusta, es asumida con naturalidad «Se oyeron cinco tiros. Pero Lilian no pudo oírlos, de su corazón brotaba la sangre de una niña que corría a abrazar a su padre».

Como en los relatos, o en la novela decimonónica, la figura más importante es la del narrador; desde su posición omnipotente entrecruza a los personajes según pasan los capítulos; de vez en cuando alerta al lector de que ha pasado el tiempo «Durante los cinco años que vivió en el Medio Oeste se dedicó a coleccionarlas». Así sabemos que la novela transcurre durante quince años, y así, al llegar al último capítulo somos conscientes de ese tiempo circular capaz de aportar un sentido a todos los acontecimientos expuestos.

Al tiempo que va uniendo y separando personajes, el propio narrador los llena de recuerdos, algo que cobra total importancia pues consigue que el pasado, doloroso, se enrede en las circunstancias actuales para poder afrontar la vida de otra manera. Una vez cambia su perspectiva, el personaje está en condiciones de desafiar al dolor más desgarrado con ternura, de forma que hasta el ser humano más desvalido es capaz de actos sublimes «Tom sintió la punzada de la muerte en su corazón y abrió los ojos […] vio la silueta de un hermosos pavo salvaje que lo estaba observando con fijeza […] y en Tom quedó grabado el leve gesto de una sonrisa, fruto del último pensamiento en el instante perplejo del aliento que expira».

El narrador nos va presentando a diferentes personajes que ocultan una historia personal, diferentes relatos enfrentados por elementos generales para conseguir plantear los conflictos generadores de incertidumbre, o tensión en algunos casos. Ana Merino alcanza una literatura interior que nos llega desde la exterioridad de una tercera persona.

Algo importante es la resolución de las transgresiones, pues los desmanes cometidos no evolucionan según la justicia social; como el narrador omnipotente, superior, es una fuerza de la naturaleza, será el encargado de dictar un veredicto que llevará a cabo de manera aleatoria cuando crea conveniente. Una mujer puede ser infravalorada por sus jefes, o expulsada de su trabajo por aquellas mujeres que contratarán a un hombre menos válido, o asesinada por la locura de una enferma, o limitada a vivir en el mismo espacio sin poder experimentar nuevas sensaciones, o darse cuenta de haber caído en las drogas y las prostitución, o ser consciente, en la luna de miel, de que no está con el hombre de su vida y abandonarlo; unos niños pueden quedar privados de crecer bajo el amor de su madre, un hombre puede ser despojado de sus recuerdos y su identidad por una grave enfermedad. Asesinatos, violaciones, humillaciones… todos estamos expuestos y todos podremos salir adelante si nos dejamos llevar por un espíritu comunitario que domine por completo las más bajas pasiones. Siempre será posible la justicia poética, o divina, «La estúpida cabeza del párroco, que, como una ofrenda macabra, el viento de la religión trasparente que rige el alma verdadera de las cosas parecía haber puesto a sus pies».

El narrador no solo maneja a los personajes, con interrogaciones retóricas guía al lector para que no se confunda en las conclusiones que va extrayendo del relato «¿No estaría gravemente enfermo? ¿No estaría sufriendo un paro cardíaco? ¿Era esto el final de su vida?».

Hay algo de estilo romántico desde el momento en que los recuerdos, las emociones, ocupan un lugar paralelo al de los episodios del presente, el narrador nos recuerda constantemente que vivir una existencia no es asistir a hechos del ahora; lo que marca nuestros actos, nuestra propia realidad son los retazos asentados en nuestra memoria para formar una determinada psicología; de ahí que un mismo lugar, un mismo acontecimiento sea experimentado de diferentes maneras según las personas. No hay una misma realidad porque no hay una misma visión del mundo, «escribió la lista de las cosas que necesitaba comprar. La primera palabra que anotó fue “naranjas” […] De pronto se acordó, claro, lo había olvidado […] Esa imagen era la que hoy se le aparecía con la luz del mediodía».

El Medio Oeste es un lugar metafórico, representativo de la familia, de la unidad entre quienes la forman y de sus misterios, es un universo que traspasa fronteras y se instala en lo más íntimo de cada uno. Ana Merino, con un estilo elegante, a veces infantil, elabora el universo interior del ser humano para proclamar sus propias inquietudes, sus deseos de libertad, de paz, sus ansias por apartarse de una sociedad consumista y deshumanizada para vincularse a otra, gobernada por el placer de los detalles pequeños que son los que dan sentido al «relato de las civilizaciones y sus desequilibrios, la lucha por existir, por esa subsistencia que ha dibujado el mapa de los siglos».

1 comentario:

  1. Has hecho que me enamore de esta novela. ¡No veo el momento de leerla!

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