miércoles, 30 de enero de 2019

LA TERNURA



No es de extrañar que a Alfredo Sanzol le concedieran el XII Premio Valle-Inclán de teatro, el mejor dotado, económicamente, de los escenarios españoles. Vi representada La ternura en Madrid y creo que pasé uno de los mejores ratos de mi vida, tal es el humor e ingenio que desprende. Pero es que al leer el texto me ha impresionado más. Podría hacerlo una y otra vez porque es de esas obras en las que siempre descubres algo nuevo, un movimiento, un gesto, una palabra… No hay ningún cabo suelto en La ternura. Todo tiene su porqué, y el enredo y la magia propios del teatro barroco cobran fuerza e ilusión en este siglo XXI, porque la obra es un homenaje al teatro del XVII en general y a Shakespeare en particular y, como nuestro autor inglés, no pasará de moda. Es universal. El sentimiento que prevalece es el de la ternura, tal y como anuncia el título, algo que en la sociedad en la que vivimos es conveniente poner en marcha de vez en cuando para no quedar enfundados en la reseca cubierta que la recubre.

El argumento es propio de los cuentos fantásticos, de princesas y leñadores que sufren desgracias y todos viven felices al final; pero no debemos olvidar que hay críticas y reivindicaciones hacia determinados colectivos, aun hoy marginados, censuras hacia prejuicios aun hoy existentes, y demandas de cultura, del saber, de leer para entender mejor al ser humano, no tanto en abstracto sino al que vive junto a nosotros y forma parte de nuestra existencia.

La obra está compuesta por veinte escenas agrupadas en un único acto. Seis personajes constituyen el elenco, tres mujeres y tres hombres y todos aluden a su nombre. Aquí es donde encontramos la primera referencia humorística, pues si en la literatura clásica el nombre solía ir relacionado con la personalidad de quien lo portaba, en La ternura es alusivo al color del traje que lleva cada uno. Así nos encontramos por un lado, a la reina Esmeralda con sus hijas Salmón y Rubí, y por otro al leñador Marrón y sus hijos Verdemar y Azulcielo.

La reina Esmeralda y sus hijas viajan en un galeón de La Armada Invencible en agosto de 1588 (justo cuando históricamente ésta es derrotada por uno de los piratas de Isabel I, Hawkins, quien prendió fuego a ocho brulotes y los lanzó contra las naves españolas). Durante la noche la reina convoca a Salmón y Rubí para decirles que ha pensado hundir la Armada pues las lleva a Inglaterra para casarlas con el enemigo. Las quejas de Rubí no le valen de nada «tengo más de cuarenta años […] Aunque lo deteste, deja que acabe mis días con el Conde de Lancaster», y así, con humor totalmente blanco se arropan en una manta mágica, que Esmeralda ha ideado tras muchos estudios, y desaparecen del barco para aparecer en una isla desierta «de muy reducido tamaño y solo yo conozco su existencia». Pero veinte años antes, otro estudioso de las plantas ideó el mismo plan al ser abandonado por su mujer, «se esfumó por la chimenea», por lo que se llevó a la isla a sus dos hijos, con quienes vive. El mayor, Verdemar, tenía veinticuatro años cuando hizo el viaje, pero el pequeño sólo cuatro, por lo que no tiene recuerdo alguno de mujer, sólo lo que su padre y hermano le han dicho, para que no crea que se pierde nada bueno, «Él dice que en lugar de cabellos tienen serpientes […] Que su piel es de sapo y rezuma continuamente un ácido abrasador…».

Y a esa isla, tras provocar, Esmeralda, el incendio de la Armada Invencible llegan contentas las mujeres pues «Ya se han quedado los hombres /dándole al viento sus órdenes. / Ya se han quedado aburridos / lanzando al aire gemidos / ¡Vivan los días sin ellos! / ¡Mueran las horas con ellos! / ¡Vivan las islas desiertas / para mujeres despiertas!».

Pero este plan fracasa, igual que lo hizo el de el Leñador Marrón, y la isla no está desierta sino ocupada por personas de diferente sexo, de quienes querían huir. Ellas se dan cuenta de la presencia de ellos y deciden disfrazarse de hombres. Así conviven, más o menos armoniosamente hasta que el Leñador Verdemar se enamora de “El sargento-Princesa Rubí” y el leñador Azulcielo lo hace de “El alférez-Princesa Salmón”. Poco a poco al leñador marrón le gusta estar con “El capitán-Reina Esmeralda”, discutir con él, hablar de medicina, se siente acompañado con la conversación de alguien afín.

La reina Esmeralda idea otro plan, finge que tiene fiebres contagiosas, para quedar aisladas y no ser descubiertas. Todo es inútil pues los leñadores hijos van con las princesas al volcán a buscar la flor que curará “al Capitán”. Plan ideado por el padre leñador, al que tampoco le sale bien ya que la reina lo obliga a bebérselo él mismo y le da enormes retortijones. El siguiente plan —fracasado— de la reina es convertirse ella misma en Verdemar para hablar con el leñador Marrón y, de padre a hijo enterarse del plan que aquél tenía para salir de la isla cuando quisieran. De esta forma Esmeralda es consciente del enamoramiento de los cuatro hijos y las parejas formadas. Su último plan —fallido por supuesto— es echarles humo de forma que al aspirarlo alguien se enamore de quien vea primero. Su idea es que impregne a Salmón para que vea a Verdemar, las dos hermanas se peleen por celos, y corten con los leñadores; pero nada es como se piensa en esa isla maravillosa, así que todos van oliendo el humo de una forma u otra hasta formar una auténtica orgía. Una vez pasados los efectos, recapacitan los padres y envían, en la manta de Esmeralda, a sus hijos a la civilización, quedando ellos en la isla bajo la perspectiva de una vida interesante en todos los sentidos.

Enredo, humor, final feliz; la comedia tiene todo lo que una de capa y espada podría tener, pero aquí las armas son hachas de trabajo y la mujer no decide cuál será su hombre, ni éste obligará a la dama a convivir con él, sino que el amor surge de forma espontánea entre ellos, y los padres, tras razonar, admiten su error y dejan que los jóvenes vivan según sus deseos.

El argumento es fantástico, el enredo se va agrandando con los planes fracasados de ambos padres hasta convertirse, al final, en un despropósito hiperbólico en el que el público no deja de reír. De hecho no dejamos de reír desde el comienzo de la representación, o en este caso de la lectura, pues el enredo empieza casi al principio de la obra, al darnos cuenta de que hay una estructura paralela en el planteamiento «Mientras tanto, en la isla que la Reina Esmeralda considera desierta, tres leñadores cantan». La expectación está servida, pues el discurso del leñador Marrón «Hemos vivido felices sin las voces agudas. Los cambios de humor. Las preguntas incomprensibles. Las largas peroratas. Y los llantos súbitos», es similar al que la reina Esmeralda expuso a sus hijas «Mis opiniones han pasado siempre a segundo plano […] Mis ideas para un mejor gobierno han tenido que viajar siempre en cartas firmadas con un seudónimo con nombre de hombre […] los hombres hacen de su imperio nuestra condena».

Pero no sólo hemos de ensalzar el argumento. Las referencias a la literatura y conceptos del Siglo de Oro, o de los Clásicos, son constantes y llenos de humor:

o como en el cuento las liebres se volverán tortugas

El tábano de Io ha despertado a Júpiter y esta es su venganza

¡La mar se traga a sus hijos como un Saturno hambriento!

tus sueños son más reales que los cuentos de tu padre. Es lo que puedo decirte

(Al leñador Azulcielo) Tú. Carda la lana (A la princesa Salmón) Y tú. Cría la fama

este sueño es tan vivo que me anima tanto como la vida. Siga dormido pues y llévame tú hasta la vida ahora mismo

Y el homenaje a Shakespeare es evidente pues recorre toda la obra:

Querido estómago, mucho ruido y pocas nueces

Como en un cuento de invierno

La comedia de los errores se ha resuelto

durante el sueño de una noche de verano a un nieto acalorado

He estado casado dos veces con las alegres comadres de Windsor

el mercader de Venecia, le pondría, sin duda, el nombre de “madera preciosa”

Los dos hidalgos de Verona os envidiarían

El humor no aparece sólo en el contexto de estas referencias literarias, que son dichas bien por mujeres, bien por hombres apartados de la civilización. El humor lo impregna todo, los equívocos propios de quedar inconsciente, los propios de la confusión de la persona verbal, «los hombres, son, somos tan torpes…», de la confusión del posesivo «Verdemar-Esmeralda.- y vuestros hijos se quedan, nos quedamos solos, y sin conocer el secreto que podría salvar sus vidas, nuestras vidas».

Humor en el equívoco sexual «La princesa Salmón.- No se acercaba a mí, era al Alférez que represento a quien se acercaba. Quizás sea un hombre que se siente atraído por los hombres».

También el juego de palabras con los verbos ser y estar refuerza la identidad difuminada de las personas; no importa la apariencia «Quiero estar junto a ese Alférez como quiere estar la hierba junto al río»; de hecho las dos cualidades propias de cada sexo en el Siglo de Oro, se reúnen en La ternura en el hombre «lleváis en vuestro estandarte la discreción» «lleváis la valentía, y creo que ambas virtudes, discreción y valentía se dan la mano».

Pero si aún quedaban dudas de que en esta obra hemos de reír, las acotaciones se encargan de recordarlo

Verdemar-Esmeralda cruza las piernas
[…]
El leñador Marrón -…Por todos los santos. Te debes estar estrujando los…

Las acotaciones están colocadas con finalidad informativa, o para indicar movimientos que lleven incorporados una función expresiva, idóneos pues refuerzan el carácter del personaje, «esconde el muñeco debajo de la piedra y sale con el hacha en la mano», o una función representativa, para eliminar decoración y dar más importancia a los actores en el espectáculo, «miran al suelo como si estuviesen viendo un agujero al que van a saltar […] Se quedan en cuclillas mirando hacia arriba».

Los juegos de palabras, los equívocos, los dobles sentidos, las ironías, las concatenaciones, y las paradojas consiguen de La ternura una obra maravillosa, en la que no se puede poner ni una sola pega

Ay libertad, enciérrame para salvarme

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