sábado, 26 de enero de 2019

GRANDES PREGUNTAS



Me gusta Eduardo Mendoza, soy una apasionada de su novela, del humor absurdo que emana de sus páginas y que no es sino una estrategia perfecta para criticar, sin insultos, con inteligencia, con el savoir-faire que también lo caracterizan como persona, determinadas costumbres sociales, la acción política ineficaz que no lleva más que al enfrentamiento del pueblo por las ansias de poder de los gobernantes, para censurar los prejuicios que consiguen hacer del ser humano alguien superficial.

Por eso, al ver que Seix Barral había sacado una trilogía teatral de nuestro Premio Cervantes, me apresuré a comprarla; he de confesar que desconocía su labor como dramaturgo. Me llevé una sorpresa al leer en el prólogo que la infancia de Mendoza estaba unida al teatro. No entiendo cómo ha escrito solamente tres obras, Restauración, Gloria y Grandes preguntas. En las tres se nota el sello del autor, pero hoy sólo voy a comentar Grandes preguntas porque es la que más me ha gustado. Es donde he podido distinguir sin dificultad al Eduardo Mendoza novelista, escritor, portador de uno de los estilos que confieso más difíciles sin caer en la tontería, el absurdo, subgénero en el que parece desenvolverse como pez en el agua y que me atrae especialmente porque me obliga a pensar.

Y, aunque es cierto que la mayoría de ocasiones el absurdo pretende reflejar lo disparatado de la vida humana, también lo es que Mendoza evidencia además el sinsentido social, quedando sus obras como crítica hacia esa sociedad (que es la nuestra).

Creo que Grandes preguntas, obra teatral en la que paradójicamente se hacen constantemente preguntas nimias,

Tobías.- … ¿Deportes?
Daniel.-  ¿Deportes… qué?
Tobías.- ¿Le gustan los deportes?
Daniel.-  Como a todo el mundo
Tobías.- La respuesta no es válida

es un referente del absurdo de Ionesco o Beckett; algo que no pasará de moda, universal, porque revela la obsesión por hallar la verdad absoluta que, por supuesto, no se encuentra en este mundo en el que estamos solos, como el anacoreta Tobías

No lo sé. Yo de las cosas del mundo no me ocupo. Ni siquiera cuando estaba vivo… A los doce años me fui al desierto, a vivir en una cueva.

el boxeador Marcial, el recientemente fallecido Daniel, su secretaria, a la que obligó bajo amenaza a ocultar un fraude que cometió «como todo el mundo», o sus mujeres pagadas, mujeres de una noche por las que no sintió ningún aprecio, simplemente las usó cuando tuvo necesidad y las dejó como quien deja algo gastado que ya no le vale.

Grandes preguntas es una mezcla entre interrogatorio policial y confesión religiosa (supuestamente el fallecido llega al cielo y supuestamente el guardián le pregunta por sus actos, para juzgar si puede entrar. Nada más lejos de la realidad)

Yo indiscreciones no quiero oír. Si usted ha hecho estas cosas y se las quiere contar a alguien búsquese a otro. Yo no estoy aquí para oír fanfarronadas ¿Quién se ha creído que soy?

El careo se convierte en un espejo acusador de los valores impuestos por una sociedad que los considera trascendentes, sexo, comida, deportes… hasta que el propio interesado se da cuenta de lo que es importante y, lo que es peor, ya no puede remediarlo.

En las repeticiones están condensadas las acusaciones, en la falta de sentido de las preguntas se esconde la falta de sentido de la existencia, propicia para cuestionar a la sociedad y al ser humano

Daniel.-  ¿Que me guste la tortilla de patatas?
Tobías.-
Daniel.-  No me parece ni bien ni mal. Es una cosa natural
Tobías.- Un huevo es una cosa natural. Una tortilla es un atentado contra la naturaleza tal y como Dios la creó.

La falta de secuenciación dramática, el no seguir una estructura coherente, consigue crear una atmósfera onírica en la que la realidad se desdibuja en el sueño, en la enajenación

Y cuando llegó al valle se encontró que su pueblo había hecho un becerro de oro […] Entonces Moisés lanzó las piedras contra una roca y las hizo añicos. Y a partir de aquel momento ya no hubo más ley…, sólo reglamentos y jurisprudencia.

La entrada de Marcial y su monólogo, sin venir a cuento en la conversación entre Tobías y Martín, es demoledora, de una tragedia espantosa, de cómo podemos llegar a aprovecharnos del débil, sin importarnos las consecuencias que deba sufrir, sin afectarnos su muerte y, lo que es peor, sin que todo esto permanezca bajo el amparo de la justicia y pueda quedar, cualquier maltratador físico o moral, cualquier asesino sin una sentencia honesta.

Y te vas a reír, pero no noté nada […] sentí como dos…, como dos, no sé, como dos carbones en los ojos. Y Luego ya nada […] Si te hubiera visto, habría podido, quizá habría podido… Pero miré y no estabas, bicho. ¿Adónde fuiste?

Esta denuncia aparece en Grandes preguntas, no sólo en el desorden estructural sino en los recuerdos que le vienen a Daniel sobre Missy «Si ella se había hecho ilusiones de alguna clase, yo no tengo la culpa» y a los que Tobías, ese supuesto juez, parece no conceder ninguna importancia. De ahí que nuestro fallecido, al darse cuenta de sus errores y la poca repercusión que van a tener en el veredicto, se lo echa en cara a Tobías, acusándolo de ser igual que él «Somos la misma cara de la misma moneda. Y encima la moneda es falsa».

Daniel, símbolo del hombre, se encuentra perdido en un mundo sin sentido. ¿Está realmente en el cielo? ¿es el infierno? ¿es un sueño? Al no tener nada claro, al sentirse parte de una arbitrariedad total es cuando asaltan, tanto al personaje como al espectador, la conciencia de estar solo, la certeza de la incomunicación, la convicción de que nada es importante, de que el paso del tiempo es inflexible, implacable, circular, consiguiendo que todos los desastres vuelvan a cometerse. La existencia no entiende de lógica por eso el espacio de representación está vacío, sólo ocupado por personajes que se sienten fuera de contexto representando escenas incoherentes, contrarias a la razón.

En Grandes preguntas se cuestiona la necesidad de la espera puesto que Daniel, desde el primer momento está expectante por saber qué se va a decidir hacer con él, y tras el interrogatorio se da cuenta de que nadie decide nada, que todo le ha servido para reflexionar, para que reflexionemos, sobre sus hechos y los de quienes lo rodean, pero va a continuar solo aun en la falsa esperanza de una vida eterna tras ser absuelto «No hay ningún veredicto».

No hay vida eterna, no puede haberla desde el momento en que la vida terrenal es irracional, por lo tanto si la existencia no tiene lógica, es inexplicable que intentemos buscar fundamento en una vida imaginaria.

Tobías.- Estamos llegando al final. La luz se apaga y la vida es como un sueño olvidado al despertar. Ya se irá acostumbrando. A todos les cuesta. Pero poco a poco se van haciendo a la idea.

Grandes preguntas pertenece a ese teatro intelectual que exige un análisis profundo, al que llamamos absurdo. El público está presente desde el principio experimentando cierta identificación al reflexionar sobre las respuestas de Daniel.

Si los diálogos dejan que los personajes se den a conocer como emblemas de determinados grupos sociales, los gestos y movimientos ayudan a reforzar la riqueza lingüística, riqueza que, no podía ser de otra manera en el absurdo y en particular en Mendoza, adolece de todo tipo de humor: al plasmar lo relativo del paso del tiempo «(Sale una luna muy grande da una vuelta por el horizonte y vuelve a desaparecer) ¿Lo ve? Aquí el tiempo pasa volando.»

Humor al exponer la importancia absoluta que otorgamos a ciertos aspectos y que en realidad es relativa

Tobías.- La religión se ha de practicar con moderación, a diferencia del sexo.
Daniel.-  ¿El sexo no se ha de practicar con moderación?
Tobías.- No lo sé. Es lo que dice el prospecto…

Humor irónico al referirse a aquéllos que creen saberlo todo

Tobías.- ¿Usted en la vida era un sabio?
Daniel.-  ¿A qué se refiere?
Tobías.- Es tonto, obstinado y grandilocuente…

Humor en el significado denotativo de las palabras

Tobías.- Trascendente, según la escolástica, es lo que queda fuera de toda experiencia posible, es decir, más allá del espacio y del tiempo. Si lo decía en ese sentido…
Daniel.-  No. Sólo quería decir una relación sin compromiso…

Humor crítico hacia los psiquiatras «…tendrá que ir al psiquiatra. Pero no sé cómo lo hará, porque aquí no los dejamos entrar.»

Y hasta cierto sarcasmo al referirse a las normas que deciden quién va al cielo o al infierno «¡Uf, hay tanto! La predestinación, la misericordia divina, un sorteo. ¿Qué diferencia hay?»

Puesto que estamos en una obra teatral, la comunicación no verbal es igual de importante para poner en marcha el espectáculo. Encontramos en Daniel gestos emblemáticos que acentúan su respeto ante el interlocutor, supuestamente superior, hasta que se da cuenta de que son «dos caras de la misma moneda» por lo que cambia además el tono sumiso anterior por otro testimonial con la finalidad de que todos nos identifiquemos.

Asimismo, el tono de Tobías varía a lo largo de la obra, desde el interrogatorio para dar la impresión de que sólo quiere informarse, hasta el coercitivo para imponer su voluntad, quiere que Daniel llegue a donde a él le interesa, pasando por el irónico para ridiculizar determinadas apreciaciones sociales no del todo correctas:

Tobías.- Bah, el amor, el amor… ¿Qué pinta en todo esto el amor? San Francisco amaba a los animales y no bailaba con ellos. Y que yo sepa no hizo ningún intento de reproducirse…
[…]
Tobías.- ¿No se peleaban nunca?
Daniel.-  Con mi padre, alguna vez.
Tobías.- ¿A puñetazos?
Daniel.-  ¡No! Por cosas sin importancia. La diferencia generacional, ya sabe.
Tobías.- Por supuesto. Mi padre compraba y vendía […] Desde pequeño yo quería ser anacoreta. Tuvimos unas palabras ¿sabe? Y puñetazos… Por eso se lo preguntaba.

Tobías, realiza al comienzo de la obra un gesto ilustrador al cambiar su actitud y dar credibilidad a lo que va a suceder «(Tobías lo ve, deja de cantar y adopta una expresión seria)». Gesto que irá transformándose en aburrido, según se desarrolla el diálogo.

Los gestos reguladores favorecen la función fática, de contacto entre los personajes, aunque a veces, por medio de las acotaciones, entendamos que esa interacción se rompe. Estamos condenados a no entendernos

Daniel.-  Como le acabo de decir. Yo había ido a tomar una copa…
              (Interrumpiendo a Tobías, que se dispone a hacer una pregunta) ¡No recuerdo cual!

El personaje de Marcial es quien probablemente realice más gestos adaptadores, que incrementan su tensión con determinados tics y pretenden controlar su estado emocional.

Y él: Te vas a reír, me dice, te vas a reír […] Y yo: ¿qué estás diciendo?, ¿te has vuelto loco o… loco o qué? Y él […]
(Pausa)
Y entonces voy y le digo: está bien, te vas a reír, acepto, pero sólo por esta vez y porque es de beneficencia

Lo que apenas encontramos son gestos emocionales. Los sentimientos no tienen cabida en una sociedad despiadada, irracional.

Tobías.- Nadie ha dicho que esto fuera un juicio. Esto no es más que un test. Vuelva a sentarse.

Por eso, las grandes preguntas son aquellas que se refieren a todo lo que hacemos y a lo que no concedemos importancia, bien porque es la costumbre, bien porque lo encontramos intrascendente y, al final, dejándonos llevar por “lo políticamente correcto” estamos creando una sociedad absurda, desnaturalizada, deshumanizada.

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