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martes, 22 de diciembre de 2015

LA INCREÍBLE Y TRISTE HISTORIA DE LA CÁNDIDA ERÉNDIRA Y DE SU ABUELA DESALMADA

De nuevo he pasado un fin de semana fantástico gracias a los alumnos. En esta ocasión, mi amigo invisible, aunque no tanto, porque terminé descubriéndolo, se acordaba de una conversación que tuvimos y ha estado buscando el libro perfecto ¡Gracias Nico!

A un agradecimiento por ser un alumno excelente, tengo que añadir este regalo excelente. Porque Gabriel García Márquez lo es. Descubrí a Gabo con Cien años de soledad y me cautivó; creo que fue el libro que, si no cambió mi vida, sí cambió la manera de enfrentarme a la literatura. Y con el respeto absoluto que se merece, este fin de semana he vuelto a descubrir una prosa enérgica, oraciones que inundan las páginas formando un caudal de gran vitalidad. He vuelto a distinguir una realidad legendaria, mítica, en la que los milagros y la brujería se insertan en la vida diaria como otra cotidianeidad. He vuelto a explorar lo grandioso del mundo, lo épico, hasta convencerme de que no hay nada magnífico en él que no vaya acompañado de lo insignificante.

Y he descubierto a la minúscula Eréndira capaz, desde su soledad más absoluta, de llevar a cabo una gesta imponente; es cierto que en la atmósfera fantasmal en la que se mueve, no puede combatir sola el odio del que es víctima, por eso necesita otro sentimiento poseedor de la misma fuerza, el amor; por eso emerge Ulises, quien despliega en ella todo su amor divino hasta conseguir liberarla del monstruo hiperbólico que la domina.

La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada es una historia triste, una historia dura, como tantas otras cuyos protagonistas forman parte de un entorno implacable, una historia misteriosa como todas aquellas en las que la magia y el espanto van de la mano, una historia seductora, como el conjunto de las obras de García Márquez, donde las palabras brillan con luz propia y se combinan para conseguir que el interés por la lectura crezca progresivamente y la fascinación permanezca intacta hasta la última línea. Gabriel García Márquez, uno de los padres del Realismo Mágico, es un hechicero de la literatura. Podemos leer un argumento despiadado y, a veces incluso, sonreír. Como todos los grandes, Shakespeare, Cervantes, Kafka… Márquez puede mezclar en su trama un vocabulario culto con términos soeces, palabras cariñosas en situaciones humillantes, insultos con chistes, amor y dolor, pena y odio, porque, al fin, lo que interesa no es la historia sino el alma de los personajes. «La abuela contemplaba con un abatimiento impenetrable los residuos de su fortuna […] Mi pobre niña —suspiró— No te alcanzará la vida para pagarme este percance.»

A través del Realismo Mágico, el autor profundiza en las protagonistas hasta que ellas mismas exteriorizan su alma, hasta que son las representantes de un sentimiento. Son dos protagonistas antagónicas, y mediante antónimos vamos descubriendo en el ser humano la maldad y la inocencia, la tiranía y la humillación.

La primera confrontación aparece, evidentemente, en el título; la abuela desalmada frente a la cándida nieta. El espacio real en el que se desarrolla la historia es el desierto, sin embargo el mar domina todos los sueños y, a veces, se convierte en presagio metafórico «…se oían gritos lejanos, aullidos de animales remotos, voces de naufragio.» Sueño y realidad cabalgarán de la mano para interponerse constantemente «…él le respondió con una bofetada solemne […] la hizo flotar […] con el largo cabello de medusa ondulando en el vacío […] sucumbió entonces al terror, perdió el sentido, y se quedó como fascinada con las franjas de luna de un pescado que pasó navegando en el aire de la tormenta.»

La belleza de Eréndira contrasta con la fealdad del entorno donde se mueve, un entorno implacable, cruel que, actuando como una premonición, es capaz de personificarse para hacerle el mismo daño que pueden ocasionar los que la rodean «el viento de su desgracia» «el día que empezó su desgracia» «tuvo que contrariar el coraje del viento» «aquél fuera el viento de su desgracia» «mientras el viento daba vueltas alrededor de la casa buscando un hueco para meterse» «el viento de su desgracia se metió en el dormitorio como una manada de perros».

La alegría que causa la protagonista está envuelta en un halo de tristeza permanente, tristeza que se pretende imaginada a pesar de que en la realidad el fotógrafo la plasme una y otra vez hasta que desaparezca como vino, casi sin sentirlo, para dejar paso, esta vez sin testigos, al nuevo mundo íntimo de Eréndira «…vinieron hombres desde muy lejos a conocer la novedad de Eréndira […] mesas de lotería y puestos de comida, y detrás de todos vino un fotógrafo en bicicleta que instaló frente al campamento una cámara de caballete con manga de luto, y un telón de fondo con un lago de cisnes inválidos».

En constante oposición a la cruda realidad de la tierra desértica donde se desarrolla la acción, se sitúa el mar como espejo del cielo, como espacio inalcanzable que pertenece a los sueños «…vio una mantarraya luminosa navegando por el aire».

El mar supondrá para Eréndira la liberación absoluta, de ahí que sólo Ulises, con «un aura irreal» pueda salvarla de la ominosa condición que sufre.


La increíble y triste historia de la cándida Eréndira está considerada como una novela corta. Es cierto que no alcanza las 40.000 palabras que, como mínimo, debe tener una novela; es cierto que no se ha publicado sola sino con seis relatos más; es cierto que sus personajes son pocos; es cierto que el conflicto puede ser único: la desgraciada historia de Eréndira, pero en el Realismo Mágico puede suceder cualquier cosa y, desde la desgracia de Eréndira, el autor critica la avaricia de la abuela, la deshumanización de los hombres, la corrupción militar y gubernamental en torno a los personajes; esto y el carácter abierto permiten que la obra alcance la complejidad de novela. Una novela dura, es cierto, pero que conserva como toda la obra de García Márquez, como todas las obras de arte, una belleza absoluta.

jueves, 29 de octubre de 2015

NIEVE EN OTOÑO

La historia de Tatiana Ivanova es la historia del pueblo ruso hasta que llega la Revolución de octubre del 17 para delimitar una serie de cambios sociales a los que no todos se amoldan. En realidad Tatiana no tiene historia, es una anciana de 70 años que no tiene nada. Entró a trabajar muy jovencita en casa de la familia aristocrática Alexándrovich y se quedó allí al cuidado de tres generaciones. Su mundo es muy reducido aunque no le ha hecho falta nada más. Por eso, después de cincuenta años, permanece en la mansión, de buen grado, al cuidado de las pertenencias familiares mientras que dos hijos parten al frente y el resto huye a Francia temiendo las represalias de los revolucionarios. Poco a poco, las riquezas se van acabando, la familia ha terminado con las provisiones que se llevó, uno de los hijos muere en la guerra y Tatiana cruza Europa para encontrarse con los que quedan y llevarles unas joyas que guardó personalmente. Al llegar a París se da cuenta de que ése no es su sitio. Tatiana anhela el frío y la nieve que no llega en otoño.
No sé si catalogar, Nieve en otoño como un cuento, novela corta o relato; pero eso es lo de menos. Lo que importa es la impresión que permanece en nosotros. Al terminar la lectura somos conscientes, no antes, de que no hay grandes descripciones, ni grandes emociones. «Las habitaciones de los chicos estaban en la parte antigua de la casa, un hermoso edificio de noble arquitectura, con un frontón griego adornado de columnas». Precisamente en la ausencia de detalles aparecen las sensaciones divididas de toda una sociedad. El desmoronamiento de la grandeza convive con una sumisión que comienza a dejar de serlo «…los criados recogían los cristales en silencio […] todos repitieron al unísono, como una monótona cantinela aprendida de memoria: —Bueno, pues… adiós, Kiril Nikolaiévich… Adiós, Yuri Nikolaiévich». Pocas palabras bastan, a veces incluso frases sin terminar, para expresar las contradicciones del ser humano «Antaño, cuando se marchaban los barin… Los tiempos han cambiado. Y los hombres también».
Al terminar la lectura somos conscientes de que en realidad hay muy poca acción, prácticamente no pasa nada, si excluimos, claro, el principio y el final. Irène Némirovsky podría haber incidido en la revolución, en el dolor del pueblo, en la muerte del hijo y la pena de los padres, en la angustia de ver destrozado tu mundo acogedor, en las consecuencias de tener que adaptarse a un medio hostil en el que no somos nada. Pero el movimiento, la intriga, los sucesos no le interesan a la autora. Y ante nosotros se levanta un texto metafórico, en el que destaca la lucha interior del ser humano, de ahí su corta extensión; la protagonista nos descubre, con sus ojos de sirviente, la vida de la clase alta, una vida a la que ella se ha amoldado por rutina, que le ha dado cosas buenas o malas pero que no son suyas realmente, una vida dominada por la lealtad; y con sus ojos de trabajadora, la esperanza del que aspira a algo nuevo ahora, al final de su vida, la necesidad de cambio y libertad. «Durante el día, el aire y la luz lo inundaban todo. Pero cuando llegaba la noche, con su extraño silencio, Tatiana Ivanova se decía “Ya es hora de que vengan otros”». Una libertad que ella, sin embargo, no siente que le pertenece, como tantos otros, considera su felicidad en manos de la religión «Aún creía estar viéndola retirarse a su paso, santiguándose.» y sin embargo la nostalgia de sus raíces y del tiempo perdido la aplasta constantemente, no la deja respirar; tenaz en su búsqueda del frío, no parará hasta encontrarlo.
Creo que Tatiana es una heroína diferente, puede que algo similar a la Benina de Misericordia de Pérez-Galdós. Como ella, es leal hacia sus amos hasta límites insospechados. Como ella también, una mártir que, por creencias religiosas y un amor incondicional, vive en busca de la felicidad de los que están por encima socialmente. Nada se dice de sus sentimientos hacia ella misma como persona, durante los 50 años a cargo de la familia Nikolaiévich, pero al final de su vida está sumida, como el pueblo ruso, en el dolor del que no tiene nada, del que le han quitado incluso sus orígenes:
«—¿Aún te acuerdas de nuestra casa? —le preguntó en voz baja su ama
[…]
—¿Que si me acuerdo […] Podría decir dónde estaba cada cosa […] Recuerdo cada vestido que se ponía, y los trajes de los niños […] El canapé donde estaba sentada cuando yo le bajaba los niños […] los diamantes que adornaban su cabello […] ¡Ay, Dios mío! Luliska no los tendrá así»
No se puede decir más con tan pocas palabras. La protagonista, abanderada del obrero ruso, se enfrenta a una sociedad inmisericorde que avanza sin tener en cuenta las reivindicaciones de libertad, reivindicaciones que a modo de implicaturas aparecen veladas en el texto, probablemente por la condición de judía de la autora.
Creo que Irène Némirovsky estuvo influenciada por Anton Chejov; es cierto que le falta el punto de subversión del autor; también lo es que carece del humor blanco que puebla las páginas del maestro del cuento, pero los temas se basan, como los de Chejov, en los problemas y cambios de una comunidad, así como en el destino del hombre en esa organización. Y si los personajes de Chejov se rebelan en la sociedad de finales del XIX, los de Némirovsky denuncian su nuevo destino, que no consigue sino animalizarlos, dejarlos sin ilusión, hasta degradarlos «respirando con repugnancia el tufo de los fregaderos», «iban y venían como las moscas de otoño», «una muchacha normanda […] robusta como un percherón», «Kiril […] volvía a casa […] con el deseo de yacer inerte sobre aquellos adoquines rosáceos»
Igualmente, la técnica del monólogo interior es una constante en la novela; la protagonista, como los personajes de Chejov, reproduce sus impresiones, asociaciones y pensamientos en un libre fluir que se mezcla con las palabras razonadas del diálogo:
«—Bueno, Yuroska, adiós… Cuídate mucho, hijo. Cómo pasaba el tiempo… De niño, cuando se marchaba al instituto de Moscú […] Ay, mi pequeño Yuroska!»
No es sólo la semejanza con Galdós o con Chejov; la novela mantiene el espíritu del Realismo del XIX, aunque cronológicamente podría incluirse al final de la llamada Edad de Plata Rusa (finales del XIX, principios del XX), cuando las vanguardias llaman a la puerta de la literatura. Pero Nieve en otoño no es modernista ni simbolista. La guerra civil de 1918 es la base del relato, en el que aparece la lucha del hombre entre la atracción que le supone lo nuevo «Nilolai Alexándrovich y su mujer los seguían despacio, penosamente, pero con la misma ansia de libertad y aire» y el apego a lo antiguo «Los padres se quedaban allí, escuchando con aire melancólico la música de las orquestas, recordando las islas y los jardines de Moscú».

Irène Némirovsky no pretende describir la vida cotidiana o las costumbres de la aristocracia rusa y su venida a menos; lo que nuestra autora persigue, y consigue, es hacernos comprender la esencia de la vida a través de la representación de la cotidianeidad; de ahí que la prosa se estilice en cada página hasta volverse lírica «Avivó el paso, deslumbrada por una especie de lluvia de fuego que le salpicaba los párpados […] La anciana se acercó al pretil y miró con fijeza la resplandeciente franja celeste».