domingo, 30 de mayo de 2021

MINUTO 116

El otro día tuve una doble alegría, primero porque salimos a cenar con unos amigos (siempre es motivo de regocijo poder hablar cara a cara) y segundo porque Mari Carmen y Jesús me regalaron la primera novela escrita por un alumno de este último. Así que me dispuse a leerla con ilusión, más si cabe por coincidir con la adivinanza de instagram nº 100. Al abrir el paquete me encuentro con que la imagen de la portada, un sanitario cadena en mano, no se corresponde con el título, Minuto 116, en clara alusión al gol de Iniesta en la final del mundial de Sudáfrica 2010. Y para mayor desconcierto al abrir el libro y ojear el índice reconozco en los 23 capítulos el título de otras tantas películas, siete de ellas protagonizadas por Denzel Washington.

Sin saber pues de qué podría tratar (no miré la contraportada) me introduje en un verdadero disparate hilarante. Con forma de película, empieza con el gol histórico y el inspector Sergio Planes celebrándolo solo delante de su televisor, cuando una llamada telefónica le avisa de que debe ir urgentemente al hospital, pues se ha producido un altercado «¡Venga pronto, inspector, la situación se descontrola por momentos!». En ese momento Jesús Boluda del Toro recoge con su cámara, «Días antes», cómo empezó todo, y nos muestra a Juan Curcio, en la casa heredada de sus abuelos, siendo despertado por otro teléfono desde el que alguien le avisa de que debe ir al hospital, pues su padre ha sufrido un infarto.

Y así, partiendo de situaciones cotidianas, el autor conforma un desvarío hospitalario donde tienen cabida una recepcionista con muy poca paciencia, un inspector de policía que ejerce de paciente, investigador y negociador, un técnico de mantenimiento dislálico dispuesto a ayudar y un protagonista al que, en principio, parece que no le interesa vivir sino sobrevivir, por lo que desata en el lector mucha pena, bastante aversión y cierta inclinación hacia alguien que, no cabe duda, es un vago. «Me quedé acostado, pensando qué hacer […] gozaba de todo el tiempo libre del mundo, porque llevaba cuatro años sin trabajar […] decidí que lo mejor era seguir durmiendo, para irme al hospital descansado».

Además de indolente, Juan Curcio tiene problemas para empatizar con los demás y resultar simpático a la gente «—¿De qué vas, gilipollas? […] te rocío con esto la cara y después te pateo el hígado […] Me dejó contrariado. Esa violencia gratuita no me gustaba. Acababa de desechar la idea de conquistarla». No suele conectar con sus semejantes; esto hace que viva en su propio ambiente, marcado generalmente por la resignación, con cierto aroma de decadencia en el que la realidad sociológica evidente, o esperada, queda suprimida. En esta atmósfera, Juan Cu, privado de lo que consideramos necesidades básicas, se ha visto afectado por su toma de decisiones, que lo han llevado a ser considerado como marginado, incapaz de ejercer un trabajo normal, de disfrutar de sexo normal y de adaptarse al entorno que lo rodea. Para terminar la descripción, queda concretado, hiperbólicamente, como el prototipo de aquellos que definen la nueva identidad social: individuos consumidores de productos populares, mediatizados, que aniñan la sociedad «me descolgué la mochila y le di la vuelta a la camiseta, volviendo a tener al organismo cibernético T-800 caracterizado por Schwarzenegger en mi pecho». Juan Curcio es, más que estúpido, un infeliz.

Jesús Boluda, no lo duda, aprovecha las erróneas intuiciones del protagonista para replantear de forma irónica cómo asumimos la vida aquellos que pasamos por “normales”: «La horda de los hijos de la nicotina había desaparecido, y en su lugar quedó un mosaico imperfecto de filtros aplastados y vasos de cartón, esparcidos por el suelo. La papelera lucía orgullosa e inmaculada en una esquina».

En Minuto 116 no hay complejas relaciones familiares, todo es bastante simple porque para sus padres, Juan Cu es un intruso, un accidente que vulnera el significado de idoneidad paterna. Probablemente, la falta de agudeza mostrada no sea sino consecuencia de la falta de afectividad, el abandono al que lo sometió su familia, la ausencia de educación. Juan Cu reside en un mundo hostil del que no se siente parte integrante. En el fondo él tampoco se acepta, por lo que decide crearse su propio universo, uno en el que todos lo admiren, donde sea el héroe capaz de las mayores hazañas. Condiciones que el autor ve como oportunidades para que este inadaptado, obsesionado con el cine en general, y Denzel Washington en particular, irrumpa en el hospital, para salvar al único referente familiar que tiene. Durante unos días es el protagonista de una serie de desventuras, derivadas sobre todo de su incapacidad para razonar, hasta que llega a malinterpretar una conversación, oída a medias entre dos enfermeros para, sin pensarlo dos veces y de casualidad, transformar el pacífico hospital en el escenario idóneo donde recolectará un buen número de rehenes y no los soltará hasta que no acepten sus condiciones: hablar con el ministro de Sanidad.

Juan Cu cree que los enfermeros atentarán contra su padre «—Hay dos enfermeros que van liquidando pacientes obedeciendo a un listado», por eso adopta la personalidad de médico, de enfermero… «—¿Quiere que lo busquemos en más grabaciones, inspector? —No. Por ahora, no. Lo mismo nos lo encontramos por los quirófanos, operando». Está dispuesto a ser el nuevo héroe que salve a la humanidad si no entera, al menos una parte importante, su padre. Pero ¿realmente tiene padre? El humor constante despista, no estamos ante una sucesión de despropósitos.

Si la literatura del absurdo se inspira en el surrealismo para crear obras marcadas por el humor, que denuncian situaciones sociales, Minuto 116 se inspira en el desatino esperpéntico para culpar a los responsables del abandono infantil y revelar sus consecuencias, algunas de ellas en principio inofensivas como el deseo de agradar, de recibir afecto y comprensión, de amabilidad, de amor, aunque terminarán pasando factura.

El protagonista no distingue su mundo cinematográfico, donde es admirado por todos, de la realidad, en la que no es consciente de los problemas que lo acorralan. Por eso se muestra pasivo. Jesús Boluda busca en el lector la reflexión, y por supuesto la carcajada. Nos reímos con las situaciones, con los personajes, pero no de ellos ni de las circunstancias que poco a poco han ido marcándolos hasta oprimirlos en una existencia alejada de los deseos más limpios del ser humano.

Juan Cu sufre una metamorfosis ficticia en la que él, en su ucronía particular, es un superhombre. Frente a la apatía que lo embarga para resolver sus problemas reales se encuentra su ficticia capacidad resolutiva. Son situaciones contradictorias en las que, cuando converge otro personaje, se pone a prueba el sentido del humor del lector hasta desencadenar en él una carcajada continua

—Hola, he venido a arreglar el valabo

Supuse que se le trababa la lengua por el respeto que le imponía

[…]

el chico miró mi camiseta y una sonrisa iluminó su rostro

—¡Me entanca! […] Es mi peli favorita

[…]

—¡Ah! E.T. Es una de las mías también. Tengo setenta y nueve películas favoritas, incluyendo esta

[…]

—¡Tiene razón, para qué escoger solo una lepícula!

Si las novelas de aventuras suelen exponer un viaje iniciático, Minuto 116 representa el espejo de esa novela de aventuras. Juan Cu inicia la suya en su distopía y la termina con la anagnórisis esperada, que lo llevará a la consecución, casi completa, de su anhelado deseo.

La narración da testimonio de las transformaciones que nuestro protagonista sufrió durante su vida hasta que quedó en un ser irreflexivo e inconsciente; ha tenido un vacío donde debía haber un padre, por eso aunque en Minuto 116 está presente, no existe; no se mueve, deja de estar para aquél que ha movilizado, desde su yo cinematográfico, a todo un hospital para salvarle la vida. En ese viaje iniciático hospitalario, Juan Cu forja su personalidad y la modela con una autoestima que solo le sirve para su propia satisfacción, aunque lo deja socialmente relegado por completo. En dicho viaje, de aventuras cinematográficas, el protagonista se humaniza a los ojos de un lector que asiste, atónito, a la negligencia de algunos progenitores, capaces de perjudicar a sus hijos sin importarles sus sentimientos.

Y todo esto, mientras reímos. Probablemente estemos ante un nuevo escritor del nuevo absurdo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario