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martes, 24 de diciembre de 2019

EL NUDO PERENNE II



¡Vaya final el de El nudo perenne! Los últimos capítulos del Volumen II se transforman en una frenética búsqueda, con la vida en juego, con el tiempo y quienes lo rodean apremiando al protagonista, con un futuro incierto que resolverá sólo cuando deje de alejarse de su presente y se dedique a observar las señales que le envía el pasado.

Con grandes dosis de datos históricos, este segundo volumen ofrece, sin embargo, más tensión que el primero. El suspense ante posibles giros flota desde el primer capítulo, «una cosa es lo que a usted le dejan ver, y otra lo que es en realidad». Los lectores asistimos al final del argumento con un nudo en la garganta que, afortunadamente, se va soltando conforme se completa el puzle; pues, si ya en la primera parte los capítulos se entrelazaban en la trama para que el lector los encajase en el argumento, los diez que componen este volumen nos descubren piezas del anterior, desvelan datos que habían quedado en el aire, curiosamente sin percibirlos, y explican detalles que cobran importancia, como el que todos los capítulos porten el nombre de un personaje. La importancia del individuo como ser real es manifiesta. El nudo perenne relata a la perfección detalles de la guerra en España y en Europa, causas y consecuencias, pero todos están ligados a una persona de carne y hueso, con nombre y apellidos, que actúa de diferente forma durante su vida por las circunstancias. El doble nombre de Olympia es el reflejo del cambio que alguien puede ir experimentando. Somos seres individuales, no una masa disparatada, irreal

Los nombres son la clave.
Porque los nombres nos hablan, nos cuentan, nos susurran desde lejos.
Nos gritan a veces.
Pero también nos mienten, nos confunden, nos ocultan descaradamente.

Este monólogo interior de Asier da la clave al lector, y a él mismo, para unir el contenido a la estructura.

En esta segunda parte cobra total sentido ese nudo perenne al que alude el título. Asier, todos nosotros, estamos más unidos de lo que creemos a nuestros antepasados, a nuestro destino, y si alguien no es consciente de ello, Jorge García nos ayuda a aprender a buscar, no sólo en el entorno; las referencias intertextuales advierten del valor de la literatura «Vladimir Bukovski logró revelar estas torturas de Estado […] y después de que Solzhenitsyn fuera galardonado con el Nobel, estas terapias comenzaron a disminuir notablemente».

Y la literatura del autor, tan poética en ocasiones, advierte del valor desmitificado de la realidad. Pocas veces he leído una definición tal real de Cartagena como la que surge del poema de Jorge García a través de los ojos de Fernando, sin que él sea consciente de ello.

Cartagena era una gran puerta de sal […]
Oscura y luminosa al mismo tiempo. Soberbia y decadente.
Salvaje y erudita.
Maltratada por las contradicciones […]
Vulgar.
Irritante.
Apacentada por un mar desconfiado […]
Mártir.

La ciudad se transforma por efecto mágico de la lírica, en cada persona que ha albergado, o las personas transformamos los lugares que frecuentamos.

La novela impacta porque retrata lo más duro de una guerra en el final, advirtiendo con ello de la fatalidad y desesperanza que supone el principio; la derrota transporta a una pesadilla en la que continúa el sufrimiento. El diálogo del presente histórico entre Fernando y Olympia se transforma en catáfora del presente novelado. Pasado y futuro se unen para igualarse a la simbiosis realidad-ficción.

—No Fer, ya no hay guerra […]
—¿Y qué podemos hacer?
—Solo rezar
—Pero si tú no eres creyente
—En momentos así es cuando más echo de menos a Dios
[…]
—Tú misma dijiste que jamás se olvida. ¿Por qué preguntas eso, Olympia?
—Porque toda la vida anterior me parece ahora muy lejana

Después de leer a Jorge García tenemos la impresión de que debería haber nacido un siglo antes; en esa época en la que los sentimientos y las convicciones eran mucho más intensos. El lenguaje preciso, tanto al plasmar la desolación como el amor, confiere a su narrativa una ligereza casi inusual en la novela histórica.

El amor por las letras, por el arte, surge en alusiones precisas constantes, que relacionan vida y literatura: «los agentes dobles no era algo lúdico que se pudiera encontrar únicamente en las películas de cine negro o en las páginas brillantes de Clancy…».

El pasado oprimido, miedoso, frío aparece no obstante como apasionado, rodeado del lirismo que nace de los sentimientos más primarios. La unión de diversos elementos de repetición, en una misma expresión, como aliteración, políptoton, concatenación, anáfora, paralelismo y anadiplosis, consigue que el amor aparezca como concepto total, universal, capaz de redimir al ser humano.

Esperando por esperar, porque esperar es lo único que se puede hacer con el amor almacenado, que no se puede entregar.
Esperar para no volverse loco
Esperar para no morir
Esperar para no morir de amor

La fortaleza que atesoran las mujeres es una manifestación de la libertad individual que, paradójicamente, costaba exteriorizar. No sólo Olympia, también Marie, la bruja, Rosanna, Nico, Sofía se abren ante nosotros para marcar la diferencia entre las convenciones sociales y la moral íntima. «Mucha misa y rosario de tarde, pero en verdad, el miedo al infierno se nos esfuma en cuanto nos bajamos las bragas. Anda, sigue bebiendo».

Los hombres también son héroes invisibles que, como Martín, desde su introspección maldita por la soledad, por la pobreza, o Miguel, desde el dolor de la emigración, abandonan sus intereses personales para ayudar a otros más necesitados.

Los personajes poseen una individualidad tan acentuada, que aparecen más reales que algunas personas que nos rodean; se transforman en históricos por sus costumbres, su pensamiento, su identidad. Encontramos a personajes mafiosos, oscuros, a otros que devienen en siniestros con los que, sin embargo, podemos empatizar, porque comprendemos aun sin justificar. Sólo en la masa, en la turba humana, aparece la falta de ética, la brutalidad, cuando el hombre deja de serlo para convertirse en un monstruo sin capacidad de razonar, sea cual sea su color.

Los lugares, tan variados, se observan desde la interiorización, desde el pensamiento; son lugares meditados que se cuelan como otro personaje con la finalidad de ayudar o desamparar a quienes los transitan. La capacidad de observación del autor permite conectar tiempos, lugares y personas hasta que se transforman en un todo. Emerge así el carácter inevitable de grupo que desea para el ser humano.

El nudo perenne es un derroche de originalidad estructural, de fidelidad histórica, de belleza narrativa, de mensajes rotundos.

Al leer esta novela sentimos que algo bueno despierta en nosotros.

jueves, 19 de diciembre de 2019

EL NUDO PERENNE



Hace poco, mi buen amigo José Antonio, cada vez le debo más, me pasó los dos volúmenes que conforman El nudo perenne, la primera novela de Jorge García. Mi sorpresa fue mayúscula, no porque me recomendase un libro sino porque el autor es un compañero al que conozco desde hace años. No conocía la afición de Jorge por la literatura, sí de su pasión por la historia; también me consta su correcta expresión, recuerdo sus intervenciones totalmente acertadas en las reuniones de profesores. Así que empecé a leer el Volumen I de El nudo perenne. Lo he terminado y, aunque la historia continúa lógicamente en el II, no puedo esperar más para recomendarlo.

La novela, dotada desde el principio de un ritmo ágil que se mantiene durante sus casi trescientas páginas, es una mezcla de novela histórica, novela social que narra la historia de una familia a lo largo de cuatro generaciones, y una moderna novela bizantina en la que Asier, representante de la última generación, inicia un viaje al pasado para conocer la historia del país, conocer la historia familiar y conocerse a sí mismo.

Esta multiplicidad de temas tiene sentido gracias a un hilo conductor, el amor eterno que se mantiene fresco y renovado al truncarse en los comienzos para instalarse en la memoria. Los datos de la guerra civil, lo acaecido en España y las consecuencias que tuvo en sus habitantes son ciertos, en las páginas subyace una documentación exhaustiva, pero no es una novela histórica al uso. Todo parte de un pueblo de Murcia, cercano a la ciudad de Lorca, que porta características de cualquier pueblo de España, de cualquier lugar azotado por el odio, la miseria, el horror de los comienzos de una guerra, la brutalidad de la sinrazón, el miedo a perder lo que se tiene, a no saber el por qué ni el cómo ni el cuándo. Este pueblo innominado se convierte en todos los lugares que han sido marcados por el absurdo de la guerra.

Estructuralmente, esta primera parte se divide en diez capítulos. Cada uno lleva por título el nombre del personaje que cobrará importancia al presentarlo en su espacio habitual. Como sucede con un puzle, unos capítulos irán complementando a otros y la aparición de un nuevo personaje esclarecerá algo de otro conocido, hasta que al lector todo le encaja perfectamente y conoce el pensamiento y la actuación de cada uno. En este juego de personajes interviene con gran acierto la alternancia de narradores; la primera persona de Fernando se traslada a la tercera del narrador testigo que, en ocasiones, se convierte en omnisciente, y otras veces se hace eco de los pensamientos del protagonista cuya voz se revela como si de otro narrador se tratase. Esta polifonía narrativa aporta diferentes puntos de vista y una riqueza léxica capaz de transformar en poesía las más duras escenas:

Asier contempló los pequeños habitáculos con las puertas abiertas de par en par, hechos con materiales de desecho, y que bien podían haber pasado por corrales. […]
Un gitano en mangas de camisa, rodeado de gallinas coloradas, levantó el brazo al distinguir el vehículo del párroco […] «Todo en aquel lugar parecía estar a punto de ser devorado por una enfermedad infecciosa e incurable», caviló Asier en el asiento del copiloto.

El lenguaje, plagado de recursos literarios, aporta a la novela una prosa poética que encierra los sentimientos más profundos de Fernando quien, mediante anáforas, sinestesias, imágenes espaciotemporales, comparaciones, antítesis y paradojas consigue dotar a Olympia de la fuerza necesaria para convertirse en el eje de su existencia,

Aquella puerta con campanilla de latón […] fue capaz de traer a mi vida una parte de la vida […]
Ese lugar mágico y poético que solo se pisa una vez.
Ese lugar en el que parece juntarse el nacimiento con la muerte.
[…]
Ese lugar estaba junto a mi pupitre.
[…]
Ese lugar se llamaba Olympia Torregrosa.
[…]
Y por ella dormía con los ojos abiertos de par en par

La poesía que asoma en las descripciones es capaz de impregnar de miedo y melancolía el paso del tiempo, mientras que la realidad apremiante del presente se fortalece con expresiones del lenguaje oral, usado en los diálogos. La nostalgia y la inmediatez se funden con los protagonistas en un eterno retorno.

Hubiera querido detener el tiempo
Detener el Nervión con su lengua de víbora, que detectaba con su forma bífida todas las flaquezas de la ciudad. Detener la lluvia machacona y persistente, que retumbaba en los oídos como un estribillo de blues quejumbroso y perpetuo.
[…]
—¿Saludaste al abuelo?
—¿Acaso se entera?
—Ya lo creo, tira y dale un beso.

En ocasiones, en el presente de la historia contada se adivina, a través de la voz del propio Fernando que actúa como prolepsis coral vaticinadora, el futuro inminente de la historia real del país.

Sobre el mapa los ríos parecían serpentear caprichosos y azules. Intensivos y lúdicos.
El Tajo, el Guadiana.
Ninguno de nosotros fue capaz de escuchar el torrente sordo que bajaba por sus cabeceras, como una manada de lobos…

El narrador testigo se vale de anáforas para reafirmar la idea de la importancia que tiene para los habitantes de un lugar conocer su pasado, porque somos consecuencia del mismo, «Como si los lugares se negaran a desprenderse de su identidad, por más empeño que los hombres pusieran en lo contrario».

Hay personajes, como el cura de barrio marginado, que hacen gala de cierto humor irónico con el que consigue relajar la tensión del momento y atacar, de paso, la intransigencia o incultura categórica de la que ha venido haciendo gala el gobierno.

—En este país no hay nada peor que ser científico […] aquí solo hay lugar para curas y trileros

Son gente que no tiene nada que perder, pues han visto los horrores de un mundo implacable, sin escrúpulos, que no pierde oportunidad de sacar provecho de los desprotegidos, y por eso lo denuncian abiertamente al definir la inmigración como «Un sistema de esclavitud encubierto».

Y hay momentos en los que la voz de Jorge García se alza con preguntas retóricas para sincerarse con el lector sobre la incertidumbre que supone el tener que decidir entre aferrarnos a la memoria o al olvido, si queremos llevar una vida libre atada al pasado o vivir silenciosos, invisibles, un presente incierto.

El nudo perenne es un canto a la paz, diferentes personajes se hacen eco de ello; el autor expresa sus deseos a través de las cartas de Olympia quien exige la abolición de fronteras, la caída de nacionalismos que no son sino falsas esperanzas de identidad nacional «Tenemos que dejar de lado nuestros problemas personales, para ver el mundo como un todo». Y, en el presente, oímos la voz de Jorge García en el diálogo entre Asier y Marie, quien expone rotunda «—A que nunca se cuenta que el héroe se esconde aterrado en una ciudad en la que nunca pasa nada, aunque eso signifique marchitarse para siempre».

Al final de este volumen los protagonistas, Fernando y Olympia retoman lo vivido en el pasado por medio de Asier quien, al leer la correspondencia de los enamorados, comprende el nudo perenne que se estableció en su abuelo.

Pero después de ese pasado retratado en esta magnífica novela se abre todo un futuro incierto, por lo que hemos de leer el volumen II. Hay que saber si Asier completa su viaje y qué más llega a descubrir.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

FELIZ 2021

 

Se va 2020, un año aciago que se ha llevado con él muchas vidas en todo el planeta. Pero como quiero comenzar el nuevo año con optimismo, me gustaría resaltar lo mejor del que termina, y esto ha sido un grupo de escritores que han engrandecido el blog Aurisecular con libros como

La rana verde
Piel de hojalata
El nudo perenne
La última canción de primavera
Gatitos
Cuerpos descosidos
La prodigiosa fuga de Cesia
Cuando la vida te alcance
Confidencias de un apestado
Donde el perdón no llega

Aunque a muchos de ellos no los conozco personalmente, ya los considero amigos y espero seguir leyendo sus obras muchos años.

Junto a ellos tengo que resaltar al bloguero, que maneja con brazo fuerte y pulso firme la fragua de Hefesto, David Morales, que ha sido mi guía a través del mundillo de Instagram, y gracias al que he conocido a muchos de estos escritores.

A ellos muchas gracias, y a todos los lectores un feliz año cargado de salud, paz y buenos libros.




domingo, 20 de junio de 2021

UN ÁNGEL EN CARABANCHEL

A finales de la década de los 70 se emitió en España una serie estadounidense, que aún sigue reponiéndose en televisión. La serie tuvo un éxito inmediato a pesar (o gracias a ello) de su protagonista, el teniente Colombo, capaz de descubrir cualquier asesinato por muy bien tramado que estuviese. Pues Un ángel en Carabanchel me ha recordado al personaje de la serie, Carmelo Latorre, el Lato, un inspector de policía recién jubilado que deja Madrid para vivir sus últimos años en Asturias. El Lato conduce un Peugeot, como el policía de Los Ángeles. El teniente fumaba puros constantemente y nuestro inspector es un dependiente de los Bull Brand. Colombo, aunque nombra constantemente a su mujer, siempre va solo. El Lato también, es viudo. Colombo tiene a Perro, un perro que lo acompaña en su investigación, mientras que el Lato se comunica confidencialmente con su gato, Colombo (puede que por eso empezase yo a asociarlos). Pero lo más importante es que los dos policías resuelven sus casos partiendo de una pista ínfima. Creo que no hay más similitudes, pero me parece un homenaje a uno de los detectives más longevos de la pequeña pantalla. Ojalá el Lato disfrute de una vida similar.

Jorge García es el creador de Carmelo Latorre. Con Asier empezó a demostrar sus dotes para la novela detectivesca en El nudo perenne. Ahora le ha dado vida al Lato, el antihéroe por definición, un hombre mayor, sin atractivo físico, sin empatía, torturado eternamente por lo que ha tenido que vivir como policía, escéptico en cuanto a la sociedad en la que se ha desenvuelto hasta su jubilación, pero de una inteligencia superdotada, tanto que entre sus compañeros es llamado «el 180»; por eso, cuando llega a Asturias para comenzar una nueva vida, su amigo Pascual, guardia civil, le presenta a Patricio, un colombiano que se ha pasado 30 años buscando sin resultado a los asesinos de su hermana Coral. La policía cerró el caso, pero Patricio tiene informes bastante incoherentes y no se ha dado por vencido. A pesar de que el Lato se niega a colaborar en la búsqueda, la desaparición de Reme, su vecina de Madrid, lo lleva a relacionar ambos crímenes y resolverlos a la vez.

Aunque Carmelo Latorre es un policía, no creo que Un ángel en Carabanchel sea novela policíaca porque en realidad no hay enigmas por resolver, de hecho comienza in medias res, desvelando la tortura de Reme y anunciando su muerte «ese olor, nauseabundo e insoportable, debía de ser precisamente el aroma que desprende la muerte para anunciar su llegada». Misterio no hay, pero desde la primera página el lector queda sobrecogido y en tensión hasta el final. Un ángel en Carabanchel tampoco se caracteriza por la interpretación racional del policía que lleva el caso para dar a conocer una sociedad que quede descrita en sus acciones, como suele ocurrir en las novelas policíacas, donde la razón es lo que realmente sostiene la sociedad, donde la investigación de la muerte se aborda desde el momento en que destruye la estructura social, con la intención de que todo vuelva a la normalidad. Aquí nada vuelve a ser normal.

La novela de Jorge García tiene un trasfondo pesimista; de hecho es más que novela negra. En sus páginas se desconfía del sentido que pueda tener el universo, el mundo es un espacio ilógico que no hay forma de ordenar, «…el convoy se puso en marcha. A Reme […] se le antojó haberse convertido en una pegatina adherida al cristal del vagón». El mundo de Reme es hostil, especialmente premonitorio, del que es imposible salir indemne. Carmelo Latorre ha pasado 37 años en ese espacio violento donde la vida no vale nada, «En dos días la gente se habrá olvidado del asunto». En este contexto, la muerte de los más desfavorecidos no genera intriga porque es la consecuencia de la corrupción a niveles elevados, judicial, eclesiástico, castrense.

La investigación del asesinato pasa por una reflexión sobre el ambiente donde se ha desarrollado y el lector es capaz de discernir la importancia que adquieren la injusticia social y la violencia subyacente «—Trinca a esos hijos de puta. Y si tienes ocasión no dejes que vayan a juicio».

He comentado antes que Un ángel en Carabanchel es más que novela negra. Hay un puente que nos lleva directamente a la novela criminal; en el que la reflexión sobre la investigación y los delitos cometidos se complementa con hábitos y referentes de determinadas comunidades, de manera que tenemos muy clara la diferencia entre los colectivos que andan en juego y somos conscientes de que los poderosos no van a perder, por vía judicial o legal, porque están respaldados «No debes inquietarte. Este número está ahora registrado a nombre de un muerto» y de que los humildes seguirán en su agujero, «la mujer se contempló el delantal anudado a la cintura y las piernas sin depilar». Estamos seguros de que es una novela criminal cuando la sentimos testimonial «El Lato se quedó unos segundos contemplando el devenir de un país acostumbrado a bostezar y a no tener opinión».

La perspectiva polifónica de la narración es evidente, la tercera persona, casi omnisciente, permite un punto de vista objetivo e incompleto de la situación; el enfoque de este narrador es intencionadamente parcial, desde el momento en que pone límites al conocimiento de la historia para que algunas partes queden en penumbra; el narrador no puede llegar a la mente de todos los personajes ni al conocimiento total de los hechos. Como si se tratara de una cámara cinematográfica cuenta lo que ve al tiempo que deja paso a la primera persona del monólogo interior, del pensamiento, de lo escrito en el diario, de lo expresado en las cartas, para que sean los mismos personajes quienes revelen su personalidad.

Hay cierta complejidad armónica en una narrativa totalmente dura que aparece reflexiva en el narrador al tiempo que se suelta en diálogos totalmente espontáneos. La estructura va más allá de introducir analepsis o prolepsis; los saltos temporales se suceden, casi atropellándose, para que el secuestro, tortura y muerte de Reme nos mantengan atrapados o nos den un respiro tranquilizador, según quiera el autor.

La fluidez dialógica acompaña a la intriga y la angustia, a la dureza probatoria que representa, porque el caso de Reme, tal y como atestiguó Coral, la asesinada treinta años atrás, puede ser el de muchos menores desaparecidos sin que la justicia haya velado por ellos. La novela es una mezcla de suspense y thriller que no da tregua al lector hasta que no llega al final. Será entonces cuando establezcamos el perfil completo de los personajes.

Los asesinos no tienen motivación para actuar, el autor los ha relegado a sádicos psicópatas, gente poderosa que disfruta infligiendo dolor. No hay solución para ellos. Son dioses que todo merecen, desde su propio placer hasta el dolor ajeno y cuando el daño no ha sido suficiente, se encolerizan. Son odiados y temidos por los mortales, gente miserable dispuesta a ofrecer su cabeza por mitigar algo el sufrimiento «Se ha declarado culpable […] El fiscal debe de haber ofrecido una condena de risa […] y el abogado del muchacho, que no es tonto, le ha aconsejado aceptarla». El lector es incapaz de sentir algo de empatía, experimenta un rechazo absoluto ante mentes que se han ido pudriendo junto a los cuerpos con el paso del tiempo, son personas que han involucionado para dejar su podredumbre en un entorno determinado que, para los que viven allí, representa una tela de araña de la que no pueden escapar aunque se dan cuenta tarde, «Todo es mentira. El dolor es mentira. La vida es mentira».

La brutalidad que implican las confesiones en primera persona supera las trabas de la ficción, por eso aparece el narrador en tercera persona, para tomar distancia del personaje aludido. Sin embargo este narrador no consigue despegarse del Lato, antes bien, lo acerca al lector mediante la admiración y la ternura que despiertan algunos animales. Como aquellos con los que se compara, Carmelo hace gala de una total espontaneidad. A través de la animalización lo vemos imperfecto aunque profundamente humano. Su cuerpo de barril le aporta un aspecto agresivo y vigoroso «se interesó el Lato; inclinando el cuello de jabalí» «volcó el líquido en su boca de hipopótamo», aunque es noble y resistente «le dirigió una mirada suspicaz, de mulo resabiado». Fuerte y salvaje, puede atacar si se siente amenazado, «le recriminó haciendo descender el bigotito […] que por momentos parecía trasformado en un caimán prehistórico». Pero cuando le interesa puede mostrarse tranquilo, incluso amigable «Sobre el asfalto se asemejaba a una perdiz en busca de lombrices». Aunque nuestro policía viva en solitario, poniendo a prueba las astucias de sus depredadores con su alta capacidad de camuflaje, «volvió a adoptar la misma postura de cefalópodo descansando plácidamente en el fondo del mar», siempre está alerta, dispuesto a atacar «continuó acariciándose el mentón de marrajo».

Por todos estos rasgos sabemos que será capaz de hacer justicia, aunque sea una justicia personal; no cabe duda de que su experiencia y aptitudes deductivas se verán reforzadas por la ayuda de otros factores, donnadies cansados de ser las víctimas y pasan a ser los verdugos. Al Lato, que no es triunfalista, no le importa usar la violencia o el engaño para conseguir su objetivo y así, por momentos y sin ser consciente, transformarse en un ángel que ayuda a los desheredados de Carabanchel.

Después de leer la novela y conocer al personaje esperamos que el haberse jubilado no sea un impedimento para llevar las riendas de otro caso. Confiamos en que Jorge García siga viendo a los demonios que pueblan esta distopía que tenemos por sociedad.