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domingo, 18 de septiembre de 2022

ENTREVISTA A JAVIER MARÍN


Una vez que hemos reseñado las novelas que componen la exitosa trilogía de Marco Duarte, entrevistamos a su autor, auténtica revelación de la temporada literaria y premio Icue negro por la primera entrega de la citada trilogía.

P. ¿Qué podemos saber de Javier Marín?

R. Soy de San Javier, Murcia. Lector desde que tengo uso de razón, primero con mis cómics de Astérix y después, como casi todos los de mi quinta, con “Barco de vapor” J. Fiel a los géneros de ciencia ficción, terror y, por supuesto, novela negra. Estudiante de Derecho y desde pequeño jugador de tenis. Hoy en día intento combinar la afición por la escritura con mi trabajo… aunque de momento sigue ganando en tiempo lo segundo.

P. ¿Qué ha supuesto en tu trabajo el premio Icue negro?

R. Un reconocimiento, una manera de creer en que es posible, no solo para mí, para todos los autopublicados que, como yo, buscan lectores y hacerse un hueco en este difícil mundo de la escritura. Sin duda, el momento más feliz de mi cortita carrera literaria. Ojalá se repita alguna otra vez porque la emoción y el torbellino de sensaciones cuando oyes tu nombre es algo indescriptible.

P. Podrías decirnos qué hay de noir y qué de policial en tus novelas?

R. El noir se caracteriza por desarrollarse en un ambiente de misterio y eso es lo que he intentado en mis novelas, que los crímenes estén envueltos en ese halo de incertidumbre que hace dudar de cada detalle. La parte policial creo que es evidente, quienes llevan el peso de la investigación son policías y muchas escenas importantes tienen lugar en la comisaría. En conjunto, y a mi modo de ver, la historia se encaja en el género negro más tradicional.

P. ¿Crees que el ambiente que reflejas en Tablero mortal es prototípico de lo que ocurre en las comisarías españolas?

R. Creo que es más ficción que realidad, no digo que no haya escenas que se den, pero en general y por lo fluido que tenemos que intentar plasmarlo para no aburrir, nos alejamos un poco de la realidad.

P. ¿Hay diferencia entre la novela negra mediterránea, la del norte de Europa y la americana? ¿Dónde encuadrarías a Marco Duarte?

R. Aunque, como es lógico, todas tienen elementos comunes —uno o varios crímenes, la violencia, la denuncia social o el conflicto humano, por ejemplo—, sí que noto algunas diferencias entre los autores nórdicos, los americanos y nosotros. Quizás aquí nos acerquemos más al modelo americano, al que estamos acostumbrados a ver en las películas, encuadrando las historias en cierta marginalidad y marcando más la crudeza del lenguaje y la violencia. El manejo del tiempo también creo que es una diferencia importante, aquí queremos ir contrarreloj, las cosas pasan rápido y, de ese modo, es más fácil que al lector se le pasen por alto detalles importantes. La novela del norte de Europa, a mi modo de ver, es más pausada.

P. ¿Hay algún escritor con el que te sientas identificado?

R. Eso deberían decirlo mis lectores, seguro que serían muy chulas las comparaciones, fuera quien fuera con quien me compararan. Ojalá a alguien le recuerde a Jeffery Deaver, para mí uno de los magos de la novela negra americana y el número uno en sorprenderte al final de los libros.

P. ¿Cómo nació Marco Duarte?

R. Espero que no te rías mucho, pero después de leer dos libros policiacos que no me gustaron nada, (me reservo los nombres) dije “Yo lo puedo hacer igual de mal que estos dos”. Y después de haber escrito muchos relatos, intente escribir algo más largo y que pudiera servir de carta de presentación para un grupo de jóvenes investigadores. Marco Duarte fue el resultado y sus compañeros fueron apareciendo a su lado.

P. ¿Hasta qué punto estás mediatizado, en tu literatura, por el cine?

R. Es curioso, pero no me atrae tanto el cine como otro libro. Desde luego cuando escribo alguna escena siempre recuerdo alguna película o serie, pero pienso más en otros libros.

P. ¿Ves al equipo de tu protagonista en un thriller cinematográfico?

R. ¡Sería increíble! Sí que lo veo, de hecho cuando escribo, describo la imagen de lo que veo en mi cabeza, me pasa la película por delante de los ojos y solo tengo que pasarlo al papel.

P. ¿Por qué los personajes se mueven en una ciudad sin nombre, a todas luces española, y en la tercera entrega sabemos que el asesino actuó en Brujas?

R. Ni veía ni quería encuadrar la novela en ninguna ciudad en concreto, pensé que sería más bonito que cada lector tuviera en mente la suya propia. Lo de Brujas fue para los lectores que me criticaban eso precisamente, que no estuviera localizado ningún escenario. Minimizando críticas, se llama J.

P. ¿Qué te lleva a hacer que un personaje involucione? En la primera novela Alejandra era la ganadora, atractiva, válida… ¿Por qué es una de las que sufre más, tanto en el plano personal como en el profesional?

R. La vida misma, la forma en que dos personas afrontan las adversidades de forma diferente, Alejandra involuciona, Miriam se crece. Esa dualidad quería reflejarla, poniendo a los personajes a prueba y haciéndolos evolucionar a lo largo de los tres libros. Unos mejor que otros…

P. ¿Qué diferencias encuentras, como inspectores jefe, entre Míriam Rueda y Marco Duarte? ¿Quién sería el idóneo para continuar la saga? ¿Piensas continuarla?

R. Míriam es más cerebral, Marco más emocional. La virtud de Marco no es ser un superpolicía, incluso creo que tiene más fallos que aciertos, pero consigue algo que puede resultar difícil, mantener la unión de todos los miembros del equipo, su respeto y que cada uno ocupe su lugar en él. Ese liderazgo es su poder. No quería que fuera un héroe sin capa, todo lo contrario, quería que tuviera sus luces y sombras. Creo que seguirá Marco como inspector jefe… a no ser que por el camino tenga algún problema… ya me conoces un poco J.

P. ¿Puedes revelarnos algo de tu técnica al construir la trama? ¿Apuntas personajes, cuándo salen y desaparecen? ¿Cómo es la fase de documentación?

R. Pienso en la trama, los puntos fuertes, el posible final. Ya con eso empiezo a escribir, sin notas, sin apuntes. Del capítulo 1 hasta el final sin parar. Con las correcciones ya volveré a leer, cuando me pongo prefiero no parar hasta el final y durante el proceso lo tengo todo en la cabeza. Me voy documentando según las escenas y según lo que me pide la historia al momento. Al ser todo ficción no necesito tener esa fase de documentación propiamente dicha. Me estoy dando cuenta de que soy un mal ejemplo y cuando veo a otros escritores con todo lleno de Post-it miro con envidia J.

P. ¿Te has planteado cambiar de género narrativo?

R. Si, me encantaría probar con algo de terror o paranormal y sobre todo ciencia ficción. Seguro que antes o después acabo haciéndolo.

P. Para terminar te pido una serie respuestas rápidas, casi sin pensar. Imagina que vas a emprender un largo viaje y debes llenar tu maleta con:


Una película..................................................... Seven.

Una canción..................................................... “Turnedo” Iván Ferreiro.

Un libro............................................................. Los asesinatos de Manhattan.

Un cuadro........................................................  El Grito, Munch.

Una palabra...................................................... Acho (es mágica) J.

Un sabor........................................................... Nata.

Un olor.............................................................. Tierra mojada.

Un color............................................................ Negro ;)

Una estación del año......................................  Invierno.

Un lugar donde perderte................................  Nueva York.

Una prenda de vestir......................................  Chándal de algodón.

Un consejo para ti mismo y para todos.......  No dejes de aprender.







Con la bonita panorámica de este paisaje, donde se forjan todas las tramas de Javier, nos despedimos de él (hasta su próximo libro), con nuestro agradecimiento por su simpatía, su paciencia y los buenos ratos que nos ha hecho pasar con sus novelas. ¡Hasta pronto! 

sábado, 3 de septiembre de 2022

ENIGMAS PARA UN REY

Tiempo subjetivo. Con él comienza Enigmas para un rey, recordándonos que vamos a percibir el tiempo de forma peculiar «Marcaba 20:20:15 e iba hacia atrás […] y seguía bajando. Aunque fuera imposible, les parecía que cada vez iba más rápido. La sensación de que el tiempo se les escapaba era asfixiante» Lo que sienten los personajes es la impresión que tiene el lector desde el primer momento. No hay tregua, ni para ellos ni para nosotros. El tiempo va a jugar a su antojo, irá hacia donde le convenga al asesino que unirá hechos anteriores con un futuro premonitorio en el presente más angustioso. Y este llega, para sorpresa de todos, en el Capítulo 6 que anuncia que el tiempo ha corrido, 6 meses después. La tregua para el equipo de Marco Duarte ha llegado a su fin, aunque pronto sabremos que todo comenzó 6 años antes, en Brujas. Está claro, no hay espacios ni tiempo que limiten los actos de esta Bestia, pero Míriam se ha fortalecido, los dragones que recorren su cuerpo le aportarán la fuerza necesaria para cuidar de sus amigos. Antes, sin embargo, todos pasarán por el infierno urdido en una mente psicótica que cree dominar el tiempo, «Como agujas de un reloj suizo, todo el engranaje que desencadenó la historia estaba llegando puntual a marcar la hora señalada».

El narrador anuncia, con prolepsis, situaciones amenazadoras que nos mantienen en vilo «El inspector era la clave […] su mundo, como antes lo conocía, estaba a punto de cambiar para siempre». Ante estos avisos, nuestra inquietud crece de forma exponencial respecto a la desesperación de los personajes, tanto, que dudamos de todo y de todos.

En esta entrega trepidante el inspector Marco Duarte es relevado del caso y está buscado por la propia policía, deberá luchar contra la bestia y contra sus jefes. Míriam Rueda, convertida en una máquina peligrosa, es quien toma el mando, pero cuando impide que Marco sea capturado queda sustituida por el inspector Rojas.

Tres inspectores diferentes que van asistiendo, impotentes, a desgracias que se cobran cada vez más víctimas y al consecuente ridículo social al que se ven abocados. El asesino conoce a la perfección a Marco Duarte, sabe qué pasos va a dar, dónde puede esconderse y con quién va a estar, por eso no le es difícil fabricar pruebas que lo incriminen. Todos dudarán de él, incluso algunos de su propio equipo considerarán imposible tanta casualidad.

Además del inspector Rojas se incorporan al elenco nuevas caras, incluso aparecerá Johan Clauss, un policía belga retirado que afirma haber pasado por lo mismo que Duarte y viene en su ayuda, «…me sentía acorralado, un inepto frente a un enemigo invisible […] terminaron por apartarnos del caso […] El cuerpo del que antes era mi compañero pendía de una soga en el centro del salón […] ese fue el principio de mi fin».

Johan será imprescindible para nuestro protagonista a la hora de la resolución. También el profesor universitario de Míriam la ayudará a resolver los enigmas que, en esta ocasión, el asesino envía a la policía avisando, de forma críptica, sus nuevas actuaciones. La lírica entra en juego por lo que la interpretación metafórica resulta esencial.

Asimismo, J.J., encarcelado desde que en Descenso al abismo, vivió su infierno particular, ayudará desde la cárcel, a encontrar datos relevantes en los acertijos para resolver los casos. Todo un despliegue de personajes en acción, pero divididos. Las sospechas entre ellos se van acrecentando hasta que la unidad se rompe en varias vías de investigación.

Marco juega en Enigmas para un rey a tres bandas. De incógnito, ayuda a Miriam. Por otro lado establece contacto con J.J. y finalmente considera a Johan su nuevo compañero.

El equipo oficial también se divide en el momento en que Rojas no se siente cómodo con Salva y Alejandra, pues no tienen ningún problema en plantarle cara y decirle que se equivoca en su forma de actuar. Al rescatar a Felipe para el nuevo equipo, pondrá otro sospechoso más ante el lector y ante sus compañeros.

Javier Marín, en medio de este embrollo de lugares, tiempos y personajes, establece una estructura de presentación alarmante: introduce nuevos personajes, en pasado, que actúan sin embargo en presente; la tensión que provoca es palpable, «Alonso se levantaba a las siete en punto […] La rutina era su forma de vida […] Lara apagó la cuarta alarma de su teléfono móvil […] Tenía veintidós años […] Marga dejó a sus dos niños con los abuelos…». El autor crea un montaje alterno con escenas habituales en las que diferentes personajes se preparan con naturalidad para afrontar un nuevo día, escenas esperanzadoras que se transforman en precursoras del desastre en los lectores. Este relato, de escenas simultáneas ocurridas en diversos espacios premonitorios, queda unido algo después, en un presente narrativo que supondrá una condena para cientos de personas quienes, con ritmo trepidante, van expresando la sorpresa, el enfado, la obsesión, el despiste, el nerviosismo, la ansiedad, la prisa, la furia, el terror, el caos. Todo converge de pronto en un paraíso transformado en infierno «una bola de fuego aproximándose, un espectáculo de luz anaranjada y roja que avanzó hacia quienes estaban allí apelotonados sin poder reaccionar».

Sin ninguna dificultad, el narrador juega y rompe nuevamente la lógica del espacio-tiempo. La característica lineal del lenguaje queda rota mediante la exposición simultánea de tres personas ajenas que llevan a cabo diferentes acciones a la que, en esos momentos, realiza un equipo que se siente derrotado «—Lo sé Mac, pero no podemos quedarnos de brazos cruzados […] “Espero que puedas ayudarnos, Marco”, pensó». Y si esta entrada nos mantiene en vilo a todos, el resultado «Estallido» nos prepara para lo que va a suceder. La información va llegando poco a poco. Javier Marín construye por separado una sucesión de hechos, dando la impresión de que el tiempo ha pasado y el fatal desenlace ha tenido lugar. Sin embargo, los lectores relacionamos mentalmente esas escenas que, aun pareciendo aisladas, son las causantes de que se genere en nosotros una tensión creciente. La duración de la exposición de cada escena es corta, lo que consigue un ritmo in crescendo hasta llegar al clímax del suceso, algo que no olvidaremos con facilidad.

La alternancia de planos permite que las imágenes penetren en la mente del lector con más facilidad; es una técnica cinematográfica, en la que nuestro autor se ha convertido en un experto, que maneja sin dificultad el tiempo discursivo para generar, entre otras sensaciones, la de suspense.

Y con gran incertidumbre vamos a llegar hasta la última página, incertidumbre que se convertirá por momentos en incredulidad, en cambio constante de presunto asesino, del que estamos seguros hasta que una palabra, una imagen, nos hace cambiar de opinión. Las incógnitas se suceden delante de nosotros; leemos hechos que parecen realizados por alguien, y más tarde comprobaremos que el sujeto no es quien habíamos pensado: «a lo lejos, unos prismáticos seguían sus movimientos. Los labios de la persona que los portaba dibujaron una sonrisa. Lo tenía».

Todo se complica de forma exponencial porque todos aparecen como sospechosos. Los lectores también nos sentimos como en un callejón sin salida al no encontrar la razón de tanta maldad. Hasta que Marco Duarte se da cuenta de que nuestro psicópata no respeta los tiempos marcados, algo que el inspector Rojas no quiere admitir, sus ganas de ascender son tan enfermizas que no es consciente de a quién se enfrenta, «allí estaba él para tomar partido y marcarse un punto veinticuatro horas después de haber llegado». Rojas subestima a su contrincante y no hay nada peor que menospreciar a una mente egocéntrica, por lo que quedará en ridículo ante toda la sociedad, aunque cueste nuevas vidas de un equipo cada vez más reducido.

Conforme avanzamos la tensión aumenta; imposible abandonar la lectura porque las escenas simultáneas se agolpan, inacabadas, en un mismo capítulo. Los personajes y acciones se multiplican en una misma unidad de tiempo hasta que alguien nuevamente vuelve a desaparecer, «La velocidad a la que iban y el impacto hizo que cayeran dando vueltas de campana, fuera de la carretera».

Ante la ineptitud del nuevo jefe de operaciones, la envidia de los que toman a otros como rivales y las bajas constantes, los que van quedando conforman su propio equipo para, en paralelo, poder destruir a ese demonio cuyo objetivo es aniquilarlos a todos.

Destruir a la misma envidia. Difícil. La historia y la literatura se han encargado de demostrarlo. Envidia entre quienes parecen estar muy unidos y que no es sino el fruto de mentes perturbadas que quieren sobresalir por encima del resto. En Enigmas para un rey hay una mente que va dejando pistas misteriosas a lo largo de la novela pero, las consideramos tan intrascendentes que no les damos importancia, hasta que la eclosión final nos deja paralizados.

El equipo de Marco Duarte ha quedado bastante reducido en comparación a como lo conocimos en Tablero mortal o en Descenso al abismo. No es obligatorio haber leído esas novelas para entender a la perfección Enigmas para un rey porque con tino, Marín ha ido poniendo al nuevo lector de la saga en antecedentes de lo ocurrido anteriormente. No es obligatorio pero sí recomendable porque la lectura está formada por ratos responsables de que descarguemos adrenalina y, al terminar esta tercera entrega, nos supone cierta catarsis de la que salimos en paz con nosotros mismos.

Esperemos que Javier Marín aproveche a este equipo escogido para que continúe resolviendo enigmas.

sábado, 27 de agosto de 2022

DESCENSO AL ABISMO



La segunda entrega de Marco Duarte es excitante. Con una estructura similar a la primera, algo más extensa, nos introducimos en el primer capítulo de lleno. No hay tregua. Ya el comienzo es premonitorio «El reloj de la salita dio las campanadas de las doce de la noche». La medianoche, momento puntual en el que un día termina para dar comienzo al siguiente en el empeño de que el tiempo sea lineal, el apogeo de la oscuridad que asociamos a caos, muerte, inframundo y misterio, el momento en el que los depredadores nocturnos ostentan su mayor poder.

Y si el tiempo es anunciador, también el espacio es sintomático, «una moqueta desgastada […] la barandilla de madera, sinuosa […] retratos que, como testigos mudos de vidas pasadas, acompañaban en la subida […] un pasillo de puertas cerradas…»; un espacio que cobra vida para avisarnos del final de la misma, «el lamento de las tuberías». En menos de una página ya intuimos lo que va a ser de los personajes, no va a haber sosiego para ellos; nadie tendrá una pausa, a no ser que sea eterna, «Olivia descansó. Para siempre».

Son cincuenta capítulos turbadores más un Epílogo en el que el psicópata de Tablero mortal se da a conocer, para desaparecer con la amenaza de que no será durante mucho tiempo. Hay que leer la tercera novela de Javier Marín, está claro, pues si hemos tenido que realizar un Descenso al abismo para ponerle rostro a este demonio, no podemos permitir que desaparezca sin más. El equipo de Marco Duarte deberá rehacerse de nuevo y poder poner punto final al tormento.

Como en el planteamiento de la saga, el nombre de cada capítulo alude a lo que va a ocurrir, así en el número siete “Presentación”, el equipo conoce a Felipe Castro, el nuevo fichaje que el comisario García ha realizado, buen tirador, máster en Criminalística y Técnicas Forenses y licenciado en Derecho con matrícula de honor. Un portento que, además, esconde otras actividades para las que está dotado y que, en algún momento determinado, servirán para intranquilizar a sus compañeros.

Tras la partida aciaga de Tablero Mortal, que causó alguna baja en la comisaría, además de las víctimas elegidas por LVCF, el asesino vuelve para conseguir que tanto los personajes como los lectores experimentemos una inmersión en el infierno. Varias chicas aparecen asesinadas y mutiladas después. Son pequeños trofeos que obtiene por su hazaña. Y este es el nuevo caso que nos mantendrá en vilo porque aunque señalemos a alguien en concreto como criminal, en cualquier momento Javier Marín dará la vuelta a las circunstancias y conseguirá que lo descartemos para pensar en otro.

Son bastante inquietantes las prolepsis que aparecen constantemente en la novela y que no cumplen realmente la función completiva de brindarnos información relevante sino que en su mayoría van anunciando acontecimientos que aún no han tenido lugar, al mismo tiempo que, después, anulan las expectativas que se van dando en el lector para ir eliminando los diferentes enfoques extradiegéticos que creemos distinguir, «La noche del viernes y la del sábado él mismo acompañaría a Alejandra. Si el asesino seguía su patrón, no dejaría pasar otro viernes sin intentar algo. Esta vez ellos estarían preparados». Así, conforme los personajes se muestran más confiados, el narrador consigue que se vaya acrecentando la tensión en el lector, «Nada les hacía presagiar lo que estaba por venir».

En realidad, entre los protagonistas no hay ningún héroe. Son todos cercanos, entrañables; forman parte de la vida cotidiana, muestran conductas reales en su mayoría, alguna puede considerarse más tópica pero todas son susceptibles de cambio. Nuestro autor modela las creencias, las actitudes y comportamientos de algunos, como Míriam que adquiere una relevancia total en esta entrega, y consigue que esta novela sea idónea para enganchar al noir a los más jóvenes, porque no predispone directamente; como el resto de sus compañeros influye al formar parte de un contexto en el que se desenvuelve e interactúa con los otros.

La repetición de personajes en la saga es buena para los lectores. Los conocemos y podemos sentir cierta empatía con su forma de ser y hacia situaciones más o menos previsibles, incluso hacia determinadas actitudes inesperadas que pueden llegar a inquietarnos, porque estamos arropados en la seguridad que aportan los principios. En este caso, Marco es fundamental; es el referente sobre el que giran los demás a pesar de haber experimentado mínimos (o grandes) cambios. El autor ha elegido bien a sus personajes; alrededor del bueno, serio, intachable, se mueven los demás, cada uno con una característica atractiva, que los acerca al lector como vencedores: el humor inocente de Felipe, la falsa ironía de Salva, la debilidad mortificante de J.J., la racionalidad lógica de Alejandra, la fuerza y decisión de Miriam son creíbles, porque todos convergen en Marco, el que va ligado a la trama con una función estructural; tiene carácter y sabe imponerse sin dificultad, porque es honesto.

Precisamente por eso nunca estamos seguros de que todo vaya a salirles bien. Los lectores somos capaces de experimentar los estados afectivos por los que pasan, hasta el punto de que podemos desgajarlos de la trama y asignarles vida propia. Javier Marín consigue unir lazos entre personajes y lectores, de hecho se percibe cierta proyección del personaje ficcional en el lector real al identificarse cuando el primero expresa los deseos del segundo, esos que pertenecen a los sueños, a la ficción.

No solo los personajes generan predisposición a la lectura. También los espacios crean un ambiente tensional a lo largo de la historia, porque el fundamental es el psicológico. Es un espacio simbólico que corresponde al entorno moral y social en el que se desarrollan los acontecimientos, no importa cuál es la ciudad; hay pocas descripciones para no precisar demasiado la circunstancia en la que transcurre la acción. Acción que pasa de forma incansable de la comisaría a la calle, a las casas, al supermercado, para establecer relaciones extratextuales con un tiempo que corre más de lo que deseamos, en el que influyen también los verbos de acción, las oraciones no demasiado largas y el uso del presente; por eso tenemos la sensación, en un momento de torbellino emocional, de que se multiplican los espacios. J.J. se mueve sobre todo en un espacio vacío, carente de otras personas que podrían interceptar sus actos, aunque sea su casa, aunque sea la comisaría es su espacio íntimo donde se siente atrapado, nervioso. Es el espacio simbólico que se apoyará en la muerte para que los personajes vayan evolucionando. También el paso del tiempo modifica ciertos espacios abiertos, como la calle, que se transforman en cerrados durante la noche para conseguir que el lector mantenga la tensión.

En Descenso al abismo, diferentes historias se van transformando en la trama consiguiendo una novela de estructura casi fragmentaria, pero a pesar de estar dividida en partes, en principio diferenciadas, tienen un punto en común: el infierno al que los personajes han sido sometidos en algún momento.

Todo parte de un núcleo: un asesinato. Sin embargo, pronto irán apareciendo pistas que nos confunden e invitan a cierto caos en la estructura mental del lector:

   El tormento de J.J.

●   El dragón de Miriam

●   El anónimo que acecha en primera persona.

●   El trauma de Alejandra.

●   La espeluznante historia del cartero, otra rama del intrincado infierno al que la sociedad está expuesta «Esto no es un paso atrás, tenedlo en cuenta. En el mejor de los casos tendremos una pista sobre la posible relación de las víctimas […] los de narcotráfico nos darán las gracias».

●   La historia infernal de mentes débiles que se dejan manejar por otras diabólicas para causar daño por donde van «no sé cómo fui así de estúpida, cómo lo permití, cómo caí tan bajo».

●   El propio infierno particular de Esther Arias, que no es sino el precio que debe pagar por su ambición, «llevaba un par de días sin recibir ningún mensaje de su fuente anónima […] y no podía dejar que la gente perdiera el interés […] Sus ojos se abrieron de par en par, su pulso se aceleró y su corazón se desbocó. El juego había cambiado».

La unidad de esas pistas reside en Javier Marín quien, hábilmente, va tomando el extremo de una para unirlo a una punta de otra en una extensión rizomática cargada de tensión.

En la novela distinguimos cierta reflexión sobre la violencia y sus formas de venganza: la violencia de género requiere una venganza inmediata para eliminar la humillación y el dolor que han sentido las víctimas. La violencia del psicópata que pretende seguir una estrategia justiciera con la que pueda infligir cada vez más dolor. La venganza del sádico que pretende beneficiarse del tiempo y nuevos recursos con los que planificar nuevos ataques.

Hay otra venganza más elaborada, la violencia no ha llegado a su fin. Pero nos queda otra entrega en la que esperamos descubrir la causa de tanta crueldad.

sábado, 20 de agosto de 2022

TABLERO MORTAL

La última novela que he leído la compré tras leer la reseña de Laura Álvarez, otra amiga que he conseguido gracias a Instagram, beneficios de las redes. Gracias, Laura, por estar ahí y por tus consejos.

El libro en cuestión no es muy largo, además se lee rápido, la edición es atractiva, papel grueso, letra clara y espaciada y capítulos cortos que no hacen sino favorecer la lectura. La tapa gruesa me gusta y su diseño es interesante, llama al misterio y, cómo no, al terror, haciendo gala del título.

El prólogo de Tablero mortal, es inquietante, prepara para lo que viene: venganza, que en este caso parece que se sirve fría «…por lo que dejó atrás. Ahora estaba preparado. Devolvería todo el daño que había sufrido allí».

De nada le valen al narrador sus esfuerzos en presentarnos al protagonista y a la ciudad con alguna metáfora poética «contempló el mar de luces a lo lejos» o con ciertas personificaciones enaltecedoras, «el manto azulado de una ciudad que no dormía», o comparaciones atrayentes «destellos como pequeñas luciérnagas».

Todo el lirismo desaparece desde el Capítulo I de la primera parte, donde nos introducimos de lleno en la música trepidante del rock, que no nos abandonará y en la acción vertiginosa de las grandes ciudades. ¿Qué ciudad? No se sabe (aunque las pistas me conducen a una ciudad con nombre de santo y cercana a la mía), da igual. No es importante el espacio. Sí el tiempo, porque corre rápido, a la misma velocidad que un asesino despiadado y cruel que va matando según las reglas de un juego de rol.

Nadie está seguro en ese lugar. La primera muerte de este capítulo inicial es rápida, certera, el asesino apenas da tiempo a la víctima para que se haga una idea de su destino, pero esto es un engaño para el lector, que no va a descansar ni un solo momento hasta que no termine la novela. Las víctimas aparecen después horriblemente mutiladas pero, si el primer asesinado el abogado Andrés Longoria, presenta la tortura post mortem, pronto nos daremos cuenta de que es capaz de ensañarse en vida con mujeres que aguantan hasta que el corazón no resiste más.

Está claro que el asesino tiene acceso a los medios de comunicación, pues desde el primer momento «Las noticias sobre el macabro crimen habían trascendido […] para que todos los jefazos estuvieran nerviosos». La trama de Tablero mortal está bien ideada. Comienza con un asesinato que «apunta a algún tipo de crimen ritual y no tenemos mucho por dónde empezar» y continúa presentando a los personajes que llevarán el caso y que son bastante típicos: el joven y friki informático J.J:, la encargada de relaciones con los medios, Miriam Rueda, la jefa del equipo forense Itziar Rau, los encargados de recopilar los datos en la oficina, Jon y Salva y los que se manejan bien en el trabajo de calle, Alejandra y Marco.

Apenas conocemos la vida íntima de los policías, lo justo para que vayamos atando cabos, tanto los lectores como los propios personajes, «es un juego de mesa. Estoy intentando aficionar a Daniel a ellos […] hay de toda clase, estratégicos, habilidad, cartas…».

Una vez que nos disponemos a seguir la pista del asesino, el caso se complica con otras muertes tanto o más espantosas que la primera y siempre la prensa saca a la luz detalles que a la policía no le interesa airear. El final, frustrante, nos obligará a continuar leyendo la saga de este loco que, por supuesto, tiene secuaces que le hacen el trabajo sucio. Ni siquiera sabemos su nombre, sí su personalidad, orgullosa, pretenciosa e insociable si seguimos la pista que nos ofrece con su seudónimo, pues firma sus resultados como lvcf, e intuimos en él algún rasgo asocial del escritor estadounidense derivado, probablemente, de uno o varios traumas del pasado.

En cualquier caso, la novela de Javier Marín consigue estremecer, hay una sucesión de hechos que horrorizan por la sofisticación de la violencia, mediante la cual el lector es consciente de una tensión que va en aumento. El asesino persigue un objetivo que no se especifica, pero no nos damos cuenta hasta que no llegamos al final, casi agotados por el ritmo in crescendo que han ido tomando los acontecimientos. De hecho, ni siquiera hemos sido conscientes de haber terminado una Primera Parte, en la que todos los personajes han sido presentados paulatinamente a lo largo de veinticinco capítulos, y estar en la Segunda, cuando los policías se dan cuenta de qué está pasando y asumen que no pueden seguir actuando sin resultados satisfactorios. Ellos entran entonces en una vorágine imparable, la misma que los lectores hemos sentido desde el principio.

Precisamente por eso los personajes se hacen creíbles, la novela es verosímil, desgraciadamente, y los lectores somos capaces de entender los sentimientos tanto de los policías como los del asesino. Mentes perturbadas las hay y otras débiles que se dejan llevar por los intereses de alguien fundamentalista, también «Su misión acaba de empezar y su orden espera de él un trabajo digno de su posición». Creo que el verdadero asesino, el que queda en la sombra, es alguien con esta característica, alguien cuyo desprecio por el ser humano es lo que rige todos sus movimientos que, por otro lado, siguen un plan establecido y pensado para no fallar. De ahí que este alguien en la sombra no sienta empatía ni piedad por nadie. Su trabajo es premeditado pero sabemos que no va a cambiar, pues ya al comienzo de la novela advirtió del daño que había sufrido. ¿Habremos de buscar lo que tienen en común todas las víctimas que, en principio no se conocen y dan la impresión de ser totalmente opuestas? Puede que entre ellas hayan tenido algún contacto, pero habremos de seguir con la trilogía.

En esta primera entrega me ha llamado la atención la diferencia de actuación. A la hora de matar a Longoria lo hace de forma violenta pero rápida en su centro de trabajo, sin embargo con las otras víctimas siguientes, mujeres, actúa diferente, las droga para llevarlas a un lugar apartado donde pueda recrearse con la tortura, lenta y dolorosa, algo que confirma su misoginia por encima de la misantropía «El ritual continúa, los trazos son lentos, los disfruta. La piel es tersa […] La fuerza y personalidad de ella también influye».

En fin, esperemos que Javier Marín consiga que el sufrimiento y muerte de estas mujeres no haya sido en vano, así que continuaremos acompañando a Marco Duarte.