El último libro que he leído me ha
dejado conmocionada. Escrito en 2007, narra la historia de la familia Cabral, a
la sombra implacable de la dictadura de Trujillo. Nada bueno se puede esperar
de la tiranía porque, las ferocidades, las locuras que comete el desalmado que
gobierna se trasladan, primero a su séquito, a sus cuatreros, y después a toda
la población, que vive atemorizada; y por temor se pueden cometer verdaderas
barbaridades. Ninguna tiranía es justificable. El hombre no debería ser
atacado, ninguneado, humillado, violado o torturado por ningún otro hombre.
Esto es lo que tienen los dictadores, que, en su enajenación, se consideran
superiores a los demás, dueños de todo y de todos.
Estamos ante una espiral de violencia
narrada con un estilo totalmente desenfadado, consiguiendo que la prosa de La maravillosa vida breve de Óscar Wao sea cruda. Es difícil de digerir la
vida de los Cabral, es difícil de asumir la vida en el Trujillato.
El ritmo, sugerente, con términos que
conforman un compendio de modismos caribeños, españoles, ingleses, es ágil; los
apartados cortos, las ironías, las enumeraciones anafóricas, la narración
rápida sin ahondar en horrorosas descripciones, vacían contra todo pronóstico
de idealismo a los personajes. Ya en las primeras páginas sabemos dónde
estamos; no solo el título anuncia el final del protagonista. Todo es caótico
en la novela y, sin embargo, el lector lo sigue según un perfecto orden.
Leemos y nos dejamos llevar por esa
amalgama de palabras y lo entendemos todo. Cuando menos lo pensamos nos
encontramos inmersos en un cambio que anuncia una ficción más llevadera que la
realidad cruel, despiadada, implacable «Es
un pari grande; un pari grande para todos salvo los pobres, los prietos, los
desempleados, los enfermos, los haitianos, sus niños, los bateyes y los
carajitos que a ciertos turistas canadienses, americanos, alemanes e italianos
les encanta violar… sí, señor, no hay nada como un verano en Santo Domingo».
La historia de la República Dominicana
tuvo su periodo negro con su primer Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo,
desde 1930 hasta 1961. En esta época, con saltos narrativos, nos enteramos de
la vida de la familia de Óscar: El abuelo, el doctor Abelard Luis Cabral «que había estudiado en Ciudad de México […]
Un hombre muy serio, muy educado y muy bien plantado (ya pueden ver a dónde va
a parar esto) […] donaba con largueza al Partido Dominicano». Su esposa,
Socorro, «que era su enfermera número uno
y su mejor asistente, se unían a cada misión médica que Trujillo organizaba».
Sus dos hijas, Jackelyn y Astrid, también los acompañaban hasta que Jacky
creció y fue deseada por el dictador. Como Abelard dejó de llevarlas, acabó
preso, sus dos hijas asesinadas y su mujer se suicidó después de dar a luz a
una tercera, Hypatia Belicia Cabral. La bebé fue vendida por sus parientes a
una familia que casi la mata.
Cuando la Inca, prima de Abelard, se
enteró, rescató a Beli, le salvó la vida y la crio. Beli fue la madre de Óscar
y Lola.
Todos son en algún momento narradores
de la historia, también Yunot, el novio de Lola que nunca llegó a serlo aunque
sí su mejor amigo. Al usar diferentes narradores, el autor busca objetividad en
este cruce de historias, que es la misma, donde reivindica la igualdad para la
mujer en una sociedad en la que, en realidad, no importa; donde denuncia el
exilio de los marginados, que tampoco tendrán el sueño esperado en los EE.U.;
donde manifiesta el dolor y la muerte de los débiles como algo connatural «Veía todos los días a los muchachos “cool”
torturar a gordos, feos, inteligentes, pobres, prietos, negros, impopulares […]
extraños, afeminados, gays… y en todos estos choques se veía a sí mismo. En
otros tiempos los principales torturadores habían sido blanquitos, pero ahora
eran los chamacos de color los que administraban lo necesario».
De nuevo literatura y realidad se
corresponden; de nuevo la realidad la supera; la rueda del tiempo vuelve a
estar en el mismo lugar. De nuevo. Y así como la palabra y la verdad van de la
mano, la trama se amplía con la historia.
Los narradores exponen los hechos en
tercera persona; son testigos objetivos de lo que ha ocurrido; sin embargo, a
veces necesitan explicar su intimidad más inmediata, por lo que usan la segunda
persona que puede confundirse como parte de un diálogo. Y en algún capítulo,
Lola toma la palabra en primera persona que actúa a modo de monólogo interior para
dejarnos entrar en su intimidad; su visión, lejos de aportar un porqué
subjetivo, aumenta la verosimilitud de los hechos y nuestra conexión emocional
con ella, con todos, «Estuve esperando
que mi mamá me pegara, me llamara idiota, bruta, fea, malcriada, que quisiera
cambiar asientos, pero no fue así. Puso su mano en la mía y no la movió».
El estilo de Junot Díaz es desenfadado; con toques de realismo mágico que no
llega a serlo, consigue un relato de horror en donde el miedo de los
protagonistas, latente, convive con ellos violando las limitaciones
espacio-tiempo, donde a cada paso se intensifica la emoción del temor aunque
los narradores lo transmitan de forma imperturbable, incluso con ironías,
hipérbatos o metáforas para acentuar un humor que esconde el más profundo dolor
«…transformándola en una señorita de gran
belleza. Había padecido un caso serio de cadera-culo-pechos, condición que en
los años cuarenta era un problema con T mayúscula seguida por una R, una U y
una J hasta el illo».
Hoy, más que nunca, hemos de leer La maravillosa vida breve de Óscar Wao porque es espejo del pensamiento hegemónico predominante, donde las ideas dominantes no se cuestionan, se asumen, donde no hay posibilidad de desafiar con alternativas. Y no queremos regresar a eso.



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