Esta novela no es mía; es de mi hijo y
me la dejó mientras estuve en su casa. No sabía si la comentaría o no; solo
leía por tener la mente en otra cosa que no fuera un martilleo constante que me
la dejaba vacía.
Él está en su casa ya y yo en la mía,
y con este triunfo suyo he recordado esta mañana, cuando me he despertado en mi
cama con una alegría infinita, que lo ocurrido a Tabby Saint es digno de ser
contado, y digna de alabanza la facilidad con la que Sarah Mian cuenta, con una base de ternura, algo de humor y toda la
convicción del mundo, el giro que puede dar una vida deshecha. Maltratada desde
su más tierna infancia por un padre alcohólico, cuyo cerebro, dañado a su vez
por los golpes recibidos de su padre, no le permitía comportarse de manera afectiva
con su familia; confiada por su madre a una mujer para que se hiciera cargo de
ella y luego la dejó en un internado para chicas problemáticas «El tutor que me asignaron en Raspberry
tenía veintimuchos años y no era feo […] Después de eso todas mis “tutorías”
consistieron en hacerle pajas […] En cuanto se relajó y cerró los ojos, saqué
la pesada grapadora de debajo del jersey y le incrusté tres o cuatro grapas
metálicas directamente en los huevos». Cuando abandona el centro a los 18
años, Tabby es capaz de llevar una vida más o menos normal, con más problemas y
menos oportunidades pero sabiendo salir siempre adelante. Después de diez años
apartada de su hogar, vuelve a Solace River y ve la casa donde se crio,
destruida. Ella ha sabido sobrevivir mejor que el resto de su familia: su
hermana pequeña es drogadicta y madre de dos niños pequeños; su hermano menor
solo tiene en mente vengarse de los que dejaron a su hermano mayor parapléjico
de una paliza y su madre, ya viuda, es casi una sombra que, malviviendo,
continúa haciéndose cargo de todos.
Pero una vez en el pueblo, Tabby
conoce a West, el dueño de un bar, que la ayudará a dar un giro de 180 grados a
la vida de la familia Saint. Todo puede cambiar, a veces de la forma más
inesperada.
No hay que perder de vista a Sarah
Mian, esta es su primera novela y ya ha sido premiada. Al leer Tabby,
no eres ninguna perdedora, nos adentramos en nuestros propios traumas y
buscamos el sentido de nuestros propios orígenes. El estilo de Mian se desmarca
del realismo social al escoger una voz narrativa en primera persona
inmensamente humana, con gran dosis de sarcasmo que no elimina la ternura «Intento pensar en qué más decir —Me gusta
cómo suena su voz al teléfono. Como un pastel de ángel».
La familia Saint es el escándalo
social; en un ambiente arruinado, los niños actúan como adultos y los adultos
se olvidan de que son humanos «Poppy se
ha ido por drogas. Ha dejado a los niños en el coche en casa de un camello y
Janis se ha quedado dormida. Swimmer ha desaparecido del asiento trasero y
nadie sabe nada de él».
La protagonista debe luchar con los
demonios del pasado para hacer frente a un futuro cuyo presente no permite que
se cumpla. El final, aunque parece cerrado, no lo es; nos gustaría pensar que
sí, que todo irá bien a Tabby porque su lucha lo merece, pero sabemos que
deberá seguir esforzándose cada día.
Creo que este es el mensaje de Sarah
Mian, la vida es una prueba constante que debemos pasar mientras vivimos en un
mundo que se presenta destrozado, en el que, a pesar de las contradicciones hay
cariño, en el que, a pesar de la hostilidad podemos encontrar válvulas de
escape que nos hagan llevaderos algunos momentos y nos recuerden que merece la
pena seguir luchando.
La narrativa es ágil, los diálogos
contienen un punto de humor que suaviza el dolor, la exclusión social y las
aberraciones por las que debe pasar una familia marcada y despreciada
—¿Drogas?
—No. Lo otro. Lo
que tienes que hacer para conseguirlas. Ni los temblores ni los vómitos, nada
puede ser peor que vender tu cuerpo. Si eres capaz de soportar eso noche tras
noche, puedes pasar el mono sin problema
Historia marginal repleta de violencia y optimismo. Una novela que enciende una luz en la oscuridad que nos asusta en algún momento. Historia que debe ser leída porque la vida, aunque dura, es lo mejor que tenemos. Quienes hemos estado a punto de perderla, lo sabemos «—La música está en todas partes». Alberto, Antonio y yo hemos visto música en Amaya, en Lara, en Francis, en Erin, Darío y Carlota y, sobre todo, en todos y cada uno de los componentes del personal sanitario del IMED de Elche; gracias a ellos, hoy sonreímos.



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