domingo, 27 de septiembre de 2020

UN MUNDO QUE AGONIZA

 

Hace ya diez años que nos dejó Miguel Delibes y ahora, en octubre, se cumple el centenario de su nacimiento. Por ese motivo la Biblioteca Nacional ha inaugurado una exposición con objetos del autor, escritos y voces que dieron vida a algunos de sus personajes, para que podamos ser testigos de la trayectoria de uno de los grandes escritores del siglo XX.

De forma individual, no se me ocurre nada mejor para homenajearlo que recordar Un mundo que agoniza, texto no exento de polémica pues, con su estilo claro, e introduciendo algunos de los temas recurrentes en su obra como la muerte, el amor por el hombre y la naturaleza, lo escribió como discurso para su entrada en la Real Academia, en 1975, con el sillón “e” y, en 1979 Plaza & Janés lo editó como ensayo.

Porque Un mundo que agoniza es un ensayo sobre el hombre y el mundo en el que vive, sobre un futuro que peligraba ante la superproducción y el consumismo desmedido. Es un ensayo que destila amor a la vida, a la libertad, a la sencillez de lo humilde. Es una reflexión sobre la contrapartida del progreso; algo que todos sabían, por supuesto, en la década de los 70, «un aparato supersónico que se desplaza de París a Nueva York consume durante las seis horas de vuelo una cantidad de oxígeno aproximada a la que, durante el mismo tiempo, necesitarían 25.000 personas para respirar» y, sin embargo la voz de alarma se ha obviado hasta hace muy poco.

Y no hay que olvidar que el desarrollo de algunos países conlleva un efecto rebote como el de la superpoblación «hoy nace mucha más gente de la que se muere».

A una rapidez asombrosa, de una generación a otra, «las conquistas de la medicina y la higiene» han permitido llegar —en algunas partes del planeta— con facilidad a los noventa años; pero no todos disfrutan de esa larga vida en óptimas condiciones. Es el retroceso del avance, el principio de acción-reacción que se impone en todos los campos.

Delibes percibió, en 1974, una adoración excesiva a la ciencia mientras que «los estudios de Humanidades […] sufren cada día, en todas partes, una nueva humillación». Y, en un arranque de lucidez advirtió de problemas concretos como la posible desaparición de la literatura en los estudios básicos… Ya ha ocurrido. Recortaron las horas de Lengua en el programa de toda la Enseñanza Secundaria Obligatoria, eliminaron la materia de Literatura, que era obligatoria hasta COU (hasta tres horas se impartían en dicho curso en la rama de ciencias, y cuatro en la de letras), para que en el Bachillerato actual apenas tenga peso competencial en la asignatura conjunta “Lengua y Literatura” que se estudia en cuatro horas semanales. Parece que, efectivamente, el «distraer unas horas al alumnado distancia la consecución de cimas científicas» ¡Qué ironía! Delibes era consciente, y en estos momentos se ha demostrado con creces, de que a la ciencia tampoco se le concede en España la importancia necesaria. Menos mal que don Miguel no ha vivido esta pandemia ni ha sido testigo, por tanto, de cómo muchos de nuestros sanitarios y científicos están en el extranjero.

Un mundo que agoniza denuncia la importancia que nuestra cultura le concede al dinero, «el dinero se antepone a todo […] Es la civilización del consumo […] y en consecuencia del desperdicio». Ante este afán desmedido, el hombre gasta cada vez más porque sabe que cuanto más posee más sobresale entre la masa. Es la ambición de poder. Los gobernantes mundiales, en conjunción con la ciencia y la tecnología, no descartan la posibilidad de emplear cualquier tipo de arma contra otros países (sin olvidar las bacteriológicas). Asimismo los poderosos no quieren dejar de serlo, por eso ofrecen al pueblo algo con lo que entretenerse y le evite pensar; la televisión (en la década de los 70) y también las redes sociales (hoy) son un buen ejemplo «de la malintencionada aplicación de la tecnología a la política y a la sociología». La otra mala aplicación que temía Delibes (y que ya ha llegado) es la anulación de la intimidad.

El problema que no queremos ver es que vivimos en un mundo limitado, cuya población crece y los recursos se agotan (a esto ayudamos bastante). Delibes dio la voz de alarma antes de que empezásemos a reciclar y evitar los desperdicios, antes de que llegara a oídos de todos que debíamos usar el transporte público o que era obligatorio y necesario dejar de pescar sin control. En el Congreso de Estocolmo de 1972 se aceptó “la posibilidad de que el mundo se vuelva inhabitable por obra del hombre […] el medio ambiente ha sido la víctima propiciatoria del progreso humano”.

Por todo esto, el autor vallisoletano advierte de que con la desaparición de la naturaleza no solo eliminamos el paisaje, también nos quedamos sin el oxígeno necesario para respirar; no solo eliminamos más o menos especies de animales y plantas, también terminaremos con el lenguaje y la cultura, por lo que el alcance del mal va mucho más allá de lo imaginable, es una cadena imparable que, creo, hemos empezado a sufrir.

Me apena ver a los poderes gubernamentales luchando por conquistar el dominio absoluto e indefinido, politizando cualquier intervención cuando ahora el planeta se ve asolado por una pandemia sin precedentes. Me apena ver contar muertos como el que cuenta los que no acudirán a la fiesta. Me apena vivir en condiciones inseguras que se vuelven criminales para quienes no disponen de medios económicos. Y me apena darle nuevamente la razón a este Premio Cervantes, defensor acérrimo del castellano, cuando deduce sabiamente, «Me temo que muchas de mis propias palabras, de las palabras que yo utilizo en mis novelas de ambiente rural, como ejemplo aricar, agostero, escardar, celemín, soldada, helada negra, alcor […] van a necesitar muy pronto de notas aclaratorias como si estuvieran escritas en un idioma arcaico o esotérico».

¿Cuántos de los que estáis leyendo esto habéis tenido que recurrir al diccionario? Pues sí, el futuro tan temido ha llegado. Ojalá sirva el grito de tantos, el grito de uno de los mejores escritores y más queridos, para que recapacitemos y podamos vivir en un mundo que nos merezca y lo merezcamos. Un mundo que reviva para todos por igual.




4 comentarios:

  1. No creo que ese grito sirva. La sociedad está condenada. Pero nosotros, como individuos, aún tenemos una oportunidad. ¿Te suena? También la Raquel investigadora renuncia a los avances científicos. Este mundo que agoniza es la crónica de una muerte anunciada. Y, sin embargo, se mueve.

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  2. Bueno, a lo mejor el grito va en forma de actitud. Puede que nos guste imitar buenas actitudes. También es bueno que haya personas optimistas que no quieran bajar del mundo, porque normalmente son las que logran que sea un poco mejor. ¡Gracias!

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  3. Es curioso que hables de la actitud. Porque en La prodigiosa fuga de Cesia también se habla de ella. Te copio un fragmento.
    En realidad sí existía un fruto, pero era la actitud misma.
    Y no cabía duda: el espíritu se nutría de ella.
    Su filosofía era un canto a la actitud.
    Que repercutía en uno mismo.
    Solo valía la intención.
    La actitud.

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  4. Es bello y enigmático. ¡Tengo el libro esperando para leerlo en cuanto pueda! Ya te comentaré, estoy deseando!

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