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domingo, 13 de septiembre de 2020

PIEL DE HOJALATA




Me siento en paz con el mundo cuando al leer un libro veo que detrás de él hay alguien bueno; solo los honestos pueden mostrar sus emociones, expresar la belleza en estado puro y conseguir que el resto del mundo se impresione. La literatura, como el arte en general es, paradójicamente, un refugio donde el artista se maneja libre. Cada uno exterioriza, con mayor o menor acierto, sus sensaciones. La ira, la frustración, la rabia, el dolor, los celos aparecen en obras llenando páginas de tensión, misterio, sosiego, ironía, humor incluso; trabajos fantásticos que llevan a cabo excelentes creadores. Pero reconforta leer una buena obra y sentir el alma buena de quien la ha escrito.

Pues eso me ha pasado con Piel de hojalata, un libro que no es poesía aunque los sentimientos del autor estén presentes en todo momento, aunque las metáforas se dejen ver en todas sus páginas, la simbología sea constante y los recursos fonéticos aporten el ritmo cadencioso de la lírica. Un libro que no es novela, aunque tenga un principio, un desarrollo y un final, aunque aparezcan varios personajes que conforman un argumento.

Un argumento muy sencillo: el protagonista, cuyo nombre no conocemos, tan poca es la importancia que se concede, construye en primavera un muñeco de hojalata con forma de robot. El muñeco lo acompaña siempre, durante el día, en sus paseos por el pueblo, por el monte o por la playa, donde va encontrando gente, animales y plantas diferentes que pueblan el lugar. Por la noche vela su sueño. Se convierte en el amigo en el que vierte sus reflexiones, sus recuerdos y sentimientos, hasta que, con la llegada del otoño se estropea el juguete.

Björn Blanca Van Goch ha conseguido narrar de manera que encontremos poesía en unas líneas que parecen versos, admiración indiscutible hacia los últimos románticos, «Silencioso gigante colosal; regio vigilante del horizonte, que con su luz distante, desde el monte, guía al navegante en el temporal. Acompaña galante, hasta el final, su alma jadeante, como Caronte»; en endecasílabos estructurados según el soneto, claro homenaje al siglo de oro

¿Dónde te escondes, perverso tirano,
para hacerme pasar la noche en vela?
En las horas oscuras la tutela
de mi cuerpo tienes; mas hoy, en vano.
[…]
No era el día ni la hora en su cuaderno
mas sus ojos ya no lograba abrir.
Al fin descansará en el sueño eterno.

Y en figuras retóricas propias del más estilizado modernismo, «ese repiqueteo celestial cesa, y con él, la incesante escabechina lunar».

En Piel de hojalata descubrimos toda la ternura que es capaz de sentir el ser humano, la inocencia infantil, la alegría de la juventud, las ansias de superación y, sobre todo, la certeza de que lo único eterno es el amor que recibimos y queda instalado en nosotros. Todos esos sentimientos son los que nos hace percibir Darwin, nombre simbólico para un robot creado una noche de lluvia en un desván, torre alegórica desde la que, encerrado, el creador dejará volar su imaginación, sus recuerdos hasta que el robot se desdoble en el alma del autor unida para siempre a la de su abuelo, «como ella ya, tú también eres eterno».

Paradójicamente, el autor necesita la incomunicación del desván para comunicarse consigo mismo y poder expresar su deseo de plenitud que, por momentos y por su condición, se le antoja irrealizable «¿Cómo se puede ser demasiado bueno […] nunca podrías ser un hombre, nunca podrías ser “alguien” que, innato, pone límites a su bondad».

La armonía que anhela se traslada al cuidadísimo lenguaje; la emoción intensa que transmite la vocal cerrada ayuda, con su aliteración, a que la afectividad quede remarcada en la repetición de la nasal «tintineante tamborileo». Así comienza este sueño, este mundo utópico que Björn Blanca va a crear con expresiones representativas de sus sensaciones internas, que se despertarán a través de los sentidos en forma de sinestesias olfativas, visuales o auditivas, «mar de negrura», «aroma de metal», «silencio que desentona, que chirría, que se suelta», acumulación de adjetivos “aquellos efimerísimos, diminutos puntos”, palabras onomatopéyicas, esdrújulas o especialmente sonoras, «repiqueteó», «chamánico», «cachivache». La insistencia de este lenguaje efectivo estimula nuestros sentidos, por eso no duda en crear términos nuevos, bien por semejanza, «se desgallita el gallo» o por alusión metafórica «mi tic-taqueante bebida». Las voces vienen motivadas por el estado de ánimo. 

Y a través del sentimiento profundiza en su interior, de ahí que el simbolismo sea fundamental en Piel de hojalata para confrontar su identidad con la del hombre universal. La gravedad de las Sagradas Escrituras se tiñe con la capa de inocencia que aporta el juego de palabras, «Y es que no es Noé, pero lo parece, un señor cuyo paraguas es indigno de tal apelativo. Sus barbas […] como una esponja, atrapan más lluvia que aquél que realmente debería hacerlo», «Hasta por tres veces se repite, y que a cualquier Pedro haría estremecer». La admiración por la literatura se transforma en ternura infantil «Burros, y por antonomasia, eran burros los dos, tanto el de Sancho como Platero, mas no ignorantes; ambos tenían […] sentimientos». El respeto hacia la cultura popular le permite jugar y proponer alternativas «El cielo está emborregado». Porque en realidad, al jugar con el lenguaje consigue que la literatura, el cine, los refranes, la mitología y expresiones populares queden arropados por la felicidad que nos han proporcionado, para ser asimilados y expuestos nuevamente con humor, «aunque el camino, es cierto, surge con el caminar, nosotros lo íbamos haciendo en bicicleta […] yo pedaleando, y Darwin, ensimismado como si fuese de otro mundo, delante, dentro de una gran caja de madera […] Alguien, quizá libre de pecado, interpuso en nuestro avance […] una primera piedra en el camino […] el hombre, ya se sabe […] tropezará otra vez con la misma piedra […] hasta mi compañero de metal […] se quedó… de piedra».

Lo más asombroso es que Blanca profundiza en sus sentimientos hasta llegar al interior del ser humano; la forma que sugieren las palabras ahondan en el simbolismo y confrontan la identidad del individuo con la suya propia, anuncian los grandes enigmas universales como algo consustancial al hombre, de ahí que las constantes filosóficas propias de la evolución sean las que se plantea el autor.

La percepción del tiempo va unida al movimiento que, en su insistencia, hace que distingamos algún cambio en lo que nos rodea, el paso del día a la noche, del verano al otoño, de lo nuevo a lo viejo… Todo tiene una caducidad excepto el recuerdo de aquello que queda instalado en nuestra memoria para siempre.

La noche, asociada a la luna, es otra constante en este libro. En la realidad ficticia creada por el autor, la noche deja de ser inquietante y se transforma en luz por efecto de la luna; su llegada evidencia la perfección del universo, acogido en el mundo de los sueños, y contrasta con el día, tiempo tangible en el que la luz del sol moldea las formas que aparecen ante nosotros de manera tan clara, que llegan a adquirir la consistencia quebradiza del cristal. Así pues, nuestro escritor aprovecha la fuerza de la naturaleza, el paso del tiempo, la lluvia, el viento para dejarse llevar hasta la noche, momento en el que se aleja la preocupación que siente por el mundo, porque Darwin brilla en la oscuridad, le aporta la luz que necesita para «verse» por dentro, para conocerse a sí mismo, para ser consciente de su parte intuitiva, irracional, subjetiva. Durante la noche es capaz de percibir solamente la belleza del universo, «pero más etérea, hecha con el alma de la nuestra».

Así como la luna es símbolo de trasformación, Piel de hojalata es una sugerencia a modificar nuestra conciencia individual en conciencia genérica del hombre como parte del mundo, un ser que, como la naturaleza que lo acoge, es capaz de intuir y ansiar belleza y libertad. Darwin es esa luna, el cambio innato a la existencia, el espejo que devuelve nuestra imagen interior. En este sentido aparece el cuervo en dos ocasiones, la primera como víctima de las cacerías del hombre, causa por la que Darwin «temblaba de miedo» y la segunda, como anunciador del paso del tiempo «advierte que el reino de las tinieblas está alzando su manto sobre este otro». En ambas, el cuervo es un reflejo de lo que debemos aprender de nosotros mismos, comportarnos con bondad para poder descansar en paz. Sin duda enseñanzas que Björn recibió de pequeño «¿de mi abuelo quizás…?» y que él ha plasmado en este libro consiguiendo incluso que algunos capítulos funcionen como deliciosos cuentos independientes: La rana, De gigantes y colosos, Los otros mundos, La vaca…podrían formar parte de las fábulas más famosas de la antigua Grecia, enseñándonos paciencia, humildad, sencillez o altruismo.

Pero quiero destacar una afirmación de Björn Blanca Van Goch con la que no estoy de acuerdo: «solo soy poeta de boquilla.»

3 comentarios:

  1. Bueno, bueno: tus palabras me han emocionado de corazón. No merezco tanto. Me alegro de que te haya gustado. Para mí en muy importante que hayas entendido el libro de esta manera. Me ayuda a seguir intentando buscarle “otra salida” que la que tuvo en esa primera edición de hace 5 años. Un beso grande

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  2. Gracias por tu sensibilidad. Un abrazo!
    ¡Seguimos leyendo!

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