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viernes, 2 de septiembre de 2016

EL ENVIADO DE CRONOS: PUERTA A LA HÉLADE

No  me siento cómoda criticando un libro que no me gusta porque lo más probable es que haya personas a quienes les parezca fabuloso. Por eso intento ser justa y objetiva con lo que leo, es decir extraigo temas, veo cómo están construidos los personajes, observo si la narración es lineal o participa de otra modalidad, plasmo las figuras literarias que encuentro para distinguir sus posibles funciones... en fin, procuro que a través de mis comentarios, los demás perciban también, parte de lo que un libro puede aportar e intento dejar en los lectores la convicción de que cualquier libro nos enriquece. Debe ser deformación profesional.

En otro orden de ideas, no soy partidaria de la literatura juvenil. Considero que no deberíamos encuadrar la literatura con etiquetas que discriminan a un porcentaje de población. La literatura es un arte por lo que, como el resto, debe huir de los encasillamientos, que cada cual lea el libro que le guste. Otra cosa es la literatura infantil, que sí puede ser etiquetada por razones obvias de entendimiento, aunque a propósito de esto debo decir que, por regla general, los niños de tres años disfrutan con La canción del pirata.

Para colmo de males no termina de engancharme la novela histórica. Me encanta la historia y me apasionan las leyendas, mitos y sucesos que contiene, pero encuentro que al novelarlo pierde fuerza. Otra cosa son las novelas basadas en un hecho histórico, en las que el argumento parte de ese hecho para fluir libre o por donde quiera el narrador.

Todo este preámbulo para llegar a la conclusión de que El enviado de Cronos: Puerta a la Hélade me ha decepcionado como novela. Digo como novela porque como compendio de datos y hechos históricos es muy completo. Su autor, Miguel Merino Rivas, es un apasionado de la Grecia clásica en general y de Alejandro Magno en particular. Se nota.

Al leer la reseña que aparece en la contraportada y contrastarla con el título pensé que sería fascinante. Nuestro dios del tiempo actual, una cápsula capaz de viajar a una velocidad mayor que la de la luz para llegar a un destino situado miles de años antes, dotaba a Alcibíades Vidal, su enviado, de una peculiaridad: llegar a formar parte del ejército de Alejandro Magno y acompañarlo hasta su muerte, para conocer dónde quedó su cuerpo enterrado.

La idea está bien, de hecho creo que a un alto porcentaje de la población le gustaría viajar en el tiempo, de ahí que la ciencia-ficción tenga cada vez más seguidores, pero no es nueva. H.G. Wells inauguró la temática, en 1895, con La máquina del tiempo. A Wells le han seguido escritores de renombre como Mark Twain, Un yanqui en la corte del rey Arturo, o Isaac Asimov, El fin de la eternidad y otros no tan conocidos. Precisamente porque no es una idea nueva estimo que debe tener alguna novedad si el autor quiere enganchar al lector. No sé, algo como desarrollar un viaje en clave de humor, exponer determinadas paradojas propias del viaje para solucionarlas, crear conflictos ahistóricos para llegar a una resolución ajustada a la historia, o proponer una historia alternativa para que los lectores también podamos viajar en el tiempo desde el actual al pasado y de nuevo a las actualidad. En fin, no pretendo dar ideas porque seguro que está todo “inventado” pero es que el desarrollo de El enviado de Cronos no seduce, y podría haber sido estimulante.

Empieza con la dramatis personae, algo extraño puesto que el término designa a la lista de personajes de una obra teatral. Es cierto que en algún sector podemos encontrar la expresión como sinónimo de lista de personajes en novela, pero el término es un cultismo que designa al elenco de personajes de un drama “las máscaras de la acción”. Hasta cincuenta y un personajes son presentados en este apartado. Esta técnica puede ser buena para conocerlos, pero no tanto para los entresijos de la narración puesto que el introducir al personaje de antemano permite luego mostrarlo con menos detenimiento en sus actos, lo que dificulta la creación en profundidad. Así, en esta novela el lector tiene la impresión de estar ante una serie de personajes planos.

Seguidamente, tras la lista de personajes, aparece un glosario de términos, veinticuatro nombres nos son detallados en cuanto a su significado. Sin duda muy interesante, pero tampoco aporta nada a la novela puesto que funcionan a modo de notas aclaratorias de términos en desuso (por cierto, al final también encontramos otra lista de notas que explican diferentes alusiones). Pasamos después a otro “prólogo”, éste para contar los mitos de Prometeo y Pandora. Supuestamente tendrán relación con la trama, pero cuesta vincularlos a los proyectos del CERN.

Por fin comienza la novela, y lo hace por el final, con las honras fúnebres de Alejandro Magno. El resto son 30 capítulos en los que se van intercalando fechas de la era antigua y la contemporánea, como corresponde a una trama en la que el protagonista viene de otra época. En todos predomina el relato histórico aunque no con la misma suerte; en ocasiones está bien llevado y resulta interesante, en otras da la impresión de que se ha llevado hasta allí porque era necesario contar algo de la sociedad griega antigua. Y en otras, la narración histórica no tiene nada que ver con el argumento; es lo que ocurre al principio, donde para situarnos en la infancia de Alcibíades y destacar su pasión por la historia, el padre le cuenta con profusión de detalles la batalla de las Navas de Tolosa. El lector deduce de ese capítulo su amor por la historia, por la arqueología y por los caballos. Es curioso, pues al final de la novela podemos decir poco más de él, apenas ha cambiado, aunque el propio Alcibíades «era consciente de que estaba mucho más curtido que al principio cuando llegó en lo que todo era una inocente ilusión desmedida» (copiado literalmente). ¿Cuándo se ha curtido? ¿Cómo lo ha hecho? Falta ver a Alcibíades en acción, cómo pasa de estar atemorizado en su primer combate a ser uno de los hombres de confianza de Alejandro Magno. No lo hemos visto evolucionar. Nos lo creemos sólo porque un narrador nos lo cuenta aunque no lo demuestra.

Una vez que Alcibíades se encuentra en la Grecia Antigua el argumento se resiente; hay capítulos que no aportan nada a la trama, son una excusa para presentar a personajes famosos de la Antigüedad, actividades cotidianas de la época que quedan aisladas en el contexto, descripción de momentos que “vemos” como si estuviésemos siguiendo a un guía turístico o cuadros de contiendas, con todo lujo de detalles, en las que el protagonista no participa. Asimismo hay capítulos en los que surge un personaje con cierto protagonismo, para no volver a salir en la novela, tal como ocurre con Arsaces, el niño que se atreve a mirar a Darío III en 337 a.C. Todo esto hace que no encontremos un hilo seguro que consolide el argumento.

Pero si el narrador se detiene con parsimonia en las descripciones de lugares, momentos, personas y actividades, pasa de manera rápida la batalla de Tebas y la rendición de Atenas en 335 a.C.(que utiliza para retomar la descripción histórica de la ciudad). El encuentro con Diógenes en Corinto, en ese mismo año, es una excusa para, de forma algo deslavazada, recordarnos aquello que supuestamente decía el filósofo «—¡Busco a un hombre honesto, busco a un hombre honesto!— gritó Diógenes...»

Por último, la invasión de Persia está carente de acción. Y así, con este talante apresurado termina la novela. Muchos enigmas han quedado por descubrir, la punta de flecha, las falsas monedas, el esqueleto encontrado, el papel de Prometeo, las investigaciones del CERN, la suerte de los investigadores y la del propio Alcibíades.

Puede que Miguel Merino piense ir despejando dudas en los otros dos libros que completarán la trilogía. Puede que se editen, si es así le recomiendo una corrección atenta de la escritura pues, en este ejemplar aparecen erratas: «Aria» por “Aura”. Equivocaciones sintácticas: «Ahora marcharos» «el viaje en el transbordador [...] lo había machacado y, para colmo de males, con la mar levantada bamboleando el maltrecho ferry» «hacia al campamento». Faltas de concordancia: «un par de perros ladraban» «una caja de pequeñas dimensiones forrada de oro y ricamente engalanadas...» «el resto de compañeros se abalanzaron al instante». Faltas de ortografía: «todo lo que halláis detectado». Repetición excesiva e innecesaria de palabras: «El pequeño Arsaces pasaba [...] sus pequeñas manos» «...haya perdido la fluidez [...] adquiriría mayor fluidez» «prolongados y esforzados ejercicios de pronunciación [...] dificultades de la pronunciación [...] de prolongados ejercicios de pronunciación». Expresiones que por abusar de ellas pierden la fuerza: «presa de una gran excitación» «presa de un gran nerviosismo» «presa de un gran...». Locuciones que, por anticuadas, quedan irreales en el contexto (o están mal empleadas): «Incrédulo, se levantó y comenzó a ir y venir por la estancia mesándose los cabellos con ambas manos. -¿No me estarán tomando el pelo?». Demasiadas voces técnicas relacionadas con un mundo militar obsoleto que ralentizan aún más las lectura, ya lenta de por sí al estar necesitada de diálogos y actividades variadas: «se guardaban [...] las gúmenas» «piedras angulares de tobo» «quiliarca» «lochagos» «pornai». Y empleo exagerado del gerundio, que enfatiza en demasía el aspecto imperfectivo de la narración puesto que la presenta con un enfoque persistente: «dando órdenes [...] examinando [...] profundizando [...] acercándose [...] levantando [...] agachándose ante el agujero».


Bajo mi punto de vista, con un estilo más sencillo la novela sería más amena.

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